Ya vi que no confían en mí T_T. En fin, me lo merezco tras 4 años de no actualizar. Solo tres reviews T_T, hieren mis sentimientos. Pero en definitiva era algo que ya me esperaba, después de 4 años de no actualizar, ¿Qué quería, un desfile? Pos no. Peor de todas formas los reviews que recibí, aunque pocos, me llenaron de un sentimiento de nostalgia. En verdad esta historia es otro mundo, un review de esta historia vale por 5 de cualquier otra, así que yo contento de recibirlos. En fin, no hay mucho que agregar, solo que mientras dure la inspiración habrá una actualización. Sin más que decir por el momento, a contestar reviews:
Suki90: Espero que ya hayas terminado de re-leer la historia, porque ya se actualizó nuevamente y estoy impaciente de leer tu opinión al respecto. Sé que no son muchos los actores que utilizan a Perséfone, y yo quisiera darle un papel más protagónico, pero tengo a casi 500 personajes entre caballeros, Espectros, esposas de ellos, dioses, criaturas, y cada quien con su mito, que no puedo respetar ni darle protagonismo a todos. Por cierto, parece ser que después de tanto tiempo los lectores no saben quiénes son los protagonistas de esta historia, pensé que era obvio. No es Aquiles, ni es Patroclo, son todos los Dorados, Shana y Odiseo. Algunos Caballeros Dorados son más protagonistas porque tiene más mito que explotar, otros como Epeo, Anfímaco, Néstor y Acamante allí están, pero no tienen mucho mito del cual anclarse. Pero aun así, planeo darles protagonismo, así como este capítulo se trata mayormente de uno de ellos, espero que lo disfrutes. Y mi historia no diverge mucho de la mitología, hasta ahora he sido muy preciso. Solo habrá una parte donde si va a divergir, pero eso se los explicaré cuando lleguemos a ello. Bueno, admito que Hades no participa en la Guerra de Troya pero… fuera de eso el mito lo estoy respetando. Espero sacarte más carcajadas de vez en cuando con los personajes que manejo, pero bueno, no es una historia de comedia, no esperes muchos momentos así. No abandonaré, no te preocupas, esta vez de verdad planeo terminarla. Aunque ya no me dejen reviews T_T.
dafguerrero: Bueno, tu pregunta fue muy larga pero básicamente es: "¿la Illiada y la Odisea que venden en las librerías no son de fiar?" La respuesta es sí, sí son de fiar. La Illiada y la Odisea son los escritos de Homero que llegaron a nuestros tiempos registrando la historia de Troya. Pero, no son los únicos escritos que existen, ni las únicas evidencias, simplemente son los dos que llegaron casi intactos. Eso significa que hay que analizar las vasijas de barro, escritos de otras civilizaciones, y demás interpretaciones de los mitos para saber qué pasó en su totalidad con la Guerra de Troya. Hasta ahora se sabe que la Guerra de Troya fue real, pero no se sabe a ciencia cierta qué fue real y qué fue mito. Algunos estudiosos del tema dicen que Agamenón, Menelao, Diomedes y Áyax el Grande son héroes reales, otros dicen que Aquiles, Patroclo, Antíloco y Odiseo no lo son. Unos dicen que el Caballo de Troya fue real, y otros que era un ariete o arma de asedio. Interpretar el mito y leer una versión de alguien que los creyó a todos héroes y dioses es diferente, en esta historia yo me encargo de recopilar todas las versiones y crear una única versión, por eso me tardo tanto. Lo que sí te puedo decir es que cualquier mito que leas donde hablan de Ulises y no de Odiseo, ese mito es mercadotecnia Romana roba mitos. Pero la Illiada y la Odisea están bien. Respeta a Áyax, todos lo odiaron en Guerras Doradas pero Áyax es de mis favoritos, lo que pasa es que en Guerras Doradas era el malo, tenía que hacerlo verse cruel. Ahora que lo pienso en ese entonces no tenía bien definidas las personalidades de los Aqueos… tal vez deba editar Guerras Doradas y adecuar la personalidad para que encaje con Guerras de Troya. Hades no puede aparecer en todos los capítulos porque se vuelven eternos, ya de por sí lo son, con la gama de personajes que hay no puedo concentrarme en una trama que los incluya a todos, de repente veremos a Aquiles, de repente a Diomedes, o a Odiseo, todos juntos sería un caos, así que no te sorprendas si Diomedes no sale tanto como antes. Sobre Protesilao, no esperes mucho de él, lo suyo es algo así como una side-story que se irá llenando de poco en poco conforme avancen los capítulos, pero estos no se centrarán en él. Después de todo ya está muerto.
TsukihimePrincess: Poseidón es de mis dioses favoritos, no podría ser malo con él. De hecho mi saga favorita de Guerras doradas fue la de Poseidón, y se puede reflejar en su pelea contra todos los dorados, eso solo pasó con él y Cronos. Sobre Ares, ya sé que lo odias, y te puedo decir que es el mismo Ares de Guerras Doradas. Su famosa lanza y los Daimones siguen bajo su control, pero no aparecerán aún, por eso tuve que sellarlo de momento, no puedo quemar mis mejores cartas. Pero si quieres una probadita de lo que va a pasar, léete esa parte de Guerras Doradas. Yo la verdad me estoy divirtiendo explotando el personaje de Afrodita, mientras Kurumada no me lo arruine, como Saintia Sho me arruinó a Fobos y a Deimos, ¡Con un demonio ya déjenme aprovechar a los personajes no usados en Saint Seiya! ¡Ya solo falta que pongan a Diomedes como Piscis y me arruinen toda mi historia! (Fin de rabieta). En fin, disfrutemos a Afrodita como es en mi versión antes de que Kurumada me la arruine. Y sí ya sé que Saintia Sho no es de Kurumada.
En fin, habiendo terminado esto, un gentil recordatorio. Guerras de Troya, se puede considerar una precuela de Guerras Doradas. No significa que tengan que leer Guerras Doradas, pero sí que habrán muchas similitudes entre algunos personajes, como por ejemplo Ares, usa las mismas técnicas, y tiene la misma personalidad, y cómo olvidar el Megas Depranon, hoy en manos de Odiseo pero en el futuro sellado dentro de la estatua de Athena, ¿Cómo pasó el Megas Depranon a estar sellado? ¿Es el titán que sale del Altar el mismo Cronos que sale en Guerras Doradas? Estos "easter eggs" sirven para complementar Guerras de Troya, ocurren dentro del mismo universo, así que sí, si te preguntabas si este Aquiles es el mismo que enfrenta a Milo en Guerras Doradas, sí, sí lo es.
Ultimas aclaraciones. Al parecer hay confusión en algunas cosas con respecto a la edición, así que las aclararé a continuación. Número 1, la edición fue mayormente de ortografía, no se cambió nada en la trama. Número 2, se editaron algunos ataques, por ejemplo la "Explosión de Galaxias" de Néstor se modificó para ser: "Explosión de Cúmulo de Estrellas", ¿Por qué? Es el año 1,196 A.C. La palabra Galaxia no existía, con esfuerzos los Aqueos conocían la palabra estrella. Lo mismo pasará con otros ataques, así que no me vengan con que ese no es el ataque, por ejemplo, Teucro no podría usar el "Trueno Atómico", porque ni siquiera sabían lo que eran los átomos en ese tiempo. Número 3, hay una importante edición en el capítulo 14, pero no es significativa para la trama. Arsinoos es un personaje mitológico real, pero como Espectro es de mi invención, así que le di a la criatura Dullahan como Suplice, olvidando que esa Suplice ya había salido en la serie, e incluso en esta historia, murió a manos de Talpio en el capítulo del Paladio de Athena. Se reemplazó la Suplice de Arsinoos por la de Hipogrifo, así que solo cambiaron técnicas y un poco la batalla, pero igual se murió y ya no importa. Número 4, distribución de los ejércitos. Debido a cambios en la trama futura (osea cosas que no han pasado pero que tengo planeadas), Anfímaco estaba originalmente en la unidad de Diomedes en el capítulo 14, fue reemplazado por Menelao, lo que hace diferir un poco las conversaciones de esa parte de la historia donde se dividen a los Aqueos en unidades de batalla, pero fuera de eso no se afectan más que unos 5 parrafos.
En fin, ya escribí mucho. Disfruten.
Saint Seiya: Guerras de Troya.
Troya: Año Uno.
Capítulo 6: La Hermandad en la Guerra.
Anatolia. Planicies Troyanas. Año 1,195 A.C.
Los pesados pasos de los soldados Aqueos, todos moviéndose al unísono sobre las planicies desérticas fuera de las murallas de Troya, resonaban como un temblor que traía consigo la furia de Gea, Diosa Primordial de la tierra. Pero para fortuna de los Troyanos, la Titán no era aliada de los Aqueos, pero sí lo era Poseidón, el Dios de los Mares, cuyo ejército era el que avanzaba con la primera mañana de la nueva Luna, marchando con los 7 Generales Marinos al frente, seguidos de al menos 500 soldados por unidad militar, cada uno protegiendo a un grupo de 20 soldados más que cargaban pesados monolitos de piedra con la forma de torres de mármol con la punta siendo una pirámide de 4 vértices. 7 arietes inmensos, que los Cretenses llevaban en una marcha lenta, pero continua, mientras las trompetas de los Troyanos alertaban a la población detrás de las murallas impenetrables.
-¡Generales Marinos! ¡Lleven los arietes a esas malditas puertas! -gritaba Idomeneo de Crisaor, el General Supremo que llevaba a los Cretenses a la batalla- ¡Estos soportes tienen la fuerza de sostener los océanos del mundo! ¡Incluso ellos deberían poder derribar la muralla construida por Apolo el odiado, y nuestro señor Poseidón! ¡Perforemos esas murallas! -gritó Idomeneo con fuerza, y los Cretenses gritaron con fuerza, induciendo el miedo en los pobladores Troyanos al otro lado de las murallas.
Ciudad de Troya.
La inmensidad de la Ciudad de Troya era en verdad legendaria. Detrás de las murallas construidas por los dioses se habían construido 10 ciudades más. Cada una conteniendo su propia muralla, por lo que incluso si los invasores Aqueos hacían la guerra en contra de la primera de las 10 murallas, el resto de los pobladores vivía en paz, y burlándose de los inútiles intentos de los Aqueos.
Las 10 Ciudadelas de Troya eran muy diferentes las unas de las otras, y reflejaban una gran discriminación o división social, que iba de arriba a abajo en forma descendente siendo proporcional a la economía de los Troyanos o sus relaciones consanguíneas.
La Décima Ciudadela, Illión. Era la ciudad donde se encontraba el palacio de la familia del rey Príamo. Todas las casas alrededor del palacio eran exclusivamente para sus 50 hijos, sus 12 hijas, y sus respectivas familias. Fuera de la familia real solo se les permitía a los soldados de alto rango o a la servidumbre entrar, y si alguien deseaba audiencia con el rey debía estar escoltado por los soldados más leales del reino. «La ciudad del egocentrismo», la llamaba Héctor, quien no deseaba siquiera vivir allí pese a tener una casa con su nombre en Illión.
La Novena Ciudadela, Tros. Era la ciudad de la clase alta de Troya. Cualquier persona que fuera políticamente influyente, o que tuviera grandes riquezas, ya fuera por sus proezas en la guerra, por sus negocios, o simplemente por su riqueza acumulada, podía aspirar a tener una casa en Tros. «La ciudad de la corrupción», la había llamado Héctor alguna vez. Llena de codiciosos ladrones que con el dinero hacían todo posible. No existía la ilegalidad en Tros, mientras tuvieras el dinero podías hacer lo que fuera, incluso llevarte a la cama a la mujer de cualquier ciudadano siempre y cuando no perteneciera a la familia real, aunque Héctor inclusive pensaba que a tal grado llegaba la corrupción de Tros que no sería sorpresa si se enterara de que alguna de sus hermanas había sido comprada para una noche. Si querías muerto a alguien y tenías el dinero, lo podías dar por hecho. Héctor detestaba Tros.
La Octava Ciudadela, Asáraco. Una ciudadela militar en la que se reunían los altos generales Troyanos, y donde los Espectros Celestes tenían sus pertenencias. Algunos Espectros Terrestres como el mismísimo Héctor tenían propiedades aquí también, y algunos héroes de guerra como Antenor. Servía como la última protección en caso de un ataque para tanto Tros como Illión. «Una ciudad de cobardes», la llamaba Héctor. La mayoría de los generales que vivían en Asáraco enviaban a sus soldados a la guerra, desde la comodidad de sus sillones y aumentando las tallas de sus ya de por sí desproporcionadas barrigas. Las conversaciones de guerra de los generales de Asáraco normalmente terminaban en: «Nuestros herreros son unos incompetentes, he tenido que mandar a aumentar el tamaño de mi armadura otra vez ya que nunca aciertan a la talla apropiada. Uno no puede combatir así». Héctor se había cansado de discutir sobre que el verdadero problema era todo lo que tragaban, y el poco ejercicio que hacían. «Razonar con el cerdo cuando se siente presa de su propio cuero es realmente inútil», solía mencionarles.
