Capítulo 6
Primer día de clases
El primero en levantarse por las mañanas, era Kurogane. Su despertador (el cual era callado casi al instante) sonaba a las cinco de la mañana, con lo que el hombre de cabello negro y ancha espalda se incorporaba sin hacer el mínimo ruido, y procedía a desayunar los restos de la cena que Fye había apartado expresamente para él.
Treinta minutos más tarde, Kurogane salía por la puerta del departamento, dispuesto a ir a la central de abastos a iniciar con su jornada laboral, al mismo momento que la alarma de Fye sonaba, y con esto, el rubio de ojos azules se ponía en movimiento. La rutina mañanera del chef de la casa incluía el preparar el almuerzo para los demás miembros de la que se había vuelto su peculiar familia, Syaoran y Meilin, quienes eran los últimos en despertar, a las seis y seis diez de la mañana respectivamente.
Una vez que todos se encontraban ya levantados y vestidos, procedían a comer el desayuno juntos. Entonces, veinte minutos después, mientras Syaoran y Meilin limpiaban los platos y la cocina, Fye salía rumbo al restaurante donde trabajaba como chef. Apenas diez minutos más tarde, el par de primos Li hacían lo propio, para caminar juntos hasta el Parque Pingüino, donde finalmente se despedían, y así, mientras uno se dirigía a la preparatoria, el destino de la otra era la universidad.
Aquel lunes, después de aquella caminata de diez minutos desde el departamento hasta la escuela, Syaoran se tomó su tiempo para detenerse un rato en la sala de profesores y socializar un poco con quienes serían sus compañeros de trabajo durante los próximos seis meses, antes de dirigirse a la que sería su primera clase.
Los tres grupos que tenía asignado durante lo que restaba del ciclo escolar pertenecían a cada uno de los grados (primero, segundo y tercero), y todos eran del grupo B. Aquello significaba que no eran los alumnos más listos de su curso (esos alumnos estaban asignados en el grupo A), aunque en definitiva sus calificaciones eran más altas que las del grupo C.
La primera clase que tenía aquel día era con el tercer grado. Mientras subía las escaleras hasta el tercer piso (y miraba a los demás alumnos de primero y segundo grado que esperaban a sus profesores cerca de sus aulas), no podía dejar de preguntarse si podría ser un profesor que sus alumnos llegasen a querer, o mínimo a respetar. Sabía que los alumnos del tercer grado serían los más apegados a su antigua profesora de matemáticas (llevaban ya casi tres años conociéndola, y además había sido su titular), por lo que se encontraba un poco temeroso de como fuesen a reaccionar al ver que por aquella puerta no aparecía la profesora Sasaki, sino un total y completo desconocido.
Se preguntó si los jóvenes serían mucho más suspicaces en darse cuenta que no era japonés, que alguno de ellos viese el arma que llevaba oculta dentro de su saco, y por un instante tuvo miedo de que su plan de mezclarse con los ciudadanos de Tomoeda se viniese abajo por culpa de unos muchachos revoltosos que cuando decidieran investigar quién era su nuevo profesor descubriesen aquellas lagunas enormes en su falsa identidad. Y la paranoia lo llevó a pensar que, si se veía descubierto, ya no podría salir a recorrer las calles de Tomoeda, e involucrarse con sus habitantes, y así se vería imposibilitado de buscar a aquella persona que lo ayudaría a salvar a su Clan y regresar con su familia…
Cuando llegó al salón B del tercer grado, tuvo que tomarse un par de segundos para tomar aire, y calmar aquel ataque de paranoia que estaba ocasionando le temblase todo el cuerpo. Cuando finalmente pudo recuperar una respiración normal, abrió la puerta corrediza. Sus alumnos (se sentía tan extraño de pensar en ellos con ese título) lo esperaban sentados en sus pupitres. Aquellos veintiocho pares de ojos lo miraron cerrar la puerta con detenimiento, y lo siguieron en silencio cuando cruzó por delante del aula y dejó su maletín sobre el escritorio.
