La conjetura Sanders
En la vida existen verdades universales. Secretos a voces que a menudo eran de dominio público. Mark Sanders lo veía de esa forma. Era un investigador. Le apasionaban los pequeños detalles, las pistas escondidas a simple vista. Así que, cuando su colega, la doctora Grundler comenzó a exhibir ciertas características conocidas, ciertamente no pudo pasarlo por alto. ¿Debería meter su nariz en donde nadie lo había llamado? Ciertamente, no.
Pero si alguien comprendía la soledad que una vida dedicada a la investigación podía implicar, ese sin lugar a dudas, era él. Y entre sus certezas, también tenía claro lo muy en alta estima que tenía a su colega, que, aunque brillante y eficaz en muchos aspectos, tenía serias carencias en otros. Y uno de ellos podía ser su completa inhabilidad para notar las cosas que estaban frente a ella.
Si su campo estuviese enfocado en la neurociencia, sin duda habría elaborado un ensayo al respecto. Pero ahora tenía asuntos que tratar.
No era como si el resto del laboratorio no hubiese notado los cambios en Gretchen Grundler. Algunos lo atribuían a una ruptura o nueva relación personal, otros creían que trataba de consagrarse con la junta directiva de la universidad.
—Como si no hubiesen financiado suficientes de sus experimentos.—Había dicho un incauto en la cafetería.
—Quizás solo quiere mejorar su autoestima.
Cual fuera la razón, Mark no tenía planeado cuestionarla al respecto. Pero ya que estaba inmiscuyéndose en sus asuntos, él en verdad no sabía mucho acerca de la vida privada de su colaboradora. Y era una pena, ella era alguien excepcional. En lugar de meterse donde no lo llamaban, quizás era una mejor idea, intentar ser alguien presente en su vida más allá de la rutina del laboratorio. Sabía ciertas cosas, desde luego. Su promedio durante la escuela media y que vivía en la ciudad, había encontrado una compañera de vivienda, era alérgica al polvo y el Renacimiento era de su interés. Cayó en cuenta que, en realidad, podían no ser tan cercanos como él había creido.
—Un amigo es alguien que debería tener su número de teléfono.—Se recordó mientras marcaba el número de emergencia que ella había proporcionado a la universidad. Con algo de suerte, no se encontraría hablando con alguno de sus padres y podría contactarla directamente.
Una voz masculina emergió después del segundo tono. Era serena y bastante fresca. No había esperado eso. ¿Un hermano, quizá? Preguntó por Gretchen y se maldijo así mismo por no tener más tacto.
La voz del otro lado, preguntó con cierta brusquedad de quién se trataba. Buen Señor, ni siquiera había tenido la decencia de presentarse. Quizás hubiese sido mejor, esperar a verla en el laboratorio. Pero ya se encontraba frente a la situación y no iba a dar marcha atrás.
—Lamento si lo encuentro en un mal momento, señor. —Dijo—Estaba tratando de localizarla. ¿Es usted su familiar?
La voz tardó un momento en responder. Lo cual llamó su atención. Aunque él la estaba contactando desde un número de emergencia, había sido imprudente de su parte.
—No, soy su compañero de piso, amigo. Ya la comunico.
La voz de Gretchen inundó el silencio y entonces pudo respirar tranquilo al finalizar la llamada.
¿Su compañero de piso era un "él"?
Gretchen no parecía ser del tipo que rentaba a desconocidos masculinos. Y entonces algo hizo clic dentro de sí. Se obligó a sí mismo a recordar cuanto hacía que habían hablado al respecto de la mudanza de su roomie y lo comparó con el momento en que comenzó a notar cambios en la doctora Grundler. Había tenido cuidado de no hablar al respecto de este "amigo". Se descubrió emocionado por la nueva información. Y entonces lo meditó.
—¿En verdad es tan triste mi vida que tengo que vivir a través de ella?—Lo pensó mientras compilaba los datos de su reciente experimento. —Bueno, si mi teoría es correcta, podría hacer a un par de personas felices.
Iba a morir. El estado hipóxico en que se encontraba iba a producir alguna tragedia.
Habían corrido desde la 109 Street hasta Avalon Morningside Park y Vince le llevaba ventaja. Había comenzado bien, él le había dado un par de consejos sobre cómo respirar adecuadamente y mantener el ritmo al trotar. Ciertamente eran buenos y acertados consejos, una lástima que al sujeto se le hubiese ocurrido usar pantaloncillos cortos y la remera que le daba un panorama completo de su bien tonificados bíceps. Él no había perdido el aliento ni una sola vez y ella luchaba por no tropezar y caer a causa de su poca resistencia física o el hecho de estar teniendo pensamientos impuros.
