Cuando llegamos al sur de Florida unos diez días después, tengo que confesar que me impresioné bastante. Jamás había visto un paisaje subtropical en mi vida. Al llegar a la estación, nos esperaba una comitiva del hotel, pero ni señales de los Leagan por ningún lado. Dejamos, por cierto, encargados los vagones familiares a la compañía de trenes del sur, y nos fuimos en caravana hasta llegar al hotel en que se celebraría la inauguración.

Cuando llegamos, quedé impresionada; era el hotel más lujoso que había visto en mi vida. Me sorprendió también que, a unos pasos, estuviera el mar, con su arena blanca y vista hasta el horizonte, que no dejó de cautivarme ni de enamorarme. Me di cuenta en ese momento que el mundo era muy grande, y que yo sólo había visto una fracción de él. El mar se abría a mis pies, como un paisaje que ni mi imaginación hubiera podido recrear más allá de lo que había visto en libros, revistas y diarios. Al cruzar la calle, la vistosa entrada del hotel mostraba todo el lujo de la clase más alta de la sociedad, aunque Albert me explicó que ese hotel en particular tenía habitaciones más modestas para personas menos afluentes.

La realidad es que, en la mente de Albert, todo el mundo debía tener la oportunidad de disfrutar de tiempo para descansar, desestresarse e irse de vacaciones, a un costo razonable. Para ellos entonces, había una entrada lateral y a una recepción algo más modesta. La realidad es que me recordaba muy bien el ala este, escondida del resto de los humanos por una variedad de puertas secretas, y también de secretos bien guardados. En este caso en particular, los ricos no querían mezclarse con los menos afluentes, así que cada uno tenía su entrada. De todos modos, los servicios eran prácticamente los mismos, y eso porque mi esposo se encargó de que así fuera. Las habitaciones de los menos afluentes, sin embargo, eran algo más pequeñas y no tenían balcones hacia el mar, como la de los ricos, pero la distancia de unos y otros era la misma para ver ese mar, una belleza arquitectónica sin igual, ya fuera frente al mar o frente a la calle trasera al hotel. Cuando por fin me decidí a entrar al vestíbulo, me di cuenta de que los largos pasillos de mármol negro me llevaban a una recepción muy lujosa. No me había dado cuenta, pero en la recepción había un rosto que debió haber sido familiar para mí, si no fuera porque yo miraba el fino espacio con suma atención.

"Buenas tardes, señor, señora Ardlay", me saludó una voz masculina que no tardé en reconocer.

De pronto, mi atención fue captada por un rostro afable y conocido. Era Stewart. Jamás pensé verlo, pero allí estaba, y me saludaba como Sra. Ardlay. No, si me imagino la sorpresa cuando se enteró de que yo me había casado con mi benefactor. Yo, esa niña que alguna vez disfrutó con todo el servicio de la villa Leagan, que de pronto era recibida como una gran dama, matriarca, nada menos de ese clan que inicialmente me recibía como niña abandonada en un Hogar, como una sirvienta. Yo no pude más que hacer una reverencia, pero luego aprovecharía para preguntar por Mary y el Sr. Whitman cuando tuviera alguna oportunidad. Y no, no fue porque estuviera con mi marido que me privé de saludarlo como era debido. Mi esposo es toda una celebridad, y no quería que por ser lo espontánea que suelo ser, terminara colocándolo en una posición incómoda, no que a él le importara demasiado, pero esta era de las cosas en las que más había insistido la tía abuela en medio de sus lecciones de etiqueta. Albert es innegablemente una figura pública, y como tal, y así mismo debía comportarse su esposa. No quería, entonces, defraudarlo en esa encomienda, aún con su mente abierta y simpática disposición.

Ambos sabíamos que era parte de la etiqueta que debíamos seguir. Más bien, aún sabiendo la relación que yo había tenido con Stewart y Mary, optó por no hacer lo mismo que con Doug, que tomó el asunto a broma. Pienso, por cierto, que se debía a que el hotel estaba repleto de todo tipo de personas, incluyendo de gente de la prensa que se estaba hospedando allí, aunque no supiéramos quién era quién, y por eso no queríamos llamar la atención de la peor manera. Pensé que no querría causar un escándalo por ser siempre tan espléndido. No que no quisiera saludar al buen Stewart como era debido, sino que él mismo sabía, y luego me confirmó cuando tuvimos la oportunidad de charlar que, efectivamente, actué con prudencia.

