El castigo divino es más cruel de lo esperado, pero yo no me rindo y le sigo teniendo esperanza a esta historia. En fin, ¿qué se le va a hacer si yo fui el que abandonó? Guerras Doradas tiene capítulos con 0 reviews y se convirtió en lo que es hoy, supongo que la situación cambiará pronto, espero. Mientras tanto a contestar reviews, los pocos que hay T_T. ¿Ya enserio es porque estos capítulos han estado malos?
dafguerrero: Al menos siempre puedo contar con tu review, voto de confianza. Qué bueno que te dio risa la parte de Trolio y Aquiles, fue muy difícil de acomodar en la historia a decir verdad, y poco a poco voy introduciendo personajes importantes que son parte vital de la trama, bravo por mí. Tú que ya leíste Guerras Doradas seguro vas a recordar a cierto grupo de personajes que salen en este capítulo, veamos como reaccionas al respecto. No es fácil escribir de Afrodita, es una diosa importante en la guerra, pero no me sirve como una diosa en la guerra, así que su papel como Creúsa es un papel más de intelecto que de batalla, claro que su personaje está evolucionando, y su humanidad está despertando al elegir un recipiente de su alma, y todo esto tiene una razón de ser, hablando de recipientes, cierto dios que no puedo dejar de mencionar en todas mis historias hace una breve pero impactante aparición… y viene a complicarme más la ya de por sí complicada historia. La relación entre Afrodita y Eneas sí puede parecerte Mórbida, pero… a quien engaño, no puedo refutar eso. Trato de mantener un equilibrio entre la hermandad Aquea y la guerra, claro no siempre se puede, pero de momento espero poder hacer llegar más momentos como el de la borrachera en la tienda de Áyax. No entendí ni maíz paloma del proverbio Panameño, lo siento. Sobre Diomedes, en este capítulo no sale, solo un poco al final como un previo a lo que está por suceder, y para que no se me olvide que sigue la verdad, jajaja. Sobre Palamedes, su historia de rivalidad con Odiseo continua, y tendrá su cúspide en el siguiente capítulo, creo, no creo poder centrarlo al 100 por cierto en Diomedes. Y no vas a encontrar nada de Anficlas en la Deep Web, por cierto, no deberías entrar allí, es ilegal.
PandoraRomanus: Bienvenida Pandora, tú no hagas caso a lo antiguo de la historia, esta ya es la 4 actualización en menos de un mes, lo que ni es normal en mí, ni es normal el abandono total en que me tienen T_T. Luego porque se desaparecen los autores, (amenaza de político), jajaja es chiste. Debes ser escorpio, por lo del lado pervertido, jajaja, tranquila, ya casi se cuece ese arroz, no pasa de 2 capítulos más el que sepas qué pasa. Sobre el Aquiles de Guerras Doradas, 8que al parecer ya leíste), tendré que hacer una aclaración, pero eso es más adelante, no te preocupes. La reina amazona sí va a salir, despreocúpate, ¿por qué todo mundo quiere verla? Y sobre la película de Hércules de Disney… no es mala, pero está demasiado desapegada de la realidad mítica (tiene sentido eso), en fin, muchas gracias por tu review.
Saint Seiya: Guerras de Troya.
Troya: Año Uno.
Capítulo 8: La Llegada de los Daimones.
Troya. Ciudadela de Illión. Palacio Troyano. Consejo de los 6 Año 1,195 A.C.
-Los Aqueos se debilitan, mi señor Príamo -frente al trono del rey Príamo y de la reina Hécuba, se presentaba Zelos de Rana, Espectro Terrestre de lo Extraño, quien después de mucho tiempo se reportaba frente al consejo Troyano, lo que no hacía muy feliz a los presentes. En el consejo se encontraban Paris, Héctor, Heleno, Trolio, Políxena y Laódice. París como de costumbre sonriendo con malicia, no en dirección a Zelos, pero en dirección a Eneas, quién esperaba audiencia con Príamo, y con un grupo singular a sus espaldas-. Argos, Tebas y Calidón han abandonado a los Aqueos, entre ellos Antíloco de Virgo, Diomedes de Escorpio y Teucro de Sagitario han abandonado también. Aquiles de Libra se encuentra malherido y recuperándose de las heridas que nuestro señor Trolio le ha causado -miró Zelos a Trolio, con la mano derecha negra, aún sin recuperarse de la batalla contra Aquiles-. Además, el Caballero Dorado de Piscis, Anfímaco, sigue sin sanar sus heridas. Si hay un momento perfecto para atacar es este, mis señores. Solo Áyax el Grande, Caballero Dorado de Tauro, hace frente a la defensa Aquea -les sonrió con malicia Zelos.
-Olvidas a Agamenón de Capricornio y a Menelao de Acuario -interrumpió Eneas, acercándose al consejo-. Patroclo de Leo también lidera a los Mirmidones en ausencia de Aquiles, tendrías que ser un demente para olvidar ese detalle -insultó Eneas, y Zelos lo miró con desprecio-. Sin mencionar que Epeo de Aries es más un peligro fuera de la batalla que dentro. Mis espías, que han hecho un mejor trabajo que tú, me indican que es capaz de reparar las Armaduras Doradas, y si estuvieras bien informado sabrías que el rey Acamante de Cáncer, es incluso tan fiero en batalla como el mismísimo Áyax, solo que está muy ocupado llevando la contabilidad. Ni has mencionado a Néstor… de quien nada se sabe… no tiene ni fortalezas ni debilidades que explotar, en mi opinión el más preocupante entre los Caballeros Dorados. ¿Y qué me dices de los Generales de Poseidón? No serán tan fuertes como los Caballeros Dorados, a menos no todos. Idomeneo de Crisaor, Anceo de Lynmades e inclusive Automedonte de Hipocampo son los que podríamos considerar que poseen un cosmos idéntico al de los Caballeros Dorados, y Peneleo de Dragón Marino es un misterio tan profundo como su maestro Néstor de Géminis -continuó con su reporte, mofándose de lo pésimo que resultaba ser Zelos como un espía-. Los Aqueos no están derrotados, Espectro. Siguen tan fuertes como siempre. Y no estás apuntando a los verdaderos problemas. Todos ellos son fuerza bruta, pero Néstor y Acamante son intelecto, y te faltan Odiseo de Altar y Palamedes de Perros de Caza en tu lista de peligrosos. ¿Todavía crees que es buena idea atacar? -terminó de recalcar Eneas.
-¡Al fin alguien que habla con coherencia en este consejo! -celebró Héctor- Mándenme a más soldados así, no a los inútiles de los generales Troyanos de Asáraco. ¿Puedes ver porqué necesitamos a Dárdanos, padre? Más que las fuerzas militares son más importantes las fuerzas intelectuales. Para brutalidad me tienes a mí. Eneas es la fuerza de Diomedes con el cerebro de Odiseo -finalizó Héctor.
-Pero no tiene la belleza de alma de mi hermoso Acamante -se quejó Laódice, mientras abrazaba en sus brazos a un bebé de cabellera azul que sonreía ante los cabellos de su madre que le hacían cosquillas en la nariz-. Sí, es el nombre de tu padre, pequeño Múnito -le susurró Laódice-. El nombre del ser más bello de alma que existe -continuó susurrando.
-¿Alguien me explica de donde salió ese bebé? -se preguntó Heleno, y todos, incluso Príamo, permanecieron en silencio sin saber de dónde había salido- No importa entonces… volviendo al tema. Puedo ver que cierta armadura favorece a Dárdanos. Pensaba que Dárdanos era fiel a Afrodita y no al Dios de la Brutalidad en la Guerra -insinuó Heleno.
-¿Importa realmente eso? -lo interrumpió Políxena- Trae lanzas a la guerra, si fuera por Afrodita, traería mujeres desnudas -las puertas de la sala del trono se estremecieron entonces, fuera de estas, Creúsa había pateado con fuerza por los insultos de Políxena-. En todo caso, doy bienvenida a las tropas de Dárdanos -insistió Políxena.
-Yo solo quiero saber una cosa… -mencionó Trolio mientras se frotaba su mano negra-. ¿Quiénes son esos 9 sujetos? Usan armaduras que no son Suplices, y sus cosmos me están molestando mucho -apuntó Trolio, y Eneas se dio la vuelta y miró a los 9 soldados con Berserkers similares a la suya, pero con los adornos de diferentes colores.
-¿Ellos? Aparecieron de repente, no los conozco -confesó Eneas, y todos en el consejo, incluidos Príamo y su esposa Hécuba, se quejaron por el desconocimiento de Eneas. Solo Paris reía, y aplaudía divertido.
-Sean quienes sean, seguramente traerán mucha diversión a esta guerra -le sonrió Paris, y Eneas cerró sus manos en puños-. Bienvenido seas, Eneas. No podríamos haber elegido a aliado mejor para sembrar la muerte contra nuestros enemigos -el cosmos de Hades se dibujó detrás de Paris, y Eneas, furioso, apuntó en su dirección.
-¡Cierra la boca, mocoso pestilente y arrogante! -se quejó Eneas, su cosmos incinerándose, violento y desafiante con la fuerza de Ares- ¡Es por tu culpa que Troya está en esta situación! ¡Y es por tu culpa que Dárdanos está bajo ataque! ¡Tal vez lo que debería hacer es arrancarte esa maldita sonrisa aquí y ahora! -sentenció Eneas, y los 9 soldados detrás de él desenvainaron sus espadas al mismo tiempo que Eneas desenvainó a Maleros. Los hijos de Príamo se prepararon para defender a su rey con sus cosmos, incluso Príamo y Hécuba revelaron sus Suplices escondidas bajo sus capas reales, pero antes de que una masacre pudiera comenzar, Creúsa abrió las puertas y corrió a donde su marido, calmándolo.
-Cariño, tengo antojos de embarazo, quiero frutas -interrumpió Creúsa, y la furia de Eneas desapareció, reemplazada por emoción, lo que sobresaltó a todos en el consejo, menos a Paris, quien se estaba divirtiendo demasiado.
-¡No se queden allí parados! ¡Traigan frutas para mi esposa! -8 de los 9 guerreros miraron a la última, de cabellera dorada y hermosa, quien, resignada, salió de la Sala del Trono a buscar frutas para Creúsa- Esto no se quedará así, París. Ya discutiremos sobre tu necedad. De momento, atenderé a mi esposa, y me presentaré temprano el día de mañana para la batalla. Tú iniciaste esta guerra, mocoso fanfarrón, yo voy a terminarla, y te cortaré la lanza que tienes en tus panta… -intentó decir, pero Creúsa le jaló el brazo y lo obligó a salir de la Sala del Trono. Ya afuera, Creúsa fue recibida por la guerrera que fue enviada por el resto a traerle frutas, y nerviosamente, Creúsa las aceptó-. A todo esto, ¿ustedes quiénes son? Usan una Berserker como la mía -se quejó, y los 9 reverenciaron.
Todos poseían Berserkers idénticas de cuerpo completo, el cuello incluido, con unos cascos que les tapaban incluso los rostros y solo descubrían la apertura de la boca. Las hombreras de sus Berserkers eran amplias y redondas, y estaban adornadas con 3 puntas largas cada una, las coderas y protecciones de las rodillas tenían puntas también, y los nudillos de sus guanteletes poseían puntas pequeñas para no restar maniobrabilidad, pero igualmente mortíferas. Los guanteletes inclusive estaban afilados como pequeñas garras al final de los mismos, y poseían un emblema como el de Eneas en el dorso de la mano. Lo único que cambiaba en sus Berserkers, era el color de las capas que cargaban y los contornos de los bordes de la Berserkers en sus guanteletes, botas, cascos, pecheras y petos, además del emblema en sus pecheras y guanteletes, idénticos a los de Eneas, pero de colores diferentes. Los 9 entonces se arrodillaron.
-Enio de la Sangre -se presentó una mujer de cabellera escarlata larga y hermosa, los adornos de su Berserker eran rojo oscuro, como la sangre manchando una prenda blanca-. Daimón de los ríos de sangre que corren por las venas de los mortales. Mientras más sangrienta y cruenta la batalla, mayor es mi fuerza -reverenció.
-Cidoimos de Alboroto -se presentó el Daimón más fornido de todos, de piel un tanto morena, y adornos verdes oscuros en su Berserker, algunos cabellos verdes escapaban a la vista por su casco-. El Daimón del tumulto, quien reina en las escaramuzas y violenta a los hombres -reverenció.
