Qué es lo que tiene el amor, que rejuvenece a las personas. En nuestra fiesta de cumpleaños, todos lucíamos jóvenes y felices. La tía abuela, por cierto, también lo hacía. El amor la había rejuvenecido. De pronto, vine a entender que no sólo el amor de pareja tiene ese efecto en las personas. Quizás era que todo lo que produce felicidad nos rejuvenece, y el amor es una de esas cosas.
Luego de una exitosa fiesta recordando ese pasado reciente que había dejado huella en todos nosotros, en que descubrí que Cookie había cumplido con su sueño de ser marinero con la ayuda del comandante Niven, en que Susie, Sam y Jeff ya no eran niños, sino jóvenes felices, que ahora tenían una madre, en que también el amor había rejuvenecido al Sr. Carson, y en que el Sr. Vincent Brown ya había comenzado a hablar de retirarse y descansar, además de verlo compartir muy amenamente con la tía Elroy como nunca, fue que vine a comprender el significado de la vida.
Cookie me comentó que el negocio del Sr. Juskin era uno de los lugares más famosos del puerto de Southampton y que ahora, además de ser bodega y barra, albergaba una posada muy famosa. También me dijo que toda esa área oscura donde estaba la barra, se había convertido en parada obligatoria en el lugar, y que se había remozado el área. Todo eso había ocurrido inmediatamente después de la gran guerra. De hecho, Cookie me hablaba con tanto entusiasmo de todo lo que rodeaba su nueva vida, que no pude evitar sentirme totalmente cautivada por ese recuento. De hecho, Albert me observaba desde la distancia con sumo interés, mientras mi rostro se encendía de felicidad con tan bellos recuerdos.
La pobre Annie, sin embargo, con su barriga enorme, tuvo que pasarse sentada con Annie, Eddie y Archi, que la acompañaban, pero aún así, no dejó de disfrutar de la velada. Todo fue muy exitoso. Al final, la fiesta terminó al otro día, y todos regresamos a nuestras recámaras, felices por tan grata celebración. Yo, la verdad, no podía dormir, más porque Albert no estaba a mi lado en ese momento. De pronto, me giré hacia el lado opuesto de la cama, y en la mesa de noche, sin embargo, vi una caja envuelta con un lazo y una nota de Albert, que decía:
"Ya que estás capturando tus recuerdos de la mejor manera posible, te tengo este regalo especial". Con esto, la comencé abrir muy entusiasmada, pero inmediatamente noté que la caja estaba vacía. Dónde estaba el regalo. De pronto, Albert, al ver que yo buscaba curiosa por toda la habitación, entró a la pieza con una cámara fotográfica en mano.
"Es para que continúes con tu proyecto que comenzaste el año pasado y que me regalaste en Navidad. Hice unas tomas de tu fiesta para que se las añadas".
Y me hizo entrega de ese maravilloso regalo, con las fotos que tomó, que revelé yo misma días después en un saloncito que preparó para mí en la mansión, otra sorpresita más, sin que me diera cuenta. Sí, por eso es que no estaba conmigo, y que lo vi, caminando por toda la estancia sin detenerse a hablar con nadie, simplemente observando. Albert siempre se interesaba por las cosas que a mí me gustaban. De pronto, no le había comentado que entre las cosas que estaba aprendiendo era el arte de la fotografía. No sé cómo lo averiguó, porque nunca se lo dije. De hecho, ese interés me lo había heredado Stair, de unas notas que había dejado, como científico en desarrollo que era, pero nunca lo comenté abiertamente. Claro, pudo haberse percatado cuando comencé a leer sobre ese tema algunos tomos con los que me acostaba a dormir, así que supe desde ese momento, no que fuera nuevo, que Albert siempre fomentaría todo proyecto que me atrajera. Y provecho grande, que más adelante, cuando nos mudamos a Reino Unido, yo abriría un estudio-escuela, muy cotizado.
…
Sin darme cuenta enseguida que me hizo la entrega de ese tan especial regalo, Albert comenzó a hablarme de nuevo del tema de Reino Unido muy seguido, y las diferentes propiedades que los Ardlay tenían en esa área del mundo. La de Londres, a la que fuimos para nuestra luna de miel, estaba en ese momento en proceso de remodelación. A mí me había gustado mucho, pues era pequeña y parecía un castillo medieval. No me percaté inmediatamente, pero de pronto era un tema recurrente en nuestras conversaciones, como si me estuviera preparando para algo, no sé, importante.
