ĒTERU
Capítulo LIII
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Ella es la luz más
Clara que ilumina
El mundo que en
Su interior habita
-.-.-
Como eres la
Mía en todos los eones
Andados de tu
Universo creado
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InuYasha permanecía sentado junto a la puerta de la cabaña de Shippo, quién les había cedido su espacio para que Kagome y él pasaran la noche, advirtiendo que se quedaría con uno de sus hijos. Su compañera continuaba dormida sobre el futón que su amigo le había cedido y a pesar de saber que ella necesitaba el descanso, no podía evitar la preocupación; eran demasiadas horas de sueño.
El silencio de la noche en la aldea, roto sólo por el ulular de unas cuántas aves nocturnas y el andar de algún aldeano olvidadizo que iba a la reserva por leña, le daba la calma suficiente para escuchar la respiración tranquila de Kagome al dormir. Debía admitir que la tranquilidad en la que ella estaba sumida en este momento lo contagiaba y en más de una oportunidad había deseado echarse junto a ella en el futón y abrazarla sólo por la calma que aquello le producía; como antes, como cuando vivían tranquilos en la cabaña que compartían. Le parecía increíble pensar en ese tiempo como algo que ahora mismo estaba lejos de la realidad que vivían, tan lejos que casi parecía un sueño.
Se acercó un momento, y mientras acariciaba las puntas del pelo de su compañera, se permitió recordar una de esas noches en que la calma era absoluta y Kagome parecía sentirse segura y amada entre sus brazos. Ambos permanecían desnudos bajo las mantas, a pesar del frío de una de las noches más largas de aquel invierno. El fuego en el hogar mantenía la cabaña caliente y las mejillas de su compañera estaban encendidas en uno de esos rosados hermosos que conseguía después de hacer el amor. Esa noche se habían entregado a las caricias intensas que iba iniciando el deseo, gracias a la misma calma que ahora sentía; ambos estaban en medio de una vida plena. Recordaba que la había amado y poseído, del mismo modo que ella lo amó y poseyó, dejando huellas sonoras de pasión en el aire del lugar. Luego, cuando estuvo saciada y sin más fuerzas, InuYasha se había dejado ir y ambos se abrazaron sin separarse. Finalmente Kagome se había dormido y él se quedó despierto para observarla respirar.
El recuerdo le resultaba hermoso y le daba cierta esperanza sobre la posibilidad de regresar a esa vida que habían conocido. Acarició una vez más las puntas del pelo de su compañera y regresó al lugar de vigilia junto a la puerta. Probablemente no se fiaría nunca del sosiego de la noche, más aún desde aquella noche en que todo su mundo había cambiado.
Se mantuvo un largo rato más ahí, hasta que escuchó que la respiración de Kagome cambiaba de la armónica y calma que le daba el sueño a una algo menos profunda. Aquello le indicaba que estaba pronta a despertar. La observó durante un largo instante en que su compañera no mostraba mayor señal de conciencia que su respiración algo más superficial. InuYasha llegó a pensar que seguiría dormida unas cuantas horas más; no obstante, Kagome se removió en el lugar y él pudo escuchar uno de los suspiros característicos que daba cuando estaba pronta a abrir los ojos. Conocía de ella cada mínima expresión, se la había grabado en la memoria sin darse apenas cuenta y ese conocimiento se sentía bien, era como estar asido a lo bello que podía contener la vida.
—¿InuYasha? —la escuchó hablar, aun con el tono adormilado del despertar.
—Estoy aquí —fue la respuesta que le dio. Probablemente no lo vería por la poca luz que había en la estancia.
—¿Qué hora es? —Kagome hizo la pregunta, mientras se incorporaba para quedar sentada sobre el futón— He dormido mucho —declaró.
InuYasha se acercó a ella, quedando de pie justo antes de subir al suelo alto de madera que había en la cabaña.
—Así es, ya es de noche —le avisó, aunque para este momento probablemente Kagome ya se había dado cuenta.
—Íbamos a ir al templo —pareció sentirse impaciente e hizo un gesto claro de levantarse, con seguridad para salir de camino a aquello.
