Capítulo 9

Familia


Los Amamiya habían sido una familia muy cercana, durante muchas generaciones. Las primas Sonomi y Nadeshiko Amamiya lo habían confirmado una vez más cuando se volvieron mejores amigas apenas tuvieron uso de razón. Se llevaban una diferencia de edad de apenas cinco meses, siendo Nadeshiko la mayor, aunque era más que claro que Sonomi era la más madura de las dos. Más que nada por la personalidad despistada de la primera, y la personalidad asertiva de la segunda. Sin embargo, aunque sus personalidades hubiesen sido aún más diferentes de lo que ya eran, parecía ser que no había poder humano capaz de destruir el vínculo que se había formado entre ellas. Tal era la naturaleza Amamiya.

Nadeshiko había sido la primera en casarse con un profesor que había conocido en la Universidad de Tokio (cuando cursaba apenas el primer semestre), llamado Fujitaka Kinomoto, y los dos habían recibido a su primer hijo, Touya, al año de casados. La escuela, maternidad y ser ama de casa, todo al mismo tiempo, no impidió que las dos mujeres siguiesen siendo cercanas, y debido al mismo apego de Nadeshiko con el abuelo Masaki, inclusive vivieron juntas un tiempo en la casa de verano de los Amamiya.

Aproximadamente cinco años después, Sonomi sorprendió a la familia casándose también (con un empresario de la capital, de apellido Daidouji), y al igual que su prima, decidió permanecer un tiempo viviendo con el abuelo, debido al vínculo familiar que existía.

Los acontecimientos que siguieron se ocurrieron en paz, hasta que un año después, Sonomi anunció su primer embarazo. Una niña. Y como si las coincidencias fuesen el pan de cada día, cinco meses más tarde, Nadeshiko se unió con la celebración de su segundo embarazo, esperando ella también una fémina.

Así fue como la primera en nacer fue Tomoyo Daidouji. Repitiendo el patrón que había iniciado con su madre y su prima (siendo el par de recién nacidas, primas segundas), Sakura Kinomoto nació cinco meses después. Al igual que sus madres, y teniendo apenas uso de razón, parecía ser que Sakura sería igual de despistada como su madre, mientras que Tomoyo daba todo el indicio de ser más madura y centrada, tal como lo había sido su propia progenitora.

Las cosas marchaban bien en la casa de verano de los Amamiya. La fortuna les había sonreído con un Touya que cada día se volvía más guapo, fuerte e inteligente, mientras que las niñas, Tomoyo y Sakura, se convertían en pequeños brotes de flor que disfrutaban de una infancia alegre y plena, rodeadas de sus seres queridos.

Eso, hasta que, a la tierna edad de cuatro años, las desgracias comenzaron a ocurrirse.

Todo inició una noche de finales de otoño. El frío poco a poco se instalaba, y las lluvias se habían vuelto una constante. Aquella noche no fue diferente, y mientras los niños se protegían y jugaban en una de las habitaciones de la planta alta de la casa de verano, los adultos se preocupaban de sus asuntos, en la planta baja, todos completamente ajenos a la tormenta que se desataba fuera.

Entonces, alrededor de media noche, cuando Tomoyo preguntó por su padre (no había pasado noche en toda su vida sin que el hombre la llevase a la cama, le contase un cuento, y le diese un beso antes de dormir), el teléfono resonó en el recibidor, con lo que su madre se apuró a responder.

La calidez de la noche, producto de aquella chimenea encendida, se volvió imperceptible, cuando Sonomi se hincó delante de su única hija, y con voz temblorosa pronunció las palabras:

-Tu padre ha sufrido un accidente automovilístico. No volverá nunca más.

El mundo de los adultos cambió y se enfocó en la planeación de un funeral, lectura de testamento, y demás asuntos de adultos, mientras que el de Tomoyo se derrumbaba al no poder entender a dónde había partido su padre, y por qué no podría volver a verlo.

Bajo el techo de la casa de verano, su única compañía y apoyo fue Sakura. La que tomó su mano, le infundió calor con sus abrazos y palabras, y limpió sus lágrimas, fue su prima.

Lo que no sabía, era que le regresaría el favor, apenas unos meses después.

