CAPÍTULO 37
TREGUA
—¿¡Dónde encontraste el dibujo!? – Preguntó sobresaltado.
Después de que las aguas se calmaron y el doctor se marchó convencido de que Takato se encontraba en sus cinco sentidos, o al menos en apariencia, Ramiro se dispuso a contarle todo lo que había pasado hasta el momento; desde la parte en que llegaron a su encuentro hasta lo que horas atrás descubrieron después de que Hairo revelara que todo el tiempo estuvieron en su antigua mansión.
De vez en cuando Ramiro miraba a Chihiro para que este confirmara sus palabras, a lo que el otro asentía. Muy seguramente el hecho saber que su niña no había sido llevada tan lejos de él, fue lo que alimentó su esperanza y que en consecuencia; sus ojos oscurecidos por la sombra de la locura fuera ligeramente difuminada, permitiendo que un rayo de luz brillara tenuemente en sus pupilas regresándolo a la vida.
—El dibujo estaba debajo de las cobijas, estoy seguro de que intentaba esconderlo. Escribió en español, ninguno de esos putos sabe el idioma de los dioses, – comentó sintiéndose orgulloso de sus otras raíces, que pese a la distancia que físicamente había establecido con el país de la majestuosa águila devorando una serpiente, hacía que su corazón anhelante palpitara por la tierra caliente, el sol abrazante y los nopales verdes a lo largo del desierto levantándose firmes. Recordándole que aún en condiciones tan extremas, la vida se imponía con coraje y majestuosidad extendiendo sus raíces hasta el centro de la tierra para obtener la fuerza que requería para seguir existiendo. Justo como el pequeño omega frente a él.
Chihiro agregó: — Lo que significa que esperaba que lo viéramos y supiéramos a dónde la llevarían. Esta chiquita, pero sabe que jamás renunciaremos a ella. ¡La vamos a encontrar!
Takato volvió a llorar sintiéndose rebasado por sus emociones. Con ternura pasó las yemas de sus dedos sobre el dibujo, dejando una caricia bañada en azúcar. Al palparlo, cerró sus ojos y casi podía ver como su nena se escondía bajo las cobijas: tomando los colores, haciendo cada trazo e intentando recordar un alfabeto con el cual no estaba familiarizada. Un gemido, propio de los omegas cuando se sentían heridos, escapó de su boca poniendo los pelos de punta al Alfa en la habitación, estirando el hilo instintivo de protección dentro de él.
—¿Qué estabas pensando, mi amor? – Justo en el centro del papel una marca seca de agua había barrido ligeramente los colores estrujando el corazón de Takato. —Lloraste… - murmuró besando el papel con cariño como si así pudiera transmitirle a su hija amor, calidez y consuelo.
La pareja intercambiaba miradas incómodas, sin saber cómo actuar.
Haru dibujó lo mejor que pudo el Monte Fuji y escribió las palabras: lago, bosque, abajo.
Ramiro arqueó sus cejas —No llores, luego cuando se vuelvan a ver, vas a traer los ojos de sapo aporreado.
—Ja… – Un intento de risa salió de la boca de Takato. Apretó los ojos y reprimió las lágrimas que amenazaban con salir de nuevo. — Ya pasó su cumpleaños, le prometí que sería un día divertido, especial. Que comeríamos lo que ella quisiera, que estaríamos bien… y ahora no se siquiera dónde está, cómo está, si le dan de comer, si le compraron un pastel y le cantaron. Si le tienen paciencia, si la tratan con amor y respeto… la incertidumbre me está comiendo por dentro… – Y esta era evidente, todo en Takato gritaba angustia desde su cabello enmarañado por la larga estadía en cama hasta en las microexpresiones que hacía de manera inconsciente.
Ayagi y Ramiro no sabían que decir, era difícil consolar a alguien cuando ni ellos mismos conocían la respuesta a las interrogantes de Takato.
—Ramiro me estoy muriendo… tengo un vació horrible aquí. — señalando su pecho, intentó confortarse con movimientos suaves sin éxito alguno — La necesito aquí conmigo, entre mis brazos, besando sus mejillas regordetas, oliendo su aroma de bebé, sintiendo su calor y escuchando su hermosa voz llamándome mami. – Sollozó.
Intentó reprimirse para evitar aullar de dolor, así que mordió su labio inferior, pero sus sentimientos lo rebasaban. Inevitablemente gota tras gota caía por sus mejillas.
Aún con todo el dolor que sentía, no podía permitirse quedarse de brazos cruzados y dejarles a otros la tarea de encontrarla. — Quiero ir a buscarla. No puedo seguir aquí – Pidió moviendo sus piernas fuera de la cama. El cuerpo crujió debido a los golpes, pero no se detuvo.
—¡Ah, ah, ah! No tan rápido, omega. – Dijo Ayagi tomándolo por los hombros impidiéndole bajarse de la cama. —No estás en condiciones de salir aún y primero debemos saber su ubicación exacta, y eso es lo que estamos esperando. Azumaya tiene razón en lo que nos dijo antes de entrar contigo. – La pareja no se percató de que ante la mención de este nombre, el omega que seguía con los pies colgando de la cama se estremeció.
