Hola :)
Les dejo el capítulo 17. Esta vez no demoré tanto, porque ya tengo más o menos establecida la trama a partir de aquí. Según yo, ya nos acercamos al final, pero creo que eso no será pronto, ya que mis capítulos no son cortos y todavía me falta más lemon XD
Ahora, unas aclaraciones del manga:
*Recuerden que Aiacos sobrevivió luego de que Kagaho destrozara su Sapuri, "liberándolo" del cargo de juez. En mi fanfic, yo tomo dicho acto como si hubiese sido una orden de Alone, para sellar a Garuda y que no le diese problemas, como pasó más adelante con Wyvern.
*También Pandora sobrevivió gracias a que Rhadamanthys la hizo a un lado cuando Alone ejecutaba su ataque final contra ambos. La escena cambia y ella se encuentra en el bosque cercano al castillo Heinstein. A mí se me hizo ambiguo esto, así que me tomo la libertad de usar éste evento a mi conveniencia: Fue Alone quien la mandó lejos para que no le estorbara más.
*Respecto a Cheshire, pues él también tuvo suerte de sobrevivir, porqué Atla lo teletransportó junto con Yato y Yuzuriha por órdenes de Athena.
Agradezco mucho que sigan leyéndome y gracias por sus reviews, me alegran el día :D
Advertencias: No hay Lemon por ahora, únicamente insultos entre personajes y quizás palabras altisonantes XD
Sobre sus comentarios:
Leyla: Hola, gusto es leerte :D Habrá una mención más de los otros jueces, no te preocupes. En éste capítulo Minos y Anna vuelven a verse ;D Y sí, la vida era bastante difícil para las mujeres en aquella época. Gracias por leer.
WienGirl: Encantada de leerte :3 Me alegra saber que te gustó el capítulo y sí, había que contar un poco más de lo que sucedía con Anna, Minos y la ayuda extra de Byaku. En el otro fanfic eso no se vio, por los saltos de tiempo, pero aquí me estoy explayando bastante, puesto que la historia está más desarrollada jaja XD Muchas gracias por comentar.
Natalita07: Gusto en leerte :D Me emociona que te guste mi versión de los hechos :3 Sí, esos detalles de Alone son guiños de lo que sucederá con Minos más adelante ;D Sobre Byaku, aquí verás algo de lo que comentaste anteriormente y la reacción de Minos jaja XD Aquí el juez y la monja se reencuentran y dejo en claro lo que hará para "ayudarla" XD Muchas gracias por comentar.
Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por capricho perverso :P
Capítulo XVII
Tribunal del Silencio.
Minos ingresó al edificio y subió hasta el estrado. Ya había ido por las tres almas al Yomotsu y las había dejado resguardadas en las residencias Antenora y Caina, respectivamente. No había nada más que hacer con ellas, su estado de letargo las mantendría intactas hasta que llegara el momento de la resurrección o, en el caso de Kagaho, reencarnación.
En silencio, tomó asiento y retrocedió un par de páginas en el libro de almas para leer algunos detalles de lo acontecido en la batalla final. Todavía estaba intrigado por esa muestra de "empatía" por parte de Alone para con las almas humanas, ya que ambos líderes, Wyvern y Garuda, se habían revelado contra él cuando supieron la verdad.
Tras examinar los pormenores, se dio cuenta que la peor parte se la llevó el portador del dragón y que el contenedor de Garuda había sobrevivido por mera suerte. Los humanos eran inocentes hasta cierto punto, su único "pecado" fue nacer en las estirpes de los líderes infernales, así que quizás esto fue lo que tomó en cuenta el adolescente para otorgarles otra oportunidad.
Sin darle más vueltas al asunto, Minos alcanzó la pluma entintada y comenzó a escribir, plasmando en un par de párrafos las órdenes dadas por Alone.
—Se dicta reencarnación para Kagaho, será enviado a nacer de nuevo para que se reencuentre con su hermano en otra vida— escribió con elegante trazo.
Tan pronto terminó de redactar la orden, ésta se ejecutó de inmediato, ya que el alma del muchacho fue convocada a la Corte, apareciendo justo frente al estrado, siendo que la había dejado en Antenora junto con la de Violeta. Su aspecto era traslucido brillante y la expresión de su rostro, serena y pacífica. No le dijo nada al juez, sólo hizo un gesto de despedida con la mano antes de desvanecerse por completo para su reencarnación.
Minos alzó una ceja, ligeramente sorprendido.
—Bien, ahora los otros— continuó redactando. —Se dicta resurrección para Rhadamanthys y Violeta, la cual se llevará a cabo dentro de un año. Se les concede permiso para vincularse con Pandora y Aiacos. —
No hubo manifestación alguna, pero Minos supo que el mandato se cumpliría al pie de la letra. Y quizás sólo quedaba pendiente el pequeño detalle de avisarles a la exdirigente del ejército y al exjuez, para que esto no los tomara por sorpresa más adelante. Pero eso lo haría después.
Cerró el libro de almas y se desperezó un poco antes de levantarse.
Ya no tenía nada más que hacer por ahora, así que se encaminó a la salida del edificio. En el exterior, miró al "cielo" y se dio cuenta que todo había vuelto a la normalidad. Los colores del inframundo ya no se veían inquietos y el ambiente en general parecía más tranquilo a pesar de todo. Gracias a las memorias del Grifo, sabía que esto era normal después de una guerra santa. Quizás el dios Hades había sido derrotado y regresado a los campos Elíseos, pero el inframundo continuaría su existencia normal para seguir recibiendo a los muertos.
—¿Y qué sigue ahora que el juego de los dioses ha terminado? — interrogó al aire, esperando respuesta por parte de la criatura mitológica. —Perdieron la guerra, ni modo, pero conseguiste lo que deseabas, ¿Y luego?, ¿Qué hay para mí? —
No hubo más respuesta que un raro silencio.
—Si te niegas a explicarme lo que dijo el mocoso, es porque se trata de algo importante, ¿No es así? —
El mutismo persistió.
El juez masculló un insulto, pero no dijo más, levantando el vuelo rumbo a Ptolomea. El espectro aún tenía demasiado control sobre él y estaba seguro de que no podría librarse de su dominio ni amenazas tan fácilmente. Entonces, sólo era cuestión de tiempo y mucha paciencia.
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Isla de los Curanderos, al día siguiente.
Anna y Elina desayunaban en silencio. Después de su conversación de ayer, la mujer mayor se había quedado un poco intranquila, pensando en lo que le confió la joven acerca del juez. Y aunque Anna le explicó que no debía temer por ella, ni por el pueblo, ese nerviosismo no desaparecía. Pero, a pesar de todo, Elina estaba dispuesta a apoyarla, debido a la relación tan cercana que tuvo con su fallecida abuela.
