Cuando Sarah llegó al podio luego de levantarse de la mesa de honor y del bochornoso espectáculo que acabábamos todos de presenciar, se detuvo frente a los invitados al evento, disimulando una sonrisa ante ellos, algunos testigos de la vergüenza del intercambio, pero que comenzaron a aplaudir poco a poco, y ella comenzó a hablarles, con voz algo baja, algo tímida, una vestimenta elegante, aunque no tan rebuscada como las que acostumbraba a llevar cuando yo era la dama de compañía de su hija…

"Estimados invitados, amigos, la prensa que se encuentra hoy con nosotros…y nuestra honorable familia Ardlay, reciban todos una cordial bienvenida y un amistoso saludo", comenzó a decir en ese momento al público que se encontraba reunido en el salón. Adentro había al menos 250 personas, más los miles reunidos afuera para el tradicional corte de cinta. Sarah continuó con la introducción. "Como saben, el clan Ardlay financia proyectos económicos para ayudar tanto al turismo como a proporcionar vivienda segura para tantas familias que así la necesitan". (Pero qué hipocresía y descaro, pensaba yo. Esta es la misma gente que habla de vivienda segura a la vez que querían dejar desplazados a sus asistentes. Albert me miraba con gesto de reconocimiento. Él sabía lo que estaba pensando en ese momento y me asentía en silencio. Yo no era de recordar ese tipo de cosas, aunque algo era claro, los prejuicios de los Leagan siempre estaban presentes donde quiera que fueran). Pero continuando con la charada: "Hoy contamos con la presencia de nuestro honorable patriarca, el Sr. William A. Ardlay para el corte de cinta, un evento sin igual".

El público allí reunido, por lo pronto y aparentemente olvidando el espectáculo anterior, irrumpió en aplausos, mientras la prensa local e internacional seguía rondándonos en búsqueda de esa foto perfecta para convertir el evento en toda una comidilla y fuente de cotilleo, especialmente con el atuendo del patriarca y el mío, y la actuación deplorable de Eliza. A mí, en lo personal, me disgustaba bastante el espectáculo, pero qué podía hacer. Ahora bien, la vergüenza de los Leagan, esa valía oro, e innegablemente, estaban completamente abochornados todos ellos, y se les notaba. Sin embargo, lo que les esperaba era peor…

"Como ustedes saben", continuó tratando de obviar la vergüenza que sentía, "El Sr. William Ardlay estuvo años fuera del ojo mediático en lo que tomaba su lugar como patriarca del clan. Y ahora, como proclamado patriarca y siendo dueño de todo este hermoso proyecto, es en este preciso instante que procederemos a hacer este corte de cinta, para inaugurar este novedoso proyecto, el décimo de la serie de hoteles Miami Resort Inn".

Más aplausos y fanfarria…

"Pero antes de que procedamos al corte, mi primo me ha solicitado que, por favor, les dedique a ustedes y a nuestra familia extendida unas palabras".

Para ese entonces, Neil y Eliza pasaron de incómodos a curiosos. Ellos habían ensayado con su madre ese discurso el día anterior, y ¿ahora su madre venía a introducir cambios? ¿Qué había pasado y qué era lo que ella iba a decir de parte del tío William?

"Hace dos días, cuando llegó el patriarca con su esposa, la verdad es que no nos dignamos en recibirlos. Yo esperaba…esperaba…bueno, yo esperaba que él viniera solo..."

"Albert, ¿qué pasa?", pregunté en un tono audible para nuestros vecinos de mesa.

"Espera, Candy, espera… Esto es algo necesario, y debe saberse…", me dijo con esa calma que siempre mantenía aunque se asomase una tormenta, que era lo que iba a pasar.

"Qué, Albert, ¿qué es necesario?, ¿qué debe saberse?", pregunté presa de una nueva angustia.

Albert me pidió que escuchara sin comentar, y que confiara en él. Yo, de pronto, estaba bien asustada porque no sabía lo que les había dicho, y recordaba su conversación telefónica más temprano…

"Esperábamos que ella no quisiera venir a esta actividad, en especial porque…, porque…, pensamos que se sentiría incómoda, y nos pareció que quizás ella querría…que ella querría evitar ese tipo de conflicto personal. William…William siempre tuvo cuidado de que sus acciones no tuvieran consecuencias en los demás miembros del clan, pero ahora, bueno, ahh, ehh, ya vemos que ella sí está aquí, que decidió venir".

