Están los que esperan la Tercera Temporada de Lost Canvas, están los que Esperan el fin de la Segunda Temporada de Guerras de Troya, y estamos los que tenemos que actualizar nuestras historias y no lo hacemos. Pero bueno al menos tienen el consuelo de que mi actualización sí llegó, no como la Tercera Temporada de Lost Canvas. Esta historia lleva abandonada 3 años, igual que pasó con Guerras Doradas en su momento, pero ya por fin le llegó su hora, igual que pasó con Guerras Doradas. Por fin después de mucho tiempo actualizo, y esperemos sea para bien.
Los sucesos de la Guerra de Troya son muy amplios, difíciles de conectar y hay un número exagerado de versiones, interpretaciones, y re-ediciones, en especial por culpa de los romanos, yo me he dado a la tarea de acomodarlos y hacer de Guerras de Troya una experiencia que resuma todos los posibles mitos al estilo de Saint Seiya, pero hay algo que sí no puedo hacer, y es narrar los acontecimientos de los 10 años de guerra ya que Homero solo describe el año 1 y el año 10. Eso significa que hay una cantidad exagerada de eventos que cumplir, en los años 1 y 10 respectivamente. Hay escritos del año 6 y 8, pero después esos eventos se dicen pertenecieron al año 9 o 10, todo es muy confuso, así que me vi obligado a acomodar los eventos de Homero en los 10 años a como me pareció mejor y concordando con las invasiones de las diversas ciudades saqueadas por los Aqueos. Pero eso sí, no se me pasará ni un solo relato. Solo hay uno que no encontré, alguien dígame la historia del Fresno de Aquiles, no la encuentro por ninguna parte. En fin ya me extendí mucho, a contestar reviews después de 4 años, por cierto todos los capítulos fueron editados por cuestiones de ortografía, para el capítulo 14 se cambiaron algunas cosas pero nada muy significativo, pero corrigió errores que cometí en la trama de la Guerra de Troya.
midusa: Yo sé, mi traición no conoce límites. Espero sinceramente que lo que mencionas de: "la espera valió la pena" lo siga valiendo. Sé que parece que hago promesas de político pero, ya empecé a trabajar en el siguiente capítulo, espero no defraudarte… de nuevo. Casandra tristemente no salió en este capítulo, pero ya pronto tendrá una intervención más consistente. Lo de Diomedes y Anficlas también tendrá que esperar, veras, pese a que muchos no lo creen, Diomedes influye demasiado en la Guerra de Troya, pero al principio apenas y destaca, y pues me temo que debo relegar un poco a Diomedes para darle espacio a los demás. Amm… Orden Dorada está abandonada de momento, elegí hacer una historia a la vez y ganó Guerras de Troya, lo siento, ya sé que soy muy cruel.
TsukihimePrincess: A ti te veo más seguido en mis otras historias, pero ya extrañaba escribir de Guerras de Troya y darte gusto, sé que eres más fan de Saint Seiya que de Pokémon. Y Shana si quiere que todo el mundo sea casto y se acabe la civilización humana, ¿a que no sabías que en verdad era mala? Jajaja. De Antíloco, pues ya veremos si termina desvirgado o no, de Aquiles, su forma de dirigirse a Shana es parte de su temperamento, de Filoctetes, no puedo cambiar la historia, a mí también me cae bien T_T. De la Guerra de Troya, ya empezó, disfrútala.
DaanaF: Ya sé, soy un maldito traidor, no me lo recuerdes, esperemos que sigas por aquí para terminar de leer esta historia. Lo de Filoctetes es inevitable, y lo que sí te puedo adelantar es que Odiseo no es la linda palomita que todos pensaban que era. En fin, espero que puedas regresar a seguir disfrutando.
mugetsu-chan xd: Puede que sea bastante tarde para escribir un review pero también es bastante tarde para mí actualizar. Pero siéntete afortunado que hace un año cuando mandaste este review, me vi tentado en volver a actualizar esta historia, me tomó demasiado tiempo, de leer el mito, acomodar las piezas, los personajes, editar la historia, y recordar a donde quería llevar esta historia pero ya lo logré, alégrate, tu review lo hizo posible, muchas gracias. La verdad una de las razones por que abandoné es porque dejaron de dejarme reviews y me concentré en las historias que me dejaban más reviews. De repente ya no actualizaba esta porque las otras historias tenían más reviews, pero ya pasé esa etapa, y deseo terminar. Si sigues por aquí, me gustaría darte la bienvenida y pedirte que me des otra oportunidad de terminar esta historia.
Guest: Igual que con el review anterior, otra segunda piedrita en mi zapato que me hizo querer actualizar fue recibir este segundo review con muy poco tiempo de diferencia. Muchas gracias por tus palabras, y prometo solemnemente terminar la historia.
Saint Seiya: Guerras de Troya.
Troya: Año Uno.
Capítulo 5: Comienza la Gran Guerra.
Anatolia. Troya. Cima de las Puertas de Capis. Año 1,195 A.C.
-¿Cómo pueden ser tantas las lanzas que se han levantado en favor de los Aqueos? -agregaba Príamo con horror, mientras veía la masacre de Troyanos a la distancia, muy cerca de las costas, dónde los arqueros de Cigno del Cisne Negro, la Estrella Terrestre de lo Invencible, caían acribillados por las lanzas y las espadas Aqueas- ¿Qué hemos hecho? -continuaba el aterrado monarca, mientras abrazaba a su esposa Hécuba, reina de Troya. Junto a ellos se encontraban Paris y Helena, el primero con una sonrisa diabólica en sus labios mientras saboreaba la matanza y veía las almas de los caídos volar al Hades tragados por la llegada de la muerte. Helena, a su lado, no compartía ese gusto, sus ojos azules lloraban aterrados mientras buscaba por el campo de batalla a Menelao, dominando su cuerpo anteriormente poseído por Perséfone, sellándola en su interior por el deseo de volver a ver a su esposo a quien aún amaba.
-¡Menelao! -gritó una vez que encontró a su esposo resistiendo la avanzada de al menos una veintena de soldados Troyanos, y tanto Príamo como Hécuba, y un furioso Paris, quien sabía que era la verdadera Helena quien hablaba y no su esposa Perséfone, presenciaron el cómo Helena se rompía en lágrimas por el terror, dolor y desdicha. Otra persona presenció el grito de terror de Helena, un anciano, Antenor de Hoplita, la Estrella Terrestre del Progreso, y al notarlo, comprobó lo que él mucho se temía, que Helena no había venido a Troya por voluntad propia, y que en verdad se trataba de un rapto.
-¡Helena! -resonó la voz de Menelao desde las líneas Aqueas que habían logrado acercarse hasta las puertas de Capis, sobre las cuales la familia real observaba la matanza. Menelao empujó con fuerza a los soldados Troyanos intentando ganar terreno con su lanza. Diomedes en su auriga fue en auxilio de Menelao, clavando su lanza en los cráneos de sus enemigos mientras Esténelo, su auriga, guiaba a sus 4 sementales sin poder hacer más que conducir- ¡Diomedes, he escuchado la voz de Helena! -gritaba Menelao con sus ojos ahogados en las lágrimas, y la desesperación de llegar hasta ella.
-¿Entonces de verdad no vino por su propia voluntad? ¿Pero por qué Hades desearía tanto tenerla? ¿Será acaso verdad lo que tanto hemos sospechado? -se preguntó a sí mismo Diomedes, preparando su aguja y lanzándola a la veintena de soldados frente a Menelao, perforándolos cruelmente, y abriéndole paso a Menelao.
-¡Nos preocuparemos por saber si ha venido voluntaria o involuntariamente cuando hayamos conquistado Troya! -les recordó Acamante, corriendo con una ola de flamas siguiéndolo. En las flamas se reflejaban las almas de los soldados caídos, y estos atacaban a los Troyanos en búsqueda de una segunda oportunidad de encontrar gloria- ¡Vengan Troyanos! ¡Mientras más muertes haya en cualquiera de los bandos, más fuerte me volveré en este campo de batalla! ¡Te abriremos el camino, Menelao! ¡Flamas Azules Demoniacas! -enunció, y los espíritus que lo acompañaban se lanzaron contra los soldados aún vivos, continuando con la terrible matanza de Troyanos.
-¡Mefefao sfe eftá afefanfanfo! -balbuceó Áyax mientras mantenía apresados a un par de Troyanos del cuello uno en cada mano, pisoteaba a un tercero al suelo, y blandía su lanza con los dientes matando a otros que se le acercaban- ¡Salaminos, a la carga! -gritó tras escupir su lanza, y antes de tomarla del suelo tomó a otro Troyano de los pies y lo utilizó como arma, golpeando su cuerpo violentamente contra los que llegaban, hasta que el Troyano perdió la pierna por el violento blandir de Áyax- Oops… -se quejó Áyax y lanzó la pierna al rostro de otro Troyano, antes de arremeter contra todos los que se posaban en su camino.
-¡Áyax! ¡No te adelantes sin nosotros! -gritaba Teucro, lanzando cuantas flechas podía y acertadamente abriéndole el camino a su violento hermano, mientras Epeo, el temeroso Caballero de Aries, usaba un escudo dorado para defenderse, y en ocasiones su Muro de Cristal para repeler los ataques de igual manera- ¡Epeo! ¡No lograrás mucho defendiéndote solamente! ¡Tienes que luchar! -prosiguió Teucro, adelantando filas con sus arqueros y diezmando a los que pertenecían a la armada de Cigno.
-¡Eso intento! -se quejó Epeo, lanzando con la fuerza de su mente a los Troyanos por los alrededores- Pero son demasiados… yo no estoy hecho para la batalla como ustedes… -el joven Aqueo golpeó a un Troyano con su escudo, y se defendió de una lanza arrojada a distancia con su Muro de Cristal, que regresó la lanza a su blanco y acabó con la vida de un desafortunado Troyano. Epeo se sintió terriblemente mal por el asesinato, pero ahora era un guerrero, y debía aprender a asesinar por sobrevivir, entendiendo que solo defenderse lo llevaría a la tumba-. ¡Extinción de la Luz de las Estrellas! -gritó con fuerza, y los soldados alrededor de él y de Teucro desaparecieron, convertidos en polvo de estrellas, dando oportunidad a Teucro de continuar con la avanzada.
-¡Buen trabajo! ¡Ahora deja a los verdaderos asesinos hacer el resto! -gritó Anfímaco, llegando al campo de batalla y extendiendo una nube de veneno por donde pasaba. El veneno del sudor de Anfímaco se extendía como la peste, pero no era tan fuerte, Anfímaco tenía que controlarlo o terminaría envenenando a sus aliados. Por ello Anfímaco usaba la nube de polen venenoso solo cuando podía, y usaba su látigo para capturar a distancia a los Troyanos más fuertes, los tiraba en su dirección, y los atravesaba sádicamente con las Rosas Piraña en sus manos, haciendo estallar sus cuerpos horriblemente, que sacaban sus entrañas y órganos disparados por todas partes- ¿Quién sigue? -preguntaba a los aterrados Troyanos, preparaba sus Rosas Blancas Demoniacas, y en una lluvia de las mismas atravesaba a los Troyanos, dejándolos a merced de los ejércitos Aqueos que los rebanaban sin piedad.
