De las cosas, sin embargo, más tristes de mi vida, una fue cuando me acusaron de ladrona y decidieron que me enviarían a las fincas de los Ardlay en México. Albert siempre recuerda ese episodio con ira y frustración, porque si no hubiera actuado rápido, sabrá Dios si hoy no estaría viva. Por cierto, siempre me pregunté cómo fue que Georges pudo llegar a tiempo y librarme de esa situación tan terrible que viví con el Sr. García, que hasta quiso propasarse conmigo, pero si no hubiera sido por eso, todo hubiera sido muy, muy distinto para mí.
Fue tema durante nuestro almuerzo con nuestros amigos, aunque no me agradara recordar ese episodio, pero ahora entiendo que era algo que tenía que hablarse. Mary y Stewart, cuando llegamos a ese punto de la conversación, me revelaron lo atados de pies y manos que estaban con esa situación, y cómo, si hubieran tenido forma de, al menos, poder comunicarse con el tío William para ver si él intercedía por mí, aunque para ellos, el tío William era un anciano inalcanzable del que sabían muy poco. Jamás lo asociaron con ese joven que se paseaba por los jardines de Lakewood que, para ellos, igual que para Candy, era un vagabundo, o al menos, parte del servicio de los Ardlay, algo que realmente desconocían. Recordemos que, a ese entonces, Albert se teñía el pelo y llevaba barba y bigote para no ser reconocido.
Qué iban a saber o a imaginar que ese hombre que caminaba casi de incógnito por allí era el dueño de todo aquello. Y peor, la misma Sarah ordenaba cada vez que podía que lo sacaran de la propiedad, considerándolo un peligro, o al menos eso era lo que afirmaba. Lo que quería realmente era alejarlo. Por cierto, esa es de las cosas que más molestia me ha provocado de toda esta historia. Cómo alguien puede ser tan malo con un ser tan genuino y bello como Albert. Y más, porque ella, al igual que yo, fue adoptada en la familia. Y hablar de su ambición delante de un hombre que les ha perdonado tantas cosas; que por más que los haya enviado a Florida, era obvio que aún vivían del lujo que el apellido Ardlay les prodigaba. Y no digo nada del Sr. Leagan porque, aunque se haya comportado conmigo como lo hizo, luego de que yo no quisiera casarme con su hijo, al menos sé, porque me lo dice mi esposo, que ha logrado mucho progreso con las empresas del clan. Se ha esforzado mucho, y desde siempre, no sólo por proveerle a su familia, sino para ser digno representante del clan.
Sólo Doug y Dorothy conocían sobre el joven William, pero tenían un juramento de no divulgarle a nadie ese secreto. La tía se había encargado de que nadie más que ellos supieran la verdad. Así que cuando me convertí en su protegida, bajo sus órdenes, ninguno me habló de él, y cuando yo preguntaba, ellos esquivaban el tema, igual que Georges. Y no es que no notara que se ponían extremadamente nerviosos cuando les preguntaba, pero es que el mismo Georges me confesó alguna vez, que yo era muy despierta a veces, y que hacía muchas preguntas que él consideraba incómodas, y que le costaba mucho negarme las respuestas. A este tiempo, mi amado esposo se ríe de las condiciones que tenía que imponer por las reglas absurdas del comité. Por cierto, recuerdo el día que me llamaron, luego de tiempo de rechazar la idea de Albert y yo como novios, para presentarme. Estaba sumamente nerviosa, pero al final, pude ganármelos. Además, Albert los amenazó con dejar todo a la deriva si no accedían al matrimonio. Siendo que el negocio con Brasil salió tan bien, mejor de lo que esperaban, negarse era, como se dice, darse un tiro en el pie.
Así, daba lo mismo que se reunieran conmigo o no, pero hasta hoy, tengo alguna que otra buena relación con varios miembros del comité y sus familias, en especial porque les di lo que querían, un heredero. En fin, pero esa es otra historia que contaré después. No viene al caso en este momento.
...