—Dijo que bien podía ser una trampa para distraernos, hacer que deliberadamente la niña lo escuchara y llevarnos hasta un punto muerto. También comenzó a descartar sitios de acuerdo con el dibujo de Haru del Monte Fuji y lo que escribió. Originalmente el Monte Fuji cuenta con cinco lagos que son bien conocidos: Kawaguchi, Sai, Yamanaka, Motsou y Shoji, no obstante, la otra palabra "bosque", le hizo pensar en Aokigahara, que este a su vez colinda con tres lagos, el de Motsou, Sai y Shoji. – Hizo una pausa y continuó recordando cada cosa que Junta había conjeturado. — Aun así, Azumaya apostó por el lago Sai, porque sus riberas abarcan la mayor cantidad de terreno del bosque. En este momento hay todo un equipo de expertos y miembros de los clanes dirigiéndose hacia allá para explorar una superficie de 35 km², como puedes ver no será una tarea sencilla.
Takato apenas y si parpadeaba procesando todo lo que el ojiverde había deducido con tan solo ver el dibujo, sintiéndose como un tonto al intentar salir corriendo del lugar por impulso como un pollo sin cabeza. Definitivamente no podía cometer de nuevo ese error.
Ramiro agregó la última parte: —También dijo que la palabra "abajo", puede indicar que sea literalmente hablando, debajo de la tierra. Una cueva o bien a las faldas del monte. Por eso, estamos esperando que el ingeniero repare el reloj que te dije. Además, tenemos un ojo sobre Himura por si Hashiba pretende sacarlo del sanatorio y llevarlo hacia él. Los hombres de Hasegawa san tienen montado un campamento a afueras del edificio.
—Ha pensado en todo… - murmuró Takato, a lo que Ramiro asintió.
En la habitación contigua, Junta estaba siendo atendido, la herida en su abdomen se había abierto por sus movimientos bruscos. El doctor reforzaba las puntadas, la aguja entraba y salía perforando la carne, pero el Alfa parecía no sentir nada. Aunque la realidad era que el dolor emocional era mucho más fuerte al grado de opacar por completo el de su cuerpo.
—¡Listo!, por favor Azumaya san, debe guardar reposo, al menos por una semana más. No quiero tener que pasarle de nuevo la aguja, sino podría terminar con un gusano grueso como cicatriz. – Reprendió escribiendo unas cuantas indicaciones en la tableta de la cama y se fue.
Arisu se puso de pie y caminó hacia la cama. Dedicándole al Alfa una mirada que reflejaba compasión.
—Niño, si sigues poniendo en riesgo tu vida mi magnífico marido podría enfermar de estrés. Entonces yo tendría que venir a darte unos cuantos palos para que dejes de mortificarlo y aunque mis movimientos se vean un tanto reducidos por esta preciosa razón. – Sonrió el omega señalando su vientre abultado —te aseguro que te dejaré las nalgas como mandril.
Arisu, que había llegado temprano tras saber que despertarían a Takato, escuchó toda la conversación que este tuvo con Junta. Por un momento su rostro se oscureció, pero decidió guardar todo para sí mismo y no se movió hasta que el grito de Chihiro indicó que había problemas.
Ahora lo que pretendía era levantar un poco el ánimo del "niño" que cada vez se hundía más en la cama, sin éxito aparente.
Arisu suspiró sobando su pancita como si al hacerlo esta le revelara las palabras correctas cual bola mágica. —¿Quieres hablar? – preguntó con el tono cariñoso que solo un omega era capaz de emitir.
Junta negó con la cabeza, dirigiendo su vista hacia la ventana por la que deberían comenzar a colarse los primeros rayos del sol. Sin embargo, lo único que podía ver eran nubes oscuras y espesas. Con ellas presentes, se anunciaba el comienzo de la temporada de lluvias.
El exterior carente de luz y calor era un reflejo de su alma. Uno triste, melancólico y desafortunadamente real, mismo que comenzó cuando sus mentiras fueron reveladas y arrasadas por las potentes olas de la verdad… no, tal vez su malestar fue incluso antes de eso… el principio de la culpa y remordimiento fue cuando reconoció sus sentimientos y el mal que estaba haciendo pero que aun así no se detuvo.
Junta se hundió aún más en la cama, era como si su peso aumentara a tal grado que le era imposible sostenerse. Miles de recuerdos pasaban por su mente incapaz de detenerlos.
Sin que ninguno se lo esperara, un rayo atravesó las nubes y tras unos segundos, el estridente trueno hizo retumbar las ventanas. Así, las gotas de lluvia comenzaron a caer y con ellas, las que colgaban del rabillo de sus ojos verdes, también descendieron.
