CAPÍTULO 36
Estoy muy apenada por haber tomado demasiado tiempo entre el último capítulo y este, pero la realidad es que cuando la inspiración no llega, no hay manera de que mi cerebro funcione, y todos ustedes, así como esta historia que empecé a escribir con todo mi corazón, merecen respeto, lo que traduzco en "calidad". Bien podría solo escribir para cumplir tiempos, pero entonces la esencia de esta se perdería.
Tuve que volver a leerla (desde el principio), más de 570 páginas, que es lo que hasta el momento he escrito, sentir todas las emociones y enamorarme de mi trabajo. Algunos podrán pensar: "ay, solo es un fic", o "ni que fuera la gran cosa", "no es una novela de editorial", pero para mí significa mucho. En cada capítulo dejo un poco de mi propio corazón; rio, lloro, me emociono, deprimo y suspiro. He pasado noches de insomnio escribiendo y todo esto por el placer de hacerlo y saber que hay alguien detrás de una pantalla leyendo y sintiendo lo mismo que yo.
Muchas gracias a todas las personas bonitas que han dejado sus comentarios, que me han animado y que se han comunicado conmigo preguntando por mi historia. Son unos lectores increíbles y les prometo que verán el final.
Gracias de nuevo y espero el capítulo sea de su agrado.
CAPÍTULO 36
DESCORAZONADO
Después de lo que pareció una eternidad, la voz de los maleantes dejó de escucharse alrededor. El sonido del viento moviendo la hierba y hojas de los árboles creaba, junto con los insectos, una sinfonía natural envolvente y tranquilizante. Algo que tanto Takato como Haru necesitaban.
Ambos se encontraban acostados con el pecho en la tierra. Takato mantenía un brazo protector sobre la espalda de su pequeña, en guardia y dispuesto a enfrentarse a quien sea con uñas y dientes.
Cuando al fin se sintió seguro de moverse, miró su celular notando que aún seguía sin señal, lo que dificultaba que pudiera comunicarse de nuevo con Ramiro y Chihiro. Mordió su labio superior pensando en cuál debería ser su siguiente movimiento. No podían permanecer por siempre en ese agujero; la posición era incómoda, el suelo era frío, el olor a humedad penetraba sus fosas nasales y ciertos movimientos de impaciencia en Haru le advertían que tenía una necesidad fisiológica que atender con urgencia.
—Mami… – susurró removiéndose bajo el brazo. —Quiero hacer pipí…
El rostro arrugado, así como las pequeñas piernas torcidas delataban su ansiedad en un intento desesperado por evitar alguna fuga.
Takato no estaba seguro si era el momento correcto para salir, pero en definitiva no podía permitir que su hija aguantara por más tiempo. Miró la hora y comprobó que, desde la llamada de Ramiro, habían pasado cuarenta minutos, y quince desde que dejó de escuchar a los hombres de Hashiba.
—Voy a salir primero y te haré una seña para que me sigas, no lo hagas si no me ves, ¿quedó claro? – indicó Takato con mirada seria, pero sin perder el tono dulce que siempre tenía para con su niña. —¿Recuerdas cómo es "ven"?
—¡Sí mami! – exclamó emocionada al recordar la clase que la maestra particular le había dado sobre lenguaje de señas. Takato hizo el movimiento con sus manos a manera de recordatorio, dejó un beso en la pequeña cabecita y se dispuso a salir.
La tierra se impregnaba en su ropa con los movimientos serpenteantes que realizaba, su corazón latía a mil por hora, pero no podía continuar así. Internamente se reprochaba por haber tomado una decisión tan inmadura como salir de su hogar sin decirle a nadie sobre hacia dónde se dirigía ni el motivo de su partida. Su pecho se encogió de solo pensar que por su estupidez los hombres de Hashiba los atraparan. Su hija no tenía que pasar por más traumas, era pequeña, inocente y a su parecer, el único pecado que había cometido era que quien le dio a luz fuera él.
Takato sacudió la cabeza, debía remover pronto esas ideas, no era el momento para sacar a relucir sus inseguridades, miedos y demás sentimientos. Tenía que concentrarse primeramente en escapar de manera segura, comunicarse con Ramiro y buscar un refugio.
Una vez fuera se fue incorporando, prestando atención a su alrededor, sus movimientos eran suaves y sus sentidos estaban alerta. Observó con cuidado y cuando finalmente sintió que era seguro, dirigió su vista hacia el hueco donde la pequeña se escondía.
En cuanto depositó su atención en aquel lugar, su sangre se heló, la visión ante él era imponente, dos ojos dorados brillaban con una intensidad que ni la luz del sol podía compararse, eran sorprendentemente astutos, feroces, como si una pantera lo asechara desde la oscuridad esperando el momento adecuado para saltar sobre su presa. Tal mirada le recordó a Himura y su cuerpo se paralizó por unos segundos hasta que una pequeña sonrisa lo regresó a sus sentidos.
—Es Haru, es Haru – se repitió a sí mismo sobando su pecho. De inmediato hizo la señal y la pequeña se apresuró a colocarse a su lado. Takato la abrazó queriendo aliviar la impresión y miedo que por un segundo sintió. Su hermosa hija jamás, mientras él viviera, sería como su padre.
Haru, por su parte, no fue capaz de captar el impacto que Takato había sufrido. Ella solo se aferraba con fuerza a su mano, sintiéndose segura de esa manera.
—Puedes hacer aquí, estaré cuidándote – Indicó Takato dedicándole una sonrisa tranquilizadora.
Sin embargo, tal tranquilidad no duró tanto como le habría gustado, pues de nuevo escuchó la voz de los sujetos que los habían seguido.
