De regreso a la estación, los dos vagones de la familia se prepararon para nuestro retorno a Chicago. A Georges lo dejamos descansando en nuestra cabina, que era la más cómoda. Sus protestas iniciales fueron sustituidas por sudores y temblores febriles que no le permitieron luego siquiera expresarse en contra de lo que ya estaba decidido. Georges se sentía realmente muy mal, demasiado, y tenía que recuperarse. Por cierto, le di unos comprimidos para bajarle la fiebre, además de las compresas frías. Como le había dicho a Albert, su salud iba a deteriorarse bastante antes de mejorar. Claro, Georges era un hombre fuerte, y sabía que superaría la crisis, pero tenía que atenderse y dejarse cuidar.
Estaba, por cierto, a dieta líquida, no fuera que se mareara y devolviera los alimentos. Además, era importante que tomara baños fríos para bajarle la temperatura del cuerpo. Me preocuparon durante las primeras horas las subidas repentinas de temperatura, pero llegó un momento, más o menos cuatro horas luego de comenzar el tratamiento, que la fiebre comenzó a ceder. Además, le di también una pastillita para dormir. Antes, por cierto, de salir de la estación, llamamos a Dr. Martin a la clínica, y nos sugirió lo que teníamos que hacer para hacerle más cómoda la travesía a nuestro amigo, ya que el Dr. Leonard no estaba disponible para atendernos.
En Florida las temperaturas eran cálidas a ese tiempo, pero en Chicago hacía bastante frío, y no era bueno exponerlo. Pero ya nos las arreglaríamos cuando llegáramos allá. Además, Albert mandó a arreglar su habitación en el ala este, y le recomendó a la tía que hablara con Dr. Leonard para atenderlo cuando llegáramos a la mansión, ya que no habíamos logrado contactarlo para contarle.
Para completar, Georges era un hombre testarudo, y aunque se desvivía para que los demás estuvieran bien, no tenía esas mismas previsiones consigo mismo. Así que por lo único que aceptó que lo cuidáramos fue porque Albert le insistió hasta el cansancio. También le manifesté que me quedaría a su lado sin saber que tendría que enfrentar un drama que me alejaría de ese propósito cuando llegáramos a Chicago, pero a eso luego. No, Dr. Martin no quiso decirme después de este asunto de Georges, así que tendría que esperar al regreso para saber. Ah, pero, no soy tonta. Sabía que algo pasaba por su tono de voz, como si quisiera decirme algo, aunque, en ese momento, Georges era mi prioridad. Esperaba que no fuera algo relacionado con la salud de la Srta. Pony, y más con el frío que hacía. La realidad es que no se atrevía a decírmelo, y miren que insistí. De hecho, lo que me esperaba en Chicago era una carta suya. Así de avergonzado estaba de hablarme directamente del tema. La verdad es que él le había solicitado a la tía abuela que no me dijera nada, que esperara al menos un día después de mi llegada para hablarme del asunto. Aunque no era de extrema urgencia, me hubiera gustado saberlo antes. Por más difícil que me hiciera la situación, creo que yo misma hubiera hecho lo prioritario, que en ese momento era permanecer al lado de Georges hasta que estuviera mejor, o al menos eso pensaba yo.
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Cuando llegamos días después, nos esperaba un servicio de ambulancia con una buena camilla que se encargaría de su traslado. Georges, que ya se sentía un poco mejor, protestó por lo que consideraba exceso, pero al ver los ojos húmedos de mi esposo, bajó el tono de protesta, y permitió las previsiones que muy gustosamente le prodigaba la familia. La verdad es que Georges era muy querido, y nada se pasaría por alto en su cuidado. Hasta me ofrecí, como enfermera, a irme en la camilla con él.
Al principio, tampoco quería tanta atención de mi parte, pero Albert y yo insistimos. Entonces, me permitieron irme con él en la ambulancia. En el camino, de pronto el frío se comenzó a sentir, pero al menos él estaba cubierto. Para suerte, ya no tenía fiebre, pero aún conservaba esa fea tos y congestión, además de que se sentía débil, mareado y con nauseas; perdió el gusto y el olfato también durante la travesía. Por lo menos, aunque tomó algún tiempo, mis cuidados y las sugerencias de Dr. Martin comenzaron a surtir algún efecto. Pero por nunca enfermarse, no estaba acostumbrado, y aunque trataba de disimular lo mal que se sentía, le estaba dando mucho trabajo.