—Él me odia… me odia tanto que ha roto nuestro destino… ni siquiera se ha dado cuenta de eso…
El susurro dolido y apenas perceptible fue escuchado por Arisu quien no entendía muy bien a qué se refería Junta, pero de algo estaba seguro y eso era que las palabras del omega lo habían herido hasta la raíz. Hasta a él le dolieron cuando las escuchó y las hormonas alteradas por el embarazo tampoco le eran de mucha ayuda.
Arisu dejó salir un suspiro prolongado, aprovechando esos segundos efímeros para pensar en algo que consolara al menor.
—Él no te odia… tal vez – Esto último solo lo pensó, pues si lo transformaba a palabras seguro terminaría por rematarlo. Sacudió su cabeza y agregó: —Está enojado, frustrado, dolido… es un omega a quien le quitaron a su hija de los brazos. Digamos que solo estuviste en el lugar y momento equivocados.
—Siempre estoy en el lugar y momento equivocado, en todo… siempre - Soltó colocando una mano sobre sus ojos intentando ocultar su vergüenza — Lo único que sé hacerle es daño. Ya no quiero que sufra por mi culpa. – Apretó los diente hasta hacerlos rechinar y de nuevo volvió a sentir el sabor salado en sus labios. Jamás había llorado tanto como ahora, estaba devastado y la sensación de abandono, como si faltara una parte dentro de su pecho era desoladora.
—No, Junta, no es así. Tú…
—Arisu san – interrumpió adivinando lo que seguro le diría y aunque agradecía la muestra de solidaridad, hoy no la quería. — Cumpliré lo que le prometí y una vez que lo haga desapareceré de su vida. Le daré lo que quiere, si quiere mi carne, mi sangre o mi alma. Si quiere que salga de su vida o si desea que esté a tres metros bajo tierra yo mismo me enterraré. Solo deseo que deje de llorar y que ambos sean felices llevando la vida que realmente merecen.
Rápidamente el ambiente se había vuelto demasiado deprimente y Arisu no pudo evitar mirarlo con tristeza. No había nada que pudiera decir para consolarlo, al menos no por ahora, pues cada cosa que dijera le entraría por un oído y saldría por el otro.
Ver al ojiverde en estos momentos era demasiado triste e impresionante para cualquiera. ¿Cómo era posible que un Alfa Enigma como el que tenía frente a él pudiera lucir tan indefenso y abatido?
El pelirrojo acarició con delicadeza la mano de Junta a manera de despedida, dando un par de palmaditas antes de soltarlo.
—Entonces, intenta dormir. Cierra los ojos y concéntrate en mejorar, herido no puedes cumplir tu promesa; además, si tus abuelos te ven así de demacrado estarán muy tristes. – Finalmente, en cuanto terminó de hablar, obtuvo una reacción diferente de Junta.
—¿¡Qué!?, ¿les dijeron? – Cuestionó un tanto molesto, pero sin perder el control. Jamás sería tan malagradecido e irrespetuoso como para tratar mal al omega del amigo de su padre, quien solo se había dedicado a facilitarle la vida y apoyarlo desde que pisó suelo japonés.
El pelirrojo se sentó en la cama tomando de nuevo la mano del Alfa.
— Sé que no querías informar a tus abuelos, pero al no tener noticias sobre ti decidieron venir, de hecho, llegarán en un par de horas. Estaban demasiado nerviosos, así que Kazuomi les explicó la situación a grandes rasgos. Él irá personalmente a recogerlos así que no tienes que preocuparte por nada. Estoy seguro de que tendrán mucho que hablar, por eso te lo repito, des-can-sa. – Reprendió con tono maternal notando como las orbes verdes volvían a perder su brillo.
Poco después de dejar a Junta, Arisu decidió visitar al paciente de la puerta de al lado. Tomó aire y tocó dos veces antes de escuchar un apagado "adelante".
Takato seguía sobre la cama abrazando el dibujo de Haru con la mirada perdida en algún punto en el horizonte. La pareja había hecho todo lo posible para tranquilizarlo y persuadirlo a ser paciente, pero al final, la inestabilidad emocional de Takato era tan impredecible que tuvieron que ponerle de nuevo las esposas para impedir que saliera corriendo del lugar, una agarrada a la cama y la otra a su muñeca.
Ramiro dormitaba en el sillón totalmente desparramado con una de sus piernas colgando y la cabeza recargada en las piernas de Ayagi quien vigilaba que el omega de ojos azules no intentara nada loco mientras él mismo luchaba por mantener sus párpados abiertos. Por lo que en cuanto vio a Arisu entrar creyó ver unas alas de ángel en su espalda. Su relevo había llegado, o al menos eso esperaba, porque por más afecto que le tuviera a Takato, su cuerpo necesitaba un buen descanso para seguir funcionando.
—Largo de aquí, ambos dejaron de verse atractivos y arruinan mi vista. Vayan a casa, tomen un baño, coman bien y duerman lo suficiente. Yo lo cuido. – Prometió Arisu moviendo su mano para que los amantes se fueran de una vez.