-Hismidas de las Discusiones -se presentó la siguiente Daimón, con los adornos de un amarillo oscuro, cabellera rubia enchinada, y labios rosados muy bien pintados-. La Daimón que convierte pequeñas discusiones en tétricas escenas de muerte -reverenció.
-Polemos de Espíritu -se presentó el siguiente, de adornos de un azul oscuro, muy similar físicamente a Cidoimos, pero menos fornido y con cabellera azul oscura-. El Daimón que doblega el espíritu de los hombres, haciéndolos caer en la desesperanza -reverenció.
-Alala de Grito -se presentó una mujer de cabellera rosada, cuya voz era demasiado sonora, tanto, que Eneas tuvo que limpiarse un oído. Los adornos de su Berserker eran rosado oscuro-. La Daimón del grito de guerra. La solo mención de mi nombre destruye el corazón del hombre y trae consigo la guerra -reverenció.
-Macas de la Batalla -se presentó el Daimón de piel de bronce quemado, delgado, pero musculoso. Los adornos de su Berserker eran grises, casi negros-. El Daimón que presagia las batallas más mortíferas, cuyo poder crece con la intensidad de las matanzas -reverenció.
-Hebe de la Juventud -se presentó la última de los Daimones femeninos, de piel blanca, cabellera rubia y lacia, y con una voz intranquila, casi temerosa. Ella era quien le había traído fruta a Creúsa, y cuya Berserker contaba con adornos blancos brillantes que sobresalían sobre los colores oscuros de los demás Daimones-. La sirviente leal de Ares -reverenció, y a Eneas le llamó la atención que solo eso podía decir, pero el otro par que quedaba, se presentó sin rodeos.
-Deimos del Terror -se presentó un Daimón cuya Berserker, pese a ser idéntica que la del resto, no era negra, sino de un azul oscuro, los adornos de su Berserker por otra parte, eran negros, incluyendo el medallón como emblema de su pechera y guanteletes-. El dios que siembra el miedo prudente en el corazón de los hombres -reverenció.
-Phobos del Pánico -se presentó el ultimo Daimón, su armadura tampoco era negra, sino de un rojo cobrizo, con los adornos de su Berserker negros como los de Deimos-. El dios que siembra el miedo imprudente en el corazón de los hombres -reverenció.
-Los 9 Daimones sirvientes de Ares… -concluyó Eneas-. 7 Espíritus de la Guerra, 2 Dioses Menores -dedujo Eneas, y entonces miró a su espada, Maleros, y comprendió las palabras de Diomedes que le advertía de no liberar a los Daimones en este mundo-. Si los señores de la guerra me sirven, no hay forma en que podamos perder la misma. Pero, aun así no pretendo actuar de forma imprudente. Si son espíritus, están a un nivel muy superior de la comprensión humana. ¿Alguno de ustedes puede manipular la mente para cometer actos de traición? Tengo una misión para ese Daimón -preguntó Eneas, e Hismidas y Polemos se pusieron ambos de pie-. Los Caballeros Dorados son poderosos, eso no lo niego. Pero hay un par de Caballeros de Plata que me preocupan más. Odiseo de Altar, y Palamedes de Perros de Caza. Los quiero muertos. Sin las mentes maestras de los Aqueos, estos serán verdaderamente debilitados. Al resto… deseo conocer la extensión de sus habilidades. Tendremos una reunión de guerra -los 9 reverenciaron, Hismidas y Polemos simplemente se desintegraron en una nube oscura, y Eneas, aunque sorprendido, ignoró aquello y siguió caminando con los 7 Daimones restantes siguiéndolo, y con Creúsa preocupada por la presencia de los 9 sirvientes de Ares.
Campamento Aqueo. Tienda del Consejo Aqueo.
-Con Aquiles en cama por sus heridas y Diomedes lejos de camino a Chipre, solo Áyax y los Cretenses pueden hacer una diferencia en las batallas venideras -enunció Palamedes ante el consejo, mediando con ellos la siguiente estrategia de batalla-. Pero no podemos confiarle siempre a Áyax el Grande la defensa de nuestro campamento. Propongo que los Cretenses al mando de mi señor Idomeneo de Crisaor lideren los próximos asedios -sugirió Palamedes.
-Si es la decisión del consejo, gustoso llevaré a mis Generales Marinos a la batalla, con el favor de mi señor Poseidón, claro está -respondió a la petición Idomeneo de Crisaor, y tras dirigirse a Poseidón, el dios le reverenció-. ¿Hay algún comentario en contra? Prepararé a mi ejército si no es así -miró en dirección a Odiseo, sabiendo de antemano que entre Palamedes y Odiseo existía una riña muy profunda, pero desde que Diomedes se había ido, las discusiones entre ambos parecían haberse mitigado.
-No hay objeción… -respondió Odiseo, y Shana suspiró, aliviada-. El poderío Cretense es excepcional, representarán a la fuerza Aquea con orgullo -reverenció Odiseo, y el consejo pareció llegar a un rápido arreglo. Tristemente para el consejo, y mientras Agamenón se preparaba a dar las ordenes formales, Hismidas, la Daimón de la Discusión, invisible para todos en ese momento, apareció en la sombra de Odiseo y lo poseyó, iluminando sus ojos de amarillo sin que nadie se diera cuenta-. Aunque… -interrumpió Odiseo-. Quisiera… -intentó meditar Odiseo, como si su mente estuviera contrariada-. Proponer a Áyax para el asedio siguiente. Con el respeto que se merece mi señor Idomeneo de Crisaor, los asedios de Áyax han resultado ser favorables, y en estos momentos, sin Aquiles y sin Diomedes, la moral de nuestros hombres podría favorecerse con Áyax al frente -sugirió Odiseo.
-Bueno… admito que tiene sentido y es algo que no había contemplado… -se frotó la barbilla Palamedes, pensando al respecto, e Hismidas salió de la sombra de Odiseo, y entró en la de Palamedes-. Pero Idomeneo es un rey, y Creta no ha participado lo suficiente en la guerra. Los Salaminos también necesitan un respiro -volvió a aflorar la discusión, y todos en el consejo se tomaron de las frentes nuevamente, teniendo que soportar la discusión entre sus consejeros-. Ya estabas de acuerdo conmigo, ¿por qué el cambio de opinión? ¿Tanto me desprecias? -preguntó Palamedes, e Hismidas saltó de la sombra de Palamedes a la de Odiseo.
-Despreciarte es una forma de verlo, solo pienso que mi plan es mejor al tuyo -respondió Odiseo, poniéndose de pie, y caminando al centro del consejo. Néstor notó que algo no andaba bien, Palamedes podía contonearse y pasearse frente al consejo con seguridad, pero Odiseo era más humilde-. Diomedes ya no está aquí para que ganes puntos en su libro. No hay nadie a quien debas impresionar. Yo solo estoy sugiriendo el accionar más inteligente -se burló Odiseo.
-¿Te encuentras bien, hijo? -preguntó Néstor- Tal vez debas descansar un poco, has estado pensando mucho. No te ves como tú mismo -se acercó Néstor a Odiseo, colocó su brazo alrededor de sus hombros, y lo invitó a sentarse. Hismidas, molesta, saltó de la sombra de Odiseo a la de Palamedes.
-Tienes razón, Néstor… no estoy pensando claramente -aceptó Odiseo, sentándose en su trono junto al de Néstor-. Puede que Palamedes tenga razón esta vez. Los Cretenses están más descansados, no sería justo poner tanta presión en Áyax -pero Hismidas no había terminado, y la risa de Palamedes era la prueba.
-Por supuesto que tengo razón -sacó el pecho Palamedes, orgulloso, y aquello llamó la atención de Acamante. Palamedes se contoneaba claro, pero no era así de orgulloso ni cerrado de mente, eso era más propio de Odiseo, cuya única misión parecía ser salvar cuántas vidas pudiera sin recurrir al ataque-. Mi señor Idomeneo es un rey, puede subir más la moral de los hombres que un mero plebeyo de pueblo -enunció.
-Palamedes… -lo interrumpió Acamante-. Áyax es un príncipe. El que quiera vivir en el pueblo con su esposa no lo hace menos honorable. En todo caso, eso es lo que hace que los soldados lo sigan -le explicó Acamante, e Hismidas salió de la sombra de Palamedes, muy molesta.
-Tiene razón… mi rey Acamante… he sido despectivo… -respondió Palamedes, caminando a su trono, y sentándose allí-. No debería insultar a Áyax por su título de nobleza, en todo caso es quien más gloria ha traído a esta empresa, salvo por Aquiles. Tal vez Odiseo tiene razón y deberíamos enviarlo a él -se tranquilizó, y la furiosa de Hismidas entró en sombra de Odiseo.
-¡Entonces admites que mi plan es mejor que el tuyo! -se puso de pie Odiseo con orgullo, sorprendiendo a Néstor, quien lo conocía muy bien como para aceptar que así se comportara su hijo adoptivo, e Hismidas saltó a la sombra de Palamedes.
-¡Solo estaba siendo condescendiente tomando en cuenta que todos tus planes terminan mal! -le respondió Palamedes, sorprendiendo a Acamante, quién sabía que Palamedes no se dejaba dominar por sus emociones- ¡Pensaba que tal vez una victoria te serviría para enmendar tu ego herido y que así tomarías mejores decisiones! -e Hismidas saltó a la sombra de Odiseo.
-¡Yo no soy el que ha elegido siempre a la masacre sobre la negociación! -espetó Odiseo, e Hismidas salió de las sombras de ambos, sabiendo que ya no era necesaria su intervención, y dejó que la discusión siguiera su cauce natural- ¡Yo salvo vidas mientras tú las condenas! -alzó la voz, furioso, incluso con venas saltadas en su frente.
-¡Déjame informarte que estamos en guerra! ¡La muerte es inevitable! -le gritó Palamedes, y mientras el par continuaba discutiendo, Agamenón se mantenía tan tranquilo como podía, esperando que el par se desahogara lo suficiente. Fue entonces que Polemos poseyó a Agamenón, invadiéndolo con un espíritu arrogante.
-¡Silencio! -gritó Agamenón, y en la tienda todos se sorprendieron- ¡Ambos son unos idiotas que no han hecho más que tomar malas decisiones! ¡Que tanto Áyax como Idomeneo lideren el siguiente asedio! ¡He dicho! -ordenó, y el par de Caballeros de Plata intentaron refutar- ¡No me importa si no tenemos a quien los reemplace una vez que termine su asedio! ¡Lo pensaremos cuando tengamos el problema en frente! -Polemos salió entonces del cuerpo de Agamenón, quien se tambaleó un poco sintiéndose debil- Por lo pronto… -se recuperó Agamenón, ya más calmado-. Es obvio que no puedo tenerlos a ambos en la misma tienda convirtiendo el Consejo Aqueo en una burla. Tenía pensado sugerir que enviáramos a Áyax o a Idomeneo a Tracia a negociar con los líderes de Eyón el que ofrecieran víveres a la causa de los Aqueos. Pero en vista de que ambos estarán ocupados, uno de ustedes tendrá que ir en esa incursión -Hismidas intentó entrar al cuerpo de Palamedes para comenzar con otra discusión, pero Agamenón habló primero-. Iras tú, Odiseo, punto final, no hay discusión -e Hismidas tronó sus dedos molesta, y se desvaneció junto a Polemos.
-Como ordene, mi Rey Supremo -reverenció Odiseo, y salió a paso apresurado de la tienda-. ¿Qué me está pasando? -se preocupó Odiseo, y vio a Palamedes salir sosteniéndose la frente igual que él- Si el plan de Palamedes era bueno, ¿por qué abrí la boca? -se preguntó.
-Es lo que planeamos descubrir -lo interrumpió Néstor, quien llegaba junto a Acamante, ambos con los brazos cruzados-. No eres así, hijo. ¿Por qué tanta violencia? Eres más listo que esto -le preguntó Néstor.
-Vigilaré a Palamedes, su comportamiento también es extraño -agregó Acamante, siguiendo a Palamedes y acompañándolo en su caminar por el campamento Aqueo. Néstor entonces esperó a que Odiseo le contestara.
-No sé lo que ocurrió, Néstor. De pronto estaba molesto y quería discutir -le respondió Odiseo-. El plan de Palamedes no era malo, y Diomedes ya había dicho que no tenía por qué competir con Palamedes, ya lo vencí donde quería vencerlo, en la amistad con Diomedes. Se suponía que por fin iba a poder lidiar con él -se fastidió.