Miró una vez más a sus alumnos, y casi al instante identificó a aquel par de muchachas con las que había tropezado hacía varias semanas en el Parque Pingüino. Era muy difícil el no perderlas de vista, después de todo, una resaltaba por aquel largo cabello grisáceo, mientras que la otra tenía aquel par de enormes ojos verdes, que era casi imposible el no fijarse en ellas. Extrañamente, el encontrar aquel par de "caras familiares", lo hizo sentirse un poco más en confianza, y dirigiendo una sonrisa a su clase, finalmente se presentó:
-Buenos días. Mi nombre es Li Syaoran, y seré su profesor sustituto en lo que resta del ciclo escolar.
Inmediatamente, una de las alumnas sentada en la primera fila, alzó la mano. Syaoran la miró, y con un asentimiento de cabeza, le indicó que podía hablar.
-Profesor Li –dijo la muchacha, de corto cabello castaño, y gafas redondas, mientras lentamente bajaba su mano-. ¿Será usted nuestro nuevo profesor titular?
-¿Sabe por qué se marchó la profesora Sasaki? –preguntó otro alumno, quien no había levantado la mano para nada.
Syaoran no pudo evitar fruncir el entrecejo ante aquella falta de respeto, pero se apuró a responder de la manera más educada que le fue posible.
-La dirección no me ha solicitado el tomar el rol de titular, pero si me lo ofreciesen, no tengo ningún inconveniente en aceptar –dijo a nadie en particular-. Sin embargo, el contrato que he firmado estipula únicamente el ser un profesor sustituto, y por ello mismo, no se me ha informado sobre los detalles de la partida de su profesora… Sasaki, ¿cierto? –procedió a mentir, como si no estuviese al corriente de todos los detalles de su vida, gracias a la consejera Chiharu.
Para hacerlo aún más creíble, le dedicó una sonrisa a la alumna que había alzado la mano, y para no dar oportunidad a que el resto de los alumnos formulase más preguntas que no pudiese contestar (y para demostrar que podía controlar a veintiocho adolescentes), procedió a abrir su maletín y extraer su material de trabajo, entre ellos, la lista de asistencia.
-Voy a suponer que ninguno de ustedes tiene esa desagradable costumbre de faltar a clase –dijo al tiempo que buscaba una pluma-, pero deberán de soportar que pase asistencia durante un par de semanas, hasta que me aprenda sus nombres.
Una leve risa general le indicó que quizá sus alumnos no lo odiasen, y con aquel pensamiento positivo, inició con el pase de lista.
-Ayami –dijo en voz alta, y tras leer el apellido, miró a la clase, donde el alumno que no había alzado la mano para formular su pregunta, musitó con voz clara "presente". Contuvo una sonrisa (marcó el apellido con un veloz garabato) y continuó con el siguiente nombre.
Cuando llegó a la D, descubrió que el nombre de la joven de largo cabello grisáceo era Daidouji Tomoyo. La K le reveló el nombre de la joven de ojos verdes (Kinomoto Sakura), y finalmente, cuando llegó a la Y (el último nombre de la lista, Yanagisawa Naoko), realizó también un garabato para identificar a aquella joven que había alzado la mano, y se había dirigido a él de manera educada, cuando le había permitido la palabra.
Lo que hicieron en aquella hora y cincuenta minutos restantes de clase, fue el realizar un repaso de lo último que habían visto con la profesora Sasaki, antes de su partida. Les pidió también entregasen la tarea que les había sido asignada en vacaciones, y prometió que se las regresaría calificada para la siguiente semana. La idea de Syaoran era determinar el nivel en el que se encontraban sus alumnos, los temas que dominaban y si estaban listos para proceder con el siguiente bloque trimestral, así como para identificar aquellos alumnos que estuviesen más rezagados y necesitasen ayuda extra para poder ponerse a la par de sus compañeros.
Repitió el mismo patrón con la siguiente clase que tuvo con el primer grado. Por fortuna, con ellos no ocurrió aquel intercambio de preguntas sobre la ausencia de la profesora Sasaki, pues parecía que no habían pasado suficiente tiempo con su antigua titular, y no echaban en falta su ausencia, como para mirar al profesor sustituto con desconfianza.