Ayagi iba a contestar algo como "yo siempre me veo atractivo", pero ya había agotado su última gota de energía. Agradeció con un suave movimiento de cabeza, se puso de pie estirando su largo cuerpo y despertó a Ramiro palmeando su rostro, quien apenas consciente se dejó guiar por su novio, no sin antes despedirse del omega atado que por primera vez no le respondió. Takato estaba resentido con él por haberle llamado al doctor e impedido que saliera por su niña.
La racionalidad ya no tenía cabida en él, poco había durado su consuelo y ahora todo aquel que apoyara el tenerlo en esa cama, era un enemigo.
Mientras tanto, Arisu, en cuanto vio que ambos se fueron arrastró una silla hasta quedar frente a Takato quien seguía ignorándolo, no porque quisiera hacerlo o porque le molestara, simplemente no podía pensar ni concentrarse en algo o alguien más que no fuera su hija.
Arisu tomó su mano acariciando su dorso y le dijo: —No puedo entender qué tanto dolor sientes, ni voy a pretender hacerlo, pero yo también soy un omega y madre de un niño y en unos meses llegará otro. Por lo que sí puedo entender el amor que sientes por tu hija, y por ese mismo amor que le tienes te pido que no te ciegues.
Takato abrió los ojos con sorpresa regresando a la realidad. Cuando escuchó la voz de su amigo intentó prestar atención. Pensó que sería otro discurso de ánimo de los cuales estaba sinceramente harto, pero la oración "te pido que no te ciegues" lo sacó por completo de balance.
—¿Qué quieres decir?... – preguntó dudoso intentando saber el por qué —¿por qué dices que estoy cegado?
—Porque lo estás. Si quieres encontrar a tu hija y darle una vida feliz, primero debes quitarte esa mierda que traes en la cabeza. – Arisu se sentía mal de atacar a Takato en un momento de vulnerabilidad, pero si no era ahora, más tarde sería aún más difícil hacerlo entender la realidad.
Takato frunció el ceño y quiso replicar, pero el omega mayor no lo dejó.
—Escuché todo lo que le dijiste a Azumaya kun, y tengo que decirte que estás mal, de hecho súper mal. Si hubieras seguido en el Clan Himura, ese maldito bastardo te seguiría violando y golpeando, todos los días y a todas horas para tarde o temprano deshacerse de ti; tal vez encerrándote para siempre o en el peor de los casos mandándote al otro mundo. Te habría alejado de tu hija y la convertiría en su clon y tú resumido a cenizas en algún jarrón costoso no podrías hacer nada. Él era una verdadera bestia, tanto así que cuando la furia lo rebasó golpeó a tu hija, ¿qué demonios te hace pensar que en un futuro no muy lejano no lo volvería a hacer, aún y sin excusa alguna? o peor aún, la ofrecería a un socio para obtener beneficios para sí mismo, así como lo hizo contigo.
Aunque su voz era tranquila, cada palabra retumbó en la cabeza de Takato como si le hubieran gritado y sus mejillas se tornaron de un rojo exagerado. Sintiendo una bofetada que jamás llegó de manera física.
El azabache no cabía del asombro, para nada esperó que Arisu estuviera escupiéndole tales palabras a la cara. Una furia lo invadió haciéndolo temblar y solo atinó a correrlo.
El movimiento brusco de su mano fue detenido por las esposas que tintinearon al chocar contra la barandilla a la que estaban unidas.
—¡Cállate!, ¡lárgate de aquí! – rugió con los ojos inyectados de rojo.
Arisu lo miró con las cejas apretadas, se había imaginado tal reacción, no quería que fuera así, pero era la visión que ocupó el número uno en su lista de posibilidades.
—¡No, no me iré! tienes que abrir los ojos. Entiéndelo, jamás se iban a convertir en una familia feliz, no fue Junta quien mató a tu bebé, fue Himura, tus desgracias son por causa de él. Toda la basura que le escupiste a Junta no tiene bases. Estar con un Jefe Yakuza lo único que te garantiza es que tu vida siempre estará en riesgo, ¡siempre! y más aún cuando con quien estás casado es un ser tan horrible como Himura. Ahora mismo, fue Hashiba quien te quitó a tu hija, pero si tú hubieras seguido con Himura habría sido otra persona quien se encargara de eso por motivos que seguro sobrarían, ¿qué te gusta?, dime; ¿por un ajuste de cuentas?, ¿para ganar territorio?, ¿por mero gusto?, la lista puede ser infinita.
El pecho de Takato subía y bajaba, Arisu estaba diciendo cosas que no quería escuchar, porque muy dentro de él sabía que era cierto, pero de aceptarlo implicaría hacerse responsable de lo que él mismo había dicho y hecho, para lo cual no estaba preparado o más bien, no quería estarlo.
Todo el odio y resentimiento que había vertido en Junta lo había aliviado hasta cierto punto, pero no quería disculparse así fuera injusto, no quería tenerle lástima ni permitirse amarlo, porque era más fácil culparlo de todos sus males que abrirle las puertas de su corazón, de nuevo.