La Séptima Ciudadela, Gaminedes. La ciudadela donde la mayor parte de los habitantes de Tros tenían sus mercados, aunque algunos mercaderes de la clase media que habían pagado bien a los políticos de Tros, se habían hecho con algún puesto allí también. Los mercados estaban abarrotados de piedras preciosas, metales forjados, telas, especias, y de frutos exóticos. La carne de grandes Toros se comercializaba aquí, y si querías una esclava hermosa y delicada para llevarte a la cama, las encontrabas de todas partes del mundo. También había esclavos fuertes, entrenados brutalmente para obedecer ciegamente a sus amos. «La ciudad de los depravados», la había llamado Héctor, ya que en Gaminedes se pagaba incluso con favores sexuales. Todos los mercaderes eran hermosos, Héctor inclusive llegó a llamarlos: «Los prostíbulos más caros que jamás había visto», aunque Héctor no los frecuentaba.
Sexta Ciudadela, Tróade. La ciudadela militar en donde se encontraban los cuarteles de los soldados de rango medio, y donde se curaban a los heridos. Tróade era un tanto más del agrado de Héctor, o al menos así lo fue en los tiempos de paz. Ahora en los centros urbanos donde se atendían a los heridos pasaban cosas horribles por salvar las vidas de quienes no fueron favorecidos en batalla. Soldados con sus extremidades amputadas deambulaban mendigando comida, inútiles para seguir combatiendo. «La ciudad de la desesperanza», la había llamado Héctor, porque quienes estaban allí heridos, estarían mejor muertos.
Quinta Ciudadela, Calíorre. La ciudad de la clase media. La mayor parte de la población vivía en esta zona, totalmente ajenos a lo que pasaba en las ciudades de los nobles, e igualmente despreocupados de lo que pasaba en las fronteras de Troya. Había muchos Troyanos que no habían salido jamás de Troya, no necesitaban más que sus casas y las fértiles granjas que sembraban. Calíorre, era un mundo diferente, despreocupada, amable, pero al mismo tiempo sumamente ignorante. La gente de Calíorre trabajaba las granjas, las aguas del río Simois llegaban a través de canales subterráneos, y siempre había abundancia. Pero su mundo eran solo un par de murallas, no había nada más lejos, y ellos lo preferían así. «La ciudad de los ignorantes», la llamaba Héctor. Era en Calíorre donde Héctor tenía su hogar, renunciando por voluntad propia a las riquezas de Tros, rehusándose a atender a las reuniones militares de Asáraco, y cuidando sus monedas siempre que pasaba por la ciudad pecado de Ganimedes. Todo lo había abandonado, por una pequeña casa de madera donde vivía felizmente con su esposa.
-Cebríones de Miliarios, Estrella Terrestre de la Flexibilidad, y Polidamante de Augur, Estrella Terrestre de la Osadía -se posó Héctor frente a un par de Espectros quienes protegían la entrada a su casa. Cebríones era hermanastro de Héctor, nacido de Príamo y de uno de sus amoríos con una prostituta de la Ciudadela de Gaminedes, pero aun así Héctor lo admiraba y respetaba más aún que a cualquiera de sus hermanos legítimos. Polidamante no era hermano de Héctor, pero ambos habían nacido el mismo día, Héctor por la mañana, y Polidamante por la noche, por lo que casi eran familia-. ¿Se puede saber por qué razón montan guardia a las afueras de mi casa? Mi esposa no va a ir a ninguna parte -sentenció Héctor con frialdad.
-No hemos venido a montar guardia, Héctor -le respondía Polidamante-. Hemos venido a pedirte que rectifiques el camino, e intentes convencer al rey Príamo de abandonar la senda de la guerra contra los Aqueos -pese a ser de la misma edad, Héctor y Polidamante eran muy diferentes. Mientras Héctor poseía una barba negra que debía afeitarse constantemente para que no le cubriera todo el rostro, Polidamante era enteramente lampiño. Mientras que Héctor poseía una cabellera negra y andrajosa, la de Polímadante era café cremosa y suave, sumamente lisa. Mientras Héctor poseía unos ojos violetas repletos de odio, Polidamante poseía unos azules llenos de esperanza. Y mientras Héctor era un hombre de guerra, fuerte y valeroso, Polidamante era delgado, escueto, e incluso era sacerdote-. Esta guerra no terminará a nuestro favor. O desistes de ella… -intentó decir.
-O nos llevas contigo -le respondió Cebríones, molestando a Héctor, quien no quería tener esta discusión nuevamente-. He entrenado para ser tu auriga, incluso mi Suplice es un Miliares, un auriga al que se le atribuyen 1,000 victorias. Si los 3 estamos en el campo de batalla, los mocosos que te han atormentado no representarán una molestia y conquistaremos el campamento Aqueo -Cebríones era más al estilo de Héctor. Un hombre fuerte, de sombra de barba verdosa, y con un carácter muy similar al de Héctor.
-Los necesito en la ciudad -volvió a quejarse Héctor, ignorándolos, y entrando en su casa, cerrando la puerta tras de sí. Ya dentro, se quitó el caso, y la mirada fiera de Héctor fue reemplazada por una mirada cansada, y humilde. Frente a él se encontraba su joven esposa, Andrómaca, quien dibujó una sonrisa en los labios de Héctor con su sola presencia-. Amada mía… -extendió sus brazos Héctor, aceptó de ella un abrazo, y la mujer inmediatamente se soltó en llanto-. No debes llorar. Como puedes ver, no he resultado herido -le mostró.
-Pero todas las mañanas será siempre lo mismo hasta que esta horrible guerra acabe… -le respondió la joven, de ojos esmeralda intensos, y cabellera castaña rojiza-. Vendrás a casa después de incontables reuniones del consejo de guerra, a veces herido, a veces molesto, pero siempre cansado. Dormirás un par de horas y encontraré mi cama vacía al despertar, solo para verte regresar tras tus rutinas de entrenamiento, o tras tus reuniones de consejo, tomarás un cuenco, comerás tu estofado, y volverás a salir por esas puertas, a la guerra -lloró Andrómaca sin consuelo, y Héctor tan solo suspiró contrariado-. Hay más generales, déjalos a ellos combatir por ti. Tú eres el primogénito de Príamo -insistió ella.
-Todos los otros generales son unos imbéciles -respondió Héctor tomando un cuenco, llenándolo de estofado, bebiéndolo sin importarle que este estuviera hirviendo, y colocándolo en la mesa antes de buscar su casco, amarrárselo, y buscar sus armas-. Cualquier otro general seguro los invita dentro de las murallas pensando que así será una batalla más justa. No, Andrómaca. No puedo dejar esta tarea a nadie más -insistió Héctor, pero antes de salir, encontró a Andrómaca bloqueándole la puerta-. ¿Esto otra vez? -preguntó molesto.
-¿Por qué no podemos ser una familia normal? -preguntó Andrómaca- Incluso cuando adoptaste a esa niña, a Anficlas. Yo pensé que seríamos una familia feliz. Pero solo la traías a comer, antes de salir por esas puertas, e ir a entrenar. La primera noche era una niña, al día siguiente me trajiste un varón sin corazón que no pensaba más que en sangre y muerte. ¿Cuándo va a parar? -le suplicó.
-Terminará… cuando los invasores dejen nuestras tierras bajo cualquier premisa… -explicó Héctor, haciéndola a un lado y saliendo de la casa, dejándola allí con ojos llorosos, y encontrando a Polidamante y a Cebríone allí de brazos cruzados-. ¿Qué? -se fastidió Héctor, y los empujó a un lado a ambos, pero el par en lugar de alejarse lo siguió, dispuestos a participar en la guerra pese a las quejas de Héctor- Hagan lo que quieran -les respondió al final, aunque con una sonrisa, orgulloso de sus hermanos de armas.
Héctor continuó el camino en silencio, pensando en las palabras de su esposa, Andrómaca. No era justo para ella, pero los Troyanos a su alrededor preferían ignorar la guerra a las puertas de su misma ciudad, y los Troyanos de las ciudades superiores eran igualmente inútiles. Solo él tenía el dominio táctico requerido, solo a él le importaba lo que pudiera pasar si las murallas que los dioses Poseidón y Apolo habían construido cedían. Solo él podía hacer una diferencia.
Cuarta Ciudadela, Cleopatra. Entrar en la ciudad de Cleopatra siempre daba a Héctor una sensación de que era observado. Cleopatra, después de todo, era la ciudad de los templos. Por todas partes había templos en honor a Apolo, a Hades, a Afrodita, a Ares no se le rendía tributo en un templo, pero poseía una arena de sacrificios justo en el centro, donde también se celebraban combates en honor a los dioses, y más al fondo había salones de celebraciones donde tenían a lugar banquetes que, según los sacerdotes y los adivinos, servían para complacer a los dioses. «La ciudad de lambiscones es lo que es», había nombrado Héctor alguna vez. Para Héctor el favor de los dioses no se ganaba en un templo, se ganaba allí afuera, en el campo de batalla. ¿Cuántas veces se habrían sacrificado toros en vano a Poseidón y el Dios de los Mares había favorecido a los Aqueos? ¿De qué servía orarle a Athena si ella estaba allí durmiendo en un campamento en la tienda del Rey Supremo? Héctor veía a los sacerdotes orar por Athena en el templo dentro del cual se encontraba el Paladio, y suspiraba, se sentía rodeado de inútiles.
Tercera Ciudadela, Laemonte. Llegando a la Tercera Ciudadela, todo cambiaba radicalmente. No solo de forma económica, sino también social. En Laemonte habitaban los pobres, los desvalidos, los enfermos, los inútiles mutilados en la guerra que habían salido al campo de batalla deseosos de encontrar la gloria, y habían regresado a ser rechazados por sus familias y conocidos por no poder volver a empuñar una lanza. Aquí vivían los bastardos. Héctor recordaba haber levantado a Anficlas de esta suciedad, mientras peleaba con al menos 12 niños por un pedazo de pan mohoso. Pero curiosamente, de Laemonte salían los guerreros más fieros. Quién mejor para convertirse en soldado que aquel a quien se le prometen 3 comidas diarias, una cama y un baño continuo, y solo debe empuñar una lanza y seguir con vida para ser recompensado. Si eras un bastardo en Troya, aquí es donde terminabas, a menos que fueras un bastardo de Príamo, a esos se les trata como a herederos al trono, aún si no son merecedores del mismo. «La ciudad de los bastardos», la llamaba Héctor, y con cada día que pasaba había más bastardos en las calles, y más casas de madera para albergarlos. Héctor tenía a un hermanastro aquí, Agatón, a quien apreciaba mucho. En Laemonte, el sonido del choque de las espadas, los gritos de mutilación, y el hedor de la combinación de hierro y sangre, predominaban. A pesar de que la guerra estaba a un par de ciudades más abajo. Las columnas de humo también eran fácilmente visibles.
Segunda Ciudadela, Temiste. Los mercados de Temiste eran los mercados más pobres, en donde podías encontrar comida barata, pero de pésima calidad. Los bastardos comían aquí, los puestos estaban también repletos de bastardos. Pero lo que era aún peor, es que los mercaderes de Temiste vendían sus productos directamente a los soldados de menor rango. No había provisiones para los soldados, cambiaban espadas por comida, escudos Aqueos por monedas, incluso sandalias por una buena bebida. «La ciudad de las ratas», la llamaba Héctor. Después de todo, toda la comida estaba llena de ellas, incluso Héctor había visto una vez a un mercader venderle un pollo a un soldado, y este no era más que una rata rostizada. «Jamás había comido pollo mejor», recordó al hombre exclamar. Pero Héctor sabía que era porque ese hombre jamás había probado el pollo, aunque eso él no lo sabía. El idiota había muerto de una indigestión en pleno campo de batalla. Si los mercaderes supieran lo que era estar del otro lado de las murallas, que eran esos ilusos a quienes ellos engañaban los que defendían Troya con mayor intensidad, ¿se atreverían a volver a venderles ratas por pollos? Si tan solo supieran, el terrible peligro en el que se encuentran.