—Señora Anna, ¿Ha pensado en huir? — preguntó de repente. —Yo podría ayudarla, tengo a un par de conocidos en la cuidad de Elliniko. —
La mencionada la observó con sorpresa y luego sonrió levemente.
—No puedo hacer eso, él puede encontrarme fácilmente, además, me vigilan todo el tiempo— dijo en voz baja lo último. —Está al tanto de lo que hago, e incluso sabe de ti, pero no creo que le importe tu presencia. —
—Que tenebroso suena eso— Elina la miró con preocupación. —¿Y qué hay de su marido?, ¿Ha pensado en buscarlo de nuevo? —
Anna negó con un movimiento de cabeza.
—Yo estoy muerta para él, recuerda lo que sucedió con el sanador Luco y la gente desaparecida, si de pronto regreso a su vida, será un tremendo shock, además… no me aceptará embarazada, mi esposo ya se había hecho a la idea de que no tendríamos hijos y por el tiempo que ha pasado, sabrá que éste bebé no es suyo— suspiró largamente. —Nuestro matrimonio fue arreglado y aunque no nos amábamos, había respeto mutuo, pero no creo que eso sea suficiente para recibirme de nuevo. —
—Tiene razón— la mujer mayor bebió de su té, pensativa por un momento. —¿Y si solicitamos ayuda en el Santuario? —
La monja lo pensó un momento y luego negó otra vez.
—No creo que sea buena idea, la guerra santa acaba de terminar, dudo mucho que estén en una buena situación, seguramente fueron pocos los sobrevivientes. —
—Bueno, algo se nos ocurrirá, no se preocupe señora Anna— dijo amable.
La joven asintió y ambas continuaron desayunando. El futuro no se vislumbraba tan sencillo para ella, además, le intrigaba saber lo que haría Minos más adelante.
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Cinco días después.
Colina del Yomotsu.
Minos había ido con Fyodor para que lo pusiera al tanto del número de almas que estaban llegando. Ambos se encontraban sobre una saliente rocosa, no muy lejos de la prisión de almas, observando con atención las filas de los muertos. Aunque avanzaban lento, la cantidad se había incrementado en los últimos días. La guerra santa terminó, pero las consecuencias apenas empezaban a cobrar factura. El hambre y la enfermedad campaban a sus anchas en el estropeado territorio de Italia.
Los sobrevivientes del lienzo perdido ahora estaban enfrentándose a la escasez y a las infecciones. Muchos no lo lograrían y eso significaba que el trabajo en el inframundo aumentaría considerablemente, lo que tenía molesto al juez. Mientras Fyodor tomaba algunas notas para sacar un promedio de cuantos soldados Skeleton debía redistribuir para controlar el flujo de almas, Minos volvió a llamar al Grifo mentalmente.
—Oye, bestia estúpida, respóndeme de una vez— pensó con molestia. —Estoy hartándome de esto. —
La criatura mitológica había mantenido un completo mutismo esos días, sin manifestarse en lo más mínimo y aunque le parecía un agradable descanso al ministro, la saturación de trabajo lo frustraba. No obstante, por fin recibió respuesta.
≪ Deja de quejarte, tú no has visto una verdadera pandemia de muertes masivas ≫ masculló con algo de aburrimiento. ≪ Esto apenas es un juego de niños comparado con la edad oscura. ≫
—¡Los tiempos pasados me importan una mierda!, soy el único juez ahora y necesito apoyo para manejar a tanto muerto— espetó Minos contrariado. —Alone fue un imbécil al matar indiscriminadamente, pero ahora la situación se complica, debido a la peste y al cólera, así que dame alternativas… ¿Acaso no hay interinos que tomen el lugar de tus hermanos? —
≪ No por el momento, los candidatos también fueron eliminados y no retornaran pronto ≫ respondió el espectro. ≪ Pero existe una posibilidad, si Aiacos sobrevivió a sus heridas, podemos ir por él. ≫
El juez se quedó pensativo por un par de segundos, no sabía que eso era posible. Es decir, Aiacos ahora estaba libre de Garuda y seguramente había vuelto con su familia. Hacerlo regresar al inframundo no era muy justo.
≪ No importa si es injusto para ustedes, están obligados a obedecer por ser nuestros descendientes ≫ continuó la bestia, leyendo sus pensamientos. ≪ Vamos por él, aunque no quiera, tendrá que aceptar retomar su puesto como juez… pero si quieres suavizarle la noticia, dile que verá de nuevo a su prometida. ≫
Minos permaneció en silencio.
La idea era desagradable para él, ya que realmente nunca tuvo motivos de peso para llevarse mal con sus homólogos humanos. Simplemente fue la constante influencia de los líderes infernales y los designios de las estrellas los que los reunieron en aquellos infames puestos para desempeñar tan funestas obligaciones. Pero no tenía otra opción, necesitaba ayuda administrativa.
Giró sobre sus talones y antes de marchar, dejó instrucciones para el vigía del Yomotsu.
—Fyodor, debo salir al exterior, así que haz lo posible por mantener controladas la filas, avísale a Caronte que haga lo mismo en el rio Estigia, que restringa el flujo de almas hasta que yo regrese. —
—Sí, señor Minos, como ordene— confirmó Mandrágora.
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Varias horas después, cerca del anochecer.
Himalaya, en alguna provincia del reino de Katmandú.
Desde una colina, el juez observaba la entrada de aquel pueblo. Era un lugar grande y con mucho movimiento de gente y comercio. No le fue difícil llegar hasta ese sitio gracias a los portales del inframundo y a las memorias recientes que el Grifo le reveló acerca de los otros jueces.
—Vaya, parece que Aiacos llevaba una vida más relajada, en éste lugar tan campestre, se respira la tranquilidad— dijo Minos con algo de diversión, mientras encendía ligeramente sus cosmos. —Aiacos, sé que estás aquí, necesito hablar contigo. —
El llamado viajó en el aire rumbo al poblado, pero únicamente el destinatario podría escucharlo. No pasó más de un minuto para que la respuesta llegase.
—¿Minos?, ¿Qué diablos haces aquí?, ¿Cómo me encontraste? — respondió el que fuera el portador de Garuda.
—Ven a la colina donde están los campos de cultivo, tenemos que hablar— fue lo único que respondió.
…
Poco después.
Aiacos subió con calma la colina hasta encontrarse con el juez Grifo, quien permanecía entre las sombras, recargado contra un árbol, mirándolo con seriedad. La noche ya había caído y la iluminación dependía de la luna llena. Minos se acercó y ambos se miraron con cierto recelo, dadas las malas circunstancias en que terminaron anteriormente.
—Sigues vivo, maldito idiota— soltó Aiacos con rudeza. —Pensé que ese desgraciado de Alone también te habría matado, pero veo que, a final de cuentas, sí eras su cómplice. —
El ministro se alzó de hombros y sonrió con cinismo.
