Ya a las 7, como 25 niños del Hogar terminaban su desayuno y salían hacia la vieja capilla, a escuchar la misa ofrecida por el capellán de la iglesia del pueblo. 20 minutos después, caminaban los 7 minutos restantes para llegar a la escuela, y comenzar las clases a las 7:45 a.m. Les tocaba entonces el turno a los niños pequeños después de que los grandes salían del salón comedor. Ahí vi a Emma, sentada con los más de 20 niños menores de 5 años, y dos cuidadoras de los 6 menores de menos de 2 años que tenían como residencia el Hogar.

No me atrevía, por cierto, a moverme de allí, aunque se acercaba la hora de abrir la clínica. Ya me habían dicho que Emma gustaba de estar allí, y yo quería que se fuera conmigo. A 10 minutos para las 8, le pregunté yo directamente y armándome de valor:

"Emma, ¿quieres ser mi asistente hoy en la clínica?"

Emma de pronto me miró un poco sonrojada, como preguntándose por qué una extraña acabada de llegar, que no la conocía, querría que ella fuera su asistente. De todos modos, y para mi suerte, me afirmó con la cabeza, y entones me la llevé conmigo. Íbamos de la mano todo el camino y sin hablar. Y aunque intenté que me dijera algo, cada vez que le preguntaba, me miraba con sus mejillitas sonrojadas, pero sin respuesta, quizás afirmando o negando con la cabeza.

Cuando llegamos a la clínica, entramos enseguida para guarecernos del frío. Enseguida que llegué, me dispuse a encender la calefacción y a limpiar un poco el lugar. De pronto, nos deshicimos de capas y capas de ropa, para quedarnos en lo básico. Cuando abrí la puerta del armario, vi varias batas de personal médico y una pequeñita. Cuando me puse a observarla, me di cuenta de que decía Mini-Enfermera Emma Louise Anderson. Anderson, sí, esta niña tenía apellido, y hasta un segundo nombre. Pero me pregunté si tendría algún otro familiar que la reconociera más allá de su abuelita. Probablemente sí, pero sabía que no me contestaría si preguntaba.

Yo, mientras tanto, tomé una bata prestada que decía "Enfermera Licenciada" (sí, esa era yo, aunque la tía abuela siempre me decía que por ser esposa del heredero principal, sólo podía hacer trabajo voluntario, y por supuesto, como ahora, cualquier cosa para ayudar a mis otras madres, pero no podía ejercer mi título como tal). De todos modos, me la puse con mucho orgullo, y así comencé la jornada. En la sala de espera, llegaron como 10 niños y jóvenes, todos con síntomas de refriado, y de pronto no sólo recordé que Georges había estado enfermo días antes con la gripe, sino que tenía que enviar la carta que le había escrito la noche anterior. Era cierto, aunque las cartas tomaban más tiempo en llegar, era un método más seguro y personal que una simple llamada, aún la duda si la misiva llegaría a tiempo, y más con este tiempo medio tormentoso. También aproveché a escribirle a la tía abuela sobre lo del asunto de Florida, porque esos cinco días que estuve en Chicago no tuve más que mente para mi esposo. Todo lo demás se me hizo superfluo. A lo sumo, tomaría entre 6 y 10 días para que llegaran, con suerte, esas cartas, y también aprovecharía para invitarlos a la fiesta de Navidad en el Hogar. Y sí, me había llevado el set de bolígrafos que me regaló mi esposo cuando estábamos en Londres.

Pero en cuanto al trabajo, más o menos 20 personas llegaron en la mañana, y los traté con el mismo remedio de Georges, excepto uno que tenía una fractura, y a ese lo atendí y lo envié a su casa a descansar. Después debía hacer cita, para que el doctor le recomendara los pasos a seguir. Yo simplemente lo inmovilicé, lo que también lo ayudaría para su recuperación.

Emma, mientras tanto, me ayudaba a repartir las paletas y los dulces que se ganaban los niños que se portaban bien. Varios niños expresaron que querían ser asistentes, como Emma, pero la verdad es que no podía contestarles. Eso me hizo recordar que cuando me contrataron de enfermera de la Clínica Feliz en Chicago, los niños iban a verme a mí, y Dr. Martin estaba algo celoso de la atención que me prodigaban. Ahora lo que querían era ser asistentes de enfermería. Emma me miraba como reclamando que no le quitara su puestecito para dárselo a un niño mayor que ella. Yo le decía que no se preocupara, que no lo haría.

