De regreso a la villa, nuestras madres decidieron volver al Hogar el domingo siguiente. Así que le quedaban dos días más para disfrutar de las maravillas de la villa ese tiempo. El domingo saldrían después del almuerzo de regreso. Así iban a misa antes, y podían continuar en paz. La tía logró convencer a Margot para que se quedara una semana más con su nieta, y le ofreció un incentivo, ¿quizás un trabajo?
La verdad es que yo estaba bien sorprendida con la tía abuela. No había nada que no hiciera ella por las personas que amaba. Eso estuvo más que demostrado conmigo y su sobrino, con Georges cuando se enfermó y ahora con él y su supuesto interés en Margot. Nadie podía comparar a la tía Elroy de los tiempos en que los Leagan la dominaban, a esta de ahora, que se sacrificaba por amor. Y lo feliz que lucía. De verdad sorprendía. Hasta con Annie había hecho las paces, y parecía estar pendiente a su embarazo y a su bienestar.
La tía Elroy, según me comentaba Albert siempre que podía, estaba aprendiendo a dejar ir su dolor. Aunque no dejaba de ser la matriarca de algún modo, chapada a la antigua y con sus reglas antiguas aún presentes, estaba aprendiendo a dejar ir las cosas que no podía controlar. Y esa lección comenzó con su sobrino, al nivel que un día, delante de todos nosotros, le pidió perdón por haberlo sacrificado en el altar de la conveniencia, todo por guardar una apariencia cuando su hermano murió.
Para Albert, todo eso era un mal recuerdo del pasado, pero siempre entendió que, si no hubiera sido por ella, por ese amor-duro, como él lo llamaba, no sería el hombre sensible, pero también inteligente y comprometido que era. Él prefería guardar lo negativo, el pasado especialmente, en el cofre de sus recuerdos. Lo que aprendió, lo positivo, lo guardaba entonces en su corazón, un bello corazón, de un hombre a quién todos amaban.
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La fiesta de Año Nuevo ese año se haría en el Hogar de Pony. Era una fiesta de pueblo y ninguno de nosotros podía faltar. En Lakewood nos quedamos Emma, Margot, la tía abuela y yo, mientras que el resto, incluyendo a Georges y mi esposo, salíeron hacia el Hogar. Por cierto, yo quería ir con la comitiva de regreso, pero la tía abuela me había pedido que me quedara con ella. Ya la conocía. Algo había que ella quería que yo aprendiera con ella. A media tarde, unas horas después de que se fuera todo el Hogar, me envió llamar para que la acompañara al salón. La tía se acomodó cerca de la chimenea que una de las mucamas de piso había encendido para ella. Yo entré allí, vestida con uno de mis famosos vestidos de algodón y un abrigo. Me pareció adecuado, ya que la casa estaba a una buena temperatura, pero aún así, el frío se colaba por más calefacción que tuviera la villa.
Antes de eso, yo estaba en mi vieja habitación, leyéndole cuentos a Emma, mientras Margot tejía sentada en el viejo sillón, observando la escena. Yo guardaba la esperanza de que algo pasara que nos uniera de algún modo a esa niña. Margot me lo hacía fácil de cierto modo. Claro, quizás yo era algo mayor que su hija, pero aún así, Margot parecía demasiado joven para ella ser mi madre. Por cierto, cuando iba a comenzar a hablar algo más con ella, llegó la mucama con la invitación de la tía abuela. Le pedí a Margot que tuviéramos la charla después, y me disculpé con ella y con Emma.
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Aunque era temprano para el té, la tía me pidió que lo sirviera. Como siempre, lo hice y me serví uno también. Ella esperó que yo completara la tarea para comenzar a hablarme.
"Candice, espero que la conversación que tuvimos hace días haya calado en ti".
"Sí, tía abuela".
"He hablado con William, y le comenté sobre lo que te había ofrecido a cambio de que regresen en verano a Chicago".
"Qué le dijo. Yo haré lo que él me diga".