Ya bastante había sido con todo aquel asunto de la prensa el día del compromiso fallido convertido en presentación de sociedad, que hizo lo que quiso con la reputación de mi esposo, aunque no me enteré hasta mucho después del escándalo que armaron, especulando de su relación con la que dieron pasar como su "hija adoptiva". Peor fue para alguna prensa amarillista, que hicieran fiesta con nosotros cuando decidimos casarnos. Para suerte, a nadie parece haberle importado demasiado, ya que el cotilleo duró poco… Bueno, a los Leagan parece que sí les importó, pero Albert se encargó de que su "molestia" fuera pasajera.

…..

El patriarca, por supuesto, debía quedarse en la suite presidencial. El resto de la comitiva disfrutaría de las habitaciones adyacentes en ese mismo nivel reservadas para los Ardlay y sus asistentes y acompañantes, y que no eran tan lujosas. Personalmente, le dije, me hubiera gustado quedarme en la habitación que le tocó a Georges, que no se comparaba ni un ápice con la suite presidencial. Primero, al entrar en esa suite, había un piano de cola de frente a la puerta doble, sí, en un nivel más alto, subiendo dos escalones en una plataforma ovalada con el mismo mármol negro de la recepción. De las paredes colgaban obras de arte, que eran préstamos de museo. Para subir a las recamaras, teníamos que utilizar una escalera de construcción ovoide, con 34 escalones a cada lado (sí, amigos, los conté) Pero volviendo al piano, decidí que debía retomar esas lecciones que había dejado después de casarme con mi amado. Mientras tanto, me sentaba cada vez que tenía un momento para tocar, o al menos para practicar. (Uy, los meses que estuve sin ensayar lo aprendido me pasaron factura).

En el piso superior de la suite, había como 5 habitaciones inmensas. Le dije a Albert que me iría a dormir a la más pequeña que, por cierto, era del personal de servicio, yo sola, sin él. Siendo que Albert y yo ya estábamos casados, y nos irritaba tener servicio alrededor, nuestros acompañantes se dividieron entre Georges y Roger, porque queríamos estar solos. Pero lo del cuartito no me lo aceptó. Nos fuimos no a la recámara nupcial, sino a una aledaña, algo más pequeña, que usaban las niñeras cuando la familia tenía hijos. Nosotros, por supuesto, aún no teníamos, pero nos pasábamos tratando de encargar, no que tuviéramos tanta prisa la verdad.

Un toque de puerta unos minutos después de llegar a la suite, y llegaron tras nosotros los camareros de cuarto. Con lo hambrientos que estábamos, ya que nuestro último alimento fue horas antes en el tren, nos sentamos en la mesa como para 8 personas nosotros dos. Nos sirvieron cordero con unas deliciosas papas en mantequilla, ensalada, como aperitivo, y luego refrescamos el paladar. La tía me enseñó este fino arte de refrescar el paladar antes del plato principal, que resultó ser un tipo de sopa de mariscos de la zona, un guineo frito en aceites y de postre, un delicioso pastel de fresa con crema. Después de comer y del postre, y ya que las actividades de la inauguración serían dos días después, ya saciados, nos fuimos a la recámara e hicimos el amor un rato, en lo que hacíamos la digestión. Luego dormimos una siesta de minutos, así, desnudos, con el calor que se colaba por las finas paredes. Más tarde, entonces, nos dimos un baño juntos en la inmensa tina, nos vestimos, y salimos a pasear por los alrededores del hotel.

Más o menos a las 7 de la tarde, regresamos y nos fuimos a un restaurante de comida caribeña. Había algunos comensales que regresaban de sus paseos por el área y nosotros también con ellos, entramos en el restaurante. El botones nos permitió escoger un lugar, y nosotros decidimos uno apartado, ya que estábamos huyendo de la prensa. No queríamos llamar la atención, lo que parecería trámite exitoso, eso hasta que un rostro bastante familiar y afable se nos fue acercando poco a poco.

"Candy…Sr. Ardlay, que gusto verlos", expresó una damita de unos 60 años, asomándose tras el menú detrás del cual nos escondíamos.

"Mary, cómo está", preguntó Albert un tanto avergonzado. Parecía que lo habían atrapado en una falta.

Ella me miró detenidamente, y no tardó en comentar:

"Stewart me dijo que ya habían llegado. Si no le molesta, Sr. William", a lo que él hizo un gesto para que continuara, "me alegro mucho de que tengamos de vuelta a nuestra Candy. Hacía tanto tiempo que quería saber lo que había pasado con ella después de Lakewood, y…y…bueno, jamás pensamos que se convertiría en su esposa", terminó con un poco de rubor en sus mejillas.

