Capítulo 18

Ayuda


-Dejamos atrás aquella vida hace muchos años -dijo el profesor Kinomoto, lo que provocó que ahora lo mirasen a él-. Perdimos a mi esposa, Nadeshiko, y al padre de Tomoyo… Prometimos alejarnos de aquello para proteger a nuestros hijos.

Sakura y Tomoyo miraron a sus padres, completamente confundidas. ¿Qué vida? ¿Tenía acaso algo que ver al corto momento en que habían vivido bajo el mismo techo que sus abuelos?

Antes de que pudieran siquiera intercambiar miradas, el profesor Li se apuró a decir:

-La habilidad de mi madre es ver el futuro inmediato. Ella fue la que me mandó a Tomoeda. Ella sabía que aquí había un clan extinto…

-¡Tú lo has dicho, extinto! -se alteró el profesor Kinomoto, lo que tomó por sorpresa a todos, incluida a la señora Daidouji, quien dio un paso atrás, para alejarse del cristal roto que yacía a sus pies-. ¡El clan murió cuando los Reed asesinaron a mi esposa!

-¡Asesinaron también a padre! ¡A mis hermanas! -gritó Syaoran de vuelta, poniéndose de pie-. ¡Y a mi prima, quien inclusive ya no formaba parte del clan Lee! ¡Y van a asesinar a mi madre y a mí mismo, llevándonos a la extinción, a no ser que aquella persona prometida por la visión de mi madre me ayude…!

-No podemos… -susurró el profesor Kinomoto, y en su estado de shock, se apuró a poner a Sakura detrás de sí. Como si temiese que Syaoran la jalase lejos de él-. No dejaré que mi flor de cerezo se ponga en peligro, y sufra el mismo final que mi clavel.

-Fujitaka… -dijo la señora Daidouji, con lo que el profesor dio un paso atrás, aun cubriendo a su hija.

-No, Sonomi. Aquella noche prometimos que el clan Amamiya desaparecería. ¡Perdiste a tu marido! -repitió, como si la señora Daidouji no lo hubiese escuchado la primera vez.

-Papá… -susurró Sakura, incapaz de entender aquella conversación. Sin embargo, su padre la ignoró.

-¿A caso no dijimos que esta guerra era más de lo que podíamos soportar? -insistió el profesor-. Los Reed habían terminado ya con los D. Flourite. Hicieron lo mismo con los Suwa hace muchos años. Y todo apuntaba a que seguíamos nosotros. ¿A caso no dijimos que no queríamos ver a nuestros hijos morir? Tampoco podíamos correr el riesgo de dejarlos sin padres, sufrir el mismo destino que tu marido, o Nadeshiko…

-¿Y qué hay de Touya? -arremetió Sonomi de vuelta-. ¿Qué hay de tu hijo mayor, Fujitaka? Miembros del Clan Lee vivían en ese edificio, y casualmente el lugar estalló en llamas. Creo que sabemos sin lugar a dudas que los Reed están detrás del ataque. Si ellos sabían o no que un miembro del clan Amamiya se encontraba también allí en ese momento no hace la diferencia, porque al final del día, los Reed hirieron a tu hijo. Aun cuando prometieron que nos dejarían en paz, casi lo matan. ¡Se está debatiendo entre la vida y la muerte en estos momentos! -y apuntando a su sobrina con un dedo acusador, agregó-. Ya hubiese muerto si no fuese por Sakura.

La joven miró a su tía segunda, aún más confundida de lo que ya estaba. No había hecho mucho, después de todo los bomberos no la habían dejado acercarse…

-Sakura ha estado usando sus poderes sin darse cuenta. ¡Touya inclusive la ha alentado! Tu viste a ese gato que le regaló -y la señora Daidouji se retorció las manos con fiereza, como si pese a la culpa, fuese ya hora de confesar un crimen-, sus probabilidades de vida no eran muy altas. No sé si lo hizo por indicaciones tuyas, o por instinto propio, pero le dio a ese gato, y ha sido la magia de tu hija lo que la ha mantenido con vida.

-Kero no… Touya, el nunca…

-¿Magia? -preguntaron los adolescentes, pero nadie les prestó la mínima atención.

