"Cómo está Georges, mi amor", fue lo primero que pregunté cuando nos quedamos solos, en el cuarto.
La verdad, no sabía bien por qué, pero estaba muy, muy nerviosa con el asunto que quería que conversáramos. Él sacó del saco un sobre y me lo entregó en las manos, con una sonrisita de diversión. Mientras tanto, siguió contándome mientras yo trataba de no perder el hilo de la conversación. De nuevo, los nervios me traicionaban y no entendía por qué en ese momento.
"Georges está muy bien", comenzó Albert a darme su respuesta, como si fuera un libreto, algo raro en él. "Siguió muy obediente los tratamientos que los médicos y tú le dieron. La verdad es que, después que te fuiste, fue difícil mantenerlo acostado y quieto. Lo único que funcionó fue la debilidad que le quedó como secuela; ya sabes, porque nunca se enferma y el flu le dio bien duro. Lo amenazamos con llevarlo a un hospital, y así se calmó un poco, pero ya sabes lo independiente que es, y no iba a aceptar fácilmente que le dijéramos que tenía que descansar. Incluso tuve que hacer arreglos laborales para que trabajara esas dos semanas adicionales en la mansión, porque la intranquilidad por estar de vago, según él, no era productiva".
La verdad es que era hasta extraño. Toda esa explicación, que siempre fui la parlanchina de los dos, parecía como una forma de distraerme del tema que quería exponerle. Aunque, no, no podía ser. ¿O sí? Bien sabemos que tanto como él me conoce, yo lo conozco a él. Tantos años juntos de alguna forma u otra, logró que nos conociéramos bien.
"La verdad, mi amor, es que le había escrito. No sabía si había recibido mi carta con este tiempo tan tormentoso", fue mi respuesta, aunque realmente no quería alargar demasiado el asunto.
"Pues, sí, y aquí tienes la contestación; por cierto, muy graciosa, Candy. La verdad es que él disfrutó toda la broma con lo de bisabuelo. Te voy a comenzar a llamar abuela, a ver si te gusta. Creía que ya me habías perdonado por ocultarte tantas cosas", le di una media sonrisa, pero no completa.
En eso, se levantó de la butaquita en la que estaba sentado, y de pronto, guardando silencio como si ya estuviera todo dicho y girando las pupilas como en son de broma, comenzó a quitarse la ropa sin decirme nada.
"William…", le dije casi a gritos, con un sonrojo, lo que aparentemente lo asustó un poco. "Qué haces, aquí no…", otro distractor, indudablemente. Él sabía que yo reaccionaría así.
"Mi cielo, no es lo que piensas, aunque no te niego que me encantaría. Es que me voy a poner los pijamas. Digo, no quieres que duerma desnudo aquí, no sea que…"
Lo mal interpreté todo, para variar. Pero peor, logró su cometido momentáneamente, especialmente porque me levantó un poco la calentura de semanas que llevaba por dentro, extrañándolo, añorándolo.
"Ay, me asustaste…Sabes que te he extrañado, pero…aquí no…"
"Aquí no puedes concentrarte, sí lo entiendo. Pero tengo que quitarme la ropa para ponerme el pijama, y no me parece que deba abstenerme de hacerlo frente a mi esposa, quien me ha visto cientos de veces sin ropa".
"Perdón, pero no sé en qué pensaba…"
Si yo sabía en qué. Quería hablar de Emma, de Emma, pero por alguna razón no podía. Con una sonrisa de lado, por otro lado, Albert tomó el cepillo en las manos y me preguntó, cuando vio mi cara de pasme, si podía peinarme.
"La verdad es que me encanta tu pelo así. Dile a Patty que apruebo. Gracias a Dios que no te diste el pixie bob de ella. Digo, le queda muy bien, pero a mí me gusta más mi Candy con melena".
"Eso pensé…".
Ahora que lo pienso, era una rareza que él fuera quien hablara y yo la que escuchara.
"Mmm, me encanta tu cabello, porque así está menos enredado", y continuó masajeando hasta que me dejó adormecida. Sin embargo, no tardó en despertarme cuando comenzó a hablar del tema que no habíamos tocado, y que él de pronto introdujo sin yo decir nada, para suerte. Me sentí como una tonta en ese momento. ¿Sería que yo le estaba transmitiendo mi nerviosismo? Sí, porque esto es un asunto delicado, que no podía tomarse a la ligera, y yo lo sabía bien.
"Ahora dime quién es Emma y por qué quieres compartirme con ella", fue lo que preguntó de pronto, de la forma más natural y sosegada del mundo, como era su costumbre.
"Emma es una niña huérfana que llegó hace poco al Hogar. La trajo para acá una abuela que no puede hacerse cargo de ella", le respondí aprehensiva.
