Buenas noches. Comenten y que Dios los bendiga.

CAPÍTULO DECIMOTERCERO.

El gato y el ratón

Era el prisionero de un cuerpo putrefacto. Recordaba haber sido arrancado de sus propias entrañas por una fuerza oscura y remota. Juraría que pasó una eternidad fuera de sí; no era más que una consciencia flotante, no veía, no tocaba, no respiraba. No era nada y tampoco tenía una boca para gritar. Hasta que la tuvo.

Eren lo vio alejarse. Se vio. Era él mismo. Quiso levantarse, quiso ir tras él, pero descubrió que tenía los pies amputados. Era la carne del otro, eran los huesos del otro. Él era el otro.

—Espera —bisbiseó sin fuerzas.

Reconoció la voz. Era la misma que oyó en los infiernos. «Eres mío», le había dicho. Había cumplido su promesa. Había ganado. Lo dejaba allí para morir, para que muriese en su lugar. Eren se arrastró. Sentía un dolor inenarrable, sentía los órganos colapsar y la sangre detenerse. Qué estúpido había sido.

Estaba a punto de ahogarse en su propio vómito cuando Willy lo encontró.

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Everybody's got a hungry heart
Everybody's got a hungry heart

A esas alturas de la noche, hasta el más reservado se despegaba de la barra para bailar. Sasha y Annie no paraban de reírse. Fueron a por Armin, que terminó por hacer cabriolas. Pese al gran ambiente, no eran pocos los que extrañaban a la banda: no asomaban la cabeza desde la desaparición de Ymir. Decían que el comisario Hannes había retenido a Jean durante tres horas: si alguien conocía el paradero de la baterista, ese era él. No dijo nada porque nada sabía, al igual que Marco y Connie.

La noche transcurría con normalidad en el Wonderland. Para nadie pasó desapercibido que Eren y Mikasa estaban «dándose el lote como quinceañeros», señalaría Annie con la sorpresa estampada en el rostro.

—No puedo verlo —dijo—. Es como ver a la Virgen María follando.

—¿No necesitan respirar? —Sasha se quedó pensativa—. Eso no puede ser bueno para el asma.

—¿Cuánto ha bebido Mikasa? —preguntó Armin.

—Lo de siempre.

Everybody needs a place to rest

Everybody wants to have a home

Don't make no difference what nobody says

Ain't nobody like to be alone

Mientras tanto, Mikasa besuqueaba la cara de su novio. Eren se reía, seguía su juego, la abrazaba. Se están reconciliando, dijo Sasha. Pues podrían reconciliarse en otra parte, añadió Annie.

—Mirad —señaló Armin—, Eren está…

De repente, Eren se desvaneció. Mikasa les hizo un gesto para que se acercaran. Lo agarraba como podía; la cabeza del muchacho reposaba inerte sobre su hombro. Nadie más se dio cuenta. Lo sacaron del Wonderland entre todos. Qué demonios le has puesto en la bebida, preguntó Annie mientras se cercioraba de que seguía respirando.

—Pregúntaselo a Carla. —Mikasa abrió la puerta del todoterreno de su padre—. Nos están esperando. Debemos ser rápidos.

—Está roncando —dijo Annie—. No parece que vaya a despertarse pronto.

—¿Qué va a pasarle? —Sasha lo miró atentamente; babeaba. Le acomodó el reposacabezas.

—Que voy a recuperarlo —sentenció Mikasa—. Subid.

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Era ya noche cerrada cuando Erwin se personó en la casa de los Reiss junto a Hannes. Los gritos de Úrsula se escuchaban desde la garita de la entrada. Había sucedido algo gravísimo, pero aún desconocían qué. Abel, el hijo que había efectuado la llamada, había dicho que su padre estaba encerrado en su despacho con una pistola, que había amenazado con disparar a cualquiera que lo molestase. Úrsula estaba tirando montones de ropa por el balcón de la alcoba matrimonial mientras daba alaridos. Hannes dejó constancia de ello en su libreta: «La señora Reiss gritaba cosas como la siguiente: "¡Un hijo de puta…! ¡Más de treinta años de matrimonio con este infeliz! ¡Tendría que haberse ido con la furcia de la sirvienta! Es igual que el cabrón de su padre, es igual que todos los hombres de su familia. ¡Mátate ya!"». Las empleadas del servicio se apresuraron a recibirlos. Erwin fue inmediatamente a por la señora; ni con sus dos brazos habría podido retenerla. Era una furia desatada. Estaba haciendo las maletas; Frieda intentaba detenerla, pero nada se podía hacer. Sacó el vestido de novia y lo rajó con unas tijeras. «Ahora sí —dijo—, ¡ahora he hecho lo que debí hacer años atrás!». Parece ser que la discusión había empezado por Historia y la denuncia contra esta: Rod la había retirado y Úrsula había enloquecido. «Estoy harta —continuó—. De él, de esta familia… ¡Hemos mantenido las apariencias durante muchos años! ¿Sabes lo que ha hecho, alcalde? ¿Sabes lo que ha hecho mi maridito? Me ha pedido el divorcio. ¡El divorcio! ¿Es que no se cansa de humillarme? ¿No tengo suficiente con ser cornuda? ¡Sé que me escuchas, Rod! ¡Escúchame bien! ¿Con quién te vas a ir? ¿Con la sirvienta? ¡Lleva años muerta, bien muerta! ¡Yo misma me encargué de eso! ¿Acaso tienes a una más joven? ¡Eres igual que tu padre, Rod! ¡Eres un asesino, tú mataste a tu pobre hermano Uri, le pegaste un tiro porque no lo aguantabas! ¿Qué iba a hacer tu padre? ¡Defenderte, claro! ¡Un accidente, ja! ¡Asesino, Rod, eres un asesino y todos lo saben! Váyase de aquí, señor alcalde. Estas son cosas de familia».

