Cuando llegamos a la Clínica Feliz, Emma se nos adelantó y tocó la puerta. El Dr. Martin la recibió con mucha alegría y le pasó una paleta de dulce. Ella entró directamente a la clínica, paleta en mano. Mientras llegábamos nosotras a la entrada, el doctor no pudo más que emocionarse al verme un día antes de lo esperado.

"Candy, qué alegría. Pasa... Dónde está Albert".

"Hola, Dr. Martin. Lo siento. Albert no pudo venir conmigo. Me dijo que lo saludara y que lo espere en tres semanas para celebrar la Navidad con nosotros, pero ahora, no, no puede", le contesté algo triste, lo que él notó enseguida.

"Oh, lamentable. La verdad es que los necesitaba a ambos, porque aquí hay mucho trabajo, y él, bueno, ya sabes todo lo que aprendió en África que le sirvió con todos esos accidentes que tuvo. Yo creo, por momentos, que él mismo se salvó la vida".

"Bueno, pero para eso vine. A ayudarlo. Yo también he aprendido algo con él. Y discúlpelo, pero ya sabe que tiene muchas ocupaciones que no tenía antes; bueno, que no recordaba antes. Además, ya sabe lo que le pasó a Georges, que es, como quién dice, su mano derecha; y yo añadiría sus brazos, sus piernas...todo él. Yo estoy aquí, ahora y lista para lo que sea. Dígame lo que tengo que hacer".

"Pues ahora mismo, lo que se dice ahora, tienes suerte. Ya terminamos con los pacientes del día, y estamos por cerrar. Quizás mañana, pero es domingo, así que no espero que tengamos tanto movimiento tampoco. Por lo pronto descansa en las nuevas facilidades del Hogar. Ya el lunes, probablemente tengas mucho trabajo".

"Siento no haber podido llegar más temprano. La travesía fue larga. Usted sabe. Además, como dice, no me esperaban hoy".

"Sí, pero no te preocupes; me alegró de que estés aquí. Y ya sabes manejarte, porque lo has hecho antes, y hay poco nuevo que necesites aprender. De hecho, ya que estás aquí, toma la llave de la clínica (Dr. Martin me pasó un inmenso llavero rotulado, para que no me quedara duda de qué llave abría que). Voy a aprovechar que estás aquí para ir al hospital y ayudar con las rondas matutinas. Así puedo dar la mano allá también. Están muy necesitados. De hecho, voy mañana también, para luego descansar un poco en la tarde. Espero que no tengas dificultades mayores en lo que hago esa necesaria diligencia".

"No se preocupe. Cuente conmigo. Ya sabe lo bien que me manejo bajo presión", le dije con una sonrisa picarona.

"Gracias, Candy, y bienvenida... Claudette", la saludó quitándose el sombrero.

Ella le hizo una reverencia. La verdad es que no quiso interrumpir mi diálogo con Dr. Martin, así que se me mantuvo callada un momento.

"Vamos, Emma, que el doctor va a cerrar", fue lo único que dijo de salida, mientras Emma jugaba con el estetoscopio. "Esa niña...es como tú, Candy". Ese comentario de pronto me tomó de sorpresa. Era obvio que mi fama me precedía, y que ya le habían contado que yo era, bueno, bastante traviesa de niña. La única diferencia fue que yo era bien parlanchina. No me callaba nada.

Emma, ante el llamado de Claudette, soltó cuidadosamente el estetoscopio y salimos de la clínica. De camino hacia las nuevas facilidades, al llegar a los cinco minutos, encontramos los rostros sonrientes de la Srta. Pony y la Hermana Lane, que regresaban de su día libre. Se habían tropezado con mi equipaje cuando llegué, así que sabían que ya yo estaba en casa, y me esperaban con té y galletas, como siempre. Yo llegaba con el inmenso llavero del Dr. Martin y una sonrisa de oreja a oreja al verlas en su rutina de siempre. Fuera de que extrañaba a Albert, llegar allí era otra cosa, y era, precisamente, por ellas.

"Candy...", la hermanita se emocionó cuando me vio. "Pero qué linda estás...bueno, siempre lo has sido, pero ahora hay algo diferente en ti, un brillo especial".

"Claro, hermana, nuestra Candy es toda una mujer y casada. Qué bueno verte pequeña nuestra", y me dio un abrazo.

"Siempre es bueno regresar. Llevo casi un año fuera y siempre extraño este lugar. Tengo algo para usted que más tarde le muestro".