-Me agrada lo sanguinario que eres, Anfímaco -agregó Agamenón con una sonrisa malévola dibujada en su rostro, mientras Calcas llegaba junto a él manejando su auriga-. Pero mi método es más efectivo. Observa, la espada que todo lo corta. ¡Excalibur! -enunció Agamenón, elevando su cosmos alrededor de su mano derecha, antes de bajarla violentamente, cortando los cuerpos de al menos una centena de Troyanos que fueron partidos a la mitad o decapitados-. ¡Algún día en el futuro, los grandes reyes darán nombres a sus espadas mitológicas recordando a esta primer Excalibur en esta guerra! ¡La espada más sanguinaria que jamás haya participado en una guerra! ¡Esto es demasiado sencillo! -aseguró Agaménon.
-Esto es demasiado horrible -fue la respuesta de Néstor, quien guiaba a los ejércitos de Pilos cerca de los hombres de Micenas de Agamenón, y usaba su control en las dimensiones para proteger a los soldados Aqueos de los ataques de los Troyanos, redirigiendo con portales en miniatura las estocadas de lanza de los Troyanos, y haciéndolos matarse a sí mismos mientras Néstor se concentraba más en salvar a cuantos Aqueos pudiera, que en usar su tremendo poder para pulverizar a los Troyanos bajo la fuerza de sus planetas-. Espero de corazón que esta guerra termine pronto. O muchos terminaremos enterrando a nuestros seres queridos -elevó su cosmos Néstor, y lanzó un tremendo ataque en dirección a un grupo de Troyanos que habían rodeado a Trasímedes, su hijo vistiendo la Armadura de Andrómeda-. ¡La Otra Dimensión! -enunció defendiendo a su hijo, enviando a los soldados alrededor de Trasímedes mientras se defendía con la cadena de Andrómeda, a perderse entre las dimensiones.
-¡Padre! ¡Detrás de ti! ¡Destello del Olimpo! -gritó Antíloco, lanzando una esfera dorada en dirección a Néstor, quien evadió, y el ataque de Antíloco fulminó a un Troyano, dejándolo solo sus huesos dentro de su armadura- Preocúpate por tu unidad, Padre, yo protegeré a Trasímedes -le explicó Antíloco, pero entonces sintió un cosmos agresivo que lo alertó, y evadió a duras penas el ataque de una lanza, encontrando a Héctor empuñándola.
-Eres fuerte, tendré que mantenerte ocupado yo mismo -atacó Héctor, pero Antíloco lo evadió, intentando ganar distancia con su látigo, pero siendo doblegado por Héctor, quien llegó ante Antíloco, colocó su mano sobre su pecho, y en esta comenzó a brillar un Sol en miniatura-. ¡Incineración de Bennu! -atacó, y Antíloco salió disparado por los campos Troyanos derribando a varios Aqueos con su propio cuerpo- Si se te permite vivir te convertirás en un peligro. He decidido matarte aquí y ahora, lo siento por tu juventud, pero no debiste enlistarte a la guerra a tan temprana edad -apuntó su lanza al atontado Antíloco, la levantó, y se preparó para ejecutarlo, pero antes de hacerlo sintió un cosmos poderoso y tuvo que bloquear un tremendo puñetazo con su escudo, que comenzó a ceder ante tan tremendo golpe-. ¿Cómo has logrado obtener semejante fuerza para desmoronar una Suplice como si fuese un escudo de madera? -se sorprendió Héctor, quien veía a un Caballero Dorado frente a él, empujando su puño contra su escudo, que se fragmentaba bajo el tremendo poder del Caballero Dorado.
-¡Con la fuerza de mis colmillos que están bien afilados! -sonrió Patroclo, arremetió con el puño derecho, forzando a Héctor a descubrir su cuerpo, y con su otro puño impactó de lleno el pecho de Héctor, y esta vez fue el Troyano quien salió disparado en contra de las tropas Troyanas- ¡Este es mío! ¡Lidera a los Mirmidones junto a Fénix! ¡Aquiles está demasiado ocupado para hacerlo él mismo! -enunció Patroclo a Antíloco, quien se ponía de pie frotándose la cabeza, mientras Patroclo se lanzaba a toda velocidad tras Héctor, lanzando un tremendo puñetazo y destruyendo lo poco que quedaba del escudo de Héctor, quien tuvo que atacar para hacer a Patroclo retroceder.
-¿Qué clase de bestia eres? -se impresionó Héctor, preparando su espada, y lanzando una tremenda estocada que Patroclo evadió y con su puño cerrado impactó el mentón de Héctor, lanzando hileras de electricidad a su alrededor.
-¡Plasma Relámpago! -enunció, y Héctor fue impactado en numerosas ocasiones por los puños de trueno de Patroclo. Pero Héctor se negó a rendirse, extendió las alas de su Suplice para dejar de ser lanzado por los tremendos puñetazos de Patroclo, y comenzó a incinerar su cosmos con pequeños soles respaldándolo.
-¡Ráfaga de la Corona! -devolvió la afrenta, y trueno y fuego se encontraron en el campo de batalla, el León de Nemea contra Bennu- Formidable -aceptó Héctor, mientras Patroclo se ponía de pie tras ser derribado por la potente esfera de fuego-. Pero hay alguien más quien llama mi atención. Me pregunto si Cigno el inmortal, tendrá de verdad el poder de hacerle frente. Pero mientras espero con gran deseo la batalla en contra de ese Aqueo, tú tendrás que ser suficiente -se lanzó Héctor con su lanza, Patroclo evadió, materializó su garra, y el choque entre ambos continuó.
-¡Tigre Descendente de Pelión! -gritó Aquiles furioso en contra de Cigno, sosteniendo el cuerpo inerte de Protesilao de Orión en su brazo izquierdo mientras con el derecho conjuraba al Tigre, que perseguía a Cigno intentando devorarlo- Sé que fue profetizado… sé que por cobarde no fui el primero en poner los pies en suelo Troyano. ¡Pero Protesilao fue más valiente que yo y ello me enferma! ¡No merecía morir por mi cobardía! ¡Dragón Ascendente de Pelión! -se apareció Aquiles frente a Cigno, impactándole el mentón, y clavándolo en el suelo algunos metros delante de él- Podarces… -habló Aquiles con tranquilidad, mientras Podarces de Dragón lloraba la muerte de su hermano-. Te entrego a tu hermano, y juro que su sacrificio no será en vano. Tendrás una gran compensación, y te llevaré junto a mí a la gloria. Perdóname… por no poderlo salvar… -lo colocó en la tierra junto a Podarces, y juntos, Tigre y Dragón rugieron a sus espaldas-. ¡Cigno! -gritó Aquiles, mientras saltaba con ambas bestias respaldando su cosmos- ¡Acabaré contigo como hice con tu hijo Tenes! -agregó con violencia.
-¡Entonces fuiste tú quien mató a mi hijo en Tenedos! -agregó Cigno con orgullo, sorprendiendo a Aquiles pues el Espectro en lugar de sentir miedo, sentía alegría y sed de sangre- Será un honor arrancarle la cabeza a alguien con un cosmos tan alto. ¡La Sombra del Cisne Negro! -se lanzó Cigno, con copos de nieve negros siguiéndolo, Aquiles y él intercambiaron un tremendo puñetazo, y para sorpresa de Aquiles, Cigno golpeó con mayor fuerza, elevándolo al cielo con el tremendo golpe. Aquiles por su parte, se recuperó en pleno vuelo y se rodeó a sí mismo con el cosmos del Dragón.
-¡La Fuerza del Dragón! -se lanzó en picada con el Dragón rodeándole la pierna, Cigno evadió, y de la patada de Aquiles colisionando con la tierra, un rio nuevo nació cuando la fuerza del cosmos de Aquiles partió la tierra de un puntapié, y las aguas comenzaron a reclamar el lugar. La proeza interrumpió la guerra momentáneamente, incluso Héctor, quien en esos momentos combatía lanza contra garras con Patroclo, tuvo que virar para ver lo que había ocurrido, mientras Aquiles, rodeado de las aguas de su nuevo rio, aprovechaba su nuevo cauce para lanzarse junto a la corriente con la forma del Tigre, que se tragó a Cigno, antes de extender con su cuerpo aún más el rio por toda la costa de Troya.
-¿Quién Espectros es ese sujeto? -agregó Héctor con sorpresa, y fue pateado por Patroclo lejos de sí, forzándolo a poner atención al combatiente que tenía enfrente- Tú tampoco eres nada malo, pero ese muchacho está a un nivel muy superior. ¿Cuál es su nombre? -preguntó.
-Su nombre es Aquiles… -respondió Patroclo, caminando orgulloso en dirección a Héctor-. Pero antes de llegar a él, tendrás que pasar sobre de mi cadáver. ¡Patroclo, Caballero Dorado de Leo! -incineró su cosmos, y el León lo respaldó, así fue como Héctor conoció la grandeza de Aquiles, pero la de Patroclo simplemente se negaba a dejarle tener esa gloria. Héctor comprendió entonces, que para llegar a Aquiles debía primero vencer a su guardián. Esta no sería la última vez que viviría esta gran batalla.
Navíos Aqueos. Navío de Agamenón.
-Apenas hay un par de Espectros en las líneas Troyanas. Príamo seguramente se sentía muy confiado de la fuerza de sus murallas -habló Poseidón, quien usaba su cosmos para crear un mapa de la Ciudad de Troya y sus costas, y veía a los guerreros como representaciones de cosmos combatir mientras Shana miraba sentada desde el otro extremo de la mesa a sus Caballeros Dorados causar muerte y destrucción a su paso-. Aun así… ese par de guerreros es muy fuerte. Héctor es un mortal cualquiera con un poder tremendo, pero Cigno… es mi hijo, lo que lo hace un semidiós… además su piel es invulnerable a cualquier metal -sentenció Poseidón, impresionando a Shana, quien desconocía el proceder de Cigno.
-¿Tu hijo? -preguntó Shana, y Poseidón asintió mientras ponía atención en la batalla entre Cigno y Aquiles- ¿Un hijo de Poseidón en Troya? ¿Contra uno de mis campeones? Tío, ¿no deberíamos sacar a Cigno de allí? -preguntó contrariada.
-Tengo más hijos… despreocúpate… además es hijo de mi anterior encarnación -fue la frívola respuesta de Poseidón, pero Shana actuó con aún más preocupación-. Cigno merece ser castigado por aliarse con los Troyanos, es así de sencillo. Además, sus hijos eran adoradores de Apolo con quien yo estoy enemistado, encuentro un castigo ejemplar en que él muera en esta guerra. Es así de sencillo -explicó.
-Pero es tu hijo… de tu anterior encarnación o no sigue siendo el hijo de Poseidón -Poseidón ignoró el comentario y continuó viendo la batalla-. A veces quisiera poder ser tan descorazonada para la guerra, tío. Pero soy una humana también. Creo que Calcas erró en dejarme vivir con los humanos, esto me ha hecho débil. ¿Cómo podré liderar a los Aqueos si todo en lo que pienso es… en todos los amigos que estoy perdiendo gracias a esta guerra? -se preguntó Shana.