—Tranquila, mujer. El templo ha estado ahí por siglos y lo seguirá estando mañana —buscó calmar a su compañera y pudo ver la expresión en su mirada, a pesar de la escasa luz que daban las ascuas que aún quedaban en el hogar.
InuYasha consideró acercar un nuevo leño y crear un poco más de fuego para pasar la noche. La estación estaba cambiando a una algo más cálida, sin embargo las noches seguían siendo frías.
Kagome observó el modo en que los movimientos de InuYasha se desenvolvían en torno al hogar del modo habitual que ella conocía y aun así, aunque no viese cientos de veces, le seguía pareciendo hermoso en medio de aquella cotidianeidad. InuYasha tenía ese efecto en ella. Muchas veces consideró el analizar qué, de lo mucho que él tenía, hacía que resultase hipnotizante para sus sentidos. Todavía no obtenía una respuesta que la satisficiese y suponía que ese sólo hecho lo hacía hermoso en sí mismo.
La luz del fuego se acrecentó levemente cuando el leño consiguió comenzar a encender y esa misma luz danzó en el dorado de los ojos de su compañero. Kagome se puso la mano en el vientre de forma instintiva. La emoción que ahora experimentaba era amor a nivel humano, ese que la llevaba a desear que la vida que presentía dentro de ella, consiguiese una mínima parte de la magnificencia que ella observaba en InuYasha en este instante.
—¿Has descansado? —fue la pregunta que él manifestó, mirándola con calidez y calma; quizás compartiendo la esperanza por aquella vida nueva.
—Sí, mucho. Gracias —aceptó— ¿Tú has descansado?
—Claro —le dio una corta respuesta, para luego remover un poco el interior del fuego.
Kagome reconoció tanto en la extensión de la respuesta, como en el desvío de la atención de InuYasha, que éste estaba disfrazando la realidad.
—Me refiero a si has dormido, no a si has estado sentado vigilando —aseveró con cierto tono conciso que esperaba le diera mayor fuerza a su reclamo. No obstante, InuYasha hizo un leve gesto alzando el labio desde una comisura, a modo de sonrisa y no la miró—. InuYasha —lo reprendió con un tono cantarín que él imitó.
—Kagome.
Ella resopló. Cuando él decidía no darle la razón era imposible, la sacaba de su centro de armonía y Kagome solía enfadarse consigo misma por permitir que eso pasase; ella era una sacerdotisa después de todo.
—Eres desesperante —declaró. Luego se puso de pie y se calzó sus zapatos para ir hasta la puerta. InuYasha la observó para seguirla un instante después, una vez Kagome había cruzado el umbral de la puerta.
Al salir de la cabaña se abrazó a sí misma. El contraste del calor al interior fue evidente para su cuerpo y tuvo que contener un pequeño temblor a causa de ello. La aldea permanecía en silencio y prácticamente a oscuras. Kagome se permitió observar el cielo nocturno, que aunque no estaba del todo despejado le permitía ver las estrellas. A un lado, casi ocultándose tras los árboles, podía ver el filo de la luna que iba menguando un poco más cada noche. Pronto sería luna nueva y no podía olvidarlo.
—Te vas a enfriar —escuchó a su compañero tras ella y sí, tenía razón, sin embargo se mantuvo en silencio en su afán de apreciar la noche.
Kagome era consciente de lo mucho que tenía en este momento y de lo tanto que había perdido. Tuvo una imagen clara de su hija la noche en que ésta había nacido y el modo en que el corazón se le había expandido en amor en ese instante. Deseó vivirlo nuevamente, reencontrarse con aquel sentimiento que parecía tan inmenso como el cielo que ahora mismo observaba. Entonces, también, recordó la noche en que se había separado de ella y el dolor sordo que la inundó cuando comprendió que le habían arrebatado la posibilidad de volver a su lado. Moroha se merecía más tiempo con sus padres. Se merecía tardes de paseo junto al lago o aprender a pescar al lado de su padre. Se merecía noches de historias y ser cobijada en el amor que le profesaban. Ellos tres, como familia, se merecían más. Notó el modo en que su corazón se aceleraba y la angustia parecía abrirse por paso por su pecho. Respiró hondamente, en busca de la calma que necesitaba para seguir día a día y paso a paso.