Primera Ciudadela, Capis. Y por fin se llega a la última de las ciudadelas. Capis, la ciudad militar a donde los pobres soldados de bajo rango llegaban a parar. No hay mucha diferencia entre Capis y los campamentos Aqueos, con excepción de que no hay tiendas sino chozas de piedra sin ventanas ni puertas. Los soldados duermen donde caen, los entierran donde caen, los incineran donde caen, hacen sus necesidades donde caen. Pero al menos tienen el consuelo de que conocen lo que ocurre fuera de estas murallas. Porque ellos son quienes luchan por Troya, quienes arriesgan la vida, quienes no duermen por el rugir de los Aqueos del otro lado, quienes disparan desde la sima de las murallas sus flechas y bañan a los Aqueos mal afortunados en metal hirviendo. Ellos que no comen más que ratas rostizadas y pedazos de pan mohosos, que beben vino barato, y no se han aseado en años. «Ellos que viven en la ciudad de los Héroes», si había una ciudad a la que Héctor deseaba salvar, era a Capis. La única de las 10 ciudadelas de Troya, donde el guerrero de al lado era tu hermano, y con quien compartías tu comida para sobrevivir. Los verdaderos héroes no son reyes, son soldados.
-¡Troyanos! -gritaba Héctor, y todos lo saludaban, lo respetaban, lo amaban- ¡A aquel que salga por estas murallas, a aquel que los dioses regresen con vida, a aquel que desinteresadamente defienda estas tierras con su sangre, lo llevaré a comer a Calírroe, y le pagaré una mujer de Gaminedes! -los Troyanos ovacionaron con fuerza, deseosos, hambrientos, y Héctor tomó su lugar frente a las puertas de Capis, lanza en mano, con sus hermanos de guerra a izquierda y derecha, y cuando las puertas apenas y se abrieron, los Troyanos arremetieron contra el ejército Cretense- ¡Por Troya! -gritaba Héctor con orgullo.
-¡Por Creta! -gritó Idomeneo de Crisaor al divisarlo. El choque de sus lanzas fue tremendo, el de Polidamante con Peneleo, el de Cebríones con Automedonte. Todos los Troyanos combatían como fieros guerreros, y a pesar de que los Aqueos los sobrepasaban en 10 a 1, cada guerrero Troyano para Héctor valía lo que 5 Aqueos.
Campamento Aqueo. Tienda del Consejo Aqueo.
-¿Cómo es posible que por 3 días seguidos los Troyanos nos hayan doblegado? ¡Somos más que ellos! -gritaba Agamenón, furioso contra Idomeneo de Crisaor, quien sostenía su lanza iracundo, queriendo silenciar a Agamenón con ella. Pero Poseidón lo tranquilizaba moviendo su rostro en negación desde su trono en la Tienda del Consejo, el lugar donde se celebraban las reuniones de los elegidos por Shana y Odiseo- ¡Esperaba más de los 7 Generales Marinos! -se quejó nuevamente Agamenón, y Shana miró a Poseidón con preocupación e hizo reverencias en señal de disculpa, pero Poseidón la tranquilizaba con una mirada apacible.
-Hicimos lo que pudimos, estoy orgulloso del desempeño de mis hombres -defendió Idomeneo a los Cretenses, quienes agotados a las afueras de la Tienda del Consejo, suplicaban porque Macaón o Podalirio les curaran las heridas-. Si tan inútiles nos cree a los Cretenses, Rey Supremo, lo invito a liderar la siguiente escaramuza -se burló el rey de Creta, recordándole a Agamenón que luchaba con su gente mientras el Rey Supremo se quedaba en la retaguardia.
-¡Tal vez lo haga! -amenazó Agamenón, y Shana se aclaró la garganta llamándole la atención. Agamenón entonces suspiró, y se tranquilizó- Ah, mi rey Idomeneo. El hambre me hace desvariar. La falta de sueño mi humor ennegrece. Espero entienda que mis palabras, aunque fuertes, esconden mi preocupación por esta empresa -se sentó Agamenón en su trono.
-Peculiar forma de disculparse tiene, sin admitirlo -se sentó Idomeneo en su propia silla en el consejo-. Pero no puedo decir que no entiendo su descontento. 3 veces hemos atacado con todas nuestras fuerzas las puertas de Capis, 3 veces nos han repelido. Si bien nuestra primera afrenta resultó en nuestra victoria, después de construir los campamentos llevamos ya 3 derrotas todas consecutivas. Esas puertas son impenetrables, y su general, Héctor, jamás había visto a hombre más valiente -concluyó Idomeneo.
-Mis reyes -interrumpió Odiseo-. Es más que obvio que la fuerza bruta por sí sola no resolverá nuestro conflicto. Nosotros arriesgamos nuestras vidas contra una lluvia de flechas, cascadas de hierro fundido, y nos topamos con un muro inquebrantable construido por los dioses, solo para terminar con los Troyanos, frescos y descansados, arremetiendo contra nuestras fuerzas doblegadas. Pienso que es momento de igualar condiciones -sugirió Odiseo.
-¿Qué pretendes? -comentó Menelao con molestia- ¿Les tiramos flechas desde la cima de nuestras inmensas murallas de barro y restos de armaduras Troyanas? No necesitas ser Áyax para poder ver sobre estas. ¿Les derramamos metal hirviendo? No fundiré mi armadura, Príamo desperdicia demasiado en su fundición de metales -se quejó nuevamente Menelao.
-Chipre es un buen proveedor de cobre -le recordó tranquilamente Acamante-. Con tanto cobre, yo también lo fundiría y lo usaría de arma -el grupo decidió ignorar al distraído rey de Atenas, quien ciertamente, aunque fiero para la batalla, veía todo con la mente dispersa.
-Son los proveedores de Troya quienes son nuestros verdaderos enemigos, incluso Chipre que les proporciona el cobre -espetó Odiseo, y todos le prestaron atención-. Troya es una ciudad inmensa, seguramente no puede abastecer por sí misma a toda su población. Deberá recibir tributo de otras ciudades, comercio que incluye alimentos… y si… metales… -reverenció Odiseo a Acamante, quien reverenció de regreso-. Si logramos cortar los suministros Troyanos, será cuestión de tiempo para que estén tan cansados como nosotros, o más aun -sugirió.
-No, no, no, Odiseo, pero qué ridiculeces dices -comenzó Palamedes, sentado junto a Diomedes, y molestando a Odiseo-. La idea es buena pero no está bien planteada. Primero, no sabes cuantos proveedores tiene Troya. Segundo, no sabes cuando llegan. Tercero, son 10 ciudades rodeadas por una muralla. ¿Sabes cuanta distancia hay entre puerta y puerta? Tendríamos que dispersar a todas nuestras tropas, arriesgándonos a un ataque directo al campamento, para poder interrumpir el flujo de productos. Sin mencionar que mantener el control de lo que robamos es más difícil todavía. Los hombres están hambrientos, seguro se comerán todo lo que puedan antes de intentar regresar al campamento, y los Troyanos los alcanzarán y asesinarán mientras ellos comen -le recordó.
-Sé que es riesgoso, pero con hombres de confianza al frente es posible -le recordó Odiseo-. La distancia entre las puertas es inmensa, pero si mandamos Caballeros con Armaduras Zodiacales, llegarán ante las murallas en menos tiempo -le explicó.
-¿Y quién defenderá a Athena y a Poseidón de un ataque directo de los Espectros? -volvió a quejarse Palamedes- Repito, tu idea es buena, pero no lo suficiente. Solo terminaremos mandando a nuestros hombres a correr inútilmente en una inmensa llanura desértica, a merced de las flechas, del calor y del hambre -insistió, recargándose en uno de los mangos del trono de Diomedes, quien se mostró incomodado cuando Odiseo se recargó en el otro.
-¡No estoy hablando de movilizar a todo el ejército! ¡Unas cuantas unidades de aurigas sería más que suficiente! -espetó Odiseo, y tanto Palamedes como Odiseo chocaron frentes, aplastando a Diomedes, quien estaba en el medio.
-Estoy con Odiseo en esta ocasión -señaló Diomedes mientras los empujaba a ambos para que lo dejaran hablar, Odiseo se enorgulleció por el apoyo de Diomedes, y Palamedes se sintió ofendido-. Puede que sea difícil, pero es mejor que quedarnos de brazos cruzados esperando. Si les cortamos los suministros a los Troyanos y nos apoderamos de ellos, podemos revertir la balanza -sugirió, y Agamenón meditó al respecto-. Pero debemos mantener nuestro ataque frontal, no podemos dejar que se enteren de nuestro ataque a sus suministros. Propongo dividir el frente en 3 partes, la primera, un ejército numeroso que haga pensar que se ataca nuevamente las murallas de Capis para atraer la atención de los Troyanos. Mientras tanto, unos navíos llevarán a un grupo de caballeros y guerreros a derribar cualquier barco mercante que intente desembarcar frente a las murallas de Esceas. Gracias a Áyax, que destruyó la flota Troyana, esa zona estará bien resguardada, pero con la mayoría de los Troyanos defendiendo las puertas principales de Capis, los merodeadores que enviemos se habrán aprovisionado de grandes cantidades de productos antes de que los Troyanos puedan reaccionar -concluyó.
-Pero mi señor Diomedes -interrumpió Palamedes, molestando nuevamente a Odiseo-. ¿Qué pasa si no hay barcos mercantes en las cercanías? Estaríamos movilizando a una parte importante del ejército para una incursión inútil -se interpuso Palamedes, sabiendo que era un movimiento muy arriesgado.
-¡Entonces que los merodeadores que enviemos ataquen desde el mar a las murallas de Esceas! -sugirió Odiseo, desafiando a Palamedes, ambos Caballeros de Plata definitivamente se despreciaban el uno al otro- Con ambos ataques frontales a las puertas, dividiremos la avanzada Troyana a la mitad -insistió.
-Pero tu misión es obtener recursos y cortar suministros provenientes de los aliados Troyanos, no dividir el frente -insistía Palamedes, nuevamente sosteniéndose del trono de Diomedes y pegando frente con Odiseo, quien se sostenía del otro-. ¡No puedes hacer la guerra y planear un corte de suministros al unísono! ¡O haces una o haces otra! ¡No tenemos recursos para hacer ambas! -los de Plata chocaron sus frentes, y se empujaron el uno al otro, Shana y Poseidón suspiraron y movieron sus cabezas en negación, Agamenón intentó mantener la calma y el orden, pero fue Menelao quien tuvo suficiente.
-¡Ya déjenlo hablar! -gritó con suma molestia Menelao, y solo entonces Palamedes y Odiseo notaron que nuevamente habían apresado a Diomedes en medio de su combate verbal- Comprendo que ambos tengan a Diomedes en alta estima y deseen aconsejarlo, pero este es un consejo Aqueo, no un consejo Argivo. ¡Limítense a pensar lo que es mejor para el conjunto Aqueo! ¡No en impresionar al principal proveedor de Ítaca y de Nauplia! -sentenció, y los de Plata regresaron a sus respectivos tronos- Volviendo al tema… -se tranquilizó Menelao-. Si 2 frentes se encuentran atacando las puertas de Troya, solo queda una puerta capas de recibir suministros. La puerta de Ilo, la del desierto -explicó Menelao, dirigiéndose a Diomedes en específico-. No podemos dividir nuestras tropas en 3 frentes. La distancia es demasiada, si uno de los frentes cae y es rodeado será el fin de todos los soldados que vayan en ellos -agregó pensando más en las vidas Aqueas que en ofender a Troya.
-Los Troyanos ya no tienen navíos -agregó Diomedes, pero solo una vez que se cercioró de que Odiseo y Palamedes se encontraban en sus respectivos tronos-. La tropa que ataque Esceas, no corre el riesgo de ser rodeada mientras ataquen por el mar. Quienes ataquen las puertas de Capis tampoco pueden ser rodeados por las cercanías con el campamento Aqueo, desde el cual podemos emprender un rescate de ser necesario. Pero los que ataquen la puerta de Ilo estarán en efecto en un peligro muy grave -explicó, y se acercó al mapa de Troya extendido en el centro de la Tienda del Consejo-. Mientras Esceas y Capis estén bajo ataque, solo Ilo puede mandar refuerzos, y si estos refuerzos divisan al grupo que esté dando casería a los proveedores de víveres a Troya, podrán rodearlos fácilmente y darles muerte. Además, la planicie frente a Ilo es un inmenso desierto, serían descubiertos inmediatamente… -se puso pensativo Diomedes, ideando una estrategia de guerra-. A menos que sea un grupo reducido -concluyó, y todos lo miraron con curiosidad, pensando que era una idea pésima-. Piénsenlo así -comenzó a mover las piezas en el mapa-. Si frente a Esceas y Capis hay ejércitos numerosos, la respuesta debe ser igualmente numerosa. Y si frente a Ilo se presenta otro ejército numeroso, los Troyanos solo deben rodear a este ejército en el momento en que lo divisan, atacar en ambos sentidos, y exterminarlo lo más rápido posible para regresar al campo de batalla frente a las otras puertas, porque para exterminar a nuestros hombres frente a las planicies de Ilo lo más rápido posible, se requeriría de una avanzada rápida y certera. Pero si es un grupo reducido, Troya no se molestará mucho con el grupo que ataca a Ilo -terminó de explicar, pero por los rostros confundidos, nadie parecía entender el plan. Shana por otra parte, había sido educada por Diomedes, y comprendía la estrategia.
