Luego de la cena esa tarde, en que casi ni hablé, los dos nos fuimos a nuestra recámara en el ala este, y Albert no tardó en preguntarme lo que me pasaba. Le entregué la carta casi con lágrimas en los ojos. Él la leyó con sumo interés.

"Candy, no te preocupes tanto y vete y ayuda a Dr. Martín. Es nuestro deber, aunque sabes que ahora yo no puedo. Pero no dejes de hacerlo tú".

"Pero no me quiero separar de ti", dije en tono suplicante y con voz en llanto.

Albert se echó a reír. Él siempre se burlaba de mí por tener siempre los sentimientos a flor de piel. Le gustaba mucho confundirme con sus cambios entre risas y seriedad.

"Mi niña bella, no es para tanto. Son unas pocas semanas, y créeme, haré lo posible por reunirme contigo. Recuerda, esa semana de Navidad y Año Nuevo siempre la tomamos libre, así que nos podemos ir a Lakewood y estar cerca. No llores, por favor".

Yo no estaba tan tranquila como él. Para mí, una separación, aunque ese fuera el motivo, me hacía añorarlo mucho más. Albert de pronto me pidió que se sentara en la coqueta, me soltó el cabello y comenzó a peinarme. Para mí, que él hiciera eso todos los días me hacía sentir muy amada. Era como un masaje en el alma.

"Candy, no es que nos separemos para siempre. Ya hemos tenido algunas separaciones, y ya vez como el destino nos une siempre. Ahora estamos casados. Y yo sí entiendo que tu primera familia está en el Hogar. Sé que no te sentirías bien si no vas allá con ellos".

"Lo sé, pero siempre te extraño aún cuando estás conmigo. Te amo tanto. Jamás pensé amar así. Necesito tenerte cerca y sentir que estás cerca de mí", dije calmando un poco mi llanto.

Albert de pronto se volvió a reír. Yo sabía que él tenía una paz inquebrantable ahora que estábamos juntos. Pero lo que quizás no entendía (o sí) era que tanto tiempo que estuvimos separados en diferentes etapas de nuestra vida, me hacían sentir horrible por extrañarlo demasiado. En el fondo, tenía miedo de que eso que estábamos viviendo fuera un sueño y que de pronto despertara. Él se me acercó más, me dio un beso largo y sentido, y me luego me respondió, cuando por fin pudo soltarse de mi abrazo:

"Vamos a dar un paseo. Es temprano y quiero pasar un rato contigo".

"Por qué no hacemos el amor ahora. Estamos solos y este es el mejor momento…ahora que me voy, y sabrá Dios cuándo volvemos a tener un momento como este".

"No. No ahora, mi vida. Quiero que hablemos un poco de nuestras inquietudes y miedos. Cuando regresemos y si estás más tranquila, entonces sí, antes de dormir. Creo que en este momento necesitas calmar tu mente. Y también creo, mi pequeña traviesa, que el conflicto que tienes amerita que calmes también tu ansiedad".

"Está bien, vamos. ¿Me dejo el cabello suelto?"

"Sí, déjalo así. Me gusta más tu cabello así. Es más, ¿te hago las coletas?"

"Ay, mi amor, esas coletas me hacen ver muy niña".

"Con ellas me enamoré de ti. Déjame, ¿sí?"

"La verdad que Georges tiene razón. Eres un pervertido" y nos echamos a reír, aunque el chiste era para tranquilizarme. "Cómo está Georges", pregunté en el proceso de amarrarme el pelo, ya que no había podido visitarlo y atenderlo ese día tampoco.

"Está bien cuidado y mejorando. No te preocupes. Has tenido mucho contacto con él en estos días, y ahora que te vas, lo mejor es que no te acerques, no te vayas a contagiar, y en vez de ayudar al Dr. Martin, termines enfermando a todos por allá, y más con este frío".

"Me he sentido bien. De todos modos, he tomado mis medidas. Y sí, tienes razón. Mejor es no retar al destino con eso".

Terminado el proceso del pelo, nos abrigamos y salimos hacia los bellos jardines que, aunque oscuros y en pleno invierno, lucían espectaculares, si bien aterradores. Albert me tomó de la mano, y comenzamos a caminar, con el frío a esos niveles, pero no nos importaba. Ciertamente, eso logró calmar mi mente un poco.

"La verdad, mi amor, me alegrará mucho ver a Dr. Martin de nuevo. Me hizo tan feliz cuando se decidió por construir la Clínica Feliz en el Hogar".

"Sí, mi vida; en eso debes pensar antes de dudar si debes ir".