Sarah señaló a nuestra mesa.

"Esto no me gusta, Albert", le comenté, con los nervios de punta y las lágrimas que comenzaban a asomarse.

"Escucha, Candy, escucha. Tu esposo jamás haría nada que te hiciera daño. Sólo escucha y entenderás", dijo mientras recogía mis lágrimas con su pañuelo y lo guardaba en el bolsillo de su pantalón.

En la otra mesa, las cosas no eran mejor. El Sr. Leagan estaba tratando de controlar a Eliza, que quería escopetear, pero no podía. Su madre…no les había dicho que cambiaría el discurso y ellos no sabían a qué atenerse.

"Padre, por favor, dígale a madre que no siga hablando. Así no fue como planificamos esto".

"Eliza, cállate y escucha…", la regañaba sin realmente querer, porque la realidad fue que mi esposo los obligó y no les quedó a ellos más remedio que tolerar la bomba que se les venía encima.

Neil, por cierto, seguía en silencio, pero estaba bien inquieto. Así llevaba un rato, moviéndose en su silla, según parece sudando y pasando saliva, y mirando de un lado a otro para saber si podía escapar.

Sarah continuó en un tono que denotaba que no era sincera, más bien como autómata, repitiendo lo que era obvio que no quería repetir, y que le había ordenado el patriarca.

"Y hablando de estar con nosotros, hay algo que tengo que confesar sobre ella (refiriéndose a mí). Nosotros habíamos planificado casarla con nuestro hijo Neil, ya que él había amenazado con irse de voluntario a la guerra…" (Albert convenientemente había querido que ella dejara fuera a la tía abuela, aún habiendo participado del esquema, siendo que ella ya no era mi enemiga y me había pedido perdón por todas esas cosas que habían hecho contra mí).

Ahí Neil reaccionó:

"Padre, detenga a madre. Nos está destruyendo delante de la prensa y la familia. Haga algo", dijo en un tono bajo, pero audible, al menos para nosotros, sus vecinos de mesa.

Tanto Neil como Eliza comenzaban a desesperarse, mientras lo que parecía ser un libreto salía de la boca de su madre. El padre simplemente calló y permitió que todo continuara, pero con el rostro lleno de vergüenza e ira, más aún, porque aunque él en algún momento tuvo alguna simpatía por mí, no dejó de ser también protagonista de mi maltrato infantil, y luego del esquema para casarme con su hijo, que si no hubiera sido por Georges, que me llevó a conocer la verdad de mi ahora esposo, sabrá Dios dónde y cómo estaría yo ahora. Sara continuó con ese mismo relato:

"Ella nunca quiso casarse con Neil. Eso nos quedó claro, pero no entendimos por qué hasta que el tío William intercedió por ella, y el compromiso quedó en nada, haciendo entonces su esperada presentación en sociedad en la misma actividad en la que Neil pediría la mano de ella. Incluso, nos enviaron a Florida para comenzar una nueva vida luego de ese...evento. Jamás pensamos que ella terminara casada con el patriarca, pero así fue, y ahora está aquí, no como invitada, sino como lo que es…la matriarca del clan". (Todo fanfarria y confesión, pero hasta ese momento, no había mencionado mi nombre ni una sola vez).

"No", se levantó de pronto Eliza de su silla. "Esa nunca será matriarca nuestra. Tío William, por favor, entre en razón", comenzó a decirle girando hacia él. "Esa huérfana lo humillará y lo hará quedar en ridículo, como en ridículo está con esa vestimenta. Eso fue ella, ¿no?"

Albert de pronto se levantó de su silla y caminó hacia ella. Eliza por un momento sintió nervios, pero también tenía una certeza en ese momento, por el ridículo atuendo de su tío, que él, por la vergüenza, le daría la razón. Ese hombre se le estaba acercando, y aunque no podía leerle las intenciones en el rostro, pensaba que el asunto sería favorable para ella. Albert, sin embargo, le dio ese día caldo de su propia medicina.

