Por fin te has decidido a venir,
he oído tanto hablar de ti.
En mis sueños te he visto llegar,
en tus ojos veo el mal.
Desde hace siglos gobernar has querido
en todas las almas y pocas han cedido;
las más al Reino de Luz llegarán, las menos al Reino del Mar del Olvido.
Mägo de Oz, Finisterra.
CAPÍTULO DECIMOCUARTO
La vuelta
Y con las fuerzas postreras de aquel cuerpo consumido dio un alarido, y en el alarido iba un nombre y entonces todos supieron que algo marchaba mal. Volvió a gritar. Mikasa. Después, el silencio volvió con su velada elocuencia y ya no se movió más.
Willy terminó de trazar el círculo de sal. Toda la habitación estaba llena de velas.
—Ponedlo en el centro —dijo—. Bien estirado. Las manos por encima de la cintura. El cuello recto. Eso es. El Diablo está en los detalles.
—¿Por qué ha chillado? —preguntó Ymir.
—Es difícil de saber, pero puedo intuirlo. Lo siento desde aquí —Willy aspiró profundamente y una sombra de preocupación veló su rostro—. Es más viejo que los eones. Lo ha llamado.
Sasha empezó a llorar y Annie, desconcertada, no fue capaz de calmarla.
—Oye, Sasha —insistía Armin—. ¿Qué sucede?
Historia se asomó a la ventana. Ella no tenía miedo, no, y habló sin pensarlo.
—Que Mikasa va a morir.
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Perdida en el bosque, solo la guiaba el canto potente y diáfano del muecín erguido sobre la pila de cabezas. Debes encontrar el punto débil del otro, le había dicho Carla. Todos tenemos uno. Incluso tú, oía la voz de Folch, que se mezclaba con sus pensamientos.
—Ackerman —dijo una voz a su espalda—. La hija de Sam Ackerman.
—Doctor Jaeger —reconoció y, aguijonada por una punzada de angustia, por la foto de aquel hombre que Carla solía mirar de soslayo y la lápida que Eren se esforzaba en limpiar, se enjuagó las lágrimas de los ojos.
Aquel era el Grisha que ella recordaba; las manos en los bolsillos de la bata blanca, el estetoscopio colgado del cuello y los ojos mansos tras las gafas.
—¿Por qué lloras?
—Porque sé lo mucho que su mujer y su hijo sufren por usted.
—Mi querida familia —Grisha suspiró con anhelo—. Mi adorada Diana, mi pequeño Zeke. Esa bruja me alejó de ellos, ella y su madre.
Lívida, Mikasa se aferró al Símbolo Arcano y lo dejó continuar.
—Yo los adoraba, pero esa mujer, Catalina, cumplió con el capricho de su hija y me encadenó a ella. Carla supo que yo quería marcharme de su lado. ¡Sabe Dios lo mucho que la detestaba! Cuando lo supo, convirtió a ese hijo en lobo y acabó conmigo. —El doctor agachó la cabeza y cayó de rodillas—. Malditas seáis todas las de vuestra estirpe.
—Esto es falso —respondió Mikasa, que dio la espalda al hombre y siguió caminando.
Podía caminar durante horas y el bosque no se acabaría. Se detuvo; vio que estaba siguiendo un camino de chinarro, como los senderos de la región. Se desvió. El canto del muecín sonaba cada vez más cerca.
—¡Bruja! —escuchó—. ¡Eres una puta del Diablo, como tu madre!
A distancia prudencial, Mikasa apretó los puños cuando un par de mancebos lanzaron piedras a una jovencita que reconoció. Era Carla. Esta los miró con rabia.
—¡Vosotros no sabéis qué es una bruja! Sois unos patanes. ¿Por qué nos llamáis brujas? ¡Porque no entendéis nada! —La joven Carla se tocó la frente, justo donde la piedra había impactado—. Madre Oscura, Señora de las Tres Caras…
Y los chicos rompieron a reír y volvieron a tirarle piedras, como si estuvieran libres de pecado. De repente, uno de ellos empezó a toser, cayó al suelo y, con las manos alrededor del cuello y el rostro macilento, vio salir de su boca una larga serpiente negra. El otro huyó gritando que había visto al Diablo, que la bruja había matado a su amigo Keith, pero Keith seguía vivo y nunca perseguiría a Carla de nuevo.
—Quiero saber —dijo Mikasa—. Quiero conocer los secretos de este mundo.
—Este mundo no es nada —murmuró una voz—. Solo es una piedra redonda.
Escuchó un golpe a su espalda. Se giró. Era una manzana. La mordió.
Y entonces el cielo se abrió.
¿QUÉ ES LO QUE HAS HECHO?
De nuevo, la voz del muecín llamaba a la oración, pero era acompañada por una especie de flauta cuya melodía la opacó y que enseguida devino en una orquesta entera. Entonces, presa de un miedo propio de la muerte y su inminencia, Mikasa fue incapaz de respirar, de apoyarse y de escuchar, pues no hay aire ni suelo en el espacio, donde todo es silencio. Vio la materia formarse y contraerse, la explosión de las estrellas, la colisión de orbes negros, páramos estelares jamás hollados por vida inteligente, soles que morían y arrastraban consigo a la comparsa de planetillas condenados a girar alrededor y abismos donde el cosmos abortaba.
Cierra los ojos, pensó. Cierra los ojos o morirás. No quieres ver lo que hay más allá. Nadie puede verlo. Nadie lo ha visto sin enloquecer, sin morir. Escuchaba las flautas a su alrededor; se supo flotando entre la terrible orquesta de Azathoth adormecido, tal y como describían los libros de Carla. Allí moraba el dios de Folch, el morboso Shigan, junto al resto de las abominaciones engendradas antes del tiempo.
