Albert se le acercó muy cauteloso. De hecho, Eliza lo miró con cierto resentimiento cuando se le acercaba aún molesta con él.

"¿Puedo?", le preguntó señalándole la silla.

"Haga lo que quiera, tío. Igual, usted siempre hace lo que quiere", respondió ella con voz en llanto.

Albert se sentó. Por un momento le dijo algo en voz baja que no pude escuchar, y luego comenzó a hablar con ella, mientras lo miraba como retándolo.

"Eliza, hace años que tienes una actitud muy fea con las personas".

"Y eso qué le importa a usted. Usted, que nos humilló delante de toda la familia, los invitados y la prensa, y para qué. Para proteger a esa..."

"Esa, como le dices, es mi esposa, Eliza. Recuérdalo siempre".

"Tío, ¿pero de verdad no le da vergüenza?"

"Por qué debía hacerlo, si se puede saber".

"Casarse con una recogida, una mujer de procedencia dudosa. ¿Qué, usted no tiene dignidad?"

"Eliza, ¿acaso se te olvidan tus orígenes?"

"Es diferente, tío. Mi madre puede rastrear a su familia por generaciones. Esa huérfana con la que se casó no se sabe quién es. No se sabe nada de ella. ¿Es que acaso usted no piensa en su verdadera familia, en la abuela, en su reputación y la de nosotros delante de la sociedad?"

Albert se levantó un poco frustrado, caminó hacia el separador detrás del que me escondía, me dio una mirada de molestia, y luego regresó para continuar con esa charla que a todas luces era inútil.

"¿Qué familia es esa, Eliza?", le preguntó él sin esperar una respuesta. "El 80% o más de nuestros miembros fueron adoptados por el clan. No estamos hablando de pureza de sangre ni nada por el estilo, porque nuestro clan ha crecido demasiado para buscar siquiera un ápice de lo que fue originalmente. Mi padre y el resto de mis antepasados, por cierto, no tenían esos prejuicios que tú tienes, lo que también tuvo mucho que ver con lo que sucede ahora, que continuamos adoptando nuevos miembros en nuestra familia, incluyendo a tu madre, dentro del clan, y hasta lo que sé, la familia de tu madre no era de abolengo ni mucho menos. Además, si hablas de Candy, también hablas de mí, pues me quedé huérfano de padre y madre a los 8 años".

"No se compare con esa, tío, que usted pertenece a este clan y es su patriarca".

"Y Candy es, por matrimonio, la matriarca, aunque no te agrade. Estoy además seguro de que cuando yo vivía con ella en aquel departamento de la ciudad pensabas que yo era un don nadie y que éramos tal para cual. No te hubiera molestado entonces que me hubiera enamorado de ella, ¿¡o sí!?"

"Pero ahora usted está muy por encima de ella. Por tanto, merece una mujer que sea de su clase, no una pobre huérfana de origen incierto..."

"No entremos, Eliza, en esas consideraciones personalistas. Yo no voy a dejar a Candy por nadie, así que ese argumento te lo tragas", le dijo como un desahogo ante tanta basura saliendo de la boca de Eliza. "Realmente, Candy es la mujer que me hace feliz, y por eso estoy con ella. Poco me importa su origen, y si a mí no me importa, mucho menos debe importante a ti".

Eliza de pronto bajó la vista; Albert la había pasmado, no que no se lo esperaba después de todo lo que había pasado ese día. Para ella, el tema estaba, era obvio, terminado. Nunca iba a convencer a su tío de hacer lo que para ella era lo digno y correcto. Pero Albert tenía un as adicional debajo de la manga para ella. Sarah se dio cuenta de su intercambio con su hija e intentó acercarse, pero Albert le hizo una señal para que no lo hiciera, a lo que ella salió por donde mismo entró un poco desencajada. Puedo imaginar que pensaba que la tortura contra su pequeña había sido suficiente. Pero ya hablaría con su hija después y le preguntaría para así tomar la acción correspondiente, lo que eso fuera.

"Te voy a hacer una proposición que quiero que consideres", le dijo después de un corto silencio cuando se calmó un poco. Esto logró que Eliza levantara la vista, aunque aún mantenía su mirada desafiante. No, ese no era el dulce y amistoso Albert que todo el mundo conocía. Era el bisabuelo William.

"Te voy a dar la oportunidad de que regreses al colegio y termines de estudiar. No me agradó ni un poco que dejaras el colegio y no hicieras nada por ti. Vas a terminar, y luego entrarás al corporativo Ardlay, para que ayudes a tus padres".

"Y si no acepto, qué", dijo sin casi dejarlo finalizar la idea.