De pronto, no podía llevarme conmigo el baúl de mis recuerdos muy a mi pesar de mí misma, pues siempre me había prometido tenerlo conmigo, pero, como saben, opté por irme ligera, y el baúl es bastante pesado; sin la comitiva de siempre, era imposible para mí. Lo que sí tenía conmigo dentro de un bolso de mano era el joyero de Rosemary, lo único de valor que podía cargar sin demasiada ceremonia. El baúl, por cierto, se lo dejé encargado a Albert para que lo cuidara como el tesoro que era. Lo otro, el cuadro de Slim. Las dos piezas de equipaje incluían unas cuantas mudas de ropa y una única pieza bastante grande para guardar ese cuadro. Albert me había dicho que no me lo llevara, que la Srta. Pony no me lo iba a aceptar, y que me diría exactamente lo que me dijo, así que finalmente terminó en Lakewood y allí se quedó hasta tiempo después. Pero en fin...

...

Luego de una noche de conversar y ponernos al día sobre nuestras cosas, Claudette, después de una cena sencilla, me mostró la habitación que me habían asignado en el Hogar en la parte recientemente remodelada. Era una pieza simple con dos camas dobles, para cuando Albert llegara, con sencillos, pero bonitos detalles en madera. Ese olor me embriagaba los sentidos y me hacía pensar más en mi esposo. Siempre recordaba con placer cuando me regaló aquellos finos detalles de ebanistería de su recámara de la mansión de Chicago. Ese mismo aroma a madera limpia se sentía allí mismo, lo que me hizo añorarlo y desearlo en ese momento. Estar tres semanas sin él sería demasiado para mí.

Me puse a pensar con eso todas las veces que nos separamos antes. Siempre consideraba, cada vez que él se iba de mi vida, que necesitaba que estuviera conmigo. Cuando me enamoré de él, esa necesidad fue mucho más grande. Aunque si lo vengo a considerar, no recuerdo un tiempo en que no estuviera enamorada de él. Quizás pensaba que, cuando niña, que lo admiraba y que quería que pasara algo, aunque no supiera qué, sí, el sentimiento estaba ahí. De hecho, el sentimiento estuvo desde que nos encontramos en la colina cuando yo tenía 6 años. Sentí siempre que podía contarle cualquier cosa, no importaba qué, porque podía y quería. Siempre fue así; le tenía toda la confianza de mi vida. Esa confianza no tardaría en convertirse en amor. Sin embargo, en ese momento, era otra necesidad la que tenía. Era la de la intimidad que teníamos el uno con el otro, y no necesariamente física. Albert y yo teníamos una conexión de mucho tiempo. Como decía la Srta. Pony, estábamos conectados por un hilo invisible, irrompible y que siempre existió. Para mí eso era muy importante. Y ahora, en medio de sentirme de nuevo en casa, también sentía ese pequeño vacío que él dejaba en mí. Bueno, lo mismo pasaba con el Hogar cuando me iba a Lakewood o Chicago. La vida era precisamente eso, una despedida y un saludo. Siempre me iba de uno u otro lado con esa sensación. Pero el regalo de amor que Dios me había dado con mis dos familias, ese siempre se lo agradecía con el alma.

...

El domingo fue un día más tranquilo, y no hubo necesidad de abrir la clínica. Dr. Martín salió temprano al hospital y regresó antes del mediodía. A esa hora, todos habíamos llegado de la misa y nos disponíamos a jugar dentro de la facilidad con los niños, pues una tormenta de nieve de esas que vienen y van nos dañó nuestros planes, aunque con suerte pudimos regresar al Hogar a tiempo. Después de todo, fue buena idea llegar el sábado en vez del domingo. Me hubiera quedado varada, y no llegaría sabrá Dios en cuanto tiempo. Aunque para suerte, la tormenta duró unas horas nada más. Y tampoco hubo que abrir la clínica, así que, en parte, fue afortunado. Por cierto, no pude comunicarme con Chicago lamentablemente porque no había comunicación afuera, así que me dio algo de ansiedad, pero la misma se me curó jugando con los niños y ayudando a mis madres.

Así pasamos el día, frente al fuego de la gran chimenea, y todo lo que hicimos fue allí, desde el almuerzo hasta la cena, y de nuevo, llegó la hora de despedirnos del día y todos recogernos temprano a dormir. Era en ese cuartito la segunda noche que el deseo de ver a Albert se me hizo más intenso. Quizás era el frío. Y era en momentos como esos que quería más abrazarme a él, sentirme entre sus brazos y dormir tranquila. De verdad no lo estaba aún con el día tan bonito que habíamos tenido. Me hacía falta él.

