Para mala suerte, esa mañana había amanecido nublada y unos rayos y relámpagos en la distancia anunciaban lluvia. Florida es un lugar en que son comunes desde impresionantes tormentas eléctricas hasta granizo, así que no era para nada extraño ni particular. Albert, por cierto, estaba asomado al ventanal mirando hacia el mar, y entonces fue que me comentó que le preocupaba que la inauguración, que comenzaría en la tarde, fuera opacada por el mal tiempo y las malas energías que sentía en ese momento por alguna razón, que supuse era por la ausencia de los Leagan, desde que llegamos al hotel. Le recomendé que no se preocupara, que estaba segura de que Dios escucharía mis ruegos y nos daría un mejor día y una mejor tarde para la actividad.
Lo que se nos estaba dañando el mal tiempo, sin embargo, era el paseo matutino. Claro, nos quedaban varios días después de la inauguración como pequeñas vacaciones, pero estábamos deseosos de entrar en la playa, jugar con la arena y comer helados. De eso conversábamos, cuando llegó nuestro desayuno. Albert fue muy espléndido con el chico que nos trajo la comida, el diario y también las invitaciones para yo poder entrar a la actividad. Siendo que no era reconocida como esposa del patriarca por los Leagan, Stewart se encargó de conseguir esa invitación, no fuera a pasar un bochorno en la entrada del salón donde se llevaría a cabo la actividad principal. Pero ni idea tenía, cuando tuvo ese gesto hacia mí, de que ese pequeño "descuido" de parte de nuestros ausentes anfitriones tendría consecuencias nefastas.
A Albert le estuvo muy feo, demasiado, y de una, sin siquiera decirme nada más para justificarse o de probar bocado, salió de la recámara con el muchacho. Al rato regresó, con una cara muy reveladora. Le pregunté si debía preocuparme, y me dijo que no, pero conozco a mi esposo lo suficiente como para saber cuándo no me dice la verdad, y esta era una de esas ocasiones. Al final, no comió nada, y salimos, casi sin hablar, a pasear por el área. Como le había dicho, el mal tiempo duró poco, y el sol salió para todos, excepto para él, que reflejaba en su rostro la molestia que cargaba en el pecho después de la escena de la mañana.
Regresamos del paseo poco después del mediodía. Yo tuve, por cierto, que ser la que hablara todo el camino, porque Albert estaba distante y callado. Es de las pocas veces que lo he visto de ese modo. Yo me fui a darme un baño, y cuando regresé media hora después, él hablaba por teléfono, según me pareció, con el Sr. Leagan. No pude escuchar más que "instrucciones" y "ya sabes lo que tienes que hacer", antes de que se diera cuenta de que yo había regresado al salón. Y por supuesto, no le preguntaría, porque sospechaba que no me contaría nada sobre lo que pasó con ellos cuando fue a verlos, que estoy segura de que era eso lo que había ocurrido por la mañana, que salió tan molesto.
El servicio nos había traído el almuerzo, que consistía en carne de bisonte en una deliciosa salsa de melocotón y unas papas asadas con queso. Esta vez no pedimos aperitivo, pero nos comimos una deliciosa y fresca ensalada de vegetales con aderezo de cerezas y jugos tropicales. De postre, un delicioso pastel de chocolate y fresas. Estábamos en el cielo... Bueno, yo estaba en el cielo, porque Albert, aún sin haber desayunado, no estaba de buen humor ni apetito. Comió muy poco y estuvo todo el almuerzo bastante serio y sin hablar. Tuve que hacerlo yo por él, y ya saben lo parlanchina que soy cuando estoy nerviosa. Dije de todo y no dije nada, pero qué iba a hacer.
...
Los invitados comenzarían a llegar a las 4 p.m. al corte de cinta, y Stewart y Mary tenían que estar preparados, informar sobre cualquier inconveniente y mantener a sus ayudantes al día sobre sus deberes en la actividad. Esta vez, no se podían quedar con nosotros, y así, cuando terminamos de almorzar que, de pronto, llegaron para saludarnos, se comunicaron inmediatamente con los camareros de cuarto que, igual que el día anterior, recogieron nuestra mesa en un dos por tres, y con ellos salieron los dos después de limpiada la mesa y recibidos los saludos.
Nosotros también comenzamos a prepararnos para la actividad. La peinadora vino a hacerme el pelo, y de una gran caja que me entregó mi esposo, saqué el ajuar que la tía abuela esta vez deseaba que llevara para la ocasión. Les confieso que no me encantó, siendo que no era quizás lo que mi esposo o yo hubiéramos escogido, pero el propósito de hacerlo de este modo era llevarles un mensaje claro a los Leagan que les sirviera de lección. El vestido, aunque elegante, sí, parecía de esos que llevan las maestras, como los que usaba Patty para impartir sus clases. Tenía hasta un lazo en la blusa de rayas azules y fondo blanco. La falda era de un azul marino bien poco interesante. Pensé que tendría que lucir mejor que eso, pero ahora que sé las razones por las que la tía abuela tomó la decisión de vestirme de ese modo, las entiendo. La verdad es que buscaba llamar la atención de ellos, y molestarlos, en especial a Eliza, que nunca terminó sus estudios. Sería un recordatorio sobre las razones por las que alguna vez me habían contratado como su dama de compañía, o al menos ese fue el propósito que Albert me explicó sobre este juego.
