CAPÍTULO 18
¿QUÉ FUE LO QUE HICE?
El recorrido por el Planetario tenía loca a Haru, todo le llamaba la atención, participaba activamente y la maestra que se había visto sinceramente preocupada por la niña, ahora sonreía contenta al ver que había vuelto a la normalidad.
Takato caminaba de la mano de su pequeña bajo la presencia protectora de Ramiro. Cada minuto que pasaba con ella le ayudaba a reforzar su decisión. Cada sonrisa y expresión de regocijo era suficiente para él.
—Vamos a entrar a la sala de proyección, sigan la línea por favor. - Indicó uno de los trabajadores.
El grupo de Haru, junto con los padres de familia tomaron lugar en los asientos reclinados. Parte del staff recorría las filas entregando los anteojos 3D para una mejor experiencia. Takato tomó una foto a Haru quien no había parado de sonreír en toda la mañana y que ahora tenía recargada sobre su hombro sintiendo la cálida respiración con olor a chocolate.
Las luces se apagaron y el espectáculo estelar comenzó.
Envuelto en su burbuja contra el dolor que la compañía de su hija le regalaba, el azabache se dispuso a disfrutar de la película; desgraciadamente los lentes 3D, así como los movimientos bruscos que le mostraban el universo como si viajaran en una nave espacial que se navegaba a velocidad supersónica le revolvió el estómago.
Incapaz de continuar, se puso de pie cubriendo su boca.
—Mami, ¿a dónde vas? – preguntó Haru en cuanto notó que este se despegaba de ella.
—Iré al baño. No tardo.
Ramiro intentó acompañarlo, pero el ojiazul le hizo una seña para que no lo hiciera.
Sintiendo que el piso se movía y que en cualquier momento volvería el estómago, corrió hacia la salida sin fijarse en nada más.
Apenas cruzó el umbral, escuchó un voz por demás conocida llamándolo por su nombre. En un instante los músculos de su cuerpo se tensaron y el corazón comenzó a bombear a mil por hora. El reflejo del vómito que había experimentado desapareció en un abrir y cerrar de ojos dando pie al asombro.
—¿Qué… ¿qué haces aquí?
Takato miró de frente a Junta quien sin dar una respuesta lo tomó entre sus brazos y comenzó a besar la coronilla de su cabeza. Recargó su rostro sobre el amplio pecho escuchando los latidos de su acompasado corazón sumergiéndolo en un mar de tranquilidad.
Dejándose llevar inhaló el aroma que el cuerpo deseado desprendía. Se sentía protegido y reconfortado, pero el sentimiento no duró tanto como quería, ya que como todo lo bueno, debía terminar.
En cuanto levantó el rostro para verlo cara a cara, a quien sus ojos enfocaron no era para nada la del ojiverde; sino la mortífera de Himura. Asustado, se soltó del agarre y dio dos pasos hacia atrás activando su reflejo del vómito.
—Takato, soy yo. ¿Te sientes bien? - preguntó preocupado tomando su mano.
Takato parpadeo varias veces hasta darse cuenta de que todo había sido producto de su imaginación.
—Lo siento Chunta, yo…
—Vamos afuera para que tomes un poco de aire – sugirió.
Takato asintió, pero en cuanto Junta intentó poner una mano en su cintura para guiarlo, se alejó poniendo distancia de por medio.
Junta notó que lo estaba evadiendo, pero no lo presionaría.
—Seguramente no quiere que alguna de las personas que vienen en la excursión lo vean. - Pensó. Por lo que no intentó nada más.
Caminaron por el estacionamiento hasta detenerse bajo la fresca sombra de un árbol de cerezo.
Takato evitaba el contacto visual. A diferencia de otras ocasiones, se podía notar su incomodidad. Jugaba con sus dedos, la esquina de su camisa y cabello. Los minutos pasaban y la conversación ni siquiera había iniciado.
—Mucho tiempo sin vernos ¿cierto? – comentó intentando suavizar el ambiente.
Chunta observó mejor a la persona frente a él. Su color de piel estaba pálido, círculos oscuros sobresalían aún bajo el maquillaje, las mejillas parecían más hundidas y su cuerpo de por sí delgado, ahora parecía que podía ser llevado por el viento como un papalote. Cuando lo tomó entre sus brazos lo había notado, pero al verlo detenidamente resultaba aún más alarmante.