En ese momento sintió que algo caía sobre sus hombros y no tardó demasiado en comprobar que se trataba del kosode rojo de InuYasha.
—Lo que sea que estés pensando, podemos solucionarlo —lo escuchó decir a su espalda, justo antes de descansar las manos sobre los mismos hombros que acababa de cubrir.
Kagome puso una mano por sobre la de él y reposó la cabeza en esa dirección.
—Necesito estar con ella —aceptó confesar su debilidad a su compañero.
InuYasha no tuvo palabras para responder, así que se acercó lo suficiente como para que Kagome descansara hacia su pecho. Barajó la posibilidad de contarle sobre Moroha, no estaba del todo seguro de hacer lo correcto al ocultarle su presencia y su paradero. Sin embargo, una vez más, se silenció y aplacó la desazón de su corazón con un beso en la coronilla de su compañera. Esperaba, en el fondo de su alma, no estar equivocado.
—Volveremos —le ofreció, como un único y pobre halo de luz en medio de la incertidumbre que los rodeaba.
Se quedaron un momento en silencio, observando las estrellas que aparecían y desaparecían a medida que las nubes recorrían el espacio. Entonces fue Kagome quien habló.
—Quiero que nos quedemos aquí unos días —declaró con la convicción que poseía sobre ello.
—Y ¿Las demás ofrendas? —la pregunta que InuYasha le hacía era lógica.
—Pronto será luna nueva, me gustaría estar en un lugar que nos proteja —se explicó.
—Bah, mujer, he pasado muchas lunas nuevas con menos protección de la que nos da este bosque —la respuesta venía cargada de la energía de seguridad que InuYasha siempre intentaba esgrimir.
—Los siguientes templos han estado ahí por siglos y seguirán ahí después de la luna nueva —Kagome utilizó el mismo argumento que él, un momento atrás.
—Bruja —lo escuchó quejarse.
—Y no lo olvides —se acercó un poco más al cuerpo que la cobijaba.
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El Templo dedicado a Suzaku, deidad del fuego, estaba escoltado por cuatro antorchas con una base de piedra, cuya llama resultaba tan intensa que ni la tormenta la podría extinguir. La energía que desprendía el lugar emanaba de un modo vivo, tanto que incluso a Kagome le resultaba difícil plantarse frente a ella; de alguna manera le recordaba al flujo que procedía de InuYasha en su estado youkai y de forma paradójica eso la llevó a sentir algo más de confianza.
Respiró profundamente por la nariz y se mantuvo en silencio durante un instante. Permanecía de pie frente al edificio que resultaba más grande e imponente que el Templo dedicado a Seiryu, el que dejaron atrás hace unos días. Necesitaba leer las corrientes de energía que emanaba el lugar, del mismo modo que había conseguido hacerlo con el anterior. A diferencia del templo del agua que estaba erigido en madera, éste permanecía edificado piedra sobre piedra e inmerso en la ladera de una colina. El granito era el principal material que lo componía, haciendo de su estructura algo hermosa y prácticamente imperecedera, además de una comunicadora nata de la energía. Podía observar el brillo que conseguían las vetas más cristalinas de la piedra ante la llama de las antorchas y el paso del flujo energético, igual que si se tratara de arterías visibles sobre la piel humana. Kagome sintió cada hálito de vida procedente del interior, tanto del templo mismo como de los seres que se encontraban dentro. Había cuatro; dos estaban en la sala de oración y otros dos resguardando la entrada en las sombras.
—¿Nos permitirán entrar? —fue la pregunta que Kagome le dirigió a Shippo quien permanecía a su derecha, en tanto InuYasha custodiaba su izquierda.
—Desde luego —aseguró su amigo, adelantándose un paso.
—Espera —dijo ella—, debo ser yo quien lidere.