—Mamá, basta —dijo Frieda.

Úrsula sacó joyas y dinero de la caja fuerte, metió todo en un bolso de Dior e hizo oídos sordos a las peticiones de su hija. Ya lo tenía todo listo para irse; solo esperaba que Rod se pegase un tiro, que demostrase tener lo que nunca tuvo.

—Lo he apoyado en todo durante nuestro matrimonio —continuó Úrsula—. En absolutamente todo. Si abriese la boca sobre sus negocios… No lo haré: su dinero es el dinero de mis hijos. He sido cómplice en asuntos que no podría ni imaginar, señor alcalde. Todos los rumores son ciertos y bastante suaves si los comparamos con la verdad. ¡Si usted supiera! Y ahora me pide el divorcio. A mí, la única persona que lo ha querido. ¡Óyeme bien, Rod! ¡Ni siquiera tus padres te querían! ¡Tu madre sabía la clase de calaña que eres! Si doña Historia levantase la cabeza, te mataría con sus propias manos. Le dio el nombre de mi difunta suegra a la bastarda, ¿sabe? Hasta en eso se rio de mí. Y también se rio de esa pobre ilusa, Alma Lenz. Las dos hemos querido y cargado a los hijos de un hombre patético. ¡Mátate ya, Rod!

Úrsula asió las maletas y llamó a las empleadas. Pidió que llevasen a los hijos pequeños hasta el Land Rover: «Intentaré que estos se parezcan a mí y no al padre». Frieda se tomó un calmante y se sentó en la cama. Doña Úrsula cruzó el pasillo, pasó por la puerta del despacho ante la atenta mirada de Hannes y Abel, que negociaban con el patriarca Reiss, y pronunció sus últimas palabras antes de marcharse para siempre: «Dale recuerdos a tu padre cuando entres a los infiernos». Nada se oía, ningún ruido procedía del interior.

Hannes llamaba y llamaba, le pedía que se abstuviera de cometer una tontería.

—Señor Reiss —dijo Erwin—. Abra, por favor. Solo queremos hablar con usted.

—¿Mi esposa se ha ido ya? —lo escucharon decir.

—Sí, Rod. Úrsula ha hecho las maletas y se ha llevado a los niños.

Escucharon las llaves y después la cerradura. Rod llevaba la pistola colgando del cinturón de la bata. Se la entregó.

—¿Ves lo que debe hacer un hombre para estar tranquilo, Erwin, para que lo dejen solo? Está descargada. Conque Úrsula se ha ido… Mi abogado ya ha preparado todo lo relativo al divorcio. ¿Dirk y Florian están en su cuarto?

—Se los ha llevado.

—Bien. No me opongo a ello. Los niños deben estar con su madre. Los hijos son asunto de las mujeres. ¿Dónde está Frieda?

—Tiene un ataque de ansiedad —Abel lo agarró de la pechera—. ¡Estás loco! ¿Es que no ves lo que has hecho? ¡Maldita sea! ¿Es cierto, papá? ¿Mataste al tío Uri?

—Eso no te incumbe. Ni siquiera conociste a tu tío. Vigila tus maneras, Abel. Todo lo que tienes, la ropa, los coches, los viajes, las oportunidades en el tenis, todo es gracias a mí.

Abel se marchó dando voces y golpeando cada cosa que salía a su paso. Rod suspiró.

—¿Les apetece un trago, señores?

Aceptaron: la invitación incluía una historia. Era algo que todos sabían.