Más tarde, durante el día, llegó Dr. Martin. Siendo que la clínica no se vaciaba, los dos estábamos hasta las narices en trabajo. No hubo ni tiempo de ir a la enfermería de la escuela. Simplemente estuvimos ahí hasta pasadas las 7 de la noche, al punto de que la pobre Emma se había acostado a dormir en el sofá de descanso.

…..

Claudette había ordenado que nos trajeran la cena a esa hora, y una de las asistentes se llevó en brazos a Emma. La niña, por cierto, llevaba todo el día con nosotros, y estaba exhausta. Aproveché para preguntarle al Dr. Martin con lujo de detalles su historia, y él fue muy diligente en contarme.

"Pues Candy, qué te digo. Emma llegó acá porque su abuela Margot la trajo luego de la muerte de su madre. Ella fue atropellada cuando salía de su trabajo de lavaplatos en el hotel del pueblo. No sabemos realmente lo que le pasó. Lo que sí, Emma a veces venía para acá al grupo de cuido cuando la abuela tenía algo pendiente o estaba enferma. Pero cuando muere la hija, rápido se dio cuenta de que no podía hacerlo sola. Entonces decidió que el Hogar era una buena alternativa. De hecho, Margot viene a veces a verla, y pasa un rato con ella. Ella está bien, y no es muy mayor, pero está sola, y no puede proveer por las dos. Además, vive en un cuarto muy pequeño, y no tiene espacio para su nieta".

"Por qué Emma no dice nada", pregunté, aunque sospechaba la respuesta.

"Ese es el trauma, que no puede expresar. Es como Albert cuando perdió la memoria. Él tenía este trauma que su mente decidió borrar, y por eso se tardó un tiempo en recordar. A Emma un golpecito algo diferente la hará hacerlo, ya verás. No te preocupes. Lo importante es que está bien, tiene buena salud, la queremos mucho, mucho, y nos llena un espacio en el corazón a todos".

"Sí, entiendo. De pronto, quisiera hacer algo por ella y por su abuela".

"Puedo imaginarlo. Para que sepas, ya hemos recibido varias solicitudes de adopción porque, no se puede negar, es una niña hermosa, pero hay dos barreras importantes para eso: la abuela, que quiere estar cerca de ella, y ella misma, que no quiere que la alejen de su abuela. Tú, que fuiste huérfana, no dudo que puedas entenderlo y encontrarle, quizás, un punto medio que sirva para no romper ese lazo que tiene con su familia", me sonrió sospechando ciertamente lo que yo tenía en mente.

"Me vio la intención…"

"Candy, te conozco hace tiempo, y creo que hasta igual que tus madres y que Albert. ¿Te acuerdas cuando lo del león, que sabía que te habían despedido del Santa Juana antes de que te atacara? Te leo como un libro, mi niña… También sé que sabrás cómo enfrentar esta situación en su momento. Ahora eres una mujer casada y puedes hacerlo, aunque no sola. Habla con Albert sobre lo que sientes".

Albert, sí, tenía que hablarlo con él. Pero mejor que viniera al Hogar, y conociera a Emma, para que lo entendiera todo. Por lo pronto, ese deseo que ya me imagino que saben me dominaba según pasaban los días, aunque no niego que desde el primer momento…

…..

Luego de dos semanas de trabajo intenso, llegó el 22 de diciembre y todos comenzamos a respirar paz. Los niños comenzaban su receso navideño y hasta podían dormir un poco más. Todos nosotros también. Recuerdo la emoción tan grande, que al día siguiente llegaba Albert con Georges, Archi y Annie. Pero primero llegó Patricia con su novio, invitados también por mí, a los que la Srta. Pony ubicó en habitaciones separadas. Siendo que Patty y Eddie vivían juntos hacía meses, era una medida un poco antipática, pero es que no quería que ellos les dieran malos ejemplos a los niños, y Patty lo entendía.

Yo estaba feliz de recibir a mi amiga. Hacía tiempo no compartía con ella. Y ya tarde en la noche, las dos frente a la chimenea, comenzamos a hablar.