"Eliza, esa vestimenta, como la llamas, la escogió tu abuela. Y lo hizo para que aquí todos se dieran cuenta de la clase de prejuicios que tú tienes. No digo lo mismo de Raymond, porque sé que él se ha sacrificado más allá de todos ustedes por mantener los negocios a flote, pero tú, tu hermano y hasta tu madre, todos han sido implacables con la gente que ustedes consideran inferior".

"Perdón tío, pero yo también he luchado por mantener nuestros negocios, así que no merezco este maltrato", dijo Neil en ese momento, con voz finita, y mientras tanto, la prensa, que no perdía el paso, se daba el gusto de ser lo amarillista que podía ser. De hecho, yo pensaba que Albert haría algo genial y lo hizo, pero luego de humillarlos un poco más.

"Neil, yo sé que estás estudiando y adquiriendo experiencia, y eso me alegra, pero ¿has cambiado realmente de parecer con lo que te pasó con Candy y conmigo, o sencillamente lo haces por mera ambición?"

Neil a esto, y por no tener respuesta, se hundió en el asiento. Entonces Albert se dirigió a la audiencia que se encontraba en ese salón luego de ver que nada sacaría de Neal del problema, siendo que no podían justificar ninguna acción de su parte.

"Amigos, invitados y familia, yo jamás pedí ser el patriarca y muchos saben que mi personalidad es contraria a todo este espectáculo hipócrita, pero el patriarcado fue una herencia que debía recibir de mi padre, y con él tengo la deuda, aún cuando era muy niño cuando él murió. Creo, sin embargo, que hemos hecho un buen trabajo mi equipo y yo, y ese es el legado que yo entrego de su parte. Mi familia, incluyendo los Leagan, han demostrado lo bien que están los negocios y nuestras empresas. Pero ustedes, Neil y Eliza, ustedes lo que han hecho es vivir del mal que hacen, de su orgullo y de su mala sangre. Mi esposa, esa que ustedes maltrataron hasta más no poder, ahora es parte de algo muy grande, mucho más grande que ustedes. Deberían pedirle perdón ahora mismo por todo ese mal que hicieron contra ella".

"Yo no haré eso nunca. Esa mujercita está muy por debajo de mí", respondió Eliza, que por fin soltaba todo el veneno que tenía por dentro, veneno que llevaba desde el viaje desde Lakewood a Chicago meses antes, pero que no había desahogado en ese tiempo porque sus padres, como pensé esa vez, la tenían amarrada.

Albert la miró con reproche, pero sin responder al aspaviento. Simplemente miró a Sarah, y le respondió a Eliza, mirándola de nuevo.

"Hay algo más que su madre les relatará en este momento sobre mi esposa. Y por cierto, si les disgusta tanto todo, ahí está la puerta. Se pueden ir y no regresar".

Jamás pensé que mi esposo les contestara de ese modo, pero en el fondo, sabía que se los decía para que despertaran. Él jamás le hubiera hecho eso a la tía abuela, que realmente amaba a sus nietos.

"Sarah, continúa", dijo mirando hacia el podio, mientras ella temblaba de miedo, pero trataba de disimular. "Continúa sin más preámbulo, que esto tienen que escucharlo tus hijos".

Sarah pasó saliva. Sabía que lo próximo era la cereza del pastel y que terminaría con la charada de noble familia del clan. Así, bajo esta premisa, tomó aire, y continuó, con la mirada fija al piso y dudando de ella misma…

"Cuando nos llevamos a Candy como dama de compañía de Eliza (por fin dijo mi nombre), los Leagan no sabíamos que el tío William estaba detrás del asunto de su manutención. Georges, su asistente… (ella señaló hacia la mesa donde estaba, al otro lado de la nuestra) Georges nos había dicho que, después de tantas maestras y cuidadoras, lo que Eliza necesitaba era una niña de su edad, que la acompañara y quizás le enseñara algo que le abriera la mente al estudio. Nosotros accedimos a recibir la niña que nos recomendó, y lo primero que notamos mi esposo y yo cuando llegó donde nosotros era su parecido con la difunta Rosemary Ardlay, hermana de William, cuando era joven. Fue impresionante, pero callamos, porque no queríamos que este detalle se conociera, especialmente delante de Neil y Eliza, que la odiaron inmediatamente llegó".