—No me has dicho qué haces aquí. – Demandó el ojiazul mirando hacia el suelo.
—Pensé que querías verme. Yo me moría por eso. Recibí un mensaje de que estarías aquí. ¿No fuiste tú?
—No… - Fue todo lo que dijo —Debió ser Ramiro quien lo hizo.
—Eso parece… Takato, por favor mírame. Te siento distante. Amor dime qué sucede.
Takato seguía evadiéndolo.
—Tienes que decirle, ¡vamos! No te acobardes ahora. No es como lo habías pensado, pero ya está aquí y debes actuar. HAZLO TAKATO.
—Takato – volvió a llamar Junta al tiempo que caminaba hacia él. Ya era suficiente de la fría distancia entre ellos. Extendió sus brazos para posarlos sobre los hombros de este, pero un golpe sobre su mano lo cesó.
—¡No me toques! Por favor, Azumaya san.
—¿Azumaya san?
—Terminemos con esto.
—¿Qué dijiste? – preguntó mirándolo con incredulidad.
Takato se abrazó a sí mismo y continuó.
—No puedo seguir haciendo esto contigo. Desde el principio debí decir que no, un rotundo, redondo y contundente NO. Tengo una hija, estoy casado y…
—¡Takato!
—¡Y ya no quiero verte!
—¡Takato!
—¡TERMINAMOS! NO ME BUSQUES, NO ME LLAMES, YO YA NO EXISTO PARA TI, NI TÚ PARA MI… Gracias por todo. Adiós. – Dijo emprendiendo la huida de la manera más patética y cobarde.
—¡Takato, no lo acepto! – gritó en cuanto su mano viajó hasta la fina muñeca reteniéndolo. Tiró con fuerza de él hasta atraerlo a su pecho. Con su mano libre levantó el rostro que se negaba a mirarlo —Amor, por favor mírame.
Después de escuchar la voz suplicante, Takato, por primera vez desde que se habían encontrado miró de frente a Junta y la expresión que vio en el castaño fue lo suficientemente preocupante. Este tenía una mezcla entre incredulidad, desesperación y ansiedad.
—Takato he venido por ti. ¡Todo está listo! Sasaki nos espera en el coche, solo tienes que seguirme, ¿sí? vamos por Haru, le tengo preparada una habitación que le encantará y …
—Junta, basta. He dicho que no.
—¿Por qué no?... cariño solo mírate, tu boca dice no pero tu cuerpo no deja de temblar. Yo sé que no quieres decirme eso. Te estoy diciendo que estoy aquí para llevarte conmigo. Te cuidaré, nada te lastimará. No mientras yo viva.
Sin poder controlar más sus emociones Takato comenzó a llorar, derrotado enterró su cansado ser en el pecho del castaño y dijo:
—Junta… es que ya no puedo irme contigo y ahora menos.
—¿Qué quieres decir con "ahora menos"?
—Estoy embarazado… tengo 4 semanas. Ocurrió aquel día que llegaste a la universidad, comencé con los síntomas a la semana. No podía creerlo, estaba aterrado y quería ignorar, pero era tan obvio que no podía negarlo. Hoy me hice una prueba casera solo para confirmarlo y así fue.
La noticia le cayó a Junta como balde de agua fría, por unos segundos no supo cómo reaccionar ni qué decir. Su Takato estaba esperando un bebé del maldito que más odiaba en el mundo. Su sangre hervía de solo imaginar cómo es que esa criatura había sido engendrada.
Deseó con toda su alma el poder volver el tiempo atrás y haber hecho las cosas de manera diferente, pero esa idea era soñadora, ingenua y totalmente imposible.
Abrazó con mayor fuerza a Takato, acarició su espalda con movimientos ascendentes suaves y acompasados. No era el momento de perder la cabeza y reprocharse lo que había o no hecho.
Tomó entre sus manos el rostro de Takato barriendo con sus pulgares las lágrimas que mojaban sus mejillas seguida de una ronda escarchada con delicados besos que con ternura cubrían toda su superficie.
—Mientras sea hijo tuyo yo estaré feliz de cuidarlo y darle mi apellido.
—No ¿cómo podría hacerte eso? Entiende, tendrías que cargar con dos niños que no son tuyos y conmigo. Aunque no se siquiera si deseo tener a este bebé, pero ya está aquí, creciendo.