"Perdóname, Albert. Siempre pienso en lo que quiero, soy un poco egoísta".

Albert a eso comenzó a reírse, aunque con cierto grado de incomodidad que no podía leer. Pero sí, estaba ahí, aunque no le pregunté. Me respondió después de pensarlo un poco:

"Egoísta, no. Simplemente es que quieres estar conmigo, y yo también quiero estar contigo. Hemos pasado mucho tiempo separados y ahora que estamos juntos, la sola idea de estar aparte es insoportable. Lo sé, lo entiendo, pero tenemos unas vidas y unos compromisos que cada uno debe respetar, mi adorada pequeñita".

Así, por cierto, me sentía yo, así que entendía perfectamente lo que me estaba diciendo, y era cierto, cómo negarlo.

"Cuando regresemos a Lakewood en primavera podremos pasar más tiempo con tus madres y Dr. Martin, pero ahora debes ir tú sola y cumplir con tu responsabilidad".

"Qué harás sin mí", pregunté en tono de ensoñación, mientras trataba de imaginar su vida sin mí en estos días.

"Ah, no sé, quizás me busque una novia nueva", me guiñó el ojo y se echó a reír, otra vez burlándose de mí.

"No seas tonto, Albert. Sabes que te voy a extrañar, pero si te buscas una novia, te voy a comer vivo", le contesté entre risas también.

"Ja, ja, mi pequeña celosa. Sabes que no tengo ojos más que para ti. Por cierto, lo mismo te digo; no te busques un novio cuando estés por allá".

Los dos continuamos riéndonos con la broma. Al rato, después de caminar, regresamos, pues el frío estaba hasta peor que cuando salimos. Subimos a la estancia algo más relajados, y nos encerramos en la habitación del ala este.

"Bueno, Candy, ahora dime, cuándo será tu partida".

"Qué tal el fin de semana próximo. Así paso unos días contigo antes de irme".

"Bueno, y qué quieres hacer, porque no veo que tengas sueño ni yo tampoco", me preguntó con una mirada picarona.

Yo me reí para mis adentros. La realidad es que, después de tantos días sin tocarnos durante la travesía en tren, quería estar con él. Y ya que también pasaríamos unas cuantas semanas sin vernos, le guiñé el ojo en complicidad. Luego nos fuimos a la cama y, bueno, me imagino que tienen una idea de que a dormir no era. Por la mañana, bien tempranito, entramos a la tina y también continuamos con lo que ya habíamos comenzado la noche anterior. Así lo hicimos durante los cuatro días que me faltaban para irme, por la mañana, antes del trabajo, y por la noche, antes de acostarnos a dormir.

…..

Era sábado llegué a media tarde a la estación de trenes de la ciudad. Necesitaba un carruaje o vehículo que completara mi trámite. Le había dicho a la tía abuela y a Albert que prefería irme en una cabina normal del tren y sin mucha fanfarria, así que sólo llevaba dos maletas (una grande y una mediana) y un bolso de mano. De hecho, estaba utilizando el dinero que Albert me guardaba regularmente en una cuenta y que me había negado a siquiera usar hasta ahora, que estamos casados. De otro modo, nunca lo hubiera hecho.

El vehículo taxi me llevó hasta la nueva entrada del Hogar. De hecho, impresionaba lo moderno que estaba todo, y comencé a añorar los viejos tiempos, cuando entraba en la vieja facilidad y se sentía todo tan acogedor. Ahora era otra cosa. De hecho, le pagué al chofer, y me dirigí a la puerta de entrada. Cuando llegué, toqué la puerta, pero nadie me respondió, así que me dispuse a sonar el timbre, que resonó por todo aquel local.

La pesada puerta se abrió lentamente, y tuve que bajar la mirada, porque quien me respondió era una niña de unos 5 años que no conocía. La verdad que fue una sorpresa verla. Claudette de pronto salió, y comenzó a regañarla con mucha suavidad.

"Emma, cuántas veces te he dicho que no abras la puerta tú solita".

Cuando terminó lo que había comenzado la niña, se sorprendió de verme.

"Ah, Candy, cómo estás", me preguntó. "Pero entra, que el frío está tenaz hoy. La verdad es que te esperábamos mañana".

"No, por suerte, pude tomar el tren más temprano, aunque ya se hace tarde y quizás hubiera sido mejor para ustedes que llegara mañana en vez de hoy".

"No digas eso, Candy, está bien. La Srta. Pony y la hermanita se alegrarán mucho de verte".

Claudette me invitó a entrar y luego la seguí hasta llegar al salón donde estaba encendida la vieja chimenea.