"No, Candice. No pretendo eso. Él hablará contigo sobre el tema, y ustedes tomarán la mejor decisión. Claro, lo que te dije no quiero que lo tomes como una obligación. Es algo que me gustaría que ocurriera, pero quiero que tomen la decisión entre ustedes".
"Lo haremos, tía abuela", le contesté con la mayor sinceridad.
La tía tomó unos sorbos de su té, y volvió a dirigirse a mí.
"Candice, quiero hablar contigo de una conversación que tuve con mi sobrino relacionada con la dama y la niña que están ahora quedándose en la villa".
Oh, no, el tema. No pensaba que Albert le hubiera dicho nada sin mí, pero parecería que eso no podía esperar si la tía había descubierto algo.
"William me comentó la historia de Margot y su nieta y lo dispuesto que está a ayudarlas. Además, me dijo que la niña es muy apegada a él, y que le dice príncipe. Si mal no recuerdo, hubo otra chiquilla que se refirió a él de este modo".
Todos los colores se me reflejaron en el rostro. Esos recuerdos de esa pequeñita de 6 años que conoció a un joven con kilt y una gaita siempre eran inolvidables para mí.
"Sí, tía", sólo pude responder.
"Tengo la impresión", ella adelantó, "que algo pasa que mi sobrino no quiere decirme porque desea que estés tú presente cuando tengamos la conversación, pero no quiero adelantarme si tiene que ver con lo que estoy pensando. Por lo pronto, tengo que decirte a ti y a mi sobrino, que ya lo hice cuando hablé con él, que veo en Georges la salida a su dilema. Nuestro amado francés ha sacrificado todo, y creo que es tiempo de que sea feliz. Veo, más allá de su atracción por Margot, que, igual que ustedes, se ha enamorado de esa niña".
Le abrí los ojos bien grandes. La tía abuela era el ser más increíble que haya conocido en mi vida. Pudo leernos bien incluso antes de que le dijéramos nada, y había encontrado ella misma la solución a nuestro pequeño problema. Y unos días después, luego de terminada una exitosa fiesta de Año Nuevo, y de que ella y Georges decidieran regresar a Chicago por motivos de trabajo, nos comunicó esto mismo. Le tuvimos que admitir la verdad, e igual que Albert, me dijo que no era algo que pudiéramos hacer en ese momento, pero la idea de que Georges fuera nuestro "representante" en esa gestión nos llenaba de mucha esperanza. El problema era que Georges tenía que regresar a Chicago porque Albert y yo nos quedaríamos esa temporada en Lakewood. Eso nos hizo decidir más rápido, por el bien de esa relación que pronto comenzaría, que Albert y él tendrían que intercambiar lugares de vez en cuando, y que como Georges había cooperado con nosotros cuando comenzamos la relación, así lo haríamos con él. Y por qué no. Georges nos había ayudado, y que fuera feliz también era un aliciente para ambos.
Hubo, por esto, momentos en que me quedaba sola con el servicio en Lakewood. Claro, ya tenía llave y un chofer mientras aprendía a conducir. Me movía muy seguido al Hogar, ayudaba a Dr. Martin, y a veces le daba libre a los asistentes de la villa y me iba al Hogar, con mis madres, también a pasar tiempo con ellas. Eso me hizo percatarme cada día más que la Srta. Pony se nos estaba apagando poco a poco. Por eso, ya no podía hacer las mismas cosas, y muchas veces se quedaba en cama a descansar, mientras tejía, o incluso recibía a los niños y a la visita en su habitación.
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Para febrero, era comidilla de toda la sociedad de NY, el compromiso de Terry con Susanna. En una presentación de la segunda obra teatral con música de su novia, Terry la comprometió con un anillo en medio del escenario y de los actores de la obra. Susanna, según leí en los diarios, se llevó la sorpresa de su vida. La verdad que cuando los vi tan felices a los dos, sentí mucho alivio. Por más que Terry fuera algo de mi pasado, la sola idea de que aún albergara algún sentimiento por mí me hacía sentir culpable.