-Precisamente por eso aplaudo la decisión de Calcas -le respondió Poseidón, y Shana lo miró fijamente, con curiosidad-. Como un dios, encuentro a los mortales dignos de ser admirados, pero pienso que son igualmente desechables -confesó Poseidón, entristeciendo a Shana por la revelación-. Pocas veces son las que me he puesto a pensar en los mortales como amigos, o compañeros. Pero desde que iniciamos esta alianza, mi pensamiento ha cambiado al verte, Shana -aquello ultimo sorprendió a Shana aún más, no se esperaba que Poseidón la llamara por su nombre humano-. Tu amor por los mortales… he comenzado a sentirlo… por eso hoy más que nunca deseo la victoria de los Aqueos y tendrán mi protección. Se necesitó de una diosa humana para que yo pudiera entender esto. Así que… no te preocupes si Cigno llega a morir… gustoso lo doy en sacrificio por los mortales. ¿Puedes creer eso? Yo, Poseidón… ofreciendo a mi hijo, un semidiós, en sacrificio por los mortales… así de importante es esta causa para mí… así de importante es mi alianza con mi sobrina, y mi interés por comprender su amor por los mortales… -terminó de decir Poseidón, y Shana le sonrió, aunque su sonrisa fue momentánea. Había sentido un cosmos fuera de las embarcaciones, por lo que se puso de pie y salió de la habitación de Agamenón con Poseidón siguiéndola.
Afuera en la playa, Podarces de Dragón colocaba a su fallecido hermano Protesilao en la arena, y Shana entristecida corría a la playa, se arrodillaba en la húmeda arena sin importarle que su vestido se ensuciara, y le tomaba la mano a Protesilao.
-Mi diosa… -lloraba Podarces, sufriendo la muerte de su hermano-. Él lo sabía… él sabía que de ser el primero en bajar moriría, pero no se retrajo y saltó primero por el miedo de perderme… pero a pesar de qué sé lo heroico que fue su acto… mi corazón está en pena… quisiera hacer algo por mi hermano, hacerle saber que estaré bien, hacerle saber lo orgulloso que estoy, pero… no puedo… él ya no está… -lloraba desconsoladamente Podarces, y el corazón de Shana se sentía pesado, ni siquiera sabía qué hacer para tranquilizar las penas de Podarces.
-Es una oportunidad perfecta… -mencionó Poseidón, y tanto Shana como Podarces lo miraron, mientras Poseidón miraba en dirección a Troya, encontrando a una débil Helena llorando por Menelao, y los ojos de Poseidón entonces se posaron en contra de Paris, quien le devolvió la mirada, iracundo-. Podarces… en Ftía, Laodamía la prometida de Protesilao ora a Poseidón por que traiga a tu hermano sano y salvo a casa. Su oración, sin embargo, no llegó a tiempo. Tal vez si lo hubiera hecho a tiempo yo podría haber hecho algo, aunque también podría no haberlo hecho, todo dependía de mi estado de ánimo -explicó casi sin tacto, pero Shana sabía que Poseidón ocultaba algo, un cariño por los humanos, que como dios que era no se daba el lujo de utilizar-. Pero Athena es diferente, ella es una diosa más humana, seguro que, si la convences, ella mandará un mensaje a Perséfone pidiéndole de favor que permita a Laodamía volver a ver a su amado -sonrió él.
-¿Puede hacerlo señorita? -se arrodilló Podarces frente a Shana, quien se sintió preocupada por el exceso de atención- Si al menos pudiera mi hermano despedirse de su amada… sé que incluso en muerte las torturas de Hades le serían tolerables. Sacrificaré toros en su honor, le juraré mi lealtad incondicional… pero por favor… ayude al alma de mi hermano a descansar… -suplicó Podarces, y Shana lo pensó con detenimiento.
-Regresa al campo de batalla, Podarces… -miró Shana a la batalla, sabiendo que muchos otros morían mientras hablaban. Podarces sintió que se le achicaba el corazón, pero entonces miró la sonrisa en el rostro de Shana, y su corazón se ancló a la esperanza-. Athena te promete… hacer lo posible porque Perséfone ayude a tu hermano a alcanzar la paz en muerte -agregó orgullosa.
-Gracias… oh gracias mi diosa… -lloró Podarces, limpiándose las lágrimas, y armándose de valor para regresar al campo de batalla-. Traeré gloria a los Aqueos… en el nombre de Athena lo haré… vengaré a mi hermano -se lanzó Podarces al campo de batalla, y cuando llegó, el Dragón castigó a los soldados Troyanos, resonando furioso, más terrible que nunca. Poseidón admiró la determinación de Podarces, y secretamente esperaba seguir aprovechándola para sus fines divinos, fines que Shana no descubriría aún, aunque no tardó en molestarse también.
-A mí ni me dio las gracias por sugerirlo… que maleducado… -se molestó Poseidón, y Shana lo miró, algo contrariada-. Sin embargo, lo que prometiste solo le traerá paz a Podarces… lo que pida Perséfone en compensación sin embargo… no está bajo nuestro control. Entenderás que los dioses, aun siendo todo poderosos, no podemos solucionarlo todo. Pero este será tu primer acto divino, y te distraerá un poco de la guerra. Habla con Perséfone en estos momentos de debilidad en que Menelao ha despertado a Helena que comparte su cuerpo con ella -terminó.
-Así lo haré… tío Poseidón… -cerró sus ojos Shana, y comenzó a rodearse de su cosmos divino, su cuerpo entonces soltó una representación dorada de cosmos, que comenzó a correr por el campo de batalla en dirección a Troya. El cuerpo de Shana se desplomó, y Poseidón intentó tomarlo, pero fue un Caballero de Plata, Odiseo, quien atrapó el cuerpo inconsciente de su diosa.
-Mi señor… -reverenció Odiseo, mientras acomodaba a Shana en sus brazos-. En el nombre de los Aqueos, permítame agradecerle personalmente el que esté haciendo lo posible por convertir a Shana en una verdadera Diosa de la Guerra, y aun así conservar su lado más humano -volvió a reverenciar Odiseo.
-Athena recobrará su determinación divina pronto, Odiseo, es necesario para esta guerra. Pero mientras lo hace, y con la finalidad de proteger a mi sobrina de mi hermano Hades, me temo que tendré que seleccionar a guerreros de su ejército ajenos a la Orden Dorada y a mis Generales Marinos que hagan mi voluntad. El Caballero de Bronce del Dragón me parece digno, y planeo involucrarte también -explicó Poseidón, y entonces miró fijamente a Odiseo, notando la sangre que le rodeaba todo el cuerpo-. ¿Estás herido? -preguntó Poseidón.
-Solo en mi corazón… mi señor… -fue la respuesta de Odiseo, y Poseidón notó a sus espaldas, los cuerpos de los Aqueos asesinados en la primera de las batallas en suelo Troyano-. Pienso que me he manchado un poco… trasladando a los muertos a donde los Troyanos no puedan alcanzarlos… -Poseidón asintió, comprendiendo que la guerra resultaba ser muy difícil para Odiseo-. No me malentienda, mi señor… combatiré en la guerra como mis camaradas, pero… tan solo por esta vez… deseaba extender mis buenos deseos a los muertos. Tengo el presentimiento de que llegará el momento de que no podremos hacerlo… por eso… -abrazó Odiseo a Shana, aprovechando que su cosmos estaba fuera de su cuerpo, y comenzó a llorar-. Le pido que solo por hoy me permita ser un humano y reflejar debilidad. Porque mañana seré otro hombre, desalmado… buscando manchar mi alma lo más que pueda por mantener a mi diosa pura… este es mi juramento a usted… mi señor Poseidón… me convertiré en el ser más despiadado, pero a cambio… le pido que no deje a Shana caer en la tiranía divina… -le suplicó.
-A los dioses no se nos exige… Odiseo… nosotros somos quienes exigimos -agregó Poseidón con molestia, mientras Odiseo continuaba abrazando a Shana-. Pero te juro que antes me volvería yo un tirano… que dejar a Athena convertirse en una. Tienes mi palabra, Odiseo… Athena se mantendrá una diosa pura y de buen corazón… aún si yo debo convertirme en tirano para forzarla a ello. Solo esperemos que ese día no llegue -Odiseo asintió, y junto a Poseidón llevaron a Shana devuelta a su navío.
Frente a las Murallas de Capis.
-¡Fuera de mi camino! ¡Ejecución Aurora! -resonó el grito de Menelao, quien congeló a una gran cantidad de soldados Troyanos, tomó su lanza, y destruyó sus cuerpos congelados de un movimiento violento. Una vez que los guerreros a su alrededor fueron vencidos y asesinados sin piedad, se posó frente a las Murallas de Capis y buscó al anciano rey de Troya con la vista- ¡Escucha bien, Príamo! -apuntó Menelao a la cabeza del rey desde abajo cuando lo encontró, mientras Príamo lo miraba horrorizado desde la cima- Esta es tu última oportunidad. ¡Entrégame a Helena! ¡Recompensa a los que hemos venido a hacerte la guerra, y nos iremos de aquí sin más! -insistía Menelao con autoridad.
-¡Aún lado! -gritó Áyax el Grande, llegando hasta las puertas inmensas de la ciudad y tocando la misma con su mano, luego se detuvo y tomó aire, mientras Menelao lo miraba con preocupación- Que todos sepan… que fue Áyax el Grande… Príncipe de Salamina… -continuó tomando aire, sumamente cansado por el esfuerzo-. El primero en llegar a las puertas de Troya… -finalizó, y se desplomó contra el suelo.
-¿Estos son tus valientes soldados, Menelao? -habló Paris desde la cima, burlándose de lo salvaje y descerebrado que le parecía Áyax, por lo que Menelao enfureció- Si no son más que un grupo de salvajes jugando a la guerra. ¡No te devolveré a Helena! ¡Ni al hijo que lleva en su vientre! -la furia de Menelao comenzó a bajar la temperatura de toda Troya, y una terrible nevada comenzó a descender- Oh… alguien parece muy molesto… -le sonrió con malicia Paris, tomando a Helena del brazo, quien se quejó en ese momento, e intentó soltarse de Paris, sorprendiendo a Antenor aún más.
-¡Déjame! -lloraba Helena, queriendo llegar hasta la orilla de la muralla y aferrase a la misma para ver a Menelao- ¡Suéltame! ¡Menelao! -gritó Helena, y Paris le tapó la boca con suma molestia y la cargó a la fuerza separándola de la muralla.
-Helena no vino por voluntad propia, ¿o sí, príncipe Paris? -preguntó Antenor, el anciano que ya preparaba su lanza, y a quien Príamo dirigió una mirada de desdén por el atrevimiento- Su majestad, le pido que entregue a Helena por el bien de su pueblo. Paris nos ha engañado a todos, Helena no viene por voluntad propia. Aún no es tarde para detener esta masacre -intentó razonar Antenor.