—Simplemente se me hizo divertido ver lo que hacía el chico, además, yo no tuve la culpa de que Hades no pudiese despertar en él. —
—Supongo que obedeciste al mocoso únicamente por conveniencia, ¿No es así? — su pregunta fue suspicaz, pero cuando vio que Minos asentía con expresión grave, Aiacos alzó levemente las cejas. —¿El Grifo sigue contigo? —
El otro rodó los ojos y resopló con fastidio.
—Sí, maldita sea, sigo siendo su títere y debo continuar trabajando en el inframundo por un tiempo más— se llevó una mano a la frente, removiendo su fleco hacia atrás en un gesto de cansancio. —La guerra terminó, pero las cosas en el Tribunal se están poniendo pesadas por la cantidad de almas y, ya sabes, las típicas situaciones del lugar que también deben ser controladas, como las bestias nativas y otras cosas que pululan por ahí. —
—¿Qué pasó con Rhadamanthys y nuestras tropas?, es decir, no todos los espectros fueron a la batalla— quiso saber Aiacos.
—Después te explico la situación de Rhadamanthys, en cuanto a los subordinados, éstos fueron eliminados y sellados, unos por los santos y otros por Alone, la verdad es que hay suficientes hombres para controlar las prisiones, pero yo solo no puedo dictar todas las sentencias y menos con las muertes que se avecinan— explicó Minos para luego hacer una pausa lenta. —Necesito que regreses a tu puesto de juez. —
El rostro de Aiacos se deformó en una mueca de furia.
—¡Jódete Minos!, ¡Jamás volveré al inframundo, perdí demasiado por culpa de Garuda! — se dio la media vuelta, dispuesto a marcharse. —Gracias a Kagaho me liberé del maldito espectro, así que no pienso regresar. —
El ministro lo dejó avanzar un par de metros antes de ofrecerle un trato.
—Y si te digo que podrías volver a encontrarte con Violeta— el exjuez se detuvo súbitamente y giró el rostro, esperando escuchar más. —Será temporal, tus mismas actividades administrativas, pero sin Garuda rondando en tu cabeza y, dentro de un año, la mujer volverá a la vida para estar contigo de nuevo. —
—¿Qué estupideces estás diciendo? — Aiacos regresó sobre sus pasos para encararlo. —¿Acaso es una maldita broma?, sepulté a Violeta hace pocos días, la guerra terminó y probablemente el alma de Hades volvió a los campos Elíseos, ¿Cómo piensas revivirla? —
—Ya está hecho, fueron órdenes de Alone— respondió Minos, sin inmutarse ante su enojo. —Aunque te cueste creerlo, el adolescente jugó con todos en mayor o menor medida, haciendo su completa voluntad, así que, usando el poder de Hades, dictó una invocación para que las almas de Violeta y Rhadamanthys quedaran resguardadas. Dentro de un año, ambos resucitarán, ¿Y adivina qué?, también tendrán permiso de regresar contigo y con Pandora— soltó una leve risita. —Deberías estar agradecido, a final de cuentas, se salieron con la suya. —
Por un par de segundos, Aiacos no supo qué decir, pero la expresión de su rostro era totalmente diferente ahora, una mezcla de asombro y felicidad. Lo que también lo llevó a sentirse extraño por dicha situación, ya que debía aceptar el trato propuesto. Pero, si era sincero consigo mismo, él estaba dispuesto a todo con tal de recuperar a su prometida.
—Bien, te creo lo que has dicho— habló al fin. —Volveré a tomar el cargo de juez el tiempo que sea necesario, pero más te vale que esto sea cierto. —
Minos asintió, para luego darse la vuelta y comenzar a caminar.
—Mañana te enviaré el Sapuri reparado para que puedas usar el pasaje al inframundo— abrió sus enormes alas. —Supongo que por ahora puedes tomarte el tiempo para avisarles a los tuyos que te ausentarás de vez en cuando. —
—¿No es obligatorio quedarse allá todo el tiempo? —
—Ya no hay nadie por encima de nosotros ahora, así que somos libres de ir y venir— finalizó el juez, levantando el vuelo con un fuerte aleteo.
Aiacos lo miró desparecer en la lejanía, para luego retomar el camino de regreso al pueblo.
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Corte del Silencio, al día siguiente cerca del mediodía.
El juez Garuda descendió con un par de aleteos suaves frente al edificio, para luego subir las escaleras con paso firme y semblante serio. Portaba de nuevo su imponente Sapuri, reconstruido y reluciente. Para él era extraño estar de vuelta en el inframundo sin aquella maldita voz royéndole la cabeza. Minos dijo la verdad, Garuda ya no estaba presente para molestarlo y tampoco había mentido acerca de la enorme cantidad de almas.
Larguísimas filas de muertos se congregaban desde el rio Estigia hasta la entrada del Tribunal, siendo organizadas y controladas por varios soldados Skeleton y algunos espectros menores, quienes hicieron una amplia reverencia al verlo llegar. Sin perder tiempo, subió las escaleras, encontrándose con las enormes puertas abiertas para permitir el paso de las almas. Antes de ingresar al vestíbulo, pudo escuchar la voz de Minos dictando sentencias, se oía algo molesto.
—Vaya, quien diría que había tanto trabajo pendiente— comentó Aiacos, subiendo rápido al estrado.
—Al fin llegas, idiota— gruñó el juez Grifo, mirándolo de reojo mientras escribía. —Más te vale no haber perdido práctica, porque no saldremos de aquí hasta haber terminado. —
Aiacos soltó una risa divertida antes de tomar asiento en su propio escritorio, que habían dispuesto para él en el otro extremo del estrado, con sus respectivos libros de almas, plumas y tintas.
—Si, está bien, ya voy— hizo una señal a un espectro que estaba cerca. —Mándame una fila. —
El soldado lo hizo y la marcha de las almas comenzó a fluir un poco más rápido.
…
Oficina de los jueces, horas después.
Ya era de noche y ambos hombres estaban agotados, pero los resultados fueron evidentes, las almas habían disminuido considerablemente, al menos por ese día. Ahora cenaban con calma, mientras conversaban un poco.
—Se nota que esto persistirá por un buen rato, el cólera tiende a volverse una epidemia duradera— mencionó Aiacos, mientras masticaba algo de carne.
—Si, ya lo sé, con tanto cadáver y devastación, era de esperarse— confirmó Minos, mientras probaba algo de vino. —Incluso en Grecia hubo daños en algunas ciudades circundantes al Santuario, ese mocoso se tomó el tiempo de pintar lugares arbitrariamente, con tal de desafiar a la diosa Athena. —
—Me sorprende todo lo que hizo y más todavía el hecho de que Hades no pudo tomar el control hasta casi el final de la guerra— el juez Garuda hizo un gesto meditabundo. —Y, hablando de eso, ¿Ninguno de los chicos involucrados sobrevivió? —
Minos negó con un movimiento de cabeza.