"Entonces, tendrás que buscar un trabajo por tu cuenta. No es por molestarte, es para que gastes esa energía que tienes en odiar a las personas, entre ellas a mi esposa, y te decidas a mejorar. ¿Te parece?... Eliza, no voy a seguir discutiendo contigo sobre lo desilusionante que es verte destruirte tú sola. Es todo en vano si te niegas a hacer algo por ti misma. Te voy a dar, sin embargo, este mes para decidirte, y quiero que, en ese plazo, pienses lo que harás. De otro modo, me veré en la penosa obligación de tomar la decisión que no quiero tomar".

"Mi abuela no lo permitiría", contestó con voz de trueno.

"Tu abuela, Eliza, permitió que yo tomara la decisión de la mudanza de ustedes a Florida. Me parece que no les va tan mal. No creo que debata ninguna otra decisión que yo tome por el bien del clan".

"Yo soy una fina dama, y como tal quiero que se me trate. Mi abuela lo sabe".

"No, Eliza. Tú no eres una fina dama y tu abuela sí lo tiene clarísimo. Eres, pues, otra recogida más si no haces algo por ti, para ti. Por eso te sugiero, si quieres seguir participando de lo que nunca fue tuyo, que aceptes lo que te ofrezco. De otro modo, estarás fuera del clan...Ah, por cierto, puedes regresar a Chicago e irte a vivir al Magnolia, donde vivíamos Candy y yo cuando perdí la memoria. No tendrías que pagar renta, pero trabajar para comer, eso sí, así que tú decides. Tienes un mes como máximo para decidirte, todo un mes, para seguir disfrutando esa vida de dama que te das, pero después de ahí, no. No voy a tener más consideraciones contigo después de ese plazo de las que ya he tenido. Decide o estás fuera... con permiso", ahí dio por terminada la charla, y no le permitió contestarle más nada.

Eliza luego de eso, protestó, lloró, pataleó, pero después se tranquilizó. Nadie, ni siquiera su propia familia, se le acercó en ese momento, porque Albert les estaba haciendo señas para que ni se les ocurriera. Ella, sin embargo, al rato se levantó y salió con paso firme por el mismo pasillo que anteriormente utilizamos para el corte de cinta sin siquiera despedirse de nadie, ni siquiera hablar con su familia, que afuera la esperaba.

Unas semanas después de esta charla tan incómoda para mi esposo, sorprendentemente supimos que ella había decidido irse a la escuela de chefs como única fémina del grupo, y comenzó a trabajar inmediatamente en los hoteles de la cadena (quizás su padre influyó, ya que Albert y la tía abuela sabían que el Sr. Leagan se sentía desesperado porque no pensaba haber logrado algo positivo con su malcriada hija). Por tanto, era eso o irse a Chicago a tolerar que mi esposo estuviera detrás de ella con lo del trabajo. Para suerte, con la madurez y el golpe que recibió de ese intercambio, desarrolló un gusto por el trabajo que comenzó a realizar, y que era un pasatiempo que no sabíamos que ella tenía. Increíblemente le gustaba la cocina, algo para lo que demostró cierta maestría una vez dejó las niñerías de lado. Bueno, la verdad es que mi esposo resultó el mejor en eso de ayudar a las personas a descubrir sus talentos naturales. De pronto, la cocina de Eliza también comenzó a producir un capital adicional muy beneficioso a los negocios, y más aún, desarrolló en ella un gusto por lo culinario, además de que, como chef, administraba todas las cocinas de los hoteles de la cadena. Ella quería mandar y que la obedecieran, lo logró de cierto modo, aunque también aprendió un poco de humildad, que le hacía falta. Eso la ayudó mucho y creó en ella la Eliza que hubiera sido hasta mi amiga en otras circunstancias. Pero nunca pasó, ya que la espinita que siempre tuvo conmigo, nunca sanó por completo.

...

Luego de ese incómodo corte de cinta, y que mi esposo nos hiciera posar para una foto cuyo propósito fue realmente enseñársela a la abuela (foto que después terminó en mi salón de estar cuando nos mudamos con la familia a Inglaterra), foto en la que yo misma evité pararme junto a los Leagan más por incomodidad que por otra cosa, al otro día las cosas cambiaron dramáticamente. Al menos Sarah fue por la mañana a saludarnos a la suite, y el Sr. Leagan nos ofreció su chofer para pasear por la ciudad ese día. Quisimos, por tanto, invitar a Roger y a Georges para que se tomaran tiempo libre con nosotros, pero un evento fortuito nos cambió todos los planes.

Georges había expresado un gran cansancio después de la aciaga foto, y se retiró muy temprano a su suite. De hecho, durante la foto, lucía ya pálido, y se excusó inmediatamente después de que nos las tomaran. Allí, se dio un baño caliente, según lo expresado por Roger, que lo acompañó a su suite, y esa mañana, cuando tocó la puerta y él le abrió, pidió que lo excusaran del paseo. Parecía que el buen Georges, que siempre había tenido una salud de hierro, se había enfermado, y se le notaba bastante.