—¡Vete!
—¡No! Sé que Junta hizo muchas cosas mal, no lo justifico, pero justo ahora la herida de bala que recibió por ti sangra, salió de este cuarto con la moral por el suelo, él te ama, en serio ¡te ama! y en estos momentos se está desviviendo por dar con el paradero de Haru sin tomar en cuenta que debe reposar. No trates de echarle toda la culpa cuando fuiste tú quien decidió imprudentemente salir en medio de la noche sin decirle a nadie…
—¡Basta!
Ahí estaba, Arisu había dado justo en el punto que no quería reconocer. Porque pensar en "si hubiera" dolía más que mil cortes. Inevitablemente comenzó a llorar.
Arisu hizo una mueca de pena, era consiente que se comportaba como un bastardo, pero si tenía que desempeñar el papel del villano para despertar de la negación a Takato, entonces lo haría. Si bien no entendía a qué se refería Junta al decir "destino roto", tenía conocimiento de lo que un destinado era y lo extremadamente raro de encontrarlo. Por lo que no podía quedarse indiferente cuando la felicidad de su pequeño amigo y de su "sobrino" pendía de un hilo y todo a causa de terceros que no los dejaban sanar y vivir sus vidas pacíficamente.
—Takato, no busco lastimarte... en serio que no… - dijo tomando su pequeña pancita que por exaltarse comenzó a doler, su bebé estaba sintiendo lo mismo que él. Tragó en seco pasando su lengua por sus labios para humedecerlos un poco. Sus niveles de ansiedad aumentaban a cada segundo. — Tampoco pretendo culparte... pero mentirte a ti mismo no sirve de nada, al contrario, solo te lastima y lastima a los demás. No vacíes sobre otros toda la responsabilidad. Nada ni nadie es completamente blanco ni negro, somos una mezcla de gris a veces claro y otras veces oscuro. Todos cometemos errores, algunos son tan terribles que pueden quitarnos la fe en nosotros mismos o en los demás, pero intentar resarcir de corazón el mal es uno de los pasos que todo aquel que está realmente arrepentido da. Junta está arrepentido y no descansará hasta que Haru esté de nuevo contigo. Cree lo que te digo, por favor.
Azotando con fuerza la pequeña puerta de madera, un beta de apariencia desagradable se dejaba caer en el sofá moviendo la mano en negación.
—Yo no le llevaré de comer, ayer lo hice y ¡me mordió!, ¡se comporta como un pequeño demonio salvaje!
—Yo tampoco quiero, hoy cuando le llevé al desayuno me gruñó y casi me muerde también. Más bien se comporta como un perro callejero. — Agregó otro mientras cortaba el pescado con sus palillos.
Hashiba los miró con ojos de reprobación, pero no insistiría. Tomó la bandeja soltando un par de palabras agrias antes de caminar hacia la habitación.
—No es su culpa, eso es lo único que ha aprendido de ese maldito omega.
El desprecio hacia Takato era algo que para esas alturas era más que evidente e incapaz de ceder, así que por cada media palabra dos eran un insulto para el azabache, por lo cual se había ganado que la personita tras la puerta ahora no quisiera hablarle. Aumentando así las razones por las que odiaba al omega, no solo le había quitado a Kenichi, sino que no conforme con ello: destruyó el Clan que era su familia, alejó a Haru de su padre y ahora la había instruido de tal manera que lo odiara. ¡Era intolerable!
Sosteniendo con fuerza la bandeja, tocó dos veces antes de entrar, por supuesto no recibió respuesta alguna.
Apenas dio un paso adentro, la charola salió disparada. Arroz, judías verdes, pescado y sopa cayeron en su persona y suelo.
Hashiba se quedó con la boca abierta unos segundos tras contemplar a la pequeña Haru de pie frente a él mirándolo con desprecio. Sus ojos ámbar parecían estar ardiendo como el fuego, luciendo como un animal que pese a sentir temor tomaba fuerzas de su flaqueza para hacerle frente a lo que amenazaba su paz.
—¡Quiero a mi mami! – exigió por quién sabe cuál vez. Aquella frase se había repetido un sinfín de ocasiones y de nuevo tendría la misma respuesta: ninguna.
El hombre sacó su pañuelo del bolsillo, limpió los restos de comida que tenía en el rostro y esbozó un sonrisa recomponiéndose de la sorpresa.
—Mi pequeña señorita, necesita comer, mire lo delgadas que están sus mejillas – comentó al tiempo que se acercaba a la niña. En cuanto estiró la mano para tomar el rostro de Haru, supo que había cometido un error.
En un instante unos dientes de leche, pero bastantes afilados, se enterraron en su carne hasta que por la presión ejercida perforaron la piel.
—¡AAGH!
El grito fue breve, dolía, pero lo que más se resentía era su corazón. El desprecio de "su niña" era peor que la piel desgarrada y sangrante.
—Suélteme por favor… - pidió manteniendo una voz cubierta de glas.