—No, no, no – Susurró tomando a Haru entre sus brazos para emprender la carrera de su vida por segunda ocasión en esa noche. – Haru, necesito que me ayudes, quiero que mires hacia atrás y me digas si ves que alguien se acerca, ¿entendiste bebé?
Haru asintió frunciendo el ceño, sin querer comenzó a morder su labio inferior, la ansiedad que sentía debía ser moderada de alguna manera. Verla así le partió el corazón a Takato, pero por el momento no podía darle más consuelo que apretarla entre sus brazos y transmitirle su calor, porque si de feromonas se trataba, estaba tan angustiado que era imposible emanar algunas que fueran reconfortantes.
—Mami, vienen seis personas… no veo bien sus caras. – Murmuró Haru en su oído, de nuevo la sangre se le fue del cuerpo y solo atinó a apretar los dientes.
—Por favor, Si hay un ser divino que me escuche, por favor… por favor ¡ayúdame! – Pensó en sus adentros con una desesperación que solo aquel que ha pisado las profundidades del infierno puede clamar.
En ese momento lo que tanto había esperado sucedió, pero al mismo tiempo esto firmó su sentencia de muerte.
Su celular, que estaba seguro de que lo había puesto en silencio comenzó a sonar escandalosamente llamando la atención de lo hombres que lo buscaban.
—¡No, no, ahora no! – Exclamó desesperado. Tomó el móvil y vio que era un número desconocido. Sin querer deslizó el dedo hacia el contestador y la voz suave y cariñosa del Alfa inundó su canal auditivo, pero en vez de provocarle alivió, lo que sintió fue el terror absoluto.
Un grito de "¡están por allá!", fue suficiente para que su mundo se derrumbara.
En un instante los habían alcanzado. En manada, atacaron al omega, Yusuki, quien fuera antiguo guardaespaldas de Himura, fue el primero en darles alcance y con una fuerza desmedida tomó por los cabellos a Takato deteniendo su avance.
Este cayó al suelo sobre su trasero, una mueca de sufrimiento se dibujaba en su rostro y el aliento cansado escapaba de su boca acompañado de un gemido de dolor.
—¡Mami! – Gritó Haru desesperada cuando vio la mano que lastimaba a su ser amado ceñirse con fuerza entre las hebras azabaches tal y como su padre lo había hecho. Por instinto movió su pequeño cuerpo, y al puro estilo en que lo haría un lobo enfurecido, encajó sus dientes con fuerza en la carne de Yusuki hasta que la sangre corrió por su boca.
—¡Señorita! – Llamó el sujeto sorprendido por la acción de la niña, pero ella no se dejó amedrentar, sino todo lo contrario, ejerció mayor presión sobre el atacante al tiempo que las lágrimas corrían por sus tiernas mejillas.
—¡Ya llévatela! – Exclamó Otto al tiempo que intentaba hacer ceder el agarre de Takato sobre Haru. Pese a ser un omega y tener un cuerpo sumamente delgado, el instinto propio de su género para defender a su cría lo llenaba de una fuerza bestial. Por nada del mundo permitiría que la arrancaran de entre sus brazos.
—¡No, déjenla!, ¡no se la lleven! – Rugió Takato con los ojos inyectados en sangre. La cabeza le dolía por el jaloneo insistente, pues Yusuki, pese a la mordida salvaje de Haru, no lo soltaba; además, la manera en que Otto y Susuki jalaban de sus brazos, con tanta rudeza lastimaba sus huesos y carne.
Takato pateó, gritó, escupió, pero nada de eso marcó una diferencia con su problema.
Yamada, harto del espectáculo tomó el cigarrillo que tenía en su boca y con pasos firmes se acercó a Takato. Le dedicó una sonrisa burlona y sin avisar acercó el pitillo al brazo del omega y quemó en repetidas ocasiones su piel hasta que se apagó por completo, pero Takato no soltó a Haru, solo apretó los dientes y dejó que las lágrimas barrieran el dolor físico que sentía.
La hermosa piel blanca que había descansado de marcas se volvía a teñir con heridas que resultaban dolorosas a la vista, las quemaduras sobresalían escandalosamente en el lienzo, provocando la lástima de las estrellas que nada podían hacer ante la escena que los mortales presentaban.
Al ver que esto no había tenido efecto y bajo la advertencia de que la niña no debía tener un solo rasguño, Yamada cambió la estrategia no sin antes chistar los dientes.
—Tch… – Barrió su cabello largo hacia atrás y se colocó en cuclillas para estar a la misma altura que la niña. — Señorita Haru, si no suelta ahora a Yusuki voy a matar a su madre. – La frialdad y falta de tacto con la que dijo tal oración estremeció a la ambarina, quien de inmediato detuvo su acción. —Muy bien, ahora venga conmigo. Si lo hace nadie le hará nada a su madre. – Sonrió con malicia, extendiendo la mano para que ella la tomara.
—¡Déjala en paz!, ¡tu Oyabun ya no está¡, ¡Hashiba solo los utiliza!, nadie va a reconocerte, ni nadie…
Paff, antes de que pudiera terminar, la palma del hombre cayó con fuerza sobre su mejilla que se tiñó del color de la sangre en un instante.
—No voy a repetirlo, Señorita. – Dijo ignorando al omega, borrando toda sonrisa, dejando solo una línea recta.
La fuerza de Takato mermaba ante los constantes castigos sobre su cuerpo, la fatiga mental, el hostigamiento hacia su hija y el esfuerzo de mantener a la niña con él.