-Padre… este consejero tuyo está irrespetando a un príncipe -agregó Paris con su mirada sombría, en la cual Antenor logró ver a Hades, sabiendo que, pese a todo, a Hades le debía su lealtad-. Exijo que, buscando mi perdón, Antenor me traiga la cabeza de Menelao -Helena lloró por la noticia, e intentó zafarse, pero Antenor tuvo que obedecer.
-Me disculpo por mi comportamiento… mi príncipe… -preparó su lanza Antenor, y saltó por la muralla de Troya con su lanza lista, Menelao lo miró y se hizo a un lado, justo a tiempo para evadir el tremendo ataque-. ¡Escaramuza de Hoplita! -atacó Antenor, con su lanza dividiéndose en 1,000 más, impactando a Menelao y lanzándolo varios metros hacia atrás aun cuando Menelao clavó los dedos en tierra intentando evitar el ser lanzado- Mi señor Menelao, me disculpo ante usted y le aseguro que en mí no existe desprecio por su causa que entiendo es noble -reverenció Antenor, y Menelao lo miró, confundido-. Pero es por órdenes de mi príncipe que yo, Antenor de Hoplita, Estrella Terrestre del Progreso, me levanto en armas contra usted. Espero lo entienda -Menelao observó a Antenor, y fue testigo de sus ojos llorosos y sus brazos temblorosos por el miedo. Antenor era demasiado viejo para pelear, pero aquí estaba, frente a Menelao, quien no podía hacer más que admirarlo.
-Te daré la muerte más honorable… Antenor… -elevó su cosmos Menelao, y preparó su puño-. ¡Polvo de Diamante! -gritó, y sus vientos enviaron a volar a varios guerreros Troyanos, mientras Antenor con su lanza cortaba los mismos, defendiendo las murallas.
-¡Te tengo, anciano! -gritó Áyax alzándose detrás de Antenor, quien sorprendido pensó que la muerte se le había adelantado y que Áyax le partiría el cráneo con sus brazos, pero las puertas de Capis se abrieron de improviso, y un inmenso ser salió de ellas, vestido en una armadura negra inmensa, con hombrera negras en púas, un escudo casi tan grande como el mismo Áyax, y una lanza roja de punta de bronce- ¿Qué es este cosmos? -grito Áyax sorprendido, el gigantesco hombre golpeó el rostro de Áyax con su escudo, y después lo pateó con todas sus fuerzas, lanzándolo por todo el camino en dirección a la playa. Diomedes, quien se acercaba en su auriga, tuvo que saltar del mismo, mientras Áyax aplastaba con su cuerpo a Esténelo tras salir volando por el tremendo ataque.
-Esa armadura… no es una Suplice, ¿qué Espectros es? -se preocupó Diomedes, mientras el inmenso guerrero se posaba frente a él. Las estrellas de la Constelación de Escorpio comenzaron a temblar, Antares siendo la que temblaba con mayor intensidad- Esta presencia, ¿Ares? -se sorprendió Diomedes, mientras la lanza era apuntada a su rostro.
-En esta era, mi nombre es Equetrón, y esta es mi Berkerker. La Berserker de Ares -se presentó el inmenso guerrero, y Diomedes comenzó a retroceder-. Apestas a la diosa Athena, Caballero de Escorpio. Será un terrible placer el despedazarte, descuartizarte, arrancarte esa maldita uña y sacarte los ojos con ella mientras ahorco a la diosa Athena con tus intestinos ensangrentados aún calientes en mis dedos -alzó su lanza el inmenso ser, preparándose a ejecutar a Diomedes-. ¡Brotaloigos…! -comenzó, Diomedes palideció, pero antes de que pudiera reaccionar, una guadaña inmensa bloqueó el ataque de Equetrón- ¿El Megas Depranon? -se sorprendió Equetrón, y Odiseo, quien llegaba en auxilio de Diomedes, lanzó la lanza de Equetrón en dirección al mar- ¡Mi lanza! -se sorprendió Equetrón.
-¡Ahora Diomedes! -gritó Odiseo, mientras tomaba del brazo de Diomedes y corría con él lejos del inmenso guerrero. De las puertas de Capis salieron miles y miles de lanzas, empujando a los Aqueos de regreso a la playa de poco en poco, Equetrón por su parte, sonrió, mientras veía a Diomedes huir en dirección a su auriga, ayudar a Esténelo a levantarse, y protegían la retaguardia con Odiseo blandiendo el Megas Depranon.
-Nuestro combate tendrá que esperar, Escorpio… -se dirigió Equetrón en dirección al mar, donde Odiseo había lanzado su lanza-. Mientras más tiempo pase, más fuerte me volveré. La guerra hace más fuerte a Ares, Escorpio. Y la próxima vez que nos encontremos, seré incluso más fuerte que el mismísimo Zeus, y por fin acabaré con el Anti-Ares -resonó entonces la poderosa risa de Equétron.
-¿Odiseo? -se preocupó Diomedes por Odiseo, quien se encontraba sumamente débil, mientras el Megas Depranon desaparecía, y el Titán volvía a meterse en la Mesa de Sacrificios que era la Armadura del Altar- Reacciona, Odiseo, despierta. ¡Esténelo! ¡A los barcos! ¡Odiseo está muy mal! -insistía Diomedes.
-Oye… Escorpio… -habló Odiseo con suma debilidad-. Haznos a ambos un favor… y no combatas a ese sujeto… si lo que creo que pasó es verdad, entonces ese sujeto es… -el dolor de sus heridas lo silenció, pero Diomedes no necesitaba más explicaciones-. No puedes vencer a un dios… -terminó antes de desmayarse.
-No… no puedo… -agregó mientras preparaba su lanza-. Pero de no ser por tu intervención lo habría intentado… gracias, Odiseo -saltó Diomedes de su auriga, sorprendiendo a Estéleno, quien detuvo a los sementales-. Lucharé con sabiduría de ahora en adelante. ¡Lleva a Odiseo con Macaón! ¡Que le curen sus heridas! -Esténelo obedeció, y condujo a su auriga de regreso a los campamentos- Sería un desperdicio si sacrifico mi vida contra Ares recién iniciada la guerra… seleccionaré a mis oponentes con sabiduría, Odiseo… y cuando sepa que estoy listo… sacrificaré mi vida frente a Ares llevándolo conmigo al Tártaros. Pero hoy… los Troyanos tendrán que servirme de práctica. ¡Restricción! -enunció Diomedes, paralizando a una centena de Troyanos en su sitio, y entonces preparó su aguja- ¡Ahora verán el cómo obtuve mi Armadura Dorada! ¡Asesinando sin piedad! ¡Aguja Escarlata! -enunció, y la sangre manó como fuentes escarlatas, mientras los soldados Troyanos morían sin siquiera poder defenderse.
Costas de Troya.
-¡Lo mataré! -gritó Áyax en una terrible estampida, corriendo como un Toro salvaje de regreso a las puertas de Capis, furioso por haber sido lanzado de esa forma por el extraño guerrero gigante- ¡Fuera de mi camino, malnacidos! ¿Dónde está ese sujeto? ¡Tráiganmelo! ¡Lo voy a machacar! -miró en todas direcciones, furioso, pero al no encontrar al gigante, viró en dirección a unos Troyanos, quienes asustados intentaron huir de Áyax, quien los persiguió y los asesinó sin piedad por el coraje de ser ridiculizado.
Por todas partes se extendía la guerra, y el cosmos de Shana tenía una no muy placentera vista de los hechos mientras corría por el campo de batalla sin ser vista, acercándose a las murallas de Troya siguiendo el sendero de devastación que dejaba Áyax. Todos combatían fervientemente, y caían más Troyanos que Aqueos. Pero pese a que Shana era la Diosa de la Guerra, no lo disfrutaba, ni podía aplaudir a sus grandes héroes. Tan solo podía distraer su mente, intentar lograr una hazaña que fuera más pura para ella.
-¡Aquean Talanton! -resonó en sus oídos el grito de Aquiles, ocupado aún en su combate contra Cigno sobre el rio que Aquiles había creado de una terrible patada. Cigno parecía ser invulnerable, no importaba cuantas veces Aquiles lo golpeara, Cigno se levantaba sin ninguna herida- ¿Shana? -preguntó Aquiles, descubriéndola en el campo de batalla- Déjanos la guerra a nosotros, diosa idiota. Tú debes mantenerte pura y justa -insistió Aquiles, pero antes de que Shana pudiera hablar, Cigno salió del agua y comenzó a estrangular a Aquiles desde atrás, forzándolo a caer al rio y patalear intentando respirar.
-¡Aquiles! -se preocupó Shana, mientras Cigno enterraba el rostro de Aquiles en el agua del rio. Shana pensó en usar su cosmos para ayudar Aquiles, pero el Pélida logró ponerse de pie, y comenzó a elevar su cosmos en forma de Dragón al cielo, preocupando a Shana.
-¡Vete! ¡No moriré hoy! -le explicó Aquiles, y el Dragón rugió con fuerza- ¡Dragón Ascendente! -gritó, y el Dragón se tragó a ambos, se elevó al cielo, y se estrelló en picada levantando el agua del rio. Shana no esperó a ver si Aquiles estaba bien, y en su lugar continuó corriendo en dirección al palacio Troyano.
-¡Por aquí! -la descubrió Acamante, con su ejército de almas respaldándolo- La llevaré al palacio Troyano… los llevaré a ambos… -explicó, y solo entonces Shana encontró al espíritu de Protesilao dibujándose en el cosmos de Acamante.
Acamante comenzó a guiar al cosmos de Shana por el campo de batalla, y la diosa miraba con dolor a varios de los soldados Aqueos muriendo bajo las espadas Troyanas, algunos inclusive eran atravesados en sus cráneos por flechas bien colocadas, morían y caían a su alrededor, esta era la verdadera cara de la guerra.
-Ya estamos cerca -explicó Acamante, más entonces Patroclo y Antíloco salieron lanzados cada uno a extremos diferentes de Acamante, enterrándose ambos en la tierra por el terrible lanzamiento, y el rey de Atenas se vio obligado a defenderse de Héctor, quien, contra todo pronóstico, había doblegado al par de Caballeros Dorados e iba por el tercero-. No soy partidario de la violencia… -explicaba Acamante.
-Qué curioso… porque apestas a muerte -lo apuntó Héctor, y se lanzó contra Acamante, y tanto Antíloco como Patroclo intentaron ir en su auxilio solo para que un par de manos inmensas tomaran a cada uno de la cabeza, y los enterrara al suelo con fuerza.
-Hola, Athena… -miró Shana horrorizada a Equetrón, pero ella en su cosmos podía ver a Ares, el Dios de la Brutalidad en la Guerra-. Me estoy divirtiendo mucho destrozando a tus Caballeros. Pero no he encontrado mi lanza aún. ¿Tú sabes dónde está? Tal vez se encuentre en tu bella cabellera -se aproximó Equetrón, pero antes de tocar a Shana, una luz azul he intensa llamó la atención de Equetrón y de Shana, mientras desde los navíos Aqueos encontraban ambos a Poseidón con su tridente alzado y relámpagos azules conjurándose a su alrededor. Los ojos de Poseidón eran ira divina, brillando con el cosmos del dios que rodeaba su tridente con torbellinos de agua, tomaba impulso, y lanzando el tridente con fuerza desde las playas, atravesando todo el campo de batalla hasta llegar a Equetrón, quien, pese a que intentó cubrirse con su escudo, fue lanzando por el tridente por encima del Monte Ida, antes de aterrizar dentro del Rio Escamandro, de donde no se levantó más.