-Calma, calma -le pidió Néstor-. Nadie te dice que te lleves bien con Palamedes, solo te digo que eres más inteligente que esto. Venga, el Odiseo que conozco es capaz de convencer a un perro de que es gato y hasta lo haría maullar. ¿Por qué no me dejas acompañarte en tu viaje? Necesitas a alguien con quien hablar inteligentemente. Podemos jugar ajedrez en el camino -explicó Néstor con una sonrisa.
-Suficiente tengo con enterarme de que Palamedes inventó ese juego -se fastidió Odiseo, y Néstor insistió con la sonrisa-. Está bien, te patearé el trasero en el ajedrez. Una vez que estemos en las naves, aunque Tracia no está muy lejos -le recordó Odiseo.
-Y en el ajedrez no se patean traseros -le recordó Néstor-. Oh, ¿es jerga? -y Odiseo asintió- Ya debería haberme acostumbrado, con 4 hijos tan jóvenes que tengo. Porque no vayas a olvidarlo nunca, Odiseo -lo tomó de los hombros Néstor, sin dejarlo irse, y le dio la vuelta-. Aunque mi sangre no corra por tus venas. Para mí eres mi hijo… y a mis hijos no me gusta verlos en pena. Por eso no quería que vinieras a la guerra -le explicó.
-Esa es culpa de Palamedes, tú estuviste allí con lo del buey y el burro -se defendió Odiseo, y Néstor rio con tranquilidad-. Gracias, Néstor… -fue lo último que dijo Odiseo, antes de comenzar a dar órdenes a su gente.
Tienda de Palamedes.
-Algo te está pasando y me preocupa -le mencionó Acamante a Palamedes, mientras el Caballero de Plata le servía algo de vino-. Eres más listo de lo que todos piensan. Pero tu favoritismo por Diomedes te nubla el juicio. Estás actuando imprudentemente -señaló.
-¿Cree que no lo sé? Me sentía poseído por algo, maestro -le explicaba Palamedes, mientras caminaba de un lado de su tienda al otro-. Era como si no tuviera control de mi cuerpo. ¿Alguna vez lo ha sentido? ¿Qué lo obligan a hacer algo que no quiere hacer? -preguntó, y Acamante escupió el vino, mientras una memoria no muy grata le llegaba a la mente- ¿Está malo? Es de Salamina, escuché que era muy bueno -le preguntó.
-No es el vino… -reaccionó ruborizado Acamante-. Pero lo he sentido, Palamedes. Ese sentimiento de impotencia, mientras una mujer que te ha drogado hace de las suyas con tu cuerpo -se fastidió Acamante, sorprendido a Palamedes.
-Oh, puedo ver que es un hombre de cultura también. La verdad no lo imaginaba -se alegró Palamedes, y Acamante parpadeó un par de veces en señal de curiosidad-. Estaba reservando algunas concubinas para Diomedes cuando regresara… -comenzó, invitando a algunas mujeres de la parte trasera de la tienda, todas jóvenes y hermosas, logrando apenar a Acamante, quien las veía con muy pocas prendas-. Ser consejero de Agamenón me ha hecho merecedor de buenas concubinas. Diomedes no está, pero si quiere… -ofreció.
-Gracias por el vino, Palamedes -se puso de pie Acamante, ignorando a las jóvenes-. Ya me habían advertido de que lo de Diomedes tenía su causa raíz en ti. Me temo que debo dejarlo para otra ocasión, aún no supero cierto evento traumático, y hasta no saber si esa mujer me ha dado o no a un heredero. No quisiera tener otro accidente. Recupérate de lo que sea que te pasa -se despidió Acamante, y las lujuriosas concubinas se lanzaron a Palamedes.
Troya. Primera Ciudadela, Capis.
-No te pongas aún tu casco, Héctor -interrumpió Eneas, mientras Héctor se preparaba junto a Cebríones y a Polidamante para salir al campo de batalla-. Acompáñame a la cima de la muralla, hay algo que quiero mostrarte -continuaba Eneas, mientras los ejércitos de Dárdanos hacían a un lado a los de Troya en las puertas y les quitaban su lugar.
-He participado en todas las defensas, Eneas. Mis hombres me necesitan -insistía Héctor, pero Eneas lo sentó a la fuerza en un trono sobre las puertas de Capis, y apuntó a los campamentos Aqueos, y al barco que se retiraba-. Desconocía que más barcos zarparían -mencionó.
-Eso es porque se decidió no hace mucho -le explicó Eneas-. Mis espías son mucho mejores que ese Zelos de la Rana papanatas, y traigo conmigo a 9 generales que te van a aligerar mucho la carga, mis Generales Daimones. No le sirves de nada a Troya cansado hijo, hasta los héroes Aqueos se toman descansos. ¿Por qué tú no? -insistió.
-Porque no hay nadie capaz de liderar como yo… o al menos… no había -aceptó Héctor, y Eneas asintió. Héctor entonces escuchó a una mujer dando órdenes, alineando a los soldados y repeliendo a los Troyanos-. ¿Una mujer? -se sobresaltó Héctor.
-Una mujer muy hermosa y poderosa. Conozco sus habilidades de viva cuenta… -Héctor miró a Eneas en señal de descontento-. En la batalla, para lo otro tengo a tu hermana -Héctor alzó una ceja-. Mira lo que me estás haciendo decir -se molestó Eneas, y Héctor se burló de él tranquilamente-. Tuve una reunión con mis generales, cada uno de ellos es una bestia. Decidí que no habría más de un general por frente de ataque de Dárdanos. Si los 9 pelearan juntos, ningún bando permanecería en pie -la sorpresa fue evidente en el rostro de Héctor, si venía de Eneas, debía ser verdad-. Troya está dando asilo a mi pueblo tras el saqueo. En compensación, hoy Dárdanos saldrá solo a combatir. Y mira, Áyax de Tauro e Idomeneo de Crisaor, grandes preseas -apuntó, y Héctor se preparó para salir, pero Eneas lo volvió a sentar a la fuerza-. Hoy descansas -insistió.
-Troya es mi responsabilidad, no la de Dárdanos -intentó razonar Héctor, pero Eneas lo negó, mientras las puertas de Capis se abrían, y el ejército de Dárdanos salía con Alala, la Daimón femenina de Berserker de adornos rosados, como la generala.
-¿Dárdanos? -se impresionó Idomeneo de Crisaor, al frente de los Cretenses, y sobre su auriga manejado por Meríones de Scilla- Esto no me gusta. ¿Usan a Dárdanos como escudo humano? Algo se traen, Áyax, deberíamos… -pero Áyax gritó con fuerza, alentando a los Salaminos, y todos salieron corriendo o cabalgando con sed de sangre y muerte-. Tiene un estilo muy diferente del mío… -se quejó Idomeneo, pero sacó su lanza-. ¡Ataquen! -ordenó, y los Cretenses se unieron a los Salaminos a la batalla.
-Shhhhh… -susurró Alala, y los Dárdanos hicieron silencio mientras los ejércitos de Salamina y de Creta se dirigían en su encuentro. Los de Dárdanos, tan bien entrenados como los Mirmidones de Aquiles, permanecieron en silencio e inmóviles, ni siquiera preparaban sus armas. Desde Capis Héctor fue presa del pánico, intentó levantarse, pero encontró a Eneas tranquilo y volviéndolo a sentar a la fuerza. Alala tomó aire, y lo soltó con tranquilidad mientras los ejércitos de los Aqueos se acercaban peligrosamente con Áyax emocionado y queriendo sangre a la cabeza, y cuando estuvieron lo suficientemente cerca, Alala sonrió, y su poderoso grito resonó-. ¡Alala! -gritó Alala, y su poderosa voz derribó y lanzó por los aires a la totalidad de los ejércitos Salaminos y Cretenses, Áyax e Idomeneo fueron derribados, y Alala continuó gritando, comenzando con una ópera ensordecedora que mantenía a los soldados Aqueos en el suelo y quejándose del dolor- ¡Alala! -volvió a enunciar, y las ondas sonoras como fuertes vientos empujaron a los guerreros en todas direcciones, rompiendo las filas de los Aqueos, y dejándolos a todos por los suelos, malheridos, y desorientados- ¡Alala! -gritó una tercera vez, y esta vez los Dárdanos gritaron el nombre de la generala también, envolviéndose todos de un cosmos escarlata, iniciando con la avanzada, mientras Alala seguía cantando como si estuviera en una ópera, melodiosa y mortífera, incluso danzaba en el campo de batalla mientras dirigía su voz en dirección a quienes se acercaban. Los Dárdanos parecían no escucharla, y avanzaban atravesando con sus lanzas a los Salaminos y Cretenses que ni se defendían por cubrirse inútilmente los oídos.
-Alala de Grito de Guerra -presentó Eneas, mientras Héctor, incrédulo, veía a Alala cantar y enviar a los soldados Aqueos en todas direcciones, mientras los de Dárdanos comenzaban con la masacre-. Grandiosa, ¿no es así? Lo que tiene de hermosa lo tiene de mortífera. Y ella es la más débil de los Generales Daimones a mi servicio. ¿Vez porque no pretendo enviar a más de un General Daimón a la vez? Si una tiene este poder, imagina a los 9 reunidos. No, Héctor, es muy peligroso tenerlos a todos juntos. Así que descansa, y disfruta del concierto -se sentó Eneas junto a Héctor, y disfrutó de la voz de Alala, quien con cada palabra que enunciaba destrozaba los tímpanos, pero solo de los Aqueos.
-¡Gran… Cue…! -intentaba enunciar Áyax, pero salía disparado por el potente grito de Alala en todo momento- ¡Es tan ruidoso que no puedo dar órdenes! -gritaba Áyax aferrándose con las uñas a la tierra, mientras sus hombres eran masacrados por los Dárdanos.
-¿Qué? ¡No te escucho! -gritó Idomeneo, con Meríones a su lado en el auriga derribado, ambos tapándose los oídos- ¡Nos está masacrando! -apuntó Idomeneo, mientras los Cretenses, indefensos, caían bajo las espadas Dárdanas- ¡Maldición! ¡Lanza Dorada de Crisaor! -se lanzó Idomeneo con la lanza, derribando a los Dárdanos y llegando hasta Alala, quien lo descubrió y gritó con mayor fuerza, deteniendo a Idomeneo en seco.
-¡Alalaaaaa! -gritó, enviándolo a los aires, y derribándolo varios metros hacia atrás, dejándolo con los oídos ensangrentados, aunque Idomeneo seguía escuchando la ópera de Alala, y se cubría los oídos intentando que la voz de Alala fuera mitigada. Pero la voz de la Daimón, destructiva y poderosa, entraban en su mente de todas formas.
-¡Protejan a nuestro rey! -ordenó Peneleo de Dragón Marino, quien pese a sentir que sus tímpanos le estallaban, preparó su cosmos- ¡Explosión de Cumulo de Estrellas! -lanzó el poderoso ataque, y los soldados de Dárdanos por fin comenzaron a ser atacados- ¡Por Creta! -gritó, lanzándose a Alala, quien se defendió con su espada rosada, pero, aunque Peneleo se defendió con la propia, Alala continuaba cantando mientras luchaba, y las ondas rosadas que salían de sus labios comenzaron a rodear a Peneleo y estallaron, lanzándolo por los cielos hasta estrellarlo contra sus propias unidades Cretenses.
-¡Políxeno! -gritó Automedonte, quien acompañaba a los Cretenses, pese a que pertenecía a los Mirmidones, por su lealtad a Idomeneo y a Poseidón- ¡Tienes que tocar! ¡Este ataque es similar al que usas con tu flauta! ¡Puedes repelerlo! -gritaba intentando hacerse escuchar, mientras se cubría los oídos, pero el joven General de Sireno estaba tan adolorido que no podía siquiera acercar los labios a su flauta.
-¡Es inútil! -gritaba Memnón de Kraken, mientras los Dárdanos se acercaban para matarlo- ¡Es solo un niño, no puede soportar este dolor! -se levantó el de Kraken pese al dolor de sus oídos, elevó su cosmos, y atacó a los Dárdanos que llegaban- ¡Aurora Borealis! -lanzó el rayo frío de colores, ganándose la atención de Alala, quien viró y concentró su ópera en dirección a Memnón, que fue lanzado por la fuerza de la voz hasta casi llegar al campamento Aqueo.