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Habiendo llegado a la mansión, se hicieron todos los arreglos para que la habitación de Georges en el ala este estuviera lista para él. El servicio de ambulancia, de hecho, también lo ayudó a llegar hasta su recámara, aunque él protestó que no quería, que podía hacerlo solo. Georges es tan independiente, que trató de caminar hacia allá, pero lamentablemente, su desbalance lo hacía moverse como borrachito, así que hubo que ayudarlo, especialmente cuando llegó al pie de la escalera, y subiendo un solo escalón, estaba jadeando hasta más no poder; no, no podía hacerlo por sí mismo. Y ya, una vez acomodado, lo dejamos descansando, aunque bajo protesta, y Albert y yo eventualmente nos fuimos a nuestra propia recámara, donde caímos explotados en la cama. Estábamos tan cansados que pedimos la cena allí, y luego de un baño, nos acostamos a dormir. No saldríamos de allí hasta el día siguiente.
Hubiera querido visitar a Georges, pero tengo que admitir que no tenía fuerzas para nada. Aún así, Albert me dijo que no me sintiera mal que, en ese momento, Georges estaba muy bien atendido, y que podíamos descansar tranquilamente. Descansar tranquilamente fue dormirnos antes de las 9 y despertarnos al otro día después de las 8.
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Al otro día, recibí con el desayuno una invitación para tomar el té con la tía Elroy. Me imaginé que querría hablar conmigo de todo lo que había pasado en Florida, así que tomé uno de los vestidos del armario con sus accesorios, me di un corto baño después de desayunar, me vestí algo rápido, y salí de la habitación donde un exhausto Albert todavía dormía, a través de la puerta secreta que estaba en nuestra recámara. No sólo ya sabía, porque él me lo había dicho, dónde estaban todas esas puertas secretas que comunicaban el ala este con la residencia principal, sino que también ya conocía el camino hacia la recámara de la tía abuela, y podía llegar sin perderme; bueno, casi sin perderme.
Cuando por fin llegué, Sophie estaba allí sola con la tía abuela, y me dio entrada a la antesala en lo que la ayudaba a vestirse. Cuando terminó la tarea, me dijo que todo estaba listo y que sólo tenía que servir el té. Se despidió con una reverencia que yo respondí, y esperé que saliera para anunciarme yo misma, lo que hice, asomándome adentro.
"Candice, entra y sirve el té, por favor", me dijo al rato, y yo entonces entré.
"Tía abuela, me imagino que quiere saber lo que pasó en Florida con los Leagan", le adelanté.
"Sí, pero esa no es la principal razón por la que te llamé", me respondió rápido.
La tía sacó un sobre timbrado de un cofre y me lo entregó. Era de Dr. Martin, pero no me permitió abrirlo hasta que termináramos con el asunto del té. De pronto volví a preocuparme por la Srta. Pony, pero la tía abuela me hizo despejar esas ideas; entonces me tranquilicé un poco. Era obvio que sabía de qué trataba la misiva, así que hice, aunque torpemente esta vez, lo que me pidió. Luego de haber terminado la tarea y de bebernos el té, me dio el visto bueno para que leyera la carta de Dr. Martin. De algún modo pensé que estaba disfrutando con la tortura de mi curiosidad, aunque ya supiera que no era algo grave. Quizás lo hizo, luego pensé, para que estuviera más relajada con las noticias que recibiría. Bueno, de todos modos, tranquila no estaba.
El sobre, por supuesto, estaba abierto. Claro, iba dirigido a la tía abuela, así que no se trató de una indiscreción de su parte. Luego de leer sentí algo de alivio de saber que no tenía que ver con la salud de nadie en el Hogar, que fue mi primer pensamiento. Miré entonces a la tía abuela como en reclamo, incluso, tonto, pero es que ella se había convertido en amiga de todos allí, y quería ayudarlos como pudiera, y esto era una solicitud de ayuda. El asunto, por cierto, estaba fuera de sus manos, pero de todos modos, logró torturarme, como siempre hacía cuando quería algo de mí. Ella esta vez quería asegurarse de que yo no pudiera negarme, ante otras posibilidades más atractivas para mí, aunque cuando se trataba del Hogar, yo no decía que no a nada.