—No hay registros de ellos después de la batalla final, así que tal vez Athena reclamó sus almas al morir. —
—¿Y qué sucedió con Pandora y Kagaho? — inquirió Aiacos, a la vez que se servía un poco de vino. —Pensé que ese muchacho depresivo tomaría mi lugar como juez y que ella sería eliminada cuando descubriera los planes de Alone. —
El juez Grifo terminó sus alimentos y exhaló aburridamente.
—Kagaho fue enviado a reencarnar tras su derrota a manos de un santo. Pandora sobrevivió por puro capricho del mocoso, algo que seguramente ya tenía planeado, puesto que sólo eliminó a Wyvern junto con su vasija humana, mientras que, a ella, la mandó por un portal a su tierra de origen. —
—Vaya giros del destino, incluso ella recibió una oportunidad, y de quien menos se lo esperaba, ¿Vas a buscarla también? —
—Únicamente para informarle que dentro de un año verá de nuevo a su querido unicejo— Minos sonrió burlón. —Después de todo, su papel en la guerra santa ha terminado y lo mejor para ella es tratar de llevar una vida normal. —
—Supongo que si— Aiacos terminó de cenar también. —¿Y dónde están las almas? —
Su homólogo bostezó largamente, para luego ponerse de pie. Ya estaba fastidiado y sólo quería dormir, por lo que decidió que era momento de largarse de ahí.
—En Antenora y Caina, permanecerán en letargo, así que no tiene caso que visites a tu novia, tendrás que esperar— se encaminó a la salida. —Llega temprano mañana, hay muchos pendientes todavía. —
El otro asintió mientras se desperezaba, para luego marcharse por su lado.
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Al día siguiente, por la tarde.
Alemania, castillo Heinstein.
Minos descendió con elegancia en el amplio patio de la entrada. El lugar se notaba solitario y poco cuidado, probablemente debido al abandono temporal. Empezó a caminar por los alrededores, haciendo vibrar su cosmos para anunciar su presencia. De pronto, cuando recorría un sendero flanqueado por grandes arbustos, alguien saltó de improviso frente a él.
—¡Alto, intruso! — un joven de piel canela, cabello plateado y ojos gatunos lo miró desafiante y en posición de ataque.
El juez alzó una ceja y cruzó los brazos, levemente sorprendido.
—¿Qué rayos te pasa, mocoso?, ¿Esa es la manera de dirigirte a mí? —
—¡Juez Minos! — inmediatamente Cheshire se arrodilló y empezó a temblar nervioso. —¡Perdón, no sabía que estaba vivo, así que no pude identificar su cosmos de inmediato! —
—Pues que no vuelva a repetirse o te colgaré de las orejas, ahora, llévame con Pandora. —
El joven espectro asintió y se incorporó, mientras le hacía señas para que lo siguiera hacia el amplio jardín trasero, donde se podía distinguir una pérgola octagonal a lo lejos.
—Señor Minos, debo comentarle que la señora Pandora… se encuentra un poco deprimida, así que no estoy seguro de que quiera hablar con usted— explicó Cheshire. —Además, la guerra terminó y… no me gustaría regresar al inframundo— su voz se oyó desanimada.
Ciertamente, los espectros sobrevivientes debían volver a sus labores en el mundo de los muertos, pero quizás podría haber algunas excepciones.
—Tú estás obligado a regresar, pero, dependiendo de la situación de Pandora, decidiré si te quedas con ella o no— dijo con simpleza el juez.
Tan pronto se acercaron a la construcción de madera, Minos pudo observar a la mujer que antes fuera la dirigente del ejército de Hades y la cual ahora se veía como una chica normal, pero muy triste y acongojada. Su semblante se notaba pálido y parecía no estar comiendo bien. A él no le fue difícil intuir por lo que estaba pasando, después de todo, también había leído los registros de la información revelada por el espectro de Mefistófeles acerca de su pasado. Ella había sufrido bastante por culpa de Youma y los dioses gemelos.
—No luces nada bien, Pandora— habló Minos, sin demostrar algún tipo de sumisión ante ella.
La joven permanecía sentada en un diván, cubierta por una chalina blanca sobre su largo vestido oscuro. Contemplaba la lejanía con una mirada ojerosa y deprimida. Apenas volteó un poco para responderle, mientras Cheshire se sentaba a su lado, siempre fiel y amistoso.
—Eres tú… juez Grifo… no esperaba verte de nuevo… —
El mencionado ingresó a la pérgola y tomó asiento frente a ella mientras se quitaba su yelmo.
—No voy a preguntar cómo estás, porque es evidente que has pasado por mucho y tampoco voy a divagar en lo que debo decirte, así que presta atención— ella lo contempló sin reaccionar, apenas parpadeando lento. —Sé que tu única razón para vivir y morir, era servirle al dios Hades. Pero como todo se fue al carajo por culpa de Alone, sólo queda continuar adelante y quizás no te guste lo que voy a decir, pero, estás viva gracias a él. —
El gesto de Pandora se endureció brevemente.
—Ya lo presentía… el maldito me castigó de esta manera por querer detenerlo— bajó el rostro con pesar. —Hubiera preferido que me asesinara junto con Rhadamanthys y no que me condenara nuevamente a la soledad de éste mundo gris… —
Minos rodó los ojos, indolente, ya que no podía empatizar del todo con ella y como no tenía la intención de escuchar sus gimoteos, fue directo al grano.
—Deja de lloriquear, el mocoso estaba un poco loco, pero al menos les tuvo consideración a ti y a Aiacos, a pesar de que se rebelaron contra él— habló con indiferencia. —Sí, sé que se le pasó un poco la mano con Rhadamanthys, pero dentro de un año, podrás verlo de nuevo. —
Pandora levantó la cara, al mismo tiempo que hacía una mueca consternada.
—¿Q-Qué… has dicho? —
—Alone les otorgó la resurrección a Violeta y a Rhadamanthys, ellos volverán en un año y podrán emparejarse y hacer bebés y etcétera, etcétera— Minos hizo un ademán con la mano como si hablase de algo sin importancia. —Así que ya puedes dejar de lamentarte y no me preguntes la razón de su proceder, tómalo como un simple capricho del adolescente. —
La mujer se quedó en silencio, apenas procesando dicha información.
—Eso sí que fue inesperado— mencionó Cheshire, también sorprendido.
—¿N-No estás mintiendo? — ella interrogó dudosa.
El juez se colocó el casco y se puso de pie, dispuesto a marcharse.
—No gano nada con eso, simplemente debía darte la información, así que me retiro, pues no tengo nada más que hablar contigo y, si me aceptas un consejo, deberían marcharse de aquí, hay demasiada pesadez en el ambiente— entonces miró al joven espectro. —Puedes quedarte con ella, cuídala, sino Rhadamanthys se pondrá furioso— hizo una mueca divertida.