-¡No podemos tolerar esta humillación! -gritó Anceo, el de Lynmades, caminando en dirección a Alala con sus manos envueltas en relámpagos- Solo hay que silenciar a esa maldita mujer… le partiré el cuello con mis propias manos -los Dárdanos se acercaban, pero Anceo los lanzaba a todos a un lado con la fuerza de los semidioses que había heredado de Poseidón, era tan fuerte como Heracles después de todo, pero incluso él cayó de rodillas por la ópera de Alala-. No puedo… se tapó los oídos, y aunque los Dárdanos se acercaban para matarlo, los siguió repeliendo a todos, pero no podía acercarse más por más que lo intentara.
Campamentos Aqueos. Tienda de Atención Médica.
-¿Qué es ese espantoso sonido? -gritaba Shana, tapándose los oídos mientras todo el campamento Aqueo temblaba por la poderosa ópera de Alala que hasta allí llegaba. Poseidón y los médicos Macaón y Podalirio estaban a su lado, al igual que Fénix, el médico personal de Aquiles, y quien ignoraba a duras penas el sonido mientras permanecía sentado junto al encamado Aquiles, que se retorcía en su lugar de recuperación.
-¡Ya dejen dormir! -se levantó furioso, buscando sus armas, pero Fénix rudamente le pisó el pecho obligándolo a quedarse tendido- ¡Déjame ir! ¡No puedo siquiera escuchar mis pensamientos con estos gritos! -se tapaba los oídos Aquiles.
-Yo lo estoy sufriendo también… -se molestó Fénix, elevando su cosmos para mantenerse firme-. Pero no es nuestro tiempo de luchar, es momento de recuperarse. ¡Y vuelve a alzarme la voz y te noqueo de un puñetazo, imbécil! -lo amenazó Fénix, preocupando a Aquiles.
-¡Tranquilos todos! -se quejó Poseidón, molesto por el sonido que su cuerpo mortal recibía, pero manteniendo la calma pese a ello- ¡Este sonido solo puede ser causado por Alala! ¡Daimón del Grito de Guerra! -hacía un tremendo esfuerzo por no cubrirse los oídos, dios o no, Poseidón era un ser reencarnado con un cuerpo insuficientemente maduro para controlar su cosmos- ¡Shana! ¡Tu cuerpo humano está lo suficientemente desarrollado para resistir esto! ¡Concéntrate y busca en los campamentos a alguien inmune! -explicó Poseidón mientras tras no soportarlo más, comenzó a cubrirse los oídos- ¡Maldito cuerpo mortal! -se quejó.
-Puedo oír con normalidad… -se sorprendió Shana, mientras al rodearse a sí misma con su cosmos logró mantenerse tranquila-. Este no es un ataque sonoro… es un ataque de cosmos… si mi cosmos es más fuerte, puedo repelerlo… -dedujo Shana.
-¡Es lo que te estoy tratando de decir! ¡Yo lo hubiera hecho pero mi cuerpo humano aún no es lo suficientemente fuerte, y sin mi tridente mi cosmos divino está dividido a la mitad! -se quejó Poseidón, y Shana colocó sus manos rodeadas de cosmos alrededor de los oídos de Poseidón- Eso está… mucho mejor… -respiró pesadamente Poseidón-. Escucha… tú cuerpo sí está desarrollado para controlar tu cosmos divino… a mí me faltan varios años para eso… además mi tridente no es solo un arma, es parte de mí, y sin mi tridente mi cosmos no es tan fuerte… por eso debes aprender, y usar tu divinidad correctamente… -Shana asintió, mientras Poseidón seguía respirando pesadamente por la debilidad-. Si los Daimones han regresado… debemos aprender a usar a nuestro favor a quien sea que sea inmune a sus poderes… los que tengan la sangre de Ares, el Dios de la Brutalidad en la Guerra… hay 2 en este campamento… búscalos… y que vayan a silenciar a esa mujer -ordenó.
-Así lo haré, querido tío… perdón por esto, regresaré en cuanto pueda… -dejó de taparle los oídos Shana, y Poseidón volvió a quejarse y a taparse los oídos a cómo podía, mientras Shana salía corriendo en búsqueda de aquellos que Poseidón había dicho que eran inmunes al poder de los Daimones.
-¡Athena! -gritó Palamedes, saliendo medio desnudo de su tienda, y ganándose la atención de Shana- Caballeros de Plata… -comenzó mientras caía en sus rodillas-. Yálmeno de Cefeo… y Ascálafo de Ofiuco… -se desmayó entonces Palamedes, y Shana buscó a los Caballeros de Plata que había mencionado Palamedes, encontrándolos fácilmente intentando ayudar a calmar a Agamenón, quien ya salía furioso al campo de batalla queriendo silenciar a Alala él mismo.
-Solo necesito… un solo intento… -se quejó Agamenón intentando preparar su espada, pero los Caballeros de Plata, Yálmeno de Cefeo y Ascálafo de Ofiuco, ambos gemelos, de cabellera enchinada y negra con sombra de barba, continuaban empujándolo de regreso al campamento.
-Agamenón, tranquilízate -le pidió Shana, y Agamenón cayó en su rodilla. Shana entonces le quitó el casco y le cubrió los oídos, dándole a Agamenón un respiro-. Necesito que te concentres. Yálmeno de Cefeo y Ascálafo de Ofiuco, Poseidón dice que son inmunes a este grito -explicó, y el par de Caballeros de Plata reverenció.
-No enteramente inmunes, mi señorita -le contestó Ascálafo de Ofiuco-. Pero sí lo suficiente para resistirlo. Ares es nuestro padre después de todo, y los Daimones están a sus servicios, pero hemos decidido serle fieles a Athena y estamos orgullosos de pertenecer a su orden. Los Daimones no pueden dañarnos con estas artimañas -le explicó.
-Pero no significa que podamos vencerlos -continuó Yálmeno de Cefeo, en perfecta sincronía con su gemelo, Ascálafo-. El poder de un Daimón es idéntico al de un Caballero Dorado, pero con poderes especiales que los fortalecen aún más bajo ciertas condiciones. En el caso de Alala, mientras más escandalo haya más fuerte se vuelve. Si se les permite acrecentar sus cosmos, serán tan fuertes como los dioses mismos. Por eso nunca deben estar todos los Daimones reunidos en una misma batalla. Enloquecerían a las tropas, y amigos y enemigos se asesinarían por igual. Eso traería sin duda a Eris aquí -explicó.
-Pero individualmente son coordinados y mortíferos. Y Alala, mientras sus hombres clamen su nombre, su vigor en batalla crecerá -explicó Ascálafo continuando donde su hermano se quedaba-. Ellos gritaron el nombre de Alala al iniciar la batalla y obtuvieron su favor. En otras palabras, ellos no escuchan nada de este concierto de la muerte -terminó Ascálafo.
-¿Pueden detenerla? -preguntó Shana, y el par miró la masacre, y pese a que querían ayudar, tuvieron que admitir que no tenían el poder, y lo negaron- Pero algo debemos hacer… no podemos dejar que masacren a los Cretenses y Salaminos sin que se puedan defender -explicó Shana preocupada, y Agamenón comenzó a levantarse.
-Gracias por estos momentos que me han permitido pensar con claridad, diosa Athena -comenzó Agamenón, adolorido-. Escúchenme ustedes… no necesito que la derroten, solo que la silencien por un instante. Si al menos hay silencio por un mísero segundo, podré apuntar y rebanarle la garganta. Es todo lo que necesito, un segundo. ¿Pueden hacerlo? -preguntó Agamenón, y el par de Caballeros de Plata asintió y comenzó a correr al campo de batalla- Diosa Athena… voy a tener que pedirle que destape mis oídos… no podré optar mi pose si me sigue sosteniendo la cabeza… la única forma en que llegue tan alto, es si estoy de rodillas -le explicó Agamenón, y Shana se dio cuenta de que Agamenón era demasiado alto-. Suélteme por favor… le prometo que silenciaré a esa bruja… -Shana asintió, lo soltó, y los oídos de Agamenón fueron golpeados por la opera de Alala nuevamente-. Un segundo… solo necesito de un segundo… -se colocó en pose, elevó su cosmos, y Alala, a la distancia, sintió su cosmos y giró su rostro en dirección a la entrada del campamento, donde Agamenón fue golpeado por las potentes ráfagas de viento producidas por la voz de Alala.
-¡Te abriré el paso, hermano! ¡Cadena de Cefeo! -gritó Yálmeno, lanzando sus cadenas y derribando a los soldados de Dárdanos, quienes caían al suelo tras ser impactados hábilmente por la cadena triangular de Cefeo, que grácilmente se dirigía de rostro en rostro noqueando a los Dárdanos de un golpe.
-¡Fuera de mi camino! ¡Colmillo de Cobra Salvaje! -perforó los pechos de los soldados de Dárdanos que intentaban atraparlo Ascálafo, atacando violentamente, masacrando a los que se le acercaban. No importaba si los soldados de Dárdanos eran tan fieros como los Mirmidones, Ascálafo era el hijo del Dios de la Brutalidad en la Guerra, y lo demostraba acercándose más y más a Alala mientras Yálmeno le abría el paso. Alala notó a Ascálafo y lanzó su grito en su dirección, pero tardó en darse cuenta de que el Caballero de Plata era inmune, y para cuando se dio cuenta y sacó su espada para defenderse de las uñas en forma de colmillos de la Cobra de Ascálafo, el grito de Agamenón resonó por las planicies Troyanas cuando Alala cerró la boca en acto reflejo para defenderse.
-¡Excalibur! -soltó el tremendo ataque, que voló desde los campamentos Aqueos en dirección a Alala, quien intentó evadir, pero el aire del corte de Excalibur logró herirle la garganta, mientras el ataque continuaba su camino partiendo a cuanto soldado de Dárdanos tenía enfrente, dirigiéndose peligrosamente a Héctor sentado en el trono frente a las puertas de Capis, y obligando a Eneas a desenvainar su propia espada, y saltar desde la cima de las murallas para interceptar el ataque de Agamenón.
-¡Maleros! -gritó Eneas, impactando a la Excalibur de Agamenón con el corte físico, y el segundo corte dimensional volando en dirección a Agamenón, quien sorprendido preparó su espada, la dorada que pertenecía a la Armadura de Libra.
-¡La Fisura en el Espacio! -se defendió, y el segundo corte fue repelido, aunque sangre cayó de la mano de Agamenón- Esa espada, ¿cómo ha podido cortar las dimensiones? -se preguntó Agamenón, mientras los adoloridos soldados Cretenses y Salaminos comenzaban a recuperarse, y Alala se tomaba del cuello intentando no desangrarse- ¡Eso no importa! ¡Hay silencio y es nuestra oportunidad! ¡Acabala Áyax! -ordenó Agamenón.
-¿¡Qué!? -preguntó Áyax sin poder escuchar bien- ¡No importa! ¡La voy a machacar! -se lanzó Áyax contra Alala, quien intentaba gritar, pero no lograba lanzar su ataque por su adolorida garganta- ¡GRAN Y MUY MOLESTO CUERNO! -gritó Áyax con todas sus fuerzas, impactando a Alala, y lanzándola por las líneas Troyanas hasta estrellarla con las puertas de Capis- ¡Ahora sí estoy molesto! -pisoteó el suelo Áyax, y la tierra comenzó a romperse a sus pies- ¡Estampida de Toro de Creta! -se lanzó con su cuerpo brillando como un Toro Dorado, derribando a cuanto soldado se le ponía enfrente.
-¡Maleros! -se lanzó Eneas con su espada, pero esta fue bloqueada por Agamenón, quien había salido en defensa de Áyax- Así que el Rey Supremo por fin sale a dar la cara. Seguro estás pensando en cómo dejaste que la situación se saliera de control. Jamás debieron atacar Dárdanos. De haberme mantenido fuera de esto no estarías a punto de caer rendido bajo la fuerza de la espada de la guerra, Maleros -empujó Eneas, y Agamenón bloqueó con su espada.
-Tal vez quien debería estar preocupado eres tú… Eneas… -elevó su cosmos Agamenón, y Eneas se mostró sorprendido-. Porque al ganarte mi furia, acabas de desatar la perdición de Dárdanos. ¡Excalibur! -gritó, Eneas evadió, pero su corte partió a la mitad a una centena de soldados Dárdanos- ¿Aun quieres verme en el campo de batalla? ¡Mi poder no puede ser controlado! ¡Mi espada no distingue entre amigos y enemigos! ¡Pero ahora tú la has forzado y deberás ser el receptor de toda su furia! -el intenso combate de espadas continuó, con Agamenón repeliendo a Eneas, concentrándose. Si perdía el control, su espada podría cortar a amigos y enemigos por igual.