Sacadme de aquí. Sacadme. Ayuda ayuda ayuda.
No puedo respirar.
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—Se muere —susurró Annie antes de salir de la cabaña—. ¡Se está ahogando!
Carla, alterada por la intromisión, salió de su trance y livideció. Ya no podía proteger a su pupila y a punto estuvo de reprender a Annie. Los había advertido: nadie debía interrumpir. Si el nexo se rompía, los sujetos quedaban solos y era imposible saber qué sucedía en el otro lado.
Sin embargo, la joven Annie estaba en lo cierto: Mikasa se estaba ahogando. Se retorcía horriblemente sobre la hierba. Su cara se había vaciado de color y sus labios azulados intentaban inútilmente articular palabras que no salían, al igual que las bocanadas no entraban, y se aferraba con desesperación a su propio cuello.
—El inhalador —señaló Sasha, quien le registró los bolsillos—. Aquí está, aquí está.
Ymir la sujetó con fuerza hasta que cesó de retorcerse. Era un peso muerto.
—Esto es culpa suya, señora Jaeger —espetó Annie, que señaló a un Eren completamente inmóvil, desplomado sobre el regazo de su madre—. Quería utilizarla para salvar a su hijo, ¿no es así? No importa lo que le suceda a ella.
—A Mikasa no le sucederá nada —contestó Carla, herida por tales palabras—. Es como una hija para mí.
—¡Pues no lo parece!
—Ya basta —intervino Historia, que les daba la espalda y miraba hacia la cabaña—. La señora Jaeger, Willy y Mikasa sabían que esto sucedería, Annie. Esto era necesario.
—Vete a la mierda, Historia Reiss. ¿Es que perdiste la cabeza cuando te largaste de casa?
—Annie —advirtió Ymir—, vigila lo que dices.
—Lo que dice Historia es cierto —habló Carla—. Una sola persona no puede imponerse a una fuerza como esta.
—¿A qué se refiere? —preguntó Armin.
—El cuerpo del otro se muere. Es ahora o nunca —dijo Historia—. Mikasa lo ha distraído y Eren puede entrar. Serán dos contra uno.
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Carta privada de Giovanni di Lorenzo de' Médici, papa León X, dirigida a don Francisco, rey de Francia, a principios de agosto de 1521. Hallada en una colección privada y traducida por Ilse Langnar para su inclusión en una obra inédita.
«(…) que largo tiempo he advertido yo sobre los peligros del Turco y los más grandes omes de los reinos christianos me han ignorado. A vos, Francisco, digo lo mismo que a Su Majestad Imperial, que pronto los infieles habrán tomado Belgrado y desde ahí mirarán hacia el Cristianísimo Imperio, que es siempre apetecible para el infiel.
Ruego a vos, cristianísimo señor de franceses, que enviéis al Este a las infaustas mugeres de la Occitania junto a los omes que se visten de lobo ca no hay manera meior de combatir al infiel que con el Diablo mismo. Esto mismo he rogado al Emperador Carlos acerca de las mugeres diabólicas y los omes animal que moran en el norte de Hispania y que combatieron a los infieles quando en Hispania los había».
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La naturaleza de los monstruos es vencida por una grieta. Así es como entra la luz. La naturaleza de los monstruos es rabia, y rabia domada es la virtud del hombre.
Fue difícil, al inicio, coordinar las cuatro patas, enormes y negras, y descubrir aquella cola larga y espesa. Pensó en su gato, en su gracilidad, ¡cómo corría tras los pájaros y los saltamontes! Y así cruzó el bosque, guiado por esa rabia domada, por esa rabia de hombre en cuerpo de bestia, por el amor del que son capaces los hombres y las bestias, pero no los monstruos.
LO MATARÉ. LO MATARÉ. LO MATARÉ. LO MATARÉ.
El otro estaba a punto de cernirse sobre Mikasa, que ya no tenía ventaja alguna, que se cubrió la cara cuando la zarpa se alzó para dar un golpe que nunca llegó.
LO MATARÉ.
Los dos rodaron por la tierra en una vorágine negra. Eren le hincó las garras en el cuello y lo rajó de arriba abajo; el otro se liberó y retrocedió, herido, solo para lanzar un aullido encolerizado.
—¡Eren! —dijo Mikasa, el alivio reflejado en su tono—. Sabía que vendrías.
Gruñó, pues era todo lo que podía hacer con aquel hocico.
—Ahora la presa es él —continuó—. Estás acorralado, Folch.
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Carta de don Alonso de Sepúlveda, capitán de los arcabuceros durante el asedio de Viena por los turcos en 1529, dirigida a su madre Sancha. Hallada en el archivo personal de los Lara por Ilse Langnar para su inclusión en una obra inédita.
«(…) ¡Ay de mis ojos, querida madre, que han visto a dos diablos en su infausta plenitud! Buscábamos a los infieles ocultos en las tierras que baña el Danubio cuando los vimos, y de ello dan fe todos los que me acompañaron, que son todos leales y humildes omes de Medina del Campo.
Una bestia iba tras de ellos, y los turcos huían en desbandada y gritaban en esa lengua suya que solo entienden en los Infiernos. Parecíase a un lobo, pero por mucho más grande que uno. Pensé en dar orden de disparar cuando nos miró, mas no dio muestras de violencia contra nosotros y, cuando acabó con los infieles, salió otra de estas bestias del bosque y los dos se hartaron a comer los restos de los turcos».