Haru, por su parte, no dejaba de llorar aferrándose al cuello de su mami, enredando sus piernitas alrededor de la cintura de Takato como un Koala bebé. No quería dejarlo, pero cuando la amenaza cruzó por sus oídos, todo su cuerpo se estremeció y el sonido de la bofetada terminó por hundirla en una crisis, porque ¿qué podía hacer una niña de 5 años con su poca fuerza?, nada, absolutamente nada.
Abrumada por todo y reviviendo en su cabeza la paliza de Himura a Takato, fue suficiente para quebrarla. Si tenía que irse con ellos para que su mami no saliera más herido, entonces lo haría, aunque esto tal vez significara que no podría verlo de nuevo.
Nadie podía siquiera intentar comprender el vínculo tan fuerte que Haru y Takato habían creado, lo mucho que se necesitaban en la vida del otro y el amor que compartían en su corazón. Por lo que la decisión a la que la niña se vio obligada a tomar desgarró no solo sus corazones, sino también sus almas.
—Mami, te amo… – Susurró con voz nasal en su oído.
Sin esperar más, Haru se soltó. Yamada no desaprovechó el momento y arrancó a la niña de Takato.
En un instante el shock que le provocó no sentir el calor de su bebé fue tan intenso que no fue capaz de ver, oler o percibir nada a su alrededor, como si se hubiera quedado en un espacio oscuro donde solo el "te amo" sincero, pero con dejos de dolor retumbó en su cabeza.
—¡No, no!, ¡No pueden hacer esto!, ¡HARU! – gritó con desesperación cuando vio cómo Yamada se alejaba seguido de Sato. —¡NO TE LA LLEVES!
Su instinto de lucha fue impulsado por el miedo aterrador de perderla. De un salto se puso de pie para correr hacia su hija, pero Hairo, Otto, Susuki y Yusuki se lo impidieron tirándolo al suelo.
—Ya deja de pelear omega, tú también vendrás con nosotros, pero primero Hashiba san quiere darte una lección. – Dijo con sorna Hairo, apoyando su rodilla contra la espalda de Takato, impidiéndole que se levantara, mientras con su mano libre palmeaba su trasero.
—Déjate de tonterías y levántalo, tengo hambre y ya perdimos mucho tiempo jugando a las escondidas.
En cuanto lo pusieron de pie, Takato volvió a dar guerra, sus ojos ardían con determinación. Solo había un pensamiento en su mente "recuperar a Haru".
Una patada en los testículos fue dada sin misericordia a uno de los maleantes, cortesía del pequeño omega que sacaba las garras y mostraba los caninos, rabioso e iracundo. Aunque uno estaba ahora en el suelo sobando sus partes nobles, seguían siendo tres contra él solo y por más que quisiera dar batalla, los números no estaban a su favor.
Entre los tres propinaron golpes en todo su cuerpo, dejando marcas rojas y moradas, partiendo su labio haciéndolo sangrar.
—¡AAgh!, ¡este maldito omega no sabe cuándo rendirse!
Takato, pese a la paliza, no dejaba de ver el camino por el cual se habían llevado a su tesoro, intentó incorporarse, pero el pie de Yusuki pisó con furia su mano. La esperanza de salir de esta y encontrarse con su hija se iba desvaneciendo y las lágrimas que había estado reteniendo estallaron en cascada.
—¡QUITEN SUS ASQUEROSAS MANOS DE ÉL!
El rugido de la bestia suprema resonó con una autoridad abrumadora amedrentando hasta a los elementos. El viento fresco dejó de correr, las hojas de los árboles detuvieron su danza y hasta el más mínimo sonido de los animales se redujo a un silencio sepulcral.
El llamado estremeció a los cuatro sujetos, que no pudieron moverse ni un centímetro, cada vello de su cuerpo estaba erizado por el terror que les recorrió hasta la médula.
Jamás una presencia había sido tan imponente como la que ahora se presentaba ante ellos. Pronto Junta dejó salir feromonas opresivas, uno a uno los hombres cayeron al suelo tomando su cuello, rascándolo con desesperación para crear un agujero y así poder respirar. Las uñas se enterraban en su propia carne hasta sangrar, sus ojos se desorbitaban y sus cuerpos flácidos no dejaban de temblar.
Por su parte, Junta corrió hacia Takato envolviéndolo en un abrazo protector, su mirada cargada de ternura y amor pasó a una sumamente desagradable cuando al mirar de cerca pudo apreciar las heridas que su destinado tenía por todo el cuerpo. En un nanosegundo la sed de venganza corrió por sus venas, insaciable, y esta solo aumentó cuando Takato confirmó lo que sospechaba.
—Haru… se llevaron a mi Haru… - La voz rota de Takato estrujó su corazón.
—Ya estoy aquí, iremos por ella, estará bien. – Prometió pegando su frente con la de Takato intentando consolarlo. Al ser un Enigma, Junta era capaz de liberar diferentes tipos de feromonas al mismo tiempo. Por un lado estaba torturando hasta la muerte a los hombres de Himura y por el otro, reconfortaba con amor y dulzura al omega que temblaba en sus brazos, ayudándole a normalizar su respiración y emociones.
—Qué es esto… es tan agradable, huele tan bien… – Pensó embriagado en la dulce fragancia. Recargando su cabeza en el pecho firme que lo acogía, acomodando su cuerpo entre los brazos que lo sostenían con anhelo y posesividad, pero que en medio de ello lo arropaban como si de la cosa más valiosa del mundo se tratara.
En cuanto Takato recuperó un poco de su conciencia, abrió de golpe sus ojos, enfocó su vista y se dio cuenta que el dueño de las feromonas que tan bien lo habían hecho sentir, se trataba nada más y nada menos que de Junta.
