Yo tenía el cuadro de Slim que me regaló Albert entre las cosas que guardaba en el cofre de mis tesoros, porque el plan era regalárselo a la Srta. Pony para que lo colocara en la capilla, única muestra de cómo era el lugar antes de que comenzara a remodelarse. Aunque sentía la obra como algo muy mío, la verdad es que también me sentía en la obligación de entregarle un poco de Slim a la Srta. Pony y a la Hermana Lane. Pensaba que él había pasado un tiempo muy corto por el Hogar, y que esta era una forma de perpetuar su presencia allí. Además, el Hogar ya no era el mismo. Quizás para futuras generaciones sería un buen recuerdo. En especial, porque la Srta. Pony me comentó alguna vez que había hablado con Slim muy seriamente cuando lo fueron a adoptar en cuanto a su interés por el arte, y el hecho de que la familia de herreros que lo adoptaba quizás no fomentara ese arte en él. La Srta. Pony le explicó que a veces el amor viene con sacrificios, y que, si su familia lo veía bueno, no se negara a seguir aprendiendo a pintar cuando tuviera el tiempo. Quizás, sí, lo continuó como pasatiempo, y eso vale mucho. De hecho, vale mucho más al comprender que el amor de una familia no tiene reparos en cuanto a fomentar los atributos de los demás, especialmente de los hijos.

Que Albert encontrara esa obra en un mercado de pulgas demostraba que el destino no juega con nosotros, sino que nos lleva donde se encuentra nuestra historia. Y nuestra historia siempre estuvo conectada a esa colina. Así que no fue casualidad que la encontrara, como tampoco fue casualidad que estuviera cuando me caí de la cascada para salvarme la vida, y luego que yo estuviera cuando, de todos los sitios, llegó herido y sin memoria al Santa Juana. Por eso, cuando le presenté la obra a la Srta. Pony, aunque con mucha emoción por saber del niño que jamás volvieron a ver, y que pasó poco tiempo en el Hogar, me regañó y me dijo lo mismo que me dijo Albert, que Dios lo había llevado a ese mercado de pulgas, y que esa obra debía de colgar en alguna pared honorífica de nuestro hogar. Es increíble, que hasta en eso la Srta. Pony y Albert son iguales. Piensan igual. Hablan igual. Regañan igual, siempre con amor, pero igual.

Nuestra llegada a la mansión de Chicago no estuvo exenta de controversias. Luego de meses de estar solos y lejos de los negocios, aunque no fuera completamente así, los Leagan habían pensado que, para la inauguración del décimo hotel de la cadena Miami Resort Inn, no debían invitar a la esposa del patriarca, cosa que la tía debatía con ellos y que, en principio trató de ocultarnos para evitar molestias de nuestra parte, especialmente durante nuestra luna de miel. Primero, una de las ideas de Sarah era que, eventualmente, William se daría cuenta del error cometido al casarse conmigo. Pero llevarme a algún negocio familiar y mostrarse conmigo frente a una prensa ávida de chismes era algo que Albert, la verdad, siempre había evitado, en especial porque reconocía que su vida pública no era tan de mi agrado.

La primera noche en la mansión, en la habitación que él mismo había remodelado para mí, y que prácticamente estrenaba como suya también, se me acercó algo tímido, y me confesó todo este asunto del Miami Resort Inn, que la tía abuela le había comunicado tan pronto llegó para, de nuevo, no aguarle nuestro viaje. La verdad era que quería saber lo que yo pensaba del asunto. Ya, por cierto, yo no era esa niña que no sabía sus secretos, pero todo lo que estaba pasando con los Leagan me dolía y no podía negarlo. Cada vez que Albert me traía a voz estas historias, mi rostro se delataba. Era una mezcla de ira y frustración. Él lo notó enseguida y me preguntó:

"Candy, lo que quiero saber es si deseas ir a Florida o no. Sabes que nunca te obligaré a nada que no quieras. Esto es un asunto del patriarca, y no quiero mezclarte en algo que probablemente no te haga sentir bien".