No estaba utilizando el sostén adecuado para ese tipo de actividad. Ya tenía suficiente bochorno con parecer al borde de la muerte, como para estar sujetando sus senos como si la vida se le fuese en ello, mientras recorría un parque frecuentado por niños.
Casi se da de bruces contra Vince al reaparecer en su campo de visión. Sostenía un par de botellas de agua y señalaba una banca cercana donde podían tomar un descanso. Jamás había estado más agradecida.
—Lo estás haciendo bien, Gretch.
La mirada que ella le dirigió lo obligó a reconsiderar su siguiente frase.
—Lo más difícil es crear el hábito. Una vez encuentres tu ritmo, serás imparable.
Ver sonreír a Vince casi había compensado la deshidratación que había sufrido.
—¿Crees que podamos tomar un taxi?
De no haber estado tan sofocada, habría reído fuertemente junto a Vince.
Aunque una parte de él, de la que no estaba tan orgulloso, había ofrecido ayudar a Gretchen en su reciente deseo por mejorar su salud física, como un gesto irremediablemente vacío.
Había disfrutado la mañana junto a ella. ¿Cómo podía ser tan linda cubierta de tal cantidad de sudor?
Marzo 13 de 2014
El cumpleaños de Gretchen se acercaba. Entre las tradiciones que acompañaban el pequeño mundo que se había formado alrededor de Gretchen y de él, se encontraban las pequeñas celebraciones, aunque hubiese sido genial reunir a toda la banda para celebrar el cumpleaños veintinueve de su amiga, en realidad, resultaba que era imposible. Lo había constatado con todos y el único disponible parecía ser él, sin mencionar que acababa de rendir los exámenes en la facultad y había logrado sobrevivir en el proceso. Sí, con un demonio, claro que iban a celebrarlo.
—Cuchifrito, voy por ti amigo.
Lo mejor de vivir en Nueva York, en su opinión, era la cantidad de comida a la que podía acceder con solo recorrer un par de calles. Tenían un lugar con comida puertorriqueña a la que se habían vuelto asiduos, aunque sin lugar a dudas, no era la clase más saludable de alimento que podían consumir. Sin embargo, eso no lograba persuadirlos de buscarla en ocasiones especiales.
Casi había llegado a Harlem East cuando reconsideró su elección, sabía que Gretchen estaba tratando de llevar una vida saludable. —Si alguien debería dar el ejemplo, debería ser yo.—Se cuestionó.
Gretchen acababa de salir del subterráneo, entre las mil y un cosas que podía tener en su día a día, no había pasado por alto la reciente satisfacción de Vince por pasar sus evaluaciones, en realidad, ella lo admiraba y respetaba como amigo y persona, tomar una decisión que podía cambiar de tal manera el rumbo de su vida, sin duda, la había sorprendido. Pero Vince siempre había sido alguien que tenía ese efecto sobre ella. Como su amiga, lo había animado y apoyado tanto como había podido hacerlo.
—"¿Qué infiernos es una silla turca, Gretch?"—Le había preguntado realmente frustrado al estudiar para su introducción a anatomía.
Ella habría reído al respecto, pero sabía que eso no hubiese hecho más que frustrarlo aún más, a menudo solía tener ese efecto en las personas. Alguien le había dicho que, porque algo no fuese complicado para ella, no implicaba que el resto la pasaba igual y eso la había marcado. No era su intención ir por la vida haciendo sentir de esa forma a las personas, mucho menos a Vince.
Habían pasado toda la noche estudiando introducción a la anatomía con él. Y al final, logró comprenderlo. Ahora, acababa de rendir sus primeros exámenes y no podía estar más orgullosa de él.
Sabía cuánto se había esforzado por recorrer ese camino y ella quería estar ahí para él. Y no había forma que no fuesen a celebrarlo. Había ido directamente al lugar de comida puertorriqueña favorito de Vince y justo cuando salía de la tienda, su cuerpo experimentó una descarga de parte de su sistema límbico.
Vince.
Si alguien le hubiese dicho que se sentiría tan atraída por alguien con un estilo urbano y sofisticado como él, bueno, quizás no hubiese sido una idea que habría descartado a los quince años, pero su versión de diez, seguro que hubiese tenido una opinión al respecto.
—Contrólate, caramba.
