Albert de pronto bajó la vista. Tampoco era algo que se repitiera demasiado en nuestras vidas, que alguno de nosotros dos sintiera culpabilidad el uno con el otro. Era como si hubiera hecho algo malo. De pronto, volvió a mirarme cuando vio que yo me mantenía en silencio, y me dijo:
"¿Vamos a la colina?"
"Albert, hace un frío tremendo y podríamos enfrentar otra tormen…"
"Confía en mí, Candy. Ven", y me extendió la mano, que yo automáticamente tomé sólo para sentirlo, aunque tuviera aún los guantes puestos.
En camino a la puerta de salida, nos cubrimos con toda la parafernalia de invierno, pero de una, al abrir la puerta, de pronto vi el sol, lo que era buena señal. De todos modos, hacía mucho frío, era media mañana y podíamos terminar varados si pasaba algo. Decidimos avisarle a la Srta. Pony por si teníamos algún problema, que nos pudieran localizar, así que nos asomamos al salón donde estaba ella, que cuando nos vio, le dio una mirada de acierto a Albert.
Durante el camino hacia allá, íbamos callados. Así mismo, recordé el momento en que supe que Albert era mi príncipe adorado, ese que esperé por años, y que, aunque mi mente me decía que era él, preferí ignorarlo porque me parecía una tontería. De todos modos, ambos íbamos en silencio. Luego supe, porque Albert mismo me lo dijo, que todo ese trayecto iba pensando lo que me diría y que se diría a sí mismo. Era un tema realmente difícil para él...
….
Albert tomó aire, mientras se recostaba del tronco de un árbol seco, se volteó para quedar frente a mí a cierta distancia, y de pronto me dijo:
"Perdóname, Candy, por lo de anoche".
Yo le abrí los ojos grandes, grandes. De pronto, no supe cómo responder a su confesión. Lo que no entendía era por qué se había comportado de una forma tan rara, pero prefería esperar a que me diera las piezas que le faltaban al rompecabezas.
"Actué muy mal contigo y luego te saqué momentáneamente de mi vida. Tenía coraje, no contigo, sino conmigo mismo, porque no sabía lo que te diría cuando… Bueno, cuando me dijeras que querías a Emma".
"Me conoces bien, Albert", le respondí, aunque no sabía qué más decirle en ese momento.
"Así es. Pero debes entender, mi pequeña, que hay decisiones que no puedo tomar, como esa que sé que quieres…"
"No entiendo. Qué tiene que ver Emma con decisiones que tienes que tomar".
Albert siguió caminando unos pasos más adelante, hasta quedar de frente al lago, y dándome de nuevo la espalda, como buscando respuestas en la inmensidad de la colina. De pronto volteó de nuevo, y me dijo:
"Candy, perdóname, pero no podemos adoptar a Emma", me lo dijo así, de frente y secamente.
"¿Qué? Pero ¿por qué?"
"Candy, podría explicarte esto de mil maneras que terminarían no respondiendo tu pregunta, pero aquí hay algo que está más allá de lo que yo puedo hacer".
"Albert, no entiendo. Tú eres un hombre poderoso, nada menos que el patriarca de tu clan, ¿y no puedes adoptar a una niña que, para mal de males, y si no recuerdas, ayer mismo te escogió a ti, no a más nadie, a ti? ¿Crees que eso fue casualidad?"
"Sí, Candy, sé que ella me escogió, y no, no fue casualidad. ¿Sabes? En el camino, mientras veníamos ella y yo hablando, me di cuenta de que, en efecto, ella lo había hecho y que no me lo estaba imaginando, y eso vale más que nada, pero fue un choque para mí, especialmente por la razón principal, que tú misma acabas de darme del por qué no podemos adoptarla. Soy patriarca de un clan, y adoptar a una niña, algo que el comité no permitiría, dejaría afuera en escala de jerarquía a una hija de nuestro matrimonio".
"Eso es una estupidez", le contesté dejando distancia de nuevo entre nosotros y dándole momentáneamente la espalda.
"Será toda la estupidez que quieras, pero te recuerdo que ambos firmamos unos contratos con unas clausulas sobre esto mismo. Si a los 5 años no tuviéramos hijos, entonces tendríamos que adoptar un varón, no una niña, y no mayor de 10 años".