En ese momento, yo estaba frente al espejo, sentada, mientras él de pronto se paró detrás mío, frente al espejo, prácticamente me quitó el cepillo de las manos, y soltó cuidadosamente mi moño. Mientras él me cepillaba, yo hacía buches pensando en la posibilidad más bien de defraudarlo, en especial porque, aunque me desagradaba todo ese protocolo, y claro, ver a los Leagan después de tanta controversia entre nosotros, a él lo amaba desesperadamente, y no quería en definitiva defraudarlo. Claro, esta era nuestra primera prueba de fuego como matrimonio, así que tenía que lucirme, más que por mí, por él, que nunca me pedía nada, y esto era algo muy grande.

La realidad es que los Leagan no me soportaban, ni siquiera el Sr. Leagan, que había quedado sumamente defraudado con el asunto de su hijo años antes. Neil, según me contó Albert, había ingresado en un instituto, y comenzaba a desempeñarse como cabeza de su propio imperio comercial, claro, patrocinado por el mismo tío abuelo William, pero de su esfuerzo, en fin. Neil era infalible, totalmente entregado a su propio interés de salir adelante, aunque era algo que ya sabíamos los dos. Eso estaba bien. Yo jamás le deseé mal, pero el asunto de ir allá no me atraía en lo más mínimo, y menos porque no quería revolcar ese avispero del pasado. Era algo que, aunque se me notaba a leguas, no tenía una respuesta fácil.

Yo sé que Albert esperaba que le dijera, pero no es correcto para la esposa del patriarca negarse a asistir a ese tipo de actividades. Yo aún tenía alguno que otro problemita con mi desempeño social, pero no era nada que un poco de instrucción probablemente de la tía abuela resolviera. Al fin y al cabo, la tía abuela, la Srta. Pony y la hermanita Lane, Georges, hasta Archi habían sido bastante alcahuetes con Albert y conmigo. Pedirles consejo cuando fuera necesario no estaba de más, aunque el más ofendido siempre fuera mi esposo, pues él pensaba que era todo para mí, y de pronto, estaba buscando consejo por otra parte. Bueno, pero esto era diferente. Quería, por cierto, distintas opiniones al respecto.

Le contesté que lo consultaría con la almohada, lo que en parte era cierto. De algún modo, también sentía que mi presencia sería incómoda para los Leagan, e incluso que podría hacerlos quedar mal frente a tantos miembros del clan que estarían presentes en esa actividad. Mi muy amado esposo me explicó que realmente era un corte de cinta y un protocolo sencillo, pero que la prensa estaría allí, para darle rienda suelta a su estatus de rico patriarca y, por tanto, yo, la esposa, debía estar a la altura de los tiempos, lo que eso significara.

La verdad, fuera de todo lo demás, pensaba que ir a Florida era una gran idea. Nunca estuve cerca del mar y, como experiencia nueva, era algo que quería saborear por mí misma. Lo que no supe hasta después de que llegamos allí fue que Archi no había querido asistir. De pronto me arrepentí de no preguntarle, pero qué iba a hacer. Con la única que finalmente hablé fue con la tía abuela, y ella me pidió que hiciera lo que pensaba que debía hacer la esposa del patriarca. La verdad es que me sentí mal por mi esposo. Él entendía muy bien la renuencia de Archi, en especial porque no consideraba que el trato de Sarah a ninguno de los miembros de nuestra familia cercana merecía consideraciones. Aparte, después de lo que hizo Eliza para destruir las posibilidades de Annie con Archie, asunto para lo que mi esposo y yo intervinimos, el sabor amargo entre él y los Leagan se dejaba sentir. Más allá, sin embargo, mi ausencia hubiera sido demasiado para él, allá solo, y sin el apoyo de ninguno de los suyos, excepto de Georges y de Roger Ardlay.

