Capítulo 10
Kinomoto
-Encontré lo que pediste –dijo Meilin, aquella noche cuando regresaban a casa-. Tomoeda es una ciudad relativamente joven, y el número de habitantes no es muy grande. El registro de familias no es tan extenso, y el de las adineradas apenas lista un par de nombres. No me hubiese llevado mucho tiempo investigar todos esos apellidos, pero hubo uno en especial que llamó mi atención.
Meilin se apuró a pasar aquel trozo de periódico viejo. Una noticia, de hacía aproximadamente quince años. El encabezado rezaba "Gracias a la ayuda del doctor Amamiya Masaki, la heredera del templo Tsukimine ha vencido su enfermedad". Syaoran estaba a punto de regañarla por robar propiedad histórica de la biblioteca (pues Meilin no se había molestado en sacar una copia), pero prefirió dejarlo para después, y comenzó a leer.
Kaho Mizuki, la hija del sacerdote Mizuki, ha respondido satisfactoriamente al tratamiento administrado por el doctor Masaki y su esposa, viéndose finalmente curada del cáncer que le afectaba desde hacía casi cinco años.
Un extraño caso de cáncer en los tejidos de sus músculos, había confinado a la joven Kaho en una silla de ruedas, con la sentencia de no poder caminar nunca más. Sin embargo, gracias a la intervención médica del doctor Masaki, y herbolaria de su esposa, la joven finalmente ha podido ponerse en pie una vez más.
-Hicimos lo mejor que pudimos para combinar ambas ramas de la medicina –explicó la señora Amamiya-. Es lo menos que podíamos hacer por alguien tan querido y respetado en nuestra comunidad.
Como respuesta, el sacerdote Mizuki ha decidido honrar a los Amamiya en su propio templo.
-Es como si estuviese predestinado –dijo el sacerdote, indicando la manera de escribir los kanjis de los Amamiya, que de manera literal puede leerse como "templo lluvioso"-. Queremos que los Amamiya puedan dejar un símbolo del eterno agradecimiento que los Mizuki tenemos con ellos. Es por eso, que he decidido ofrecerles el cambiar el símbolo de nuestro templo.
Ante esta propuesta, el doctor Masaki respondió:
-Nos honra mucho la invitación, y entendemos las fuertes raíces que los Mizuki poseen con los poderes de la luna. Sin embargo, dadas las circunstancias que nos han traído aquí, el evitar el ocaso de una vida, y permitirle volver a surgir como si se tratase de un amanecer, creemos que lo más indicado sería incluir al sol. Un indicio del inicio de la vida, que es lo que buscamos proteger mi esposa y yo.
El nuevo símbolo del Templo Tsukimine será revelado el próximo mes, durante los festejos de año nuevo, para conmemorar una vez más, la existencia de la vida.
Su corazón dio un vuelco, claro indicio de que se encontraba sobre la pista correcta: el símbolo extraño en el templo de la ciudad, el hecho de que la esposa del doctor Masaki practicase medicina tradicional (muchas veces relacionada con la magia)... No tenía dudas de que los Amamiya eran la familia que estaba buscando. Mientras se guardaba la nota en el bolsillo del abrigo, Syaoran pudo llegar a la conclusión de que Amamiya era justo el apellido que buscaba.
Se sorprendió al comprobar que no se le complicaba el entender lo que el profesor Li le explicaba. Era cierto que tenía que dedicarle un largo tiempo a razonar lo que se le pedía resolver, regresar muchas veces sobre sus pasos, y también le era prácticamente imposible el aprenderse las fórmulas de memoria, pero una vez que comprendía que era lo que debía hacer, sabía cuál era el método a aplicar, y aquello era ya un gran avance.
Las primeras tres sesiones ocurrieron con tranquilidad. El nerviosismo inicial de Sakura por saberse encerrada en el aula de profesores durante dos horas con su guapo profesor de matemáticas, pronto evolucionó a la felicidad de saber que estaba haciendo grandes progresos en una materia que nunca se le había dado bien, y le abriría las puertas para entrar a su soñada Universidad. Su padre era profesor allí, su madre había estudiado en sus aulas, y hacía apenas unos meses Touya se había graduado de allí mismo… Los Kinomoto pertenecían a aquella alma mater, y ella no sería la excepción.
-El siguiente viernes veremos nuestras sesiones suspendidas -dijo el profesor Li, cuando aquella tarde Sakura hubo terminado de realizar los problemas que la distribución de Bernoulli, reduciendo su número de errores en un -27%-. Sé que la fecha del examen de admisión a la Universidad de Tokio está cada vez más próxima, pero igualmente sé que una joven como tú estará más ocupada prestando atención a las celebraciones de San Valentín… es decir, una chica de tu edad seguramente tendrá ya planes.