-¿Qué Espectros nos golpeó? -se levantó Patroclo débilmente, Antíloco estaba igualmente abatido. Shana entonces supo que incluso los Caballeros Dorados no tenían la fuerza suficiente para enfrentar a Ares, comprendiendo que solo un dios podía hacerle frente a otro dios, y que, de no ser por Poseidón, tanto Patroclo como Antíloco habrían muerto.
-No pierdas el tiempo -escuchó Shana que le hablaban a su cosmos, y miró a lo lejos a Poseidón-. He hecho un sacrificio muy alto por mantener a Ares fuera de la batalla. Mi tridente acaba de sellarlo dentro del rio Escamandro. Pero mientras más avance la guerra, más fuerte se volverá, y el sello de mi tridente se romperá. Para entonces, espero hayas aprendido a ser una Diosa de la Guerra, porque tú tendrás que enfrentarlo -sentenció Poseidón.
-Muchas gracias, querido tío Poseidón… -susurró Shana, y por fin llegó a las murallas, atravesándolas con su cosmos incorpóreo, y subiendo las escaleras hasta donde Paris y Helena se encontraban viendo la batalla.
-Ese cosmos de hace unos instantes… -escuchó Shana, ocultándose tras una esquina-. ¿Poseidón usó su tridente para sellar a Ares? ¿Pero qué está pensando mi hermano? ¿A este grado llega su alianza con Athena? -enfureció Paris. Al parecer la furia de Hades dentro del cuerpo de Paris, era tan grande que no podía detectar el cosmos de Athena aun estando tan cerca- ¡Deja de quejarte! -escuchó entonces Shana, y vio a Paris aprisionando el brazo de Helena, quien hacía todo lo que podía por quitárselo de encima- Si no quieres obedecerme, te encerraré en las mazmorras hasta que Perséfone regrese -la empujó Paris dentro de una mazmorra de la torre en que estaban, encerrando a Helena allí dentro. En la distracción, Shana entró en la mazmorra, notando que Paris parecía reaccionar a su cosmos, pero distrayéndose por un ataque de hielo dirigido a su cuerpo, mismo que Paris evadió, retrocediendo solamente un paso de forma arrogante mientras Menelao, con un derrotado Antenor a sus pies, continuaba elevando su cosmos en dirección a Paris.
-Ahora que no estás cerca de Helena, puedo apuntarte, malnacido -lo amenazó Menelao desde las afueras de la muralla, elevando su cosmos nuevamente, colocando sus brazos en la pose del cántaro de los Caballeros de Acuario, y apuntando en dirección a Paris dispuesto a intentar un ataque a distancia-. ¡Recibe, la Ejecución Aurora! -lanzó su ataque, que Paris detuvo con tan solo uno de sus dedos, sorprendiendo a Menelao.
-Podría matarte en estos momentos, Menelao -explicó Paris desde la cima, molestando a Menelao aún más-. Pero mientras vivas, la guerra puede continuar -Paris entonces se retiró, en búsqueda de su padre, Príamo. Menelao intentó atacar nuevamente, pero Antenor se había vuelto a levantar y reanudaba el ataque, Shana aprovechó la situación para atravesar la puerta del calabozo, y llegar por fin ante Helena, quien golpeaba la puerta de su calabozo con los ojos ahogados en lágrimas y las manos temblándole por el tremendo esfuerzo.
-¡Déjenme salir! ¡Menelao! -gritaba Helena desesperadamente, más entonces notó el cosmos de Athena y viró en la dirección donde se encontraba la manifestación de cosmos de Shana, sobresaltándose por la revelación- ¿Diosa Athena? ¿En verdad es usted? ¿Ha venido a castigarme por irrespetar mis votos matrimoniales? -preguntó Helena.
-No debes temer… -respondió Shana, recordando que ahora debía actuar como una diosa-. Puedo ver que en tu ser existe un conflicto muy grande. ¿Estás perdiendo el control, no es así, Perséfone? -agregó Shana con autoridad, y uno de los ojos de Helena se tornó rojo, y la mitad de su cabellera se pintó de rosado- Reina del Inframundo -reverenció Athena.
-Diosa de la Sabiduría en la Guerra -respondió Perséfone, mientras la otra mitad de su rostro lloraba con terror-. ¿A qué debo esta visita? ¿No deberías estar tras líneas enemigas buscando la forma de desmoronar estas murallas inexpugnables? Que atrevimiento que te aparezcas frente a mí -sonrió con malicia la otra mitad del rostro de Helena, horrorizando a Helena, quien al parecer solo tenía control de la mitad de su cuerpo.
-Mis hombres mueren a montones fuera de tus murallas, pero también los Troyanos están cayendo… -aseguró Athena, y Perséfone la miró con curiosidad-. Confieso que apenas estoy aprendiendo a ser una diosa, si he llegado ante ti eso significa que no lo estoy haciendo tan mal. He venido con una petición -prosiguió.
-¿Petición? -se burló Perséfone- Pero, ¿acaso no somos enemigas? ¿Qué gano yo con escuchar a tu petición? -se preguntó Perséfone, y Shana miró a Helena, y bajó la mirada con preocupación- Oh… así que Poseidón no es tan tonto después de todo -sonrió nuevamente Perséfone.
-Helena despertó al ver a Menelao… pero puede volver a dormir, si uso mi poder para lograrlo… -le explicó Shana, y Perséfone asintió conociendo la extensión del poder de Athena. Helena por su parte, se sentía traicionada-. El primer caído en suelo Troyano… Protesilao… recién se había casado con su prometida, Laodamía, pero arriesgó su vida para salvar la de su hermano Podarces. Te pido que uses tu poder sobre los muertos, para regresar su alma de la muerte y que pueda despedirse de Laodamía apropiadamente. Si me cumples este capricho, pondré a Helena a dormir, regresándote el control completo de su cuerpo -ofreció.
-¿Diosa Athena? ¿Por qué? -se estremeció de miedo Helena, y Shana, aunque se encontraba dolida de tener que hacer tratos con Perséfone, sabía que Poseidón hacía su mejor esfuerzo por ayudarla a convertirse en una Diosa de la Guerra, y que debía hacer todo esto para aprender, y obtener una ligera ventaja en la guerra.
-Cierra la boca, mujer… -se molestó Perséfone, mirando a Shana con su ojo rojo-. ¿No te parece un precio muy alto? ¿Qué ganas con que yo tome control completo del cuerpo de Helena? -le preguntó sin rodeos.
-Hades es capaz de enfurecer y arrebatarle la vida a Helena… -le explicó Shana, y Perséfone comenzó a comprenderlo-. Si Helena muere por liberarse de tu control, los Aqueos pensarán que todo ha sido en vano. Pero si controlas el cuerpo de Helena por completo, Hades no enfurecerá, y Helena continuará con vida hasta que los Aqueos puedan recuperarla. 30 reinos marcharon a la guerra por Helena. ¿Cuántos quedarían si Helena muriera? -explicó Shana.
-Solo los avaros que desean el control del Mar Negro -aclaró Perséfone-. ¿Y qué pasa si encuentro más conveniente que Helena muera y que esos pueblos abandonen la batalla? -le preguntó Perséfone.
-Entonces los Aqueos perderemos la guerra, pero… -comenzó a decir Shana, y la Serpiente Oscura de mandíbula de relámpagos que era el Dios Tártaros a quien Poseidón podía llamar, se dibujó detrás de su cosmos, sobresaltando a Perséfone-. Cierto dios que no sirve a Poseidón, pero cuya hambre es insaciable, se degustaría de tu alma sin contenedor. Serías torturada por 1,000 años en el Tártaros. Como puedes ver, Perséfone, no puedes negarte, pero tienes mucho que ganar -sonrió Shana, aprovechándose de su situación para hacer una buena negociación.
-¿Todo por complacer a un Caballero cuando cientos han muerto ya? -Shana asintió, y Perséfone lo pensó- De acuerdo… llevaré el alma de Protesilao ante Laodamía… pero solo por 3 horas… -Shana asintió aceptando los términos, y Perséfone elevó su cosmos alrededor de su prisión. El alma de Protesilao, hasta esos momentos controlada por Acamante que combatía a Héctor, de pronto dejó los ejércitos de almas de Acamante y voló al cielo, guiado por la fuerza de Perséfone, quien llevaba su alma hasta Ftía, en Hélade, y cumplía con su parte del trato.
Hélade. Ftía.
-Por favor, dios Poseidón, diosa Athena… cuiden de Protesilao y tráiganlo con bien de regreso a casa… -lloraba Laodamía arrodillada sobre un acantilado de la región de Ftía, cerca de donde estaba construido el palacio del Rey Peleo. Laodamía oraba todos los días por el retronó de su esposo, su amor por él era demasiado grande, y su familia de orígenes humildes se había cansado de pedirle que dejara de orar exclamando que, si los dioses así lo querían, le entregarían a Protesilao con el tiempo. Tristemente, cuando un dios por fin la escuchó, le devolvió a su marido como un espíritu.
-Laodamía, ¿verdad? -escuchó la criada, sorprendiéndose de ver una imagen oscura de cosmos frente a ella, un cosmos violeta intenso, que lanzaba un alma azul tenue a los pies de Laodamía, quien, sorprendida, se lanzó y abrazó a Protesilao, quien extrañamente podía sentir el abrazo- Tienes 3 horas, después de las cuales volveré por su alma para llevarla al Hades -explicó Perséfone, desapareciendo frente a sus ojos.
-¡Protesilao! -gritó Laodamía, llorando, comprendiendo que su marido estaba muerto y que esta sería la última oportunidad que tendría de hablar con él- ¿Cómo ha sucedido? ¡Juraste que regresarías! ¡Lo juraste! -lloró ella con fuerza, abrazándolo sin quererlo dejar ir.
-¿Laodamía? -preguntó Protesilao, secándole las lágrimas, y regresándole el abrazo- Estoy aquí, Laodamía… cumplí mi promesa… aún si no es de la forma en que esperabas -ambos lloraron desconsoladamente, sabiendo que escasas 3 horas los separaban de no volver a verse nunca más. Y mientras compartían este momento tan doloroso, pero a la vez cálido, el cosmos de Poseidón, que había viajado desde Troya hasta Ftía, esperaba el momento adecuado para realizar una intervención. Poseidón tenía un plan, y este no incluía complacer a los mortales.
Anatólia. Troya.
-¡La Sombra del Cisne Negro! -de un puñetazo, Cigno logró congelar a Aquiles en las aguas del nuevo rio que había creado, los cristales eran negros y hermosos, y mantenían a Aquiles aprisionado en su interior, sin poder moverse, mientras Cigno tomaba una espada, y caminaba lentamente en dirección a Aquiles, apuntándole la espada al rostro- Ya casi anochece, y tú y yo no hemos matado a muchos, nos hemos concentrado en azotarnos el uno al otro. Pero al parecer ambos somos invencibles, esta batalla se tornó eterna -se burló Cigno, acercando aún más su espada a la nariz de Aquiles, quien no se encontraba nervioso y se limitaba a sonreírle de forma arrogante-. Pero tomé la delantera. Es una lástima que no supieras que mi piel es invulnerable y que no puede ser atravesada ni doblada por ningún metal, sea de bronce, de plata, incluso de oro -se burló.
