¿Listos para la primera escena? Porque yo sí. Me hace ilusión (será cosa de que es Navidad) cambiar los DISCLAIMER por CONTEXTO, la verdad. Será una novedad para todos (en serio, si no fuera porque no estoy sola, estaría dando saltitos de lo nerviosa que estoy).

EN MARCHA puede situarse en el capítulo 9 de Code Frontier, que es donde aparece por primera vez el protagonista de esta historieta.

CONTEXTO

Como bien sabéis, el grupo de niños acabó en el castillo de Seraphimon, donde les fueron entregados los D-Tectors y presentados los compañeros digimons. Sin embargo, ya habían digimons pululando por allí (aunque el grupo no los vio), preparándose para prestar sus fuerzas a los Guardianes una vez más. Uno de esos digimons que estuvieron en el castillo preparándose fue Terriermon. Como sabéis los que habéis ido leyendo el fic, él tenía una misión ultrasecreta que nadie conocía y, por ella, tuvo que abandonar momentáneamente la grupo, escapando de la vista de todos, para poder cumplir con ella.

Espero que os guste, os entretenga y que sirva para animaros a pedir escenas extras. Os dejo con la escena. ¡Besos!


Terriermon entró en su casa tras comprobar que nadie le había seguido. Las nuevas noticias de su hermano le habían preocupado lo suficiente como para dejar de lado todo cuanto el ángel con forma animal le había mandado hacer y escapar hacia su casa.

—Las cosas se van a poner muy feas —dijo en voz alta tras asegurar con llave la puerta de entrada.

Sin encender ninguna luz, empezó a recorrer el lugar hasta un mueble que empujó con cierto esfuerzo, dejando al descubierto una trampilla que ni tan siquiera su hermano conocía. Asegurándose de nuevo que nadie se había asomado a ninguna ventana, se agachó y la alzó, revelando el oscuro sótano de su casa. Se coló y tanteó hasta dar con la escalerilla por la que bajar. Una vez abajo, revisando de nuevo esta vez hacia arriba, encendió una única luz y caminó media docena de pasos.

—En serio, odio cuando Wise tiene razón incluso sin estar vivo —resopló apoyando la mano en el muro ante él.

Dio dos golpes y esperó. Una pequeña pulsación le respondió instantes antes que la pared entera brillase y empezase a perder opacidad. Un pequeño digimon plateado le observaba fijamente con la mano pegada al punto que Terriermon había golpeado. Tras él, una digimon dorada se acercó a un ritmo lento a ojos del de largas orejas.

—Hola, tío Terri —saludó el gato —. ¿Qué pasa?

—Es hora de moverse, niños —respondió mirando hacia atrás aunque sabía que no había nadie.

—¿Moverse? ¿A dónde? —preguntó la elfita.

—A un lugar más seguro —dijo —. Poneos vuestras capas y recordad, nada de digievolucionar sin mi permiso.

El muro que los separaba desapareció, haciendo que los movimientos de la elfita volviesen a ser más veloces. Sin esperarles, Terriermon regresó hasta la escalera, trepando y saliendo del sótano el primero para comprobar otra vez que nadie espiaba.

—¿No prefieres que lo hagamos nosotros? —preguntó el gatito —. Somos más discretos.

—Hay un nuevo peligro, chicos —respondió haciéndoles gestos para que subiesen.

—¿Nuevo peligro? ¿Más que esos mons que enfrentaron papá y mamá? —preguntó la elfita. Por el esfuerzo en su voz, Terriermon supo que estaba subiendo.

—Es posible que sí sea peor —asintió.

—Imposible que exista alguien así —le sobresaltó la voz del gatito.

Como supuso, ese digimon había decidido subir aprovechando sus habilidades felinas, por lo que había adelantado a su hermana y se había mantenido agazapado, en silencio, detrás de Terriermon. Con un suspiro, el conejo esperó que la otra también estuviese arriba antes de hacerles gestos para que le siguiesen. Corrió a la puerta y la abrió levemente para observar.

—No hay nadie, ya lo he mirado yo —le dijo la elfita.

—Os he dicho que me dejéis hacer esas cosas a mí.

—Es que eres muy lento —protestó inflando los mofletes ella.

—Precavido, cuidadoso y vuestro guardián desde que os envió aquí Wise —dijo ajustándole la capucha de su tela —. Venga, a moverse.

—¿A dónde?

—Al castillo de Seraphimon —respondió —. Es el lugar más seguro del Digimundo actualmente.

—¿Tú crees? —preguntó el gatito, acomodando su capucha —. ¿Acaso Socerymon ha reforzado la barrera?

—Es a donde los han llevado a todos —dijo.

—¿Qué todos? —preguntó la elfita.

—A vuestra familia.

Ambos abrieron los ojos enormemente antes de sonreír con una alegría infantil que enterneció al conejito verdoso. Con otro gesto, les hizo moverse rápidos fuera de los caminos, en línea recta hacia el castillo de Seraphimon.

—Tengo ganas de ver a papá y a mamá —dijo la elfita.

—Es verdad, hace mucho que no les vemos —asintió el gatito.