Por un momento no supo cómo reaccionar, no tenía idea de cómo había llegado hasta él, pero no importaba, ahora lo único que le preocupaba era su hija.
—¡Suéltame!, ¡debo ir por Haru! – gritó empujando al hombre que lo sostenía. Sin pensarlo dos veces se puso de pie. Todo su cuerpo dolía y crujía por el castigo recibido, pero el fino hilo que tiraba de su corazón con el de su hija se había tensado tanto que temía que en cualquier momento se rompiera y de ser así, entonces moriría.
Junta quiso seguirlo de inmediato, pero de no ser capaz de recuperar a Haru, al menos tenía que asegurarse de que uno de los cuatro imbéciles que yacían en el suelo pudiera decir su paradero.
En ese momento Ramiro y Ayagi llegaron.
—¡UUUFF!… – Exclamó Ayagi antes de caer al suelo seguido de Ramiro. —De… deja de emanar esas feromonas asesinas… – murmuró apenas con un hilo de voz.
—Encárguense de ellos, que uno viva, debemos interrogarlo. ¡Iré tras Takato! – gritó cuando se encontraba a varios metros de distancia, a lo que Ramiro y Ayagi solo pudieron asentir.
Mientras tanto, Takato, corría a toda velocidad con la poca adrenalina que aún bombeaba por su cuerpo. Las ramas golpeaban su rostro, el camino se volvía más angosto, inestable y complicado. Su cabello se pegaba a su frente empapado en sudor, su respiración acelerada le quemaba los pulmones, sus fosas nasales se extendían intentando jalar todo el aire que pudieran, el corazón le latía como caballos desbocados y la horrible sensación de que no avanzaba lo torturaba.
Entonces pudo ver a lo lejos a varios hombres reunidos en un claro, quienes en cuanto se percataron de su presencia, avanzaron hacia él. Takato continuó corriendo entre los árboles incapaz de distinguir si eran las ramas o las manos de aquellos sujetos quienes estiraban su ropa.
—¡Ahí!, ¡ahí estás! – Exclamó como alguien que había naufragado por muchos días y al final contemplaba con sus propios ojos tierra firme. La herida en su boca se ensanchó cuando mostró una sonrisa de alivio.
A escasos metros un carro negro fue iluminado por la luz de la luna poniéndolo como diana central ante sus ojos. Yamada aún tenía en brazos a la niña, pero esta se encontraba completamente desvanecida.
—¡HARU!, ¡HARU! – gritó histéricamente.
El hombre se sorprendió al escuchar la voz de Takato, giró deteniéndose a escasos pasos del automóvil, dedicando unos segundos para contemplar al omega que corría hacia él con una apariencia lamentable, pero en cuyos ojos reflejaba una determinación y furia que bien podría derrotar al ejército más poderoso del mundo.
Internamente reconoció el espíritu de lucha de Takato, pero el sentimiento había sido fugaz y terminó de dejar rastro en cuanto Hashiba abrió la puerta del coche y extendió los brazos para tomar a la niña.
—¡Alto!, ¡no te la lleves!, ¡por favor! – Suplicó Takato sintiendo el sabor de su sangre y lo salado de sus lágrimas que se mezclaban dentro de su boca.
Pudo ver cómo Hashiba ordenaba, pero no alcanzaba a escuchar nada.
Después de intercambiar palabras, ambos sujetos entraron en el auto.
—¡POR FAVOR PARA!… esto es una pesadilla, no puede ser real, no lo es… – Pensó intentando autoconvencerse para evadir el dolor y la desesperación.
Takato ahora estaba a un solo metro de distancia, estiró la mano para tocar el carro, como si al hacerlo este pudiera detenerse y entonces el tiempo avanzó en cámara lenta frente a sus ojos.
Fueron segundos, uno de los hombres sacó medio cuerpo por la ventana. Entonces se escuchó una risa burlona seguida del sonido estruendoso de un arma.
—Jaja, al fin… en cuanto la bala llegue a mi podré despertar… – Murmuró enloquecido, cerrando los ojos…
—¡TAKATO!
—Anda, llega a mí de una vez, ¡maldita sea! – Gritó impotente, pero el impacto jamás lo alcanzó y lo único que cayó sobre él fue el peso de un cuerpo herido.
Takato cayó al suelo sintiendo cómo un líquido rojo y caliente mojaba sus prendas hasta teñirlas con su escandaloso color. El olor era fuerte y penetrante, hasta el punto de que sus fosas nasales se contraían para no seguir oliéndolo.
Abrió los ojos, siguió el camino que formaba el líquido rojo que seguía saliendo. Quiso detenerlo, así que colocó sus manos sobre el lugar donde la sangre borbotaba como fuente, pero esta solo lo manchaba escurriéndose entre los dedos.
—¡AYUDA!, ¡ALGUIEN POR FAVOR AYÚDEME!
De su frente herida por golpear contra las ramas, escurría sangre hacia abajo que volvía todo rojo a su alrededor, Takato trató de convencerse de que era un sueño, que pronto despertaría; y le funcionó, pero solo por un momento, ya que al mirar el rostro de quien se había interpuesto entre la bala y él, este lo fulminó hasta el punto de olvidar cómo respirar.
TIEMPO ACTUAL
—¿Cuándo va a despertar? – Ramiro preguntó cruzado de brazos moviendo su pie con impaciencia.
El hombre de la bata blanca acomodó sus lentes. —Tanaka san, como ya había mencionado, si el paciente despierta esto provocará un Shock emocional muy fuerte, podría caer en una extrema depresión, en un estado catatónico o en el peor de los casos atentar contra su propia vida. – El moreno tragó saliva — Mantenerlo sedado es la mejor medida que podemos tomar por el momento.