A mediodía, tuvo una hora libre para regresar a la sala de profesores a comer el almuerzo, y finalmente, regresó a dar su última clase del día, con el segundo grado, donde una vez más se presentó como profesor sustituto, procedió a pasar lista, e inició con la evaluación de sus alumnos.
Cuando la campana que indicó el final del día finalmente se escuchó, no pudo evitar sonreír, aliviado. Mientras se dirigía una vez más a la sala de profesores, se sintió mentalmente agotado (cosa completamente lógica), pero se sorprendió de encontrarse a sí mismo también exhausto físicamente. Había pasado lista en sus tres clases, y había sumado la alarmante cantidad de setenta y seis alumnos. El solo pensar que tenía setenta y seis tareas de verano que revisar hizo que le doliera aún más la cabeza, si es que era posible.
Se tomó un tiempo para conversar con los demás profesores que también se tomaban un descanso de la agotadora jornada, antes de regresar a sus casas, y agradeció de todo corazón los consejos que sus compañeros de trabajo se ofrecieron a compartir con él.
-Es cierto que quizá no te aprendas los nombres de todos tus alumnos, o los reconozcas a veces como tuyos –dijo la profesora de educación física-. ¡Son tantos y duran apenas un par de años antes de que tengamos que decirles adiós, que es simplemente imposible el recordarlos a todos!
-Pero siempre va a haber unos que destacarán más que el resto –intervino la profesora de inglés-. Ya sea por motivos buenos o malos…
-Claro, uno siempre apreciará a los que en verdad quieren aprender y se interesan por tu clase –el profesor de historia se apuró a incluirse en la conversación-. Y también detestarás a aquellos diablillos que solo viven para molestar y no se esfuerzan en aprender por más que quieras tratar de enseñarles que dos más dos son cuatro –el grupo no pudo evitar reír-. ¡Ah, pero si eres profesor de matemáticas! Disculpa el mal chiste.
-También vas a distinguir a aquellos que se retrasan académicamente del resto del grupo –continuó la profesora de química-. Con ellos debes de tener especial cuidado. No es que no quieran aprender, sino que se les complica. Hay que tenerlos bien ubicados para poder ayudarlos, ya que muchas veces ellos tampoco saben cómo pedir ayuda, y eso solo ocasiona que se retrasen aún más y sus notas bajen…
Cuando salió del aula de profesores, el reloj marcaba las tres de la tarde. Quedaban muy pocos alumnos en las instalaciones (la mayoría de los alumnos asistían a sus clubes después de clase, pero estos no reanudaban con sus actividades hasta la siguiente semana), por lo que inició la tranquila caminata, hasta llegar al Parque Pingüino. Meilin se había ofrecido a esperarlo en el parque pingüino, antes de acudir a su empleo de medio tiempo, solo para ser la primera en preguntarle como había ido su primer día. Así, mientras caminaba por el caminito de ladrillo naranja, pudo ver a la joven ya esperándolo, impaciente, como ella sola. Al igual que él, se notaba algo cansada por el estrés de regresar a la escuela e iniciar una vez más con la rutina de clases, tareas, sesiones de estudio y exámenes, y, sin embargo, lo recibió con una de sus habituales sonrisas.
-¿Qué tal ha ido el primer día de clases, profesor?
Syaoran no pudo evitar reír por lo bajo.
-Setenta y seis alumnos –dijo en un suspiro.
-¿Te has aprendido al menos el nombre de uno? –se burló Meilin.
-He memorizado ya el nombre de seis, lo que significa que a este ritmo podré memorizar todos los nombres en doce punto sesenta y siete días, lo que eliminando los fines de semana, son dos punto cincuenta y tres semanas…
-Eww –dijo Meilin, haciendo una expresión de asco-. Profesor de matemáticas tenías que ser…
-¿Qué dices de mejor acompañarme a hacer la compra?
-Tengo que ir a mi empleo de medio tiempo en la librería, ¿recuerdas? Solo quería verte para saber cómo había ido tu día.
