Esa tarde, todos los niños jugaban en los alrededores de la villa, y Albert y yo, con Emma, Margot, Georges, la tía Elroy y mis dos madres decidimos irnos de picnic a un área cercana al portal de agua. Los recuerdos de Stear siempre nos hacían entristecernos un poco, pero para mí, era una alegría hablarles a mis madres y a nuestras visitas sobre lo maravilloso que fue él en vida. Para suerte, ese día 26 de diciembre, por milagro de Dios, la temperatura estaba muy buena para un día de invierno. No había brisa, así que se sentía mucho más cómodo que en días recientes. No tuvimos que usar tantas capas de ropa, y sólo llevamos un abrigo cada uno.
El agua corría con la helada, así que había hielo bajando con la corriente. No podía evitar recordar el momento en el que le lancé el lazo a Archi el día que lo conocí y que me regañó porque pude haberle costado su fina camisa. Archi, por cierto, había madurado, y su vestimenta era un poco más profesional en ese momento, además porque se preparaba para ser padre. Tampoco el bote-cisne de Stear, que había sucumbido luego de que Albert tratara de arreglarlo. Ahora mismo se encontraba en el taller, y Albert intentaba, cada vez que podía, que funcionara. De pronto le prometió a Emma que la llevaría a verlo, pero que no le prometía pasear en él por el riesgo de hipotermia que implicaba que se hundiera en medio de una prueba. Las risas no se hicieron esperar.
Nos sentamos, por cierto, en unas bancas que mi esposo había enviado colocar para el propósito que ahora la usábamos, para hacer picnics y podernos sentar cómodamente. Además, no queríamos mojarnos sentándonos en el suelo, pero, de todos modos, hubo que secar las bancas, porque la nieve derretida nos podía hacer mal de ojo.
Así nos sentamos y conversamos y comimos, y nos fijamos de algo muy interesante: ¿No era ese Georges, muy acomodado con Margot, que hasta nos pidieron que nos quedáramos con Emma en lo que paseaba con ella por los terrenos? La tía abuela me hizo un guiño como señalándome ese hecho. Entonces pude atar cabos. Claro, Georges había conocido a Margot el día antes, y quizás era por ser cortés, pero la realidad es que, si lo veníamos a ver, Margot era una mujer bonita, y Georges llevaba demasiado tiempo solo, atendiendo las necesidades de los demás. ¿Sería que…? Ay, Dios mío. ¿Sería esa la forma de llegar a lo que queríamos Albert y yo? De hecho, dos horas después, aún no habían regresado, así que supusimos que Georges la llevaría a la villa de los Leagan tan pronto terminaran el paseo antes de regresar, probablemente en auto.
De hecho, llegamos a la villa principal, porque una suave nevada comenzó a caer, pero con lo caballero que era Georges, no permitiría que su dama pasara alguna situación adversa. Pero tampoco urgía que saliéramos a buscarlo. Adentro, había un mar de juegos para Emma y los demás niños, que terminaron también adentro luego de pasear por los alrededores de la villa sin adentrarse demasiado al bosque. Les habíamos prometido, si había mejor tiempo, llevarlos a la cabaña de caza, pero eso era algo que había que pensar bien por la distancia, que era prácticamente de 2 millas. No sabía si convendría. Había que esperar.
Por la noche, la tía abuela y el servicio de Lakewood ayudaron a acostar a los niños una hora después de la cena, pero fue una labor algo difícil, porque, igual que cuando fuimos a Chicago, los niños estaban muy despiertos y animados. De hecho, los que habían ido a ese cumpleaños, que eran los más grandecitos, se acordaban de esa celebración y lo bien que la pasaron. Eran cerca de 10 niños hablando de sus aventuras. Fue difícil controlarlos, pero ya a la 10 p.m. estaban todos en cama, y los adultos nos acomodamos en la gran sala para hablar, comentar y contarnos nuestras historias.
