¡Aloha! Por aquí que me dejo caer para traeros una escenita que no aparece en la historia principal pero de la que hay mención y que espero que os guste.

Preciado tesoro puede ser leído si ya has pasado el capítulo 74 de Code Frontier, aunque los hechos cronológicos sitúan la escena antes del inicio de la historia principal.

CONTEXTO

Con la caída de los Guardianes en el pasado, los Crossedmons quedan al cuidado de Terriermon, quien los protege siguiendo las indicaciones de Ancient Wisemon.

Aunque muy pocos sabían de la existencia de los mellizos más revoltosos del Digimundo, en tiempos de crisis siempre hay quien se acuerda de ellos e inicia una búsqueda para reclutarles, trayendo dolores de cabeza al niñero por obligación.

¿Cómo se las ingeniaba el conejito verdoso para proteger a esas dos criaturitas? Aquí tenéis un pequeño ejemplo de la vida de Terriermon cuando sonaban las "alarmas de peligro".


Terriermon se estiró de las orejas por millonésima vez en lo que llevaba de vida tras separarse de Suzie. Empezaba a estar más que cansado de tener que moverse entre las sombras, más aún cuando se trataba de esquivar a amigos y conocidos.

—Cualquiera diría que lo hacen a propósito —murmuró tomando una pequeña esfera plateada entre las manos y guardándola en una mochila que cargó a la espalda —. Ale, otra vez a hacer de caracol.

Sin perder ni un segundo, se asomó con cuidado al exterior, miró a un lado y a otro, confirmó que no había nadie y echó a correr todo lo rápido que pudo hasta un lugar más oculto donde digievolucionar para ir más rápido.

Por quince minutos, el digimon se vio obligado a avanzar como Gargomon para pasar lo más desapercibido posible entre la multitud. Demasiados sabían que él era hermano de Kerpymon, uno de los tres Grandes Ángeles que gobernaban en paz y armonía el Digimundo. Lo último que necesitaba era que le preguntaran por qué estaba allí, lejos de lo que se suponía que él y cierto Rapidmon de armadura dorada debían estar haciendo.

—Y otra vez, ese idiota va a estar preguntándome qué he hecho... A ver con qué lo convenzo esta vez para que no le diga nada a Kerpy...

A regañadientes, el digimon conejo logró dar con otro punto seguro. Con cuidado, se asomó a la cueva y rebuscó hasta dar con una roca que podía pulsar. Una de las paredes se movió, dejando paso a un hueco oscuro y frío que le provocó cierto escalofrío.

—Bueno, ellos no van a sentirlo, así que ningún problema —decidió entrando en la oscuridad.

Casi al instante, la pared a su espalda se cerró. De no haber vivido aquello por demasiadas veces, al conejo le habría empezado a dar un ataque de nervios. Cogió aire, lo soltó y esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad para avanzar con seguridad por el lugar. Con los brazos al frente, se movió hasta dar con una pared, que siguió hasta una peana que jamás había visto pero sabía que existía. Sin perder el tiempo, se quitó la mochila y extrajo la esfera con sumo cuidado. El leve brillo iluminó a varios centímetros de sus manos.

—Venga, con cuidado —susurró alzándola hasta la peana y depositándola.

En cuanto la esfera encajó en el hueco de la peana, una imagen se proyectó en la pared tras ella, haciendo que el conejo alzase la vista para ver las dos figuras ahora visibles. Gargomon suspiró aliviado al comprobar que ambos Crossedmons seguían dormidos, una sobre el otro, ajenos al ajetreo del exterior, al movimiento de los digimons y a los nuevos peligros que se alzaban por todas partes.

—Aquí estaréis a salvo, pequeños —dijo moviéndose mejor por aquel sitio.

Aunque la esfera no servía para iluminarlo todo, ayudaba a los ojos del conejo verdoso a identificar todo a su alrededor. Tardó poco en identificar algunos objetos, más de uno llevado a ese lugar secreto para ayudar a los dos digimons encerrados en aquella pequeña esfera que el hermano de Kerpymon se veía obligado a cargar de un lado a otro.

—Dulces sueños a los dos —les dijo antes de volver hacia la pared por la que había entrado.

Con la visión más que adaptada a esa oscuridad, encontró el interruptor para volver a abrir la entrada secreta. Un último vistazo a la imagen en la pared, lo pulsó y salió al exterior con los ojos cerrados. La luz, sabía, iba a ser muy molesta si se atrevía a salir de ahí mirando hacia dónde iba.

—Y ahora, a buscarme una excusa para Doradín —suspiró digievolucionando y echando a correr más veloz —. Y después, a ponerle nuevos problemas a Duftmon —añadió con una mueca —. Suerte que Magna y Doradín son muy amigos... Sin ese bocazas, jamás me enteraría de lo que hace el otro bobo —negó.