Se encontraba inclinada en el borde de la mesa; había estado metiendo sus apuntes en la mochila, cuando las palabras de su profesor la hicieron detenerse en seco. Era una suerte que el profesor Li también estuviese ocupado guardando sus cosas en su maletín, con lo que no logró ver como su alumna se sonrojaba.
-Ah, pues yo…
La verdad era que no tenía planes con ningún chico, pero esperaba poder visitar a su hermano al cual hacía varias semanas que no veía, y como su padre había prometido que harían chocolate juntos… Desvió sus pensamientos y su mirada a su profesor (el cual seguía concentrado en hacer que sus libros de trigonometría cupieran dentro del maletín), y por una fracción de segundo, se lo imaginó en una cita con su novia Yui…
Una caminata tomados de la mano por el parque pingüino, y quizá un café y un pedazo de pastel de chocolate en la panadería local. O quizá fuese algo mucho más íntimo y pasarían el día encerrados en su departamento, mirando una película abrazados en el sillón, o quizá la cama que compartían cada noche fuese más convincente…
-Pero si gustas –continuó su profesor, ajeno a lo lejos que había llevado su imaginación a su alumna-, podemos aumentar nuestras sesiones a dos veces por semana, o extender los horarios, si no tienen problema en tu casa por el hecho de que llegues tarde.
No pudo evitar sonreír a toda velocidad. El profesor Li le podía decir que se aventase a la interestatal y ella lo haría sin dudarlo.
-Lo… lo veré entonces el lunes en clases, profesor Li.
El profesor Li le dedicó una cálida sonrisa (completamente ajeno al drama que Sakura había imaginado hacía escasos cinco segundos), con lo que la joven tuvo que hacer su mejor esfuerzo para responder del mismo modo y no volverse a sonrojar. Sabiendo que le sería casi imposible, Sakura se apuró a despedirse con una veloz inclinación, tomar su mochila, y salir del aula de profesores.
Era ya casi la hora de la cena, y aún tenía que comprar los ingredientes. Más le valía darse prisa.
-¡Estoy en casa! -se anunció cuando llegó y entró por el recibidor. La recibió un silencio casi total, así como la oscuridad que poco a poco envolvía la casa, producto de la puesta de sol que se estaba ocurriendo en esos momentos.
Tras quitarse los zapatos, y cambiarse por las pantuflas, se dirigió a la sala, donde el tablón de anuncios (que ahora que el nombre de Touya no figuraba en él, se veía mucho más grande), confirmó que tendría la casa para sí sola durante unas dos horas más. Su padre tenía una investigación en curso, y se quedaría en la facultad hasta tarde, terminando de organizar sus documentos.
No le tomó mucha importancia al hecho de estar sola en casa (así había ocurrido en muchas ocasiones, pues mientras su padre investigaba, Touya se la pasaba trabajando en empleos de medio tiempo), por lo que dio media vuelta, y se dirigió a la cocina, donde colocó las bolsas de la compra, y se dispuso a sacar todo.
-¡Kero! -dijo en un susurro, al tiempo que recordaba a su pequeño gato. Posponiendo momentáneamente la elaboración de la cena, se dirigió a toda velocidad escaleras arriba, rumbo a su habitación, donde, protegido en el interior de una caja y envuelto en una esponjosa cobija, se encontraba aquel pequeño gatito de casi dos meses de edad, que dormitaba, respirando con dificultad.
Lo miró con ternura. Lo acarició suavemente detrás de las orejitas, con lo que el minino se agitó levemente, inclusive estiró una patita, simulando querer alejar aquel toque, pero continuó dormido. La joven no pudo evitar morderse el labio, preocupada. Touya dijo que sería difícil. Había sido un milagro que siguiera vivo, y aquello se comprobaba en su diminuto tamaño, evidente desnutrición, y tardío desarrollo. Sus oídos y ojos habían tardado en abrirse, y aún ahora, cuando debería de ser ya un gatito explorador, seguía durmiendo la mayor parte del tiempo, como haría un recién nacido.
Se aseguró de que la cobija no estuviese sucia de desechos, y tras hacerle un nuevo cariñito, volvió a bajar para ahora sí, empezar a hacer la cena.