Nunca quise contradecir de ningún modo a mi esposo, pero tenía esta idea de que debía estar cerca del Hogar de Pony y de Lakewood. Lakewood siempre fue para mí un remanso, aún lo inmensa que era esa propiedad. Ni idea tenía sobre los planes de Albert, pero al notar que la conversación de pronto giraba hacia ese tema, sencillamente un día le pregunté directamente.
"Albert, qué pasa con lo de Reino Unido, que últimamente me lo mencionas bastante".
Al principio me decía que no era nada, me cambiaba el tema, me decía que mejor era seguir coproduciendo ese proyecto que no había tenido resultados hasta entonces. Ahora pienso que fue una forma de suavizarme de modo que cuando me dijera lo de la mudanza, yo no me exaltara demasiado. De pronto, y mientras estaba en Chicago, que todo el mundo en mi vida regresaba a la suya, comencé a ver las cosas con ojos nuevos.
Yo nunca romanticé la vida de la matriarca, y ahora que comprendo mejor la responsabilidad, veo todo más claro. Albert pasaba mucho tiempo, más del deseado, en el corporativo, mientras Georges iba y venía para pasar más tiempo con su nueva familia, pero sin dejar de lado sus responsabilidades. No me molestaba tanto este hecho, pero era obvio que su ausencia durante ciertos períodos se sentía, y más aún con la paternidad de Archi en medio del cortejo de Georges. Albert sólo contaba con Eddie, pero esa boda se acercaba, y por no decir nada, podía enfermarse. Tuvimos la tía abuela y yo ayudarle con el trabajo, para no dejarlo solo. Muchas de las labores de Albert eran con socios extranjeros, así que aproveché para practicar más mi francés, y la tía abuela el italiano y el portugués. Además, ella sabía algo del mundo de los negocios, y mientras yo aprendía, fui adquiriendo otras destrezas en el corporativo.
Georges se nos unió en junio y trajo con él a Margot, pero esta vez sin Emma. Por supuesto, Margot se fue a la mansión con nosotros. Se vino para la semana de la boda, que fue el día del cumpleaños de Albert. Así que celebramos esa fiesta con la otra. Patty, por cierto, le pidió perdón por la mezcla de fechas. De hecho, fue una fiesta muy divertida. La ceremonia se realizó en la Gran Catedral de Chicago, y Patty quiso, que se colocara la foto de su abuela allí, ya que hubiera querido que estuviera con ella en ese momento. Luego nos fuimos a la mansión, y allí celebramos la recepción en el salón. Esa fue una idea de mi esposo.
En medio de la actividad, de pronto se escuchó un grito de dolor, un escarceo y al padre desesperado porque parece que su hijo quería nacer antes de tiempo. Y así, ambos salieron de allí directo al hospital. Cuatro horas más tarde, nos llamó para decirnos que todo había salido bien. Cerramos la despedida a los novios con un recuento del día tan interesante que había sido, y ellos salieron de luna de miel a Londres, donde la familia de Patty tenía una hermosa propiedad. Allí estarían hasta agosto.
Pasados varios días, Georges entonces regresó al corporativo, y la tía abuela y yo, junto con Margot, nos turnábamos para ayudar a Archi y a Annie, y también a Albert. De hecho, Archi deseaba regresar a trabajar, pero no nos pareció buena idea los primeros días. Annie estaba súper sensible, adolorida y reclamaba a su esposo constantemente. Archibald quería cumplir con su tío, pero no podía alejarse de su esposa ni de su hijo.
Aristair, que ese era su nombre, había nacido muy sano y alerta. Archi lo miraba con tanto embelesamiento que no había duda de que quería ser papá y Dios se lo había concedido. Lo cargaba constantemente en sus brazos y lo miraba, mientras Annie dormía de lo cansada que la había dejado la labor de parto. Los primeros días sólo lo cargaba para alimentarlo, y luego lo dejaba a un lado para poder comer y dormir. La realidad es que ese embarazo le había pasado factura. Pero de que Archi quería regresar al corporativo, definitivamente quería hacerlo, así que a la semana del nacimiento se fue, aunque me comentaba Albert que la ansiedad se lo comía. Y él le respondía cuando lo veía en esas:
"Archibald, calma. Cualquiera diría que ese bebé está solo. Allí están todas las mujeres, desde mi tía hasta mi esposa, para hacerse cargo. Recuerda que Candy es enfermera y nos dirá si pasa algo. Mientras no lo haga, todo está bien".