-Así que era eso, ya me preguntaba porque mi espada no te cortaba -le respondió Aquiles-. Si tu piel no fuera invulnerable, te habría matado ya una docena de veces. Afortunado que lograste mantener el secreto por tanto tiempo -sonrió Aquiles.
-¿Y aun así sonríes? -se sorprendió Cigno, mirando a los alrededores, y encontrando solo a los muertos- No hay nadie cerca para salvarte, no entiendo entonces por qué te ves tan confiado. Pero supongo que eso no importa, tú vas a morir aquí y ahora -agregó.
-No necesito de nadie para que venga a cuidarme, Cigno -le sonrió nuevamente Aquiles, pero esta vez sus dientes estaban negros-. Porque si te dejé acercarte tanto, es porque yo lo planeé así -le escupió en los ojos, y Cigno sintió un tremendo dolor y soltó su espada mientras intentaba lavarse el rostro con el agua del rio-. Por cierto, yo también tenía un secreto. Mi sangre es un ácido muy poderoso -hizo estallar el hielo a su alrededor Aquiles con su cosmos, y entonces escupió, se metió algo de agua en la boca, se enjuagó y volvió a escupir-. Mi lengua me quema… -incineró con su cosmos su espada, y se cauterizó la herida que él mismo se había hecho al morderse la lengua, gritando con dolor mientras lo hacía. Cigno por su parte, buscó a Aquiles con su cosmos, ya que gracias a la treta de Aquiles ahora era ciego-. Hay otra historia de un ser invulnerable… -habló con cierta dificultad Aquiles, tomando una correa de un casco de un soldado caído, y arrancándola del mismo-. El León de Nemea, un León gigantesco cuya piel no podía ser penetrada por ninguna arma. ¿Sabes cómo murió? -agregó Aquiles con arrogancia, caminando en dirección a Cigno.
-¡No necesito una lección de historia de ti! -enfureció Cigno, se lanzó en contra de Aquiles, y este lo evadió con gran agilidad, danzando, con los pies ligeros, colocándose detrás de Cigno, y ahorcándolo con la correa- ¡Maldición! -sintió que se quedaba sin aire Cigno.
-¡Heracles le rompió el cuello con su propia piel cuando logró apresarlo! ¡Puede que el metal no pueda penetrar o doblar tu piel, pero esta correa de cuero sí puede, y mi fuerza puede partirte el cuello! ¡Gracias por decirme tu debilidad, fanfarrón! ¡Poseidón! ¡Abra la puerta del Tártaros! ¡Estoy por ofrecerle un aperitivo! -elevó su cosmos Aquiles, apretando tan fuerte como podía, y de pronto, un crujido como si fuera un relámpago de Zeus, resonó por todo el campo de batalla, mientras el cuello de Cigno cedía, y su alma abandonaba su cuerpo mientras el cielo se oscurecía rojo como la sangre, interrumpiendo la batalla, mientras la Serpiente Oscura de dientes de relámpago devoraba el alma de Cigno, y su cuerpo se convertía en polvo tras haber muerto a manos de Aquiles.
-¿Cigno? ¡Imposible! ¡Pero si es un semidiós inmortal! ¿Y qué es esa cosa en el cielo? ¿En verdad acaba de devorarle el alma? -se horrorizó Héctor, quien combatía en ese momento a Acamante y lo tenía casi rendido, con su brazo ensangrentado, y una rodilla pegada al suelo- Estos sujetos son… -desvió la mirada Héctor tras sentir un poderoso cosmos dorado, encontrando a Patroclo corriendo en su dirección. Intentó evadirlo, pero Patroclo logró impactarle el rostro, y lanzar su penacho al aire tras habérselo tumbado de un potente golpe-. ¿Qué clase de guerreros son ustedes? -se preguntó Héctor, mientras caía derribado por el increíble golpe.
-Lamento interrumpir, Acamante… -escupió Patroclo sangre, mientras Antíloco ayudaba a Acamante a levantarse-. Pero un imbécil en armadura negra me mantuvo ocupado. Pero ya llegué a continuar con la paliza que le estaba dando a Héctor -presumió Patroclo.
-Pensé que la paliza nos la había dado Héctor a nosotros, gracias por la aclaración de lo que es una paliza para ti, la próxima vez que te reprenda por tu imprudencia recordaré que eres tú quien me está dando una paliza y no al revés -se burló un poco Antíloco, con un tremendo dolor en sus costillas. Néstor, quien lo vio todo, corrió a encuentro de su hijo y lo ayudó a apoyarse. Héctor lentamente comenzó a ponerse de pie, sabiendo que tenía a 4 Caballeros Dorados frente a él, pero Áyax entonces lo pateó al suelo, y se sentó en él, incluso colocó a Epeo sobre la cabeza de Héctor para hacerlo más humillante.
-Por fin te encuentro en el campo de batalla, pero Patroclo ya te tumbó el penacho -se burló Áyax, y Teucro inmediatamente lo empujó y lo obligó a levantarse-. ¿Qué te pasa? -se quejó Áyax mientras miraba a su hermano, y Héctor se ponía de pie débilmente.
-Déjalo, está derrotado -ya eran 7 Caballeros Dorados a su alrededor, Héctor notó que la batalla continuaba a lo lejos, pero que a su alrededor todos los Troyanos estaban muertos-. Discúlpate con el Troyano -reprendió Teucro.
-Ah, Héctor -escuchó entonces a Agamenón llegar, en su auriga con Calcas, el de Capricornio ni siquiera había peleado dignamente, tan solo se había quedado a la distancia asesinando desde la seguridad de su auriga, pero otro que si había combatido valientemente era Diomedes, que llegaba agotado, ahora eran 9 los Caballeros Dorados a su alrededor-. Será un gran premio tenerte de esclavo -sugirió Agamenón.
-Mi rey, es uno de los hijos de Príamo, podríamos usarlo para detener esta guerra -sugirió Anfímaco, sentado sobre una montaña de Troyanos apilados que él mismo había envenenado-. Estoy seguro que al señor Menelao le agradará esa idea -miró Anfímaco a Menelao, quien colocaba a un inconsciente Antenor sobre el fango.
-Intercambiaremos a Héctor y a Antenor por Helena y por riquezas, y nos olvidaremos de esta batalla sin tener que derribar las murallas de Troya -sentenció Menelao con calma, y Héctor se encontró rodeado de 11 Caballeros Dorados.
-Es una lástima… -escuchó Héctor, mientras Aquiles llegaba y se posaba frente a él-. Tenía un inmenso deseo de combatirte, Héctor. Pero ese estúpido de Cigno no me dejaba en paz. La primera batalla y no podré decir que fui el más fiero, es vergonzoso. Pero supongo que tendré muchas más oportunidades ¿Qué dices, Héctor? ¿Te doy una muerte honrosa en un combate singular? -se burló Aquiles, entregándole a Héctor una espada.
-¿Tú, matarme a mí? -se burló Héctor, elevando su cosmos y entregándose a una sonora carcajada, sorprendiendo a los 12 Caballeros Dorados allí presentes- ¡No me hagan reír! ¿No se dan cuenta, Aqueos? -la tierra bajo ellos comenzó a temblar, y el cosmos de Héctor se incineró más fuerte que lo que cualquiera pudiese haber imaginado- ¡Aún si todos ustedes unidos son más fuertes que yo! ¡Yo soy el Espectro Celeste más fuerte de todos! ¡Héctor de Bennu, Estrella Terrestre de la Violencia! ¡Incineración de Bennu! -su cosmos estalló, derribó a los 12 Caballeros Dorados, y aprovechó la oportunidad para sonar su trompeta de guerra y emprender la huida con el cuerpo de Antenor en brazos- ¿Cómo ha ocurrido esto? Ese Dragón devoró el alma de Cigno. ¿Qué significa? -continuó corriendo Héctor, con los Caballeros Dorados dándole persecución.
Los Troyanos corrían de regreso a Troya por las puertas más cercanas, algunos otros que intentaban emprender la huida eran acribillados por los Aqueos. Los Troyanos en la cima de la muralla comenzaron a lanzar flechas contra los Caballeros Dorados en su persecución, incluso Paris, furioso, materializó arco y flecha y disparó, en dirección a Aquiles, quien vio venir la flecha y su trayectoria sabiendo que se dirigía a su talón, Patroclo lo notó también, saltó, derribó a Aquiles, y la flecha falló por muy poco.
Con Aquiles derribado, el que estaba más cerca de alcanzar a Héctor era Áyax, pero cuando Héctor logró entrar en la ciudad y las puertas se cerraron, el inmenso Caballero Dorado se estrelló con las puertas con fuerza, se levantó e intentó derribarlas, pero para su sorpresa, no podía romperlas con la fuerza de sus puños. Los Troyanos en la cima comenzaron a lanzarle metal fundido de los interiores de unos calderos, y de no ser por Epeo y su Muro de Cristal, Áyax pudo haber muerto calcinado, Teucro entonces llegó a donde estaban, tiró del brazo de Áyax y lo obligó a retirarse con Epeo cubriéndolos con sus muros, pero Áyax se los quitó a ambos de encima con molestia.
-¡No voy a irme! ¡Voy a derribar ese muro! -insistía Áyax- ¡Gran Cuerno! -atacó las puertas, y estas resistieron el ataque- ¿Qué? -se quedó boquiabierto Áyax, y tuvo que evadir las flechas y los ataques de metal fundido de los Troyanos detrás de las murallas.
-¿El ataque de Áyax no funcionó? -se sorprendió Anfímaco, quien preparó sus Rosas Negras- No importa lo fuerte de la barrera, mis Rosas Pirañas pueden destruir lo que sea -lanzó las mismas Anfímaco, y estas se pulverizaron tras chocar con las puertas-. ¿Cómo es posible? Ni las Armaduras Doradas podrían quedarían intactas frente a mis Rosas Pirañas -se impresionó Anfímaco.
-¡A un lado! -gritó Néstor- ¡Explosión de Cumulo de Estrellas! -el cielo se convirtió en espacio, planetas y cometas caían del cielo, se estrellaban contra la muralla, pero esta no se agrietaba siquiera, los muros de Troya resistían incluso el ataque de Néstor.
-¡Pierden su tiempo! -gritó Paris desde las alturas- ¡Estas murallas las construyeron Apolo y Poseidón! ¡Son incluso más fuertes que el Muro de los Lamentos del Inframundo! ¡Nada, ni siquiera el poder de los dioses, puede derribarlas! ¡Ataquen! -gritó Paris, y los arqueros lanzaron una lluvia de flechas, y pese a que los Caballeros Dorados podían resistirlas, los soldados a sus alrededores comenzaron a caer.
