¡Buenas a todos! Debido a tristes asuntos familiares, no he podido subir la segunda mitad del omake anterior, pero aquí he vuelto para hacerlo.
Persuasión zorruna (2) se sitúa al final del capítulo 30.
Ésta es la segunda parte, pero podéis leerla indiferente de la anterior, aunque ATENCIÓN, si no habéis llegado al capítulo 69, mejor no leáis la anterior (aunque muy raro sería que hayáis llegado a este omake sin leer el anterior -¿cuántos "anterior" he dicho ya?-).
CONTEXTO
Tras ser devueltos a la Tierra, el grupo se encuentra con que el tiempo no ha corrido en absoluto, por lo que los estudiantes de Kadic han de regresar a Francia, quedando el grupo dividido aunque no por mucho tiempo. Jeremy vuelve a hacer su magia en el ordenador y logra dar con la forma de hacer que los diez japoneses tengan un pase a Kadic, de forma que el grupo volverá a estar unido.
Aun así, no están del todo seguros de que los padres vayan a creerse esa mentira tan fácilmente, por lo que dos digimons permanecerán con los diez guerreros legendarios para ayudarles a salir victoriosos de la complicada batalla de convencer a los padres que el futuro en Kadic es la opción correcta.
¿Cómo piensan ayudar? Es el turno de ver las situaciones de JP, Takuya, Zoe, Koichi y Kouji.
JP se removió nervioso en la silla de su escritorio. Le había dado la nota a su madre sobre el intercambio justo cuando había sonado el teléfono, arruinando su intento de hacer las cosas por sí mismo. Kitsumon había llegado a su dispositivo dispuesto a ayudar, saliendo del dispositivo y quedándose sentado en el suelo, escuchando de fondo la charla de la madre del chico.
—Ya lleva media hora enganchada ahí... ¿Pero quién demonios está hablando tanto?
—¿Quieres que interfiera en la llamada?
—¿Puedes hacerlo? —preguntó sorprendido.
—No, pero sí puedo hacer un ruido que la distraiga y posiblemente suelte el teléfono.
—Eso podría hacerlo yo...
—Entonces sabría que eres tú y seguiría al teléfono —apuntó el digimon.
—Vale, intentémoslo...
Kitsumon se puso en pie y desapareció al instante, dejando a JP solo en la habitación. Tardó poco en escuchar ruidos en el exterior que le hicieron asomarse, olvidando por completo que estaba atento a cuando su madre colgase el teléfono para ir con ella. Por suerte, la mujer salió al exterior y buscó alrededor, sin el teléfono ni nada. Sonriendo, el chico corrió fuera de la habitación y se acercó a ella.
—¡Mamá! ¿Quién era?
—Tu tía, que preguntaba por un par de cosas que necesitaba...
—Ah... Bueno, aún no has mirado la circular que te he dado —dijo yendo a buscar la hoja.
—¡Mira qué tarde es! ¡Hay que hacer la cena!
—¿En serio? —preguntó viendo cómo la mujer pasaba junto a él hacia la cocina —. Vale, Kitsumon, te la dejo a ti —suspiró.
—Tranquilo, cederá como todos —guiñó su viva imagen.
—Me pregunto si esto es lo que sienten Kouji y Koichi cuando se ven...
—Lo dudo —sonó la voz de Kitsumon en su mente —. Son gemelos, pero tienen diferencias,¿recuerdas?
—Ahí me has pillado —rió nervioso antes de buscar dónde esconderse.
Con cierta molestia, JP observó cómo Kitsumon logró convencer a su madre de que era una buena idea pasar un año lejos de Japón, así como todas las promesas que el pobre digimon se vio obligado a hacer antes de que la mujer accediese a firmar los papeles.
—Al final no he podido hacer nada —suspiró el chico.
—Mira el lado positivo.
—Si vas a decirme que viajo a París, no es que se pueda considerar lado positivo.
—No —negó Kitsumon —. Las promesas las he hecho yo, no tú. Así que puedes no ser un niño bueno, no prestar atención en clase y no hacer los deberes.
—Eso sería lado positivo para Takuya.
—Creía que te animaría —se encogió de hombros la criatura.
—Aunque... Es cierto que de esta forma me libera un poco la conciencia eso de estar haciendo algo malo a espaldas de mi madre...