Ni siquiera sabía por qué me sentía de este modo, ya que siempre había tenido plena confianza en Albert, como para contarle todo lo que tuviera que ver conmigo. A lo mejor era un presentimiento de lo que ocurriría después. Vamos, conozco a Albert, y hasta casi puedo saber sus pensamientos, sus ideas, sus temores. Y sí, era posible que él, al reaccionar de forma tan nerviosa, hubiera adivinado lo que iba a decirle, y simplemente estaba tratando de idear una forma de responder a mi pedido, algo que yo sé no es fácil.
Simplemente me dijo:
"Eso es muy triste, Candy. Vamos a ver cómo la ayudamos. ¿Ya conociste a la abuela?
"Es que…bueno sí, la conocí, es joven y agradable, pero…", dije luego de un rato, para darme tiempo a pensar.
"Bueno, pues antes de regresar a Chicago, sería bueno hablar con ella y preguntarle lo que necesita la niña".
Sí, ahí estaba; la respuesta que no quería escuchar. Lágrimas se asomaron entonces a mis ojos.
"Es que yo…", no, no podía hacerlo, no podía hablar de lo que me inquietaba el alma, y por primera vez, dudaba que Albert me comprendiera.
"Candy, bueno, pues si quieres hablamos mañana. La verdad es que estoy muy cansado del viaje", me dijo con una sonrisa nerviosa.
Yo ya estaba llorando.
"Ya, no llores, mi amor. Mañana todo será mejor…"
"Es que no entiendes, no entiendes…"
Albert a eso hizo como un gesto de derrota. Aunque no lo expresaba, él si entendía y sí sabía lo que yo quería, pero…
"Candy, siento una gran tristeza por ti, pero si lo que quieres es lo que imagino, desde ahora tengo que decirte que no, que no se puede…"
"Pero…qué…cómo"
"No se puede…", me dijo con énfasis, con una mirada que delataba lo serio de lo que me decía en ese momento, y ya sin reírse más.
Yo la verdad le preguntaba por qué, y él continuaba con "no se puede", y no me decía nada más. Él me conocía, sabía que yo quería entender, y más, que iba a insistir. Pero algo lo alejaba de esa respuesta. No, jamás me había tratado de ese modo, esquivándome, y mientras más yo preguntaba, más hermético se comportaba. Me sentí morir…
Hasta dudé de lo que sentía por él, no lo niego, porque no entendía cómo era posible que el mismo Albert, que siempre había sido bueno y abierto conmigo, terminara sin explicarme su negativa, y sin decir más nada sobre un tema que debió haberse conversado abiertamente. Sí, había algo más, eso era seguro, pero él o no quería o no podía explicarlo.
…..
Cuando salí del shock del momento, me pregunté, ¿es que lo había escuchado bien? Para completar, Albert dejó, luego del intercambio, el cepillo de lado de la cómoda, y se acostó en la cama izquierda dándome completamente la espalda, sin siquiera despedirse. ¿Es que lo había ofendido de algún modo? Él, en efecto, parecía haber adivinado mis intenciones, claro, me conocía muy bien, pero…bueno, por qué reaccionaba de forma tan exagerada, me preguntaba. Y por qué aprovechó la situación para hablar como máquina parlanchina sin siquiera yo decir nada. Era raro, muy raro…
Incluso, no valía tratar de convencerlo de que me explicara, ya que él no quiso decir nada más. De pronto, me recordó a Terry, cuando se cerraba así mismo hasta por alguna tontería. Yo pensaba que todo esto era una tontería. Y al "buenas noches" que le di, ni siquiera un beso, porque él sólo me contestó:
"Hablaremos mañana, Candy", sin siquiera voltear a verme.
Parece que ese era el nuevo Albert, y yo en verdad no entendía lo que le estaba pasando. Jamás pensé que pudiera tratarme así, o molestarse por algo tan tonto. Y así, lloré en silencio recostada en la otra cama, también dándole la espalda, para que no se diera cuenta de lo mucho que me había dolido su actitud. No sé si me oyó llorar, pero si lo hacía, no movió ni un dedo para consolarme, como siempre hacía. Era, por cierto, la primera vez en mucho tiempo que me volvía a sentir sola.
…..
Al otro día, me levanté con el alma congelada. ¿Qué fue lo que le pasó a Albert que de pronto se cerró conmigo de esa manera? Eso no me dejó dormir bien. Primero, comenzó a hablar como máquina parlanchina, y cuando llegó el momento de la verdad, simplemente se cerró y me sacó de su vida. Y todo fue peor en la mañana, cuando me levanté y no lo vi en la cama. ¿Se habría ido a Lakewood sin decirme nada? Era la primera vez en toda nuestra convivencia que se comportaba de un modo tan frío conmigo. Y peor, ya era Víspera de Navidad, y se había ido, supuse, sin siquiera despedirse. Me preguntaba, como un deseo puro y sincero del corazón podía habernos alejado en un momento. Y más aún, cómo esa niña tan bella de algún modo había logrado separarnos.
