El invierno comenzó frío y nos acompañó un aire de tristeza por uno o dos meses. Traté de distraer la mente con mis clases de fotografía, de francés y de dibujo, y aprendiendo de finanzas y contabilidad. Se me daban bien, por cierto, los números. A mí el embarazo, sin embargo, no me trató tan mal como a Annie. No estaba engordando demasiado, ya que no me la pasaba comiendo y bebiendo todo el día. Comencé a hacer dieta, aunque de vez en cuando, ya avanzando en el proceso, le picaba el costado a Albert para que me buscara cosas picantes, pero esto no fue muy a menudo. Aparte, me entretenía planificando con Margot la boda. Por cierto, la habíamos convencido de que se quedara ese tiempo en Chicago, para que Georges pudiera ayudar a mi esposo. Claro, los chicos ya estaban de regreso en el Corporativo, pero aún así, la experiencia de Georges era invaluable.

Las Navidades y el principio del año siguiente lo pasamos también en Chicago, aparte del Hogar y Lakewood. Extrañaba a mis madres y a Dr. Martin, pero la realidad es que era mejor pasar el embarazo en Chicago, cerca de mi esposo y de sus obligaciones, que le quitaban al sueño, aunque hay que admitirlo, que Albert jamás fue desagradable y no se quejaba de cansancio o se mostraba malhumorado. A veces se quedaba dormido sobre mi barriguita, y yo lo reconfortaba lo mejor que podía. Pero no se podía decir que no disfrutó de ese embarazo conmigo, aunque, de nuevo, tampoco el tiempo que hubiera deseado.

La boda de Georges tampoco la pudimos celebrar en Lakewood, como él hubiera querido, pero no dejó de ser una celebración muy bella. La celebramos en una pequeña iglesia, con pocos invitados, y nos fuimos a la mansión, a celebrar también con Emma, a quien Georges envió a buscar. Había ocurrido lo esperado. Emma pronto entraría a la escuela, y Georges la adoptó con su apellido. Así todo sería más fácil para ella. De hecho, aunque nunca lo volvimos a expresar con palabras, siempre nos quedó el deseo de adoptarla. Según fue creciendo, sin embargo, dejó de ver a Albert de esa manera especial del principio. Por lo menos, teníamos el conocimiento de que Georges era el padre y abuelito para esa niña que nunca tuvo. Albert y yo no podíamos robarle ese deseo a él y tampoco a Margot, que se convirtió, con esa adopción, en su madre de algún modo. No, sencillamente nos guardamos ese deseo en nuestro interior, y no volvimos a mencionarlo. Sólo las veces que pudimos compartir con Emma y su nueva familia nos dimos cuenta de que no podía estar en mejores manos.

Albert y yo lo habíamos hablado, y no pensamos, cuando el año anterior decidimos vivir parte del tiempo en Lakewood, que Georges podría convertirse en el real dueño de esa propiedad. De pronto, a mí también se me hizo claro, pero no por lo mismo que Albert, que ya ideaba nuestra futura mudanza a Reino Unido. La realidad es que ni a Emma ni a Margot les encantaba Chicago, y Georges ya hablaba de un retiro después de años y años al servicio del clan que lo había acogido de niño. Estaba cansado, y el hecho de haberse enfermado no una, sino tres veces desde la inauguración del Miami Resort Inn, hablaba de un cuerpo de mediana edad que le estaba pasando factura. Y algo que Albert no había comentado, por lo menos hasta poco antes de la mudanza, era que el asunto de la recesión, que se convirtió en la Depresión del año 29, terminaría por convertir lo que quedaba del Comité y de las viejas tradiciones en obsoletos. Entre el clan y el Comité, las conversaciones llevaron a una disolución gradual y, aunque la figura del patriarca continuó por años, con Albert aún responsable de cada miembro del clan, más bien era una figura decorativa. Cada cual, por cierto, se encargaría de su trozo de legado.

Anthony, nuestro bebé, nacería la primavera siguiente, el mismo día de mi cumpleaños, nada menos. Un niño de grandes ojos azules y cabello rubio, fue recibido por la tía abuela, como ella misma lo había establecido, y luego ella murió poco tiempo después, como ella (y aparentemente Rosemary) había predicho el día del compromiso entre Albert y yo. Realmente, y sólo porque ella nos lo pidió, nuestro niño se llamó W. Anthony Ardlay. La W era silenciosa, no tenía significado más allá de reconocimiento. Así, todos nosotros, en cuestión de menos de dos años desde nuestra boda, fuimos testigos de los más maravillosos cambios. Y todos fuimos felices, como lo hubiera querido la tía abuela.

No quiero seguirme alargando con esta historia, pero quizás dejo abierto el foro para contar más allá de experiencia de vida reciente. Mis recuerdos, mis amores y mis experiencias servirían para llenar quizás una biblioteca pequeña. Albert y yo tuvimos dos bebés más, la pequeña Paulina Rose antes de salir de mudanza, y la menor, Janet Elroy, nacida en Reino Unido, en honor a la abuela de los hermanos Cornwell, que nunca tuve el placer de conocer, pero de la que Albert me cuenta grandes cosas. Quizás en otra ocasión les hable de ella. Jamás pensé en mi vida que alcanzaría la felicidad como lo hice con Albert, y no se equivoquen, ese es un recuerdo que me llevaré hasta el último día de mi vida. Gracias a él pude conocer lo que era el amor verdadero, sentirme querida, protegida y con un sentido de pertenencia. Jamás terminaré agradecerles a mis padres por haberme amado tanto como para dejarme en el Hogar de Pony, donde encontré el amor grande de dos maravillosas madres, y también, de todos los lugares del mundo, al príncipe de mi vida, el hombre con el que comparto la más maravillosa relación, el padre de mis hijos y el dueño de mi corazón…para siempre.