—De algo ha servido —sonrió el digmon antes de colarse al dispositivo del otro.
Aun con la ayuda de Kitsumon, Takuya veía dos problemas ante él. La primera tenía relación con sus notas: sin lugar a dudas, no eran para tirar cohetes. Aquello de "intercambio a otro país para reforzar y mejorar el rendimiento académico" eran palabras que no acababan de pegar mucho en él a ojos de sus padres. Antes aceptarían apuntarlo a una academia de las caras para hacer refuerzo que dejarlo a su suerte en un lugar donde ni el idioma conocía... O eso creían.
El segundo, pero no menos importante, era Shinja. Como hermano mayor, era evidente que Takuya era el ejemplo de Shinja y que, cuando sus padres aceptasen que el mayor de sus hijos viajase un año entero a otro país, el grito de "yo también" resonaría en el salón con tanta fuerza que temía que, incluso con la ayuda de Kitsumon, la hipnosis no evitase que sus padres se negasen a dejar ir al menor.
—¡Takuya! —exclamó Kitsumon casi en su oído.
—¡AH! ¿Qué haces?
—Tranquilo, tu madre ha ido a comprar —dijo antes de alzar unos papeles —. Considérate alumno de Kadic.
—¿QUÉ? ¿TAN RÁPIDO?
—Estabas en las nubes —negó el digimon dejando las hojas en el escritorio del chico —. He tardado casi veinte minutos en sacarle una palabra a tu madre. ¿Tan mal estudiante eres?
—Podríamos decir que tengo déficit de atención...
—No preguntaré más... —susurró Kitsumon antes de volver la vista a la puerta —. Según tu madre, en un rato llegará tu hermano. ¿Tengo que ayudarte con él también?
—Sí... No... Bueno, quédate conmigo por si acaso —pidió.
—Renamon me ha comentado que logró que el hermano de Tommy no tuviese problemas porque se iba a Francia.
—El hermano de Tommy es mayor que Tommy. Shinja es menor que yo. Son cosas diferentes.
—¿Cómo de diferentes?
—Bueno, los hermanos menores tienden a ser los más protegidos, mimados y caprichosos —numeró —. No digo que todos lo sean, simplemente que cuando los hermanos mayores hacen algo que ellos consideran "guay", ellos también quieren hacerlo.
—Sí, entiendo...
—Tommy es el pequeño y está haciendo algo guay que no ha hecho su hermano mayor. Pero Shinja no es el que está haciendo algo guay, por lo que...
—Querrá apuntarse.
—Sí.
—Pero no va a poder. Incluso sin mi ayuda, tus padres le dirán que no es posible.
—¿Tú crees?
—Takuya, el viaje que vais a hacer es de estudio, organizado por vuestros institutos. ¿Tu hermano va a tu instituto o a tu curso?
—No.
—Pues el centro donde él está no tiene ese plan de viaje de estudios o como lo haya querido llamar Jeremy.
—Pues tienes razón... ¡Me he preocupado por nada!
—¡MAMÁ! ¡TAKUYA! ¡YA ESTOY EN CASA!
—Ahí está el terremoto... Quédate aquí en mi habitación por si acaso, Kitsumon. Pero después de que me hayas abierto los ojos, creo que podré con esto yo solo.
El llanto ruidoso de Shinja tardó exactamente un minuto en llegar a oídos del digimon. Tras apuntar rápidamente en un papel una nota de despedida que dejó bajo el dispositivo del fuego, entró en él y se alejó lo más rápido que pudo hacia el siguiente a ayudar.
Zoe se había pasado una hora entera ayudando a Renamon a pronunciar correctamente algunas frases clave en italiano para que el engaño a su madre surgiese efecto completo. Aunque la digimon le había dicho que con la hipnosis podría convencer a la adulta, la chica había preferido asegurarse, preparando a la digimon en el rato que estuvieron solas desde que llegaron a casa.
—Ahora sí —decidió.
—¿Realmente crees necesario usar palabras italianas? Es a Francia a donde vas.
—Hazme caso, sonaré más yo aunque la hipnotices —dijo gesticulando para que se empezara a mover.
—Supongo que cada familia es diferente —dijo Renamon antes de transformarse en Zoe —. Está bien, enseguida vengo.