Stewart y Mary nos contaron también que no llegaron inmediatamente a Florida, sino que salieron de Lakewood un mes después de que los Leagan se fueran de Chicago. Ellos habían pensado que podrían seguir ocupándose de la propiedad mientras que sus jefes estaban fuera, pero increíblemente, ellos los habían enviado a buscar para que trabajaran en las cadenas de hoteles. Por cierto, no me cuesta recordar que tanto Mary como Stewart estaban a cargo de la administración del servicio de los Leagan, y que los requirieron para que hicieran las mismas funciones con el personal de recepción y mantenimiento de los hoteles.
Stewart no dejó de mencionar que gracias al Sr. William (o sea a Albert) pudo dejar atrás un trabajo con una paga modesta, y que al momento estaba ganando mucho más por administrar los 10 hoteles de la cadena. Él tuvo que intervenir, porque los Leagan querían seguirles pagando la misma pobre cantidad que recibían en Lakewood, teniendo además que solventar su alojamiento y transportación diaria con una cantidad tan ínfima. De hecho, mi esposo les consiguió alojamiento a ambos en el mismo hotel y todas sus necesidades serían cubiertas. Los Leagan, como siempre, sólo veían lo que les convenía a ellos, así cualquiera muriera de hambre o frío.
...
Más adelante, terminada esa maravillosa velada con nuestros amigos de la villa Leagan, y luego de ellos contarnos tantas y tantas cosas, los despedimos para que continuaran con su trabajo, mientras Albert y yo nos íbamos de paseo por los alrededores del hotel. Regresamos en la tarde para una deliciosa cena, y luego a nuestra suite, que ya estaba lista cuando llegamos. Decidimos darnos un baño juntos en la gran tina y ahí tuvimos otro maravilloso encuentro amoroso, y luego, yo bajé para tocar algo de piano para relajarme, pues Albert me quitó el sueño con esa increíble actividad nocturna, y estaba llena de energía positiva. Él, sin embargo, estaba demasiado cansado incluso antes de nuestra salida, y terminó dormido bastante rápido. Cuando regresé a la habitación poco antes de las 10, me acosté a su lado tratando de no despertarlo, pero en una se giró, me tomó por la cintura, y me acercó a él. Yo traté de soltarme, pero era imposible; él estaba profundamente dormido, y mientras más esfuerzo hacía, más me abrazaba contra él. Así pasamos la noche, y luego despertamos, abrazados.
No era nada raro entre nosotros. Aún cuando vivíamos en el Magnolia, que nos daba por dormir en la misma cama, cosa que ocurría a menudo, en especial cuando yo tenía miedo, nos dormíamos regularmente así mismo, abrazados. No puedo decir que él sintiera cosas en ese momento, aunque no lo dudo, pero era algo como una costumbre. Por eso, que ocurriera sin algún tipo de acercamiento físico, no era nada particular entre nosotros. Era parte de nuestra convivencia. Sin embargo, de casados, aún en camas grandes y espaciosas, seguía ocurriendo, no siempre, pero ocurría de vez en cuando, en especial cuando uno de nosotros tenía alguna tensión o emoción fuerte. Parece que ese era el caso con él en ese momento. Quizás todo ese asunto de la inauguración lo tenía algo pesaroso.
Albert siempre me dice ahora que dormir abrazado a mí le ayuda mucho. Él nunca ha tenido un sueño demasiado bueno, así que este tipo de terapia le hace mucho bien, y a mí también. Es una costumbre sana, un acercamiento más amable, una forma de expresar nuestros sentimientos de forma pura. A mí también me ayuda a dormir.
Siempre fui de buen dormir, pero cuando Albert se fue de nuestro departamento, pasé muchas malas noches, y aún cuando nos hicimos novios, el sueño se me hacía difícil. Pero ahora que estamos juntos, casados y felices, su cercanía me hace sentir segura y eso me ayuda también a dormir. Así, abrazados, esa seguridad es aún mayor. Sí, es la seguridad de que nos amamos hasta en el sueño.
Continuará...