Neil y Eliza no sabían dónde meterse, y seguían nerviosos y agitados. No, no podían detener el aluvión que les caía encima. Su tío había sido el artífice de tales revelaciones, y no lograrían acallar a su madre, aunque trataran, especialmente Eliza.

"Al tiempo de estar ella allí, nos dimos cuenta de que se llevaba bien con el servicio de la casa, y quisimos convertirla a ella también, con tan sólo 13 años, en eso mismo, en una sirvienta. Para completar, aparentemente nuestra Eliza estaba celosa de ella, pues su primo Anthony parecía tener una inexplicable debilidad por ella. Por tanto, decidimos, para favorecer a nuestra hija, enviarla a los establos, con los caballos de los niños, para que Anthony se avergonzara de ella y dejara de buscarla. Además, tanto él, como sus primos Aristear y Archibald, todos tenían apego a esa chica, y en la bienvenida a la tía abuela a la propiedad de Lakewood, tratando de hacerle quedar en ridículo, pensando que los chicos se darían cuenta de que…bueno, de que no era de nuestra clase… la invitamos sin siquiera darle un vestido algo más formal incluso para una dama de servicio, que es lo que regularmente hacíamos con ese personal (en eso Sarah miró a mi esposo, que la observaba muy de cerca sin hacer un gesto)".

Yo no estaba mejor que Neil y Eliza, pero ya que Albert me había pedido que escuchara, seguía todo lo que decía, muy avergonzada, pero aún así, escuchando. Ellos, por el contrario, manifestaban su disgusto y su deseo de salir de allí, y me miraban de reojo con deseos de hasta matarme por mi mera presencia allí.

"Continúa…" la instó mi esposo después de ella vacilar sobre si seguir o no.

"…Un día mis hijos decidieron tenderle una trampa…"

"Madre, calle…", la instó Eliza a punto de llorar.

Sarah tomó aire en ese momento.

"Continúa", le insistió de nuevo mi esposo, mientras le lanzaba una mirada de reto a Eliza en ese mismo momento.

Él no le dejaría pasar más ninguna. De pronto, los Leagan se hubieran evitado esa vergüenza si no hubieran querido hacerme pasar como una invitada más o como una intrusa, y requerirme una invitación como si no fuera nadie entre los Ardlay.

"Quisimos engañar a la tía Elroy para que pensara que ella era una ladrona".

"No, madre, ya basta", Eliza estaba llorando y gritando, aún frente a las cámaras y a los reporteros. Su vergüenza quedaba expuesta por su propia madre y su tío, y su padre, allí sentado, con la vista baja, no hacía ni decía nada, nada…

"Nos inventamos que ella se había robado objetos de valor y otras cosas que mi hijo, Neil, colocó entre sus pertenencias".

Neil a esto de pronto se quedó callado y quieto. Ya no tenía nada más que decir, a diferencia de su hermana. Mejor era que esa verdad se supiera, y él se la quitaría de la conciencia. No, ya no había nada que pudiera hacer contra eso.

"Elroy fue implacable cuando se descubrió la trampa. Fuimos a los establos y encontramos las cosas que Neil había colocado allí. Decidimos entonces castigarla enviándola a México a trabajar en una de las fincas de la familia. Para suerte, ella había conocido a William, y eso no lo sabíamos, y cuando se fue de nuestra villa, que iba en camino con el capataz, el Sr. García, William había enviado a Georges a rescatarla, y ahí fue que decidió adoptarla dentro del clan como su protegida, luego de quitársela al Sr. García. Y regresó a Lakewood, en ese momento como toda una Ardlay".

"No, no más…", seguía gimiendo Eliza. "Ya calle, madre, por favor…"

Sarah no le respondió a su hija. No era el momento. Ya lo haría después. Y también le diría que su tío la había obligado so pena de dejarla a ella y a su familia fuera de los negocios, de la buena vida a la que estaban acostumbrados, de los lujos que ella misma disfrutaba, y así me lo explicó mi esposo después. La verdad, no me sentía bien con el asunto. Para mí hubiera sido mejor evitar esta escena, pero lo otro, lo de las dudas sobre mi integridad, con esto, todo quedaría entonces en un pasado no olvidado, pero subsanado. Más adelante, le escribí una carta a la Sra. Leagan agradeciéndole su gesto, pero, aunque fue clara que lo había hecho por obligación, acepté que fue una dura, aunque necesaria reprimenda de parte de mi esposo.