Podía entretenerse en una larga explicación que tenía que ver con la energía y con la petición que ella e InuYasha venían a hacer a la fuerza que habitaba el lugar; sin embargo no quiso ocupar tiempo en dar esos detalles. Ya lo haría luego, quizás en torno a una hoguera en alguna de las noches que tenían antes de marchar.
Avanzó medio paso para medir con mayor claridad la fluctuación de la energía a medida que se acercaba a ella. Notó la presión que ésta ejercía sobre su propia aura en una suerte de onda que pasaba de intensa a algo más fuerte, hasta que cedía con suavidad. Era habitual para ella recordar la corriente de las olas del mar cuando se enfrentaba a este tipo de movimiento. Sintió que InuYasha se inquietaba tras ella, probablemente queriendo saber si se encontraba bien.
—Tranquilo —murmuró. Sabía que por muy despacio que hablase su compañero la escucharía.
Para InuYasha no era fácil observar cómo Kagome se enfrentaba a cuestiones que él apenas percibía y poner su ánimo en la fe, esperando a que no le sucediese nada. La sensibilidad que sufría en los momentos en que su compañera corría peligro era algo que le quitaba el aire y le tensaba los músculos, hasta convertirse en un dolor físico superior a la herida más profunda. Así que escuchar que ella lo llamaba a la tranquilidad conseguía apaciguar ligeramente la sensación, sin embargo sabía la fuerza que esgrimía Kagome y el modo en que llevaba ésta misma al límite.
Cerró la mano en un puño y notó las garras presionando la piel.
Observó la forma en que su compañera se mantenía en pie y silente, al parecer expandiendo una oración que esperaba llegase al núcleo de la energía que ahora mismo estaba enfrentando. InuYasha se sorprendió ante su propio razonamiento, venido de las tantas veces en que la había visto efectuar un trabajo espiritual. Recordó que Kagome le había dicho que cualquiera podía hacer peticiones y pensó en hacer una dirigida a la fuerza que emanaba del templo, y que sentía en la piel. Le pediría que permitiese a su compañera entrar y si él tenía que cargar con dolor para ello, lo recibiría sin problema.
No obstante, antes de llegar a formular sus pensamientos en un orden similar a una oración, Kagome accedía y avanzaba con calma hacia el interior de la roca que formaba el templo. La siguió, procurando la misma calma que ella, sin modificar la distancia de un paso.
Junto a la enorme puerta de madera que custodiaba la entrada, aparecieron de entre la sombra dos de los mismos tres youkais ilusionistas a los que Kagome y él enfrentaron el día anterior. El contexto del encuentro era distinto, dado que ahora estaban siendo escoltados por Shippo, aun así InuYasha no los perdió de vista mientras resguardaba el avance de su compañera.
—Buenos días, soy Kagome —saludó a los dos seres, como si fuese la primera vez que se veían.
Observó que se mantenían rígidos, aunque sin adoptar una actitud de defensa. La respuesta tardó un poco más de lo necesario en llegar.
—Tienes autorización para pasar —dijo uno de ellos, apartándose a un lado de los tres escalones de piedra que precedían la entrada, indicando a su compañero que se retirara igualmente.
—Gracias —mencionó ella, efectuando una suave y cortés reverencia que dejaba de manifiesto su talante.
A pesar de mantenerse bien en el espacio del templo, la energía que éste contenía era muy intensa y pugnaba por invadir su aura. Kagome necesitaba reconocer el interior del lugar y encontrar el espacio sagrado apropiado para bajar sus resguardos y poder hacer la petición por la que venía. No era indiferente al modo particular en que se comportaba la energía en este sitio y eso la mantenía alerta. Sabía que los youkais de la entrada no eran los únicos seres que había aquí, ya había notado la energía de otros dos en el interior y suponía que uno de ellos sería el tercer guardián. Sin embargo había más, quiso pensar en que quizás se tratase de algo similar a la fuerza residual que encontró en el Templo de Seiryu. Las oraciones tenían mucho poder, de hecho Kagome llegó a teorizar que era de aquello de lo que se alimentaban las deidades, e incluso muchos de los que se hacían llamar seguidores devotos. Ella sabía que no todas las deidades eran sólo luz.