-Hablando de ese empleo, he estado pensando... ¿No sería mejor que lo dejases? –Meilin miró a su primo, ligeramente sorprendida, Syaoran se apuró a explicarse-. Es decir, estás en tu último semestre de Universidad, me gustaría que te enfocases en ello y pudieses graduarte con honores. Además, considerando nosotros tres tenemos empleos a tiempo completo, podemos cubrir tu parte de los gastos...
Meilin prometió que lo pensaría, después de todo había sido completamente independiente durante ya varios años, y no quería ser ahora una carga para los chicos. Aún así, para seguir insistiendo, Syaoran se ofreció a acompañarla a la librería, ante lo cual Meilin no pudo negarse.
Apenas era el primer día de clases después de las vacaciones de invierno, por lo que los alumnos de la Preparatoria Seijo aún contaban con una semana más de libertad antes de retomar las clases con los clubes. Usualmente, al sonar la campana que indicaba el fin de las clases, Sakura y Tomoyo se despedían (una para dirigirse al club de porristas, y la otra al club de coro), y volvían a reunirse dos horas después donde las dos muchachas y Eriol (proveniente del club de académicos), caminaban juntos de regreso a casa.
Sin embargo, como aquella tarde no habían tenido que quedarse, los tres muchachos salieron juntos y se dirigieron al Parque Pingüino. No estaba haciendo mucho frío, y no tenían tareas pendientes (estaban ya anticipando que muy pronto los profesores los atacarían con proyectos y exámenes, dispuestos a prepararlos para el inminente paso a la universidad), por lo que aprovechando tenían el resto del día libre, compraron un chocolate caliente en un puestecito ambulante, y se sentaron en una de las bancas que flanqueaban el caminito de ladrillos anaranjados, mirando a la gente pasar, al tiempo que conversaban sobre bobadas y cosas triviales.
Eso, hasta que lo vieron.
-¡Mira! –dijo Tomoyo, dando un codazo a Eriol-. Es nuestro profesor de matemáticas sustituto.
Tanto Eriol como Sakura, miraron hacia donde Tomoyo señalaba discretamente. Syaoran caminaba por el Parque, ajeno a la presencia de un par de alumnos de su escuela.
-Se ve bastante joven –respondió su novio, y recordando la conversación que habían tenido durante el almuerzo, se apuró a preguntar a la joven de ojos verdes-. ¿Ese es quien te gusta, Sakura?
La aludida no pudo evitar sonrojarse, y para ocultarlo, procedió a mirar su chocolate caliente. Eso, hasta que Tomoyo reventó su burbuja diciendo:
-Ah mira, pero si no está solo.
Sakura se apuró a mirar de nueva cuenta. Efectivamente, su profesor acababa de detenerse frente a una joven de largo cabello negro (al parecer una universitaria ya que llevaba una mochila al hombro, más no portaba uniforme que la identificase como estudiante de alguna preparatoria), alta y delgada, a la cual tuvo que admitir era bastante bonita.
-¿Quién será? –preguntó Eriol a nadie en particular.
Sakura no tenía la menor idea. Los miró conversar, lo miró sonreírle, y finalmente, los miró partir juntos, caminando lado a lado. No se habían tomado de la mano, ni abrazado, pero aun así… aun así él le había sonreído cálidamente, y ella lo miraba de vuelta con aquella radiante expresión de felicidad, con lo que no pudo evitar preguntarse qué sería ella de él.
Se le encogió un poco el corazón al pensar que quizá fuese su novia.
Tengo un buen motivo por el cual Meilin tiene que dejar ese empleo, pero no encontré una excusa lo bastante buena, así que tenemos este Syaoran intento de "yo pago" que no me gusta para nada, pero mi imaginación no me dio para más. Pido perdón (?
En el siguiente capi vamos a seguir a Sakura en su etapa simp un poquito más, espero no se cansen de ello (? Y con esto dicho, espero el capi les haya gustado lo suficiente como para que me dejen un like o follow, los reviews también se aprecian C:
Nos seguimos leyendo!
Ribo~