Yo jamás había escuchado algo tan absurdo. Albert lo notó en enseguida, que yo hablaba muy en serio.
"Si tuviéramos un niño varón…", arriesgué para ver si podía entender este disparate.
"Entonces podríamos adoptarla, pero no ahora, Candy, entiende.
"Y si fuera niña, ¿entonces no, ni siquiera después?"
Él me negó con la cabeza, y a mí me ardía la cara.
"Recuerdas lo que te conté de Georges y por qué nunca pudo acceder al apellido?"
"Me dijiste que él no había tomado esa decisión…"
"Cuando yo nací, que mi hermana era la que tenía el orden de jerarquía, ella tenía 15 años y Georges también. Bajo esa premisa, hubiera sido factible, pero él optó por no hacerlo. Él pensó que era por mi bien que no lo hiciera, y esa fue la razón. Aún así, sigue siendo mi hermano, casi un padre para mí y por eso, no importa el apellido sino todo lo que hizo por mí y por mi hermana. Entiende, Candy, que no hay que tener un apellido para ser familia, y sabes que Georges ha sido eso y más para mí".
"Albert, no quiero contradecirte, pero no me digas que no te hubiera gustado que Georges hubiera aceptado unirse como hijo adoptado al clan".
"Candy, eso no importa ahora. Lo importante es que él ha sido más que un hermano y padre para mí. Y lo quiero como si lo fuera…"
De verdad, esa explicación, aunque satisfactoria, se me quedaba corta. Pero me golpeé en el fecho haber olvidado o leer livianamente, después de más de un año, lo que decía la letra pequeña del contrato que había firmado para poder casarme con el.
"No hay más nada que se pueda hacer".
Albert camino unos pasos más cerca de mí.
"No sé, bueno…no te dije, pero le pregunté a Paulina esta mañana la dirección de la abuela, y fui allá con Emma para hablarle en busca de respuestas".
"Pero y por qué hiciste eso sin mí. Los hubiera acompañado".
"La verdad es que lo hice pensando precisamente en ti. No quería que esa conversación te afectara. Pero tengo que decirte que en algo tienes razón. La Sra. Margot no me dijo nada diferente, ni que pudiera provocar controversia si diéramos un paso hacia darle un mejor futuro a su nieta".
"No importa, Albert, es que si no hay nada qué hacer…"
"Yo no dije que no hubiera nada qué hacer. Lo que te dije es que no podemos adoptarla. No como padre y madre, pero…"
Oh, ahí me di cuenta de algo que no había considerado, y me emocioné muy rápido.
"La podemos adoptar como una tutoría", respondí de pronto como si hubiera descubierto América.
"No, tampoco, Candy. La tía Elroy sí la puede recibir bajo su tutela. Yo no puedo, Candy, por lo que te dije hace un rato, ni tú tampoco".
"La tía abuela no va a querer…", dije con voz en llanto, pensando en todas las concesiones aprobadas frente al comité. Una más, ya era demasiado.
"Eso déjamelo a mí", terminó Albert esa parte de la conversación con su dulce voz, y abrazándome para consolarme.
De pronto, más calmada y viendo que había logrado su cometido, regresé al otro tema.
"Y qué fue lo te dijo Margot".
"No, mejor pregúntame, qué yo le dije a Margot".
"Qué le dijiste a Margot".
"Muy sencillo, Candy. Le ofrecí una mejor vida a ella y a su nieta. Ella no quiere otra cosa más que estar con Emma. Es más, si pudiera, se la llevaba con ella, pero la verdad es que no tiene capacidad económica para hacerse cargo".
Me pregunté momentáneamente en qué cambiaba todo este dato, si había que pasar por otro suplicio para poder estar cerca de esa niña, que para mí, y luego supe que para Albert también, era lo más importante.
"Y en qué nos beneficia eso si se puede saber…", yo siempre impulsiva
"Escucha, Candy, y por favor, deja de pensar en nuestro beneficio, sino en lo que le conviene a Emma. Bueno, como tenía mis dudas, le pregunté a Paulina, y ella fue la que me recomendó que le llevara el asunto a la tía Elroy. Y eso es lo que voy a hacer; es lo que podemos hacer. A lo mejor nos sorprende".