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Fue fácil saber cuál era la historia que dominaba la mente de todos, y fue la relacionada conmigo y Albert, primero como príncipe de la colina, luego como Albert, mi amigo vagabundo que parecía un pirata, y por último, como el bisabuelo William. Patty me comentó que debía escribir una novela, y en parte le di la razón. De pronto, mi historia podía parecer interesante. De hecho, todos los actores en mi trama parecían pensar lo mismo. Annie fue la única que mantuvo silencio, esta vez no sé si por la mala barriga, o porque se debatía siempre entre lo que creía y lo que veía. Aún así era muy bueno que le picara la mente el asunto. Más, porque de algún modo se sentía agradecida con Albert por todo lo que había hecho por ella, a la vez que se acordaba de cuando él, el día del fallido compromiso convertido en su presentación en sociedad, había comentado que "ella aún suspira por Terry".
Archi le había explicado más de una vez como fueron las cosas, en especial luego de yo haberle confesado la verdad, claro, sin faltar a la promesa de discreción, pero a Annie le era difícil imaginar que un amor tan fuerte y espontáneo como el que creía que había tenido de pronto con Terry quedara en nada. Aparte, ella estaba con su amor de juventud, y para ella, ese amor fuerte, fogoso, era fuego. La relación mía con Albert parecía muy plena y feliz, pero un poco tibia para su gusto personal.
Y tampoco aportaba mucho, pues le parecía que hablar de Terry directamente podría estar fuera de lugar. Se lo agradecí sinceramente. De verdad, ese era un tema muerto y enterrado para mí. Quizás fue culpa mía en parte. Nunca aclaré demasiado, cuando acepté lo que sentía por mi ahora esposo, lo que había pasado. Quizás esa experiencia adolescente, el hecho de que dejé todo atrás para regresar a América a reunirme con él, y luego seguí detrás de esa ilusión por tanto tiempo, ella no podía asociarla con otra cosa que no fuera amor. Para Patty, sin embargo, que también vivió ese fuego desmedido de mi pasión, la visión era distinta. Quizás eran dos tipos de mujer distinta. La visión de Annie era del amor de niña que tuvo por Archi, mientras Patty era algo más práctica y madura. Quizás yo estaba entre ellas dos, pero la verdad es que pensaba que era un tema que debía quedar claro, más porque ya no éramos niñas, y tampoco era que ella tuviera una relación tan fogosa con Archi, más con lo serio y formal que nos resultó el muchacho.
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Luego de unos y otros contar sus historias, que por cierto, aunque no hablaré demasiado de la de Georges, me intrigó bastante como para escribir también sobre ella, llegamos a Margot, que jamás pensó que tendría que abrirse, aunque la familiaridad de nuestro entorno no dejó de invadirla. Su historia no fue demasiado compleja. Se había envuelto con un hombre que la dejó embarazada a los 16 años. Tuvo que trabajar para criar a su hija, hasta que ella, también, terminó embarazada en la adolescencia y también abandonada. Para ella era sorprendente cómo la historia se repetía, lo único que no pensó jamás que su hija, también de nombre Emma, perecería con tan solo 21 años.
Una de las cosas que le asustaba pensar era que su nieta repitiera esa historia en su vida, y que por eso había decidido dejarla en el Hogar, aunque sin cortar los lazos con ella, pues amaba a su nieta, y no veía su vida sin ella. (Eso me contrajo el alma). Georges, que ya era obvio que estaba desarrollando algún tipo de interés por ella, le pasó su pañuelo, que luego le pidió para guardar, y le aseguró que todos nosotros la ayudaríamos. Lo hizo sin siquiera consultar, pero para nosotros ya era obvio que ese era el gancho de toda esta historia para llegar a algún lado con el asunto. Si Georges y Margot desarrollaban un lazo sentimental, esa era la forma de acercarnos a la niña. Aunque de pronto me sentí egoísta y avergonzada por albergar estos sentimientos, después me dije a mí misma que dejara que las cosas fluyeran para bien de todos. La realidad, y esa se veía a leguas, era que el buen Georges, ese que sacrificó su vida por mi esposo y su hermana, merecía ser feliz el tiempo que durara su amistad con Margot. Si estaba para nosotros estar cerca de Emma, Dios nos dejaría saber.