—¡Pero no lo pueden tener así por siempre!, ¿qué diferencia hay entre un vegetal y él?, ya han pasado cuatro días, ¡cuatro pinches días!, él es fuerte, no atentará contra su vida, ni dejará de luchar. ¡Quiero que lo despierte ahora! – Exigió golpeando la mesa de centro, lo que hizo que tanto el doctor como la enfermera se estremecieran asustados.
—Ramiro, tranquilízate – Pidió Chihiro pasando su brazo sobre sus hombros, a lo que el otro solo atinó a tomar la delgada mano que colgaba sobre su pecho derecho para besarla. —Doctor, entendemos lo que podría pasar, pero al final de cuentas son cosas que pueden o no suceder. Es más preocupante para nosotros que Saijo san permanezca inconsciente, le aseguro que él no lo aprobaría, desearía estar despierto y activo, no postrado en una cama de hospital. Aceptamos que fuera sedado, pero no por tanto tiempo.
El doctor apretó el expediente entre sus brazos, había recibido la indicación por parte de Usaka que Takato permaneciera dormido por su propio bien, pero ahora tenía a un futuro Jefe Yakuza frente a él y a un hombre de raza mixta con un carácter explosivo presionándolo para que hiciera justo lo que le habían prohibido. Por lo que en ese momento deseó con todo su ser jamás haber estudiado medicina.
—Verán, yo entiendo… pero como el médico de Saijo san, debo asegurarme de que…
—Deje de administrar los sedantes, él es mi omega y como su alfa puedo tomar esta decisión.
Ramiro y Ayagi giraron la cabeza hacia la puerta, sorprendidos al ver a un convaleciente Junta que se apoyaba en el marco vestido con la típica bata del hospital. Hace dos días había salido de terapia intensiva por la pérdida de sangre que tuvo, la herida aún no cicatrizaba por lo que verlo fuera de la cama era lo que menos debía hacer, pero ninguno dijo nada, pues la orden que dio el Alfa, era justo lo que habían estado alegando segundos atrás.
El doctor, al ver a Junta, que pese a su condición reflejaba poderío, no tuvo más que ceder ante la petición, no sin antes advertirles lo siguiente: —Saijo san despertará en una hora, traten de no alterarlo, no lo presionen, en caso de que ocurra algo inesperado… no duden en pulsar este botón y alguien del personal vendrá enseguida.
Los tres hombres asintieron viendo como el de lentes y enfermera salían de la habitación. Ramiro se sentía impotente, quería que Takato despertara, pero al mismo tiempo odiaba tener que decirle que había pasado cuatro días inconsciente y que en este tiempo aún eran incapaces de encontrar a la niña. Pues lo más cerca que habían estado de ella, fue cuando el día de ayer por la noche, registraron la antigua mansión Himura.
Pero lo que más les frustró fue ver indicios de que las ratas habían estado habitando el lugar. Al principio no podían creerlo, jamás imaginaron que usarían la obviedad como ventaja, debido a que nadie en su sano juicio pensaría volver a un lugar que había quedado bajo la jurisdicción de la policía. Hairo, quien fue el único que sobrevivió ante las feromonas de Junta, fue tratado de manera "especial", aguantó mucho, pero al final terminó por decirles dónde se estaban escondiendo.
Conocer este hecho fue demasiado para todos, estuvieron siempre bajo sus narices, riéndose a sus espaldas y dándose la buena vida hasta ahora, planeando con calma y cinismo sus movimientos.
Ahora, no se trataba solo de la desaparición de la hija de Takato, sino una lucha de poder que incluía a los Clanes de la zona. No podían permitir que un grupo de Yakuzas sin dueño intentaran recuperar un territorio que ya no les correspondía, poniendo así entre dicho la autoridad de los Jefes actuales. Si dejaban que estos continuaran haciendo lo que quisieran, nada les garantizaba que otros más no se levantaran. El orden debía ser reestablecido.
En medio de la rabia y frustración, el moreno, junto con Ayagi, Hasegawa y sus hombres; incluidos: Ken, Marioka, Yasuda, Sugihara y Kaji, quienes al enterarse de lo que había pasado golpearon la mesa y maldijeron furiosos, revisaron minuciosamente cada rincón buscando cualquier cosa que les ayudara a dar con su paradero, pero los hallazgos no pasaron más allá de tickets del konbini, restos de comida y unas latas de cerveza en la mesa de la cocina.
Ver esos restos fue la gota que derramó el vaso, el hecho de que ni siquiera estuvieran echados a perder significaba que no hacía mucho, tal vez solo un par de horas atrás, habían estado platicando y llenando sus barrigas justo en esa mesa.
Ramiro caminó con cansancio por el extenso pasillo hacia la última habitación del segundo piso. En cuanto entró, su mirada viajó hacia el pequeño foco con forma de estrella al lado de la cama, mismo que permanecía encendido. De inmediato sintió un cuchillo clavándose sin piedad en su corazón.
—Aquí estabas patroncita, aquí estabas… - pronunció apretando los puños y dientes con rabia.
El cuarto tenía la sutil fragancia infantil de la niña, las cobijas sobre la cama estaban revueltas, como si alguien con prisa hubiera entrado y tomado la preciada carga sin prestar atención a los detalles.
Ramiro se arrodilló al costado de la cama sintiendo mil cosas en su interior que iban desde la furia incontrolable, pasando por la tristeza, la culpa y finalmente el desasosiego. Miró las sábanas y extendió sus manos sobre el colchón esperando sentir el calor de la niña, inesperadamente lo que vio y sintió, en vez de calentar su alma, hizo que esta se congelara a mil grados bajo cero. Gotas de sangre pintaban de rojo la sábana de seda celeste bajo su palma.