"Albert, la tía abuela no aceptará, no aceptará".
"La tía abuela ha cambiado para bien, y lo sabes. Además…además, no tenemos otra opción", me dijo con un tono ahora más de derrota que de nada.
Las lágrimas comenzaron a brotar frías en mis mejillas ante la dificultad de la encomienda, y Albert las comenzó a recoger con su pañuelo, que guardó en su bolsillo.
"No llores, pequeña mía. Sabes que mi vida es para hacerte feliz, sólo que esta vez me tienes que dar tiempo y tener paciencia".
"Pero y si no se puede…"
"Podré, si no, entonces dejamos todo, como antes lo hemos considerado".
"Albert, sabes que no puedes hacer eso. Tú tienes una responsabilidad"
"Mi primera responsabilidad eres tú. Y lo que sea que te haga feliz, para mí es una orden. Sabes que siempre lo ha sido".
Eso me tranquilizó un poco, y también me dio una perspectiva nueva, al comprobar que Albert estaba dispuesto a todo por mí, no que no lo supiera.
"Albert, siendo tú el patriarca, ¿por qué no cambias las reglas?", se me ocurrió.
Él me sonrió muy dulcemente, y volvió a abrazarme. Obviamente, tuvo que pensar su respuesta, que fue, por cierto, muy sabia.
"Candy, ya lo había pensado. De hecho, he estado trabajando con Georges para alejarnos un poco de esas viejas tradiciones que para este siglo podrían parecer obsoletas. Lo que pasa es que tengo una responsabilidad aún con los miembros mayores del clan, con el comité, pero creo que los tiempos más que nada nos obligarán a cambiar las cosas más rápido de lo que crees".
"A qué te refieres".
"Candy, ¿tú nunca has visualizado lo que pasará de aquí a 50 o 60 años?"
"No. Qué tú crees que pasará".
"No creo, sé. He estado leyendo mucho sobre el tema. Yo pienso que eventualmente menos personas trabajarán de sus manos ante la automatización del trabajo, lo que supuestamente hará nuestras vidas más fáciles, pero si nos dejamos, seremos sustituidos. Es por eso por lo que debemos adelantarnos, aprender lo más que podamos y dejarle eso a nuestros hijos y ellos a sus hijos y así sucesivamente. El conocimiento siempre será un arma que nos ayudará cuando tengamos que enfrentar ese momento tan difícil".
"No lo había pensado de ese modo", de hecho, lo que me decía tenía sentido para mí.
"Ven", me dijo mientras tomaba mi mano y caminaba conmigo hacia la vista que daba al lago. "En unos años, probablemente todo esto que vez, si no se protege, sea urbanizado. Por eso también compré parte de estos terrenos. Lo que quiero es que tú y nuestra familia tengan una protección a futuro. No sé si los que vengan después tengan la misma mentalidad de proteger estas bellezas naturales, pero al menos lo intentamos, y así ofreceremos una fuente de trabajo para tantos hombres y mujeres que lo necesitarán siempre".
"En cuanto al clan…", pregunté curiosa.
"En cuanto al clan, ya a la tía no le queda mucho tiempo. Por eso trato de complacer sus decisiones, aunque sean obsoletas a nuestro interés. El comité ha perdido ya varios miembros mayores en estos años. Por lo menos, ya el modernismo nos ha ofrecido otras alternativas más económicas y otras perspectivas históricas, pero ellos tienen otra forma de pensar y hay que venderles las ideas con cucharita. Por otro lado, ya habiendo sobrevivido los vaivenes de la guerra, es posible que pronto suceda una caída económica y tenemos que ser prácticos hasta entonces. Por eso es por lo que, más que nunca, quiero evitar conflictos con ellos, Candy. Hasta ahora, su forma de ver las cosas les ha producido bienes, pero yo quiero asegurarles una vida tranquila más allá de una recesión económica. No podemos entonces tomar riesgos con ellos. Ya después, veremos".