—Takato por favor, nunca he pensado que fueran una carga, yo te amo y si vienes conmigo haremos lo que tú decidas, si quieres tenerlo o no será tú decisión nada más, es tu vida, tu cuerpo, cualquier cosa que elijas yo te apoyaré.
—Chunta perdón… pero no puedo. Por favor no me odies – rogó destrozado pasando su brazos por la cintura del alto abrazándolo con todas sus fuerzas.
—Jamás podría odiarte. Takato no puedo aceptar lo que me estas diciendo, por favor no me dejes. Te lo suplico. Criaré a tus hijos, serán nuestros, los amaré y atesoraré.
—Ellos ya tienen un padre…
—¡Uno de mierda!
Junta se aferraba al pequeño cuerpo entre sus brazos, pero la decisión de Takato ya estaba tomada y nada le haría cambiar de opinión. En cuanto sintió que este aflojaba su agarre y se despegaba de él, apartó rápidamente el largo cabello de su cuello y mordió la marca hasta hacerla sangrar.
—¡Aaah, duele! Chu… chunta… ¡Chunta! ¡chunmmmm!
Desesperado Junta pasó del cuello sangrante a la pequeña boca. El sabor de la sangre se mezclaba con la saliva mientras sus lenguas danzaban lujuriosamente. Era un beso demandante, atrevido e implacable que succionaba y reclamaba cada milímetro del contrario.
Takato tenía el rostro completamente sonrojado. El dolor que se extendía por su cuello pronto fue eclipsado por la deliciosa sensación de ser comido con pasión. Cada vello de su cuerpo se erizaba por las manos traviesas que recorrían su espalda y bajaban hasta el límite de lo permitido.
Separarse para tomar oxígeno no era una opción, sería un pecado siquiera considerarlo. Pero las cartas ya estaban sobre la mesa y si no ponía distancia de por medio volvería a dudar de sus propias decisiones y ya no podía darse ese lujo. Nunca más.
—Chunmm, Chunta… - murmuró aún con los ojos cerrados y labios hinchados.
Junta entreabrió los ojos para echar un vistazo, de ninguna manera podía perderse el ver a Takato derretido por su toque.
—No hables, no hables – susurró sobre los labios humedecidos acariciándolos. La mano sobre su nuca presionó la mordida que minutos antes le había hecho y volvió a acercarlo para dar inicio a una nueva ronda de besos; sin embargo, el momento se vio interrumpido cuando los delgados dedos impidieron el contacto.
—Junta, ha sido suficiente. – Expresó agotado soltando un largo suspiro.
—Dime eso cuando te lo creas. ¡Takato, escúchame! Él quiere sacarlos del país, ¡mañana! Yo sé que tú no quieres eso, no puedes seguirlo, nunca serás feliz con él.
—¡JUNTA BASTA! ¡eso no es cierto, si eso fuera a pasar lo sabría! En cuanto a lo segundo… Yo sé que no seré feliz, lo sé. Lo he sabido desde el primer día… Pero mi niña y este bebé son sus hijos, Haru lo ama, cree en esta familia y no la haré sufrir más solo para satisfacer mis deseos egoístas. Así que este es el adiós. Gracias por darme esperanza y ser tan bueno conmigo, créeme que has sido de lo mejor en mi vida.
—Takato, te estás equivocando. No vayas con él. – Insistió tomándolo por los hombros.
Takato lo miró dolido agregando un "es todo", finalizando así la conversación y alejándose lo más rápido que sus piernas le daban.
Junta apretó la boca con frustración, ya no podía detenerlo; por lo que ahora solo quedaba esperar a que las cosas cayeran por su propio peso.
No muy lejos de allí, Yurie, quien llevaba semanas pendiente de cualquier salida del azabache cual acosadora enfermiza, había encontrado la excursión escolar como su mejor oportunidad para recopilar las pruebas que tanto buscaba, pues si su instinto femenino no le fallaba estaba segura de que Azumaya haría acto de presencia buscando al azabache; y a la luz de los hechos, había sido un gran acierto. Gracias a su agudeza había presenciado, a su parecer, la escena más apasionada de los amantes tras el lente de su cámara.
—Te tengo, omega callejero. En cuanto mi Kenichi vea esto te regresará a la pocilga de donde saliste.
En ese momento cogió el celular y marcó al Yakuza.
"El número que usted marco, no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio…"
—No, no, no… ¡contéstame!