—Pues sí, yo maté a mi hermano —confesó Rod—. Yo maté a Uri. Hace muchos años ya. No hay día que no me arrepienta.

—¿Por qué, Rod? —preguntó Erwin.

—Estaba cansado. Todas las palizas eran para mí. Uri siempre destacó en todo. Mi padre lo adoraba. Yo, en cambio, era un inútil. Ese día, cuando mi hermano se partió la pierna en el bosque mientras cazábamos, simplemente apunté —Rod se encendió un puro— y disparé. Fue automático. A veces pienso que no estaba en mis cinco sentidos cuando lo hice. Odiaba a mi hermano. Si él moría, yo sería la única esperanza de mi padre. Y tenía razón. Le dije que había sido un accidente. Esa fue la última paliza que me dio. Estoy seguro de que mi padre lo sabía, pero ¿qué podía hacer? Mi madre se estaba muriendo: no podía irse con un hijo muerto y otro en la cárcel.

—Estabas bajo mucha presión psicológica —dijo Hannes.

—Véalo como quiera, señor comisario. Lo único cierto es que está hablando con un asesino, pero eso prescribió hace mucho.

—¿Y ahora qué, Rod?

—Ahora nada. Si todo va bien, esta es la última vez que hablan conmigo. Por fortuna, la mayoría de mis hijos son mayores. Frieda es una chica responsable, Ulklin es independiente y está a punto de casarse, Abel tiene futuro en el deporte e Historia está bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Me llamó hace unos días, cuando supo que había retirado los cargos contra ella. Está con Ymir. Mi pequeña Historia, tan encantadora como su madre. Siempre será la niña de mis ojos, siempre. Aunque me odie, yo la querré hasta mi último suspiro.

—Todo esto es muy serio —Erwin se tocó el muñón; lo hacía cuando necesitaba pensar—. ¿Necesitas algo de nosotros?

—Solo necesito que cierren la boca acerca de todo lo que han oído. Ya no me verán nunca más. He vendido la casa y los terrenos. Ya no tendrá que preocuparse por el torneo de tenis, señor alcalde. Todo esto será el observatorio astronómico de Shigansina.

—No sé qué decir, Rod.

—Entonces no diga nada. Sabe que a mí no me gustan las respuestas. Solo necesito que me escuchen.

—Adelante.

—Si no es mucha molestia, cuiden del panteón de mi familia. —Tomó la foto de sus padres y la contempló largamente—. Después de todo, mi padre tenía razón: soy un completo inútil.

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Historia sostuvo aquella mano decrépita entre las suyas y rezó. Solo sabía hacer eso. «Rezar es lo más complicado», decía Willy, «porque muy pocos lo hacen de verdad». ¿Qué podía hacer ella? No creía que aquel fuese Eren. Apenas había intercambiado palabras con él. Lo conocía desde siempre y, sin embargo, nada podía decir de él. Recordaba que desapareció durante un tiempo cuando el doctor Jaeger murió. Ahora conocía la verdad. Buscó el pulso de su cuello: casi no lo sentía. Lo notaba, la hora se acercaba. ¡Vaya condena la suya!

Como era costumbre, no escuchó los pasos de Willy.

—Lo han traído —comentó—. Hay que hacerlo esta noche o morirá.

—¿Crees que saldrá bien?

—No. Carla y yo estamos de acuerdo en algo: no conocemos ningún caso en el que se haya revertido. La falta de precedente me inquieta —Willy asintió—, pero no estamos en disposición de barajar riesgos.

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—Prométeme que no lo harás.

Pero Mikasa no escuchaba a Carla, como tampoco habría escuchado a su madre. No hablaba desde que lo había visto.

—Prométemelo o no entrarás —insistía Carla, que estaba a punto de retorcerle las manos—. Ya lo hiciste una vez y mira lo que pasó. Tuviste suerte, hija, pero esta vez no la tendrás. Promete que no lo harás.

—Lo prometo.

A su alrededor, aquel claro cuya extensión variaba le resultaba infinito. Nadie podía entrar sin permiso de Willy: ese claro solo existía para unos pocos. Para ellos. Vio el cuerpo de Eren tendido sobre la hierba.

—Todavía duerme.

—No se despertará.

Annie le daba golpecitos en la cara. Ni un solo movimiento.

—Señora Jaeger —preguntó Armin—, ¿necesita que hagamos algo?

—Que os alejéis lo más que podáis. Id a la casa con los demás. Si necesitamos algo, me oiréis.

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Carta privada de Heinrich Kramer, inquisidor del Salzburgo y el Tirol, dirigida al gran inquisidor Jakob Sprenger en 1476. Hallada en la colección de epístolas de la baronesa Lucrezia Orsini y traducida por Ilse Langnar para su inclusión en una obra inédita.