...
"¿Dónde está mi esposo?", pregunté algo consternada cuando llegué al comedor, donde estaban mis madres.
"Fue al pueblo a conseguir algunos regalos que le faltan, Candy", me respondió la hermana, algo nerviosa y mirándome extraño. "¿Quieres desayuno…y hablar?"
Sí, Albert les había dicho algo antes de "salir".
"Yo me lo sirvo, gracias, y no, no tengo nada que decir. Son tonterías…", dije en un tono preocupado que ellas notaron, mientras yo maniobraba con el desayuno, y pregunté, tratando de disimular: "¿Y los niños?"
"Algunos aún duermen, y los que despertaron, ya están en el salón con los adornos de Navidad", me contestó la hermana visiblemente preocupada por mí, pero sin hacer ni decir nada más.
"Y Emma, dónde está…"
"Emma se fue esta mañana con el Sr. Ardlay, muy temprano", me contestó la Srta. Pony mirándome a los ojos, quizás pensando que ella sí me daría una respuesta. Era más que obvio que ya él les había contado sobre lo que había pasado la noche anterior, pero supuse que no me dirían nada, así que ni lo intenté.
Caminé un poco molesta hasta una de las mesas del comedor principal, sin dirigirles más la palabra. De verdad, estaba muy confundida. Para completar, ellas no intentaron nada más, lo que me extrañó, pues siempre fueron mis aliadas, y algo se sentía diferente con ellas ese día. Parecía como si se hubieran cambiado de bando. Claro, la Srta. Pony era casi como una madre para Albert también, pero me sentí algo celosa en ese momento, en especial porque quizás me había cambiado por lo que aparentaba ser un hijo pródigo.
En mi mente estaba que este hombre, mi esposo, me dijo que lo que pensaba merecía un rotundo "no, no se puede", pero lo raro es que se llevara a la niña con él al pueblo. ¿Habría, por cierto, mal interpretado todo? No, no tenía sentido el asunto si lo pensaba bien, y más porque mis madres, esas dos damas en la cocina, si lo analizaba objetivamente, no creía que me dañarían nunca. Si no me decían nada, probablemente fuera porque Albert les había pedido que callaran para ser él quién resolviera eso que yo consideraba un desprecio de su parte. Sí, eso era; pero aún así, me sentía terriblemente desencantada con los tres.
…..
Patty y Annie llegaron a los minutos de haberme sentado con el desayuno sin tocar al frente, y no me di cuenta de que estaban allí, con sus platos de desayuno y en espera de que las invitara.
"Candy, despierta", casi me gritó Patty, como de broma y riéndose al pasar yo un rato con la mirada perdida y mis pensamientos muy lejos.
Sólo bastó con eso para sacarme del tormento de mis pensamientos.
"Ay, amiga, perdona. Patty, Annie, qué bueno verlas. Siéntense conmigo", les dije, algo nerviosa.
"Qué te pasa, Candy. ¿No dormiste bien?", preguntó Annie, mientras trataba de acomodarse. "No, no creo que sea peor que yo. Este niño me está comprimiendo todo. Si es así ahora, con tan poco tiempo, no quiero pensar en uno o dos meses más".
"No, no dormí bien. Desafortunadamente algo me interrumpió el sueño", respondí en un tono robótico, como para que mis madres, que me habían cambiado por Albert, me escucharan.
Patty comenzó, sin embargo, a reírse nerviosamente, mientras yo todavía no aterrizaba con el tema olvidado momentáneamente del embarazo de Annie.
"¿Problemas con Albert?", preguntó ella directamente, y mirándome a los ojos.
Annie siempre se fijaba, por cierto, en las minucias de las relaciones de las personas, y casi siempre, aunque la quiero y es mi amiga, se fijaba más bien en las sutilezas negativas de cualquier relación. Obviamente me vio la cara y me leyó como un libro, igual que Dr. Martin días antes con lo del asunto de Emma.
Consideremos, por cierto, que Annie, aún habiendo superado lo de Archi, que realmente no fue, nunca superó tampoco a Terry, y en el fondo pensaba que yo aún albergaba sentimientos por él. ¿Recuerdan mi charla con Archi sobre dar la impresión incorrecta? Toda esa culpabilidad que tenía con Terry no se le quitaba a Annie de la cabeza, y aún consideraba que yo debía haber hecho más por salvar nuestra inexistente relación. La verdad es que ella le tenía mucha lástima, y cada reportaje que leía sobre sus tropiezos previos en el fondo me los achacaba a mí. Si yo hubiera sido, según ella, más tolerante con él, tal vez ahora ambos estaríamos juntos, y no hubiera tenido, según lo que creía, que conformarme con un buen amigo, pero nunca el mejor amor. No que no supiera la verdad sobre mi relación con Albert y cómo floreció, pero esa fue una espinita que nunca se sacó de la mente.
