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Replica

por Onmyuji


III.


«I was in a constant pain, I saw your shadow in the rain. I painted all you pigeons red, I wish I had stayed home instead». —Replica, Sonata Arctica.


La distancia que separaba a Gautier de la antigua capital real de Fhirdiad era muy similar a la que tomaba llegar a Sreng. Así que Sylvain calculó que su mensajero tardaría en ir y volver tres días; y si a eso se le sumaba el tiempo mínimo necesario para que todas las preparaciones por gestarse se hicieran con rapidez, consideró que al final de la semana sus planes darían los frutos esperados.

Entonces al día siguiente de haber despachado a su lacayo, recibió aviso por parte de su mayordomo de una persona (una dama ni más, ni menos) que se presentó como por arte de magia en la entrada del castillo, solicitando una audiencia con él. Al cuestionársele en nombre de qué Gran Señor solicitaba esta reunión, respondió sin dudarlo bajo el nombre del propio Marqués. Así fue que Sylvain comprendió que todo se había adelantado y no dudó ni un segundo en autorizar el acceso del nuevo visitante, a la par que se desplazaba tan pronto como le fue posible hacia el gran recibidor.

Arribó justo a tiempo para ver a sus sirvientes retirando las grandes maletas de las manos del invitado que llegaba, una menuda mujer de cabellos de un brillante anaranjado y que se movía de un lado a otro de sus pies, con una impaciencia que lucía más bien una pequeña danza en su propio sitio.

—¿Annie?

La aludida saltó sobre su sitio ante lo inesperado del llamado, pero contuvo la sonrisa en sus labios en reconocimiento a su nombre. Las comisuras de sus labios se extendieron de oreja a oreja, antes de echar pies en polvorosa hacia la dirección del pelirrojo. Luego, saltó a sus brazos con toda la familiaridad que le fue posible y se quedó ahí unos momentos.

—¡Sylvain!

—¿Qué estás haciendo aquí? ¡Pensé que te tomaría una semana en llegar! Bienvenida a Gautier, por cierto.

—Salve Gautier. Gracias. —Apuró ella con las mejillas tiñéndose suavemente de rosa ante su torpeza y atrevimiento. No obstante, no abandonó el abrazó que Sylvain le devolvía en esos momentos—. Luego de que recibí tu carta me fue imposible estar tranquila y esperar a que tu mensajero te trajera mi respuesta, el carruaje estuviera listo..., así que pensé ¿por qué no voy y le doy mi respuesta personalmente? Entonces recordé que sería absurdo, considerando que ya estaría aquí...

Sylvain no se iba a cansar de esto. Era como un chapuzó en aguas frescas tras un día de extenuante calor. Annette era torpe y solía ser muy dispersa, saltando de aquí para allá, era imposible encontrarla quieta. Simplemente era encantador, a su manera. Y no dejaba de sorprenderle lo jovial que ella lucía a pesar de que hubiesen pasado ya quince años.

Ella detuvo su andar inquieto mientras se quedaba inmóvil entre sus brazos, mostrándole su sonrisa más solar.

—... así que usé el nuevo hechizo de transportación que me enseñó Constance en la Escuela de Hechicer-... ¡Te dejaste la barba! ¡Luces como todo un señ-...! ¿Otra vez cortejando a las damas de la Corte? Sylvain, ¿qué te dijo la Profesora Byleth sobre eso? —Diciendo esto, la joven de baja estatura soltó al Marqués y puso las manos en jarras, con indignación fingida.

—¡Suenas igual a Ingrid! —Se rió Sylvain ante la nostalgia del recuerdo, pero mientras las risas morían ácidas en su boca, Annette se mordió el labio y bajó la cabeza, avergonzada—. Lo siento. Eso fue totalmente inapropiado de mi parte.

—Está bien, Sylvain. Hay cosas que simplemente tomarán más tiempo que otras en sanar. Ingrid será una de ellas. —Concedió la pelirroja mientras se encogía de hombros, en un claro signo de torpeza.

Sylvain se rascó la cabeza, en clara señal de vergüenza—. Esto... Mercedes... ¿Ella cómo está?

—Mercie está... muy bien. El orfanato consume bastante de su tiempo, pero ella es feliz de ayudar. Aún más porque Emile está a su lado y ayuda con los niños. A mí me horrorizaba un poco la idea de que él fuera a perder la cabeza rodeado de tanto alboroto, pero ha sido muy dulce con ellos todo este tiempo. ¿Me creerá que he llegado a considerar la idea renunciar a mi trabajo en la Escuela de Hechicería y mudarme a ayudarle? —Sonrió Annette, sintiéndose rápidamente con mejor ánimo—..., y ella aún está esperando por ti, Sylvain.

—Sabes tan bien como yo, que eso ya no va a suceder, Annie.

—Mercie no deja de rezar a lo que sea que existe más allá de nosotros, que te lleve de vuelta con ella.