-Los Aqueos superan a los Troyano -se dijo a sí misma Shana, mientras se acercaba al mapa de guerra, arrebatándole una sonrisa a Diomedes-. Troya no puede darse el lujo de atacar en igualdad. Si hay 2 frentes de guerra, Troya, para evitar bajas, tendría que superar a los Aqueos en cada puerta para que las bajas Troyanas sean mínimas. Eso solo deja refuerzos que pueden o… atacar un frente en igualdad de 1 a 1, o ayudar a conservar la ventaja en caso de que llegasen refuerzos Aqueos -dedujo Shana, y Diomedes asintió-. Cuando la ventaja Aquea es aplastante, los Troyanos se repliegan, entran y atacan desde sus murallas, pero nosotros debemos hacerlos permanecer fuera. Si hay una tercera incursión… o la doblegan rodeándola, o todos se repliegan, son las únicas opciones. Pero si los atacantes de la puerta de Ilo son reducidos… Troya enviará a un grupo reducido también, solo lo suficiente para duplicar las filas de quienes atacan, no movilizaría a un grupo más grande porque no tienen los soldados suficientes -y Diomedes asintió nuevamente-. Si mandamos a un grupo grande, Troya se repliega, si mandamos a un grupo reducido, Troya lo ataca, pero no lo toma en cuenta. Pero el grupo reducido… tendría que ser sumamente habilidoso para sobrevivir a un ataque más numeroso. Y si mandamos a nuestros mejores guerreros allí, perderemos la ventaja táctica frente a las puertas de Capis -señaló el error en el plan de Diomedes.
-Ah, pero, ¿y si hubiera un blanco frente a Capis que fuera lo suficientemente suculento, que valdría la pena el esfuerzo? -le sonrió Diomedes, y entonces extrajo de una bolsa de su capa una pieza de ajedrez. La pieza representaba al rey, entonces la colocó frente a las puertas de Capis en el mapa- Si tienes la posibilidad de asesinar al rey. ¿No vale la pena enviar a más unidades? El grupo atacando a Ilo no puede ser el más fuerte, debe ser Capis. Si nuestros mejores hombres atacan Capis, los que atacan Ilo pueden estar tranquilos de que la mayor parte de las fuerzas Troyanas estén concentrándose aquí, alrededor del rey. Entonces el grupo reducido no necesita ser el más fuerte, solo el más contundente. Las tropas Troyanas que ataquen a ese grupo, serán soldados de bajo rango, inexpertos, y aún si tienen una ventaja de 2 a 1, ganará el mejor soldado -terminó Diomedes, y por los rostros de todos a su alrededor, era evidente que no entendían nada.
-Está decidido entonces -el grupo de consejeros intercambió miradas de incredulidad, mientras Shana decidía por todos-. Los más fieros de los Aqueos son Áyax, Aquiles, Diomedes, Agamenón y Menelao, si sumamos a Idomeneo hay 4 reyes muy importantes atacando Capis, es demasiado apetitoso para que Troya no envíe a sus mejores hombres en lo que pensarán es un ataque suicida -explicó Shana, y poco a poco comenzaron a comprenderlo mejor-. Mientras tanto, la flota Aquea al mando de Teucro, Odiseo y Palamedes, sobre navíos de Argos y Creta a cargo de Palamedes y de Meríones que tienen los mejores barcos, y viajando con los arqueros de Ítaca y Salamina, atacarán y hundirán a cualquier barco de víveres que intentara desembarcar frente a las puertas de Esceas. Se apoderarán de lo que puedan, pero hundirán a los que no puedan abordar, siempre evitando conflicto directo -señaló Shana en el mapa, y aunque la estrategia no era mala, perseveraba el miedo por el bienestar de la tercera unidad-. Los atacantes de Ilo serán pocos, cuando mucho unos 50 soldados a caballo, suficientes para dar persecución a los mercaderes por toda la planicie desértica, pero no suficientes para requerir de la movilización de las reservas. Tampoco puede llamar mucho la atención, a estas alturas los Troyanos ya deben saber quiénes son nuestros mejores hombres. Necesitamos a alguien que no destaque, pero que sepa liderar correctamente. ¿Quién podría hacerlo? -preguntó curiosa.
-Anfímaco de Piscis, co-rey de Élide -habló Palamedes, en su tono de voz se reflejaba la molestia-. Si ha de continuarse con esta absurda e inútil escaramuza para cortar los suministros de Troya, que agrego, no está bien pensada, al menos les pido me permitan postular a Anfímaco para liderar el ataque a las puertas de Ilo -la sugerencia no fue muy bien vista, en especial porque Anfímaco no parecía ser muy sobresaliente en la batalla, pero todos esperaron a escuchar las razones de Palamedes-. Si encuentra la muerte en batalla, estamos hablando de un co-rey. Su poderío militar pasaría a manos de Talpio de Delfín, co-Rey de Élide, así que tendríamos la garantía de que no perderíamos lanzas si Anfímaco llegase a morir. Por esta misma razón, Talpio de Delfín no puede partir en esta misión suicida con él -sugirió Palamedes.
-Me sorprende que lo veas como una misión suicida cuando esta está muy bien planeada -se burló Odiseo, molestando aún más a Palamedes-. Diomedes ha participado en más guerras que cualquiera de nosotros, y la Diosa de la Guerra ha respaldado su plan. ¿Cómo osas dudar de ellos? -se cruzó de brazos Odiseo.
-Eres sabio, pero ciego -espetó Palamedes-. ¿Qué te hace pensar que alguna otra mente militar dentro de Troya no deducirá la treta? He de insistir, si una vida ha de sacrificarse. Que sea la que valga menos entre los Caballeros Dorados -sentenció.
-¿Y quién eres tú para poner precio a mis Caballeros Dorados y llamar a Anfímaco de Piscis el de menor valía? -se molestó Shana, e incluso la tierra comenzó a temblar, sintiendo su desprecio- Todos mis Caballeros… son igualmente valiosos para mí. Incluso tú, Palamedes -el Caballero de Plata de Perros de Caza asintió, y reverenció apenado-. Continuaremos con el plan. Anfímaco de Piscis liderará la avanzada contra las puertas de Ilo, y tú lo acompañarás, Palamedes -sentenció Shana, aún furiosa, sobresaltando a Palamedes-. Y ambos regresarán con vida. Eres listo, encontrarás la forma -finalizó ella.
-No se hable más -terminó Agamenón-. Preparen las tropas, den las órdenes pertinentes. Y Palamedes… -le apuntó Agamenón-. Si Anfímaco no regresa y tú si lo haces. Tendré tu cabeza -y sin decir más, los Aqueos se prepararon para la batalla.
Troya. Ciudadela de Capis.
-¡Ya vienen! -resonó el grito por la cima de las murallas de Capis, despertando a Héctor, quien hasta esos momentos se había encontrado dormitando a las afueras de un campo militar junto a Polidamante y Cebríones- ¡Lidera Agamenón! -gritó el centinela, un Espectro joven de cabellera escarlata intensa.
-¿Agamenón? -se preguntó Cebríones- Eso no es normal. ¿Por qué el Rey Supremo de los Aqueos lideraría el asedio? -las sospechas de Cebríones eran inteligentes. Agamenón siempre se mantenía en los campamentos, ordenando a los Aqueos a arriesgar sus vidas. Para Héctor Agamenón no era más que un cobarde, el que liderara la batalla significaba que algo no estaba bien- ¿Qué hay de Áyax? ¿Qué hay de Aquiles? -preguntaba Cebríones.
-¡Ellos vienen también! -anunciaba el centinela preocupado, pero con muy buena vista- Diomenes el Argivo y Menelao el Ofendido, el rey Idomeneo, y sus 7 Generales -continuaba enunciando, y Héctor se puso de pie preocupado. Todos los grandes héroes salían a encuentro de las murallas Troyanas.
-¡Que todo Espectro Terrestre vaya al frente! -ordenó Héctor, y los Espectros comenzaron a reunirse- ¡Si los Aqueos piensan que vamos a permitirles acercarse verán mi lanza antes de que sus ojos les salgan por la nuca! -tomó su lanza mientras las puertas de Capis se abrían y escupían a los soldados Troyanos enviándolos a la batalla, pero antes de que Héctor pudiera salir, Polidamante lo tomó del brazo- ¡No hay tiempo que perder! -insistió Héctor.
-Puedo sentir que algo no está bien -le explicó Polidamante-. No soy un profeta, pero soy un Augur, te lo digo, Héctor. Es una trampa. Ocultan algo -le explicó, y cuando las puertas se cerraron, y el sonido de la guerra detrás de las murallas comenzó a dejarse escuchar, Héctor enfureció y se preparó para abrir las puertas de Capis él mismo.
-¡La puerta de Esceas está bajo ataque! -gritó nuevamente el centinela, y Héctor viró su rostro a la distancia, viendo el humo de la pira de alerta proveniente de las puertas de Esceas- ¡Teucro y Odiseo lideran a los de Ítaca y a los de Salamina! ¡Están hundiendo los barcos mercantes! -continuaba con la explicación.
-¡Entonces era una treta! ¡No van por las puertas de Capis, esa es solo la distracción! ¡Quieren cortar nuestros suministros! -sentenció Héctor, tomó a Polidamante del brazo, y tiró para obligarlo a ponerse de pie, entonces le pidió que lo siguiera a él y a Cebríones en dirección a las puertas de Esceas.
-¡Hay soldados al otro lado de Ilo! -volvió a hablar el centinela, y Héctor divisó con facilidad la antorcha de las puertas de Ilo que solicitaban ayuda- ¡Son al menos unos 50 soldados! -Héctor se mostró curioso al respecto- ¡Atacan a los comerciantes! -proseguía el centinela.
-¿Solo 50 soldados? ¡No me hagas perder mi tiempo, Agatón! -le gritó al centinela, mientras Héctor se dirigía a las puertas de Esceas- ¡Envía a 100 soldados a acabar con esa peste que asesina a nuestros mercaderes! ¡Y que cuando terminen regresen frente a las puertas de Capis como refuerzos! -terminó con su orden, mientras él, Cebríones, y un pensativo Polidamante, esperaban a que se abrieran las puertas de Troya antes de salir y hacerles frente.
Mar Negro. Afueras de las Puertas de Esceas.
-¿Cree que mordieron el anzuelo, mi señor Odiseo? -preguntó Teucro de Sagitario, sobre un barco Salamino, acompañado de Odiseo de Altar y de Toante de Pegaso. Esperaban todos pacientemente, mientras los arqueros de Ítaca y de Salamina lanzaban sus flechas asesinando a los comerciantes que traían alimento, joyas y telas a Troya- ¿Qué pasa si no caen en la trampa? -se preguntaba Teucro, materializando flechas en su mano, y lanzándolas para derribar a los centinelas Troyanos, entre ellos el Espectro que alertaba a los Troyanos, y quien evadía los ataques de Teucro para sorpresa del de Sagitario.
-La pregunta no es si morderán el anzuelo o no… -agregó Odiseo con calma, mientras las puertas de Esceas se abrían-. La pregunta es quien de los 2 enfrentará a Héctor -terminó, las puertas se abrieron, y Héctor salió a los muelles seguido de Polidamante y de Cebríones, y de al menos unos 1,000 Troyanos que lanzaban jabalinas, flechas incendiarias, y que subían a botes esperando subir a los barcos Salaminos y de Ítaca y llevar la guerra a sus interiores-. Esos que acompañan a Héctor… siento un terrible poder proviniendo de ellos… -aceptó Odiseo, y miró a Toante, nervioso, sintiendo su aplastante poder-. Quédate en el barco y lidera a nuestros hombres. ¿Qué prefieres, Teucro? Un guerrero formidable que ha liderado todas las defensas de Troya, a quien ni Áyax ni Aquiles han podido derrotar. ¿O a 2 que juntos tienen un poder muy similar? -le preguntó.