Asintiendo, Zoe esperó en la puerta, parcialmente cerrada, atenta a las voces que provenían del salón. Sonrió cuando la digimon empezó a usar palabras italianas, sonando prácticamente igual a ella, y tembló levemente cuando la adulta decía algún "pero". Quince minutos más tarde, Zoe corrió a esconderse bajo la cama al escuchar a su madre siguiendo a su falso yo hasta el dormitorio para seguir hablando. Desde ahí, oculta con el bajo de la colcha, vio cómo Renamon dejaba los papeles en el escritorio y se sentaba en el punto justo donde se encontraba ella.
—Recoge bien la habitación y empieza a preparar lo que sea que te vayas a llevar. Mañana por la tarde iremos a comprar una maleta, ¿de acuerdo?
—Sí, mamá.
—Y también miraremos lo que sea que te falte de ropa o material.
La digimon volvió a asentir. Al poco, Zoe sintió que se levantaba, posiblemente porque su madre seguía allí, en la puerta, hablando y hablando. De forma natural, Renamon se dirigió al armario, lo abrió y empezó a mirar una por una las prendas, dándole la espalda a la adulta para maldecir que no se largara de una vez. En el suelo, Zoe luchó por no reír a carcajadas mientras se hacía una nota mental de recompensar debidamente a la digimon por la paciencia que debía mostrar para soportar la media hora larga que siguió su madre ahí plantada, de pie, sin preocuparle si había algo más o no por hacer en la casa.
Koichi sabía que, de haber digievolucionado, habría ido más lento que tal y como iba en esos momentos y no por tener que vigilar al tiempo que corría que nadie le veía. Aunque confiaba ciegamente en los digimons zorro y su habilidad hipnótica, aun sin haberla visto, quería estar presente en casa de su hermano para ayudarle a conseguir el permiso para viajar y estudiar en el extranjero que, suponía, no le iba a salir tan fácil como a él.
Derrapando, el chico entró en la calle de su hermano justo cuando éste salía de casa con su mascota. Con un esfuerzo extra, aceleró el ritmo y se lanzó sobre su hermano, desequilibrándolo y llevándolo al suelo.
—¿No podrías llamarme como una persona normal? —protestó Kouji.
—Es que... llevo corriendo... desde mi casa... —se excusó.
—No, si ya decía yo que juntarte con Takuya te volvería un loco —suspiró poniéndose en pie y ayudándolo.
—¿Ya has logrado el permiso?
—Por mi madre sí, pero papá no está en casa —dijo echando a andar.
—¡¿Qué?! ¿Por qué no ha firmado Satomi?
—Porque como es mi madrastra, ella me da permiso pero quien tiene la última palabra es papá. Así que adivina.
—Quizás deberíamos pedir que vengan tanto Kitsumon como Renamon y que se hagan pasar por los dos.
—Si la cosa se pone fea, mi madre llamará a mamá para que ayude —dijo —. Aunque claro, con los digimons de por medio...
—Ah, no, si mamá no ha sido hipnotizada —rió Koichi —. Renamon le ha dado los papeles, me ha preguntado si tú también ibas, le he dicho que también eras uno de los "elegidos" y sin más, ha cogido un boli y ha firmado. Por poco no se transforma de nuevo en zorro de la sorpresa.
—Suertudo —sonrió Kouji.
—Venga, que voy a darte un poco de mi suerte —dijo dándole una palmada en el hombro.
Veinte minutos más tarde, el móvil de Kouji interrumpió el paseo. El chico cambió el rostro a una expresión seria y, tirando de la correa de su mascota, indicó el regreso a casa. Koichi fue el primero en entrar, saludando con la alegría que le caracterizaba y recibiendo el mismo afecto por la segunda esposa de su padre. El hombre, sin embargo, saludó con cariño pero con la seriedad de que hay cosas por hablar.
—Papá... —apareció Kouji.
—Siéntate —indicó el adulto.
—Koichi, ven conmigo —pidió Satomi.
—Pero...
—Ven. Déjales hablar —dijo llevándolo a la cocina.
Aun así, Koichi se las ingenió para quedar en la puerta, espiando. Desde donde estaba podía ver perfectamente a su hermano, en una silla, cabizbajo, mientras su padre caminaba a un lado y a otro ante él con demasiados papeles en las manos.
—Nunca había oído sobre este tipo de intercambios.
—Bueno, es una novedad de este curso —dijo el chico —. Una forma de motivar a los estudiantes y de fomentar nuevos valores...