"Por eso", continuó, "los Leagan admitimos que nos equivocamos con la esposa de Willliam, y…y…que la aceptamos como matriarca del clan Ardlay", dijo mientras bajaba la vista y decía esto último sin sentimiento, como si lo leyera de un libreto y, de nuevo, sin siquiera volver a pronunciar mi nombre, como si eso, en algo, cambiara las cosas.

"Eso nunca…", terminó Eliza, mientras la prensa seguía haciendo fiesta con ella.

"Siéntate y cállate", le terminó diciendo el padre, con un tono bastante molesto.

"Eliza", le dijo Albert al rato de que ella se volviera a sentar entre sollozos. "Mírame y escúchame. Si fuera otro, no les hubiera perdonado tantos cosas que tú y tu hermano hicieron, especialmente tú, por arpía y mala persona contra mi ahora esposa, pero por consideración a tus padres, no lo haré; calla y otorga es lo que te resta. Ya todo terminó para ti…"

Era una Eliza vencida, descubierta; bueno, ella y su hermano. Ella lo que hizo fue afirmar con la cabeza. Y ya no hizo más ningún otro comentario. Qué iba a decir, si en ese momento pagó todas las deudas que tenía con la vida.

"Y ya que terminamos con este espectáculo tan triste y bochornoso, bueno, ¿por qué no salimos a lo que vinimos, al corte de cinta?", terminó él, con un tono más conciliador, dirigiéndose a los invitados, que estaban todos boquiabiertos, y necesitaban una excusa para no seguir con ese intercambio tan de baja clase.

Los Leagan fueron los primeros en salir de allí, para que se olvidara, en parte, su vergüenza. Sarah fue la primera en bajar del podio y seguir al Sr. Leagan por el pasillo hacia afuera, seguidos de sus hijos, que se trataban de esconder de todo el mundo, y luego de nosotros, Georges y Roger y la prensa detrás. Una vez se hizo el corte de cinta, mi esposo se dirigió a la prensa con un discurso que no dejaba lugar a dudas de su intención: igual que con el asunto del compromiso fallido, quería desaparecer el espectáculo de los Leagan de las consideraciones mediáticas. De hecho, lo logró. La verdad que es sorprendente la habilidad de Albert de llevar a todo el mundo a darle atención a lo que quiere. Tiene tantos talentos que aún tengo por descubrir…

…..

Luego de varias horas, la actividad de inauguración había llegado a su fin sin más ningún otro contratiempo. Albert había terminado su compromiso en Miami, y llegó a la mesa donde yo me senté a esperarlo, ya que todo el mundo había salido del salón. De pronto, del otro lado, llegaba también Eliza, sola. Su rostro reflejaba la rabia y el bochorno que había pasado. No sólo los habían descubierto delante de todo el clan, los invitados y la prensa, sino que era claro, al menos para ella, que todo había terminado, que su vida sólo había sido de ser cero, no el ser más importante, la más hermosa, ni siquiera la matriarca a convertirse en la comidilla de la sociedad floridiana. No que su madre o abuela se lo hubieran dicho, pero me imaginaba que ella hubiera querido estar en mi posición, o por lo menos eso pensaba yo sin temor a equivocarme. Recuerden, se lo vi en los ojos ese día cuando regresábamos de Lakewood a Chicago después de la boda.

Albert y yo la observamos un rato hasta con lástima, y de pronto, Albert me dijo que hablaría con ella, y que esperaba que no le molestara, a lo que dije que no, que fuera donde ella; de verdad nos provocaba lástima, y pensaba que él, a lo mejor, viéndola en ese estado, de algún modo la podía ayudar. No, no somos de odiar a nadie, y viendo que ya ella estaba derrotada, que su mundo había colapsado en un momento, por qué no, tener una charla con ella, y quién mejor que él. Yo no hubiera podido. Ella no me lo iba a permitir, y más, porque era el recuerdo constante de lo que había perdido. Sí, hice algo detrás de bambalinas, para poder escuchar esa conversación, al menos lo mejor que pude. Albert mismo me pidió que me parara detrás de los separadores que fueron colocados de vuelta, y él siguió hacia la mesa donde Eliza estaba sentada.

Continuará...