-Me gustaría presumirle a Áyax que Héctor me dio una paliza. Definitivamente no puedo ganarle -sonrió Teucro, guardando su arco-. Pero no necesito ganarle, ¿verdad? Solo mantenerlo ocupado -aseguró.
-Ese es el plan -sonrió Odiseo, y Teucro se lanzó desde el barco en dirección a Héctor, quien lo miró y se lanzó en su dirección también, los puños de ambos colisionaron, y el impacto derribó a los Troyanos aún en tierra, y estuvo por voltear a uno de los barcos Salaminos. Héctor poseía un poder tremendo, Teucro lo sabía, pero no tenía que matarlo, solo tenía que resistir-. Ustedes son míos, Espectros -se lanzó Odiseo con su espada, atacando a Cebríones, quien con un escudo en forma de llanta de auriga se defendió. Odiseo mantuvo la mirada en Polidamante mientras presionaba su espada contra el escudo de Cebríones, pero cuando Polidamante comenzó a encender su cosmos y apuntarlo a Odiseo, el Espectro de Augur tuvo que evadir los cometas que llegaban desde el cielo, y a Toante, quien se lanzaba en picada para hacerle frente-. ¡Te dije que te quedaras en el barco! -se molestó Odiseo, comenzando un combate de espadas con Cebríones, mientras Toante se hacía cargo de Polidamante.
-Y Diomedes me dijo que me alejara de Shana pero yo no le hago mucho caso. ¡Meteoros de Pegaso! -insistía Toante, forzando a Polidamante a retroceder y evadir cada cometa con facilidad- Aunque sé que ella es una diosa inalcanzable. Pero si puedo al menos asegurarme de que ella vuelva a sonreír, bien valdrá la pena elevar mi cosmos hasta el infinito y romper las barreras del Bronce, la Plata y el Oro. ¡Arde cosmos! ¡Dame la fuerza de defender a mi diosa! ¡Cometa Pegaso! -enunció, y Polidamante evadió nuevamente, pero el tremendo ataque logró rasgar su mejilla y arrebatarle un hilo de sangre.
-¿Un Caballero de Bronce me ha tocado? ¡Es vergonzoso! -incineró su cosmos Polidamante- Ustedes Caballeros de Bronce y Plata no son más que unas pestes, nuestros únicos rivales son los Caballeros Dorados. ¡Augurio Mortal! -en las manos de Polidamante se formaron cráneos de cosmos rodeados de humo, mismos que lanzó a Toante y estallaron en contra de su cuerpo, derribando al de Pegaso y azotándolo contra el mar- No tendré misericordia… -sentenció.
-¡Toante! -gritó Odiseo preocupado, mientras Toante flotaba inconsciente en un trozo de madera de los barcos Troyanos que habían sido derribados por Áyax, y que aún continuaban en el mar- Puede que un Caballero de Bronce no sea un rival para ustedes, Espectros… pero yo como un Caballero de Plata estoy a un nivel muy diferente -elevó su cosmos Odiseo, y Cebríones retrocedió, mientras miraba el Altar dibujado en su cosmos abrirse, y al Titán rugir respaldando el cosmos de Odiseo mientras su espada se transformaba en una guadaña-. Entérense de esto, Espectros… solo hay 12 Caballeros Dorados, y son los más fuertes de todos. Pero que solo haya 12 de ellos no significa que quienes no tenemos una Armadura de Oro seamos inferiores. Tan solo significa que hay alguien un poco mejor que nosotros, pero no que la diferencia sea abismal. ¡Megas Depranon! -atacó, y destrozó el escudo de Cebríones de un movimiento certero de su guadaña- ¿Siguen pensando que no somos más que pestes? -preparó la guadaña nuevamente, y tanto Cebríones como Polidamante se sorprendieron, pero materializaron sus espadas, y se lanzaron contra Odiseo.
Desierto de Troade. Afueras de las Puertas de Ilo.
-¿Qué estamos buscando, maestro Anfímaco? -preguntó Polixeno. La unidad de 50 soldados Aqueos había logrado asegurar ya varios cofres que les habían robado a los mercaderes quienes se dirigían a Troya, pero en lugar de preocuparse por seguir buscando a más mercaderes, Anfímaco buscaba algo más.
-Buscamos algo más importante que provisiones inútiles -le contestó Palamedes, arrojando un cofre con telas dentro de la carreta que habían traído-. Las telas no alimentan a ejércitos. Si bien es cierto que algunos traen comida, no es una cantidad que mantenga a esta ciudad. Se lo dije a Odiseo, es inútil cazar a estos mercaderes, por eso buscamos algo que haga más daño -le explicó.
-La búsqueda tendrá que esperar -interrumpió Anfímaco, mientras veía las puertas de Ilo abrirse-. Polixeno, Palamedes, para fortuna de ustedes soy de los que prefiere pelear solo. Por favor lleven estos tesoros al campamento Aqueo -les pidió, y comenzó a caminar tranquilamente en dirección a las puertas de Ilo.
-¡Espere, maestro! -se quejó Polixeno e intentó ir tras de él, pero Palamedes lo detuvo- ¡Suéltame! ¡Debo ir junto al maestro! -insistió Polixeno, pero Palamedes movió su cabeza en negación.
-Solo le estorbarás -aclaró Palamedes-. Escucha Polixeno. ¿Conoces la leyenda de Tideo, padre de Diomedes? -le preguntó, y Polixeno movió su cabeza en negación- Cuentan que, en cierta ocasión, Tideo, viajó a Tebas a hacer negociaciones previas a una guerra, y fue emboscado por 50 asesinos. Tideo los venció a todos él mismo, tras robarle la espada a uno de ellos -Polixeno se mostró impresionado, pero mientras veía a los guerreros de Troya acercarse, más deseaba ir al lado de su maestro-. Tideo era un Caballero Dorado, por eso podía matar a 50 soldados él mismo, incluso a más. Pero el poder de un Caballero Dorado es tan grande, que deben medirlo mientras están en un ejército, de lo contrario todos quienes están a su alrededor podrían morir por la tremenda fuerza que tienen. Anfímaco sabe esto, por eso no quiere que se acerquen -terminó de decirle, y observó-. En realidad, si los 12 Caballeros Dorados no estuvieran rodeados de tantos Aqueos, seguro podrían usar mejor sus poderes. Y Anfímaco está por demostrarlo -los guerreros Troyanos ya estaban muy cerca, pero Anfímaco seguía caminando sin preocupaciones.
-¿Un Caballero Dorado viene solo a la batalla? -se sorprendió un Espectro, inmenso, con la armadura de un Escarabajo- Esto es inaudito. Que nadie se meta en mi batalla. Yo, Stand de Escarabajo, Estrella Terrestre de la Fealdad, me colgaré de presea la coleta de este niño bonito -se acercó el Espectro.
¿Fealdad contra belleza? Me parece bien -extendió sus brazos Anfímaco, abriendo las manos, y de estas comenzó a emanar un humo rojizo que lo rodeó y se extendió por los alrededores-. Pero realmente no soy el ser bello que crees, Espectro. Básicamente soy el caballero más horrible que existe -sentenció, y la nube de humo envolvió a los 100 soldados Troyanos.
Mar Negro. Afueras de las Puertas de Esceas.
-¡Señor Héctor! ¡Mi señor Héctor! -afuera de las puertas de Esceas, los barcos mercantes seguían siendo hundidos. Aún sin los muelles para recibir a los mercaderes, Troya era una ciudad con una inmensa necesidad de comercio, por lo que Odiseo no había estado tan equivocado cuando había sugerido atacar a los comerciantes. Pero aún con el hundimiento de los barcos, y la escaramuza en las playas del Mar Negro, un joven Espectro corría evadiendo a todos sus atacantes tratando de llegar a Héctor, en ese momento resistiendo con su escudo los poderosos ataques de Teucro.
-¡Trueno Relampagueante! -enunciaba Teucro, lanzando cometas rodeados de electricidad, que Héctor repelía con todo su cuerpo pegado a su escudo, que comenzaba a ceder ante el tremendo poder de Teucro- ¡Terminaré con esto ahora! ¡Flecha de Sagitario! -preparó Teucro, pero Héctor, aprovechando la apertura, tacleó a Teucro aún con su escudo alzado, le derribó el arco, y entonces comenzó a atacarlo con su lanza.
-No eres tan fuerte sin tu arco, ¿verdad? ¡Ráfaga de la Corona! -atacó Héctor con 3 soles dibujándose en su cosmos, y lanzando las esferas de energía a Teucro, estallaron en su cuerpo, y lo lanzaron por la playa hasta uno de los barcos Salaminos, que comenzó a hundirse por el agujero que el cuerpo de Teucro había agrietado en su casco. El centinela que había estado acercándose a Héctor entonces lo interrumpió- ¿¡Qué!? -le gritó Héctor furioso, y el Espectro se ocultó el rostro detrás de su casco.
-¡Agatón de Sentinel, Estrella Terrestre del Escape! -se presentó el Espectro, de cabellera roja, escuálido, y con una Suplice muy similar a la de un soldado Troyano común, apenas y se distinguía que era un Espectro del resto del ejército.
-¡Ya sé quién eres, hermanastro! -se quejó Héctor- ¡Dime lo que quieres ahora y no me hagas perder el tiempo! -sentenció con molestia, y el tembloroso Espectro de la misma edad de Paris, respiró, se tranquilizó, y comenzó a hablar.
-Los 100 soldados enviados a defender las puertas de Ilo… los 100 han muerto -le explicó, más antes de que Héctor pudiera reaccionar, Agatón evadió acertadamente los ataques de unos Aqueos que se habían adentrado en la playa ganando terreno. Héctor los repelió, y aunque más intentaron matarlos, Agatón los evadía a todos con facilidad.
-En verdad eres el Espectro del Escape… -se burló Héctor, mientras atravesaba con su lanza a los atacantes, y se posaba frente a Agatón una vez más-. ¿Cuántos de los 50 Aqueos quedan? ¿Quién los lidera? -preguntó Héctor.
-Ninguno de los Aqueos murió… los lidera un Caballero Dorado, Anfímaco de Piscis, co-Rey de Élide -explicó, y aquello sorprendió a Héctor-. ¿Qué debemos hacer, señor? -le preguntó contrariado. Agatón entonces sintió una fuerza de cosmos, empujó a Héctor, y se contorsionó con agilidad, mientras una flecha dorada dirigida al corazón de Héctor erraba el blanco gracias a la intervención de Agatón, quien le había salvado la vida. Héctor entonces notó a Teucro parado en el agujero del barco Salamino, apuntando una segunda flecha en su dirección.
-De no ser por ti habría muerto. ¡Pero también tú eres quien me distrae! -lo reprendió Héctor- Contra un Caballero Dorado manda a Espectros Celestes. Anfímaco no es nadie importante, seguro pueden repelerlo. ¡Ahora vete! ¡Duplica al grupo de defensa de ser necesario! ¡Pero no me molestes con pequeñeces! -extendió sus alas Héctor, y se lanzó en contra de Teucro, ambos pasaron por el interior del barco, y este continuó hundiéndose más rápidamente, cayendo sobre Héctor y Teucro.
Desierto de Troade. Afueras de las Puertas de Ilo.
-¡Vienen más Troyanos! ¡Son el doble de antes! -gritó Polixeno, mientras los Aqueos mantenían una formación de defensa sobre una colina de arena mientras observaban a lo lejos a Anfímaco en medio de los restos de los 100 soldados que había asesinado con su nube venenosa- ¡Tenemos que ir! -insistía Polixeno.
-¡Ya te lo dije! -lo detenía Palamedes, tomando a Polixeno por la espalda- Un Caballero Dorado solo puede usar la magnitud completa de su poder si está solo. 100 o 200 soldados no son nada. Diomedes era capaz de asesinar a 799 hombres en combate él mismo, Anfímaco puede hacer lo mismo, solo confía en él -insistió Palamedes, aunque Polixeno no quería dejar solo a su maestro y seguía forcejeando.
-Al parecer ahora han enviado a un Espectro Celeste -se dijo a sí mismo Anfímaco-. Pero él es el único importante… el resto morirá sin siquiera tocarme… -la avanzada Troyana se posó a varios metros frente a Anfímaco, y un inmenso Espectro, más alto que 2 hombres juntos, con la armadura de una Tortuga Caimán con la boca formando su casco, y con una serpiente de fauces abiertas en su puño derecho rodeando un hacha de mandoble que el inmenso hombre blandía con una sola mano, se acercó a Anfímaco. El Espectro tenía la tez morena, barba muy larga y adornada con arillos de oro, tenía un ojo tuerto, y un tatuaje negro con la forma de una serpiente mordiéndolo-. ¿Serán mis oponentes? Como pueden ver ya he matado a muchos por mí mismo. Si fueran listos sabrían que no tienen oportunidad. Solo déjenme hacer mi trabajo y yo les perdonaré la vida… al menos… momentáneamente… porque estoy por causar mucha muerte… sin mover un solo dedo… -sentenció Anfímaco.