"Candy, hacía tiempo que no tenía comunicación contigo. El trabajo de la universidad me mantiene muy ocupada".

"Sí, te entiendo perfectamente. Aquí ha sido una carrera sin fin".

"Me dijo Annie que viene mañana".

"Sí", contesté a media voz y cotejando que no estuviera ni la hermanita ni la Srta. Pony. "Viene con la sorpresa que ya sabes para nuestras madres".

"Sí, me lo dijo", contestó Patricia en voz baja. "Archi debe estar feliz".

"No más que la tía Elroy".

"¿Y ustedes?", preguntó algo indiscreta al darse cuenta de que nosotros aún nada de nada.

"Pues la verdad es que estamos encargando desde hace un tiempo, pero no, no pasa. Albert me ha contado en sinnúmero de ocasiones que su hermana y madre tuvieron problemas para embarazarse, así que a lo mejor él también tiene, bueno, alguna situación…", le contesté algo sonrojada.

"No, Candy, no creo. Ya pronto verás que te viene a visitar la cigüeña. A veces esas cosas toman tiempo", dijo Patty también con un sonrojo. "No sé por qué, amiga, pero presiento que de aquí a un año o menos vas a recibir una sorpresa".

"¿Tú crees? Ay, sería maravilloso. Albert no dice nada, pero lo conozco, y sé que nada lo haría más feliz. Bueno, y tú", le pregunté al darme cuenta de que me miraba con gracia mientras desahogaba mi mente sobre lo que queríamos que pasara.

"Esa es otra sorpresa que tengo para todos ustedes y mi familia. Eddie y yo decidimos casarnos en el mes de mayo para tu cumpleaños y el de Annie. La verdad es que, al ser tan modernos, nos consideran promiscuos, en especial porque vivimos juntos sin casarnos".

"Ejem", le comenté, mientras ella se reía. Ella había olvidado cuando Albert y yo vivíamos juntos, y cómo me juzgaba la sociedad por este hecho. "Bueno, y tú, ¿vas a tener hijos enseguida o prefieren esperar?"

"Candy, si te digo la verdad, no sé. Creo que voy a esperar unos años en lo que termino mis estudios doctorales. No quiero atarme a ese estilo de vida, ni Eddie tampoco. Ya sabes que hemos tenido una educación bastante conservadora, pero estos son otros tiempos. Ya las mujeres dejaron el corsé y las medias, toda la parafernalia que antes nos limitaba, incluyendo los roles... Creo que debemos cambiar de mentalidad, para no vivir una mentira, que es lo que viven muchas parejas en este tiempo".

En eso le daba la razón a Patty pero, por otro lado, la tía abuela era de mantener esas viejas tradiciones que fueron sustituidas en el siglo XX por una rebeldía posguerra que nos hacía querer cambiar. Y Patty, seria, formalita y de su casa, era vivo ejemplo de ello. De hecho, había dejado la melena por un estilo pixie bob que ahora era el último grito en las pasarelas del mundo. En vez de traje largo, ahora llevaba hasta pantalones. No que alguna vez me los pusiera para trabajar en el jardín ya fuera en Lakewood o en la mansión de Chicago, pero no frente a la sociedad. Tampoco Patty utilizaba pantalones todo el tiempo, pero era obvio que el mundo estaba cambiando, y fuera de mis trajecitos cómodos de algodón que vestía ocasionalmente cuando Albert y yo estábamos solos, el cambio de los años 20 estaba algo lejos de mí.

"Es cómodo llevar el pelo así, me imagino"

"Sí, por qué no lo tratas".

"Ay, amiga, a mí me gusta el pelo largo. Aunque, un poco más recogido no vendría mal. La tía abuela me llevó donde una peluquera antes de casarme, y me recortaron un poco, me dieron un estilo, pero si te digo la verdad, todavía a la usanza del siglo pasado. Tengo el cabello a la cintura, y no me encantan llevar tanto moño y sombrero todo el tiempo".

"Qué tal un cambio para sorprender a Albert antes de que llegue. Podemos, ahora que todo el mundo está libre, ir al pueblo y sacarte un poco de cabello. Digo, no lo hagas por mí, pero a lo mejor te sientes más cómoda".