Siguió intentando, pero el resultado en todas las ocasiones fue el mismo. Pensó en enviarle las fotos para que pudiera verlas en cuanto tuviera tiempo, idea que fue descartada casi de inmediato al recapacitar que sería mucho mejor ser testigo de la reacción que Himura tendría al mostrarle que el omega que tanto defendía se besuqueaba a sus espaldas con su "hermano".
Respiró profundo e ignorando las llamadas de su manager sonrió ante su reflejo en el espejo retrovisor.
— Tranquila Yurie… lo bueno llega a quien sabe esperar y tú has esperado mucho.
Decidió volver a intentar más tarde y si por alguna razón seguía sin tener éxito iría hasta la oficina y esperaría cuanto fuera necesario. Hoy sería el día en que al din vería su deseo cumplido.
Sasaki esperaba dentro del auto con paciencia mientras se mantenía al tanto de las noticias sin escuchar alguna novedad. De pronto la puerta del copiloto se abrió dando paso a la alta figura que con movimientos sutiles entró hasta acomodar toda su longitud en el asiento.
—Ni preguntaré cómo te fue… - dijo volviendo la vista a su celular.
—Takumi…
—Ok, eso sí me preocupa. Me llamaste Takumi. Habla – demandó.
—Ya no hay marcha atrás.
Sasaki suspiró acariciando su tabique. —No, ya no.
Las horas pasaban, el día estaba a seis horas de terminar y después de haber trabajado a marchas forzadas al fin todo había tomado su lugar.
—¿Hasegawa se hizo cargo de lo que le mandé?
—No estoy seguro Señor, dijo que iría a la mansión para hablar con usted. Supongo quiere dar el informe en persona.
—Agh, no tengo tiempo para eso, con un "está hecho" es más que suficiente. me importa una mierda cuales métodos empleó. Solo eran sujetos de bajo rango, pandilleros sin valor alguno. En fin, con los arreglos que he hecho podremos empezar de nuevo. Manejar el negocio será sencillo, solo tendría que hablar con ese tal "Quiñones" para ver lo del territorio.
—No se preocupe Señor, en cuanto lleguemos me haré cargo de todas esas molestias – pronunció orgulloso de sus capacidades.
—Ah… sobre eso, Hashiba. Afuera te están esperando unos hombres del Clan Ayagi, a partir de ahora trabajarás para él – dijo sin tacto alguno tomando su maletín para volver a casa.
—¡¿QUÉ?! Yo… no entiendo lo que quiere decirme. – Exclamó incrédulo sintiendo como su estómago subía hasta su garganta.
—¿Qué no entiendes? Tus servicios ya no son requeridos, has hecho un buen trabajo, pero ya no te necesito. Puedes retirarte, te he perdonado la vida por tus servicios, te quedarás en japón, nada cambiará para ti. Te hago un favor.
—¡Señor!
—Adiós. – Dijo Himura abriendo la puerta.
Al instante los hombres de Ayagi entraron tomando a Hashiba quien sin entender qué rayos había pasado se dejó caer de rodillas en el suelo frío. El aire le faltaba y su pecho dolía. La persona a quien había dedicado toda su vida y que amaba lo había dejado atrás sin tan siquiera mirarlo; desechándolo en el cesto de la basura, apachurrando su ser como a una lata de refresco vacía, pisoteando todos sus años juntos y de servicio leal. Sencillamente no podía soportarlo y menos que hubiera decidido mandarlo con la persona que lo había humillado.
—¿Es este el fin… esto es lo que yo significaba para él? – susurró al tiempo que era arrastrado fuera.
Mientras tanto en el estacionamiento del edificio la espigada figura de una bella actriz esperaba emboscar a su presa justo al lado de su auto.
Himura caminaba apresurado, mandó un mensaje a Ramiro diciéndole que fuera a la mansión de los Ayagi, ahora.
Estaba harto de todo, por lo que lo único que quería era llegar a su casa, relajarse por 5 minutos y apagar su cerebro, pero el destino le tenía un plan totalmente diferente.
—¿Qué demonios quieres, Yurie?
Al mismo tiempo, pero a varios kilómetros de distancia Takato y Haru pasaban un divertido rato en la cocina. La barra estaba llena de cubiertos e ingredientes para elaborar una pizza. Después de muchos días sin comer, parecía que Haru había recuperado por completo el apetito y estaba lista para devorar todo lo que encontrara a su paso.