Mientras todo eso ocurría, tanto la tía abuela como Albert guardaban silencio, quizás analizándolo todo, mientras Annie estaba sentimental y Patty la miraba tal vez pensando que estaba hiper sensible por el embarazo. Claro, era una historia muy triste, pero no era para tanto. Margot terminó diciendo que se sentía muy afortunada de haber desarrollado amistades tan sinceras con personas que era obvio que vivían para ayudar a los demás, y que haría lo posible por atender tal gesto de nuestra parte como ella pudiera. La tía y Albert se miraron con complicidad, o al menos eso me pareció. Yo recibí una mirada de mi esposo también un poco cómplice y ahí quedó todo.
…
"Si los jóvenes me disculpan, me iré a dormir ahora".
"¿Quiere que la acompañe, tía abuela?", le pregunté muy dispuesta a hacerlo.
"No, que me acompañe mi sobrino…Vamos, William", prácticamente le ordenó. "Voy a descansar, pero quedan en su casa".
"Creo que nosotras también, con permiso de los más jóvenes, nos iremos a descansar", también dijo la hermanita, a lo que la Srta. Pony le confirmó afirmando con la cabeza.
Ya habiendo salido los mayores, y Albert con la tía abuela, nos quedamos otro momento más. La pobre Emma estaba durmiendo en los brazos cálidos de Georges, que ahora, según parecía, era el abuelo postizo. Era hasta gracioso. Él acariciaba su risa melena, mientras la miraba con suma ternura. Bueno, aunque no dijo demasiado cuando le preguntamos, nos parecía que Georges se había enamorado, igual que nosotros, de esa niña. Y no, no era su tal parecido con Rosemary, que algo había de ella en esa niña también, sino que Emma se daba a querer.
Después de una hora más de charla incesante, decidimos terminarla, y cada uno para su cama. Georges, Annie, Patty, Eddie y Archi se fueron en auto para la villa Leagan, y Margot y yo cargamos entre las dos a la niña a su habitación asignada. Para la ocasión, Albert había optado por ofrecerle la que fuera mi habitación a madre y abuela. Sentí hasta escalofríos cuando vi el gesto de mi esposo. Y Margot estaba encantada.
Al otro día, 27 de diciembre, los niños tuvieron otro día cálido para sus actividades. Albert no me dijo nada de la charla que tuvo con la tía abuela. De hecho, llegó pasadas las 2 de la mañana, y aún así, ya a las 8 estaba despierto, pero no parlanchín ese día. Simplemente me dio un beso y me comentó que me decía después, con un aire de buenas noticias. Me pareció muy bien.
Una hora más, salíamos los grupos hacia la Villa Leagan. Esta vez, todos caminaríamos por el bosque para ver la cabaña de caza. Hicimos tres grupos, uno dirigido por mí, otro por Albert y el tercero por Georges. Emma y Margot, por supuesto, se fueron con Georges. Aunque Emma quería irse con el "príncipe", la realidad es que Georges le estaba robando el puesto muy fácilmente, porque al rato, la niña estaba al hombro de Georges, que le enseñaba todo el terreno y ella fascinada, igual que la abuela.
La tía Elroy, por cierto, se quedó con mis madres. Ninguna de las tres debía hacer ese tramo tan largo, pero aprovecharon para arreglarse el cabello y las uñas. Me cuenta la tía que fue una maravilla lograr que mis madres se dejaran consentir, pero que ella tenía sus mañas. No lo sé yo. Bueno, pero pasadas las 10 llegamos a la cabaña después de un camino que nos resultó bastante frío y largo, aunque los niños, con el entusiasmo, no sentían la helada. Albert sugirió que regresáramos a las 3 de la tarde, de modo que no se nos hiciera muy oscuro y por si enfrentábamos contratiempo.
Así pasamos un día extraordinario con las mismas actividades que Albert y yo realizábamos cada vez que visitábamos la cabaña. Los niños disfrutaron de lo lindo aún el frío y la nieve. Albert y Georges improvisaron esquíes para que los niños también jugaran. Mientras tanto, Margot y yo nos quedamos preparando la cena. Bueno, más Margot que yo. Albert había comenzado a enseñarme a cocinar, pero la cantidad de personas que había ese día en la cabaña eran demasiadas para que no dañara el guiso. Para suerte, Margot estaba allí. Hay que admitirlo, lo pasamos de lo lindo hasta la hora de regresar.
Continuará...