Era casi finales de primavera. El frío del invierno se había marchado y el calor sofocante del verano se encontraba a la vuelta de la esquina. Aquella mañana, mientas las dos niñas se preparaban para festejar en el templo local el cumpleaños de la madre de Touya y Sakura, las malas noticias sacudieron a la familia: Nadeshiko Kinomoto había muerto.

-¡Hay sangre, mamá está en un charco de sangre! -había sido el grito de Touya, y antes de que pudiese acercarse a su progenitora, su padre lo detuvo, aprisionándolo en un firme abrazo.

-¡No lo mires, Touya, no lo mires!

Sakura solo contó con el firme agarre de la manita de Tomoyo, al tiempo que las dos eran llevadas al interior de su habitación compartida, impidiéndoles ver aquella escena, que se había llevado a cabo en el recibidor de la casa de verano de los Amamiya.

La versión oficial había indicado que la muerte de Nadeshiko Kinomoto se había debido a un derrame cerebral, que había provocado se desmayase en pleno recibidor de la casa. Y mientras se organizaba un nuevo funeral, las discusiones empezaron a surgir entre los Daidouji y los Kinomoto, contra los Amamiya.

Antes de que llegase el verano, Sonomi y Fujitaka habían decidido que no podían seguir viviendo en la casa de verano, y tomando cada uno a sus hijos, cortaron lazos con los Amamiya, dejando así a los abuelos completamente solos.

Esto no significó que los Daidouji y Kinomoto no siguieran frecuentándose. Al contrario, Sonomi y Fujitaka no habían tenido reparo en hacer que sus hijos acudiesen a la misma escuela, y debido a que las hijas de ambos tenían la misma edad, Sakura y Tomoyo habían terminado en el mismo salón de jardín de infantes, continuando así con su amistad, e inclusive, fortaleciéndola.

Tenían apenas cinco años, pero Tomoyo sabía ya que, así como Sakura la había protegido ante la ausencia de su padre, ella debía hacer lo mismo. No solo ante la falta de su madre, sino ante cualquier adversidad que se presentase. Estaban unidas de por vida, y no había nadie con el poder suficiente para separarlas. Fuera de las tragedias que habían involucrado a sus familias, la joven de largo cabello grisáceo sabía que era su deber defender a su prima. Había algo en Sakura que provocaba que Tomoyo quisiese mantenerla a salvo, protegida de todo mal. Lo había sabido desde que tenía uso de razón. Lo había presentido desde el momento en que su familia se había visto rota.

Y lo había confirmado cuando aquel trío de niñas de cinco años se acercó a su prima y mejor amiga, con la clara intención de querer hacerle daño.

Había vivido con ese presentimiento de que algo pasaría, durante varios meses. Era una corazonada, un sentimiento de opresión en el pecho, una sensación de cosquilleo en la punta de los dedos, un escalofrío en cada poro de su piel. Desde que vio cómo se acercaron a su prima en el jardín de infantes aquella mañana al inicio del curso, y se habían reído de algo que Sakura había respondido. Sabía que algo malo pasaría, especialmente cuando la nena de ojos verdes no había reído con ellas.

Algo andaba mal. Lo sospechó cuando escuchó las risas de las niñas, y vio como Sakura sonreía tristemente. Una broma en la cual su prima no había participado, o no comprendía. Muy probablemente una broma a sus costillas.

Sabía que algo iba a ocurrir. Lo que le preocupaba era el cuándo, y más que nada, no poder hacer nada para evitarlo. Y sin poder anticiparse a los acontecimientos, su presentimiento fue confirmado cuando esa tarde de primero de abril, después de regalar a Sakura una flor de cerezo, la vio salir del jardín de infantes sin ella. Tenía un raspón en la mejilla, la falda llena de lodo, y podía ver que su prima había llorado.