Error, Haru mordió con más fuerza. Se había convertido en una pequeña piraña que acabaría con su presa hasta dejarla en los huesos, aunque la diferencia radicaba en que ella, en contraste con la piraña, se sentía mal al atacar, odiaba el sabor de la sangre y cada que lastimaba a alguien una parte de su noble corazón se estremecía.
Empatía, era un valor que Takato inculcó bien en ella y que ahora eso mismo la hacía llorar.
Hashiba no sabía cómo quitarla de encima sin lastimarla. Su mano se estaba entumeciendo y si no la detenía temía que un trozo de su carne fuera arrancado, pues si bien era una cachorra de alfa, sus dientes pese a ser de leche eran el doble de afilados que el de los betas. Intentó hablar con ella, pero fue inútil.
Cerró los ojos para concentrarse y pensar rápido en qué hacer; sin embargo, en un instante la sensación de presión sobre su mano fue liberada seguida de un chillido adolorido que le hizo volver a la realidad.
Yamada, quien era un hombre de mecha corta, en cuanto escuchó que la bandeja cayó se puso de pie, observó el espectáculo y harto de lidiar con los "berrinches" de la niña (como él los llamaba) caminó chistando los dientes, la tomó con fuerza de los cabellos jalándola con tal brutalidad que algunas hebras se desprendieron de su cuero cabelludo.
La ambarina colgaba a cinco centímetros del suelo siendo solamente sostenida por sus hebras negras. Si bien la altura no era enorme, el simple hecho de que el punto de suspensión fuera su cabello, era suficiente para aterrarla y lastimarla.
En un acto reflejo, llevó sus pequeñas manitas hacia la del hombre que no aflojaba su agarre.
—¡Me-me duele! – exclamó entre sollozos entrecortados.
Aunque Haru quisiera resistirse, la fuerza de una niña de cinco años no podía compararse ni mínimamente con la de un adulto corpulento.
—Te soltaré cuando dejes de morder a medio mundo. – Pronunció Yamada soltando el humo de su cigarro en la carita llorosa.
La pequeña boca que se encontraba abierta por el llanto tosió y babeó dejando caer hilos mezclados con la sangre de Hashiba. Los quejidos solo se hicieron más altos. Era como el maullido lastimero de un gatito bebé añorando a su madre.
No obstante, aun y cuando el dolor la aquejaba, no aceptó las condiciones que se le ordenaban, ella no dejaría de luchar hasta que de nuevo pudiera estar con su mami.
—¡Aaah!
Gritó cuando Yamada la sacudió salvajemente.
—¡SUÉLTALA AHORA!
Gritó Hashiba tras reponerse del shock que le causó ver cómo el ex guardaespaldas de Himura trataba a la niña. Ni tardo ni perezoso, con su mano sana formó un puño apretado resaltando sus venas ardiendo en furia, misma que dejó caer con fuerza en el estómago del sujeto sacándole todo el aire. Este, debido al impacto soltó al fin a la de ojos de sol quien cayó de rodillas al suelo acariciando su adolorida cabeza mientras que Yamada intentaba jalar tanto aire como pudiera al tiempo que se sostenía del pequeño escritorio para no perder el equilibrio.
—Mi pequeña… mi pequeña princesa, ¿dónde duele?, dile a Hashi san – rápidamente la tomó en brazos y caminó hacia la cocina para tomar el botiquín. Poco le importó que la baba de la niña y mocos mojaran y mancharan su camisa.
Hashiba la amaba. Sí, la amaba con su vida, aunque su amor fuera un tanto retorcido y difícil de comprender, sobre todo cuando parte de ese afecto resultaba en la privación de la libertad de la nena; aun así, jamás permitiría que nada ni nadie la lastimara.
En su mente él no le hacía daño al alejarla de Takato, sino todo lo contrario. Para el ex Saiko Komon esto más bien era algo correcto y por el bien de la niña.
Una niña que había visto nacer, crecer y convertirse en una personita preciosa, educada y digna de ser contemplada, admirada, amada y por qué no, también temida.
Aunque jamás lo dijera antes o ahora en voz alta, Haru era (junto con Himura) su más grande y único amor. Mismos por los que daría su vida una y otra vez gustoso.
En el tiempo que tenía a la niña secuestrada, no le pasó por noche el cumpleaños número 6 de esta, preparando así, en la que antes era la casa del Clan: globos, serpentinas, regalos, pastel y su comida favorita, cosas que ella ignoró por obvias razones; además, mantenía en orden, aseadas y confortables las áreas donde la azabache habitaba. Todo para que estuviera a gusto, y no solo eso, sino que también había advertido a cada uno de sus hombres que estaba totalmente prohibido lastimarla.
En consecuencia, la acción de Yamada era por mucho algo totalmente inaceptable y tal pecado solo podía ser expiado con su vida. porque no importaba qué tan grosera, agresiva o caprichosa se comportara su "pequeña señorita". Ante sus ojos, nadie, absolutamente nadie podía decirle qué hacer y menos agredirla. Ella había nacido para mandar, no para obedecer.