Siempre pensé que esa nota de despedida que me envió y que Albert me entregó no era otra cosa que él reprimiéndose de decir el montón de cosas que se quedaron en el aire entre nosotros, especialmente suyas. Yo siempre estuve clara. Por cierto, este recorte periodístico no me llegó como otros, que aparecían de la nada en algún rincón de Chicago. Este me llegó por obra del destino, porque especialmente en el Hogar, no era algo común recibir prensa...
En ese momento en específico, estaba Georges de vuelta en la Villa Leagan, y visitando a Margot en el Hogar. La realidad es que Margot había aceptado recibir a Georges en el Hogar, porque pensaba también en que Emma podía conocerlo y aceptarlo, no que fuera difícil. Ambos se estaban acoplando demasiado bien el uno al otro. Hasta yo embromaba a Albert cada vez que llamaba para decirle que le estaban robando a su princesita. Luego le contaba cada paso que daba Georges en su naciente relación con Margot, al menos lo que supiera en ese momento, porque Georges, hay que admitirlo, era una tumba.
De hecho, ya para marzo, había noviazgo y se hablaba de boda para finales de año y principios del próximo. La verdad estaba demasiado feliz por Georges. Mi caballero blanco se merecía toda la felicidad del mundo, y verlo tan contento me llenaba el corazón.
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Para marzo, había decidido irme de vuelta a Lakewood ante la salida de Georges y el regreso de Albert. Aunque extrañé mucho a mi esposo ese mes que no lo vi, la realidad es que estar en el Hogar era una segunda piel para mí. De las grandes maravillas, llegué yo misma allí, conduciendo el vehículo que mi esposo me había regalado. Albert llegó a media tarde, así que madrugué y entré en la villa a media mañana ese domingo. La villa estaba lo limpia que podía estar después de un mes, pero mis ayudantes y en menos de dos horas, todo brillaba. Dorothy y yo nos fuimos a la cocina, y preparamos la cena entre las dos; no pude evitar recordar ese episodio de Margot cocinando conmigo en la cabaña del bosque.
Habiendo terminado, me dirigí al solario y vi la correspondencia de todo el mes anterior en el escritorio. La realidad es que no había nada importante, más allá de una carta de Patty agradeciendo todo lo que habíamos hecho por ella y por Eddie, y otra de Annie pidiendo disculpas por lo antipática que la tenía el embarazo. Al menos ya había entrado en el segundo trimestre, y ya no tenía tantas nauseas ni deseos constantes de ir al baño. Pero se quejaba de que odiaba tener que dormir siempre de espaldas. Me juraba y perjuraba que ese sería su único embarazo. (Bueno, el único y los dos siguientes).
Luego de sentarme delante de la chimenea en el salón y de dormitar un rato, llegó Dorothy avisando que el "señor" llegaría dentro de la próxima hora y que debíamos prepararnos para recibirlo. Albert odiaba todo ese protocolo y yo también, pero era buena idea hacerlo y verle la cara de disgusto cuando me viera entre su comitiva. Era como una pequeña venganza por todo lo que me bromeaba él siempre.
Ciertamente no lo esperaba. De hecho, tuve que controlar esos deseos que tenía de salir corriendo a recibirlo. La cara que puso lo decía todo. Tan fue así, que Dorothy bajó el rostro de vergüenza. Y el resto de la comitiva, entendiendo la directa indirecta de Albert, sencillamente entró a la villa y se perdió en sus laberintos. Él se me acercó con expectativa, pero también algo sorprendido de que hubiera aceptado ese recibimiento que sabía que no le agradaba.
"Candice White, ahora mismo vamos al solario".
A eso Dorothy entró también a la villa a toda velocidad. Yo no hacía más que reírme.
"Ah, Albert, ya viste. Te la pasas embromando y no te gusta cuando te toca a ti".
"Ven…", y me levantó al hombro y me llevó cargada hasta las escaleras".