No ayudó a su causa, cuando él la reconoció y avanzó en su dirección, sonriente y con esa expresión de satisfacción en su rostro. Gretchen podía sentir esa revolución en su vientre y ciertamente, no podía acostumbrarse a sentirse de esa manera y en un lugar tan público. Señor, se sentía aturdida al respecto.
Recuerda haberse aferrado a la bolsa de comida rápida tan fuertemente como pudo. Y entonces, la explosión la alcanzó. Debió perforarle los tímpanos, su sentido del equilibrio se había comprometido de tal forma que no podía mantenerse en pie. Recuerda sentir un aroma familiar, desodorante y sudor envolviéndola.
Jamás había experimentado un desmayo con anterioridad, que curioso. La experiencia era muy parecida a las películas a las que Vince solía disfrutar.
Vince recuerda muchas cosas, el primer balón de baloncesto que recibió fue de parte de su padre. La primera vez que T.J. y Spinelli se besaron, buen Señor, eso había cambiado todo, su fichaje en secundaria y el momento en que el edificio colapsaba tras de Gretchen. No podía recordar una vez en su vida en que hubiese corrido tan rápido. Tenía la certeza de que se tragaría los pulmones.
Los gritos, el fuego y el gas que rodearon a la pequeña comunidad en Harlem East serían difíciles de olvidar. Y una vez más, estaba agradecido con el personal médico y el hecho de tener acceso a ello.
Gretchen solo había sufrido una conmoción, un par de rasguños por la caída y uno de sus tímpanos se había perforado. A su lado, vecinos lloraban a sus familiares a un par de habitaciones de distancia. Y la realidad no podía dejar de alcanzarlo.
El doctor le había asegurado que no se trataba de nada de qué preocuparse y podría regresar a casa en un par de días. Vince no se movió ni uno solo de esos días.
Bombardeado por las llamadas telefónicas de sus amigos, familiares y colegas que se habían enterado al respecto y se preocuparon por Gretchen, Vince lo había manejado lo mejor que pudo.
T.J. estuvo a punto de manejar desde Washington hacía Harlem solo para poder asegurarse de que ambos estuvieran bien. Spinelli había intervenido al respecto, aunque ella también estaba preocupada, al igual que Vince, no creían que la presencia de T.J. fuera a hacerle las cosas más fáciles para ninguno. Quizás podrían hablar cuando Gretchen fuese dada de alta, ya que no corría ningún peligro mayor, no había porque sofocar a ninguno de ellos.
Mikey había enviado un arreglo enorme de flores silvestres con instrucciones especificas de que, al secarse, podía ser reutilizado y ayudaría en su pronta recuperación.
Gus había ofrecido media docena de hospitales militares en los que internarían a Gretchen de inmediato con una llamada. Vince no iba a negar que se había visto tentado a aceptar, pero solo se estaba dejando llevar por su preocupación, aun así, apreció el detalle. Spinelli había arreglado hacerle llegar comida durante los días que estuvo al cuidado de su amiga, la mujer podía ser dura en el exterior, pero por los infiernos que era de las personas más atentas que había conocido.
Vince estaba sorprendido de que la cantidad de flores que Gretchen había recibido no hubiese atraído abejas.
Al segundo día en el hospital, Vince había conocido a Mark Sanders. El sujeto llevaba un ramo de eucaliptos y tenía un apretón débil. Vince no lo había adorado que digamos. Pero al tener un intercambio de palabras con él, en realidad, había descubierto que no era un mal sujeto después de todo. Dejó una docena de bálsamos homeopáticos como regalo para su colega. Y le aseguró que se haría cargo de todo en la universidad para que ella pudiese recuperarse tranquilamente.
Y eso solo lo hacía sentir como el mayor imbécil en la faz de la tierra.
Gretchen había dormido durante veintidós horas, no había forma de que fuese normal. Se había despedido de Mark con la promesa de que volvería a visitarla y aunque eso no le encantó, en realidad podía agradecer que Gretchen estuviera rodeada de personas que se preocuparan por ella. Y si ella en realidad, estaba enamorada de ese sujeto, al menos podía decir que no era un completo idiota, a diferencia de él. Auque aún sostenía que ella no debería cambiar por nadie.
—Cuida bien de ella, LaSalle. —Le había dicho Mark, antes de marcharse. Y aunque estaba seguro de que había un trasfondo en el mensaje, en realidad, no pensó mucho al respecto.
Gretchen al final había despertado y sus fuerzas volvían a ella de tal forma que Vince podía respirar con tranquilidad.