Una mueca de terror desfiguró su rostro hasta volverlo algo horrible de ver. La adrenalina volvió a él y cada músculo de su cuerpo se tensó por la ira descomunal que sentía. De un solo manotazo tiró la cobija que cubría la cama para terminar de revelar la verdad, pero solo él sabía lo que había rezado en un segundo para que lo que pensaba no fuera cierto.
Su pecho se infló repetidas veces, sus extremidades temblaron y de su boca salió una exhalación salvaje. Llevó sus manos a su rostro tallándolo en un intento de moderar la ansiedad que tenía. Se golpeó varias veces las mejillas y regresó su vista hacia el colchón.
Afortunadamente su pensamiento más extremo no se materializó, pero no por ello estaba menos preocupado. Prestó más atención alrededor notando que las gotas sobre la cama eran contadas, pero seguían un camino hacia el baño.
Con un nudo en la garganta abrió la puerta encontrando una cantidad más escandalosa sobre el suelo y lavamanos, así como el botiquín de primeros auxilios abierto y revuelto.
El moreno pateó furioso la caja al tiempo que gritaba como una bestia.
Chihiro, quien había escuchado su voz, corrió hacia él deteniéndose un momento cuando el olor a hierro llegó a sus fosas nasales. Siendo un Alfa, era imposible no darse cuenta de esto. Al echar un vistazo rápido y percatarse de la sangre, primero creyó que era de Ramiro, pero pronto la idea fue desechada para solo ser sustituida por otra peor.
—Ramiro… crees que esta sangre sea de… - murmuró el Alfa con el ceño fruncido dando otra olisqueada.
—¡No lo digas! – Gritó el mexicano presa del pánico, con los ojos desorbitados y respiración agitada. Si continuaba así podría comenzar a hiperventilar.
Sin avisar, Chihiro le tiró una bofetada que resonó con el eco del baño. Ramiro despertó de su trance y aún sorprendido giró su rostro hacia el castaño sin dejar de sobar su mejilla que ahora tenía pintada una palma roja sobre toda su superficie.
—¡Contrólate!, actuando así no eres de ayuda. La sangre no es de ella, la de ella huele diferente. – Argumentó, recordando cuando la visitó en el hospital después de apresar a Himura, en ese entonces ella tenía una herida en la boca que en ocasiones sangraba cuando hablaba o comía, debido a eso, el instinto de Chihiro registró su aroma, lo que ahora resultaba sumamente tranquilizante para ambos.
—¡¿Lo dices en serio?! – La esperanza y anhelo en su voz era tan desesperada que Chihiro no pudo evitar abrazarlo por la ternura que le dio verlo tan vulnerable, no había duda alguna que este hombre enorme y rudo que podía asustar con su sola presencia tenía un corazón enorme que sabía amar con todas sus fuerzas y justo ahora ese amor estaba dirigido para la nena que seguía desaparecida. —Por favor, dime que no es de ella…
—Serás idiota, ¿cuándo te he mentido? – reprendió Chihiro palmeando su trasero. —Sé cómo huele su sangre, no es de ella. Esta huele asquerosa, seguro es de alguna mierda. – Dijo con tono firme para consolarlo.
Ramiro volvió a la vida en un instante, soltó un suspiro de alivio y abrazó con todas sus fuerzas el delgado cuerpo de su amante. —¡Gracias!, ¡te amo!, ¡te amo un chingo! y amo esta naricita respingada y preciosa que tienes – Recalcó colocando varios picotazos seguidos en la punta. A lo que el Alfa solo se dejó querer.
—Ya que este oso dejó de llorar, es hora de…
¡Crack!, ambos sujetos miraron hacia abajo de donde el sonido provino. Chihiro levantó el pie y justo debajo de él estaba un reloj inteligente con la pantalla quebrada.
De inmediato Ramiro se agachó para tomarlo, mirando al Alfa con una expresión complicada. — Esto…
—¡Sí, definitivamente puede servirnos! – Gritó Chihiro — Si este idiota no se ha deshecho de su celular, podemos rastrearlo, ¡ves! Te dije que la sangre no era de la niña, este imbécil se ha de haber herido, se quitó el reloj para vendarse y lo olvidó. Wow… kamisama existe. – Finalizó aliviado.
—¡Pero lo pisaste! y ¿si no funciona?
Ante sus palabras, Chihiro evitó su mirada apenado, ese era un punto importante que deliberadamente había ignorado para no sentirse mal consigo mismo por tal vez haber echado a perder la única cosa que podría ayudarlos a encontrar a la niña.
En ese momento los demás entraron a la habitación, Chihiro aprovechó el momento para quitarle a Ramiro el reloj de las manos, huir y explicarles a los demás la situación.
Con la esperanza de encontrar algo más, Ramiro siguió registrando. Ahora que se encontraba más calmado, regresó su vista hacia la cama de Haru. Una hoja de máquina colgaba apenas de la orilla. Caminó hacia ella y con cuidado la tomó, al parecer al levantar las colchas de manera brusca, esta salió volando. Desdobló la hoja y lo que vio llenó de esperanza su corazón. —¡Tan lista!, ¡eres tan lista mi patroncita!
Eran las seis de la mañana cuando volvieron al hospital con la información y el reloj con la pantalla quebrada, Usaka le informó a Junta, quien de inmediato pidió que mandaran traer a un ingeniero, no quería ni una sola fuga sobre el paradero de Haru ni que le escondieran nada, por ello mantendría al hombre bajo su ojo vigilante hasta que este le diera lo que quería.