—¡Sí señor, lo haré! — asintió rápidamente.
No hubo más palabras por parte de Pandora, solamente una mirada de sutil gratitud, así que Minos se alejó de la pérgola, para después emprender el vuelo.
Realmente no era su obligación hacer esto, pero se le hacía divertido sentir el enfado del Grifo. Y es que tampoco había que darle demasiadas vueltas al asunto, los tres líderes infernales debían dejar descendencia y la única forma de hacerlo, era a través de sus respectivos portadores. Seguramente esto no le importaba a Alone, pero, por los tratos que hizo con los humanos, decidió permitírselos.
Como fuese, ahora Minos sólo debía preocuparse por Anna y el niño que venía en camino. Al menos hasta que pudiese librarse del espectro.
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Inframundo, esa misma noche.
Minos esperaba frente al portal que conectaba con la isla de los Curanderos. Había recibido un llamado urgente por parte de Byaku, lo que no le agradó en lo más mínimo, puesto que éste no quiso comentarle la situación hasta que se viesen.
—Maldita sea, ahora cuál será el problema— masculló el juez.
≪ No lo sé, pero sea lo que sea, más te vale solucionarlo pronto ≫ gruñó la bestia en su cabeza, manifestándose de nuevo. ≪ Y será mejor que busques tiempo entre tus actividades, ya quiero ir de nuevo con ella ≫ sonrió con malicia.
—Sólo hablas para joder— resopló molesto. —Y aún me debes una explicación de lo dicho por Alone. —
≪ Ocúpate de la hembra y la cría, si lo haces bien, te lo diré cuando lo considere prudente. ≫
—¿Por qué debería hacerlo?, yo ya hice mi parte. —
De pronto, sintió una tremenda punzada en la cabeza que lo obligó a cerrar los ojos y apretar los dientes.
≪ Harás lo que te diga, te guste o no, recuerda que aún puedo mandar a asesinar a tu familia ≫ siseó el Grifo en un tono imperativo. ≪ Y dado que tienes mis memorias, sabes perfectamente porqué debo vigilar a mi descendencia, no habrá errores en éste siglo… además, me encanta esa humana y lo que haces con ella, así que no voy a renunciar a los placeres mundanos que puedo disfrutar gracias a nuestra unión. ≫
—¡Eres un hijo de puta! — escupió su portador, mientras se recuperaba del mareo.
Minos entendía perfectamente que esta situación iba para largo y el espectro no lo dejaría tranquilo en absoluto. Sabía que estaba obsesionado con asegurar el nacimiento de ese niño, porque en la anterior guerra santa, la doncella que fue violada por su antecesor, había atentado contra su vida y contra la del bebé en más de una ocasión. Cosa que había puesto en un gran riesgo el linaje del Grifo, dado que no tuvo más tiempo para buscar a otras mujeres.
Evidentemente las cosas eran muy distintas ahora y eso lo aprovecharía la criatura mitológica al máximo, sin importarle en lo más mínimo la opinión de su vasija humana.
Pasaron algunos minutos, en los cuales el ministro guardó silencio. Necesitaba estar tranquilo para cuando Byaku le diera su reporte.
—Señor Minos— saludó el Nigromante con una reverencia.
—Ve al grano, tengo cosas que hacer. —
El recién llegado asintió y procedió a explicar todo.
—Ella se encuentra bien, pero las habladurías continúan y más ahora que ha tratado de buscar la manera de poner a trabajar el dinero que obtuvo por la venta del anillo. No quiere quedarse de brazos cruzados sin hacer nada, porque sabe que eso se vería sospechoso, así que decidió emprender un pequeño negocio de ultramarinos, pero para eso, necesita comprar y mercar con los comerciantes mayoristas, y ellos no confían en una mujer sola. —
El juez rodó los ojos y resopló frustrado.
—Conviértete en su prestanombres, tú realiza los tratos con los mercaderes y que ella reciba el beneficio, no es tan complicado fingir eso. —
Byaku guardó silencio e hizo un gesto de duda antes de continuar.
—Señor, he revisado el caso una y otra vez, pero en la isla de los Curanderos son muy quisquillosos con quienes hacen tratos, en especial si son extranjeros, en éste caso, si la mujer se va a quedar ahí y quiere hacer negocios, debe ser con el consentimiento de su… marido— hizo una pausa y tomó aire para revelar lo demás. —En otras palabras, yo tendría que casarme con ella para hacerme pasar por su esposo… —
El subordinado se quedó mudo de pronto cuando Minos le dirigió una mirada asesina.
—¡¿Qué has dicho?! — lo atrapó del cuello con una mano, levantándolo en el aire para asfixiarlo con facilidad. —¡Repite eso y te arrancaré la lengua! —
Nigromante se agitó con temor ante la falta de oxígeno, él sólo estaba explicando la situación de Anna y las opciones, pero la reacción de su jefe había sido demasiado extraña y violenta.
≪ Contrólate Minos, lo necesitamos todavía ≫ habló el espectro con seriedad. ≪ No hay razón para hacer tanto alboroto, la solución es muy simple. ≫
—¡Pues dímela de una vez! — exigió mentalmente, liberando a Byaku de su agarre.
≪ Tendrás que casarte con la mujer ≫ sonrió con placentera burla. ≪ Te presentarás como su esposo y montarás todo el espectáculo que sea necesario, no me importa si la idea no te gusta, es una orden. ≫
El juez se congeló en su sitio por un par de segundos y abrió los ojos en grande ante las palabras del espectro, quedándose casi boquiabierto. No podía creer lo que el Grifo le estaba ordenando.
¿Casarse?, eso era demasiado.
—¿Señor Minos? — llamó Byaku, al verlo tan contrariado. —Lamento lo que dije, buscaré otra manera de solucionar éste contratiempo— empezó a retroceder, todavía atemorizado por su reacción.
El ministro regresó su atención a él.
—Habla con Anna, dile que espere un poco y que… iré a verla muy pronto— finalizó, para luego darse la media vuelta y alejarse con paso rápido.
El espectro de Nigromante suspiró aliviado, se sobó el cuello y regresó al pasaje de la cueva para volver a la isla. No sabía qué tenía planeado su superior, pero debía avisarle a la mujer de su próxima visita.
…
Ptolomea.
Minos ingresó a su morada, casi azotando las puertas de la entrada. Su mal humor no disminuía y la bestia parecía divertirse con ello.
≪ ¿Por qué tanto drama?, ¿No es eso lo que hacen los humanos?, casarse, follar, criar niños, etcétera ≫ soltó una risita. ≪ ¿En qué te afecta eso?, después de todo, tus padres en algún momento planearon casarte con una joven de tu mismo circulo social, no creas que no lo sé. ≫
—Ya cállate, debe haber otra manera de solucionar esto, no puedo casarme con Anna— gruñó el juez, al mismo tiempo que se encaminaba a sus aposentos.