-He visto suficiente -se colocó su casco Héctor, y suspiró, intranquilo-. Por un momento de verdad pensé que podía tomarme vacaciones. ¡Polidamante, Cebríones, a las armas! -ordenó Héctor, y sus soldados más leales obedecieron y comenzaron a reunir a las tropas frente a las puertas de Capis- ¡Troyanos! -saltó Héctor desde la cima de Capis y al suelo de las planicies Troyanas- ¡Ataquen! -ordenó mientras las puertas de Capis se abrían, y el ejército Troyano salió a auxiliar al de Dárdanos.
-¡Cretenses! -ordenó Idomeneo tras recuperarse, y pese a que sus hombres no podían escucharlo bien, todos se levantaron apoyando a su rey- ¡A la carga! -ordenó, lideró la marcha, y su lanza chocó con la de Héctor- Sin Aquiles… sin Diomedes… no importa mientras yo esté aquí para defender a los Aqueos -comenzó el tremendo combate de lanzas.
-¡Pueden venir todos juntos! ¡Yo siempre estaré aquí para defender a Troya! ¡Contra Áyax, Aquiles, Diomedes, Idomeneo! ¡No importa contra quien! -Bennu se formó en su cosmos, y los 3 soles salieron disparados de su mano, propagando el caos a donde fuera, mientras Idomeneo resistía sus ataques, e impactaba con su poderosa lanza- ¡Yo soy el guardián de Troya! -insistió Héctor, y Troyanos y Cretenses chocaron en combate sangriento.
-Ya vine por ti -sentenció Áyax, llegando ante Alala, pero Cebríones lo derribó e intentó darle a la Daimón tiempo de recuperarse-. ¡Fuera de mi camino, peste! ¡Me voy a raptar a esa mujer! -insistió Áyax golpeando a Cebríones con su escudo, que cubrió con el propio con forma de rueda de auriga- Así que te pasas de listo, ¿verdad? Te voy a machacar… -se fastidió Áyax, mientras veía la garganta de Alala sellándose-. ¡Con un testículo de Minotauro! -se molestó sonoramente, mientras Cebríones lo derribaba.
-Me habrán enmudecido temporalmente… pero volverán a escuchar mi canción. Los Daimones sanamos más rápido que los mortales. Pero si es mi proeza en batalla lo que quieres, te la daré -con su cosmos materializó un par de espadas rosadas en su mano, y las clavó en el suelo- ¡Tendrás mi furia! ¡Fracturación de Gea! -despedazó la tierra con un par de cortes de energía rosada, uno de los cuales cortó el cuerno izquierdo de Áyax cuando intentaba evadirlo. El poder de los Daimones era terrible, y Áyax comprendió que debía pelear enserio, y quitarse de encima a Cebríones, quien insistía en combatirlo.
-Epeo se va a molestar mucho cuando le pida pegarme el cuerno -sonrió Áyax, pateando a Cebríones a un lado y preparándose a correr en dirección a Alala con su lanza, que la Daimón bloqueó con ambas espadas, y entonces abrió su boca con las ondas de sonido formándose en su interior-. Me va a doler la cabeza mañana -se fastidió Áyax.
-¡Alala! -gritó la mujer, y Áyax fue lanzado por el campo de batalla, y un aturdido Cebríones, que recibió parte del sonoro ataque, se puso de pie y fue tras él- Tendré que rodear a los Troyanos también. ¡Ala…! -intentó gritar y rodear a los Troyanos con su cosmos, pero sus propios oídos fueron aturdidos.
-¡Sinfonía Mortal! -la atacó Políxeno, forzando a Alala a cubrirse los oídos- Ya ha sido suficiente de canciones. Comienza mi sonata, la sonata de Políxeno de Sireno. ¿Qué se siente, Alala? ¿Sientes tus tímpanos reventar? -convirtió su flauta entonces en una jabalina, y la lanzó a Alala, quien repelió con sus espadas dobles. La jabalina volvió a formarse en su mano, y se lanzó con ella en dirección a Alala, quien bloqueó, y el General de Poseidón y la Generala Daimón combatieron, con Alala gritando en cada momento para alejar a Políxeno, quien entonces convertía su jabalina en flauta nuevamente, y combatía las ondas de sonido de Alala con su flauta. Alala tenía aún las manos libres, lo que la diferenciaba de Políxeno, quien debía evadirla mientras ella atacaba, pero siempre que Alala tomaba aire por el cansancio, Políxeno arremetía con su jabalina, manteniendo a la Daimón ocupada. Ella era más fuerte, Políxeno lo sabía, pero mientras él pudiera mantener a Alala ocupada, el resto de los ejércitos podía atacar.
-¡No es justo! ¡Yo quería jugar con Alala! -se levantó Áyax, quien encontraba siempre a Cebríones cortándole el paso. Polidamante se unió al combate, y ambos intentaron hacerle frente a Áyax, pero unas cadenas negras atraparon su mano a Cebríones, y unas garras moradas recubiertas de relámpagos le cortaron el paso a Polidamante.
-Tú tienes suficientes problemas, Espectro. ¡A mí, Cobra! -le apuntó Ascálafo de Ofiuco y corrió en su encuentro lanzando varios ataques con agilidad, que Polidamante evadía grácilmente, pero encontraba las cadenas negras de Yálmeno cortándole el paso y permitiendo un combate frente a frente con su hermano gemelo.
-Los Caballeros de Athena combaten uno contra uno -separó Yálmeno en un área de batalla redonda con cada cadena a Áyax con Cebríones y a Ascálafo con Polidamante-. Sería grosero interrumpir la batalla ajena -los Dárdanos y Troyanos lo veían desprotegido mientras mantenía los círculos de cadena con los elegidos a la batalla e intentaron asesinarlo, pero Yálmeno los evadía fácilmente, y les pateaba los rostros-. Qué pena que no conocen mi poder -se burló, elevando su cosmos, y pateando con fuerza-. ¡Vientos del Juicio! -con cada patada cortaba el viento, liberando tormentas, que derribaban a sus oponentes y destrozaban sus armaduras con los vientos huracanados.
-Que le entreguen a Zelos de la Rana mi reino si esto es un ejército Aqueo debilitado. Pero si no lo es quiero su cabeza. ¡Maleros! -gritaba Eneas furioso y bajaba su espada, que era bloqueada por Agamenón, que repelía con la Espada de la Armadura de Libra-. Este sujeto… casi está al nivel de Diomedes… -repelió Eneas.
-¿Al nivel de Diomedes? -se burló Agamenón- Es verdad que Diomedes es más fuerte de lo que aparenta, eso lo sé muy bien, Eneas -saltó Agamenón, y colocó sus pies bajo sus axilas, sorprendiéndolo-. ¡Pero yo soy el Caballero Dorado más poderoso! ¡Salto de Roca! -lo lanzó al aire, y entonces se giró para apuntar con su espada- ¡Excalibur! -gritó.
-¡No me subestimes! ¡Maleros! -cortó y bloqueó a Excalibur, y el segundo corte de viento de dirigió a Agamenón, impactándolo y tumbándolo contra el suelo pese a que bloqueó con la Espada Dorada de Libra- Créeme Agamenón. Diomedes resultó ser mucho más que tú en batalla. Te admiro por tu fuerza, pero él es una pesadilla en la batalla, tú un arrogante conquistador -se preparó Eneas, elevando su cosmos.
-Pondré a prueba esa teoría… -unió ambos brazos Agamenón, y lanzó su ataque-. ¡Doble Excalibur! -lanzó un corte, Eneas repelió con Maleros, el primer corte se estrelló con su espada, el segundo con el corte dimensional de Maleros, y Agamenón se posó poderoso, desafiante, frente a un Eneas que se vio sorprendido por su velocidad, Agamenón entonces lo cacheteó con fuerza, derribándolo- ¿Crees a Diomedes mejor a mí ahora? -apuntó Agamenón a la mejilla ensangrentada de Eneas.
-Ah, solo has tenido suerte, fanfarrón -se levantó Eneas-. Y aún lo creo -se lanzó contra Agamenón, y el combate de espadas prosiguió sin que hubiera un claro superior entre ambos.
Costas de Tracia. Puerto de Eyón.
-Ah, Tracia -celebró Néstor a la llegada de él y de Odiseo al país tras una Luna de viaje marítimo-. El reino de las tribus salvajes. ¿Sabías que no se refieren a los Tracios como salvajes porque sean violentos sino porque son incapaces de hablar Heleno? Es una malformación de la palabra, pero, sería buena idea contratar a un intérprete -sugirió Néstor.
-La idea de Agamenón es que lleguemos como conquistadores, no como amigos -le explicó Odiseo, mientras sus hombres se alistaban para la batalla-. No podemos regresar a Troya sin víveres. Los resultados de la conquista de Dárdanos no son eternos -explicó Odiseo.
-¿Conquistarías la ciudad de un rey que ha venido a darte la bienvenida? -apuntó Néstor, y Odiseo se sorprendió de ver a un pequeño ejército de soldados Tracios, vistiendo armaduras de cuero, esperando pacientemente a que desembarcaran los visitantes- Saben que estamos en guerra, pero hubieran atacado con flechas incendiarias, y en lugar de eso están esperando -explicó Néstor con tranquilidad.
-Los lidera un Espectro -apuntó Odiseo a un hombre de tez morena, y cara algo arrugada, sin barba y con el cabello castaño oscuro envuelto en forma de trenzas-. Aunque no se ve muy poderoso, a decir verdad -dedujo Odiseo.
-Ese hombre es Reso, el rey de todas las tribus de Tracia -le explicó Néstor, sorprendiendo a Odiseo-. Y lo tratarás con respeto. Estamos en su reino, y quieras hacer la guerra o no en favor de Agamenón, primero debemos dialogar, que sepa que no todo se resuelve en pleitos sin sentido -razonó Néstor.
-Tienes razón… -se apenó Odiseo, y Néstor le sonrió-. Es solo que… ya me he equivocado antes. Esta guerra fue mi responsabilidad -Néstor colocó su mano en el hombro de Odiseo, ayudándolo a tranquilizarse-. No soy tan sabio como tú -concluyó.
-Llegarás a ser tan sabio y más -lo tranquilizó Néstor-. Tan solo debes escuchar a tus instintos. ¿Te parecen gente peligrosa? -apuntó Néstor, acompañando a Odiseo a la tabla de desembarco, sin la protección de los hombres de Ítaca.
-Tiene más la cara de un hombre molesto porque tiene que atender visitas, que de un Espectro al servicio de Hades -concluyó Odiseo, posándose frente al Espectro-. Aunque es una fortuna que en Tracia no hablen Heleno o se hubiera ofendido -sonrió.
-Oh, no me ofende -respondió el Espectro, sobresaltando a Odiseo-. Sé que no soy atractivo. Perdona si mi rostro te ha dado la impresión equivocada -reverenció el rey de Tracia, y Néstor se burló de Odiseo-. ¡Néstor! -extendió los brazos el rey.
-¡Reso! -extendió los brazos Néstor, y ambos compartieron un cálido abrazo- Son tiempos difíciles, hermano. Hay guerra en la Troade, y no tardarán en involucrarte. Tracia le debe lealtad a Troya. De verdad quisiera hacer algo por evitar una masacre -entristeció Néstor.
-Ah, la guerra… -asintió Reso-. Llegó un mensajero de Troya, sí. Feo, repulsivo, como una Rana. Hicimos como que no entendíamos Heleno -confesó Reso, y entonces miró a Odiseo-. Pero yo si lo entiendo, Néstor me enseñó. Bienvenido seas, Odiseo, Néstor habla maravillas de ti. Mi nombre es Reso de Asbolo, Estrella Terrestre de la Equidad -se presentó.
-Asbolo es el nombre de un Centauro de Tracia que era profeta -le explicó Néstor-. Familiar de Quirón o emparentado de alguna manera, los Centauros no lo cuentan, y son pocos los que quedan. Pero todos los Centauros son muy sabios, y su sabiduría corre por la mente de Reso.