Después de haber pasado una mañana llena de alegría, la felicidad solo parecía ir en aumento.
—Mmm ¿agrego más queso? – preguntó Haru mientras Takato le recogía el cabello en una colita alta.
—Tanto como quieras mi vida. – Respondió depositando un beso en la cabecita
—Entonces solo le pondré un poquito más. ¿Puedo dibujar un corazón con los pepperonis?
—Sí. El horno ya está listo, en cuanto termines ponte los guantes para meterlo.
—Ya quiero comerla. – La niña se bajó del banquillo y con ayuda de Takato pusieron la pizza en el horno. —Ahora prepararé la ensalada.
—Te acercaré el tazón.
Takato intentaba mantenerse en el mismo canal que su hija, pero el encuentro con Junta lo tenía un poco distraído. Por reflejo llevó su mano hasta el parche sobre su nuca. Si lo tocaba podía sentir los dientes del castaño perforando su carne. Cerró los ojos reviviendo el momento, que aunque salvaje, había sido también muy placentero.
—¿A dónde se fue Ramiro? – preguntó la ambarina al no verlo, regresando a la realidad a Takato.
—Ramiro tuvo que salir, pero dijo que volverá pronto.
—Tiene que probar la pizza que hicimos, le guardaré un pedazo.
Takato asintió y llevando sus manos a su vientre lo acarició.
—Ya basta, tú decidiste esto. Deja de pensar en él. – Se repetía una y otra vez en su cabeza. —Haru debe ser feliz, eso es lo único que importa. Y tú bebé… debes crecer sano y se bueno con todos.
Quince minutos después, la mesa estaba servida y la pizza lista.
Ambos comían y Haru le contaba animada que todos los de su salón le habían dicho que su mamá estaba muy bonito a diferencia de los demás. Lo que la había hecho sentir orgullosa. Su lado parlanchín se había desatado, mismo que para Takato, quien no la había podido escuchar por semanas, resultaba ser el atributo más encantador del mundo.
—¡AAH, AAH! – se quejó.
—¿Qué pasa?, ¿te mordiste? – preguntó Takato poniéndose de pie para llegar a su niña.
—No, pero… ¡sentí que mi diente se movió! ¡de verdad se movió! – soltó realmente sorprendida.
—Abre la boca y déjame ver ¿sí? – pidió el azabache mirando con ojos escrutadores la hilera de blancos dientitos —Oh, puedo verlo. Este de aquí está un poco flojo, no tengas miedo mi amor, es normal. Los dientes que tienes ahora se van a caer y darán paso a dientitos nuevos y más fuertes.
—¿Y no duele? – preguntó un tanto mortificada.
—No, no duele y adivina qué…
—¡Qué, qué!
—Este es un dientito especial porque será el primero en caerse y cuando eso pase, lo debes poner debajo de la almohada. Así, el hada de los dientes vendrá por él mientras duermes y te dejará un regalo. —Explicó Takato haciendo voz de cuenta cuentos.
—¡Entonces ya quiero que se me caiga! – gritó emocionada —Quiero conocer al hada de los dientes.
Takato veía la expresión de alegría pintada en todo el rostro de Haru. Así es como quería verla siempre.
Mientras él le decía a la niña que comiera con cuidado, la puerta de la cocina se abrió de par en par azotando contra la pared.
Haru y Takato giraron al mismo tiempo asustados por el estruendo. En ese momento Himura caminó rodeado de una aura oscura y terrorífica, y sin importarle que la niña estuviera presente, tomó de los cabellos a Takato tirándolo de la silla y arrastrándolo hasta llegar a la sala. Todo bajo la horrorizada mirada de la menor.
—¡SUELTAME!, ¡HIMURA SUÉLTAME!, ¡NO FRENTE A HARU! ¡POR FAVOR, QUE ELLA NO VEA! ¡QUE NO LO VEA! – Suplicaba desesperado mientras sentía que sus cabellos serían arrancados de su cabeza por la fuerza brutal que lo sometía.
Su petición no fue escuchada para nada. Himura se encontraba cegado por la rabia.
—¡ERES EL COLMO! ¡MALDITO PROSTITUTO BARATO!, ¡¿CREÍAS QUE PODÍAS VERME LA CARA DE IDIOTA?!, ¿CUÁNTAS VECES LE HAS ABIERTO LAS PIERNAS A ESE BASTARDO?, ¡RESPONDE MIERDA! – Exigió levantándolo, pero la respuesta no llegaba.