-¿Ah sí? ¿Con que esas tenemos? ¡Pues mientras ustedes están allí adentro escondidos como las princesitas temerosas que son! ¡Yo me divertiré con sus barcos de provisiones! -corrió Áyax, rodeando la muralla hasta llegar a los muelles pegados a las puertas de Esceas que daban al mar, lugar donde los Troyanos tenían construidos sus atracaderos.
-¡Si ese hombre llega a nuestros barcos, nadie podrá salir ni entrar a Troya! ¡Nos cortarán nuestros suministros marítimos! ¡Derríbenlo! -ordenó Príamo, pero por más flechas que le lanzaban, Epeo levantaba su Muro de Cristal defendiendo a Áyax.
-Comienza la destrucción. ¡Gran Cuerno! -gritó Áyax, y comenzó a hundir los barcos Troyanos- ¡Gran Cuerno! -continuaba sin darse a esperar, derribando más y más barcos- ¡Gran Cuerno! -las flechas caían, pero ninguna lo alcanzaba- ¡Gran Cuerno! -más y más barcos se hundían bajo el tremendo poder de su cosmos- ¡Gran Cuerno! -y al final, una flota de casi 300 barcos, no eran más que astillas flotando en el mar- Suerte recibiendo víveres por el mar, cobardes -se quitó el peto y se bajó los pantalones Áyax como insulto a Príamo, mostrándole la cara oculta que definitivamente nadie le quería conocer, antes de volvérselos a subir, y caminar furioso de regreso al campamento Aqueo-. Estúpido Héctor me cerró la puerta en la cara, ni siquiera pude hacerme con una concubina, yo que quería ejercicio nocturno, me lleva Hades, que poca consideración. Que descortés es la hospitalidad Troyana -continuó en su rabieta Áyax.
-¡Aqueos! -llamó Agamenón- Es suficiente por hoy, y antes de que Áyax nos vuelva a presentar tan repugnante espectáculo, todos al campamento, construiremos nuestra empalizada -terminó Agamenón, y los Aqueos comenzaron a retirarse mientras levantaban a sus muertos y los llevaban de regreso al campamento para los ritos fúnebres-. Príamo, los Troyanos pelearon con valentía, y puedes ver el resultado. Hay más muertos de tu bando que del nuestro. Descansaremos hasta terminada la presente Luna, construyendo nuestro campamento, y si vuelven a salir, los volveremos a masacrar. Y entérate de que cuando el campamento esté finalizado, volveremos y continuaremos asesinando a los tuyos, y así será por el tiempo que deba ser, hasta que por fin te rindas y entregues a Helena, y todos tus tesoros en compensación -aseguró Agamenón, y se retiró junto a Menelao.
Paris mantenía su vista puesta en los Caballeros Dorados, furioso de que hubieran diezmado de aquella forma a su ejército, pero pronto se tranquilizó, no importaba cuantos murieran, serían torturados en el Hades de todas formas, al final Hades siempre ganaba. Fue entonces que Paris se dirigió a donde Helena estaba encerrada, dispuesta a castigarla solo por el deseo de hacerlo, sin percatarse aún, de que Athena seguía dentro con ella.
Hélade. Ftía.
-Se ha acabado el tiempo -indicó Perséfone, apareciéndose frente a Protesilao y a Laodamía, ambos abrazados, disfrutando del poco tiempo que les quedaba juntos-. El trato con Athena solo bastaba 3 horas. Protesilao de Orión, tu alma ahora me pertenece -enunció Perséfone con autoridad, y el fallecido Caballero de Plata asintió, y se acercó a Perséfone sin arrepentimientos-. ¿Acaso no protestarás? -se preguntó Perséfone.
-No lo haré… -respondió Protesilao, impresionando a Perséfone-. Ahora más que nunca sé que Athena es una diosa por la cual vale la pena morir, y estoy orgulloso de haber sido la primera muerte en suelo Troyano. Iré voluntariamente al Hades… Perséfone… -le sonrió Protesilao, y Perséfone se preparó a tomar su alma.
-Y no irá solo… -comentó Laodamía, caminando en dirección al precipicio, extendiendo los brazos, y sorprendiendo a Perséfone aún más-. Gracias… Athena… gracias… Poseidón… -mencionó mientras se precipitaba al vacío, y miraba las rocas afiladas al final del barranco mientras se aproximaba mortalmente hacia ellas-. Gracias… por reunirnos en muerte… -terminó, y se estrelló contra las rocas, muriendo instantáneamente.
Anatolia, Troya. Campamentos Aqueos.
-¡Aaaaaahhhhh! -gritó Shana de repente, espantando a Poseidón, quien hasta esos momentos dormía a su lado, asustándolo también, y haciéndolo lanzar relámpagos azules por toda la tienda, forzando a Odiseo, a Diomedes, y a muchos otros a entrar e intentar sacar a los dioses atrapados bajo la tienda- ¡Laodamía saltó! ¡Ella saltó! -se horrorizó Shana.
-¡Athena! ¡Estás asustando a tu pueblo! ¡Y a tu tío casi lo mandas al Hades con un infarto! ¡Mi cuerpo mortal puede morir también! -se quejó Poseidón, saliendo de debajo de la tienda auxiliado por Idomeneo de Crisaor.
-¿Qué pasó? ¿Dónde estoy? ¿Dónde está Perséfone? -miró en todas direcciones Shana, horrorizada, y encontrando a sus Caballeros Dorados mirándola en señal de confusión.
-A ver, en orden -se le acercó Odiseo-. Te desmayaste en el campamento, al parecer la guerra fue demasiado para ti, así que te vas despertando después de un día de estar desmayada -explicó Odiseo, y Shana asintió a sus palabras esperando que el resto de sus preguntas fueran contestadas-. Estás en el campamento Aqueo, o al menos lo que se ha construido del mismo -Shana entonces miró a los alrededores, y vio a Epeo construyendo las empalizadas con la madera que Áyax le traía de algunos navíos Troyanos que recolectaban del mar para construir las empalizadas. Diomedes, Menelao y Odiseo habían estado cavando una zanja alrededor de los campamentos hasta esos momentos, Acamante había estado llevando la contabilidad de los muertos, que estaban siendo incinerados por Calcas, Teucro y Anfímaco, quienes al mismo tiempo presentaban sus respetos a los caídos. Ninguno vestía su armadura ya que el arduo trabajo hacía el llevarlas algo muy incómodo, incluso Áyax permanecía solo en un taparrabos de lana, el resto, más decorosos, llevaba túnicas de entrenamiento-. Y Perséfone… -prosiguió Odiseo-. No sé de qué nos hablas -le confesó.
-De nada que deba mantenerlos ocupados. Hay poco tiempo, y hay que terminar de levantar el campamento -sentenció Agamenón, quien llegaba junto a Aquiles a ver a Shana y a Poseidón. Ambos, diferente de los demás, sí vestían sus Armaduras Doradas con orgullo-. La batalla fue demasiado dura, mi diosa Athena, en la misma Áyax fue el más fiero, seguido por Menelao y de Diomedes, con Aquiles he discutido su desempeño, esperaba más de él -se cruzó de brazos Agamenón, reprendiendo a Aquiles-. Los Generales de Poseidón y algunos de nuestros Caballeros de Plata montan guardia, si bien el día de ayer los 12 Caballeros Dorados atacamos todos juntos, eso no puede repetirse, lo de ayer fue una excepción con la esperanza de que Príamo reconsiderara, pero en vista de que no fue así, los guerreros continuarán en incursiones por separado, una vez que el campamento esté listo claro está -explicó Agamenón.
-Lo que nos tomará el resto de la presente Luna -explicó Acamante, llevando la contabilidad-. Los Troyanos no nos dejarán terminar nuestros campamentos, pero empezarán a lanzar grupos de avanzada pequeños, no se arriesgarían a un ataque directo, los superamos 10 a 1. Solo serán una molestia con el deseo de retrasar… -intentó terminar Acamante, cuando una flecha le arrancó el papel que llevaba en la mano-. Y aquí vamos de nuevo… -suspiró Acamante con molestia.
-¡Me toca! -gritó Áyax, quien salió corriendo, y por la velocidad su taparrabos se desamarró y cayó al suelo, por lo que fue a la batalla completamente desnudo y apenando a Shana, quien se cubrió los ojos mientras Áyax corría con los guerreros de Salamina, Epeo y Teucro a repeler a los invasores-. ¡Los atravesaré con mi lanza! -gritaba, y los aterrorizados Troyanos comenzaron a huir- ¡Con la que llevo en las manos, idiotas! ¡Regresen aquí! -continuó persiguiéndolos Áyax.
-Ya volverán… -continuó explicando Acamante-. Troya ha estado enviando grupos de 100 soldados máximo cada 2 horas intentando distraernos, pero Áyax y Aquiles se han estado rotando los ataques defensivos. Si los Troyanos quieren dirigirnos a las murallas con ataques impertinentes que lo intenten. Los Salaminos y los Mirmidones no son tontos, los persiguen hasta estar a un tiro de flecha, y después regresan, fue idea de Odiseo -explicó Acamante, y Odiseo reverenció aceptando el crédito humildemente.
-Mientras a Áyax no le gane la emoción, podemos seguir trabajando en construir el campamento sin problemas -continuó Odiseo, dando palazos y sacando arena para construir la zanja, y con la misma los soldados construían una muralla de tierra y barro, colocando también las armaduras de los Troyanos como escudos en las paredes de cara a Troya.
-Veo que todos trabajan muy duro… -entristeció Shana, y comenzó a retirarse sin decir más en dirección al mar, no queriendo concentrar su mente aún humana en la guerra que estallaba a su alrededor. Todos entonces miraron a Diomedes, como obligándolo con la mirada a hacer algo.
-Está bien, está bien, ya voy. Ahora si soy el favorito, solo cuando les conviene -se quejó, pero entonces Diomedes vio que Poseidón se ponía de pie y seguía a Shana-. ¿Mi señor? -preguntó Diomedes con curiosidad, pero el Dios de los Mares no le dirigió la palabra y continuó siguiendo a Shana, dejando a Diomedes la ardua tarea de volver a cavar la zanja.
Shana se sentó a orillas del mar, sus ojos posados en dirección a Argos, todo el camino de regreso hasta Hélade. Recordaba con tristeza los buenos tiempos en que era más humana que diosa, parte de ella quejándose por las responsabilidades que ser una diosa le habían traído, entre la que estaba la toma de horribles decisiones, como la del día de ayer.
-¿En qué piensas? -preguntó Poseidón, sentándose junto a Shana, y entonces notó las lágrimas de su sobrina, y comprendió lo que estaba pasando- Ya veo… te alejaste para llorar en paz… -dedujo Poseidón.
-Laodamía… -comenzó, y Poseidón la miró fijamente-. Ella saltó al vacío… se hizo pedazos contra las rocas… fue algo horrible de ver… -le explicó Shana a Poseidón, quien asintió en ese momento-. ¿Por qué tenía que morir? Yo deseaba hacer algo bueno por Protesilao quien se sacrificó por los demás… y solo terminé empeorándolo todo… -continuó llorando Shana.