-Y la sabiduría pesa, Odiseo -aclaró Reso, y Odiseo prestó atención a sus palabras-. Tracia es una conglomeración de varias tribus, todas a mi cargo. Creamos esta ciudad con base a sabiduría, no a guerra. Juntos todas las tribus Tracias somos invencibles. Y, de hecho, mientras las yeguas de Apolo, permanezcan bajo nuestra protección, Troya no ganara la guerra -explicó Reso, lo que sorprendió a Odiseo, mientras Reso guiaba a los Caballeros en dirección a un templo en honor a Apolo, en cuyo interior 4 armaduras de Oro Blanco con la forma de caballos de diferentes colores que arrojaban fuego de sus narices. Se posaban sobre cajas de Oro Blanco con los caballos en diferentes poses y con el Sol de fondo-. Flegonte el Ardiente -presentó a la Glorie de color un poco más rojizo-. Aetón el Resplandeciente -presentó a la Glorie de color plateado-. Pirois el Ígneo -presentó a la Glorie de color anaranjado tenue-. Y Éoo el Amanecer -presentó la Glorie de color blanco-. Armaduras de Oro Blanco llamadas Glories, consagradas a Apolo. Si estas Glories llegan a Troya, no importa nada más, los Aqueos perderán la guerra -agregó.
-¿Por qué me dice esto? -preguntó Odiseo- Si sabe que estas Glories significan la victoria de Troya. ¿Por qué no las ha llevado a Troya? -preguntó nuevamente Odiseo, sin comprender nada de lo que estaba pasando.
-Porque Tracia es neutral -respondió Reso- Pero en Tracia se venera a Apolo y a Ares. Apolo no ha querido otorgar su lealtad a Troya, pese a que los Aqueos destruyeron Tenedos, una ciudad consagrada a Apolo, asesinando a Tenes de Helios y a Hemithea de Chariot Solaris -explicó Reso-. Eso es porque Artemisa está a favor de los Aqueos, ¿o no han tenido vientos favorables? Hasta que Artemisa sea convencida de que se una al bando Troyano, Apolo no hará la guerra directa, y si Apolo pelea, todo terminó. Llevaremos las Glories de los 4 Caballos Solares a Troya, y los Aqueos arderán -prosiguió-. Quien sí se ha unido a Troya sin dudarlo es Ares. Ya hemos recibido noticias de la existencia de los 9 Daimones en Troya -finalizó.
-A los Aqueos los protegen los Caballeros de Athena y los Generales Marinos de Poseidón -recalcó Néstor-. Nuestros únicos enemigos solían ser los 108 Espectros de Hades. Pero si lo que dice Reso es cierto, cosa que yo ya sospechaba, los 9 Daimones acaban de complicar la Guerra de Troya. Si no tenemos cuidado, los Ángeles de Apolo podrían unirse también -explicó.
-Cuando las Amazonas de Artemisa hagan la guerra a los Aqueos, los Ángeles de Apolo pedirán sus Glories también -continuó Reso, predicando que las Amazonas de Artemisa se unirían a la guerra-. Jamás en toda la historia de la humanidad, ni antes, ni después, se unirán tantos ejércitos de los dioses en una misma guerra. ¿Entiendes ahora Odiseo, la importancia de la neutralidad? Dárdanos ya se levantó en su contra, ¿quieren a Tracia de enemiga también? Diomedes en Chipre va a enfurecer más a los dioses con sus acciones. Y todo este embrollo ha nacido por culpa de una mujer -recordó Reso.
-Esa mujer es Helena de Esparta… Perséfone… -le recordó Odiseo, y Reso asintió-. En otras palabras, esta guerra la inició Hades, y nosotros hemos de terminarla. Mi señor Reso, apelo a su neutralidad. Le pido que apoye a los Aqueos, que se una a nuestra causa. Podemos destruir las Glories y evitar una masacre -insistió.
-Las Glories no pueden destruirse -explicó Reso, y Odiseo sacó el Megas Depranon, dispuesto a poner a prueba esa teoría-. ¡Alto! -lo detuvo Reso, y Odiseo atendió a sus palabras- ¿La guadaña de Cronos? La guerra se complica más si ha nacido alguien capaz de dominar el Megas Depranon -dedujo Reso, y miró a Odiseo con interés-. Yo no puedo prometerte que Tracia permanecerá neutral, Odiseo -cambió el tema Reso, desviando la atención sobre el Megas Depranon-. Seré el rey, pero si mi pueblo me pide ir a la guerra, iré. Solo puedo intentar evitar el conflicto lo más que pueda. Mientras no haya provocación, debe ser fácil. Tampoco puedo darte víveres, eso sería declarar alianza a Athena y a Poseidón, y en Tracia se odia a Athena y a Poseidón -sentenció Reso, y Odiseo supo que eso significaba que debían hacer la guerra a Tracia-. Pero te propongo un acto de buena fe -ofreció-. En Tracia coleccionamos armaduras, los primeros pobladores Muvianos que sobrevivieron al hundimiento de la Atlántida y de Mu cuando la furia de Zeus y Poseidón cayó sobre ambos continentes, se refugiaron primero en Tracia. Nosotros reparamos las Suplices, pero también creamos armaduras nuevas. ¿Si te dijera que soy capaz de crear una armadura que, aunque de Bronce, es tan valiosa como una Armadura Dorada, y te ofreciera esta armadura de regalo, te irías con la promesa de no regresar a hacer la guerra a Tracia? -preguntó el rey de Tracia.
-Le confieso mi señor que no he venido con intenciones de regresar con las manos vacías -fue la respuesta de Odiseo, una que el anciano Reso se esperaba y que preocupaba a Néstor-. Pero para su fortuna, soy diplomático, y no un conquistador -disipó Odiseo entonces el Megas Depranon, sorprendiendo a Reso, quien estaba más que impresionado por la guadaña de Cronos-. Pero tampoco puedo prometerle que otros no vendrán en mi lugar -sugirió.
-Tomaré tu advertencia en consideración, Odiseo -reverenció Reso-. En cuanto al Megas Depranon… charlaremos de este después. De momento cumpliré mi parte de la promesa -invitó Reso a Odiseo a que lo siguiera, hasta la parte trasera del templo en consagración a Apolo, dónde había un amplio oasis, que contrastaba demasiado en un país donde la mayor parte era desértica-. Ya tiene tiempo viniendo a este oasis, creo que llegó el tiempo de pedírselo -sonrió Reso, extendiendo su mano con algunas frutas en su palma, y entonces Odiseo escuchó un graznido que jamás había escuchado antes, mientras un ave en llamas bajaba del cielo, desde el Sol, y se posaba frente a Reso y, con cuidado, tomaba las frutas y las comía.
-Esa ave está en llamas -se sorprendió Odiseo, mientras el ave lo miraba y le graznaba con fuerza, derribando a Odiseo por la sorpresa-. ¿Qué clase de criatura es esa? -se sorprendió Odiseo, mientras Reso reía con tranquilidad.
-Su nombre es Ave Fénix -presentó Reso-. Solía vivir en Fenicia al este de la isla de Chipre. Helios, el Sol antes de Apolo y después de Hyperión, solía parar su carruaje en Fenicia para ver a esta ave que bebía de un lago todas las mañanas. Pero cuando nos enteramos de que Diomenes de Escorpio lideraría la avanzada a Chipre, y que ocultaría sus naves en la costa de Fenicia para comenzar con un asedio sorpresa, trajimos a Fénix aquí donde estará a salvo… momentáneamente claro -continuó explicando, y Fénix graznó con fuerza-. Puedo ver el futuro, Odiseo, pero no el futuro cercano, ni el futuro de nuestra realidad. Veo un futuro miles de años en el futuro, y sé que Fénix se convertirá en una Armadura de Bronce que servirá a Athena, como la Armadura Zodiacal más poderosa jamás creada, la Armadura de Fénix -le explicó.
-¿Por eso sabía que Diomedes invadirá a Chipre por Fenicia? -Reso asintió- ¿Sabe más detalles de la guerra? ¿Cosas que puedan ayudar en la victoria Aquea? -Néstor se aclaró la garganta y apuntó a la Suplice de Reso, por lo que Odiseo recordó la lealtad de Reso- Lo lamento… -se apenó.
-Sé que vas a matarme… tú y Diomedes, y que después lo traicionarás -explicó, y aquello sobresaltó a Odiseo-. No moriré hoy, claro, Diomedes no está aquí. Pero moriré con tu espada en la garganta. Cuando sabes tantas cosas como yo, Odiseo, ya no te preparas para ellas, cumples tu parte en el destino del equilibrio. Además, puedo ver el futuro, pero no controlo lo que veo. Vi tu llegada hace años, vi la victoria de Diomedes en Chipre, pero no he visto el final de la guerra, no sé quién ni cómo va a ganar. Pero he visto mi muerte, y he visto después de ella. He visto un inmenso caballo de madera, y a Troya arder en llamas, he visto a Poseidón enloquecer y declararle la guerra a Athena envuelto en un mar de sus propias lágrimas, he visto a Apolo bajar del cielo y unirse a la batalla, y he visto mucho más, a varios futuros lejanos… -le explicó mientras se sentaba en frente del Oasis, Néstor se sentó a su lado. Odiseo comprendiendo que la conversación sería larga, se sentó también-. He visto un futuro donde los dioses del sueño y la muerte, Hypnos y Tanathos, asesinan a Athena, pero pierden la guerra y son sellados -la noticia estremeció a Odiseo y a Néstor, no estaban muy contentos con la noticia-. Pero esa guerra pasará en casi 1,800 años. Después… no estoy seguro de lo que pasa, veo 2 guerras distintas, pasando al mismo tiempo y de diferentes maneras. En una, la diosa Athena es una huérfana con 2 amigos, uno de ellos destinado a convertirse en Hades… en la otra, la Athena de un futuro distante cae en el Santuario en forma de un bebé, y vuelve a enfrentar a Hades… en ambas guerras los Caballeros Dorados son distintos, aunque con unas pocas excepciones… pero ambas guerras apuntan a un destino idéntico, donde el mundo se olvida de los dioses. Hay criaturas de metal por calles de piedra, y aves gigantes de metal surcando los cielos con humanos en su interior, todo es muy confuso, pero en ese futuro un Caballero Dorado vuelve a dividir el futuro en varias ramificaciones más. En una de ellas, se vuelve en contra del Santuario de Athena e intenta asesinar a la reencarnación de la diosa mientras apenas es una bebé… en la otra… no lo hace, y Athena crece en el Santuario, más humana, más entregada a sus Caballeros Dorados. En ambas realidades esta ave que vez aquí se convierte en la Armadura de Bronce de quien bien podría ser el Caballero de Athena más poderoso que jamás haya existido. Ese es el nivel del regalo que te estoy dando. ¿Es esto para ti una ofrenda suficientemente aceptable para pedir que no invadas Tracia? -preguntó.
-Estoy un poco mareado por lo que me está comentando, señor Reso -se frotó la cabeza Odiseo, intentando comprender-. No sé qué pensar, pero me interesa más saber sobre sus visiones. No entiendo muy bien, pero, ¿dice que hay más de un futuro? -preguntó.
-Dimensiones paralelas -sugirió Néstor-. Mundos diferentes al nuestro, compartiendo una misma continuidad. Reso puede ver esos mundos, pero no sabe a qué línea de tiempo pertenece nuestro mundo -le explicó Néstor, y Reso asintió-. Aunque Reso haya visto su propia muerte en tus manos, no sabe siquiera si es parte de este mismo mundo o de otra dimensión paralela. En todo caso lo que Reso intenta decir es que sus predicciones son inútiles, por eso no le hace mucho caso a las mismas. El regalo que te está ofreciendo inclusive, no sabe si será o no útil -finalizó Néstor.
-Bueno… este es el único regalo que sin importar qué futuro vea, es importante, Néstor -le recordó Reso-. Además, creo saber a qué mundo se conecta el nuestro, y no es muy agradable. Aunque tengo el consuelo de saber que no viviré en ese mundo, ya habré muerto después de todo, asesinado por Odiseo o no -continuó-. El mundo al que creo que pertenecemos, es el mundo en el cual Athena crece en el Santuario, y le hace la guerra a Zeus. En ese mundo, los Titanes se despiertan buscando el Megas Depranon, sellado en la estatua de Athena. ¿Por qué esta el Megas Depranon sellado en la estatua de Athena? Eso no lo sé… pero se ve muy diferente al que llevas de arma, Odiseo. El Megas Depranon es un Souma, la armadura de los Dioses Primordiales, y tú la usas como si fuera una arma cualquiera -le explicó, y Odiseo meditó al respecto-. En otras palabras… algo pasará en esta guerra, que volverá al Megas Depranon a su forma original y tendrá que ser sellado en la estatua de Athena. Hay una visión que no te he contado, Odiseo. Vistes una armadura diferente en esta visión… y no es la Armadura Dorada de Libra -Reso vio entonces en el cosmos de Odiseo al Titán, y este le rugió con fuerza-. Definitivamente… ese es el futuro de mis visiones, y tú vas a crearlo -se susurró a sí mismo Reso, y entonces se puso de pie-. Pero no le hagas caso a este anciano. Deliro por las visiones de tiempos que no viviré para ver. Pero sí puedo prometerte, Odiseo, que este regalo elegirá siempre, al más poderoso de los Caballeros de Athena. En realidad, hasta ahora, solo he visto a 3 personas vestir esta armadura, y siempre han sido sujetos inmensamente poderosos, uno de ellos vive actualmente, y comparte curiosamente el nombre con esta ave -sonrió Reso.