—Hay algo que debéis saber —dijo Terriermon.

—¿El qué? —preguntaron ambos.

—Ninguno recuerda nada —negó —. Han renacido sin sus memorias como seres nuevos.

Ambos digimons se detuvieron, observando confusos al otro. Valiéndose de sus orejas, Terriermon tiró de ellos y siguió avanzando mientras les explicaba la situación.

—Por eso, no podréis lanzaros a ellos en cuanto los veáis —finalizó.

—¿Y después?

—Necesitan tiempo para adaptarse primero a las revelaciones y después...

—¿Después sí? —insistió la elfita.

—Ellos mismos mostrarán cuándo será el momento adecuado.

—¿Y tardará mucho? —siguió la digimon.

—Momantai, Timy, momantai.

—Timy, por favor, cállate —pidió el gato, apretándose la capucha —. Estás taladrándome la cabeza con tus preguntas.

—Admite que tú también te mueres de ganas de saber las respuestas, Ace —señaló.

—Sí, pero soy más...

—¡Al suelo! —exclamó Terriermon.

Los dos se dejaron caer sin dudarlo, dejando a Terriermon avanzando más rápido y digievolucionando. Sin que Rapidmon tuviese que decirlo, ambos se juntaron y alzaron una barrera alrededor de ellos, cubriéndoles de todo cuanto ocurriese en aquel lugar.

Prácticamente un día entero más tarde, Terriermon regresó, lleno de heridas, a donde los había dejado. Ambos salieron de su escondite y lo ayudaron a sentarse, empezando a limpiar las heridas como pudieron.

—¿Qué ha pasado?

—Xana-Lucemon —respondió —. Ha atacado al castillo...

—Te dije que dudaba que fuese seguro.

—Da igual la barrera de Socerymon, Ace —dijo con cansancio el de orejas largas —. Se trata de un virus que ha poseído a Lucemon. Los virus dañan cualquier cosa, chicos.

—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Timy.

—Seguir escondiéndonos de él, pero en movimiento. No puedo dejaros en casa más.

—Tío Wise nos dijo que no saliésemos hasta que él nos recogiese —negó Ace.

—Tío Wise me dejó una segunda nota que vi más tarde en la que me advertía que podría suceder algo como esto y lo que teníamos que hacer si ocurría.

—Tío Wise es demasiado listo —dijo Timy —. Vale, ¿y ahora qué?

—Primero, tengo que encontrar a vuestra familia.

—¿Nos vas a llevar con ellos? —preguntaron emocionados.

—No. Les voy a avisar de lo que ha ocurrido en el castillo —dijo mirando alrededor hasta dar con una vía de tren —. Socerymon me ha dicho que han escapado a tiempo y más o menos hacia dónde podrían estar —dijo —. Ace, ¿crees posible abrir un portal a la aldea de Koro?

—Vale... ¿Y para qué quieres que vayamos allí?

—Calculo que, a estas alturas, el grupo debe estar allí.

—¿El grupo? ¿Te refieres a nuestra familia? —preguntó con ilusión Timy —. ¿Vamos a verles?

—Vosotros os quedáis en la aldea —indicó.

—Quiero verles —protestó.

—No puedes. Ya te he dicho que no recuerdan nada y...

—¡Yo quiero acompañarte! —exclamó Timy.

—Que no —se cruzó de brazos el conejito —. He dicho que os quedáis en la aldea y allí me esperáis. Y que sepas que me enteraré si os habéis acercado o no.

—¡Quiero ver a papá y a mamá!

—Deja tu papitis y tu mamitis un rato —le dio una colleja Ace —. Si Terri dice que no, hemos de obedecer.

—Pero...

—Fueron órdenes de tío Wise, que a su vez se lo ordenó tío Grey.

—Tía Mer y tía Row no estaban de acuerdo —recordó la elfita.

—Chicos, no es el momento ahora —resopló Terriermon —. Va, Ace, ábreme un portal allí rápido. No sé cuánto puede tardar Xana-Lucemon en moverse de nuevo.

—Voy.

De un salto, Terriermon entró al vórtice creado por Ace, mirando a un lado y a otro antes de indicarles a los Crossedmons que podían pasar. Les señaló un edificio medio derrumbado y siguió moviéndose a donde todo indicaba que los chicos y digimons llamados por su hermano y los otros dos ángeles habían acampado. Sin embargo, las heridas y el cansancio que había arrastrado tras escapar de los escombros en el exterior del castillo no tardaron en hacer mella en él, haciéndole tropezar con sus propias orejas al fango, donde rodó hasta acabar más marrón que su hermano.

—Bueno, al menos me camuflo un poco más con la oscuridad —se dijo, obligándose a seguir en movimiento.

Cada vez más cansado, avanzó buscando una figura a la que llamar la atención, cualquiera de los que sabía estaban reunidos en ese grupo variopinto. Por desgracia, Terriermon acabó cayendo al suelo antes de cumplir con su cometido. Lo último que sintió antes de dejarse caer a la inconsciencia fue el sonido de hierbas moviéndose, no sabía si para dar paso a un amigo o al enemigo cuya sombra ocupaba el Digimundo.