No que no quisiera a Albert. Él le había dado, como tío William, la oportunidad de convertirse en una buena asistente de su esposo, y hasta algo más. Aún con el embarazo, le había prometido que, si quería continuar una carrera, él la ayudaría. Pero no sólo eso, fue Albert quien también los ayudó cuando quisieron casarse con lo del comité y la tía Elroy. Si bien tenía una deuda de gratitud con él, Annie pensaba que había algo incompleto en mi vida con el asunto de Terry, y hubiera deseado que al menos hubiéramos concretado algo, y luego decidir lo que haría, pero en el fondo pensaba que Terry era una oportunidad perdida y que yo debí habérmela dado.
Patty, por otro lado, siempre supo que entre Albert y yo había algo, incluso desde los tiempos del colegio Real San Pablo, pero, igual que Archie pensaba que, por yo ser tan niña, él se cohibía de expresarlo abiertamente. De todos modos, da lo mismo la que tuviera razón en este asunto. Yo a quien amaba era a Albert, y simplemente su actitud me estaba lastimando. Y no, no buscaría a Terry, cosa que Annie pensaba que haría si tuviera la oportunidad. Yo entiendo su modo de ver las cosas, ya que ella se casó con su amor de juventud. Yo nunca lo hubiera hecho.
En cuanto a su pregunta, le respondí muy pronto:
"No" y a la defensiva. "Bueno, sí… No sé. Es que anoche de pronto estaba de buenas, hablando conmigo, y de pronto se cerró como…"
"Se cerró como Terry", terminó Annie. "Ya sabía yo que estabas repitiendo esa historia, mi amiga", dijo acomodándose un poco mejor. "Debiste hacerme caso cuando te decía las cosas".
"Ay, por Dios, no digas tonterías, Annie. A Candy lo que le pasa es que tuvo una situación con su esposo porque probablemente le pidió algo que él no le puede dar".
Y ahí estaba. Al momento comprendí más que nunca las diferencias entre ellas. Pero me pregunté a mí misma al escuchar la respuesta de Patty, ¿qué? ¿Sería eso lo que le pasaba a Albert, que por alguna razón que yo no entendía, sentía que no me podía dar algo, como decía Patty? No, no lo había pensado de esa manera. Jamás, de hecho, habíamos tocado el tema de si él alguna vez no podía darme lo que quisiera, porque la verdad es que yo nunca le pedí nada, y ahora, de pronto, no podía darme lo que yo quería.
"Candy, ya sabes, háblalo con él. Él debe tener unas razones poderosas para haberse cerrado contigo, pero si no lo hablas, nunca lo sabrás, y lo vas a sufrir tú sola", me aconsejó al ver mi debate.
Por esa vez, Annie aceptó el argumento, aunque de vez en cuando, en nuestro desenvolvimiento como Ardlays, el tema de Terry la devolvía a algo que debía haber terminado. Y no hablemos de cuando murió Susanna.
"No lo había pensado de este modo, pero creo que Patty tiene razón", respondió Annie luego de analizar, al menos en ese momento.
"Razón en qué…", preguntó Albert, que en ese preciso momento entraba en el comedor de la mano con Emma.
Cuando Emma me vio, se soltó rápido de la mano de Albert y salió corriendo hacia mí.
"Candy, Candy, mira lo que me regaló el príncipe".
Albert le había comprado un set de acuarelas y papel de dibujo para que ella se entretuviera.
"Muy bonito, Emma", le dije sin quitarle la vista a mi esposo, y aún sorprendida de escuchar a Emma hablando. "¿Podrías ir al salón en lo que hablo con Al…con el príncipe?"
"Vamos con ella", dijeron Patty y Annie al unísono, y ambas tomaron una manita de Emma, una de ellas las pinturas y la otra el papel de dibujo. "Con permiso", dijeron también a la vez, y salieron hacia el salón.
"Creo que la hermanita y yo también les daremos su espacio", la Srta. Pony y la hermana Lane estaban aún en el área, hablando de sus cosas, pero cuando vieron que Albert había llegado, salieron a toda velocidad del salón, no sin antes darle la Srta. Pony una mirada de confianza a Albert. Sí, era obvio que ellos habían hablado y que él le había contado…pero qué. Tenía que saber lo que pasaba y por qué se había sentido tan mal como para cerrarme la puerta en la cara sin yo siquiera haberla tocado…bueno, figurativamente hablando.
Continuará...