"No se preocupe, Mary. Después Candy y yo le contaremos esa historia. Por lo pronto, quisiera que usted y Stewart pasaran en algún momento por la suite para que nos cuenten cómo están las cosas aquí, además de para que mi esposa sane su curiosidad de cómo fue que llegaron aquí", dijo mirándome con casi una mueca burlona y una sonrisa.

"Sr. William, cuente con eso. La verdad, extrañamos a esta muchacha. Y nos alegramos de que se convirtiera en la dueña de todo este imperio".

Eso me hizo reaccionar un poco avergonzada, ya que era algo de lo que no me gustaba hablar demasiado, y más porque la única razón por la que todos sabemos que acepté convertirme en la matriarca del clan era por estar al lado del hombre que amo. De otro modo, aunque hubiera sido en el Magnolia, los dos pobres y viviendo de mes a mes, me hubiera casado con él, todo por estar a su lado.

"Yo…yo no…Yo no soy la dueña de todo este imperio", contesté algo sonrojada.

"Candy, claro que sí. Pero no por eso debes dejar de ser tú, si es lo que te preocupa. Ya veo que has conservado todo eso que admiramos de ti cuando eras más joven. Por cierto, tengo que contarte, ya que imagino que no lo sabes, que el Sr. Whitman se retiró hace unos años. Por eso no lo vez por aquí".

"Sí, tenía esa curiosidad y les iba a preguntar, pero gracias por adelantarme la información".

"Tengo una dirección de él. Si quieres, te la paso luego", respondió. "Se alegrará de saber que ahora eres la matriarca y dueña absoluta de todo".

Yo estaba, de nuevo, toda colorada con ese reconocimiento. Albert de pronto comenzó a reírse en voz baja, pero al momento, como para desestresar el ambiente, preguntó, cambiando el tema:

"Mary, qué nos recomienda del menú".

Mary se dio cuenta de que ese era el propósito, y dejó las alabanzas en ese momento.

"Perdona, Candy, pero es que de verdad Stewart y yo estamos bien orgullosos de ti. Bueno, pero ya que me imagino que están hambrientos, especialmente tú, Candy, que eres buen diente, hoy la oferta del día es pollo condimentado con limón y otras especias. Me imagino que ya saben que en el Caribe las carnes se condimentan antes de cocinarse, y eso sella el sabor mucho mejor que todas las salsas que usamos para cubrir lo soso de nuestro menú regular", comentó con una sonrisita de lado.

"Sí, alguna vez le preparé un plato así a ella", contestó Albert como si fuera un experto.

"Ah, sí, recuerdo aquella vez en la cocina del ala este, que me rechupe los dedos. (ooopppsss, indiscreción y un sonrojo, que ocasionó las risas de Albert y Mary) Pues si esa es la oferta, me apunto", dije con ese tono de niña traviesa que tanto le gusta a mi esposo. "Con qué lo acompaño, si me puede decir, Mary".

"Puedes acompañarlo con arroz con frijoles, o quizás plátanos dulces o papas al estilo criollo".

"Quiero las papas…no los plátanos…no el arroz con frijoles. Ay, mi amor, no sé qué pedir".

"Mary, traiga una muestra de todo. Mi pequeña Candy es de buen comer".

"Como diga, Sr. William", terminó sonriendo.

Mary se iba a retirar, cuando Albert la llamó de nuevo.

"¿Diga?"

"Mary, somos viejos amigos. Quiero que, cuando estemos en privado, me llame Albert, ¿está bien?"

"Claro, Sr. Wi…Albert. Cuente con eso", contestó ella risueña.

"En cuanto a lo de mañana, ¿puede usted y Stewart llegar a la suite a la 1:00 p.m.? Así Candy y yo desayunamos y nos vamos a la playa un rato, ya que está bien curiosita con lo del mar", me dijo en son de burla, a lo que le saqué juguetonamente la lengua. "¿Le parece?"

"Es perfecto, Sr. Wi...Albert. Allá nos veremos mañana".

Y así se despidió de nosotros, con una risita oculta, Mary salió a ayudar en la cocina, y yo estaba en el cielo. Me sentí como cuando Albert, bueno, Georges encontró a César y Cleopatra para mí, y los llevaron al Hogar, donde ahora mismo viven una vida de amor y compañía con los niños. Es la sensación de reunirme con viejos amigos. Stewart y Mary siempre me hicieron sentir bienvenida cuando llegué a Lakewood a mis 13 años. Fueron de las personas más buenas conmigo. Fueron de las personas que me apoyaron al 100%, y ahora de mayor confianza de Albert, aunque él siempre trataba muy bien a todo el mundo, y nunca consideró a nuestros asistentes, como acostumbraba a llamarlos, como personal de servicio.

Continuará...