La cena de esa noche eran tortitas de camarón, con lo que la joven se apuró a limpiar los camarones, cortarlos en trozos pequeños, realizar la mezcla, y revolcar las tortitas en harina, huevo, y pan molido, antes de proceder a calentar el aceite. Lejos habían quedado los días en que le tenía miedo al aceite hirviendo, y ahora, a sus dieciocho años, el deslizar las tortitas en el interior del caliente líquido, fue cosa fácil.
Como acompañamiento, lavó, peló y puso a hervir un par de papas, con los que terminó preparando puré. También limpió los vegetales, y tras cortar todo en trozos medianos, los mezcló en un bowl para dejar lista una fresca ensalada.
Su arduo trabajo concluyó alrededor de las ocho. Según el tablón de anuncios, su padre no llegaría hasta dentro de una hora más tarde, y debido a que la alimentación de su pequeño gatito era estricta, Sakura prefirió aguantar un poco más el hambre, para atender a su minino y al mismo tiempo esperar a su padre para cenar juntos. Así, guardando un par de cosas en el refrigerador, y cubriendo las tortitas para que no se enfriasen, la joven se apuró a calentar un poco de agua y preparar la fórmula que su hermano le había dado. Una vez estuvo bien disuelta y comprobó que no quedaba ningún grumo (así como comprobar que la temperatura era la correcta), Sakura subió nuevamente a su recámara a despertar al minino para darle su leche.
-Kero… es hora de comer –le dijo en un cálido susurro al gatito, al tiempo que dejaba la pequeña mamila con leche a un lado de ella, y volvía a acariciar al minino-. Vamos, despierta. Tienes que comer.
Kero se limitó a no hacer caso. Con los ojos cerrados, se dejó tomar por Sakura, provocando que su cabeza se tambalease un poco.
-¿Kero? –dijo la joven, ligeramente preocupada. Tocó suavemente la nariz del gatito, pero no obtuvo respuesta alguna.
Comenzaba a angustiarse. Intentó acariciarlo con un poco más de fuerza, esperando que el minino estirase las patitas para alejarse de aquel contacto, pero una vez más, el gato no se movió.
-Kero… -susurró asustada. Y sin poderse contener, con las lágrimas amenazando con salir, un grito ahogado salió de sus labios-: ¡Touya!
Lo envolvió como pudo en su manta, pero con el suficiente cuidado como para no aplastarlo. Sin embargo, al ponerse de pie, no se fijó en la mamila con leche que esperaba junto a ella, la cual fue pateada, provocando que rodase por debajo de la cama. No le tomó importancia: era más urgente salir de su habitación, bajar a ponerse los zapatos, y salir de la casa. Tenía que llegar al consultorio de su hermano, ya.
Corrió por la calle, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Lloriqueaba como niña pequeña, y de vez en vez gritaba en voz baja el nombre de su hermano. Cruzó el parque pingüino en tiempo récord, y tuvo suerte de que no hubiese tráfico pesado que le provocase el esperar a que la luz cambiase, o peor, que la atropellase en el par de ocasiones que cruzó sin mirar.
Para cuando llegó al edificio de departamentos donde vivía su hermano (y cuyo consultorio se encontraba en la pequeña plaza comercial, ubicada en la planta baja), las lágrimas provocaban que ya no pudiese ver nada que no estuviese a menos de medio metro de distancia. Fue por ello que no se percató que la veterinaria de su hermano se encontraba ya cerrada hasta que no estampó su hombro con la puerta. Gritó el nombre de su hermano un par de veces (las luces seguían encendidas después de todo), y golpeó con el puño provocando que el cristal se agitase, pero al darse cuenta de que nadie salía del local a abrirle, optó por dar media vuelta y dirigirse a las escaleras, para buscarlo en su departamento.
Sin embargo, una vez más las lágrimas, y la prisa, impidieron que viese más allá de su nariz, y un chillido, así como un dolor en el brazo, le reveló que una vez más, había chocado, esta vez, con alguien.
-¡Per… perdone! –dijo entre gemidos.
-Des… descuida –dijo una voz femenina, al darse cuenta de que la muchacha se encontraba llorando.
-¿Kinomoto? –preguntó una voz masculina-. ¿Te encuentras bien?
-¿La conoces? –dijo aquella mujer.
-Sí, es mi alumna…
-¿Sakura? –dijo otra voz a sus espaldas. Voz que reconoció al instante.
-¡Touya!
Dio media vuelta. Su hermano acaba de quitar el seguro de la puerta de su local, y apenas abrió, su hermana menor se arrojó a sus brazos, lloriqueando con fuerza, mientras le extendía a su hermano aquella mantita que protegía el diminuto bulto que era su gatito.