De vuelta en la habitación de Takato, cuando el doctor se fue, el Alfa joven y el moreno se recostaron en el sillón, habían pasado los últimos días con apenas unas horas de sueño, tomando café como locos y moviéndose de un lado a otro; por lo que, en cuanto tocaron terreno blando, sus ojos se fueron cerrando, teniendo como última imagen la de un Junta extremadamente serio.
Este último se encontraba sentado junto a la cama de Takato, sosteniendo con su mano libre de agujas la del omega. Depositando un par de besos de vez en cuando.
La hora corrió pronto, no había noticias del ingeniero, lo que quería decir que el daño al aparato había sido considerable. Aquello lo volvió impaciente, pero por el bien de Takato debía estar tranquilo.
La herida en su estómago no estaba cerca de cicatrizar y constantemente le recordaba su existencia al mandarle señales de dolor, después de todo había recibido una bala a una distancia corta; aunque fue un trayecto limpio, en realidad pudo haber muerto debido a la cantidad de sangre que perdió al ser rozada una de sus arterias. Aunado a ello, el uso prolongado que hizo de sus feromonas de Enigma para someter a todos lo hombres que iban tras Takato, comenzaba a pasarle factura, haciendo que su recuperación fuera más lenta de lo normal y mareos desagradables vinieran a él.
Mientras Junta apretaba los ojos para aliviar el dolor de cabeza y abdomen, sintió como la mano que sostenía comenzaba a moverse.
Se enderezó de prisa susurrando el nombre de Takato, la acción apresurada hizo que una de sus puntadas se abriera, pero no le importó. Lo que más quería era poder consolar a su omega; pues, la última imagen que guardó en su cerebro antes de caer en la inconciencia fue la del azabache llorando a grito abierto con sangre escurriendo de su rostro.
Takato escuchó una voz que le llamó, pero fue incapaz de concentrarse en ella cuando el olor a desinfectante le hizo arder la nariz, solo miraba hacia el techo intentando asimilar lo que había pasado, esperando que todo hubiera sido una pesadilla, pero el dolor en su cuerpo y aún más, la pena demoledora que aplastaba su corazón, le recordó que para su desgracia no era así. Pronto una sensación de malestar lo golpeó, como si literalmente hubiera perdido su alma, su corazón lloraba y sangraba por su pedazo de vida. No podía pensar en nada más, o al menos eso creyó, pues pronto, la imagen de su niña siendo arrancada de sus brazos, la carrera infernal hacia el auto y el cuerpo de ella completamente desvanecido siendo entregada a Hashiba, terminó por cortar el último hilo de cordura que aún tenía.
Necesitaba desahogarse y encontrar un culpable.
—Takato, soy yo… aquí estoy contigo. – Con voz suave y llena de ternura, Junta volvió a llamarlo al tiempo que arrancaba la intravenosa de su mano para tomar el rostro del omega y ayudarlo a mirar hacia él. Solo que, al hacerlo, un escalofrío corrió por su columna cuando jade y zafiro se encontraron.
Los hermosos ojos azules habían perdido todo rastro de vida, como si una cortina de humo los cubriera e impidiera que la luz pasara a través de ellos. Su amado era el retrato perfecto de la muerte en vida que ni Edvard Munch se habría atrevido a pintar.
Asustado, pero aún más, preocupado por él. Junta volvió a llamarle acariciando las pálidas mejillas. Quería llorar, verlo así lo lastimaba más que las heridas en su cuerpo, pero no podía mostrarse débil. Ahora más que nunca debía demostrarle que podía ser un Alfa confiable para él y Haru, que haría cuanto estuviera en sus manos para recuperarla e incluso feliz vendería su alma si con ello lograra que Takato y Haru volvieran a estar juntos.
Junta depositó un beso cariñoso en su frente y dijo con voz solemne: —Takato, te traeré a Haru sana y salva, te lo prometo. No me detendré, no dudaré, no tendré piedad para con nadie, los haré pagar de tal manera que desearán no haber nacido. Jamás, nadie volverá a tocar siquiera uno solo de sus cabellos.
—Te odio…
En un instante el calor y la euforia que Junta tenía fue cortada de Tajo, siendo estas sensaciones reemplazadas por el frío y el pánico. —Ta… - quiso abrir la boca, pero un nudo se formó en su garganta impidiéndole hablar. Su cara ahora era una máscara de silente agonía.
—Te odio tanto… - Repitió Takato —Es tu culpa… Si no hubieras interferido en nuestras vidas nada de esto habría pasado, seguiría viviendo con el Clan Himura, mi hija tendría a su padre, su familia feliz seguiría existiendo, estaría siempre conmigo… todo el tiempo, por siempre; tendría otro bebé, nadie nos estaría persiguiendo, nadie se la llevaría… —La voz de Takato era apenas audible, pero no temblaba, sino todo lo contrario, salía de su boca con coherencia y una tranquilidad que en vez de sentirse reconfortante asustaba.
Cada palabra fue una puñalada en el corazón de Junta. La culpa, remordimiento, tristeza, miedo y desesperación peleaban por cubrirlo. Lentamente, retiró sus manos del rostro de Takato y posó una de ellas sobre su herida que a cada segundo manchaba las vendas.
—Fue por ti que nos encontraron, no sé cómo diablos conseguiste mi número, ellos escucharon el tono y nos vieron, ¿no te cansas de lastimarnos? – Preguntó mirándolo directamente a los ojos, reflejando en sus pupilas el rostro impresionado de Junta. —Dices "prometer" traer a mi niña, pero para mi tus promesas no valen nada, eres un falso, mentiroso, egoísta, vil. Me has quitado lo que más amaba, ya no tengo nada… – Dijo con apenas un aliento después de inyectarle hasta la última gota de veneno.