Al igual que muchos durante la guerra, Sylvain había perdido cosas. Algunas más importantes que otras, pero que no dejaban de doler. Claro, siguió a Edelgard en su camino porque odiaba el nefasto sistema de crestas que su padre tanto protegía y que su familia perpetuó por generaciones; porque estaba convencido de que el mundo necesitaba ser reformado. Y las ideas de la Emperatriz resonaban coherentes en su mente y su corazón, así que no las dudó ni por un momento.

La pregunta era, ¿a qué costo? En el proceso perdió a dos de sus mejores amigos y Sylvain aún seguía recordándose que pudo haber hecho algo para salvarlos y no lo hizo. El dolor de sus acciones pesó como consecuencias en su espalda, como un vestigio de todo el daño que no evitó.

Tras esa reflexión llegó a la conclusión de que su única penitencia se traducía en su propia condena, que era vivir en soledad como castigo por el daño provocado.

Mercedes merecía algo mejor que un remedo de lo que fue en su mejor tiempo.

Mientras Sylvain se perdía en el fondo de sus pensamientos, Annette redujo la distancia entre ellos, envolviendo las manos masculinas entre las suyas, que eran mucho más pequeñas y delicadas—. Sylvain.

El aludido regresó al momento actual, sacudiendo el desastre de sus pensamientos y la miró, aún embotado, pero más cerca de ella que de su mente angustiada—. ¿Sí, Annette?

—Dime por favor que no me mentiste en tu carta.

Ahora su atención estaba completamente volcada a la pequeña mujer, que parecía al borde de una crisis de ansiedad. Ahora recordaba cuánta ansiedad podía provocarle a la pequeña mujer con una carta tan escandalosa como esa—. No te he mentido. Él está aquí.

—Oh, por la Diosa. De verdad creí que estabas buscando una excusa para que viniera a Gautier. —«Pero también con la ciega esperanza de que dijeras la verdad», sus pensamientos corrieron tan vertiginosos como sus movimientos, que la llevaron a soltar al pelirrojo en un movimiento, llevarse las manos a las sienes y dar vueltas en círculos sobre su sitio—. Hace tantos años que no lo veo. ¿Qué le voy a decir? Soy una torpe. Lo voy a arruinar. ¿Cómo lo voy a ver a la cara? Él no fue el único que perdió todo en la guerra. Él me dejó atrás.

—Tal vez no sea tarde, pero necesito que me ayudes con eso. Desde que envié a mi mensajero a Fhirdiad con la carta, me está evitando. Nuestro primer encuentro no fue tan bien como me hubiese gustado. Creo que dije que cosas que no debí... ¿cómo iba a saberlo? —Sylvain respiró profundo y una vez tranquilo de nuevo, añadió—. Ahora está en el patio de entrenamiento. ¿Quieres que te lleve allá? Estoy seguro de que-...

—No, —Annette interrumpió, tajante—, llévame al invernadero.

—¿Al invernadero? ¡Te invité a mis tierras porque Felix está aquí, no porque mis plantas te necesiten!

—Llévame ahí. Y entonces verás.


La pierna lo estaba matando. No en el sentido literal, pero luego de haberse refugiado en el patio de entrenamiento tras su último encuentro con Sylvain, el cuerpo de Felix finalmente reclamaba descanso.

Se sorprendió de notar que el pelirrojo no había hecho intentos de acercarse para resarcir su error y disculparse por tocar temas que debían permanecer muertos por el bien de todos.

En su lugar, encontró que el castillo estaba en un silencio pasmoso. Asumió que Sylvain había salido sin informarle (después de todo, su condición de huésped era particular y lo que menos le interesaba eran los asuntos de Estado), así que decidió volver a sus habitaciones antes de que el Marqués considerara que era momento de recortar la distancia.

... ¡Es hora de crecer!

Y entonces paró en seco, sintiendo que un gran peso era retirado de su espalda. El sonido alegre jugueteó en sus oídos unos segundos, como si su cuerpo estuviese luchando por retenerlo tanto tiempo como fuera posible en su interior.

Reconocía perfectamente el sonido de esa voz. Sintió que su cuerpo se llenaba de un alivio embebido de desesperada curiosidad mientras seguía el suave canturreo, como si fuera el olor de la dulce miel a las abejas, entre los pasillos del castillo.

Muchos años atrás había aceptado con resignación que no volvería a ahogarse en aquellos vocales musicales y dulces, por lo que sentía la bendición de la vida cayendo en sus hombros y dándole renovadas fuerzas para apurar su camino, agotando sus pasos hasta encontrar la fuente de aquella peculiar canción.

Naces escondida y llena de ilusión. ¡Es hora de que salgas y te bañe el sol!

Sus pasos lo llevaron hasta el invernadero del castillo, donde encontró el origen de la voz. Esa figura menuda de cabellos de un brillante anaranjado que bailaba entre pequeños saltos por el espacio lleno de plantas, moviendo sus manos cual si dirigiera una prestigiosa orquesta. De sus dedos fluía magia, y las plantas bailaban al ritmo de la canción y el toque preciso de sus dedos.