Cuando dio el primer paso al interior del templo advirtió un estremecimiento que partía de la propia planta del pie que había descansado sobre la piedra pulida que era el suelo, recorriéndola hasta la coronilla en su cabeza. Tomó aire por la boca una vez, llenándose de oxígeno y energía, invocando internamente y en silencio la protección necesaria para avanzar. El segundo paso fue igual de inquietante, sin embargo ya estaba reconociendo la energía como pura y espiritual, además de poderosa. Los siguientes pasos resultaron más fluidos, producto del escrutinio, entonces Kagome comenzó a respirar nuevamente por la nariz de forma profunda.
Era completamente consciente de la presencia de InuYasha a su espalda y percibía de un modo algo más difuso el aura de Shippo y los dos youkais que lo seguían.
Al interior del templo apenas entraba luz natural, sin embargo estaba perfectamente iluminado con antorchas que reposaban sobre el piso de piedra y guiaban el camino hasta el altar que había al fondo. Kagome se sorprendió al observar que sólo había otra persona en el interior, a pesar de sentir dos presencias. Comenzó a recorrer con la mirada todo lo que alcanzaba su vista alrededor.
InuYasha le habló.
—¿Qué pasa? —estaba alerta, era lo suyo, lo hacía habitualmente y aún más cada vez que su compañera se sumergía en el mundo espiritual.
—Hay otro —murmuró Kagome—, otra energía más.
En ese momento fue él quien agudizó la mirada y comenzó a observar cada rincón del espacio en que estaban. No era difícil, el lugar no era demasiado grande y se abarcaba con facilidad.
—¿Quién eres? —preguntó Kagome, refiriéndose a la entidad que presentía en el lugar. El tercer youkai que habían enfrentado el día anterior se giró para observarla, dejando su proceso de oración.
El silencio se apoderó de todo alrededor. InuYasha se mantuvo tenso y callado, escuchando las respiraciones de todos los que estaban en la sala hasta conseguir reconocer cada una de ellas y así definir dónde se encontraba el ser que su compañera presentía. Al paso de un momento el silencio se mantenía y Kagome alzó la mano con la palma hacia afuera en un gesto que InuYasha le conocía; ella estaba explorando la energía.
—Mi nombre es Kagome —dijo, de pronto—, soy una sacerdotisa de otra época y necesito el favor de Suzaku.
InuYasha mantuvo la alerta, sin dejar de vigilar cualquier movimiento en torno a Kagome que él pidiese percibir. No obstante los sucesos fueron demasiado rápidos para sus ojos. Un remolino de aire se formó en el centro mismo de la sala y fue atrayendo las llamas de las antorchas que comenzaron a alzarse y girar alrededor de ellos. InuYasha se posicionó tras Kagome, atento en todo momento a la dirección que tomarían aquellas llamas flotantes. En el momento en que éstas comenzaron a reducir la distancia hacia el torbellino formado en medio de la sala, InuYasha se echó hacia el suelo, llevando a su compañera con él en tanto la cubría con su cuerpo.
Shippo se protegió con su propio fuego fatuo y los aprendices que custodiaban el templo lo hicieron igualmente con sus hechizos.
Kagome percibía la energía de la entidad que estaba creando aquella vorágine en el interior del templo. Podía notar su fuerza y también su templanza. Intentó dilucidar por entre las llamas del fuego y las ráfagas de aire que circundaban el remolino, sin conseguir ver nada.
¿Estaría ahí dentro?
—No consigo ver a nadie —dijo InuYasha. Parecía como si hubiese adivinado el cuestionamiento de ella.
—Debo ponerme en pie —expresó Kagome.
—Es peligroso —sentenció su compañero.
—No lo es, en realidad —explicó Kagome, justo antes de ponerse en pie.
InuYasha bufó, molesto, sin embargo no se opuso, sólo procuró cuidar de Kagome poniendo su brazo ligeramente por delante de ella, mientras un gruñido se le formaba en el pecho.
Eres hijo del fuego —se escuchó una voz vibrando contra las paredes de piedra. Parecía como si saliera de cada uno de los rincones de aquel templo— ¿A qué has venido?