≪ Eso no está a discusión y no tiene caso que pongas pretextos, puedes perfectamente seguir con tus responsabilidades de juez y también ser el esposo de una pueblerina que quiere vender mercancías. ≫
El hombre ingreso a su alcoba y caminó hasta la habitación de aguas termales. Chasqueó los dedos para quitarse el Sapuri y posteriormente se desnudó.
—¿No has pensado que eso también sería sospechoso?, alguien podría reconocerme como juez y advertir al Santuario— declaró, a la vez que entraba a la piscina y se sentaba en un desnivel para que el agua lo cubriera.
≪ Eso no pasará, el Santuario tiene sus propios problemas recuperándose de la guerra santa, además, te presentarás como un hombre común, interesado en invertir en aquel triste pueblo, tienes dinero, estatus y un apellido noble, ¿Qué más podría pedir una mujer? ≫ se expresó divertido el espectro. ≪ Anna no puede quejarse ante semejante oportunidad y los comerciantes te verán con buenos ojos. ≫
El juez se frotó las sienes con frustración, para luego sumergirse en el agua por algunos segundos. Cuando emergió, inhaló y exhaló profundamente en repetidas ocasiones, tratando de calmarse para ver las cosas desde otro ángulo. Seguía atado de manos ante las amenazas del Grifo y como no deseaba arriesgar a su familia, tendría que ceder ante la idea de casarse con la mujer.
Aquella opción no era tan descabellada, pero tuvo que aceptar que lo agarró con la guardia baja. Unos años atrás, antes de convertirse en juez, sus progenitores habían hablado con él acerca de un posible matrimonio arreglado con la hija de uno de los socios de su padre. Aunque no se formalizó, la noticia no le agradó para nada, porque eso significaba perder su soltería y libertad para divertirse a su antojo.
Minos alguna vez estuvo consciente de que se casaría en el futuro, pero aquello fue antes, cuando su vida era normal. Ahora eso estaba muy lejos de la realidad actual, es decir, él debía estar muerto debido a la guerra entre dioses. Pero resulta que no, puesto que fue revivido y continuaba siendo un juez del infierno. Suficiente razón para que la idea del matrimonio no pasara por su cabeza.
—Sólo dices estupideces— farfulló, mientras continuaba aseándose.
El Grifo no contestó, pero su deleite era notorio.
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Isla de los Curanderos, esa misma noche.
Anna estaba cenando sola, reflexionando en lo que había sucedido ese día.
Ella había planeado comenzar a trabajar en algo que le facilitara el mantenerse. Es decir, aunque tenía las joyas y podía obtener dinero de ellas, lo mejor era emplearlo en algo que, a ojos de los demás, se viese normal. Su anterior matrimonio con un comerciante de Atenas le había facilitado conocimientos administrativos y mercantiles, además de que sabía leer, escribir y contar.
Ella realmente no había tenido la necesidad de hacer algo más que las labores de un ama de casa, pero al menos su exmarido no se había opuesto a que lo ayudase de vez en cuando con las cuentas y los inventarios. Y eso es algo que deseaba aprovechar, comprando productos de primera necesidad para venderlos en un pequeño local instalado en la misma casa. Era buena idea, además de que, en esa parte del pueblo, no había un almacén cercano, por lo que sería benéfico para los vecinos.
Lamentablemente, ya se había encontrado con un primer obstáculo: Los marineros del puerto y los proveedores del centro, no le quisieron vender mercancía. Y el absurdo motivo se debía a que una mujer sola no era bien vista tratando de hacer negocios sin un hombre a su lado.
—¿Quiere comprar productos?, antes necesito hablar con su esposo— había dicho un hombre.
—No voy a venderle nada, una mujer debe estar en su casa, criando a los hijos, deje el trabajo para su marido— mencionó otro con burla.
—Señora, no es buena idea que ande por estos lares sola, su reputación podría ponerse en duda— alguien más le advirtió eso.
La situación se veía complicada y Anna tenía que buscar alguna alternativa. Posiblemente debía recurrir de nuevo a Byaku, o de plano, pedirle que le explicara al juez los problemas que tenía encima por haberla dejado ahí y que se complicarían más adelante con el embarazo notándosele.
Entonces, unos toquidos en el exterior la sacaron de sus cavilaciones. Se asomó por la ventana y se sorprendió de ver al espectro, casi como si lo hubiese llamado con el pensamiento. Sin perder tiempo, salió a recibirlo y le pidió que entrara a la estancia antes de que él siquiera dijese el motivo de su visita. Una vez sentados en la sala, ella soltó su queja.
—Escucha, sé que tu deber es cuidarme y ayudarme, así que necesito que hagas algo por mí, se trata de… — le explicó su situación y lo que había sucedido.
El Nigromante oyó todo en silencio, asintiendo cuando era necesario. Esto no era nuevo para él, puesto que había estado al tanto de los movimientos de Anna y comprendía perfectamente su disgusto y preocupación.
—Y si no puedes apoyarme, entonces quiero que le digas al juez Minos que tengo problemas— finalizó la joven con un tono de voz serio y casi molesto.
Byaku asintió de nuevo.
—Sí, comprendo, y ya sabía lo que intentabas hacer— se bajó levemente las gafas y entrecruzó los dedos de las manos, observándola con atención. —Escucha mujer, yo no puedo ayudarte directamente con esto, porque las costumbres de éste pueblo son un poco problemáticas, en especial con las tradiciones acerca del papel de las mujeres, por lo tanto, tuve que informarle de esto al juez Minos… él vendrá a verte. —
Anna respingó en su lugar e hizo un gesto de sorpresa.
—¿C-Cuándo vendrá? —
—No me dijo, quizás mañana, o en un par de días, todo depende de la carga de trabajo que tenga— aclaró el rubio. —Justamente eso venía a informarte y también para decirte que esperes un poco antes de intentar hacer otra cosa con el dinero— se puso de pie, indicando que se retiraba. —Te recomiendo escuchar al señor Minos y… no le lleves la contraria. —
Tan pronto Byaku se marchó, la mujer soltó un suspiro de resignación. Ahora sentía que la inquietud empezaba a recorrerla insistentemente. Ya había pasado mes y medio desde que vio a Minos por última vez y no creyó que se reencontrarían tan pronto.
—Tranquilízate Anna, él no te hará daño, su prioridad es éste bebé— se dijo a sí misma, regresando a la cocina para tomarse un té para los nervios. —Y, obviamente, no he dejado de ser su sierva… —
La idea de seguir siendo "propiedad" del juez infernal no le agradaba, aunque ya había aceptado con anterioridad que tendría que lidiar con eso de ahora en adelante. Decidió no pensar más en ello, yéndose a dormir.
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Dos días después.
Tribunal del Silencio, cerca del anochecer.