Una vez en la cocina, Hashiba barrió con la mano todo lo que había sobre la barra y colocó a Haru sobre ella, depositando un besito en la frente de la menor para posteriormente girarse y abrir con desesperación cada gaveta buscando el bendito botiquín.
El resto de los hombres miraban el desarrollo de la escena, sin creer aun lo que Yamada había hecho, pues si bien, la niña se había portado mal, en ningún momento les pasó por la cabeza lastimar a la hija de su Oyabun, por lo que la acción de Yamada tenía que ser castigada y ellos sabían perfectamente cuál era la penitencia.
—¡Aquí está! – gritó emocionado Hashiba, pero la emoción le duró poco cuando entre sollozos Haru pidió solo por una persona.
—Hic… hic, quiero a mi mami… llévame con mi mami.
El yakuza sintió cómo su corazón se estrujaba por verla así, pero por nada del mundo la regresaría a ese "omega de quinta", no importaba si la niña lo odiaba ahora, estaba seguro que en el futuro, cuando se convirtiera en una adulta le agradecería lo que hizo por ella.
—No, usted se quedará conmigo y con su papá. – Contestó pasando una gasa con desinfectante por el cuero cabelludo, para posteriormente aplicar una pomada que aliviara el dolor e irritación.
—¿Papá?... – pronunció Haru cortando su llanto de golpe. Abriendo los hermosos ojos ámbar como platos.
Una gran sonrisa se dibujó en el rostro de Hashiba —Así es, mandé a algunos hombres por él y pronto estaremos todos juntos, como la familia que siempre hemos sido. ¿Acaso no está feliz de ver a su padre?
Haru se quedó quieta por unos segundos sin saber que contestar, ¿quería realmente ver a su papá?, tal vez… pero ella sabía que él era malo, malo para ella y su mami, así que aunque existiera la posibilidad de encontrarse con él, no quería que esto realmente pasara. Solo necesitaba a una persona en su vida y esa persona era Takato, su mami.
Veinte minutos exactamente transcurrieron después de que Arisu abandonara la habitación de Takato, no sin antes pedirle a una enfermera que lo sustituyera (quien a los cinco minutos se fue al creer que el paciente dormía), pues el dolor en su pequeña pancita fue escalando de nivel hasta el punto de preocuparlo. Sin duda alguna tantas emociones alteraron también a su bebé.
Por su parte, Takato permanecía esposado, hecho un ovillo, sintiéndose una mierda y con los sentimientos a flor de piel por todo lo que en tan poco tiempo experimentó.
Mientras se abrazaba a sí mismo con su brazo libre, pensaba cómo es que no se había vuelto loco aún.
La almohada en la que apoyaba su rostro ahora estaba empapada de sus lágrimas llenas de impotencia y autodesprecio, mientras que el vació en su pecho se iba haciendo cada vez más grande, profundo y devastador.
Apretó los ojos y en medio de la oscuridad de su interior vio a su abuelo, quiso correr hacia él, sentirse protegido entre sus brazos amorosos, escuchar su voz diciéndole que lo amaba, consolándolo con palabras afectivas mientras acariciaba su cabeza y le llamaba "Totaka-chan", pero por más que estiraba la mano no llegaba. Solo era una imagen grabada en su mente.
La realidad era horrible, tan horrible que no quería volver a ella y si lo hacía deseaba tener un sostén. La vulnerabilidad que ahora experimentaba estaba más allá de todas las ocasiones en las que su fuerza había flaqueado; era diferente, era el sentimiento de sentirse total y completamente SOLO.
—Estoy solo… realmente solo.
Apenas esas cuatro letras salieron de su boca en un susurro dolido que arrastraba todas las penas que su corazón sufría, el aire dejó de llegar a sus pulmones, su pulso se disparó, los sonidos a su alrededor se fueron y solo podía escuchar el tamborileo en su pecho, rápido y desenfrenado. Moriría, estaba seguro de que dejaría de existir en cualquier momento. Su rostro desfigurado en un rictus de desesperación mientras intentaba respirar resultaba todo un espectáculo escalofriante.
Pero justo cuando creyó que sería el fin, unos brazos fuertes lo tomaron hasta acercarlo a un pecho firme que lentamente se posicionó a su espalda.
—Shh, no estás solo pequeño, aquí estoy contigo. Respira conmigo…
Chunta no encontró resistencia en el cuerpo del otro, así que al no verse rechazado una sonrisa apenas visible quiso asomarse por el tremendo alivio que lo estremeció.
Colocó su pierna derecha sobre las dos de Takato, pegó más su cuerpo hacia el delgado hasta que ambos quedaron perfectamente embonados, siendo el más delgado arropado por el enorme cuerpo de Chunta, quien frotó su mejilla contra la rosada del omega al tiempo que dejaba salir sus feromonas tranquilizantes.