Aparte, viendo el plan que la tía tenía entre manos, Albert también tomó la decisión de vestirse del mismo modo. Qué sorpresa sería para los Leagan ver al patriarca y a la esposa de ropa de domingo, en vez de traje de tres piezas. La prensa se los iba a comer vivos. Y ya que había tenido que intervenir en lo del boleto mío de entrada, mejor darles una sopa de su propia medicina delante de la prensa internacional para que pasaran la vergüenza. A nosotros, por cierto, nos valía lo mismo que nada. Ni Albert ni yo éramos pretensiosos, ni queríamos hacer un espectáculo social de todo.
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Así llegamos a las 4:30 p.m. al salón de actividades del hotel. Sarah cuando nos vio entrar por poco muere de un infarto. Sus hijos y el Sr. Leagan ocupaban con ella una mesa solitaria en el sector más prominente del salón. Cuando entramos al área asignada, los mozos, por la vestimenta, no nos reconocieron hasta que mi esposo se identificó con ellos, y entonces nos ubicaron en la mesa del lado de los Leagan, separada de la nuestra por unas plataformas como las de hospital, quizás para no tener tanto contacto con nosotros, separadores que mi esposo removió al momento para quedar de frente a la mesa principal. La verdad es que los Leagan no querían compartir mesa con nosotros, ni con Georges, ni con Roger, con nadie de los Ardlay. Era su forma disimulada de decirnos que no querían vernos.
De pronto escuché a Eliza decirle a la madre: "Pero qué pobretona luce esa huérfana hoy, qué vergüenza", en voz alta para que no dejáramos de oírla, como una provocación.
Yo no pude evitar la risa al ver que había caído en la trampa, y me giré de la silla para contestarle: "Gracias, Eliza, probablemente seré todo lo pobretona que quieras, pero yo sí terminé la escuela. ¿Puedes decir lo mismo tú?", dije algo burlona.
"No seas igualada, que nunca dejarás de ser una recogida", me lanzó el dardo. "Qué será lo que te ve mi tío, porque yo lo que veo es una mona vestida de seda, bueno, de seda no, de excremento como lo que eres tú y la otra recogida de Annie. Nunca serán damas, como yo".
"Cuidado, Eliza", le contestó Albert, levantándose de su silla en ese momento.
Hasta ahora Albert había evitado entrar en el intercambio siendo que yo parecía estarme manejando bien. Pero una vez entró en un terreno más ofensivo, ya no lo pudo evitar.
"Te recuerdo que Candy es mi esposa y no debes faltarle el respeto. Tampoco a Annie, que es la esposa de tu primo", le contestó.
"Faltarle qué respeto a unas recogidas, oportunistas y trepadoras. Y Candy, tú tendrás toda la escuela que quieras, pero jamás dejarás de ser una huérfana inmunda que ni lástima merece".
"Cállate, Eliza", de pronto interrumpió su padre viendo que Albert ya estaba un tono más alto de lo normal, y recordando lo que había pasado esa mañana, de lo que ella no sabía.
Eliza se puso furiosa cuando se vio sin apoyo, y quiso abandonar la mesa y salir de allí, con tal de no tenerme cerca, pero en ese momento, recibió también la mirada fulminante de su padre y de mi esposo, y se sentó momentáneamente con la cabeza baja y en silencio. Neil, mientras tanto, observaba callado el intercambio sin saber probablemente qué decir. No dijo nada, pero se notaba que estaba incómodo, y también con deseos de irse de allí.
De pronto Sarah interrumpió, ya que pareció que de pronto Eliza quería retomar el camino ya recorrido de insultos y faltas de respeto, y no que no sintiera lo mismo, pero estaba atada de pies y manos por mi esposo:
"Creo...creo que debemos comenzar", por fin manifestó nerviosa, tratando de distraer de tan incómoda situación, mientras le daba una mirada a Eliza para que calmara su ira.
Ella se levantó en ese momento y se dirigió al podio algo rápido. En la mesa de los Leagan y la nuestra, la tensión se podía cortar con una navaja. Georges, que se encontraba con Roger en la mesa siguiente, más alejados de todo ese intercambio, trataba de calmar a mi esposo haciéndole señas y gestos. Él, sin embargo, guardó silencio en un momento cuando vio todo más tranquilo. Algo le pasaba, de lo que nos enteramos después, y estaba haciendo un gran esfuerzo incluso por estar allí.
Continuará...