"Señor, ¿necesita algo?", preguntó una de las mucamas.
"Por ahora, no. Ya hablaremos después", dijo aparentemente en serio.
Y así, cargada sobre su hombro, me llevó no al solario, sino hacia el tercer nivel, a nuestra recámara, y me tumbó suavemente en la cama.
"Qué te parece si seguimos coproduciendo nuestra próxima obra", me dijo en tono infantil, como el niño que quiere un dulce.
"Definitivamente, eres un pervertido. Todo ese show para traerme acá. Me lo hubieras dicho, yo…" entonces me sonrojé.
"Dímelo, Candy", me respondió con voz ahogada y su cuerpo reaccionando.
"Yo quiero estar contigo, ahora".
Mientras le terminaba esto casi a risas, se tumbó a mi lado, y nos quedamos ahí, juntos, prácticamente hasta la hora de la cena. Cuando bajamos, agradecimos que la tía abuela no estuviera allí. Nos estaría regañando por la perversión. Íbamos riéndonos.
Esos días en Lakewood, especialmente a finales de mes, comenzaba a asomarse los primeros aires de primavera. Como saben, la primavera siempre es un tiempo especial para nosotros. Fue cuando nos conocimos y cuando nos enamoramos también. El asunto es que abril la pasaría otra vez sin él, y cada vez que se iba, se me hacía más y más difícil.
Aunque cerraba la villa y me iba para el Hogar, sencillamente estar sin él era bien difícil. Al menos, podía disfrutar de la compañía de Emma, en especial cuando Georges se llevaba a Margot de paseo. Digamos que, aunque Georges y Albert la habían invitado a quedarse en la villa Leagan, la realidad es que ella no quería hacerlo. Yo, por cierto, la entendía. Nos pesaba la dignidad y también un poco estar solas en propiedades tan grandes. Yo encontraba grande el Magnolia sin Albert, ahora imaginen el Magnolia 200 veces más grande.
…
Para mi cumpleaños y el de Annie, Albert me pidió que me fuera a Chicago con Georges, y no pude más que invitar a Margot y a Emma para que se fueran con nosotros. La realidad era que Annie ya tenía 7 meses de embarazo, y un viaje así de largo no era buena idea. Lamentablemente mis madres ya no podían tampoco hacer ese viaje tan largo, pero enviaron sus mejores deseos de que la fiesta fuera un éxito. Atrás quedó también ese frío feroz del pasado invierno, aunque de vez en cuando se colaba una brisa helada que iba y venía y que nos obligaba a abrigarnos.
Llegamos un martes al anochecer y nos dividimos en la mansión. La verdad es que no tenía ni idea de lo que se le ocurriría a Albert para regalarme. Aunque fuera algo que no me dejara sin aliento, como en ocasiones anteriores, sabía que todo lo que me obsequiaba era del corazón. Pero no, no fallaría esta vez tampoco: el regalo que me hizo me dejó sin aliento otra vez. La verdad es que la mente de mi esposo era prodigiosa.
Recuerdo que muchas veces le conté todas mis aventuras cuando me escapé del colegio. Sabía que cada persona que entraba en mi vida de algún modo era importante. Y no sabía que él había logrado comunicarse con varios de los protagonistas de mi historia. De hecho, verlos en la fiesta unos días después realmente me dejó sin aliento. Se trataba nada más y nada menos que de Cookie, el Sr. Carson y toda su familia y hasta de Vincent Brown, al que no pude evitar lanzarme en brazos. El padre de Anthony, por alguna razón, me hacía pensar en un padre para mí. Y aunque yo no supiera lo que era tener uno, la sensación de afecto que tenía con él era distinta. Por cierto, no me pasaba lo mismo con Georges y no era porque lo quisiera menos. Lo que ocurría era que el buen Georges, así lo paternal que era conmigo, era unos años más joven que Vincent Brown, y ahora que estaba enamorado, igual que mi Albert, se veía aún más joven.
Continuará...