Poco a poco la respiración dolorosa fue estabilizándose hasta que Takato pudo hacerlo de manera natural.
Las dos almas se habían fusionado en una posición tan íntima que cualquiera que los viera juraría que estaban hechos el uno para el otro.
La expresión desesperada que Takato había mostrado momentos antes se convirtió en la ejemplificación de la serenidad. Sus miedos se evaporaron y el sonido de pequeños besos sobre su mejilla que limpiaban sus lágrimas, caricias que subían hasta su pecho y bajaban a su cintura sin otra intención más que la de reconfortarlo, así como palabras dulces bañaron y sumergieron su ser en aguas tranquilas y cálidas que relajaron hasta el músculo más pequeño de su cuerpo.
Cinco, diez, tal vez… ¿quince minutos habían transcurrido en los que solo la paz los envolvió?, no lo sabía, solo sabía que no quería que ese calor, seguridad y consuelo se fueran y lo regresaran al abismo.
Fue entonces que, tras la calma, la cordura regresó para mostrarle que quien había llegado a rescatarlo no era otro que aquel a quien había humillado, corrido y despreciado. El impulso de alejarse de inmediato corrió por su cuerpo como una corriente eléctrica, pero entonces recordó las palabras de Arisu, lo que le hizo detenerse.
Chunta estaba a su lado, aún y cuando le había gritado de todo, no lo entendía. No entendía cómo un Alfa podía seguirse rebajando a sí mismo frente a un omega solo para ser aceptado. Para él era algo que simplemente no encajaba con su naturaleza soberbia.
Sin embargo, estaba pasando justo frente a sus ojos. Por ello y aunque no quisiera reconocerlo, una parte del terrible resentimiento que sentía por el castaño fue barrido como hojas por el viento hasta que dejó de ser visible para él.
Takato mordió su labio inferior antes de hablar.
—Gra-gracias – susurró apoyando su mano libre sobre la mano de Junta que reposaba sobre su pecho. Si bien aún había cosas que reprochaba y le dolían, por su bien, levantaría la bandera blanca y la ondearía por lo alto.
Definitivamente no lo estaba perdonando, más bien solo otorgaba una tregua, era necesario para él, porque de no ser así estaba seguro que se desmoronaría de nuevo.
Ahora era consiente de quién lo abrazaba y por muy sorprendente que pareciera, dejaría que esto continuara así al menos un poco más.
—No tienes nada que agradecer. – Sin previo aviso, Junta tomó entre sus manos la parte móvil de la esposa que aprisionaba la mano del omega, destruyéndola.
Una vez libre, acarició con sus yemas el área enrojecida. La mano grande de Junta envolvió la de Takato hasta llevarla a su boca y depositó un beso en ella para posteriormente acomodarla en el pecho del menor. Sintiendo como la herida de su vínculo dolía un poco menos.
Enterrando la cabeza en las hebras negras, olió el aroma que el pequeño cuerpo desprendía grabándolo en su corazón, el azahar entró a sus pulmones provocándole un escalofrío agradable. Quería llenarse de él para así poder alimentarse cuando no pudiera verlo de nuevo.
Jamás imaginó que encontraría a su destinado, de hecho, nunca contempló siquiera tener una pareja. El amor no era parte de su plan, las parejas casuales eran mejor para él. No había ataduras, no había añoranza ni expectativas, solo el placer de mezclar los cuerpos y aliviar su celo, pero Takato, Takato era todo lo que estaba bien en la vida. Su existencia sacudió sus cimientos hasta agrietarlos y hacerlo caer en un espiral sin fin de emociones desestructurando todas sus creencias y planes de vida.
Le gustaba, lo amaba como a nadie, lo anhelaba a todas horas, quería tenerlo solo para él, quería mantenerlo entre sus brazos y no soltarlo jamás. Incluso deseaba cubrirlo de tal manera que ni el sol lo alcanzara, su amor rayaba en el límite de la pasión y la obsesión. Estaba perdido y locamente enamorado de él. Ahora simplemente no concebía una vida sin su amado.
El solo hecho de estar así, uno al lado del otro, recostados sintiendo sus respiraciones, feromonas y corazones latiendo al compás del son del entendimiento mutuo, era más de lo que podía soñar, sobre todo después de haber sido desechado de su vida y de la pequeña Haru.
Así que él también sería un poco egoísta y prolongaría el momento tanto como la tregua se lo permitiera. Abrazó con mayor fuerza a Takato y este último se dejó arropar apoyando su cabeza en el hueco entre el cuello de Junta.
No hubo más movimiento, ninguno de los dos lo hizo. Tampoco hablaron, no querían romper el momento, dejando así que el aire alrededor de ellos los comunicara.
Aquello solo era una prueba de que el lazo del destino seguía allí, cuyas ramas desquebrajadas se aferraban al tronco del gran pino con las pocas hojas que se resistían a dejar el tierno cobijo.
Tal vez, aún no era demasiado tarde para ellos, tal vez su destino podría volver a entrelazarse, tal vez y solo tal vez…