"Ahora tenemos calefacción, pero no hay nada mejor que una chimenea para este frío intenso".

"Tienes razón", y pegué mis manos del fuego lo más que pude, como cuando era niña y hacía eso mismo.

Emma a ese entonces estaba asomada en el borde de la entrada observándolo todo. Yo la miré de pronto.

"Ven, chiquita", le dije ofreciéndole la mano.

La niña me miró con algo de recelo y salió corriendo hacia el pasillo que daba a la nueva facilidad.

"Quién es", pregunté con curiosidad luego de que se alejara.

"Emma es una niña que recién entra en el Hogar. Su madre murió atropellada por un vehículo del pueblo, y no tiene a nadie más que a su abuela, y la pobre no puede atenderla. Lleva dos meses aquí".

"¿No habla?", le pregunté.

"No. Desde que pasó lo que pasó, no habla".

"Bueno, pues, será ayudarla. Pero, dónde está la Srta. Pony y la Hermana Lane", pregunté, cambiando el tema.

"Hoy es su día libre y se fueron al pueblo de compras".

"Eso suena bien. ¿Y Dr. Martin?"

"No, ese no tiene días libres. Su personal se fue de la Clínica Feliz, y no tiene casi tiempo para él".

"Pues, quiero ir ahora. A lo mejor necesita ayuda en este momento, aunque es algo tarde, ¿no? Pero por eso estoy aquí, así que sin excusa".

"Sí, creo que tienes razón. ¿Vamos ahora?", a lo que asentí aún el frío tan tenaz afuera.

En eso, Claudette llamó a su asistente, una joven de la edad de Candy.

"Sylvie, necesito que te encargues de la recepción, por si llega alguien. Candy y yo vamos a la Clínica Feliz cualquier cosa".

"Qué hago con Emma. No ha querido salir hoy y está dando vuelta por los pasillos. Temo dejarla sola y que haga una de las de ella", dijo con rostro trágico. De pronto recordé cuando era así de pequeña y las bromas que les hacía a mis madres y a los demás niños del Hogar.

"Mmm, creo que me le voy a llevar conmigo para evitar contratiempos. Dile que venga para acá". Luego se dirigió a mí. "Emma es explosiva. Uno no sabe a lo que se enfrenta con ella".

Al rato llegó Sylvie de la mano con Emma.

"Ven, Emma".

Y Emma se acercó a ella con algo de timidez.

"Emma, vamos a la Clínica Feliz con Candy. ¿Quieres venir?"

Emma asintió con la cabeza. La verdad es que le encantaba ir allí, en especial porque Dr. Martin siempre le regalaba paletas y dulces.

…...

Negar, por cierto, que esa niña me había impactado sería mentir. Desde que abrió la puerta ese día que llegué al Hogar, sentí que mi corazón palpitaba a mil. Ni siquiera sé por qué. De hecho, fue como un llamado. Quizás es que me recordaba a alguien muy cercano; ¿quizás a mí misma cuando tenía su edad? Aunque a decir verdad, a mí nunca me faltaron las palabras.

Emma tenía el cabello largo hasta la cintura, ondulado y rubio. Sus grandes ojazos azul-verdoso me recordaban ese mar frente al hotel de los Ardlay que acababa de visitar en Florida días antes. Aunque tímida y poco expresiva, escondía una hermosa sonrisa que mostraba con cierto grado de timidez de vez en cuando.

De pronto, salía corriendo cuando nadie la veía hacia la colina de mi propia niñez, se sentaba a los pies del padre árbol y lo miraba como si le pudiera dar consuelo o consejo. Esta niña había perdido a su madre en un accidente, y ni una vez la vi llorar por la pérdida. Como única respuesta, se había quedado sin una voz que expresara su dolor, su pesar. No decía nada de lo que le había pasado. Simplemente, se alejaba para esconder su pena, o al menos eso pensaba.

Cuatro añitos era lo que tenía, pero era algo grande para su edad. Los demás niños temían acercársele porque no sabían qué decirle, pero de seguro todos sabían lo que le había pasado. Ella ocasionalmente me miraba y se sonreía, pero nunca me dijo nada, ni respondía mis preguntas esos primeros días que estuve allí. Eso sí, unos días después me comenzó a tener confianza confianza, y se iba conmigo, de manitas a la clínica. Como todavía era muy pequeña para ir a la escuelita, me la llevaba conmigo unas horas, y la contraté de mi pequeña asistente. No era nada realmente; también era la pequeña asistente de Dr. Martin. Es que, innegablemente era chulísima.

Continuará...