-Doctor Kinomoto… -susurró Meilin.
-¡Touya, tienes que ayudarme! –gritó Sakura.
-Llévalo dentro –dijo el veterinario sin perder la calma.
La menor de los Kinomoto se apuró a obedecer. Entró al local sin despedirse de su profesor sustituto, mientras él y su acompañante la miraban estupefactos, sin lograr entender del todo qué era lo que había provocado que la muchacha se pusiese en aquel estado tan alterado.
Touya, por su parte, les dirigió un cordial saludo que consistió en leve asentimiento de cabeza, cosa que el par respondió del mismo modo, y tras cerrar nuevamente la puerta, se apuró a seguir a su hermana dentro del consultorio.
-¿Dijiste tu alumna? –preguntó Meilin a su primo, el cual se limitó a asentir-. ¿La llamaste Kinomoto, no fue así? –Syaoran volvió a decir que sí con la cabeza.
-De hecho, es de las que toma clases extracurriculares –agregó, no muy seguro de que pasaba por la mente de su prima.
-Es muy joven para ser su padre… -se dijo a sí misma en voz alta, provocando que Syaoran la mirase aún más confundido de lo que ya estaba-. Si tienen el mismo apellido… No hay de otra, deben ser hermanos…
-¿Estás bien? –se atrevió finalmente a preguntar.
-Debes invitarla a casa –fue la respuesta de Meilin, una vez que pudo quitar los ojos de la veterinaria, y emprendió de nuevo el camino rumbo al departamento, con su primo pisándole los talones.
-¿Por qué? –preguntó Syaoran-. No creo que la mesa directiva ni sus padres lo aprueben, y yo…
-Pues vas a tener que inventarte algo –chilló Meilin, deteniéndose en seco, y provocando que Syaoran se golpease en su espalda. La joven, ajena a aquel golpe, se apuró a dar media vuelta, y mirar a su primo a sus ojos-. Es la hermana menor del Doctor Kinomoto, y si me tengo que volver su mejor amiga para que me consiga una cita con él, estoy dispuesta a sacrificarme.
-¿Qué fue lo que pasó? –preguntó Touya, al tiempo que Sakura colocaba lo más delicadamente que podía al pequeño gatito, y él se apuraba a revisar sus signos vitales.
-Llegué a casa y lo revisé, como me indicaste –explicó entre sollozos-. Todo estaba bien, así que bajé a hacer la cena. Fueron cuarenta minutos a lo mucho… cuando subí a darle la leche, no respondía. No está muerto, ¿verdad? ¡No puede! ¡Lo he cuidado como me dijiste!
Touya se apuró a confirmar que el gatito no respiraba, sin embargo, aún tenía pulso. Se apuró a abrir la boca del gatito, confirmar que no hubiese nada obstruyendo su garganta, y sin esperar un segundo más, procedió a realizar una resucitación con ayuda de un ambú, al tiempo que con la otra mano presionaba ligeramente, para incitar al minino a utilizar sus pulmones.
Fueron los dos minutos más angustiantes que Sakura había sufrido en toda su vida.
-No puede morir, no puede morir… -fue el susurro que adornó aquellos ciento veinte segundos. Cuando Touya finalmente se retiró de la mesa de observación, Sakura no pudo evitar llorar con aún más ahínco al ver como el minino maullaba débilmente, y estiraba las patitas, para liberarse de aquello que empujaba su pecho y llenaba de oxígeno sus pulmones.
-Va a tener que quedarse para observación, ¿de acuerdo? –dijo Touya, mientras tomaba al gato con todo y cobija, y lo colocaba dentro de una incubadora, la cual se apuró a encender.
Sakura asintió en silencio, mientras intentaba limpiarse las lágrimas con el dorso de la mano. Y entonces, sin darse cuenta de que su hermano había ya cerrado la incubadora, y rodeado la mesa de observación, sintió su cálido abrazo, lo que provocó que una nueva oleada de lágrimas se desbordase por su rostro.
-Lo estás haciendo bien, Sakura –dijo el veterinario, al tiempo que se preguntaba si no había sido muy cruel al darle un gatito que tenía menos de 15% de probabilidades de sobrevivir.
Hoy no hay spoilers post-capítulo. Les toca imaginarse ustedes solos lo que el gatito, Sakura cuidándolo, Meilin y Syaoran viviendo arriba del consultorio de Touya, y demás detalles significan. *inserte risa malvada*
¡Nos leemos la siguiente semana! Tengan un bonito fin de semana. Un abrazo.
Ribo~