-¿Cómo podría un niño bonito como tú hacer eso? -preguntó el inmenso Espectro, apuntándolo con su hacha, pero aún a varios metros de distancia mientras observaba a los muertos alrededor de Anfímaco. Todos tenían expresiones de terror en sus rostros, pero no parecían haber sido atravesados por armas, ni mutilados de ninguna forma-. Mi nombre es Xechasméni de Gembu, Estrella Celeste de la Longevidad. He visto más guerras que cualquiera en Troya, no me explico cómo has asesinado a estos hombres. Exijo me digas lo que has hecho -se molestó.
-Lo sabrás… Espectro… todos lo sabrán… -fue la respuesta de Anfímaco, quien poseía una mirada de inmensa tristeza-. Todos van a saberlo, pero será demasiado tarde para que puedan hacer algo al respecto -Xechasméni pensó en qué debía hacer, Anfímaco estaba solo, pero era un Caballero Dorado, seguramente ocultaba un poder inmenso.
-Ustedes… -apuntó a un par de sus hombres-. Tráiganme su cabeza -sentenció, y los soldados prepararon sus armas, se lanzaron a Anfímaco, pero antes de llegar a donde él estaba comenzaron a ir más despacio, y de pronto cayeron al suelo, habían muerto-. ¿Qué Espectros? -se preguntó Xechasméni.
-¿Ves ahora porque no podemos ayudar a Anfímaco? -le preguntó Palamedes a Polixeno, quien no entendía lo que estaba pasando- Como Caballero Dorado, Anfímaco es fuerte, pero su verdadera fuerza no está en su cosmos, está en su sangre y en lo que puede hacer con ella. Basta elevar un poco su cosmos, y su sudor se convierte en un poderoso veneno, uno que es mortal. Nadie sobreviviría si combate junto a Anfímaco. Su propio sudor nos asesinaría a todos -le explicó, por lo que Polixeno comprendió que no podía hacer nada.
-¿Qué ha ocurrido, por qué no se levantan? ¡Ese Caballero Dorado ni siquiera ha elevado su cosmos! -se quejó Xechasméni, tomó a otro par, y los lanzó en dirección a Anfímaco- ¡Mátenlo! -les ordenó, y sus hombres obedecieron, pero tras acercarse, ellos murieron también- ¿Qué significa esto? -preguntó el gigante.
-Significa que eres un cobarde… -fue la respuesta de Anfímaco, quien comenzó a caminar lentamente en dirección al grupo de soldados Troyanos-. Todos van a morir, eso es inevitable, pero para ti que has actuado como un cobarde no te daré una muerte silenciosa y tranquila. Pretendo darte una muerte dolorosa por tu cobardía -en su mano se formó una Rosa Blanca, y comenzó a elevar su cosmos alrededor de esta.
-No me hagas reír, princesita. ¡Acabaré contigo y entregaré tu cadáver a los perros! -elevó su cosmos Xechasméni, y tomó su gran hacha, la rodeó con el mismo y se preparó para ejecutar a Anfímaco, pero de un movimiento rápido y certero, aún antes de que el hacha de Xechasméni pudiera caer al suelo, Anfímaco corrió a su lado, le clavó la Rosa Blanca en el pecho, y pasó por entre la multitud de soldados Troyanos que se sorprendieron por encontrarlo detrás de ellos-. ¿Qué es esto? ¿Una flor? -se preguntó Xechasméni, intentando alcanzarla, pero los nervios de su cuerpo no cooperaban.
-Si te esfuerzas en arrancártela te morderá el corazón y morirás más rápido -le explicó Anfímaco-. Esa es la Rosa Sangrienta. Se alimentará de tu sangre, tiñéndose de rojo, y cuando no quede gota alguna se convertirá en una hermosa rosa carmesí, es una muerte lenta y dolorosa, además de inevitable -terminó con su explicación.
-¡Malnacido! -se quejó Xechasméni, alcanzó a darse la vuelta, y apuntó con su hacha- ¡A aquel que me traiga su cabeza lo haré el soldado más rico en toda Troya! ¡Acaben con él! -ordenó, pero su ejército no se movía- ¿Acaso no me han escuchado? -preguntó.
-Los muertos no escuchan, Xechasméni… -le explicó Anfímaco, y poco a poco los hombres de Xechasméni comenzaron a desplomarse contra las arenas del desierto, con las miradas inertes, y el pánico que les causaba el no poder respirar-. Pudiste haber tenido una muerte así de sutil, pero demostraste ser todo un cobarde… -enunció mientras se acercaba. Xechasméni intentó tomar su hacha, pero la Rosa Sangrienta se clavó más profundo en su pecho, causándole un terrible dolor. Tan intenso era el dolor que las lágrimas se escapaban de sus ojos-. Aún puedes tener esa muerte tranquila, si cooperas conmigo y me dices lo que quiero saber. El rio que alimenta las granjas de Troya. ¿Dónde está? ¿Es el rio Escamandro en el que Poseidón selló a Hades? ¿O es el rio Simois? ¿Cuál es su cauce? -le preguntó, y mientras se acercaba, Xechasméni veía su rostro convertirse en el rostro de un demonio por la influencia del veneno, sin percatarse de que la inmensa Serpiente Oscura de colmillos de relámpagos no era una alucinación, y había sido convocada por Anfímaco para comerse su alma.
Mar Negro. Afueras de las Puertas de Esceas.
-¡Héctor! ¡Héctooooor! -llegó Agatón a las costas del Mar Negro, donde una explosión de cosmos hizo que las aguas se tornaran violentas, mientras Teucro de un puñetazo, se las había arreglado para lanzar a Héctor fuera del agua- ¿Hermanastro? -se preocupó Agatón, cuidando de Héctor, quien se encontraba mal herido.
-Lo he conseguido… muy apenas… -se desplomó Teucro en la playa, sumamente cansado por su batalla con Héctor-. ¿Qué clase de Espectro es Héctor? De no ser porque este niño lo distrajo en ese último segundo, ya tendría su lanza atravesándome el corazón -Agatón observó el ala de la Armadura de Sagitario perforada por la lanza de Héctor, y comprendió en ese momento que, de no haber llegado para distraerlo, Héctor habría asesinado a Teucro. Además de eso, en la distracción, Teucro se las había arreglado para darle tal golpe a Héctor con toda su fuerza, que el Troyano se encontraba noqueado-. Tengo que terminar con él… es demasiado fuerte para dejarlo con vida… -se arrancó la lanza Teucro, y caminó en dirección a Héctor, preparándose para asestarle el golpe final mientras estaba inconsciente.
-¡No te acercarás a mi hermanastro! -se interpuso Agatón, con su espada en mano, y Teucro se detuvo al mirarlo, observando las lágrimas de miedo que le caían por los ojos, y conmoviéndose- ¡Puede que no seamos hermanos de la misma madre, pero yo lo quiero como si así fuera! ¡No te dejaré que lo lastimes! -enunció, elevando su cosmos, el cual era sorprendentemente alto.
-¿Hermanastro? -se preguntó Teucro, recordó a Áyax, y su mente vagó momentáneamente por los recuerdos mientras veía frente a sí mismo a un Teucro de hace años, llorando por el miedo, pero protegiendo a su hermano.
Hélade. Salamina. Hace 10 años.
-¡Hermanastro, despierta! ¡Hermanastro! -hace 10 años, cuando Teucro y Áyax eran aún unos niños, el incluso enorme para su edad de Áyax se había caído de una ladera en Salamina intentando rescatar a un cachorrito que en esos momentos le lamía el rostro intentando despertarlo. Áyax tenía un enorme chichón en la cabeza por haberse caído desde semejante altura y aterrizar con la cabeza tras usar su enorme cuerpo para proteger al cachorrito. Pero no era que Áyax estuviera lastimado lo que preocupaba a Teucro, él sabía que su hermano era resistente, pero en esos momentos tanto Teucro como Áyax estaban en gran peligro. Una loba hambrienta los había elegido como aperitivos, y toda su jauría los rodeaba en esos momentos- ¡No voy a dejar que se coman a mi hermano! -lloraba Teucro, temblando de miedo, con lágrimas en sus ojos, pero protegiendo a Áyax con su cuerpo- ¡Cómanme a mí si quieren, pero… mi hermanastro es bueno! ¡Siempre me ha protegido! ¡Siempre ha estado allí para mí! ¡Se cayó de ese risco porque yo le pedí que salvara a ese cachorro! ¡Yo no soy más que un cobarde que no puede hacer nada bien y dependo enteramente de mi hermano! Pero… por una vez… quiero ser útil para él… cómanme… pero prométanme que lo van a dejar vivir… -se ofreció Teucro, y la loba se lanzó a Teucro, quien lloró asustado, pero para fortuna de Teucro, Áyax había despertado, y tomaba a la loba del pescuezo, furioso.
-Así que quieres comerte a mi hermanito, ¿verdad? ¡Tú me pareces sabrosa también! ¡Gran Mordida! -gritó Áyax, mordiendo la pata de la loba con fuerza, antes de lanzarla a un árbol, donde comenzó a lamerse la pata adolorida- Ahora lobitos… o se van a buscarse un conejito indefenso que cenar, o yo me los ceno a ustedes -los amenazó, y aunque los lobos no podían entenderlo, huyeron asustados al ver lo imponente que era Áyax-. ¡Salvé al perrito! ¡Le pondré Pindaro, pero tú lo vas a cuidar! -sentenció Áyax apuntando a Teucro, quien se había orinado del miedo- ¡Ah! ¡Padre va a estar muy enojado si ve que te orinaste encima! -se horrorizó.
-Pero… tenía mucho miedo, hermano… -lloró Teucro-. Yo quería protegerte, hice todo lo que pude, pero de verdad soy un inútil. Estaba muy asustado -lloriqueó Teucro.
-¡Deja de llorar! -le gritaba Áyax, y Teucro se tragó las lágrimas- Dame tus calzones, los voy a lavar, puedes usar los míos por mientras -le lanzó sus calzones rudamente al rostro, y Teucro lo miró con tristeza, aspirando para tragarse los mocos que se le escapaban-. Deja de preocuparte, proteger a los hermanos menores es el trabajo del hermano mayor. Así que descuida, Áyax siempre va a estar allí para cuidarte. Quien sabe, tal vez algún día me regreses el favor, como, por ejemplo, asegurándote de que Pindaro tenga un buen hogar, yo no soy muy responsable que digamos -le entregó Áyax al perrito, y este le lamió el rostro, arrebatándole a Teucro una sonrisa-. ¿Sabes? Si no te ponías a llorar como una niña, ni me despertaba y era cena de lobo. Así que gracias, Teucro. Lograste salvar a tu hermano después de todo -le frotó los cabellos Áyax, y Teucro sonrió con alegría.
Mar Negro. Afueras de las Puertas de Esceas.
-No puedo hacerlo… no puedo… arrebatarle a su hermano mayor a alguien -encajó Teucro la lanza de Héctor en la arena, y miró a Agatón, quien se moría de miedo-. Estamos en guerra, eso lo sé… puede ser un error muy grande, eso lo sé también… ya he matado a muchos, seguro les he quitado a sus hermanos y hermanas también… pero… simplemente no los conocía… -comenzó a llorar Teucro, y Agatón se mostró sorprendido-. Dime chico, ¿sabes por qué los soldados usan cascos? -Agatón lo negó, sin saber qué decir- Una flecha bien dirigida te atraviesa el cráneo, con o sin el casco… el casco tiene otra funcionalidad de la que nadie habla. Te cubre el rostro, así cuando matas a alguien no conoces su rostro, ni te importa si es joven o viejo, si tiene miedo o es un valiente guerrero, tú solo vez un casco. Porque cuando vez el rostro de a quien enfrentas, ya es más personal, vez a un joven, a un anciano, a un cobarde, a un valiente, vez a tus propios hermanos y primos, a tus padres. La guerra no es para los cobardes -concluyó Teucro-. Ahora… antes de que cambie de parecer… llévate a Héctor, y dale un enorme abrazo a tu hermano… podría ser la última vez que lo veas, y no querrías verlo partir sin darle ese último abrazo… -Teucro se dio la vuelta entonces, comenzó a elevar su cosmos, y divisó a Odiseo combatiendo a Polidamante y a Cebríones, y fue en su auxilio-. ¡Trueno Relampagueante! -gritó, su cosmos estalló, y en la distracción Agatón tiró del cuerpo de Héctor.