«(…) y que por echar a unos demonios mandaron llamar a una de las mugieres que viven en el bosque, las quales tienen por costumbre juntarse todas en paganos festejos alrededor de fuegos en las noches. A estas las llaman las hijas de Hécate, en cuio honor matan perras negras.

Y en estas mugieres del demonio confían más los pueblerinos que en la Santísima Iglesia y a ellas las fizeron llamar para que se encargasen de los demonios lupinos que acechaban en los montes y los caminos. Una de estas mugieres a las que llaman beguinas, la madre Margarita, fizo a los pueblerinos llevarla hasta los montes donde viven los demonios lupinos y allá los estuvo esperando por días junto a las dichas otras mugieres de su calaña, tenidas también por beguinas. Y fizeron cosas que non puedo escriuir sin temblar porque la mención es como llamar a Satanás. (…) Y volvieron al pueblo con una fiera lupina muerta y dixeron: traed cuchillo para rajar y sacaremos al ome de dentro, porque esto no es lobo sino ome disfrazado de lobo».

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Vio el hacha alzarse y la vio bajar, y la sangre saltó y los gritos se volvieron espantosos cuando el alguacil volvió a dar otro hachazo. Por ladrón, decía. Esto es lo que hacemos a los ladrones, Foster. Un par de golpes más. ¡Por favor!, gritaba, ¡perdonadme! Y no había perdón para aquel que robaba por hambre. Mikasa siguió al alguacil y sus hombres, que arrastraron a Foster por todo el pueblo y lo arrojaron a un brazal de las afueras. Allí estuvo sollozando durante horas. Era él, y costaba creer que una criatura tan herida hiciese tanto daño.

—El castigo fue muy duro —dijo Mikasa.

Los gimoteos cesaron y dieron paso a la carcajada. Folch se levantó del brazal; las manos volvían a estar en su sitio.

—Los maté a todos. Uno por uno. ¿Quieres verlo? Cuánto terror sintieron.

Estaba jugando con ella. No le podía hacer daño —Carla se había asegurado—, pero sería difícil lidiar con él. Solo se iría si lo echaba y ya lo había echado una vez. Tenía el cuerpo de Eren; se beneficiaba de la fortaleza de lo ocupado y, como buen parásito, se aferraría a ello hasta el final.

—Vete de aquí, despiértate —lo escuchaba decir—. Soy viejo como el Diablo y sé tanto como él. Vienes a echarme, pero yo no soy Legión, no hay piara que pueda contenerme. Este cuerpo es mío; lo elegí cuando todavía era un niño, cuando mató a su padre. Un lobo joven de los que ya no quedan. El último.

—El último —repitió.

Escuchaba el canto cada vez más nítido. Era una voz hermosa que entonaba el llamado a la oración. Se giró. El muecín cantaba sobre una montaña de cabezas cortadas.

Acudid a la oración, acudid a la oración…

Acudid a la salvación, acudid a la salvación…

La oración es mejor que el sueño, la oración es mejor que el sueño…

—Perseguidos en nombre de los falsos dioses —dijo Folch—. Cuando los morabitos cruzaron el mar, fueron a por los cambiapieles. El resto huyó con los cristianos, pero también aquellos los despreciaban. ¿Qué puedes esperar de quienes alaban a un crucificado?

Mikasa miró hacia abajo. La cabeza de Eren estaba a sus pies. No es real, pensó, pero aquellos eran sus ojos. Se agachó y la tomó con manos temblorosas. Cómo podía recuperarlo.

—Solo es cuestión de tiempo —dijo Folch—. Mi cuerpo morirá con él. Quizá ya ha sucedido, quizá se ha ido mientras tú estás aquí. Ahora el bueno de Eren tendrá lo que tanto ha deseado.

—Cállate.

Folch la instó a que se diera la vuelta. Compruébalo tú misma, dijo, y Mikasa apretó los dientes.

—Es falso.

—¿Eso crees?

Eren tiró de la soga para comprobar su aguante.

—No lo hizo.

—Los distintos están condenados a morir, matar o matarse.

Antes de que pudiera responder, se encontró sola.

—Puedes esconderte, pero no me iré de aquí sin ti —Alzó su mano; en la palma, el Símbolo Arcano—. Adelante, Folch. Juguemos al gato y al ratón. Ambos estamos encerrados aquí.

—Los trucos de ese puñado de rameras —lo oyó decir—. Ellas también eran distintas y por eso desaparecieron. Te mostraré lo que siempre quisieron ver, Mikasa. Si te has adentrado en la oscuridad, en lo arcano, te lo mostraré. Te mostraré la oscuridad, te llevaré ante mi señor y nunca volverás.