Y así lograba calmarlo (palabras van y palabras vienen, porque cuando fue su turno, estaba peor que su sobrino). Lo bueno de ese retorno a las labores fue que alivió un poco la carga de todos nosotros. Así, eventualmente, ni la abuela ni yo tuvimos que regresar al corporativo. Nos ocupamos entonces de Annie y de su bebé. Annie, por cierto, luego de su casi depresión post-parto, volvió a sus deberes mejor que nunca. Se comenzó a ocupar de su hijo ella misma. No nos dejó demasiado qué hacer.
La tía abuela pidió que trajeran una nodriza. Nosotras no estuvimos de acuerdo. Preferimos cuidar al niño nosotras, así que desistió de la idea. De pronto me habló cuando nació Albert, que hubo que traer una porque su madre había muerto y no había quién amamantara. Albert resultó ser un niño sano, pero cada madre tiene los nutrientes específicos de su hijo. Eso es algo que él no pudo disfrutar, aún lo saludable que era y lo mucho que se cuidaba.
…
Para iniciar el otoño de ese año, nos esperaba una noticia demasiado triste, una pesadilla. Albert fue muy consciente del efecto que tendría la noticia en mí, y más porque confirmamos ya para finales de septiembre que yo estaba embarazada. Era un golpe terrible, pero como le decía la tía Elroy, "al mal tiempo, buena cara". La mala noticia era sobre la muerte de Susanna Marlowe.
Susanna, la mujer que me ayudó a componer mi canción de bodas; Susanna, la que había desarrollado una carrera teatral impresionante; Susanna, la mujer que, por amor, fue capaz de sacrificar su vida. Ella había desarrollado una bacteria, y trató de curarse ella misma, sin resultados. Terry aparentemente no sabía que ella llevaba días en el hospital. Estaba actuando fuera de Broadway. Ese mismo domingo que ella murió, él hacía lo que ambos disfrutaban más: actuar. Pobre Susanna y pobre Terry.
Terry le había propuesto matrimonio, pero ni siquiera habían acordado una fecha. Susanna hasta había superado esa crisis inicial y no pareció darle mayor importancia, pero en la medicina, a veces esas son mejorías falsas. Ella misma creía que estaba bien, y pidió que no preocuparan a Terry en medio de su presentación. Un día después, había fallecido, en la mañana, y nadie se dio cuenta sino horas después.
Susanna siempre fue bella por dentro y por fuera. Incluso las diferencias que tuvimos, cuando aprendí que el amor no se persigue, y que había luz al final del túnel, entendí que era ella la otra mitad de Terry, como yo soy la otra mitad de Albert.
Albert muy bien sabía que esa noticia me llevaría a la más grande tristeza. Por qué habíamos cortado comunicación con Terry y con ella, ¿como una salvaguarda para que no tuviéramos que enfrentar algo que debió haberse superado desde hacía tiempo? Terry era el único tema entre nosotros que nos provocaba cierta incomodidad, y eso no cambió nunca, aún cuando él luego continuó con su vida y con la actuación, y nosotros estábamos lejos de él y de su vida. Sin embargo, nunca reanudamos la comunicación. Yo no quería ni Albert tampoco. Y Terry no volvió a comunicarse con nosotros. Lo único que hicimos fue darle el pésame a él y a la familia de Susanna a través de un arreglo floral bastante impersonal de Willam A. Ardlay y de Candice White-Ardlay el día del funeral. Fue un gesto más bien de solidaridad y a distancia.
Yo, yo estaba desbordada de la emoción y no podía contener las lágrimas. Estaba demasiado triste como para pensar en nada que no fuera Susanna y Terry, Terry y Susanna. Albert me recordaba que estaba embarazada, y que podía ser contraproducente para nuestro bebé. Y ahí tenía razón. Mejor era dejar ese pasado atrás de nuevo, y orar por la tranquilidad de Terry desde lejos. Eso fue lo que hice.
Continuará...