Roger fue inmediatamente a nuestra suite, luego de esa rápida visita a la de Georges. Tocó y cuando Albert le abrió, nos explicó la situación. Sí, habíamos visto a Georges algo pálido, pero se lo atribuimos al cansancio. Es que el pobre era el hombre más ocupado del mundo, y por lo menos a mí me parecía que esto podría haber causado su cansancio.

"¿Quieres que vaya a confirmar cómo está antes de irnos?", pregunté, aunque realmente, si estaba enfermo, tenía la intención de quedarme con él, incluso si me perdía el paseo.

Para mí Georges era, como le decía a mi esposo, mi caballero blanco, así que me unía a él un afecto muy grande. Siendo que, entre otras cosas, fue el que encontró a César y Cleopatra, tampoco olvidaría que por él fue que me enteré de la personalidad verdadera de mi esposo. De alguna forma, me salvó la vida en diversas ocasiones, así que le debo todo. Pero no era tampoco eso; de verdad lo quería muchísimo, como si fuera mi padre. Georges siempre fue especial conmigo. Me salvó cuando me rescató del nefasto plan de los Leagan de enviarme a México. Siempre se ocupó de mí y de mi esposo. Para nosotros era un ser especial. Que estuviera enfermo era preocupante.

"Mi amor, vamos los dos. No quiero salir si Georges se siente mal", me contestó Albert con un tono algo preocupado.

"Sí, eso pensé. Vamos entonces todos".

Cuando llegamos a la suite, notamos que la puerta de entrada estaba abierta. Quizás pensaba que Roger nos avisaría, y preferimos entrar, como si fuera una invitación. La suite estaba medio desordenada, algo que no era común en él, que siempre buscaba que su presencia no delatara reguero o descuido. Esto innegablemente nos preocupó aún más.

Georges estaba en la primera habitación del segundo nivel, recostado leyendo. Cuando toqué su frente, noté que tenía unas décimas de fiebre y se lo dije a Albert.

"¿Qué tienes, viejo amigo?", Albert le preguntó, con tristeza.

"Creo que estoy un poco resfriado, nada que un poco de descanso no resuelva", contestó con voz algo ronca, y tratando de disimular lo mal que se sentía en ese momento.

"Nunca te había visto enfermo", le dijo.

"Siempre hay una primera vez. De verdad, no te preocupes. Voy a estar bien", respondió.

Albert me hizo señales al rato para que lo acompañara y hablar conmigo en un momento en que Roger se sentó a hablar con él para darle unas instrucciones de trabajo, ese Georges, que ni enfermo dejaba de ocuparse de sus deberes. Aprovechamos que su atención se la dirigió a Roger.

"Qué crees, Candy", me preguntó.

"No soy doctora, pero me parece que tiene flu y que va a empeorar antes de mejorar, especialmente si no acostumbra a enfermarse".

"Entonces debemos adelantar el regreso a Chicago. Perdóname, Candy, pues prometí pasar más tiempo contigo".

"No te preocupes, mi amor. Ya tendremos tiempo para descansar en otro momento. Ahora lo más importante es Georges".

"Gracias por entender. De hecho, necesitamos salir de aquí hoy mismo. Si va a empeorar, quiero que al menos estemos en camino a Chicago, donde tenemos el apoyo que necesitamos. Aquí sería experimentar, y quiero que la gente que ya conocemos sea la que lo atienda".

Yo le asentí y Albert se devolvió al cuarto conmigo detrás suyo.

"Roger, si no te molesta, regresaremos a casa esta tarde. Aunque si deseas quedarte..."

"No, no hay problema. Voy a recoger mis cosas ahora mismo. Entiendo lo mismo que ustedes, que Georges debe descansar en casa".

"Yo voy a comunicarme con Raymond, para que cancele lo del vehículo...", dijo Albert decidido a no dejar solo a su amigo.

"De ninguna manera. No quiero que cambien sus planes por mí", respondió Georges casi ahogado por la tos, que no podía controlar.

"¿Crees que podríamos disfrutar si sabemos que estás enfermo? No hay nada más que hablar. Nos vamos en la tarde", respondió decidido Albert. "Voy a comunicarle a la tía Elroy que regresamos antes. Si quieres, podemos acomodar nuestro vagón en el tren para que descanses y que estés más cómodo".

"No, William, de verdad que estaré bien. No los quiero incomodar".

"Por mí no te preocupes. Estaremos todos bien y cómodos", le contesté ante su insistencia de no sacrificarnos por él.

Continuará...