-¿Fénix? -se sorprendió Odiseo- Pero Fénix es un Caballero de Plata. ¿Por qué vestiría una Armadura de Bronce? Sería un insulto. Además, su Armadura es la de Heracles -explicó Odiseo, y Reso sonrió ante su curiosidad-. Y reitero, Reso, de verdad no puedo prometerte la seguridad de Tracia. Yo solo sigo órdenes -insistió.
-Lo sé, y estás siendo sincero -le sonrió Reso nuevamente-. Y tomaré mis precauciones. Solo te pido que te retires, yo me preocuparé del resto -Odiseo lo pensó, y asintió a las palabras de Reso-. Está hecho entonces -miró Reso a Néstor, quien no entendía la mirada, pero sabía que Reso necesitaba de Néstor-. Pero mientras tu mente esté dominada por 2 entidades ajenas a tu cosmos, Cronos. No puedo elevar a Fénix como constelación -explicó Reso.
-¿Cronos? ¿2 entidades? -se preguntó Néstor, y tras poner atención, notó una presencia en la sombra de Odiseo- ¡Odiseo, perdona por esto! ¡Decreto Imperial! -se lanzó Néstor a Odiseo, quien fue impactado por el ataque de Néstor- ¡Fuera del cuerpo de mi hijo! -sentenció Néstor, mientras el cuerpo de Odiseo caía al suelo, e Hismidas, la Daimón de las Discusiones, era lanzada fuera de la sombra de Odiseo- Sabía que algo andaba mal… has manipulado a Odiseo, pero su mente era demasiado para ti. ¡Explosión de Cumulo de Estrellas! -lanzó su ataque Néstor, y la Daimón de las Discusiones fue impactada de lleno- ¡Terminaré contigo ahora! ¡La Otra Dimensión! -comenzó a distorsionar la realidad Néstor, y redes moradas rodearon a Hismidas, que estaba confundida y asustada, pero la mano de Odiseo envuelta en cosmos canceló el ataque de Néstor- ¿Odiseo? -se preocupó Néstor.
-No… Cronos… -habló Odiseo, con su cuerpo brillando con una luz intensa y azul, y el Megas Depranon se materializó en su mano-. Ah… el Megas Depranon está incompleto todavía… -volvió a decir Odiseo, y Néstor lo miró con preocupación-. No importa… es suficiente para enviarte con tu amo. ¡Megas Depranon! -cortó Odiseo, e Hismidas sintió su cosmos partirse, y fue lanzada por el dominio dimensional del Megas Depranon de regreso a Troya- Anciano… ¿eres tú quien me ha llamado? -se posó Odiseo en dirección a Reso.
-Mi señor Cronos… -reverenció Reso, y Néstor no sabía qué hacer, solo se quedó allí, estupefacto-. Muestra respeto, Néstor. Estás frente al dios de dioses, Cronos, el Titán Primordial -Néstor no lo pensó más, se arrodilló, y dio sus respetos a Cronos, mientras el cielo se convertía en un cumulo de estrellas que rodeaba toda Tracia-. Mi señor… sus hijos hacen la guerra en Anatolia, los 3 se encuentran participando, incluso su hijo Zeus se ha manifestado -le explicaba Reso.
-¿Enserio? -sonrió Cronos- ¿Y que ha sido de Athena? ¿Gobierna aún este mundo? ¿Se ha levantado en contra de Zeus? Debo saberlo. ¿Qué ha sido del Ciclo Infinito? -preguntó, y Néstor tan solo tembló por el miedo, sin saber qué hacer- Mi posesión de este cuerpo es limitada. Tengo en mis manos mi Souma, pero está sellada -explicó.
-Una mera precaución, mi señor -explicó Reso, y Cronos se molestó y apuntó su guadaña en dirección a Reso-. Admito que los Tracios han sido responsables. Pero no se ha olvidado la lealtad original, mi señor. Las puertas del Tártaros aún no se debilitan, si es liberado ahora… Aqueos y Troyanos olvidarán sus respectivas lealtades, y se unirán contra el mal común, usted. ¿No es mejor dejar a sus hijos destruirse unos a otros? Poseidón ya ha perdido su cuerpo original en una guerra hace miles de años, pero Hades mantiene su cuerpo escondido en el Inframundo. Frente a las puertas mismas del Tártaros. Pero, si existiese un ser capaz de viajar al mundo de los muertos a voluntad, puedo prometerle que el cuerpo de Hades será separado de su alma para siempre, y usted tendrá la ventaja cuando por fin su castigo en el Tártaros se termine -finalizó Reso.
-¿Esa ave? -preguntó Cronos, y Reso asintió- Umm… Poseidón ha estado utilizando la fuerza de Tártaros a su voluntad. Siempre que abre la puerta puedo ver la guerra por unos instantes en los que sus fauces están abiertas, y quienes entran han sido muy buenos informantes. Poseidón y Hades están en guerra. Asegúrame que el cuerpo de Hades será destruido, y yo crearé la armadura que me pides -exigió.
-Tiene mi palabra, mi señor Cronos -reverenció Reso- Para cuando la Guerra de Troya termine, solo Zeus poseerá su cuerpo original. ¿Eso le satisface? -le preguntó Reso, y Cronos se limitó a sonreírle.
-A Zeus le destruiré el cuerpo yo mismo -se acercó Cronos al ave, que graznó con fuerza-. En el nombre de Cronos, te ordeno convertirte en estrellas en el cielo -el ave estalló y se extinguió, convirtiéndose en cenizas en ese momento. Una nueva constelación iluminó el cielo estrellado que era el cosmos de Cronos, y el ser primordial miró a Reso entonces-. No vuelvas a despertarme hasta que me encuentre frente al trono de Hades -finalizó Cronos, y el cosmos del Dios Primordial se extinguió, liberando a Odiseo, quien cayó inconsciente.
-¿Qué ha sido todo eso? -se sorprendió Néstor, corriendo en dirección a Odiseo y cargándolo en sus brazos- Reso… explícame, ¿eres amigo o enemigo? ¿Ese ha sido Cronos? -le preguntó Néstor preparando su cosmos.
-No soy amigo ni enemigo… -le respondió Reso-. Solo visto la Suplice para llegar ante Cronos en mi muerte, Néstor. Sueño con el día en que me convertiré en un ser destinado a la reencarnación, para poder ver esos mundos futuros, ese es mi deseo. Y entrar en Tártaros me abrirá esa puerta -le explicó, y Néstor no supo qué decir-. En un futuro lejano cuando por fin reencarne, seré quien entrene al poseedor de esta Armadura de Bronce -hundió sus manos en las cenizas, y las lanzó, estas se transformaron en una Armadura de Bronce muy hermosa, respaldada por las estrellas jóvenes de la nueva constelación-. Seré el maestro del Caballero de Athena más poderoso de todas las realidades, el Caballero de Fénix. ¿Quién puede presumir eso? En cuanto a Cronos, Odiseo es su contenedor, así como Shana es el de Atenea, y el niño Atlante es el de Poseidón, y Paris el de Hades. La diferencia es que la conciencia de Cronos está encerrada en el Tártaros, por eso Odiseo tiene el control total de su cuerpo, y así está bien, porque Cronos solo necesita a su contenedor una sola vez para debilitar la barrera del Tártaros, y no importa lo que hagamos, esa barrera en todos los mundos que he visto se rompe. Así pues, si Cronos está destinado a ser el Dios Supremo del Inframundo después de Hades, ¿no quisieras tú su favor? Al menos yo quisiera saber que soy recompensado en mi muerte, no como todos los que hacen la guerra a Hades, y sí, Néstor, he visto mi recompensa en el futuro, y las acciones del día de hoy me han hecho merecedor de la misma. En otras palabras, sé a qué realidad pertenezco, y esta armadura va a serles muy útil -caminó Reso junto a Néstor, que no daba cuenta de lo que había presenciado-. Si fuera tú mantendría esto en secreto, Néstor. Hazme este favor, y te aseguro que el alma de Antíloco será recompensada por Zeus cuando muera -Néstor dejó a Odiseo en el suelo, y viró para ver a Reso, preocupado-. No puedo decir más, Néstor… soy neutral… no te debo nada a ti, ni le debo nada a Hades. Solo visto esta Suplice para llegar al Tártaros -y sin decir más, Reso se retiró.
-¿Néstor? -habló Odiseo con tranquilidad- ¿De qué me perdí? -se incorporó Odiseo, con un dolor de cabeza tremendo- Recuerdo que me atacaste nuevamente con el Decreto Imperial, pero, ¿por qué? ¿Dónde está Reso? -preguntó Odiseo.
-Hijo mío… -lo abrazó Néstor con sus ojos en lágrimas, pero rápidamente Néstor se repuso-. Una Daimón estaba poseyendo tu cuerpo, por eso tomabas decisiones tan equivocadas. Tuve que inutilizar tu cuerpo para liberarte -le explicó, y entonces se separó de Odiseo-. En cuanto a Reso… -pensó Néstor, un tanto preocupado-. Prometió no hacer la guerra a los Aqueos, no le debe lealtad a Troya, y por ello te ha obsequiado esta Armadura de Bronce -apuntó Néstor, y Odiseo se maravilló al ver la Armadura.
-Siento un poder tremendo saliendo de esta Armadura -sonrió Odiseo, maravillándose por el esplendor de la Armadura de Fénix-. Llevaré esta Armadura a Shana, veré que se consagre al nombre de Athena. Y se la entregaré al Caballero que yo considere más digno -sonrió Odiseo sin sospechar que Néstor ahora cargaba con una piedra muy profunda por amor a Odiseo.
Anatolia. Troya. Planicies De Troya.
Los Salaminos, Cretenses, Dárdanos y Troyanos estaban agotados. Polixeno y Alala se sostenían a lo que les quedaba de cosmos. Uno estaba agotado, la otra no escuchaba más que silencio a su alrededor, y su cosmos se había achicado en consecuencia. Yálmeno ya no mantenía a los guerreros a raya, el agotamiento lo había vencido, así como a su gemelo Ascálafo. Áyax aún combatía a Cebríones y a Polidamante, pero los 3 estaban agotados. Incluso Agamenón y Eneas estaban heridos, cada uno en una sección de la planicie, Agamenón cerca de las playas donde se tomaba del brazo dislocado, y Eneas a unos metros tendido sosteniéndose de Maleros, utilizándola para intentar levantarse. Parecía que los únicos que seguían combatiendo con fiereza eran Héctor e Idomeneo, pero ambos ya estaban llenos de sudor por el esfuerzo y los cuerpos les temblaban.
-Podríamos seguir… hasta que uno de los 2 muriera… pero ya han muerto suficientes por un día… -comunicó Idomeneo con debilidad, Héctor respiraba pesadamente también-. Jamás había visto guerrero tan valiente… tienes mi admiración y mi respeto… te he dado todo mi cosmos en esta batalla. Pediré el perdón de Poseidón, si me permites escapar con mi vida -le pidió Idomeneo.
-Poco me importa Hades a mí… -le respondió Héctor con cansancio-. Lo que me importa es Troya y mi gente, y seguro muchos quieren llorar a sus caídos. Pide una tregua para velar a los caídos, júrame por Poseidón que no seremos atacados mientras mis hombres recogen los cuerpos de los caídos para sepultarlos con honores… y te juro que Troya no atacará a los tuyos mientras hacen lo mismo… -ofreció Héctor.
-Eres honorable… -se separó Idomeneo, y buscó a Meríones entre los heridos, el de Scilla se había arrastrado hasta estar lo más cerca posible de su rey-. Toca la trompeta… -le pidió, y Héctor buscó a Polidamante.