-Sabes que es cierto -insistió Sonomi-. Si en verdad te hubieses querido distanciar de la guerra entre los clanes, no hubieses permitido que Sakura desarrollase su habilidad. Hubieras prohibido a Touya que la entrenara. Estaba prohibido después de todo, ¿no es así? Bueno, pues creo que ha llegado el momento de dejar de fingir que yo tampoco he hecho nada para ahogar la habilidad de Tomoyo.

-¿Qué has hecho que? –balbuceó Fujitaka.

La señora Daidouji se encogió de hombros.

-Lo que escuchas. Era una habilidad simplemente imposible de suprimir, por lo que me pareció más sensato que simplemente lo desarrollase a su gusto. Y ahora no tiene falla.

-¿Qué habilidad…? -pero Sonomi interrumpió al profesor Kinomoto, y miró a su única hija.

-Tomoyo -dijo con la voz firme-. ¿Qué sientes al ver al profesor Lee?

-¿Qué? -dijeron Tomoyo, Sakura y Syaoran al mismo tiempo.

-Lo que dije -insistió la señora Daidouji-. ¿Qué sentimiento te produce su persona?

Si la pregunta hubiese sido dirigida a Sakura, la joven de ojos esmeralda hubiese estado segura de que se hubiese puesto roja como tomate. Le hubiese sido imposible articular palabra porque se encontraría en tal estado de shock, que le sería imposible siquiera el pensar algo coherente. Tomoyo, por su parte, se limitó a analizar la pregunta de su madre, entendiendo el significado literal de aquellas palabras, y finalmente, responder de manera tranquila:

-Me produce confianza. Hay algo en su aura que me asegura de que no tiene malas intenciones, o el mínimo interés en dañarme. A mí o a Sakura. A nadie que me preocupe, a decir verdad.

-¿Qué se supone…? -preguntó el profesor Kinomoto, pero, una vez más, Sonomi lo interrumpió.

-¿La prima del señor Lee te producía el mismo sentimiento?

Tomoyo asintió. Sin embargo, un pensamiento asaltó su mente, y prontamente se apuró a agregar.

-Pero no puedo decir lo mismo de las personas que vivían con ellos.

-¿Fye y Kurogane? -preguntó Syaoran, a lo que la muchacha pelinegra asintió lentamente, no muy segura si debía decir aquello. Sin embargo, la penetrante mirada que su profesor sustituto de matemáticas le dirigió, le indicó que él quería que lo dijese. Él necesitaba saberlo. Y, por tanto, continuó:

-Sus personas son muy complejas -dijo Tomoyo, intentando explicar aquel sentimiento con palabras que formasen una oración coherente-. Responden a un deseo, y no parece preocuparles el herir a los demás, solo para ver cumplido aquel anhelo. Sin embargo, al mismo tiempo, es como si ellos supiesen que su deseo no puede cumplirse, y, por tanto, no quieren seguir con aquellas acciones que parecen herirlos a sí mismos…

-¿Me estás diciendo que Tomoyo puede… leer el corazón de las personas? –preguntó Eriol, intentando igualmente explicar con palabras aquello que acababa de presenciar-. ¿Su conciencia?

-Es más como su esencia. El alma –para Sonomi también era difícil de explicarse.

Pero Syaoran entendía a lo que se refería. Era una manera rápida de determinar quién era un amigo, o un enemigo. Sin embargo, las descripciones de Fye y Kurogane eran tan ambiguas, que no podía saber sí…

-Un momento -comenzó Syaoran, dándose cuenta de algo que le había pasado desapercibido, y ahora, tras las palabras de Tomoyo, comenzaba a cobrar sentido-. No recuerdo muchas cosas sobre la extinción del clan D. Flourite, después de todo, ocurrió inclusive antes de que yo naciese. Pero mi madre me explicó que, debido a la imposibilidad de continuar con el clan, siendo el único sobreviviente, Fye pasaría a formar parte de su guardia.

-Perdió su rango y ahora era un sirviente, ¿no es así? -susurró el profesor Kinomoto, a lo que Syaoran asintió.

-Formaba parte de la guardia personal de mi madre -continuó el joven-. Debido a lo ocurrido, mi madre decía que lo mejor era protegerlo, y por ello, tenerlo cerca de ella. Y que en un futuro, si las condiciones se cumplían y el momento era oportuno, se le podía dar la oportunidad de iniciar un nuevo Clan…

-Pero si Tomoyo dice que D. Flourite sigue un deseo que no puede cumplir… -inició Eriol.