"Entiendo…"
"Candy, no te preocupes por lo de Emma. Si no pudiera estar con nosotros, al menos aseguramos su futuro, y también el de los niños que ahora residen en el Hogar. Como vez, hay más de 50 niños sin adoptar, algunos de ellos ya mayores para ser candidatos ideales. Tenemos que proveerles para que ellos puedan salir adelante si no son adoptados pronto. Además, como te digo, si las cosas a nivel económico se afectan, ese número de niños en el Hogar aumentará, ya que sus padres se verán obligados a dejarlos a cambio de que tengan una oportunidad que ellos no pueden darles. Yo quisiera proveer por todos, pero llegará un momento en que no pueda ser. Hay que pensar en eso".
"Qué hacemos entonces".
"Ya te dije, no te preocupes. Yo sé cómo jugar mis fichas. Te prometo que voy a hacer todo lo que esté en mis manos para que esa niña esté con nosotros, pero tienes que ser paciente; si no se pudiera, al menos nos aseguramos de que ella tenga un futuro".
"Por qué no me lo dijiste anoche eso mismo. A lo mejor…"
"Candy, anoche no sabía qué decirte. Por eso me puse a hablar y hablar. Cuando vi que estabas sumida en tus pensamientos, quise distraer tu atención. La verdad es que Emma me había cautivado a mí también, pero tenía que analizar cómo haría las cosas, y cómo conceptualizar este asunto con lo otro que tengo en mente. No podía prometerte nada sin un plan de acción. Y, antes que nada, tenía que hablar con Margot. No sabía qué pensaba o qué quería ella. Si me decía que no había posibilidad de que pudiéramos adoptar a Emma aún con todo lo que podíamos ofrecerle, era una pérdida de tiempo que te ilusionaras".
"Pero me ibas a desilusionar de todos modos si ella no accedía".
"Pero no lo sabía, Candy. Por eso fui a hablar con ella primero, y ahora, al menos, tengo una respuesta, aunque sea vaga y difusa. Dame tiempo. Y, sobre todo, date tú misma el tiempo. Todo tiene su tiempo. Dios no nos abandonará".
Albert, como siempre, había logrado calmar un tanto mi ansiedad, aunque la respuesta no fuera exactamente la que hubiera querido. De regreso al Hogar, íbamos un poco silenciosos, agarrados de manos, pero antes de entrar en el camino que llevaba al Hogar, me detuvo un momento y pidió que tratara de celebrar la Víspera de Navidad de mejor semblante. Me dije a mí misma entonces que eso era precisamente lo que tenía que hacer, aunque me sintiera triste por dentro. No sabía, porque no me lo habían dicho, que al otro día, sin embargo, me esperaba una gran sorpresa…
…..
Como todos los años, los niños habían hecho su muñeco de nieve, esa vez en honor a Albert. La Srta. Pony y la hermana Lane se habían levantado muy temprano a completar este regalo para él. Luego de sorprendernos con la obra y jugar un rato con los niños, nos fuimos a la capilla a escuchar la misa del día, y después a desayunar al restaurante, ya que el comedor se nos había quedado pequeño para tantas personas. Albert tampoco quiso alterar el viejo comedor cuando hizo la remodelación del Hogar en consideración a mis madres.
Como para no faltar a la tradición, después del restaurante, regresamos al árbol de Navidad del salón, ahora decorado con las modernas bombillitas contra incendio que el mismo Albert nos había regalado para sustituir las velas y el susto, y comenzamos a intercambiar regalos. Los niños disfrutaron muchos de sus juguetes, sets de pintura, como el que Albert le había regalado a Emma el día anterior, los trenes, los rompecabezas y libros. A la Srta. Pony le regaló unas hermosas pañoletas, y a la hermanita, un bello sombrero. Yo le tejí a ambas bufandas abrigadas, ya que no tenía tanto dinero entre el que me había llevado para hacerles regalos finos. Annie recibió de parte mía y de mi esposo, unos vales para tratamientos de belleza y masajes, para que pudiera sobrellevar su embarazo, y a Eddie y Patty, un viaje de luna de miel para cuando decidieran casarse, aunque él todavía no sabía que eso sería pronto. Al final, sólo faltábamos él y yo para intercambiarnos regalos. Y no, no pude darle algo tan valioso como el día de nuestra boda, pero no significaba que mi regalo no lo dejara sin aliento.