-Nos vamos, Polidamante, deja de jugar con Áyax… -pidió Héctor, mientras Áyax sostenía la cabeza de Polidamante en una mano e impactaba el escudo de Cebríones con su lanza-. ¿Me permites a mi trompetista? No podemos hacer la tregua sin que él llame a las tropas a la retirada -explicó Héctor, y Áyax se posó furioso frente a Héctor tras patear a Cebríones lejos.
-Estamos en tregua, Áyax -lo miró Idomeneo con autoridad, y Áyax hizo una mueca de descontento, y soltó a Polidamante, que sangraba de nariz y orejas ya que Áyax estuvo a punto de destrozarle el cráneo.
-Toca la trompeta -ordenó Héctor, y Polidamante a duras penas obedeció, y los pocos combatientes que quedaban en pie dirigieron sus miradas a Héctor y a Idomeneo-. ¡Troya, Dárdanos, que nadie empuñe arma alguna! -enunció Héctor- Idomeneo de Crisaor, Rey de Creta, y Héctor de Bennu, Estrella Celeste de la Violencia, han pactado tregua. Nos volveremos a enfrentar en una Luna -finalizó Héctor.
-Ya oíste, Alala -ordenó Eneas, y la furiosa Daimón pateó a un Políxeno descuidado al suelo, y se retiró con los brazos cruzados-. ¡Discúlpate en este momento! -ordenó Eneas, y Alala, aunque furiosa, viró en dirección a Políxeno.
-¡Disculpa! -le gritó, y lo lanzó varios metros en dirección al campamento Aqueo, antes de retirarse haciendo rabietas sonoras y con un Eneas muy molesto siguiéndola de cerca- ¡A Troya, Dárdanos! -enunció, y los Dárdanos levantaron a sus heridos y marcharon con ellos a Troya. Después volverían por los muertos.
-Daimones, a mí -ordenó Eneas una vez que entró en Troya, y los 9 Daimones se reunieron a su alrededor-. Puedo ver que regresan Hismidas y Polemos. ¿Qué han averiguado? ¿Están muertos Odiseo y Palamedes? -preguntó.
-No aún… amo Eneas… -se preocupó Hismidas, pero Eneas le dio poca importancia-. Pero descubrí que Reso, el rey de las tribus de Tracia, ha recompensado a Odiseo con una Armadura de Bronce muy poderosa, y se ha negado a hacerle la guerra a los Aqueos clamando neutralidad -explicó con cautela.
-Ese cuento de la neutralidad lo conozco muy bien, y tengo entendido que Reso es leal a Hades -Hismidas asintió- ¿Qué más averiguaste? -le preguntó sin rodeos, a lo que Hismidas respondió con una reverencia.
-Reso posee 4 Glories que pertenecen a Apolo… -explicó Hismidas-. Si esas Glories están del lado de Troya, los Aqueos no ganarán. Pero para que las Glories traigan la victoria, Apolo debe unirse a Hades, solo que no lo hace porque Artemisa está del lado de los Aqueos trayendo vientos favorables en sus viajes. Diomedes de Escorpio inclusive se encuentra en Chipre en estos momentos -finalizó.
-¿Qué? -enfureció Eneas- ¡Se supone que ese idiota se recuperaría de las heridas de nuestro combate! ¿Quieres decir que el muy bestia fue malherido a Chipre? ¡Macas! -ordenó, y el Daimón atendió al llamado- Ve a Chipre, ponte al servicio del rey Ethon. ¡Asegúrate de que Diomedes no regrese con vida! -Macas asintió, y se desvaneció- En cuanto a ustedes… esperaba más de sus habilidades -apuntó Eneas a Hismidas y a Polemos-. ¡Más vale que hagan algo con Odiseo y Palamedes! Porque mientras dura esta tregua, le estamos dando tiempo a ese par de planear algo, y no planeo que esta guerra se extienda mucho. Enio -la Daimón se presentó ante Eneas-. Quiero a Artemisa del lado de Troya, no me importa qué tengas que hacer para atraerla, quiero a Artemisa, a Apolo, y a esas Glories en Troya lo antes posible -Enio asintió y se desvaneció también-. Te lo dije, Paris… tú iniciaste esta guerra. Yo voy a terminarla… -finalizó Eneas, y caminó rumbo al palacio Troyano.
Chipre. Ciudad de Pafos. Torre de Cobre
-¡Aaaaah! -gritó Anficlas, despertando de su sueño, y Lodis a su lado despertó asustada y cayó de la cama. Anficlas vestía como un rey aún mientras dormía, y llevaba varios vendajes alrededor del pecho para que no revelaran su identidad como una mujer, además de unos pantalones bien amarrados para que Lodis dejara de insistir en desnudarla- Ese sueño otra vez… por fin lo he tenido… -se puso de pie Anficlas, y caminó hasta su Suplice que estaba dentro de su armario.
-¡Ethon, me asustaste! -se quejó Lodis- ¿Cuándo entraste? Siempre, no importa cuánto me esfuerce en esperar a que regreses, me quedo dormida y apareces en mi cama a la mañana siguiente. ¿Cuándo vas a reclamar a tu esposa? -se molestó Lodis, mientras Anficlas se quitaba la bata del rey y revelaba los vendajes que llevaba alrededor de espalda y pecho- ¿Te has herido? ¿Cómo? ¿Cuándo? -preguntó acercándose a Anficlas.
-Ya no tiene caso ocultártelo… hoy es el día en que todo esto termina… hoy es el día que recupero mi vida… -se quitó los vendajes Anficlas, mostrándose ante Lodis como es realmente-. Lamento haberte mentido… -confesó.
-¿Eres una chica? -se sobresaltó Lodis, y sus ojos se ahogaron en lágrimas, mientras Anficlas se colocaba su Suplice- ¿Cómo? ¿Por qué? ¡Se lo prometiste a mi padre! -lloró Lodis entonces, y Anficlas sintió su corazón destrozarse.
-Mentí… -bajó la mirada Anficlas-. No puedo darte un hijo… porque no soy un hombre… -le explicó, y Lodis cayó en sus rodillas-. Pero puedo salvarte a ti y a tus hermanas, esperando que una de ustedes pueda cumplirle el sueño a Cíniras. Sal de la ciudad, Lodis, y llévate a tus hermanas -salió Anficlas, y Lodis corrió a su encuentro y le tomó la mano- ¿No has escuchado? ¡Llévatelas de aquí! -insistió, empujándola, y Lodis cayó al suelo- No lo entiendes… me he preparado para este día… -finalizó y se dio la vuelta.
-¡Hombre o mujer eres mi esposo! -le gritó Lodis, y Anficlas se detuvo y viró para verla- Lo juraste ante Deméter… eres mi esposo… y voy a quedarme contigo sin importar que seas una mujer -enfureció Lodis.
-Allí es donde te equivocas -respondió Anficlas-. Ethon fue el que juró en nombre de Deméter. Pero mi nombre no es Ethon, es Anficlas. No te debo nada, ahora vete, salva tu vida -insistió Anficlas.
-Eso significa que mi padre no te nombró rey -apuntó Lodis, y Anficlas suspiró y se dio la vuelta, encarando a Lodis-. Me quedo contigo… u ordenaré que los soldados de Chipre no te sigan a la batalla. ¡Tengo ese poder por derecho! -insistió.
-Haz lo que quieras… -respondió Anficlas con frialdad, y Lodis se sobresaltó-. Tengo a todos los soldados que necesito a mi cargo -golpeó con el mango de su lanza el suelo un par de veces, y la puerta de su habitación se abrió de manos de Metarme, la esposa de cobre de Cíniras-. Metarme estaba presente cuando Cíniras me declaró rey, y mientras ella me sirva, todas las Estatuas de Cobre me sirven también, además… solo necesito a un soldado humano, a Oxiporo -explicó, y Lodis recordó a su hermano prisionero-. No necesito de los demás, puedes huir de Chipre con ellos, solo necesito a los muñecos. Metarme, has el favor de llevarte a mi esposa y a sus hermanas lejos de Chipre -Metarme tomó a Lodis del brazo, y comenzó a tirar de ella fuera de la habitación.
-¡Mi padre lo dio todo por ti! -gritó Lodis mientras Metarme se la llevaba- ¡Yo te amaba, Ethon! ¡De verdad te amaba! ¿Cómo pudiste? ¡Ethon! -continuó gritando Lodis mientras lloraba, y Metarme se retiró con ella.
-Mi hermana estaba muy molesta cuando se enteró -escuchó Anficlas, mientras 2 Estatuas de Cobre traían consigo a un Espectro cubierto en cadenas de cobre-. Eres una chica entonces… ya decía yo que olías bastante bien. ¿Qué pasa si me niego a ayudarte y te hago mía en estos momentos? -preguntó el Espectro, de ojos rojos, cabellera larga y sucia, y dientes afilados artificialmente y llenos de sangre-. Serías un rico aperitivo -sonrió.
-Oxíporo de Automaton, Estrella Terrestre de la Opresión, el hijo caníbal de Cíniras -reverenció Anficlas, y Oxíporo se saboreó-. Todos los hijos bastardos nacidos del incesto están malditos, tú siendo el más peligroso. Pero puedo matarte, tengo ese poder. Tú elijes si morir aquí y ahora, o esperar al banquete que viene en camino, quítenle las cadenas -ordenó, y las Estatuas de Cobre obedecieron, liberando a Oxíporo, que caminó detrás de Anficlas al balcón-. Ellos son el verdadero enemigo… y te entregaré el cuerpo de un rey para que te des un festín. El cuerpo de Diomedes de Escorpio -enunció.
-¿Un Caballero Dorado? Suena muy sabroso -exclamó Oxíporo-. Tienes mi servicio, Anficlas. Al menos por ahora. Hiciste llorar a mi hermanita, y eso no está bien -señaló Oxíporo.
-¿Y comerte a otros está mejor? -preguntó Anficlas, mientras miraba los barcos acercarse, encontrando un destello dorado brillando en la proa de uno de ellos- ¿Ataca de frente? Qué arrogante -sonrió Anficlas, sabiendo de antemano que Diomedes venía y la fecha de su llegada de antemano, sabiendo también que podía detenerlo.
-Harías bien en no confiarte -escuchó Anficlas, y detrás de ella apareció Macas, a quien Anficlas recibió con su lanza apuntando a su cuello-. Eres fuerte… muy fuerte… será divertido verte combatir -sonrió el Daimón-. Pero no soy tu enemigo, he venido a informarte que, aunque tienes a Argos de frente, Calidón y Tebas atacan por el lado de Fenicia -explicó Macas.
-¿Qué has dicho? -se sorprendió Anficlas, y corrió al balcón del otro lado de la Torre de Cobre, y notó, para su sorpresa, a los barcos de Chipre ardiendo mientras las tropas de Tebas y de Calidón al mando de Teucro y de Antíloco, desembarcaban a sus espaldas- ¿Cómo es posible? ¡A las armas todos! ¡Defiendan Chipre! -ordenó a las Estatuas de Cobre, que corrieron en defensa del este de Chipre- Oxíporo, ve con ellos, yo lideraré el frente, y tú, seas quien seas, ve con él -ordenó, y Macas desapareció, reapareciendo cerca de las tropas humanas que defendían el este-. Maldito malnacido… ocultaste tu flota en Fenicia. Pero esto no va a quedarse así -enfureció Anficlas-. ¡Hoy se termina esta pesadilla! -gritó con todas sus fuerzas, y en el mar, Diomedes pareció escucharla.
-No… Anficlas… -preparó su aguja Diomedes-. La pesadilla, apenas está comenzando. ¡Antares! -lanzó su aguja Diomedes a la costa, y esta estalló en una fuerza de energía tremenda que demolió los muelles donde las Estatuas de Cobre esperaban con flechas incendiarias, hundiéndolas dentro del mar-. ¡Si es de cobre, destrúyanlo! ¡Si es humano, captúrenlo! ¡Si no pueden capturarlo, denle una muerte rápida e indolora! ¡Hoy conquistamos Chipre! ¡Por los Aqueos! ¡Por Poseidón! ¡Por Athena! ¡Por Argos! ¡Por Tebas! ¡Por Calidón! -formó su lanza Diomedes, y el grito de guerra se dejó escuchar, mientras Diomedes saltaba a la costa seguido de Esténelo de Argos y Euríalo de Unicornio- Si he de destruirte que así sea… Anficlas… pero no digas que no intenté salvarte. ¡Ataquen! -ordenó Diomedes, y el caos reinó, mientras los 3 reinos que le servían hacían la guerra en Chipre, y la devastación del maestro de la guerra se extendía.