-Ellos estaban allí, el día del incendio -dijo Syaoran-. Fye y Kurogane. Salieron de entre las llamas, ilesos. Creo… creo que ellos lo ocasionaron.

-Creo que los Reed tienen mucho más control del que habíamos siquiera llegado a imaginar -dijo Sonomi en un susurro perfectamente audible-. Quizá los Reed le hayan prometido a Fye no solo restablecer el Clan D. Flourite, sino algo más. Algo que la matriarca del Clan Lee no haya tenido posibilidad de ofrecer.

-¿Y qué motiva a Kurogane? -preguntó el profesor Kinomoto-. ¿Formaba también parte de la guardia de la matriarca del Clan Lee, no es así? -miró a Syaoran, quien asintió en silencio-. ¿Por qué traicionarla de ese modo? ¿Qué le han ofrecido los Reed que los Lee no pudieron?

Nadie supo qué contestar. Pero si igualmente se trataba de una promesa que él mismo sabía no podría cumplirse… Un deseo por más imposible… Quizá habría manera de hacer que recapacitasen.

-¿Aun así quieres ayudarlos? -preguntó Fujitaka a su cuñada.

La señora Daidouji lo miró fijamente.

-Sí. Aun así, quiero ayudar. Mi magia ya no es lo que era antes, pero… Tomoyo –y se giró para mirar a su única hija-. ¿Ayudarías al profesor Lee en su peligrosa misión?

-Yo sí –Sakura fue la que contestó. Saliendo de detrás de su padre, dio un par de pasos al frente, para mirar a su profesor sustituto de matemáticas-. Hirieron a mi hermano –dijo la joven, nerviosa al saber que todas las miradas estaban ahora posadas en ella-. Pudieron herirnos a nosotros. Quizá el señor Fye y el señor Kurogane estén ayudando porque temen también ser heridos. Quizá piensan que aliándose con los Reed finalmente podrán tener libertad, no lo sé… Pero usted, profesor… El blanco es usted. Con usted no tendrán perdón y no habrá misericordia. Por lo que entiendo, su familia ya sufrió pérdidas… No sé quiénes sean los Reed, pero no creo tengan el derecho de decidir quien vive y quien muere. Así que sí, lo ayudaré.

-Yo también, profesor –se unió Tomoyo, sujetando la mano de su prima-. Se lo había dicho ya –agregó, sonriéndole-. Protegeré a Sakura de cualquiera que intente hacerle daño.

-En ese caso, yo tendré que protegerte a ti –agregó Eriol, y dio un par de pasos al frente, para unirse con sus amigas.

-Pero no perteneces a un clan, Hiragizawa –intervino el profesor Kinomoto, visiblemente dolido por la decisión que acababa de tomar su hija.

-Y aunque lo fuese, los varones no poseen poderes mágicos –intervino Sonomi, cruzándose de brazos-. Los Suwa y los D. Flourite son casos muy especiales, por eso fueron los primeros en caer, hace décadas.

-Entonces… -musitó el muchacho, confundido-. ¿Cómo es que el profesor Lee…?

-Los varones se entrenan con armas –fue la respuesta del joven, enseñando aquella pistola que llevaba escondida dentro del saco-. Las féminas son las que nacen con alguna habilidad especial, mientras que la función de los varones es transmitir el gen. Para protegerlo, debemos entrenar y especializarnos en utilizar un arma: aprendemos a matarnos como bestias.

El profesor Kinomoto sabía que no podría haberlo dicho mejor. Lo cual solo le provocó una pesadez en el corazón.


Tenían que moverse rápidamente, pero al mismo tiempo, sabían que tenían que permanecer ocultos. Ahora que sabían que el clan Reed se encontraba detrás de aquel ataque, el primer movimiento fue proteger a los suyos, por lo que sin perder ni un segundo, Touya fue movido de la clínica Tsukimine, y reubicado en un área designada dentro de la mansión Daidouji.

Sakura tenía la instrucción de quedarse con él. Según la teoría de Sonomi, los poderes de sanación tendrían un aumento exponencial si permanecía cerca de la persona a curar. Lo poco que sabían de Kero, el gato que la niña había estado cuidando por instrucciones de su hermano, era que había permanecido estable durante el tiempo que vivió con ella. Si bien había tenido una recaída (Fujitaka dijo que probablemente se debía a que Sakura tenía muchas cosas en la cabeza en ese momento, y había dejado de suministrar su magia, así fuese de manera inadvertida), las mejoras que tuvo posteriormente en la incubadora de la veterinaria, no se podían comparar al gran avance que había ocurrido cuando estaba en casa junto a la chica. O al menos eso había dicho Touya en una llamada telefónica, hacía un par de semanas antes del incidente.