Sarah había sido siempre un escollo en su vida, pero él, como yo, no era de guardar rencores. Más bien, él buscaba formas de dar lecciones de vida que no parecieran reprimendas o castigos, pero si lo vengo a pensar, quizás por su bondad es que gente como los Leagan no lo respetaban. Aunque el Sr. Leagan, si les digo la verdad, fue siempre muy diligente y dispuesto en los negocios. Lástima que la gente de más confianza de mi esposo estaba ya con él y los Leagan no cabían en ese círculo, y eso es algo que Albert tenía claro. Por cierto, la encomienda de enviarlos a Florida fue del tío abuelo. Fue una decisión tomada cuidadosamente esos meses que estuvimos separados cuando se fue del Magnolia. Él mismo me lo dijo. También me dijo que era algo que quizás le hubiera asignado en otra circunstancia a Archi, pero lo que pensó, y eso me lo confesó un poco apenado, era que realmente se trataba de una forma de alejar a Neal de mí. Cuando me lo dijo, mi expresión facial lo dejó helado. Cómo se le había ocurrido algo así. Terminé, sin embargo, por agradecerle. La verdad es que Neal me hizo la vida miserable esos meses que me persiguió, que hasta me secuestró haciéndose pasar por Terry. Lo que no calculó tan bien, aunque gracias a Georges nos salvamos de una que hubiera sido aún peor, es que a Neal se le ocurriera lo del compromiso fatulo abusando del miedo de la tía abuela a perder otro sobrino por la guerra. El tío abuelo, por cierto, nunca disimuló el disgusto que le ocasionó ese interés de Neal en mi persona. Cuando lo veía, me decía, "jamás le confiaría tu cuidado a ese rufián". ¿Estaría celoso? Acá entre nos, quiero pensar que sí.

….

Bueno, nada, pero luego de unas semanas, decidimos definitivamente ir a Florida para la inauguración. Para ese viaje, nos presentaríamos con unos cuantos asistentes para atender nuestras necesidades. Optamos por llevar los cómodos vagones de la familia para nuestro largo viaje en tren. La verdad es que, igual que con el Majestic de Star Line, me sentía fuera de lugar en medio de tanto lujo.

Siempre le decía a Albert que prefería la vida en el Magnolia. Ni siquiera me gustaba su pieza en el corporativo de los Ardlay. Los grandes espacios siempre me hacían sentir muy pequeña. También a él, pero tenía una obligación como patriarca de un imperio mantener esa visibilidad dentro de ese mundo. Y yo, como su dama, a veces tragaba saliva con el asunto. Pero nunca me dejó de molestar lo que consideraba como ostentación. Y es que debemos entender que una chica que se crió en un Hogar en que un lujo eran cosas como tener agua caliente, algo que en casa de rico no se siente, lo demás era exceso, y el exceso no era de Dios. Tanta gente con necesidades en este mundo, y tantos niños que se iban a dormir sin un plato caliente en el estómago, para mí todo este lujo era excesivo, y ese era un prejuicio que mi esposo entendía bien, aunque hay que admitir que él también entendía su compromiso y, por qué negarlo, yo también lo hacía así me molestara. Y sí, en tantas charlas que luego tuve con la Srta. Pony y con la Hermana Lane, ellas me daban a entender que compartían mi sentir, pero también que debía agradecerle a Dios que yo estuviera con un hombre que se desvivía para hacerme feliz, aún el lujo y lo que podría pensar era exceso. Ese era mi premio a una vida de dolor, sufrimiento y superación. No debía renegar. Quizás debía buscar la manera de agradecer todo lo que Dios me había permitido vivir con Albert, pero sin renegar.

La realidad es que ciertamente había cosas que me gustaban y que me hacían la vida algo mejor. Nunca fui de ese tipo de vida que el tío abuelo quería darme, pero innegablemente, en esos momentos en que teníamos la libertad de hacer lo mismo que cuando éramos pobres en la ciudad, me sentía en casa. Además, mi amor por Albert podía ver más allá. Aunque fuera debajo de un puente, quería estar con él. Y él era quién era. No había nada más. Por supuesto, para ese viaje a Florida, yo llevaba ese baúl que Albert me regaló cuando pidió mi mano. Este se convirtió en acompañante mío donde fuera, así hubiera que cargarlo. No lo iba a dejar en ningún lugar que no fuera conmigo. Tampoco el joyero de Rosemary, aunque al principio no quise aceptarlo.

Continuará...