Minos terminó de anotar un par de cosas y cerró el libro de almas. Ese día había estado menos agitado con el tema de las sentencias, tanto así, que Aiacos estuvo fuera, ocupado con los asuntos de las prisiones, mientras él se quedaba en la Corte. Y éste breve receso lo aprovecharía para ir con la monja.
Había estado meditando acerca de ella, buscando otras alternativas respecto a su situación en la isla de los Curanderos. Pero, al parecer, no las había, por lo que tendría que hacer lo que el Grifo le ordenaba.
≪ Deja de darle vueltas al asunto y vamos con la hembra ≫ se expresó ladinamente. ≪ No niegues que deseas volver a yacer con ella. ≫
—Que miserable molestia eres— gruñó, caminando al almacén para guardar el libro.
≪ ¿Ahora te haces el hipócrita, siendo que has estado soñando con ella recientemente? ≫ se burló la criatura.
—¿Ni siquiera puedo tener privacidad en mis sueños?, maldita sea mi suerte— espetó con frustración. —Ya deja de joderme, sabes que haré lo que quieras, pero, seguirá siendo a mi manera. —
≪ Más te vale, porque ya no soporto la abstinencia, me repatea sentir eso y tu mano ya no es suficiente para quedar saciados ≫ declaró con gran cinismo.
El juez rodó los ojos y gruñó nuevamente, deseando tener a alguien enfrente para romperle los huesos y así poder desquitar su enojo. El espectro era tan insoportable a veces, que en verdad tenía ganas de darse de topes contra la pared.
Salió del almacén y posteriormente abandonó el Tribunal, dirigiéndose a la zona de portales. No tenía caso perder más tiempo, era necesario resolver el tema de Anna.
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Isla de los Curanderos.
Ya había oscurecido cuando Minos salió al bosque. Desplegó las alas y emprendió el vuelo rumbo a la villa. No tardó demasiado en llegar a la casa de Anna, ya que recordaba su ubicación a pesar de que la marioneta no estaba funcionando.
Descendió en silencio en el patio trasero para no llamar la atención. En ese momento, la puerta posterior se abrió, era Anna, mirándolo con una expresión nerviosa. Obviamente ella había escuchado los aleteos y fue a recibirlo.
—S-Señor Minos— hizo una reverencia, sin disimular su sobresalto.
Él aún le provocaba cierta inquietud, puesto que no sabía cómo sería su comportamiento de ahora en adelante.
—Hola, Anna— el juez sonrió levemente, entretenido con su reacción cohibida. —Veo que has sabido portarte bien hasta mi regreso— se acercó a ella y con la mano bajo su barbilla, hizo que lo mirara.
La joven tragó saliva con dificultad. No había pasado tanto tiempo desde su último encuentro, pero su cercanía le provocaba nuevamente una sensación extraña en todo el cuerpo. Y eso empeoró cuando el ministro acortó la distancia, rozando su nariz con la suya, al mismo tiempo que la observaba fijamente con aquellos ojos violáceos.
—Yo… señor Minos, yo… — intentó pronunciar algo, pero no pudo.
—Ya extrañaba tus muecas, Anna— sonrió un poco más, acercando la otra mano para apartar su fleco negro y luego acariciar su mejilla con sutileza. —Eres muy hermosa y tus ojos son tan expresivos, que en verdad me encanta verlos enturbiados de emociones. —
Ese tenso momento duró únicamente un par de segundos, ya que él se apartó de ella como si nada, retomando una seriedad que sorprendió a la monja.
—Tenemos que hablar— hizo un gesto hacia la casa. —Andando. —
—S-Sí— ella se apresuró al interior.
Entraron a la cocina y el juez se sentó en una de las sillas de la mesa. Se quitó el yelmo y le hizo un gesto para que tomara asiento también, dejando en claro que tenía prisa por dialogar.
—Byaku ha estado informándome de todo lo que has hecho en estas semanas— la miró entretenido. —Y debo confesar que me agrada bastante tu comportamiento, no eres para nada una mujer pasiva o llorona— reconoció con franqueza, dejando sorprendida a la mujer. —Pero, aunque en un principio creí que dejarte aquí sería lo más fácil, veo que las cosas no son tan simples. —
Anna prestaba completa atención, ya que era sumamente extraño interactuar con Minos de esta manera. Pero si debía seguir adelante con esto, al menos intentaría mantener una convivencia tranquila. Sólo esperaba que su actitud no fuera osada para él.
—Señor Minos, he permanecido en esta casa como lo ordenó y he tratado de pasar desapercibida ante los demás, pero eso es un poco difícil en un pueblo de éste tipo— habló con calma, tratando de sonar moderada. —La gente es muy desconfiada y no ven con buenos ojos mi presencia, puesto que casi no me conocen y… —
—Lo sé, comprendo lo que quieres decir— la interrumpió, a la vez que resoplaba y hacía una mueca de leve disgusto. —Esta gente es bastante idiota e ignorante, lo típico de estas provincias isleñas, apartadas del avance de las grandes urbes— se expresó despectivo. —Pero no puedo llevarte a otro lado por ahora, mis circunstancias siguen siendo complicadas a pesar de que la guerra santa terminó, así que… tendré que hacer otra cosa. —
Ella parpadeó lento, intentando comprender lo que decía.
—Señor Minos, estoy a sus órdenes. —
El ministro sonrió complacido ante su muestra de sumisión, o, mejor dicho, su capacidad de adaptación. Quizás ella no confiaba del todo en él, pero le bastaba con saber que estaba dispuesta a continuar con esto. Se recargó contra el respaldo de la silla, haciendo que sus alas descansasen a los lados para que no le estorbaran. Tomó un poco de aire y lo soltó despacio.
—Bien, entonces, para empezar… deja de decirme "señor"— solicitó, mirándola a los ojos. —Aunque sigues siendo mi sirvienta, será necesario que, de ahora en adelante, me llames sólo por mi nombre y eso incluye tutearme. —
—¿P-Perdón? — la joven no entendió.
La sonrisa del hombre se amplió al ver sus gesticulaciones cambiantes.
—Puesto que las costumbres de éste pueblucho son algo retrogradas, será necesario que tengas a un hombre a tu lado para apaciguar las habladurías y que puedas hacer lo que quieras con el sustento que te dejé, lo que significa que… voy a casarme contigo, Anna— soltó las palabras sin más ni más.
La monja abrió los ojos en grande y su cara expresó un desconcierto total. Se quedó muda por unos segundos, procesando lo dicho por el juez.
—¡¿Qué?, ¿Casarse conmigo?!— pensó temerosa. —¡No puede ser! —
Semejante idea significaba quedar atada de forma permanente al general del dios Hades, algo nada fácil de digerir para la pobre mujer después de todo lo vivido. Sin querer, su nerviosismo la traicionó de repente.
—No… no puedo casarme… con usted— murmuró lento.
El hombre alzó ambas cejas, extrañado por su negativa.