—¿Pues cuanto tiempo he dormido? —Ella le preguntó, colocándose las gafas con rapidez.
Vince no estaba seguro de que abrazarla de tal forma fuese lo más adecuado, pero que demonios, no podía estar más agradecido de escuchar su voz somnolienta. Gretchen correspondió a su abrazo, un tanto consternada, pero al final, dejó que sus brazos la acunaran.
—Jamás en la vida quiero volver a ver comida puertorriqueña.
Gretchen se apartó de Vince para poder verlo.
—Pero amas esa comida.
—No desde que casi te matas por conseguirla.
—¿Qué sucedió exactamente?
La forma en la que él la observó la descolocó.
Vince estaba por narrar cada uno de los acontecimientos desde el jueves 13 de marzo, probablemente sus sentimientos serían desbordados junto con toda la información y ella lo vería con lastima al explicarle que estaba con alguien más, pero en ese preciso instante, no podía importarle nada más, entonces el doctor irrumpió en la sala para evaluar a Gretchen.
Gretchen estaba siendo sobrepasada por cada pieza de información que recibía, en el taxi de regreso a casa, con el ramo inmenso de Mikey, los tarros de bálsamos de Mark y el eucalipto que inundaba el ambiente, Vince había tenido cuidado de explicar cada acontecimiento desde la última vez que se habían visto en lados contrarios de la avenida.
La comprensión de que pudo morir de haber estado un par de minutos más en el restaurante, llegó a ella mientras el tono decaído de Vince trataba de no sobresaltarla. Una familia había perdido la vida, un negocio había desaparecido en un infierno de llamas y todo a causa de una explosión de gas.
Al llegar a su edificio, Gretchen no pudo más que maldecir los siete tramos de escaleras que le aguardaban.
—¿Cómo se supone que las personas con necesidades especiales se las arreglan en esta ciudad? —Reflexionó.
No tuvo mucho tiempo para cuestionarse como abordaría esa problemática en un futuro estudio, cuando los brazos firmes de Vince la levantaron. De no ser porque probablemente tenía fiebre, habría jurado que Vince se estaba sonrojando.
—Tenemos que llegar de alguna forma, ¿Verdad?
Gretchen asintió.
—Sujétate bien.
Aunque Gretchen tenía la certeza de que las puntas de sus orejas estaban enrojecidas, agradeció tener el vendaje aún. Pasó sus brazos alrededor del cuello de Vince y ya que de lo contrario moriría de vergüenza, apoyó su rostro contra el pecho de él. ¿Es que acaso tenía músculos en los músculos?
Estaba segura de que sus manos estaban sudorosas y que su respiración estaba descontrolada. Ansiaba llegar a casa y desvanecerse en la tina. Vince se detuvo en el último piso, no lo culpaba si necesitaba descansar. Aunque lo intentara con su vida, ella no habría podido hacer lo que él.
La frase de "Hogar, dulce hogar" nunca se había sentido tan apropiada en sus pensamientos.
—Supongo que deberíamos ponerlas en agua.—Sugirió Vince—Son las instrucciones de Mikey después de todo.
Gretchen asintió, de acuerdo.
—¿Te sientes bien? ¿Hay algo que pueda hacer por ti? Lo que sea Gretch, solo dime.
Ella apreciaba la preocupación que él demostraba, pero se estaba cansando de todo esto. Estaba enamorada de él, pero no necesitaba su lástima.
—Bien, tenemos que hablar, Vince.
Él murmuró algo desde la cocina mientras se daba a la tarea de encontrar un jarrón para las flores.
Gretchen estaba comenzando a molestarse. —Vince, en serio tenemos que hablar.
Él detuvo su búsqueda esta vez y la observó, parado a la mitad de la reducida cocina, con un ramo de naturaleza muerta. El corazón de Gretchen no dejaba de sacudirse.
—Escucha, sabes que agradezco toda esta preocupación y cuidado hacia mí. En serio, lo hago, pero no puedes culparte al respecto. ¿Entiendes? No puedes.
—Gretch, yo, no tenías por qué estar ahí.
—Quería hacer algo lindo por ti, ¿De acuerdo? Devolver algo de lo que tú me das.
—¿Algo de lo que yo te…? ¿qué? —Vince depositó las flores sobre la encimera con descuido—Gretchen, nada de lo que yo hago por ti está condicionado, no somos así.
—¡Tú también estabas ahí! ¿Debo recordarte eso? —Jadeó.
—Ese no es el punto, Gretchen. Yo no salí lastimado.