¡PUM!
Una bofeta de hierro sacudió la mejilla de Takato volteándole el rostro. Entonces, Himura vio el enorme parche sobre su nuca.
Haru que por un momento se había quedado pegada a su silla, sorprendida y aterrada. Siguiendo los gritos, saltó de su lugar y corrió hacia sus padres estallando en llanto.
—¡MAMII! – gritó descompuesta cuando vio la enorme mano de su papá lastimando su rostro y jalando sus bonitos cabellos.
Hasegawa que había llegado para hablar con el Yakuza, se sorprendió al ver la escena.
—¿TE MORDIÓ? ¡¿DEJASTE QUE ESE BETA TE MORDIERA?! – Gritó arrancándole el parche y dejándolo caer en el piso.
Takato intentó levantarse, pero sus piernas no le respondían. El miedo lo tenía petrificado.
—¡CÓMO TE ATREVES A HUMILLARME!, ¡AHORA MISMO TE DARÉ UNA LECCIÓN QUE JAMÁS OLVIDARÁS EN TU VIDA!
Sin piedad alguna, el gigante lanzó una patada feroz que encontró como destino el vientre del ojiazul, quien al sentir el tremendo dolor se encogió hasta volverse un ovillo.
—¡NO PAPI NOO! - gritó Haru desesperada.
Hasegawa al darse cuenta que la niña estaba presente intentó tomarla, pero en un segundo ella lo esquivó y corrió hacia su papá que seguía arremetiendo con fuerza a diestra y siniestra.
—¡NO, NO! ¡YA NO! ¡YA NO LE PEGUES!, ¡NO LE PEGUES A MI MAMI! ¡NO LE PEGUES! – gritaba al tiempo que con sus pequeñas manitas jalaba el saco y golpeaba la espalda del monstruo.
Desesperada al ver que sus esfuerzos eran infructuosos, acercó su boca al brazo de Himura y encajó sus tiernos dientes en la carne que se le mostraba.
Himura, ofuscado por la ira levantó su mano al sentir un ardor en su muñeca. Sin pensarlo tomó impulso y con pujanza arremetió contra el rostro de la pequeña.
—¡KENICHI! – gritó Hasegawa sorprendido.
Takato, que apenas se mantenía consciente vio todo en cámara lenta.
Tras el golpe Haru salió disparada rebotando su pequeño cuerpo en el suelo. El diente que sería especial y que el hada recogería, salió de su boca en un baño de sangre.
Boca abajo y desorientada, colocó sus manos en el piso al tiempo que intentaba incorporarse. Un llanto ahogado como cuando el aire no alcanza a llegar a los pulmones se apoderó del momento dando paso a uno escandaloso y dolido.
De la boquita lastimada escurría saliva mezclada con sangre, mostrando la ventana que se había abierto después de perder el diente. Dos segundos después un lamento que congelaba hasta la médula surgió desde el fondo de su garganta hasta el punto de erizarles los vellos.
—¡MA… MAAAMI! ¡BUAAAAAAA!
Takato, desde su precaria condición, sintió su corazón estrujarse al grado de querer morir. Ningún golpe le había dolido tanto como el que su más grande amor había recibido. Levantó la cabeza y una furia como nunca había experimentado lo invadió desde la punta de los pies hasta apoderarse del último cabello de su cabeza.
La adrenalina lo levantó de un saltó, dejando caer todo su peso, se le fue encima a Himura quien no terminaba de creer lo que acababa de hacer tomándolo por sorpresa.
—¡JAMÁS A MI HIJA! ¡MALDITO DESGRACIADO! – gritó encolerizado.
El puño apretado y potente dio justo en la nariz del Yakuza fracturando su tabique. La bestia se tambaleó chocando con la mesa de centro y por segunda vez en su vida sintió el sabor de su sangre en la boca.
Takato se apoyó en el sillón y entre temblores caminó hasta su niña con desesperación, quien extendió sus bracitos en cuanto lo vio, pero Himura no lo permitió. Tiró al azabache al suelo gritando.
—¡Es tu culpa! ¡Todo es tu culpa!
Himura se giró e intentó alcanzar a Haru, pero fue rechazado con desprecio.
—¡NOOOOOO, VETE! ¡ERES MALO, MALO! ¡BUAAAA! ¡NO ERES MI PAPI! ¡MONSTRUO!