InuYasha supo de inmediato que le hablaba a él. Se quedó muy callado, parecía esperar una señal que le ayudase a saber qué buscaba este espíritu.
—InuYasha, es tu turno —lo animó Kagome, descansando su mano sobre el brazo que la protegía. La miró de soslayó, entendiendo lo que ella intentaba decirle.
Dio un paso completo en dirección a aquel torbellino de aire y fuego que parecía incapaz de ser extinto.
—Hemos venido a pedir ayuda —comenzó, sin embargo antes de poder seguir lo interrumpió la misma voz que se dirigiera a él hace un momento.
No —retumbó su intervención—. A qué has venido tú.
InuYasha cerró ambas manos en puños y tensó cada músculo de su cuerpo, listo para enfrentar lo que viniese.
—A acompañarla a ella —remarcó cada una de las palabras con voz profunda, para que fuesen claramente entendidas.
Hubo un corto instante de silencio y la voz volvió a llenarlo todo.
Eres su protector —sentenció la voz.
—Soy su compañero —declaró InuYasha— Y ¿Quién eres tú?
El remolino en el centro del templo giró con más furia y todos alrededor acrecentaron la alerta. Kagome se oprimió el brazo de InuYasha y éste llegó a pensar en desenvainar su espada y usarla como protección ante un posible ataque, más aún cuando el torbellino se elevó y desplegó por el alto techo de piedra. Sin embargo, nada de eso fue necesario; el aire cesó y el fuego que antes pertenecía a las antorchas se agrupó en el centro de la sala, convirtiéndose en una agradable hoguera.
Acércate, sacerdotisa. Puedes pedir —se escuchó la voz. Kagome notó una caricia de aire cálido en las mejillas y comprendió que la invitación era real.
Liberó a InuYasha del agarré con que había puesto sobre él su temor y éste la miró de medio lado antes de murmurar una pregunta.
—¿Segura?
Kagome asintió una vez, declarando con ese gesto su decisión. Su compañero descendió el brazo que se interponía entre ella y lo que había sido un torbellino de fuego y que ahora era una hoguera fuerte, aunque controlada.
—Estoy aquí mismo —mencionó InuYasha, cuando Kagome avanzó medio paso por delante de él.
—Lo sé —fue la suave respuesta que recibió.
Kagome de acercó a la hoguera, lo suficiente como para que el calor que emanaba de ella le tocara la piel expuesta y se sintiese con levedad a través de la ropa. Cerró los ojos y centró su energía que parecía algo dispersa después del momento que acababa de vivir. En ese momento el espíritu del fuego tomó forma y Kagome distinguió a un ser que se creaba de las llamas. Ese ser ejecutó un movimiento con sus manos, una de ellas con la palma hacia arriba y la otra con la palma hacia afuera. Parecía querer sostener algo en el espacio que se creaba entre sus manos. Kagome comprendió de lo que se trataba casi de inmediato. El ser gestó una nebulosa de energía que prontamente se convirtió en una llama que flotaba entre sus manos. La mantuvo en ellas y por un instante a Kagome le pareció que podría lanzarla hacia ellos. Sin embargo, se dirigió a ella y la voz que antes parecía salir de todos los rincones de la sala, ahora provenía de él, aunque aún conservaba una reverberación que se amplificaba ante la estructura de piedra del templo.
¿Qué ayuda buscas de la Deidad del Fuego? —fue la pregunta que gestó el ser. Kagome se preguntó si estaría ante un guardián de la energía del templo o ante el propio Suzaku.
—Estoy reuniendo las ofrendas —respondió, intentando ser clara y esperando a que su petición fuese concedida.
El ser dio una respiración profunda que removió las llamas de las que estaba compuesto, como si aquella inhalación reavivara el fuego. Luego habló.
Podrás acceder a ella cuando consigas esta llama que he creado —acordó el ser.
Kagome asintió y casi de inmediato el ser comenzó hacerse cada vez más traslúcido al punto de llegar casi a desaparecer, permitiendo que la llama que había ofrecido se quedase en el aire ante ella como la única luz que iluminaba la sala. No obstante, antes de desaparecer del todo, dio una última advertencia.