—Pues muy alto han apuntado. ¿Acaso no tienen idea de lo que esto nos va a costar a los padres?
—Pero lo pone en el papel —señaló —. Hay residencia dentro del campus y, para los estudiantes de intercambio, será gratuita este año.
—Ya, claro, así por la cara van a hacer las cosas —dijo soltando algunos de los papeles en la mesa ante el chico —. Las excursiones ya de por sí son caras, como para encima salir con esto —dijo dando golpecitos a uno de ellos —. ¿Realmente esperas que me crea que simplemente pagas el viaje?
—Para una vez que proponen algo interesante en el instituto, no sé a qué le buscas todos y cada uno de los detalles —sopló el chico.
—A que es demasiado raro.
—Papá, escúchame —dijo Kouji seriamente —. Sé que esto es muy repentino, ni yo lo imaginé antes de salir de clase hoy. Pero a mí, la idea de viajar al extranjero me gusta.
—¡Y no va a estar solo! —chilló Koichi, saliendo de la cocina y plantándose junto a su hermano.
—¿Koichi?
—Mamá me ha dado permiso, así que estaré junto a Kouji en todo momento. ¡Seré su sombra!
—Es más —se adelantó Kouji antes que su padre pudiese decir algo —, si crees que es demasiado barato o algo, podríamos llamar a los tíos.
—¿Tíos?
—La prima Yumi estudia allí —dijo —. Cuando me dijeron ese nombre, lo busqué y lo confirmé.
—¿Acaso habláis con los Ishiyama? —cuestionó el padre.
—La encontré en las redes sociales —dijo Kouji —. Y de tanto en tanto charlamos.
—Bueno...
—Por eso, podríamos llamarles, preguntarles si les importa que vivamos con ellos y nosotros ayudaremos allí como pago por estar —dijo Kouji.
—Aunque mamá tampoco ve problema en que estemos en la residencia...
—Hablaré con vuestra madre y con vuestros tíos y ya veremos qué se hace —declaró.
—Pero, ¿podré ir?
—Siempre y cuando cumplas con algo —dijo alzando un dedo —. Como tengas una nota por debajo del siete en cualquier asignatura...
—Bueno, el primer mes quizás es complicado, ¿no? Que en Francia se habla el francés, no el japonés —rió nervioso Koichi.
—Ninguna excusa. Todo es igual en todos lados.
—Hombre, lengua no —se encogieron de hombros ambos.
—Vale, te perdonaré cualquier error el primer mes. Al segundo más te vale tener ya una buena línea o regresarás aquí, me da igual lo que digan los profesores o directores o quienquiera que haga estas cosas —dijo alzando el papel —. Va, id a poner la mesa.
—¡Gracias, papá! —exclamaron ambos.
—Sí, sí, tirad a poner la mesa. Porque imagino que te quedas, ¿no, Koichi?
—Eh, sí —asintió.
—Voy primero al baño —dijo Kouji, levantándose y caminando en dirección contraria.
Vigilando sus espaldas, subió al segundo piso, siendo recibido por un gruñido de disconformidad de la mascota de la casa, que enseguida se silenció al ser tirada su correa.
—No le caigo bien —señaló.
—No eres yo, y él sí lo sabe —resopló el verdadero Kouji dándole un tirón a la correa —. Que te he dicho que es un amigo que me ayuda, no es malo.
—No le culpo por actuar así —dijo el digimon, recuperando su aspecto real —. ¿Quién no se pondría a la defensiva ante una criatura extraña como yo?
—Suerte que lo he arrastrado rápidamente a la habitación y no le he dejado ladrar, que si no...
—¡Kouji! ¿Bajas ya? —preguntó Koichi.
—Sí, voy —asintió, soltando al animal y empujándolo para que pasara de largo al digimon y corriese hacia su hermano —. Aunque primero voy a tirar de la cadena para disimular.
—Estaré aquí listo por si me volvéis a necesitar —indicó colándose al cuarto del chico —. Solo... Que tu amiguito no venga y todos contentos.
—¿Te asusta? —preguntó divertido.
—Como le diga a Renamon que un perro ha fastidiado mi persuasión, sospecho que cualquier recuerdo de cualquiera en el que mi yo pasado acabe haciendo algo mal recibirá menos gritos.