-Akiho y sus amigas querían mi flor –dijo al ver cómo Tomoyo corría hacia ella, a toda la velocidad que sus cortas piernas le permitían-. Yo fui egoísta y no podía soltarla –se explicó, con una sonrisa triste, al tiempo que se limpiaba los restos de lágrimas de su carita-. Porque fue tu regalo de cumpleaños, Tomoyo. Pero… Akiho la quería más –dijo finalmente, y su sonrisa, si bien temblorosa, se ensanchó-. Lo entendí cuando forcejeamos por ella y yo caí al piso…

-¡Te empujaron! –exclamó una indignada Tomoyo, y ya estaba por ir a decirle a la tal Akiho unas cuantas cosas, cuando la dulce voz de Sakura, así como el sentir su manita en la suya, la detuvo.

-No, fue un accidente. Si yo le hubiese dado la flor a Akiho, no hubiésemos forcejeado. Debo aprender a compartir, Tomoyo.

Se le rompió el corazón. ¿Cómo podía hacerle entender que no había sido así? ¿Qué ella no tenía la culpa de nada? ¿Qué ella era inocente y aquella tal Akiho una abusiva?

Lo solucionó al día siguiente, armando una riña en el descanso. Se vengó empujando a Akiho de vuelta, pisado el borde de la falda de su uniforme blanco no solo para ensuciarla, sino para el impedirle se pusiese en pie, y lo remató soltándole una cachetada en el rostro, para posteriormente aventarle una arrugada y marchitada flor de cerezo encima de su cabeza.

-¡Si tanto la quieres, consigue la tuya! –le dijo, con lágrimas prendiendo de sus pestañas.

Llamaron a su madre. Aquella vez fue la primera y única vez que Sonomi Daidouji tuvo que regañar a su única hija. El acto la había tomado tan de sorpresa, que tampoco fue un regaño en sí. Apenas una explicación de que lo que había hecho estaba mal, y no debía de repetirse. Pero Tomoyo sabía que, aunque su madre hubiese optado por gritarle, golpearla, o le hubiese quitado los juguetes e impedido el salir a jugar… ella lo hubiese hecho de nuevo.

La consecuencia de aquella pelea (si es que se le puede llamar pelea, pues Akiho no opuso resistencia alguna), y aunado al hecho de que al año siguiente Akiho se había mudado fuera de la ciudad, sirvieron para poner el nombre de Daidouji Tomoyo, en la lista de las personas con las que los demás compañeros no querían tener problemas.

Y así habían transcurrido todos esos años de escuela primaria, secundaria y preparatoria. Siempre cerca de Sakura, su intuición nunca fallaba. Sabia, por ejemplo, que podía confiar en Eriol para que él también protegiese a Sakura. Su alma era amable, y tenía un alto sentido de la justicia y el deber, ante los demás. Por ello, y por sus delicadas atenciones hacia ella, era mayormente el motivo por el cual el joven se había vuelto su novio.

Sabía también que, si bien Ayami, su compañero de clase no era un chico malo, si tenía que proteger a Sakura de él. Era vago, grosero, irresponsable… y no era la clase de persona con la que quería que su prima hiciese amistades. También sabía que la persona que menos causaría problemas era Naoko, e inclusive podía considerarla una amiga, al igual que Yamazaki, cuyo peor defecto era ser chismoso…

Pero de quien no hubiese esperado el confiar, era en su profesor sustituto de matemáticas. Era extraño, pero sabía que, si ponía en sus manos el proteger a Sakura, él ayudaría. Era por eso que le había confiado su secreto. Era por eso que se le había hecho tan fácil el confesar porqué mentía con sus calificaciones. La verdad había salido de sus labios tan sencillamente, como si comentase sobre el clima… Y es que su profesor tenía un aura, como si en realidad, el que necesitase que se le protegiera, era a él, y, aun así, estuviese dispuesto a ayudar a los demás, antes que a sí mismo. Era exactamente el mismo sentimiento que le transmitía Sakura.

En cierto modo, también era como si se viese a sí misma reflejada en él. Se preguntó qué secretos guardaría el profesor Li, y si era aquel encanto lo que había provocado que Sakura hubiese quedado flechada por él, así fuese un simple amor platónico.

Y fue por ello que, pese a saber no tomaría las clases extracurriculares con Sakura, aceptó de cualquier manera el pasar tiempo con él.