Así, mientras un grupo de doctores y enfermeras eran asignados para mantenerlo vigilado 24/7, y Sakura se comprometía a quedarse junto a su cama, de ser posible sujetando su mano para infundir aquel deseo en sus venas, los demás tuvieron que esperar a que cayese la noche, para camuflarse con la oscuridad, y partir de la mansión, rumbo a la casa de verano de los Amamiya.

Hacía muchos años que el lugar no se ocupaba. Después de la partida de los Daidouji y los Kinomoto, el abuelo Masaki y su esposa habían muerto apenas un par de años después, con lo cual el lugar cayó en el abandono. Sin embargo, al ser aquella la residencia principal del clan Amamiya, estaba claro que aún se guardaban varios secretos dentro de sus muros. Secretos que ahora solo Sonomi y Fujitaka conocían.

-Bienvenidos a la residencia del Clan Amamiya -susurró Fujitaka, al tiempo que abría las puertas.

Pese a que el recibidor estaba sumido en la penumbra, el profesor aún recordaba perfectamente dónde se encontraba todo. No necesitaba verla para saber que había una mesita baja en la pared derecha, que justo arriba de la mesita se encontraba el apagador, y que detrás de esto, más allá del pasillo que llevaba a las habitaciones contiguas, se encontraba la escalera de media luna, que dirigía a los pisos superiores.

Palpó la pared, sintiendo aquel viejo papel tapiz, y finalmente, encendió las luces.

Sí, allí se encontraba la mesita alargada donde había muchos años habían adornado con un florero, y donde había descansado el teléfono que les había dado la noticia de la muerte del padre de Tomoyo. En aquel tiempo, el recibidor se encontraba alfombrado, pero ahora, la alfombra había sido retirada, y el piso no hacía más que mostrar aquella madera desnuda y desgastada.

Las escaleras de media luna también habían perdido su alfombra, y el pasamanos se encontraba cubierto de polvo. El candelabro que colgaba sobre ella había perdido varios focos, pero aún así, iluminaba bien el lugar, permitiendo que el grupo viese aquel desgastado y decolorado papel tapiz, que parecía dibujar diversas flores.

-Adelante -agregó el profesor, con lo que los muchachos, el joven y la señora Daidouji entraron, permitiendo que él cerrase la puerta, y quedasen encerrados allí, ocultos de la mirada de algún curioso que se hubiese colado en los jardines, o se encontrase mirando desde la calle.

-Es por aquí. Síganme –dijo Sonomi, y dando vuelta a la izquierda, avanzaron por el pasillo, hasta llegar a un trozo de pared, desnudo. Un par de toqueteos en la pared, le permitieron encontrar aquella manija oculta, y así, una puerta secreta se abrió delante de ellos. dentro, no se veía más que un par de escalones que parecían bajar, y perderse en la oscuridad.

-Tengan cuidado -agregó, e iniciaron el descenso.

Syaoran contó veinticinco escalones, hasta que finalmente sus pies tocaron el suelo.

Nuevamente, la señora Daidouji palpó la pared, y encendió las luces, con lo que pudieron ver la habitación en la que se encontraban ahora, y parecía desentonar con el resto de la casa.

Las luces eran de un blanco frío, y las paredes eran metálicas, pero no era eso lo que cohibía: eran todos aquellos estantes llenos de armas, que daban la impresión de ser una especie de bodega militar, para cuando estallase una guerra.

Sí, eso estaba ocurriendo. Una guerra entre clanes.

-Escoge una -dijo Syaoran, mientras miraba a Eriol, quien parecía haberse quedado clavado en su sitio, pues era incapaz de mover ni un músculo-. Y te enseñaré a usarla.

-¿Su arma de predilección es la pistola, no es así? -preguntó el chico, con un hilo de voz -sin embargo, cuando Syaoran respondió afirmativamente, frunció el entrecejo, y avanzó hacia uno de los estantes, decidido-. En ese caso, será mejor que me enseñe lo que usted ya domina a la perfección.

Al dar media vuelta, Eriol ya llevaba entre sus manos una pistola, listo para aprender a usarla.