"Pero a la tía abuela le daría un ataque. Por otro lado, Albert se pasa peinándome todo el tiempo. Es como un masaje y una conexión entre nosotros".

"Candy, ya me lo dijiste, no te vas a cortar el cabello tan corto. Lo que harás es darle una forma, quizás entresacarte un poco, pues tienes una melena demasiado abundante, y quizás dos a tres pulgadas más arriba. Así se te hará más fácil peinarte y arreglarte, y no dependerás de otros para hacerlo. Aparte, tu pelo está algo opaco; un poco de vida le vendría bien".

Ni siquiera sé cómo llegamos a este tema, pero sí, acepté, aunque con algo de temor. En Chicago, tenía una muchacha que iba todas las mañanas a hacerme el peinado, y en el fondo, quería aprender a arreglármelo yo misma, con la misma maestría. Patty también me dio unas revistas de moda con las últimas tendencias, quién lo diría, pero decidirme a aprender sobre moda, y yo, que siempre fui rebelde, me dije a mí misma por qué no…

Cuando le vi la carita a Emma al otro día, supe que ella quería irse conmigo y con Patty. Se me ocurrió que quizás debíamos recortarla un poco, ya que tenía el cabello muy largo. Le pregunté a Claudette y no vio problema. Hacía tiempo que lo estaban considerando, pues tomaba mucho tiempo mantener cabellos tan largos como los de ella. Mientras tanto, Patty se despedía de Eddie, y le dejaba las instrucciones de lo que tenía que trabajar para ayudar a mis madres con labor de handyman, pobrecito.

Llegamos al pueblo temprano, y nos fuimos directamente a una peluquería. Allá nos atendió una muchacha que también era la que recortaba a los niños en el Hogar. La verdad es que, en algún momento, me sentí aprehensiva de dejar atrás mi melena, pero Patty tenía razón. Hacía tanto tiempo que llevaba el mismo peinado, que debía cambiar un poco de imagen, no tanto para no defraudar al comité siendo yo la matriarca, y siendo ellos tan tradicionales, sino con algo un poco más adulto, maduro, no tan largo. Me corté el cabello a media espalda, me entresacaron bastante pelo, pero aún así, cuando tuviera que hacerme un moño, podía fácilmente hasta hacerlo yo misma. A la niña también le cortaron sus buenas dos pulgadas, y su cabello ondulado de pronto tenía unos rizos suaves, que le daban a su cabello rubio una tonalidad algo rojiza. Qué diría Albert cuando nos viera al otro día…

….

Y llegó el otro día. Fue un día bastante tenso, y no lo digo sólo por mí. Estuvimos toda la mañana y parte de la tarde preparándonos para ese añorado arribo de mi esposo con Archi y Annie. Eso pasaría luego de una corta parada en Lakewood para dejar acomodados a la tía abuela y a Georges, que aunque estaba mejor, era un riesgo que se resfriara de nuevo con este frío.

A las mismas 5 p.m., todos en el Hogar hacíamos comitiva afuera de la entrada principal, y yo con una ansiedad terrible después de esas largas tres semanas sin ver a mi amado. Era como una broma realmente, pues sabíamos que mi esposo odiaba este tipo de arreglo. Incluso, él traía regalos para los niños, así que le debíamos la fanfarria, pero era para molestarlo, porque realmente no le gustaba ese tipo de recibimiento. Patty y yo compramos unos hermosos vestidos que llevábamos puestos. La realidad es que no había llevado demasiada ropa, y tampoco de la que tenía en casa, sino de la mía. En el Hogar no necesitaba ostentar demasiado mi atuendo, pero esa era una ocasión especial.

A Emma le compramos un vestido hermoso y lo llevaba muy orgullosa con una sonrisa. De pronto, sin darme cuenta, ella tomó mi mano, y cuando la vi, me sonrió esa hermosa sonrisa que no hizo más que derretirme y lograr que mi corazón latiera a mil. Llevábamos casi 5 minutos así, cuando vimos la caravana llegar. Y del asiento de atrás del primer vehículo, salió Albert corriendo cuando me vio con el auto aún en movimiento. Yo le solté sin pensar la mano a Emma y salí corriendo para alcanzarlo en el camino. Nos habíamos extrañado demasiado, así que lo demás sobraba.