Junta no podía creer lo que Takato le decía. Su cara se descompuso en una mueca de angustia pura. Sus hombros se encogieron haciéndolo lucir lamentable. —¿Volví a equivocarme?... – murmuró apretando su herida, sintiéndose la basura más grande del planeta. Lo de ahora no podía compararse con lo que ocurrió en España. En aquella ocasión había pasión, furia, tristeza y demás emociones en cada palabra de Takato e incluso cuando volvieron a encontrarse y confesó sus pecados hubo algo, pero ahora no había nada, ni siquiera pudo sentir el odio cuando lo maldecía y eso fue aterrador.
Quiso huir, pensando que tal vez al hacerlo evitaría sentir el miedo, inseguridad y abandono que estaba experimentando, pero sus extremidades estaban petrificadas.
Entonces, Junta lo supo, en este momento estaba seguro de que el inconmensurable dolor que se clavaba en su pecho era lo que su abuelo le había contado muchos años atrás, y esto era que: cuando un omega o un alfa rechazan desde el fondo de su corazón a su destinado, el vínculo creado por la naturaleza que conectaba ambos corazones comienza a morir, reflejándose casi al instante mediante un dolor agonizante en el pecho. En el caso de que los dos lo rechacen, con el tiempo simplemente desaparece, pero si uno de ellos sigue amando, este es carcomido por el vínculo en deterioro llevándolo a un destino lamentable. Que a diferencia de un vínculo roto en parejas comunes de alfas y omegas (que no son destinados, pero se unieron mediante una mordida), en la que con ayuda se puede salir adelante, en el caso de los destinados no existe otro camino más que el de la muerte.
—Ja… - Exclamó agarrándose del barandal de la cama para no caer. Su sentencia estaba firmada y él se había encargado de escribirla. —Si le explico a Takato lo que me pasará, ¿podría quererme de nuevo? – Pensó aferrándose a la última esperanza que le quedaba, tirándola por la borda al instante. —No, no puedo hacerle eso, retenerlo por mi egoísmo, que me ame por lástima… ni siquiera tengo el derecho de pararme frente a él. Si así es como debo pagar todo el daño que le he hecho, entonces que así sea.
Al cerrar los ojos pudo ver claramente su unión, bajo un pino fuerte y frondoso ramas de naranjo se enredaban en su tronco adornándolo con hermosas flores blancas. La vista era algo irreal, la fuerza y fragilidad coexistían en perfecta armonía, y al mismo tiempo lucía sumamente hermosa. La manera en que se entrelazaban era íntima, como si se contaran confidencias. El solo pensar en separarlas se consideraría un pecado, pero de pronto una de las ramas del naranjo fue arrancada sin piedad trayendo consigo fragmentos de tronco del pino, dejando una cicatriz en su corteza que daba testimonio de que alguna vez estuvo ahí.
Takato apretó los ojos y llevó una mano hacia su corazón. Al principio, las lágrimas comenzaron a correr de manera silenciosa, pero segundos después, su recorrido fue acompañado por un grito desgarrador que estremeció todo el piso.
En ese momento Ramiro y Chihiro que habían estado dormidos sin percatarse de absolutamente nada, brincaron del sillón para correr hacia Takato. Pensaban que apenas había despertado, por lo que asumieron que el grito se debía a que se sentía desorientado. Ramiro lo abrazó sintiendo como este temblaba cual liebre asustada.
—Shh, shh tranquilo, tranquilo. No llore, mi patroncita es igualita a usted, deje le saco lo que dibujó, tengo cosas que contarle – Cuando se ponía nervioso, le era imposible hablarle de manera informal a Takato, aunque este le había dicho mil veces que eran hermanos.
El dibujo fue lo primero que se le ocurrió al moreno para intentar tranquilizarlo. Sus manos sudaban cuando tomó el papel y se lo mostró a Takato, quien, aunque seguía sintiendo un dolor desconocido en su pecho, fue capaz de enfocarse en lo que se le mostraba.
En ese momento Chihiro soltó un suspiro aliviado, cepilló su cabello y giró para mirar a Junta, sorprendiéndose al verlo inmóvil y pálido hasta la muerte. —¿Oye, te sientes bien? – preguntó dando un paso hacia él, solo para soltar una grosería. —¡Mierda! ¡Estás sangrando!
Al escucharlo, tanto Takato como Ramiro voltearon.
Takato seguía derramando lágrimas y sosteniendo su pecho, pero no fue hasta que vio la bata de Junta empapada en sangre que recordó que este último se usó a sí mismo como escudo para que él no fuera impactado por la bala.
Por un instante quedó congelado y no supo explicarse a sí mismo por qué dentro de su ser se sentía tan descorazonado por él. Parpadeó varias veces y cuando estuvo a punto de llamar al ojiverde, Arisu entró seguido de dos médicos y dos enfermeras, quienes se dividieron para atender a ambos pacientes.
De inmediato el doctor colocó al Alfa en una silla de ruedas para llevarlo lo más pronto posible a curaciones, mientras que la enfermera tomaba el suero que este dejó tirado.
—Lo siento, lo siento mucho… - soltó Junta sin mirar a Takato, al tiempo que era llevado fuera. Nadie a excepción del azabache y Arisu entendieron a qué se refería. Este último sacó un pañuelo para secar los chorros de lágrimas que bajaban por las mejillas del ojiverde. Avanzó junto con él y cerró la puerta detrás, no sin antes dedicar una última mirada al omega que lucía completamente perdido.