Se recargó contra el umbral de la gran puerta de cristal del invernadero, deleitándose con la vista de la mujer pelirroja que saltaba entre las plantas y flores con mucha alegría y suavidad. Sintió la nostalgia abordándole de una forma muy distinta a la que le sacudió cuando se enfrentó a Sylvain.

Había esperado por esto tantos años de su vida y solo ahora caía en la cuenta.

¡Crece, crece! Ilumina todo aquí. ¡Crece, crece! ¡Es hora de salir al fin!

—Esa canción es nueva. —Interrumpió sin pensárselo demasiado, provocando que la pelirroja detuviera el baile; no así el movimiento de sus manos, que seguía alborotando las plantas a su alrededor.

Ella pareció meditar unos momentos antes de contestar—. La compuse cuando aprendí a hacer encantamientos para el cuidado de las plantas. —Explicó ella mientras acariciaba las camelias y luego giraba para ver a su interlocutor.

Era de verdad. Él estaba ahí. Felix Hugo Fraldarius, luego de haberse resignado a no volver a verlo nunca jamás. Annette sintió que sus manos fallaban el último de los encantamientos y decidió que había sido suficiente. Necesitaba un momento para recomponerse antes de arruinarlo o comenzar a llorar.

Su historia con Felix había comenzado en el invernadero de Garreg Mach, durante la Academia de Oficiales. Había sido el sitio donde el espadachín la escuchó cantar por primera vez (para su eterna vergüenza). Y fue el lugar donde confesó que su voz le tenía cautivo. Estar rodeada de la naturaleza era importante para ella: le daba vida, la conectaba con esa parte de su pasado que amaba (aunque dolía).

Era lo que le quedaba de Felix.

—Así que... ¿supongo que viniste a Gautier para quitarle el trabajo a sus jardineros? —Felix sonaba más divertido de lo que su expresión facial decía.

Annette se sorprendió de escucharlo sonar burlón en vista de la experiencia con Sylvain—. ¡Por supuesto que no! ¡Sólo vine de visita! —Rebatió veloz, cayendo sin remedio en la provocación.

—¿Oh? Asumo que vienes de Fhirdiad, ¿cómo fue que llegaste tan pronto? —Felix dio un par de pasos hacia la pelirroja y Annette tragó duro al verlo eliminar la distancia entre ellos. Apenas se habían encontrado y él se acercaba a pasos agigantados, en completa oposición a las quejas de Sylvain.

Tenía que mantenerse tranquila, no podía arruinarlo todo tan pronto—. Llegue volando esta mañana.

—¿Te has convertido en una bruja y viniste volando en una escoba?

—¡Eso es ridículo!

—¿Entonces abandonaste tus estudios de magia para hacerte jinete de pegaso? Porque quiero ver al pobre animal que te trajo hasta aquí en una pieza.

Annette sintió que sus ojos ardían mientras el azabache se comía la distancia hasta llegar a ella con la familiaridad que solía ser a su lado. Pronto estuvieron a un abrazo de distancia. Y en ese entonces añoró que pudiese recuperar el tiempo perdido con él en un instante.

—¡Pfff! ¿Por quién me tomas? ¡Claro que en mi vida he montado un pegaso! ¡Con lo torpe que soy, me habría caído en mi primera práctica! —Respondió ella—. Aprendí un hechizo de transportación en la Escuela de Hechicería.

—Oh.

Se quedaron unos momentos en silencio. Felix no podía dejar de mirarla, creyendo que en cualquier momento ella se desvanecería como si fuera un truco sucio de su mente (no muy lejos de las malas pasadas que su cabeza ya le hacía). Annette por su parte, bajó la mirada sintiendo que las lágrimas ya luchaban por escapar y no pudo contener el sentimiento más tiempo.

Así que saltó hacia los brazos de él, que la recibieron gustosos y respondieron con el mismo deseo y ansia que ella padecía.

—No sabes lo aliviada que me siento de que estés de vuelta. Me siento tan feliz de verte.

—Yo-... yo también.

—Creí que no volvería a verte, Felix. —Annette ahogó el sollozo en su garganta, a pesar de que las palabras ya salían con dificultad de sus labios.

—Pero estoy aquí. Eso es lo que cuenta, ¿o no?

—¿Por qué no me esperaste? ¿Por qué me dejaste atrás?

Felix sintió al instante el amargo sabor en la boca mientras la pregunta se asentaba en el fondo de su estómago y le devolvía la bilis como una señal de que no había respuestas para aquellos cuestionamientos—. Lo lamento.

Annette apretó el abrazo con más fuerza y él no rechazó el avance. Por el contrario, lo alentó—. Ya no importa. Todo está bien ahora porque estás aquí.


TBC.


PS. Sigo vivita y coleando, decidida a actualizar esto hasta el final. Inicialmente se habían contemplado 5 capítulos, pero de última hora me di cuenta de que necesito un capítulo extra, el cual por cierto, ya está cocinándose, lento pero seguro.

Vamos a darle su ratito de felicidad a Annette, y tranquilidad a Sylvain. No puedo garantizar nada para Felix... aún.

Cuídense mucho y nos estamos leyendo.

Onmi.