Comencé a preparar un álbum del tiempo que llevábamos juntos, como un diario también de nuestras vidas desde que nos conocimos la primera vez, precisamente en la colina. Yo misma había conseguido los materiales, fotos que tenía guardadas, y otras cosas que quería incluir, algunas de ellas fuera de mi alcance al momento, pero que incluiría más adelante como obra en progreso que era. Decidí que ese era un buen regalo para él, bueno, para nosotros. Ya saben lo sensible que es mi esposo a detalles de familia. Recordé los tiempos en que sólo podía regalarle alguna tarjeta de esas que parecen de viajero, que conseguía por mi cuenta, y que él aún guarda de cuando vivíamos en el Magnolia. Quizás después podíamos añadirlas a este diario. Él, por otro lado, me tenía una sorpresa increíble. Me pasó una cajita envuelta, y cuando la abrí, había una llave adentro. Lo miré sorprendida.
"Qué es…", le pregunté.
"Es una llave de la puerta principal de la villa de Lakewood".
"¿Gracias?", le contesté algo confundida, porque no sabía lo que me estaba ofreciendo, que era a Lakewood.
Sí, era un regalo simbólico. Él me respondió:
"No, Candy, no entiendes. Tomé una decisión un poco apresurada en estas semanas que no estuvimos juntos. Decidí que, en vez de la primavera, nos vamos a Lakewood desde ya. No vamos a regresar a Chicago, a menos que tú lo desees. Será nuestro hogar mientras tú quieras que lo sea".
"Oh, gracias, Albert. Es exactamente lo que quería. Siempre sabes lo que quiero", le dije, porque, en el fondo, quería estar cerca del Hogar.
"Y no sólo eso. Tengo algo más", y me entregó otra cajita con otra llave dentro.
"Y para qué es esta llave".
"Ven…", y me tomó de la mano y nos dirigimos a la puerta principal con toda una comitiva detrás.
Afuera del Hogar, había un vehículo estacionado, y quién se apeó, sino Georges del asiento delantero.
"Este es tu auto para lo que quieras. Te podemos asignar un chofer, o si quieres aprender a manejar".
"¿Pero Georges no es mi chofer?", le dije en broma, y salí corriendo para caer en los brazos de Georges, que se emocionó con las muestras de cariño de mi parte.
De hecho, el regalo era el auto, no su asistente personal. Mi esposo necesitaba a Georges, especialmente en Chicago, ya que él estaría la mayor parte del tiempo en Lakewood. Georges no podía evitar reírse de nosotros, y siempre comentaba que parecíamos niños, especialmente cuando simulábamos que nos peleábamos para ver cuál de los dos se quedaba con él.
"Te tengo otro regalo", me dijo después de asegurarse de que Georges no me escogía a mí y entre risas.
"¿Más? Me consientes demasiado", le contesté.
"Ustedes dos no maduran", decía Georges tratando de ocultar la risa. "Mientras ustedes siguen con su guerra, voy a saludar a la Srta. Pony y a la hermana Lane, además de los niños", Georges se me soltó del brazo. "Con permiso", terminó simulando seriedad, y caminando hacia el resto de la comitiva del Hogar.
"Bueno, Candy", me dijo inmediatamente, "lo último es un regalo para el Hogar completo y para ti. Qué te parece que esperamos una caravana de vehículos para llevarnos a todos a Lakewood, donde la tía abuela lo ha arreglado todo para celebrar en la villa y regresar luego al Hogar, bueno, si quieren, mañana, pasado, después de Año Nuevo".
"Como aquel cumpleaños que celebramos en Chicago".
"Así mismo", dijo y en ese mismo instante se comenzó a ver en la distancia la caravana de vehículos que se acercaban. "Qué tal si todos nos preparamos para irnos a la villa, ¿quieren?", dijo en voz alta para que todo el mundo escuchara.
Los niños saltaron de la emoción, y mis madres, que tampoco se esperaban la sorpresa, comenzaron a animar al personal para que preparara todo. Ellas mismas tenían que prepararse.
"Qué tal si salimos en una hora. ¿Es tiempo suficiente?"
"Candy, ayúdame a empacar. Con Archi no podría avanzar", me pidió Annie, y Patty y yo nos fuimos con ella.
"Tío, está malcriando a mi esposa", fue lo último que oí de Archi antes de entrar, y después risas entre ellos.
Continuará...