Debes hacerlo antes del nacimiento de un nuevo sol.
Kagome asimiló aquello como el tiempo que faltaba hasta el amanecer del día siguiente, lo que le dejaba parte de la tarde y toda la noche que se acercaba para conseguir atraer aquella llama hasta ella. Su primer pensamiento fue el de tener el tiempo suficiente, después de todo con la ofrenda del agua había tardado menos, aunque eso no significaba que no hubiese sido agotador. Su mente comenzó de inmediato a hacer cálculos sobre lo mucho que había dormido el día anterior, hasta la madrugada y a posterior por la mañana, eso hacía que estuviese descansada. Cuando se descubrió sumando a esos cálculos lo bien que había comido, consideró que debía centrarse en el momento presente; aquí y ahora, se repitió.
Con aquella decisión tomada, cerró los ojos y dirigió su atención a la energía de la llama que había ante ella. Pudo notar el contorno de la llama y la fuerza de su núcleo. Con esa indagación comenzó a intentar atraer la energía hacia ella. Percibió una fuerte presión en el pecho y sus respiraciones se volvieron algo más pesadas y menos profundas. Comenzó a inhalar por la boca y tuvo la sensación de estar siendo llevada hacia la llama en lugar de atraerla hacia sí misma. Soltó el aire con un resoplido y bajó las manos como muestra de agotamiento.
—¿Estás bien? —escuchó que InuYasha le preguntaba.
—Sí, dame un momento, sólo ha sido un intento; volveré a hacerlo —respondió Kagome, con la respiración agitada—. Tenemos tiempo —agregó.
—Kagome, llevas mucho tiempo haciendo esto —le aclaró InuYasha.
Ella lo miró directamente a los ojos.
—¿Cómo que llevo mucho tiempo? —preguntó y sin esperar respuesta, dijo algo más— Lo que acabo de hacer no debió tomarme más de un par de minutos.
Pudo ver que su compañero negaba con un par de movimientos lentos de su cabeza, como si buscara ser comprensivo.
—¿Cuánto ha sido? —quiso saber.
—Un rato largo. Ya comienza a anochecer —le explicó.
A Kagome le costó un instante sobreponerse a ese conocimiento. Lo que ella acababa de experimentar era algo que no tomaba demasiado y sin embargo, de inmediato comprendió que la conexión con la energía de este elemento estaba exigiendo mucho de ella.
—Bien —dijo, entonces, volviendo a centrar su atención en aquella llama que tenía a poca distancia—. Necesito profundizar más en esta petición y quizás me sea necesaria tu ayuda —observó a InuYasha, que la miraba con atención—. Escúchame bien —pidió—. Puede que veas que me debilito y que la fuerza me abandona. No me saques del estado de concentración, no puedo romperlo.
—Pero Kagome —InuYasha quiso replicar y ella sabía que esa sería su primera reacción.
—InuYasha, por favor, necesitamos esto —pudo ver la preocupación asomando en el dorado iris que la observaba—. Te prometo que estaré bien —le acarició la mejilla, esperando que aquella caricia le diera a su compañero algo de calma.
Lo escuchó bufar, gruñir y maldecir, todo casi a la vez.
—No sé cómo pretendes que soporte verte sufrir —InuYasha se quejó.
—Estaré bien —le prometió otra vez.
Kagome se giró nuevamente hacia la ofrenda de Suzaku y posicionó sus manos, con los brazos extendidos junto al cuerpo y las palmas giradas hacia adelante, hacia aquella llama que debía obtener.
—Mantén en pergamino preparado —le pidió a InuYasha y esa fue la última conexión que tuvo con él en casi dos días.
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Continuará
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N/A
Disfruto mucho escribiendo ETERU y espero poder avanzar más en adelante, ahora que he reorganizado las entregas de historias.
Muchas gracias a todas las personas que permanecen leyendo esta historia y que me dejan su comentario, para mí son muy importantes.
Besos!
Anyara
