¡Buenas a todos! Aquí os traigo el último de los cuatro omakes seguidos, como dije que haría.

Convenciendo a Koichi, al igual que los demás, tiene lugar pasado el capítulo 133 de Code Frontier.

CONTEXTO

Tras no tener éxito alguno intentando convencer a los otros tres integrantes del grupo de desactivadores de torres, es el turno de probar suerte con Koichi. Aunque primero, hay que dar con él. ¿Se anotará el grupo al fin una victoria? ¿Dejarán de existir las discusiones y los gritos por el "escaqueo" de algunos?


Dar con Koichi era más difícil que acabar con Xana-Lucemon. Aunque todos iban con la mejor de las intenciones, el guerrero de la oscuridad estaba demostrando con creces que era el rey de las sombras y todo un experto en el juego del escondite.

—Te lo digo de verdad, lo he visto aquí hace nada —señaló Odd.

—Pues ya no está —apuntó Sissi.

—¿Y sabéis por qué? —se les acercó William, señalando a su espalda.

—Em y Kouji —corearon ambos viendo al par caminando hacia el hangar.

—Esto va a costarnos bastante —suspiró el chico.

—No puede haber ido demasiado lejos —negó Sissi —. ¡Es imposible que se escape a saber dónde!

—¿Y si se ha ido del cuartel? —preguntó el rubio.

—Ah, guay, que a mí me chilláis por escapar por un malentendido y a Koichi le dejáis la puerta abierta para que huya cuanto le dé la gana —apareció Neila, cruzada de brazos.

—No quería decir eso. Yo sólo...

—Que sí, que lo entiendo —asintió —. Pero vamos, que para ser él quien posee el poder de la oscuridad, os importa mucho menos que desaparezca.

—Neila, cálmate —pidió Leire tirando de ella —. Perdonadla, está molesta porque Impmon ha vuelto a perseguirla.

—¿Ese digimon no se cansa nunca o qué? —preguntó Sissi viendo a las hermanas alejarse.

—¿Y si enviamos a Impmon? —preguntó Odd —. Quiero decir, es un demonio, un digimon de oscuridad... Quizás baja la guardia por ser "un igual".

—¡Vale, gente, quien no se haya confesado ya que lo haga ahora o se arrepentirá en la otra vida!

—Sissi, ¿qué gritas? —preguntó Odd.

—Eso, ¿qué pasa? —se unió Ulrich.

—Odd ha vuelto a tener una buena idea —señaló William.

—Por eso, date prisa en decirle a cierta persona lo que sientes o será demasiado tarde porque llega el Apocalipsis para derribarnos a todos —señaló Sissi.

—¡Basta ya con decir que llega el Apocalipsis cada vez que hablo! —protestó Odd.

—No, cada vez que hablas no —negó Ulrich —. Cada vez que tienes una buena idea, amigo.

—¡Deberías apoyarme en vez de decir eso! —lloriqueó Odd.

—Lo hago a mi manera —dijo dando media vuelta.

—¿Te vas a declarar entonces? —preguntó Sissi con los ojos muy abiertos.

—No sé de qué habláis.

—Para variar, habremos de meter mano en ese tema si queremos resultados —dijo sin ánimo la chica antes de buscar alrededor.

Por suerte para el trío, dar con Impmon no les costó nada. Como llevaba pasando desde que el grupo se instaló en el Digimundo, el digimon estaba cerca de BlackGatomon y Neila, siempre vigilante. Convencerlo tampoco resultó complicado.

Tras asegurar su espalda, Impmon empezó a recorrer las sombras hasta dar con el bulto deseado. Cerró la puerta a su espalda y esperó la reacción del chico, alegrándose cuando Koichi no hizo ni dijo nada por su presencia allí.

—Menuda tienes liada —dijo.

—Ya, bueno, no sé por qué están todos tan locos y pesados —respondió el humano.

—¿Y si vamos a dar una vuelta? Tampoco quiero que esas dos diablas me pillen más manía de la cuenta —señaló.

—Nos seguirán.

—No si vamos más rápidos nosotros —dijo digievolucionando —. ¿Qué te parece una carrerita hasta el Continente Oscuro? No queda lejos y, si mal no recuerdo, a no muchos les gusta ese lugar en tu grupo.

—¿En serio?

—No lo recuerdas, pero puedo contar con los dedos de una mano los que entrarían por voluntad propia ahí dentro a buscarte... Y me sobran dedos.

—Imagino que uno de ellos será mi hermano —rió nervioso.

—No nos seguirá —negó —. Está bastante ocupado hablando con Emily y cuando no es ella, aparece Zoe.

—Ah, vale... Pues... ¡Me apunto!

Con una sonrisa pícara, Beelzemon abrió la ventana y saltó, sobresaltando a quienes había cerca. Koichi no tardó en imitarle, provocando algunos gritos, antes de echar a correr en busca de su moto, darle gas y salir a toda velocidad en el preciso momento en que Emily alzaba la voz por encima de todos al detectar su presencia.