-Shana… -reprendió Poseidón, y Shana lo miró fijamente-. Eres la diosa Athena, y tendrás que tomar decisiones que no van a gustarte, pero deberás afrontarlas con orgullo por el bien de quienes creen en ti -Shana asintió, y comenzó a secarse las lágrimas-. Laodamía saltó… porque si no lo hacía, Protesilao no podría… -se susurró a sí mismo Poseidón, y Shana lo miró fijamente. Pero en lugar de decir más, Poseidón se puso de pie, y miró al mar con detenimiento-. Se han hecho sacrificios por vienes mayores. Sacrifiqué mi tridente, cortando mi poder divino a la mitad, para mantener a Ares el Dios de la Brutalidad en la Guerra sellado en el fondo del rio Escamandro -le recordó Poseidón, y Shana asintió-. Llegará el momento en que Ares se libere, y debes seguir entrenando tus poderes divinos para entonces. Protesilao se sacrificó para cuando estés lista… boba… -susurró la última parte, Shana lo notó, y Poseidón desvió la mirada apenado, se le notaba el rubor-. ¡Deja de pensar en su muerte! ¡Tiene una razón de ser! -la reprendió severamente.
-Tío… -se puso de pie Shana, y Poseidón desvió la mirada-. De verdad… no sé lo que estás planeando, pero… tú de verdad estás haciendo todo lo que puedes por mí. Por qué respetas nuestra alianza. Y porque deseas que perdure miles de años más, ¿verdad? -lloró Shana, y aquello molestó a Poseidón.
-¡Si sigues siendo una diosa llorona vas a terminar obligándome a hacerte la guerra para mantenerte fuerte! -la apuntó Poseidón, y Shana se tragó las lágrimas, y asintió- Voy a decirte algo, y quiero que te quede muy claro. Soy un dios -Shana asintió, sin saber a qué venía el recordatorio-. Hago las cosas que hago, por un bien mayor. Si soy un tirano tiene una razón de ser, si soy benévolo tiene una razón de ser. ¡Todo, no importa cuántos años pasen! ¡Lo hago por el bien de la humanidad! ¡No lo volveré a repetir nunca, así que atesora estas palabras en tu mente! ¡Incluso si llegase el día en que volviéramos a ser enemigos, lo haría por razones que los humanos no pueden comprender, y por el inmenso amor que te tengo, Athena! A veces se deben hacer cosas malas, que en realidad son buenas. Es lo mismo con lo de Protesilao, y créeme que algún día lo sabrás -sentenció Poseidón.
-Te creo… tío… -lo miró Shana con una sonrisa-. Y te prometo que si alguna de mis reencarnaciones lo olvida. En el corazón de esta Athena, Poseidón siempre será su tío favorito -Poseidón se apenó, y entonces caminó con molestia por las orillas de la playa-. ¿A dónde vas? -se preocupó Shana.
-¡A ordenar un sacrificio en mi nombre para sentirme tirano otra vez! -se quejó Poseidón, y Shana, aunque perturbada, supo que su tío lo hacía por un bien mayor, pero no por eso se quedó tranquila.
-¡Espera tío! ¡Al menos pide algo en sacrificio que los Aqueos puedan comer! ¡Es un desperdicio sacrificar algo solo porque estás molesto! -insistía Shana, pero eso solo enfureció a Poseidón aún más.
-¡Los dioses pedimos sacrificio cuando estamos molestos! ¡Es adoración divina común! -pero aún y sabiendo eso, Shana hizo todo lo posible por tranquilizar a su tío.
Dárdanos. Aposentos de Eneas.
-¿Cómo puede ser? -gritaba Creúsa horrorizada, se encontraba cubierta por sus sabanas, con un Eneas inconsciente a su lado después de haberlo vencido con su inmensa lujuria. Nada despertaría a Eneas después de semejante ejercicio nocturno- ¿Cuántos barcos? ¿Cuántas lanzas? ¿Poseidón inclusive selló a mi amorcito en el rio con su tridente? -se horrorizó Creúsa.
-¡Ya te lo dije, Afrodita! -enfureció Hades, como una sombra oscura y maligna frente a ella- Mientras tú te entregabas a Eneas en la cama, yo lo necesitaba en el campo de batalla. ¿Cuánto tiempo más vas a tardar en involucrar a los Dárdanos? ¡Te otorgue ese cuerpo para asegurar la participación de Eneas en la guerra, no para que lo dejaras en este estado moribundo! -apuntó Hades, y Eneas ni siquiera reaccionaba.
-Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, no está muerto, está cansado -explicó, y la sombra de Hades creció aún más-. ¡Uwah! ¡Estoy en ello! ¡Estoy en ello! ¡Le juro que estoy haciendo todo lo posible porque mi amado Eneas participe en la guerra! ¡Pero él es tan terco! -sentenció ella.
-¿No será que piensas traicionarme, Afrodita? -sentenció Hades, y Creúsa palideció por el miedo y se abrazó del brazo desnudo del inconsciente de Eneas- Me serviste bien en un principio, pero ahora no te he visto doblegar a los invasores Aqueos. ¡Y ahora Ares está sellado en el Rio Escamandro! ¡No sé cuándo se debilitará lo suficiente el sello de mi hermano Poseidón, pero tienes hasta la llegada de la siguiente estación para que Dárdanos se una a la guerra! ¡De lo contrario, Afrodita! ¡Tendré tu alma en compensación! -la amenazó Hades, y Creúsa gritó sumamente asustada.
-¡Lo haré! ¡Lo haré! ¡Dárdanos irá a la guerra! -la sombra de Hades desapareció, y Eneas se levantó con espada en mano, tirando tajos a diestra y siniestra y forzando a Creúsa a retroceder- Cariño… despertaste… -mencionó Creúsa.
-¿Por qué tanto escándalo? -se quejó Eneas, débil, como si tuviera una horrible resaca- Mujer, ya no siento mi entrepierna, tienes un problema muy grande -lo apuntó Eneas.
-No te quejabas anoche… -recordó Creúsa, pero inmediatamente se sacudió la idea y recordó la ira de Hades-. Eso no importa, Eneas, tienes que llevar a Dárdanos a la guerra. Troya fue invadida, ¡30 reinos! ¡Más de 100,000 lanzas! ¡Tienes que hacer algo! -suplicó.
-¿30 reinos? ¿Estás demente? -se quejó Eneas- Nadie podría reunir 30 reinos para combatir -abrió la ventana de su cuarto Eneas, intentando despertar un poco, y lo que vio, fue una columna de humo emanando desde el otro lado del Monte Ida-. ¡Por todos los dioses! ¡Hijos de Afrodita! -se quejó.
-Ya no usen ese insulto, me duele mucho escucharlo -lloró Creúsa-. Aunque lo tengo bien merecido, pero ese no es el caso. Eneas… mi padre está en peligro. Príamo está… -intentó decir, pero Eneas tan solo se rio con fuerza.
-¡Recibiendo lo que tiene bien merecido! -se alegró Eneas, y Creúsa lloró por la revelación de que Eneas nuevamente se rehusaba a llevar a los Dárdanos a la guerra- Todo esto lo ha causado Príamo, y ese cobarde y bueno para nada de Paris. Troya cavó su propia tumba, punto final -sentenció.
-¿Qué se necesita hacer para que entiendas? -se quejó Creúsa, aunque con el corazón dividido- ¿Qué pasará cuando los invasores lleguen a Dárdanos y destruyan nuestra ciudad? ¿Qué pasa si me raptan? -sentenció.
-Los habrás agotado a todos con tu entrepierna y yo solo tendría que rematarlos. Ni 100,000 hombres serían suficientes para ti -insultó, y Creúsa lloró por la poca cooperación de Eneas y por la manera en que la insultaba-. Pero hablando enserio, Creúsa. Si llegan a invadir mis tierras, primero me unía a ellos en contra de Príamo que ir en auxilio de ese vejestorio idiota que no tiene madera de líder. Me tragué mi orgullo y fui en su auxilio y, ¿cómo me pagaron? Me insultaron -sentenció nuevamente-. Si llegaran a mis puertas los invitaría a comer, a descansar, a disfrutar de mis mujeres, si eso ayuda a que Príamo se arrepienta -finalizó, y no se dijo más. Creúsa suspiró en preocupación, sabiendo que debía ser más agresiva, con la finalidad de lograr que Dárdanos se uniera a la guerra.
Troya. Campamentos Aqueos.
-Ha llegado el momento de hacer los ritos fúnebres a Protesilao de Orión, príncipe de Tesalia -anunció Acamante, mientras el grupo de Caballeros Dorados, de Plata, de Bronce, Generales Marinos y soldados, se reunían alrededor de la pira de Protesilao junto a Poseidón y Shana-. A sabiendas de que ser el primero en pisar suelo Troyano, significaba la muerte, este valiente príncipe hizo el sacrificio máximo por… -de pronto, la sorpresa invadió a los presentes, mientras el cuerpo de Protesilao se desvanecía. Acamante elevó su cosmos y apuntó al cuerpo, intentando extraer su alma, pero Poseidón se puso de pie rápidamente.
-¡Detente! -ordenó, y Acamante observó a Poseidón, confundido- Es el designio de los dioses, te detendrás, y continuarás con el rito como si el cuerpo de Protesilao continuara en la pira -se sentó Poseidón, y Acamante abrió los ojos de par en par comprendiendo lo que estaba pasando- Silencio, no digas nada que no deba ser dicho, ahora continua -enunció.
-Como usted ordene, mi señor Poseidón -reverenció Acamante, y ante los confundidos ojos del resto de los presentes, Acamante continuó con el ritual, dejando más dudas que respuestas, mientras Shana miraba a su tío, quien se encontraba sumamente molesto, y los ignoraba a todos sin prestarles atención.
El Inframundo de Hades.
-Lo conseguí… -en el inframundo, Protesilao se levantaba con suma debilidad, no era un fantasma, ni una representación de cosmos. Tenía la Armadura de Plata de Orión puesta, y la herida donde había muerto por la lanza de Cigno sangraba como si fuera una herida reciente-. Es extraño… volver a sentir dolor… -enunció con molestia Protesilao.
-Deberás sobrellevarlo si quieres volver a ver a Laodamía -escuchó Protesilao, encontrando el alma de Poseidón a su lado-. No puedes usar el cosmos aquí, llamarás la atención de los Jueces, y si eso pasa todo estará perdido -Protesilao asintió, viendo el mundo de los muertos y horrorizándose-. No olvides que no estás ni vivo ni muerto, tu cuerpo sanará como si estuvieras vivo, pero no sentirás hambre, ni sueño, ni cualquier emoción humana cuando por fin termines de sanar, ni morirás por más horrible que sean tus heridas. En parte, eres más cercano a un Espectro ahora, pero tu lealtad es a con Athena y a conmigo. ¿Recuerdas tu misión? -le preguntó, y Protesilao asintió.
-Encontrar el cuerpo original de Hades… y destruirlo… -Poseidón asintió, y se desvaneció en ese momento-. Laodamía… Poseidón ha prometido que, si logro esto, viviremos juntos en los Campos Elíseos… -se dijo a sí mismo Protesilao-. No importa cuántos años pasen… nos volveremos a ver… -pero Protesilao se desmayó, víctima de sus horribles heridas.