Sabiendo que aún no era tiempo para confesar su secreto a su prima, la muchacha de largo cabello grisáceo no tuvo de otra más que mentirle a Sakura, diciendo que el profesor Li simplemente deseaba ayudarle a que subiese sus notas si deseaba entrar a la Universidad de Tokio. Y como justamente aquel había sido el mismo discurso que había recibido la joven de ojos verdes, la menor de los Kinomoto se encontró más que satisfecha con la respuesta, con lo que no hizo más preguntas.


La semana transcurrió en relativa paz. Entre clases y su programación del temario que llevaría en sus reuniones extracurriculares con sus seleccionados alumnos (tres veces a la semana), era cierto que la carga de trabajo poco a poco se iba haciendo más intensa. Una clara señal de que estaban a poco menos de seis meses del fin de las clases y la llegada del verano. Pero para sus alumnos del tercer grado, aquellos seis meses significaban algo diferente: una cuenta regresiva cuyo destino final era la admisión a la Universidad.

Meilin había dicho que a ella le encantaría tener visitas en casa, adolescentes como ella (se negaba a aceptar que ya era un adulto joven) con las cuales pudiese platicar y quizá formar una amistad. Fye había comentado que le gustaría conocer a los alumnos que Syaoran tomaría bajo la excusa de tutelar, para poder asegurarse de que no notaba rastros de magia en sus seres. Y Kurogane había dicho que por él no había problema ya que nunca estaba en casa y le era indiferente si se tenían visitas o no.

Pero Syaoran sabía que llevar a sus alumnos a su propio departamento para tomar sus clases extracurriculares era ir demasiado lejos. Ese tipo de acciones no se vería bien de un profesor, y era muy probable que directivos (o peor, padres de familia) malinterpretaran la situación. Fue por ello que aquel viernes, anunció a sus alumnos seleccionados, de los tres diferentes grados, el programa de clases extra que llevarían durante los siguientes meses, el cual se llevaría a cabo en la sala de profesores, una vez hubiesen terminado con las actividades de los clubes.

Debido a que el ritmo de aprendizaje y trabajo que llevarían sería diferente, el profesor Li había indicado a Sakura que ella estudiaría separada de Naoko y Tomoyo. Y así, mientras la mejor del curso y la joven de ojos violetas debían acudir a clases particulares todos los lunes, Sakura debía presentarse sin falta, todos los viernes, empezando por ese mismo día.

Se despidió de Tomoyo cuando sonó la campana que indicaba en fin de las clases. El concentrarse en la clase del club de porristas de aquella tarde fue casi una tortura, y cuando finalmente transcurrieron aquellas dos horas, la joven de ojos verdes fue la primera en abandonar la cancha de atletismo, dirigiéndose a los vestidores para cambiarse el uniforme de porristas a toda la velocidad que sus propios reflejos le permitieron.

Escasos diez minutos después, la menor de los Kinomoto se encontraba ya fuera del aula de profesores, ansiosa. No solo por mirar a su guapo profesor, sino por la promesa de que antes de que terminase el verano, los resultados de aquel curso intensivo darían como resultado una carta de aceptación, en la Universidad de Tokio. Aquel sitio significaba mucho para ella. Era el lugar donde sus padres se habían conocido y enamorado. Era el lugar donde generaciones de Amamiya se habían instruido. Era el sitio de donde Touya se había graduado, hacía apenas un año. Era el mejor sitio donde Tomoyo podría estudiar su soñada carrera. Era el sitio donde ella también tenía que pertenecer.


Hello!

Aquí tenemos un poco el contexto de la familia de Sakura y Tomoyo -los Amamiya. Apesar de que allí arriba dice que la muerte del padre de Tomoyo fue un "accidente automovilístico", es igualmente una coartada (como el "derrame cerebral" de Nadeshiko) para proteger a las niñas (y Touya). Creo que sin necesidad de explicar más se entiende el motivo de las muertes, y quién está detrás de estos atentados, ¿verdad? Por si no quedó del todo claro, tendremos un poquito más de contexto en el siguiente capi, donde Syaoran empezará a unir piezas.

Para no meterme en terreno de spoilers, dejo el comentario aquí (sé que tenía algo más que decirles sobre los Reed, pero la verdad no recuerdo que era xd), y espero nos leamos de nuevo este fin de semana. Un abrazo! Sigan bellos~

Ribo~