—¡Esto es lo mejor que he podido hacer! —empezó a reír.

—Pues no te acostumbres, chico, porque dudo que nos permitan largarnos así sin más a los dos.

—¿Porque es peligroso o porque eres un demonio?

—Ambas cosas —respondió —. Venga, que vamos a llegar en tiempo récord... ¡Y no nos sigue nadie!

—Por ahora —dijo con una mueca el chico —. Me fío bien poco de esa panda de...

—Emily no entrará —dijo con una gran sonrisa Beelzemon —. Si se diese el caso, la encontraríamos chillando en la puerta.

—¡Guay!

Media hora más tarde, ambos empezaron a frenar cuando la puerta de la oscuridad apareció en su vista. Aunque ambos habrían preferido entrar, el descontrol sobre el tiempo dentro de ese continente hacía que ambos acabasen simplemente cruzando el umbral. Koichi tomó una gran bocanada de aire y sonrió animado.

—¿Y bien? —preguntó Beelzemon.

—¿Qué?

—¿Puedo saber qué es lo que tiene al actual Sphinx tan temeroso del agua?

—Oh, eso, pues... ¿Instinto de supervivencia de un gato?

—Te voy a contar un par de cosillas que supongo no recuerdas —dijo apoyándose en su moto y mirando alrededor —. Tú y yo nos conocemos desde mucho antes que Lucemon conociese mi traición.

—¿Ah, sí?

—Me permitiste vivir aquí después de revelarme ante Lucemon para proteger a Lilithmon, en este continente, bajo tu protección —explicó —. Por eso puedo decir que sé bastantes cosas de ti también y que puedes contar conmigo para lo que sea. Aunque sé perfectamente que en tu cabeza no cruzará jamás la idea de "soy un traidor, no merezco vivir siquiera, debería alejarme de todos".

—Ya nos ha quedado claro que lo de Neila fue una confusión. Ni tan siquiera nosotros sabíamos nada —agitó una mano Koichi.

—¿Acaso nadie imaginó que podría pasar?

—Bueno, BlackGatomon digievoluciona a seres oscuros —dijo pensativo —. Me propuse estar atento por si pasaba algo, pero creo que el que tú estuvieses ahí me hizo despistar un poco... Creo que alguna vez pensé que, como eras tú, todo estaba bien.

—Entonces sí que recuerdas algunas cosas aunque no lo sepas —sonrió el demonio.

—¿Eso puede ser?

—Perfectamente —asintió —. Por eso me choca que te eches atrás ante la idea de meterte en el agua —dijo.

—Supongo que la gente cambia —se encogió de hombros.

—En el fondo, sigues siendo el mismo, así que no me lo trago —negó.

—No recuerdo el pasado, así que tienes que tragártelo porque, si lo recordase, quizás las cosas serían diferentes.

—¿Actuarías como deberías hacerlo?

—Pues...

—¿O es que existe otro motivo por el que no quieras bajar?

—Bueno, yo... —dijo bajando la mirada a sus pies —. Desde que conoció a los otros, a Kouji le cuesta menos expresar lo que siente aunque para mí sea un libro abierto siempre, quizás porque somos gemelos —dijo —. El cabreo y el malestar que muestra mi hermano cuando vuelve de las misiones bajo el agua sé perfectamente que se deben a que se siente un inútil ahí abajo. Que el no poder moverse como él sabe le frustra de tal manera que la única forma de no volverse loco es actuando como lo hace.

—Ajá...

—Yo, por otro lado, me lo callo... No digo nada y sé que con esa actitud preocuparé en especial a mi hermano.

—¿A nadie más?

—No sé cuántos más son intuitivos —negó —. Quizás Yumi se da cuenta... Y evidentemente, con lo expresivo que es mi hermano ante Zoe, ella sería la segunda en enterarse y me regañaría.

—¿Nadie más?

—Ya te he dicho que no sé cuántos son intuitivos, pero vamos, que si Zoe empieza a chillarme, entonces todo el mundo se preocupará. Y no quiero eso —negó.

—¿Por eso no bajas al mar? ¿Para no preocuparles?

—Básicamente —dijo con una mueca —. Cuando los demás están preocupados, el ambiente está... tenso. Demasiado para mi gusto.

—Puedo comprenderlo —asintió —. Pero déjame darte un consejo.

—¿Cuál?

—De tanto en tanto hay que aceptar la preocupación de los demás. Es lo que te demuestra que eres querido, apreciado o como prefieras llamarlo.

—No sabía que fueras un filósofo —sonrió.

—Nada de eso —negó —. Simplemente repito lo que cierto digimon me dijo hace tiempo cuando pensaba que me había equivocado en mi camino.