—¡Pudiste ser tú! —El pulso estaba traicionándola de nuevo, su mano temblaba de la impotencia. A veces podía olvidar que Vince podía ser tan terco como una mula.
—Pude ser yo y ese habría sido mi problema, ¿De acuerdo? ¿Tienes idea de lo aterrado que estaba?
—¿Tu problema? ¿Cómo puedes ser tan egoísta? ¿Tienes idea de lo que habría pasado si estuvieses en el hospital? ¿De cómo habría reaccionado?
—Seguramente habrías tenido ayuda. —Dijo con cierta amargura.
—¿De dónde viene esto? Sé que T.J. y el resto se ofreció a apoyarte y declinaste la idea.
—No me refiero a eso.
—¿Entonces a qué? —La voz apagada de Gretchen lo hizo entrar en razón y darse cuenta de que ella debería estar descansando, no discutiendo con un imbécil como él.
—Escucha Gretchen, creo que deberías descansar por hoy. —Al ver que ella fruncía el ceño, como cada vez que estaba en desacuerdo, agregó—Sé que debemos hablar al respecto, pero no creo que exaltarnos nos ayude.
La pelirroja tomó una larga bocanada y exhaló. Algunas veces solo quería restregar ese precioso rostro contra el pavimento y obligarlo a comer tierra, pero ya no tenían diez años y él tenía un punto.
—Bien.
—Oh, por cierto, Mark quedó en venir a verte, trataré de no estar por acá para darles privacidad. —Se alegró de no tener las flores entre sus manos o las habría echado a perder. —Es un buen tipo, felicidades.
Gretchen habría querido echarse a reír. Siempre había sido objetiva y trataba de medirlo todo con una gigantesca lupa. Ese era su problema, a veces podía estar tan enfrascada en su mundo de prueba y error que había olvidado una de las verdades universales del mundo. Los chicos eran estúpidos. Tenía cierto conocimiento al respecto desde el kínder. ¿Cómo había pasado por alto algo tan monumental?
—¿Me estas jodiendo, LaSalle?
Fue el turno de Vince de fruncir el ceño. —¿Disculpa?
—Es solo que no puedo creer que invertí tres meses en esta locura, para que me salgas con esta mierda.
Si Vince se escandalizó al respecto, Gretchen no se dio por enterada, parloteaba alrededor del sofá, hablando de artículos y ambientes controlados y de vestidos beige y él solo deseaba que alguien apagara el mundo por un momento.
—…Y por los calzones de Galileo, ¡Sabía que esa tontería de enamorarse por medio de 36 preguntas era una estupidez! Aggg.
Vince estaba tratando arduamente de unir los puntos. —¿De esto se trata todo esto? ¿Brain Games? Gretchen, si no querías jugar está bien, pero… —No pudo continuar, ya que la mujer al otro lado de la habitación le arrojó un cojín justo en medio de la cara.
—Gretchen Grundler. ¿Qué demonios está pasando?
—Pasa que tú me convenciste para que jugáramos ese estúpido juego, pasa que he estado aquí, desbordando hormonas desde hace tres meses. —Gretchen había comenzado a acercarse con su dedo acusador sobre él. —Tengo moretones en mi cuerpo, conjuntivitis por las estúpidas lentillas y me duele el trasero por correr hasta el estúpido parque y todo porque olí tu camiseta de entrenamiento y todo lo que puedes decir al respecto, es que me felicitas por Mark. ¿Es lo que querías escuchar?
Literalmente atrapado entre la pared y una pelirroja de 59 kilos extremadamente furiosa y aparentemente, llena de hormonas. Vince seriamente consideraba jalarse del cabello, no estaba comprendiendo nada y ciertamente, tenía algo de miedo de preguntar.
—Entonces, dices que ¿No sales con Mark?
Ahora era Gretchen quien parecía a punto de darse tirones en el cabello.
—No, no salgo con Mark porque estoy enamorada de ti, estúpido.
*El 13 de Marzo de 2014 una explosión verdadera, ocurrió en Harlem East costando la vida de siete personas. A un par de cuadras de donde en realidad, imagino que esta historia sucede.
Tomé el apellido del CSI, Greg Sanders. Quién constantemente, recuerda a la audiencia lo solitaria que es la vida para una "rata de laboratorio".
Gretchen es el único personaje cuya fecha de cumpleaños es conocida, siendo el 23 de Marzo.
Como siempre, muy agradecida de la lectura a mi fic. Nos leemos.