...

Al otro día, me levanté a las 6:00 a.m. con esa idea de que estaba algo perdida. Cuando me conecté con mis alrededores, me di cuenta de que hacía tiempo no madrugaba y en Chicago dormía hasta tarde. Nunca fui buena para madrugar, y mi amado siempre me lo recalca con una sonrisa burlona. Aún así, no dejo nunca de hacer cosas incluso hasta tarde en la noche. Las funciones de una matriarca nunca terminan. Para suerte, ahora las tiene de nuevo la tía abuela mientras yo esté ausente.

El Hogar a esa hora era un foco increíble de actividad. Ya estaban mis madres en la cocina con varios asistentes cocineros, preparando el desayuno, y Claudette y Sylvie de arriba para abajo, tratando de despertar a los más de 60 niños que ahora duermen en el Hogar.

"Hay que abrir los salones de clases, antes de que llegue el personal. Necesito la llave, Srta. Pony, y ya estamos algo tarde".

Y ahí estaba ella, con el llavero en la mano y entregándoselo a la administradora. De pronto, me quedé paralizada. Mis madres no me vieron hasta ese preciso instante.

"Ah, buenos, días, Candy. ¿Quieres desayunar?", me preguntó tranquilamente la Srta. Pony.

"Sí, y también quiero que me diga en qué puedo ayudar", le pregunté sintiéndome un poco culpable, porque mientras había movimiento, yo estaba allí, con mirada perdida y sin mover un solo dedo.

"Candy, no te preocupes. Aquí hay personal suficiente para todo. Lo que pasa es que la hermana y yo disfrutamos de cocinar y de hacer cosas como antes. Tan pronto todo el personal haya llegado, todo se calmará. Las mañanas siempre son así, especialmente cuando hay escuela. Ahora no sólo atendemos a los niños del Hogar, sino los de poblados aledaños, así que siempre nos verás corriendo contra el reloj".

"Me levanté tarde. Lo siento. Si hubiera sabido, las ayudo desde más temprano".

"Candy, de verdad, no te preocupes. La clínica no abre hasta las 8:00 a.m. a menos de que haya una emergencia que lo amerite. Puedes dormir hasta las 7 si gustas. Ya sabemos que te gusta dormir un poco más. No te sientas mal".

La verdad es que mis mejillas se tiñeron de rojo en ese momento con ese comentario de la Srta. Pony, en especial porque siempre recuerdo momentos aún de adulta en que mis dos madres pasaban muchísimo trabajo para que abandonara la cama.

"Candy, de verdad, no te preocupes...", continuó la Srta. Pony.

"No, no lo hagas", la apoyó la hermanita. "La clínica tiene suficiente trabajo y a veces tendrás que salir bien temprano, antes de que nosotras comencemos el día, y regresar tardísimo".

"Ya Dr. Martin nos dijo que estarás solita allí un rato. Siempre hay movimiento en la clínica. Y de vez en cuando, las practicantes del Instituto se van a la enfermería de la escuela, lo que es una corta caminata. Ya que el doctor no estará en la mañana, mejor te quedas en la clínica. Luego le dices que te lleve a la enfermería de la escuela cuando llegue, si es que puede", le terminó la Srta. Pony pasándole mientras tanto un plato de desayuno.

"O me dejas saber a mí, y te acompaño", le completó la idea la hermana Lane.

"Cuando terminan las clases los niños", pregunté, para preparar mi calendario.

"El día 22 de diciembre. Así las cosas, esperamos que todo mejore un poco para celebrar la Navidad. Ya con los niños de la escuela en su casa, probablemente se reduzca el flujo de pacientes a la clínica".

"Entonces nos iremos al hospital del pueblo. Espero que Albert esté aquí para ayudar también".

"Candy, no creo que sea necesario. El hospital tuvo necesidad ahora y por eso estás aquí, pero para esa fecha, muchas familias saldrán del área por el frío que hace aquí, probablemente a visitar otros familiares en otros pueblos".

"De todas formas, estaré pendiente por si me necesitan".

"Gracias, Candy", me dijo la Srta. Pony al comprobar que yo seguía siendo servicial, y que la vida de rico no había cambiado mi forma de ser.

Ella lo sabía, pero oír de mis propios labios que siempre conservaba la sencillez y el deseo de ayudar, la llenaban de este gran orgullo por la hija a la que, aunque la vida le sonriera de las mejores maneras, nunca dejaría de ser sencilla, y tampoco renegar de sus orígenes.

Continuará...