-¡Abran las puertas! ¡Agatón de Sentinel, Estrella Terrestre del Escape e hijo de Príamo se los ordena! -ordenó Agatón, y las puertas se abrieron, solo lo suficiente para dejarlos pasar. Inmediatamente, los médicos fueron a ayudar a Héctor, quien seguía tendido e inconsciente- Yo… tengo que hacer algo por mi hermanastro… aligerarle la carga… no podemos seguir así… tengo que encontrar mi valor… -tomó su lanza Agatón, y la determinación en su rostro sorprendió a todos-. ¡Quiero a 500 soldados conmigo! ¡Iremos al desierto y acabaremos con ese Caballero Dorado que ha asesinado sin corazón a nuestros hermanos! ¡Ahora! -ordenó Agatón, y los voluntarios comenzaron a llegar a ponerse a sus servicios.
Desierto de Trode. Orillas del rio Simois.
-Así que este es el rio que alimenta a Troya -concluyó Palamedes, a una distancia aceptable de donde se encontraba Anfímaco. Ya había comenzado a oscurecer, por lo que no peligraban tanto por el sudor de Anfímaco, pero aun así no era muy inteligente acercársele-. Desafortunadamente, es el mismo rio del que bebemos nosotros -concluyó Palamedes.
-Razón por la cual me dejarán aquí solo y advertirán a los demás de que queda prohibido beber de este rio -comenzó a quitarse la Armadura de Piscis Anfímaco, desnudándose por completo, y mirando a las aguas-. No esperaré mucho… hace frio, y aún estamos en peligro. Vayan rápido -finalizó Anfímaco, pero Polixeno se rehusó.
-¡Me quedaré con usted, maestro! -intentó convencerlo Polixeno, pero Anfímaco lo negó- Pero maestro, ¿y si vienen demasiados? -el temor era más que evidente en el rostro de Polixeno. Ya había perdido a su padre antes, no deseaba perder a su maestro.
-Calcas dice que no ha llegado mi momento de morir… despreocúpate… -le sonrió Anfímaco, y Polixeno asintió a duras penas, y se reunió con Palamedes y emprendió la huida-. Aunque sí dijo que no regresaría a casa. ¿Me pregunto si eso significa que perderé el rumbo, o que encontraré la muerte en Troya? Sea cual sea la razón… debo dejarte preparado para la llegada de ese día, Polixeno… por eso no puedo dejarte combatir hasta que estés listo… -se dijo a sí mismo Anfímaco, mientras entraba en el agua, y se relajó en su interior-. Que tranquilidad… -se susurró a sí mismo Anfímaco, pero esta tranquilidad fue interrumpida por la avanzada Troyana que comenzó a rodear el rio, apuntando sus lanzas en su dirección.
-Lograste derrotar a 300 hombres… pero tu suerte acaba de terminarse… yo, Agatón de Sentinel, Estrella Terrestre del Escape, seré tu verdugo -escuchó Anfímaco, mientras veía a Agatón bajar de su caballo, y entrar en el rio con su lanza preparada-. No haré preguntas… no tomaré prisioneros… tan solo te desapareceré de este mundo… -apuntó su lanza al cuello de Anfímaco, quien comenzó a ponerse de pie lentamente, aterrando a Agatón, quien pese a sus palabras volvía a ser aquel joven cobarde.
-Tienes más valentía que ese Espectro al que asesiné frente a las puertas de Ilo -le explicó Anfímaco, y Agatón lanzó su estocada, y aunque Anfímaco la evadió, esta le cortó la piel por encima de la ceja-. Te he permitido esta cortesía por tu valentía. Cuando regrese al campamento comentaré que Agatón de Sentinel, la Estrella Terrestre del Escape, logró herirme con su lanza, y que tendré que pasar varios días en cama por el dolor de su poderoso ataque -tomó Anfímaco la lanza de Agatón, y la clavó en su hombro derecho con fuerza, sorprendiendo a Agatón, y a los soldados Troyanos que no comprendían lo que estaba pasando-. Así al menos… te recordarán como a un héroe valiente, no como a Xechasméni, cuyo nombre jamás será recordado -finalizó, y su sangre comenzó a evaporarse por la fuerza de su cosmos, y Agatón comenzó a vomitar sangre. La sangre de Anfímaco y la de Agatón comenzaron a manchar el rio, y la gran mancha continuó su camino, en dirección a Troya.
Troya. Primera Ciudadela, Capis.
-¡Agatón! -gritó Héctor horrorizado, despertando de su trance. Los médicos aún intentaban ayudarlo, pero Héctor se puso de pie, observando a sus alrededores, encontrando a sus amigos Polidamante y Cebríones siendo atendidos por sus heridas, pero no había señal alguna de Agatón- ¡Cebríones! -se levantó Héctor, caminando hacia su hermanastro- ¿Qué ocurrió? -le preguntó, sintiéndose sumamente adolorido.
-Te noquearon, Héctor -le respondió Cebríones, mientras le vendaban el brazo los médicos-. Ese tal Teucro es una bestia, Polidamante y yo apenas y teníamos oportunidad contra Odiseo, pero cuando Teucro llegó, tuvimos que emprender la huida. Los Aqueos se retiraron también, pero creo que por fin nos ganaron una -finalizó.
-¿Dónde está Agatón? -preguntó Héctor impaciente, aunque aun sintiéndose mareado por el tremendo golpe que le había dado Teucro- ¿Dónde? -tomó a Cebríones de los hombros, exigiendo respuestas, Polidamante tuvo que interponerse para separarlos.
-Lo último que supimos fue que tomó a 500 hombres y salió por las puertas de Ilo cazando a un Caballero Dorado -terminó de explicar Polidamante, por lo que Héctor se apresuró a los establos, tomó el primer caballo que encontró y salió en búsqueda de su hermano-. Espera Héctor, ¿a dónde vas? -preguntó.
-A traer a mi hermano devuelta -le respondió Héctor, ordenando a su caballo moverse rápidamente, teniendo un mal presentimiento sobre el destino de Agatón.
Desierto de Troade. Orillas del rio Simois.
-Ya estás muerto de todas formas… deja de luchar y entrégate al reino de tu dios… solo estás postergando lo inevitable -le explicaba Anfímaco a Agatón, quien se había quitado la protección del pecho de su Suplice intentando respirar-. En estos momentos tus órganos internos están desasiéndose, seas un Espectro o no, incluso si sobrevivieras quedarías incapacitado de por vida. No he usado mi veneno más agresivo aún, pero por tu bienestar tal vez debería acabar con tu sufrimiento ahora… -se le acercó Anfímaco, pero entonces sintió un cosmos tremendo, y vio volar una lanza, intentó evadirla, pero esta se clavó en su hombro izquierdo-. Maldición… -se quejó de dolor Anfímaco, mientras más de su sangre caía por el rio.
-¡Agatón! -bajó de su caballo Héctor, y en ese momento comenzó a vomitar sangre- ¿Veneno? -se preguntó, cubriéndose el rostro con su capa, y mirando al Caballero desnudo en el agua del rio Simois- ¿Qué truco sucio has usado? ¡Cobarde! -elevó su cosmos Héctor, aunque su visión comenzaba a deteriorarse.
-Ah… Héctor… -salió del agua malherido Anfímaco, y un mareado Héctor apenas y podía mantenerse en pie-. Perdona… a ti no deseo irrespetarte como a los demás. Me colocaré mi Armadura Dorada para combatirte si es lo que deseas, pero… si combatimos… aún en tu estado… puede que me venzas, pero ese chico morirá… -Héctor enfureció, tomó su lanza del cuerpo de Anfímaco, y se la arrancó con fuerza-. Eso no ha sido muy gentil… -se quejó Anfímaco, cayendo en sus rodillas, mientras Héctor le apuntaba la lanza al rostro-. Créeme… Héctor… aún si lo intentas, no te será tan fácil. ¿Vas a dejar a ese chico morir por intentar asesinarme? -lo observó Anfímaco con una sonrisa malévola, y Héctor se repugnó.
-Debería matarte… -bajó su lanza Héctor, y cargó a Agatón en sus brazos-. Pero un Caballero Dorado me perdonó la vida, en compensación yo te perdono a ti la vida también. Pero conserva estas palabras en tu mente, Anfímaco de Piscis… seré yo quien te asesine, con mi lanza saliéndote por el pecho, en el nombre de Hades, yo lo juro -subió Héctor a su caballo, y cabalgó lo más rápido que pudo en dirección a Troya.
-Calcas tenía razón… -se levantó Anfímaco, y volvió a meterse en el rio, ahora con más sangre manchando las aguas-. No moriré hoy… pero… es probable que lo que dijo sobre que no regresaré jamás a Élide… sea porque no voy a sobrevivir a esta guerra… -sonrió Anfímaco, mirando a las estrellas, encontrando su propia constelación en ellas-. Para entonces… espero que estés listo, Polixeno… -volvió a recostarse Anfímaco en el agua entonces-. Esto es… sumamente agradable -finalizó, y se quedó dormido, mientras Tártaros, oculto en lo oscuro de la noche, seguía al caballo de Héctor saboreando el alma de Agatón.
Troya. Quinta Ciudadela, Calíorre.
-¡Andrómaca! -gritó Héctor a la llegada a su casa, asustando a su esposa, quien en esos momentos hacía la cena- Pronto… trae agua para Agatón, iré por Heleno, él sabrá qué hacer -colocó Héctor a Agatón en su cama, y Andrómaca comenzó a atenderlo, a limpiarle las heridas, mientras Héctor salía a paso apresurado y se dirigía a la Décima Ciudadela, Illión, en búsqueda de su hermano Heleno. Mientras lo hacía, no vio a la inmensa Serpiente Oscura reducir su tamaño, entrar a la casa de Héctor, y buscar a Agatón. Héctor continuó su carrera a Illión buscado a Heleno, pero se sorprendió de encontrarlo en Calíorre saliendo de la casa de un ciudadano-. ¡Heleno! ¿Qué haces aquí? ¡No importa, te necesito! -enunció.
-Más de media Troya me necesita en estos momentos -explicó Heleno, y Héctor vio a varios ciudadanos en el suelo convulsionándose del dolor, o vomitando sangre-. Algo ha pasado, Héctor -le explicaba Heleno, mientras más y más Troyanos caían por las calles-. No solo es la gente, también son las granjas… todas nuestras cosechas se marchitaron en un instante, nuestros animales murieron, no sé lo que está pasando, pero esto es muy serio. No puedo ir a atender a un soldado malherido ahora -le explicaba Heleno.
-¡Ese soldado malherido es tu hermanastro, Agatón! -le gritó Héctor, y tiró de Heleno en dirección a su casa, empujándolo dentro- Ahora ve allí y… -apuntó Héctor, pero entonces encontró a su esposa Andrómaca con los ojos ahogados en lágrimas-. ¿Qué ocurrió? ¡Agatón! -empujó Héctor a Andrómaca, y el plato con agua que había estado cargando se derramó en el suelo. Heleno ayudó a Andrómaca a ponerse de pie, y entonces se sorprendió de lo que vio derramado en el suelo- Está… muerto… -lloró Héctor-. ¿Qué ocurrió? Estaba mal pero aún se anclaba a la vida -para Héctor no tenía sentido.
-Yo solo le di un poco de agua… -lloró Andrómaca en preocupación, abrazándose las rodillas mientras el dolor la consumía. Era la primera vez que veía a alguien morir.
-Veneno… -interrumpió Heleno, observando el líquido que manchaba la madera de la casa de Héctor-. Veneno… hay veneno en el agua… -Andrómaca se horrorizó, y Héctor recordó a Anfímaco bañándose en las aguas del rio Simois, y supo lo que había ocurrido-. Llamaré a mis médicos, a todos ellos. Mientras tanto, ordena a tus hombres que corran la voz, nadie debe beber agua hasta que el rio esté limpio. ¡Hazlo! -ordenó Heleno, corriendo al palacio Troyano, era la prioridad avisar a la familia real.
-Lo mataré… -lloró Héctor, su cosmos creciendo más y más-. Lo mataré… -abrazó el cuerpo sin vida de Agatón, mientras sus lágrimas le caían encima-. ¡Lo mataré! -el gritó de Héctor hizo temblar a la tierra, había perdido a su hermano, y su pueblo moría a su alrededor.
Campamentos Aqueos.
-¿Esto es todo? -preguntó Agamenón algo sorprendido, mientras se colocaban los tesoros robados a los mercaderes asesinados sobre la arena frente a la Tienda del Consejo, y no llegaban siquiera a los 20 cofres de oro, telas, o alimentos-. Tengo que decir que el resultado de tu plan, Odiseo, es deprimente -señaló Agamenón.