Después de besarnos, abrazarnos y que él me dijera que mi nuevo peinado era bellísimo, comenzamos a caminar los 100 metros recorridos hacia la puerta del Hogar. Yo había olvidado momentáneamente a Emma, y no me había dado cuenta de que ella estaba como en shock cuando nos acercábamos. Tampoco me había dado cuenta de que ella se le había acercado a Claudette y a la hermanita y estaba haciendo gestos como de que quería decir algo que ellas no entendían. Las dos se miraban extrañadas, pero con cierta expectativa, a ver si la niña por fin hablaba. De pronto, al no poder expresarse con palabras, salió corriendo hacia nosotros frente la mirada pasmada de las dos damas, pero a mitad de camino se detuvo, miró a Albert un segundo más y comenzó a decir para sorpresa de todos, y a viva voz:

"Un príncipe…es…un…príncipe".

Todos nos quedamos de una pieza, como si el tiempo se hubiera detenido en ese momento. Y de pronto comenzó a correr de nuevo hacia nosotros, y cuando llegó a pocos pasos, se lanzó a los brazos de Albert. Ella seguía repitiendo lo de príncipe, y cuando realicé la magnitud de lo que pasaba, ya era demasiado tarde. Esa niña en los brazos de mi esposo, no lo quería soltar.

La Srta. Pony fue la primera en reaccionar ante lo que parecía un milagro, pero también una escena un poco vergonzosa.

"Sr. Albert, disculpe esto. No sabíamos que la niña reaccionaría así al verlo".

"No se preocupe, Srta. Pony…", entonces se dirigió a la niña. "Dime, niña hermosa, quién eres".

"Y…yo…Emma… y tú eres…mi príncipe, ¿verdad?"

Todos comenzamos a reírnos con risa incómoda y nerviosa, excepto mi esposo, que sonreía y la miraba con mucha ternura. Albert no le contestaba, pero mientras tanto, la cargaba contra su pecho, mientras caminaba hacia el resto de su comité de recibimiento. Yo fui la que rompí el hielo, alcanzándolos.

"Emma, este es mi esposo, Albert", le decía mientras ella seguía con sus bracitos alrededor de su cuello.

"No, él es mi príncipe. Es mío, mío", respondió sin siquiera mirarme y abrazándose más de su cuello.

Sí, lo dijo y lo supe, lo mismo que yo dije cuando tenía 6 años y lo vi por primera vez en la colina. Sabía, sin embargo, que no la convencería de nada, y la Srta. Pony tampoco podía hacer nada para que dejara ir a Albert, y trataba, bueno todos trataban, sin éxito. Ella más apretaba su abrazo. Y Albert, que siempre fue un ángel…bueno, un príncipe, tampoco quería desalentarla.

Me acerqué entonces poco a poco y le susurré a ella al oído en ese momento:

"Vamos a hacer una cosa, Emma. Por qué no compartes conmigo al príncipe. Así será nuestro, de las dos".

Emma a eso relajó su abrazo al cuello de Albert. Ella me miró entonces y me dijo:

"Está bien, Candy, nuestro príncipe", también para sorpresa de todos.

Y así Claudette y la hermana María pudieron tomarla entre las dos en brazos, y Albert pudo saludar a todo el mundo, mientras ella, de la mano de la hermanita, lo observaba muy atenta. La realidad es que, mientras todos los demás estaban asombrados y confundidos, Albert pudo salvar la situación, haciendo como si no pasara nada. Detrás de él, poco después, llegó Annie con Archi. La hermanita y la Srta. Pony, al ver la barriguita que se le formaba, se alegraron mucho, y sí, fue una sorpresa. Pero Annie tuvo que correr al baño a toda prisa, y hacer el saludo corto.

"Son gajes del oficio", Srta. Pony, comentó Archi entretenido. "Siempre tenemos que detenernos en algún lugar para ir al baño desde que pasó", refiriéndose al embarazo.

Y así hicimos entrada. Pasamos también una velada muy linda en el Hogar esa noche, con nuestros amigos, Emma y Albert jugando juegos, porque ella no iba a dejar que nadie le robara su atención, ni yo, y Dr. Martin y mis madres contentas de que toda su familia extendida estuviera para las Navidades en el Hogar.

Continuará...