En fin, la carta decía:
"Saludos, Candy,
La verdad es que siento una vergüenza sabiendo que se acercan las Navidades y tú tienes obligaciones nuevas con tu esposo y tu familia, pero necesito de tu ayuda urgente. No lo haría si no lo fuera. Como sabes, tengo a cargo la Clínica Feliz y todo su personal, que consiste en cuatro practicantes y seis enfermeros y practicantes de enfermería. Del Hospital del Pueblo me pidieron, por favor, que permitiera que mis cuatro practicantes de medicina, los enfermeros y practicantes de enfermería se fueran para allá. Por eso me he quedado solo en la clínica. Es que no me pude negar ante la necesidad del hospital y más en este tiempo, que hay tantos enfermos por el frío y las nevadas.
Para Año Nuevo, llega otro médico que me asistirá con la Clínica Feliz, pero ahora mismo necesito tu ayuda y la de Albert para poder atender a los niños del pueblo y otros pacientes que visitan y no pueden llegar al hospital. Me temo que no doy abasto yo solo y no les pediría que me ayudaran si la situación no fuera tan desesperada. Para esta época los niños se resfrían y se enferman más de lo común, y no puedo ser enfermero y médico a la vez. ¿Podrían venirse para acá y celebrar las fiestas en el Hogar? Así también celebran esta Navidad y Año Nuevo con nosotros acá, incluyendo a la tía Elroy, que se puede quedar en el Hotel nuevo que se abrió para que esté cómoda y celebre con nosotros, aunque pienso que ella querría mejor irse para Lakewood, aunque estaría también cerca. Creo, además, que sería bueno que vieras lo que se ha logrado con la remodelación desde la última vez que tú y Albert estuvieron por acá, antes de la boda. Albert no ha escatimado en gastos. Tenemos casi un pueblo aquí; es hermoso y especial, espero que esto te motive.
Si quieres llamarme, estaré esperando. La verdad es que eso del teléfono no se me da, por eso te escribo, pero espero que puedas responderme, ya que sé que esta carta sí te llegará a la mano, y una llamada no necesariamente lo haría, al menos no inmediatamente. Gracias siempre por todo y perdóname por pedirte algo tan difícil".
Terminé de leerla más tranquila. Sin embargo, un pensamiento nubló mi mente. Albert y yo habíamos acordado quedarnos en Chicago hasta la primavera del año siguiente. De esta solicitud, dudaba que él pudiera irse conmigo al Hogar en ese momento, y tampoco quería celebrar las Navidades sin él. Era algo difícil. La tía se dio cuenta de mi situación, y por eso no me había querido decir.
"Candice, me imagino que te debates sobre eso de irte sin tu esposo. Ya sabes que William tiene obligaciones en el Corporativo, y no puede dejarlas, en especial por todo el tiempo que estuvo fuera de luna de miel".
"William y yo habíamos acordado irnos a Lakewood el año próximo, para primavera. No puedo pedirle que cambie sus planes, y ahora menos, con Georges también enfermo".
"Así es. William también me habló de esos planes. La verdad es que él tiene que planificar ese viaje para que no se afecten sus funciones en el corporativo. No se puede ir, así como así, ahora que está de vuelta y, como dices, menos con Georges también enfermo, siendo que él es la persona que se ocupa de la mayor parte de las operaciones en Chicago, y no podemos exponerlo, aunque esté mejorando. Quizás debas hablarlo con William, pero me parece que debías mejor decirle que te vas para allá, porque sé que no quieres dejar solas a tus madres y tampoco a Dr. Martin. Creo que él entendería perfectamente lo que tienes que hacer".
"No sé, no quisiera presionarlo con esto. Además, Dr. Martin también lo requiere".
"Candice, de nuevo, William no puede, y lo lamento. No creo que pueda cambiar sus planes de la noche a la mañana, pero háblalo con él de todos modos. Mi sobrino ha demostrado un increíble ingenio en tiempos recientes, así que mejor le consultas a él. Me parece, sin embargo que, aunque pueda tomar una decisión contraria a lo que probablemente ambos desean, al final tomarán la decisión correcta".
Y bien que lo sabía ella; nos leía muy bien. Aún con tristeza de separarme de mi esposo, tenía una deuda de honor más con Dr. Martin incluso que con mis madres. A Albert lo amaba y dejarlo me costaba, pero no era una decisión difícil ciertamente y sabía que todo estaría bien con él.
"¿Lo de Florida...?", le recordé, aunque no tenía deseos de hablar del asunto después de esto.
Ella entendió.
"No te preocupes. Hablaré con William. Después lo conversamos o quizás me puedes escribir desde el Hogar para saber lo que piensas, ¿te parece?"
Le dije que sí , aunque ni esa conversación ni esa carta se dieron tan fácil con todo lo que había que hacer en el Hogar...
Continuará...