-Eran demasiados soldados, mi señor -le explicaba Odiseo-. Hundimos los barcos y quemamos las mercancías que pudimos. Le aseguro que cualquier tesoro que no esté presente aquí, o se encuentra en el fondo del mar o ya es cenizas. Si nosotros no los rescatamos, tampoco los Troyanos -comentó.
-Pero… el objetivo era el apoderarnos de víveres… -entristeció Shana, viendo que todos los tesoros eran valiosos, pero no comestibles-. Si seguimos así, tendremos muchos problemas por escases de alimento. Tenemos que alimentar a más de 100,000 hombres -les recordó.
-Como les había dicho, el plan de Odiseo fue un rotundo fracaso -habló Palamedes, llegando al campamento junto a Polixeno, y un malherido Anfímaco-. Pero esté tranquila, mi diosa Athena. Gracias a mi plan, trazado junto a Anfímaco de Piscis, tendremos suficiente tiempo para abastecernos de alimento mientras los Troyanos mueren envenenados o de hambre -le explicó Palamedes.
-¡Oye Palamedes! -escucharon todos la poderosa voz de Áyax, quien llegaba enjabonado, y con apenas un calzoncillo cubriéndole sus partes- ¿Qué fue eso de que no puedo meterme a bañar en el rio Simois? ¡Tengo un día de baño por Luna y es muy importante para mí! ¡Lo estás interrumpiendo! -se fastidió Áyax.
-Si han de bañarse lo harán en la playa, aunque el agua no sea igual de limpia -mencionó Anfímaco con debilidad-. Si han de beber, lo harán de nuestras ánforas, y estas no se volverán a llenar en al menos 3 Lunas más. Las ánforas deberán llenarse del rio creado por Aquiles, jamás de Simois -continuó explicando Anfímaco-. Quien beba del rio Simois, o se bañe en él, estará bebiendo mi sangre y frotándosela en el cuerpo. Lo que me recuerda que debo alejarme del campamento por un tiempo, hasta que mis heridas sanen. Ya que nadie puede curarme más que yo mismo. Si alguien me toca podría morir -cayó en su rodilla Anfímaco, y Polixeno intentó ir en su auxilio-. ¡No me toques! -le gritó con fuerza- O el destino de Troya… será también tu destino… Polixeno… -se puso de pie débilmente Anfímaco, e hizo una reverencia a Shana-. Cuenten… a los hombres… que mi sangre como veneno ha enfermado a Troya… cuenten también… que Agatón de Sentinel… valiente hijo de Príamo… me ha doblegado en batalla, y que es por él que Anfímaco no puede participar más… al menos no hasta recuperarme por completo. Ahora… si me disculpan… acamparé yo solo lejos del campamento principal… con su permiso… -terminó Anfímaco, y caminó lenta y débilmente, lejos de a quienes podría envenenar.
-El co-rey de Élide no pudo haberlo explicado mejor -volvió a decir Palamedes-. Yo sabía que el plan de Odiseo estaba lleno de huecos en la planeación, que no era lo suficientemente bueno. Así que me tomé la libertad de idear un plan de contingencia -se acercó a Agamenón, y se arrodilló-. Necesitamos víveres, demasiados, y no tenemos tiempo para obtenerlos. Era indispensable ganar ese tiempo, así que hemos envenenado el rio Simois, el agua matará a su ganado, a sus cosechas, y a su gente. Estarán tan desesperados como nosotros de obtener alimento, pero no podrán salir de sus murallas porque los mataríamos al primer intento. Mientras tanto, hay varios pueblos alrededor de Troya, reinos sin muralla inclusive. Si enviamos a nuestros hombres a esos pueblos y saqueamos tendremos alimento para nuestros hombres, mientras mantenemos a Troya encerrada dentro de sus murallas muriéndose de hambre -terminó de explicar Palamedes.
-Pero le estaríamos haciendo la guerra no solo a Troya, sino a todos los pueblos de los alrededores. ¿Qué los detendrá de hacernos frente? -preguntó Odiseo con molestia, sabiendo que no era una buena idea tampoco.
-¡Somos un ejército de 30 reinos! -le recordó Palamedes- ¡Déjalos venir, tendremos más riquezas si deciden hacernos frente! Además, no tenemos otra alternativa. O hacemos la guerra a los otros pueblos, o morimos de hambre aquí -sentenció.
-Me gusta la idea -mencionó Agamenón-. No podemos enviar a nuestros hombres por víveres de regreso a Aullis o a Tenedos, así que tendremos que obtener los recursos de los pueblos en los alrededores. Si cooperan y nos dan alimento pacíficamente, los recompensaremos, inclusive les daremos protección. Si se niegan, lo tomaremos como una alianza a Troya y saquearemos sus ciudades -finalizó Agamenón.
-No me agrada… -susurró Shana, y Poseidón a su lado se mostró intranquilo por las preocupaciones de su sobrina-. Pero es verdad que no hay otra opción. Solo les pido que busquen siempre la solución pacífica antes de recurrir a la guerra, y si a esta se recurre, no asesinarán desalmadamente. Tomarán lo indispensable, y se retirarán. Es una orden -todos obedecieron y reverenciaron ante esas palabras.
-Y a Palamedes -se le acercó Agamenón-. Tendrás una gran recompensa por tu idea. Veré que Acamante te separe una cantidad justa del botín. Y Odiseo, harías bien en aprender de Palamedes -se alegró Agamenón, y se retiró. Palamedes se burló también y siguió a Agamenón en dirección a la Tienda del Consejo, Odiseo tan solo enfureció e hizo una rabieta.
-Estamos del mismo lado, Odiseo -le recordó Diomedes, y Odiseo lo miró con molestia-. Sé que los planes de Palamedes pueden parecer… crueles, y que tú estás evitando masacres innecesarias, pero… es lo mejor, y eso no te hace menos. Yo comprendo tu descontento -le aclaró.
-No necesito ser un genio para saber lo que va a pasar ahora, Diomedes -le respondió Odiseo-. Palamedes ha ganado el favor de Agamenón, y va a ordenar tonterías que nos harán mucho daño. Si tuviera que pensar de manera belicosa, hay un lugar que nos proporcionaría el equilibrio táctico y alimenticio que necesitamos para abastecer a nuestro ejército, y está allí, en Dárdanos -apuntó Odiseo, sin darse cuenta de que Palamedes escuchaba mientras se escondía del otro lado de la Tienda del Consejo-. ¿Pero sabes lo que pasará si Dárdanos es atacada? Eneas, el más influyente de los primos de Príamo, con quien está enemistado, encontrará a un enemigo en común con Troya y se unirá a la guerra. Los territorios neutrales lo son solamente porque no les afecta la guerra. Pero si Dárdanos es atacada… la neutralidad se acabó, no solo de Dárdanos. Todos los pueblos cercanos nos harán la guerra. Somos 30 reinos contra 1. ¿Quieren hacerlo 30 contra 30? Adelante, ataquen Dárdanos. Palamedes es un peligro, y se darán cuenta de ello a la mala -finalizó, empujó a Diomedes, y comenzó a retirarse.
-Alto allí -se molestó Diomedes, y Odiseo se detuvo-. Voy a decirlo solo una vez… porque al parecer no te detienes a recordarlo. Eres mi amigo, Odiseo -se acercó Diomedes a Odiseo, y le dio un tremendo golpe en la nuca, por lo que Odiseo se viró a verlo con molestia, y encontró a Diomedes molesto y pegando su frente contra la suya-. ¡El mejor de todos! ¡Así que deja de ponerte celoso por Palamedes! ¡Entre él y Odiseo, elegiré siempre a Odiseo! -se sorprendió Odiseo, y Palamedes se sorprendió de igual manera- Aprecio a Palamedes, su sabiduría me ha enseñado mucho. Pero solo a uno llamaría hermano, y ese eres tú, Odiseo. Así que vuelve a ser mi hermano -le tendió la mano Diomedes, y Odiseo la miró fijamente, y la tomó.
-Perdóname… hermano… -se disculpó Odiseo, en su rostro se reflejaba tranquilidad después de mucho tiempo, como si una piedra pareciera habérsele caído de la espalda, se sentía más ligero-. Es solo que la guerra es demasiado… no me atrevo a equivocarme. ¿Qué pasa si me equivoco y muchos pierden la vida por mis decisiones? -se preguntó Odiseo.
-Entonces dejas que tu hermano te ayude a enmendar tus errores. Para eso son los hermanos -le espetó Diomedes, y Odiseo asintió-. Si llega el momento de votar por invadir Dárdanos, estaré a tu lado negándome rotundamente -sentenció, y Palamedes, aún oculto dentro de la tienda, enfureció por la noticia.
-¡Gran Abrazo! -escucharon Diomedes y Odiseo, y Áyax el Grande llegó junto a Menesteo de la Osa Mayor. Áyax tomó a Diomedes en un potente abrazo, y Menesteo hizo lo mismo con Odiseo- ¡Ya encontramos compañeros de bebida, Menesteo! -se alegró Áyax el Grande.
-¡Así es, Áyax! -se alegró Menesteo, y ambos soltaron a Diomedes y a Odiseo- Se les veía muy tensos, amigos, así que acepten la invitación de este par para beber. Tenemos vinos de Salamina y de Atenas, veamos quien bebe más -los retó Menesteo.
-¿El par de gigantes contra la dupla más grande de los Aqueos? Prepárense a perder -sentenció Odiseo, poniéndose de pie, Diomedes se alegró de igual manera-. Podemos con ellos, ¿verdad? -celebró Odiseo.
-No me lo perdería por nada -se alegró Diomedes también, intercambiando miradas de rivalidad con Áyax-. Si Palamedes te molestaba a ti, este me molestaba a mí. Pero lo toleraré. Anda Áyax, voy a ahogarte en vino -lo retó Diomedes.
-¡Así se habla! ¡Vamos a celebrar la primera victoria Aquea en mucho tiempo! -rugió Áyax con alegría, era evidente que ya llevaba varias copas encima- ¡Oye Diomedes! ¿Tú sabes cuál es el orgullo de un Leo? ¡Pues el Peneleo! ¡JAJAJAJAJA! -se burló Áyax.
-¡Si Peneleo de Dragón Marino te escucha decir ese chiste de mal gusto, el que terminará sin Peneleo va a ser otro, Áyax! -se fastidió Diomedes, mientras Áyax los guiaba a ambos a las tiendas donde celebrarían bebiendo a lo grande, como si los víveres fueran eternos.
Troya. Cuarta Ciudadela, Cleopatra.
-Ya son más de 5,000 los muertos… -mencionaba Heleno, mientras reunían a los muertos por envenenamiento en el coliseo donde solían celebrarse los juegos en honor a los dioses, mientras Héctor miraba el cuerpo inerte de Agatón en la cima de la montaña de cuerpos, y los sacerdotes se preparaban para prenderles fuego, e iniciar con los ritos fúnebres-. El veneno no distingue entre niños o adultos, mujeres u hombres, ricos o pobres… todos mueren por igual. Pero si nos hubiéramos enterado antes… tal vez… muchos se habrían salvado -explicó Heleno, mientras los sacerdotes prendían fuego a los cadáveres.
-¿Teníamos un hermanastro llamado Agatón? Seguro era bastardo porque no lo conocía -se burló Trolio, quien estaba presente en la quema de los cadáveres, rindiendo respeto a un familiar caído al igual que el resto de la familia de Príamo, el rey quien lloraba a Agatón del otro lado de la pira-. Yo hubiera derrotado al Caballero Dorado de Piscis, pero me tienen prohibido pelear. ¿Quién sabrá por qué? -se preguntó Trolio.
-Porque Casandra dijo que si morías Troya caería… imbécil… -se susurró Heleno, recordando las profecías de su hermana, pero Héctor, quien no las conocía, se dirigió a Trolio con molestia, tomándolo inclusive del cuello.
-En señal de luto por nuestro hermano caído… Trolio… -le espetó Héctor con desprecio-. Irás a Dárdanos con una solicitud para el rey Eneas. Le pedirás perdón por las palabras de Príamo, y le suplicarás unirse a nuestra causa, por el insulto a nuestra familia. Recordándole que Príamo es su hermano de guerra y familiar por su matrimonio con Creúsa, y que por ello le debe su lealtad -lo empujó entonces Héctor, derribándolo, y entonces se retiró, furioso, decidido aún más que antes a aniquilar a los malnacidos Aqueos que en un acto tan cobarde, se habían cobrado las vidas de más de 5,000 Troyanos envenenando sus aguas.