—¿Acabas de decir que no? — hizo una risita maliciosa, sin dejar de observarla fijamente. —¿Qué te hace pensar que puedes negarte? —
—Yo… ya estoy casada y… esto es muy injusto… — respondió nerviosa.
Minos se inclinó hacia adelante, colocando los codos sobre la mesa, entrelazando las manos para descansar su mentón encima, tomando una postura mucho más seria. Ya esperaba que algo así sucediese y no podía culpar a la mujer por oponerse, después de todo, también era injusto para él.
—Escucha con atención Anna, porque no voy a repetirlo— su voz se oía tranquila, pero con un matiz autoritario. —Tengo mis propios motivos para no desear hacer esto también, pero como la vida siempre es injusta, tendrás que aceptarlo. No querrás que lo haga por la mala, buscando a tu marido para asesinarlo y dejarte como viuda— estrechó la mirada, consiguiendo asustarla. —Y no te sorprendas tanto, conozco muchas cosas acerca de ti, ser el juez principal tiene sus ventajas. —
Ella palideció al escuchar su amenaza. No sabía que Minos estaba al tanto de su relación previa, pero a estas alturas, ya no debería sorprenderle sus capacidades como soldado de Hades. Por otro lado, aunque ya no podía volver con su esposo, tampoco le deseaba un cruel final. Así que, nuevamente, estaba entre la espada y la pared.
—Byaku se encargará de eliminar cualquier rastro de tu previo matrimonio, aun si éste permanece registrado en las oficinas de Atenas— prosiguió él. —Después de eso, nos casaremos por las leyes civiles de esta isla, así tendrás vía libre para hacer lo que quieras con tu negocio, yo no me opongo en absoluto y si necesitas recursos, sólo pídemelos— hizo una pausa y exhaló largamente. —Nada ha cambiado mujer, te lo dije antes y te lo ratifico ahora: Me darás un hijo, lo criarás y cuidarás todo el tiempo que sea necesario, a cambio, jamás volverás al inframundo y te daré lo que quieras, excepto libertad— sentenció fríamente.
La mujer lo contemplaba sin apenas pestañear, sintiendo una gran opresión en el estómago. Quería decir algo al respecto, e incluso tal vez llorar de frustración. Pero, entre más analizaba las palabras de Minos, más claro le quedaba que no tenía caso intentarlo. No valía la pena arriesgar la oportunidad que tenía en estos momentos, el miedo a la esclavitud, y posible muerte en el inframundo, era mucho mayor que el temor a seguir siendo su concubina.
—Comprendo… — susurró, bajando levemente el rostro. —Será como usted ordene… —
El hombre se puso de pie y se acercó a ella, para luego tomarla del brazo y hacer que se levantara. Le rodeó la cintura y la atrajo hacia él. La joven no se opuso, dándose cuenta que estaba temblando. Pero no era de miedo, sino más bien, de furia, algo normal después de semejante veredicto. Esto complacía una vez más al juez, puesto que, prefería que Anna estuviese maldiciéndolo con su oscura mirada, a que se quedase llorando de cobardía.
—Debes practicar, ya te dije que puedes tutearme— con el dorso de su otra mano, nuevamente le acarició la mejilla despacio, bajando con suavidad por su cuello. —Y también, acostúmbrate a la idea de que, como tu nuevo esposo, vendré a visitarte de vez en cuando— le sonrió malicioso.
La monja no se inmutó demasiado, puesto que ya presentía que Minos no había venido solamente para hablar. Sin embargo, cuando él hizo el amago de querer besarla, la otra puerta de la cocina se abrió repentinamente. La figura de una mujer mayor con una canasta entre las manos, apareció.
—Señora Anna, buenas noches, yo venía a… — Elina se quedó pasmada ante la escena.
Minos rodó los ojos y gruñó enojado, alzando el brazo hacia la visitante. Su cosmos vibró y un par de hilos se lazaron contra ella, enredándola tan rápido, que no tuvo tiempo de pronunciar sonido alguno.
—¡No me gustan las interrupciones! —
—¡Espera, no le hagas daño, por favor! — suplicó Anna, aferrándose a su brazo. —¡Ella me ha apoyado todo éste tiempo! —
La impresión de ver a un juez del inframundo fue demasiada para Elina, quien puso los ojos en blanco y se desmayó en un instante, sin apenas darse cuenta de lo que estaba sucediendo.
—Sé quién es— Minos regresó su atención a la joven. —No voy a hacerle nada, pero no será mi problema si le dio un infarto— hizo un leve movimiento con los dedos y los hilos dejaron a su presa en el suelo sin lastimarla. —Más te vale que le expliques todo, voy a permitir que siga contigo, pero si dice algo, le rebanaré el cuello. —
—Yo hablaré con ella— se apartó para ir con Elina y revisarla.
Minos resopló frustrado otra vez, pero aceptó que ya no estaba de buen humor para continuar ahí. Entonces, envió nuevamente sus filamentos, pasando por encima de las mujeres, rumbo a la estancia contigua. Un momento después, la marioneta de hueso apareció flotando en el aire, sostenida por los hilos.
Anna observó todo sin decir nada, mientras mantenía en su regazo a Elina. El juez tomó el pálido juguete y lo extendió sobre la mesa. Posteriormente, se quitó el guantelete izquierdo y con un espolón de su armadura, se hizo un corte en el antebrazo, permitiendo que su sangre cubriera las piezas talladas. El objeto reaccionó, absorbiendo toda la sustancia, reactivando nuevamente su enlace de cosmos con el Sapuri y el espectro.
—Byaku se encargará de todos los trámites— observó a la joven, mientras se colocaba de nuevo el guantelete. —Vendré luego y haremos esto del matrimonio al pie de la letra, así que no quiero más quejas, ¿Entendido? —
Ella asintió en silencio. El hombre tomó su casco y se dirigió a la puerta de salida sin decir nada más. Instantes después, escuchó el sonido de sus alas alejándose rápidamente.
—Los dioses deben estarse burlando de mi— Anna suspiró cansadamente, abanicando a Elina para que volviera en sí.
Continuará...
Esta vez Minos se vio bastante malo con Anna, pero francamente no puede ser diferente. Tengan en cuenta los tiempos y las circunstancias de ambos. El juez no es ningún santo, es un hombre que ha matado, tanto como persona normal, como siendo juez del inframundo. No puede ser amable ni considerado, además de que el Grifo sigue presionándolo. Y mi querida Anna, a pesar de tener carácter, también sabe que no debe arriesgarse, puesto que lleva las de perder.
Por otro lado, recuerden que esta no es una historia romántica. Aquí no hay amor ni sentimientos, sólo conveniencias, chantajes, deseos malsanos y tensión. Pero no se preocupen, esto no tendrá un mal final, lo prometo :3
Gracias por leer.
10/Febrero/2023