Hasegawa, incapaz de permanecer como mero espectador, tomó a la niña en brazos quien gritaba y pataleaba llorando a grito abierto. Quería ayudar también a Takato, pero estaba seguro de que para el chico, Haru era la prioridad.
—Perdóname mi amor, perdóname – repetía Takato al tiempo que intentaba ponerse de pie después de escuchar a su nena inconsolable tanto como él.
En cuanto pudo enderezarse un dolor punzante le atravesó el cuerpo.
Himura iba a continuar con la masacre. Necesitaba dejar salir todo el coraje que se arremolinaba dentro de él, pero las palabras de Takato lo detuvieron.
—¡ESTOY EMBARAZADO! … Es tuyo… es tuyo. – Dijo abrazando su vientre.
De pronto la adrenalina que había estado corriendo por su cuerpo lo abandonó cayendo de rodillas.
Himura abrió mucho los ojos al contemplar cómo los pantalones de la pijama de Takato comenzaban a mancharse de sangre entre sus piernas. En segundos la fina seda blanca quedó digna de una película gore de Takashi Miike.
La respiración de Takato era agitada y su cuerpo se sacudía entre espasmos de dolor, perdía color y su temperatura disminuía. Entrecerró los ojos y se dejó caer, ya no tenía más fuerzas para luchar.
—Takato…
Hasegawa, tras encargarle la niña a Ken, entró a la casa seguido de: marioka, yasuda, sugihara y kaiji.
Todos ven la terrible escena congelados. Hasegawa reacciona y toma a Takato en brazos, quien semi consciente abraza su vientre preocupado.
El hombre corrió hasta el coche donde Ken los esperaba con una Haru agotada.
—AL HOSPITAL MÁS CERCANO. ¡AHORA! – gritó el de lentes.
Himura estaba en shock e incapaz de siquiera notar que los demás lo rodeaba. Todos le hablan para que entrara en razón, pero no funcionaba.
—¿QUÉ FUE LO QUE HICE? – dijo cubriendo su rostro con expresión desquiciada.
Hasegawa revisaba de vez en vez que Takato siguiera respirando. Sin pensarlo dos veces tomó su celular.
—Azumaya san. Llevo a Takato San y Haru chan al hospital, no están bien. Él sigue en la mansión.
Mientras tanto en la residencia. Himura ordenó que lo dejaran solo.
Poseído por la locura pateó, rompió y destrozó todo a su paso. Las botellas de vino estaban esparcidas en pedazos por el suelo al igual que las lámparas; los sillones desgarrados, las plantas fuera de sus macetas y los muebles partidos por la mitad. El lugar era una maraña desorganizada y anárquica, así como su mente.
Cansado, se tiró al suelo enfocando su vista en el cuadro que permanecía colgado sobre la chimenea, se trataba de quien fue su padre y uno de los hombres más poderosos del bajo mundo.
—Padre, lo perdí todo… y nuestros aliados me han dado la espalda.
—¿Quién te ha dado la espalda? – habló Usaka exhalando el humo de su cigarrillo.
Himura volteó a verlo y su sorpresa aumentó cuando vio que detrás de él se encontraba el viejo Ayagi.
—Pero… ustedes…
—Estábamos muy ocupados. Tenemos una vida y cosas que atender, Himura kun – expresó Ayagi.
Himura seguía sorprendido. —Así que nunca me ignoraron a propósito – pensó.
De pronto, Marioka entró corriendo.
—¡OYABUN! LA POLICÍA ESTÁ AFUERA Y DICEN QUE TIENEN UNA ORDEN DE APRENSIÓN EN SU CONTRA. NO PODREMOS RETENERLOS POR MÁS TIEMPO.
—Parece que hemos llegado en buen momento – Indicó Usaka. —Vámonos Himura, podemos salir por la puerta del servicio. Andando, no hay que perder el tiempo.
Kenichi, totalmente confiado creyó ver la luz al final del túnel. Se puso de pie y siguió a los hombres, ahora estaba caminando hacia su salvación o eso era lo que pensaba, creyéndose el más afortunado del mundo; sin embargo, no era nada más lejos de la realidad. Al único lugar que caminaba era hacia su irrefutable destino llamado "condena."
Ya en el carro el de ojos dorados dijo:
—Antes debo ir al hospital por mi esposo e hija. - A lo que ambos hombres sonrieron.
—Seguro. Iremos de inmediato.
