Planeaba actualizar el sábado o domingo pasados, pero las mejoras y arreglos de mi casa (rentada pero igual mi casa), me absorbieron y no me fue posible. Además, se supone que debía estar actualizando Academia Sanctuary, pero por alguna razón que no alcanzo a comprender, la inspiración de Guerras de Troya no se va. Así que supongo que seguiré con estas actualizaciones. A contestar reviews:

dafguerrero: Poco Ortodoxa y Anficlas son sinónimos, jajaja. Anficlas o Pentesilea… está difícil, como sea me inclino por Anficlas porque Pentesilea será algo así como el personaje que representa a las feminazis actuales y puede que llegue a ser odiosa, pero ese es el personaje que pretendo representar. Anficlas por otra parte, será la contraparte de Pentesilea, el personaje que pese a ser femenino y menospreciada, se levanta a hacerse un nombre por sí misma, las 2 clases de feminismo, jajaja. Sobre Héctor, hay que entender que, como en el mito, es el personaje más humano de toda Guerras de Troya y, dependiendo del punto de vista, el verdadero protagonista. Héctor es un personaje con el que disfruto mucho trabajar, pero a riesgo de que me pase lo mismo que con Diomedes, tiene descansos prolongados en la trama, pero en mi libro es el Espectro más poderoso y espero algún día representarlo como tal. No se me ocurre ninguna parte en el mito donde se mencione las necesidades de los dioses, salvo 2 excepciones que no mencionaré por respeto a los más pequeñitos, pero en definitiva no creo que los dioses tengan los mismos problemas que los mortales, digo por algo son dioses. ¿Por qué Kuramada no me contrata? Pues porque estoy plagiando su historia, y porque no soy dibujante, además de que no sé japonés. Pero sí me da curiosidad de saber qué pensaría Kuramada de mis historias… aunque viendo lo que está haciendo con Next Dimention pues… prefiero no hacerlo (No soy fan de NExt Dimention). No entiendo la pregunta de Anficlas si ni sale en Academia Sanctuary. Y ya sé, todos odian al pobre Agamenón. Lo de Pentesilea y Héctor no será muy marcado, ni le des vueltas. Y sobre Anficlas y Saori, eso sí será recurrente.

Dragon1983: Lo morboso del mito de Aquiles y Pentesilea será algo que tendré que meditar bastante, pero trataré de darte una escena digna. Aunque sí veo a Pentesilea solo aprovechándose de los hombres por sus placeres personales. Ya busqué las imágenes de Fate Go pero hasta allí, no me gustaría espoliarme. Lo de Pentesilea y Héctor sí pasa en el mito, no me lo estoy inventando, pero es muy poco conocido. Anficlas sí creo que es la best waifu, jajaja. Artemisa es otro tema muy aparte, no sé lo que piensen muchos de ella actualmente, pero para Homero, era una diosa idiota y llorona, así que, tengo que darle algo de eso a la historia… supongo. Sé que Palamedes no era exactamente un santo pero, es una parte difícil del mito a decir verdad, y pues Diomedes en una versión incluso ayuda a Odiseo a asesinarlo, así que no podía tenerlos enemistados por mucho tiempo. Umm… Helena y Paris tienen 2 hijos que yo recuerde, así que no habrá más hijos pienso yo, tengo que investigarlo a decir verdad. Qué bueno que disfrutaste del capítulo, espero que disfrutes este.

Tita: Que raro que yo no conozca a una diosa, pero investigaré sobre ella. Sobre Palamedes, creo que contestaré mucho esto, su muerte fue difícil de escribir, pero parte del mito, yo respeto el mito. Sobre Anficlas, no era broma lo de que era la primera Mulan, y sobre Pentesilea, no sé cuánto te durará ese gusto. Lo de Aquiles y Atenea es una parte del mito que se conoce muy poco, y que de hecho fue destruido ya que se contrariaba con la versión de la diosa virgen. Verás, aparentemente existió una versión del mito muy antigua en la que Atenea crio a un hijo de Aquiles, aparentemente suyo también, y como estoy mezclando la mayor parte de los mitos en uno solo, me pareció hacer la alusión, pero descuida, no pasará a mayores. Al ser un mito tan poco conocido no puedo anclarme para hacer un arco argumental al respecto, solo guiños para quienes han escuchado o investigado de ese mito. Y no es fetiche, Shana de verdad es inalcanzable, por eso no te mortifiques. Lo de Cerbero si me lo inventé, jajajajaja. Lo de hermano hijo sobrino lo escribí mal inclusive, jajaja, yo solo me confundí, ya estoy subiendo la corrección, solo debes saber que Deípilo es el hijo biológico de Ilíona y con eso estarás bien.

TsukihimePrincess: El mito de Ilíona está demasiado complicado, tanto que pensaba no incluirlo, pero como no me estoy basando solamente en la Illiada y en la Odisea, sino que metí también: "Los 7 Contra Tebas", "La Eneida", y muchos otros más, pues decidí hacer la enciclopedia completa. Diomedes planea adueñarse de Asia Menor, Asia en ese entonces estaba dividido en varias partes, Asia menor llegaría más o menos a la frontera de China. No sé si la guerra se pondrá más interesante, en especial porque son muy pocas las fuentes de los años 3 y 4, pero haré mi mejor esfuerzo por que sea interesante.

DianaArtemisa: Sé que no se parece mucho a la Artemisa de Kuramada, pero en mi defensa personal, Homero decía que Artemisa era una niña berrinchuda y molesta así que me decidí por darle la razón. Y sí, yo solo me confundí en lo del hijo que no es tu hijo y todo eso, ya lo corregí, solo concéntrate en que Deípilo es el hijo biológico. Casandra, capítulo 5 de Temporada 3 último párrafo, ya está planeado. Es correcto, el sueño de Anficlas siempre estuvo enfocado a vestirla de águila. Pensé que sería obvio, pero veo que no muchos lo entendieron. Y bueno, Anficlas es tierna supongo, a su forma, y seguirá dando mucho de qué hablar. Anfimedes creo que queda bien, y eliminé los reviews repetidos, no te preocupes.

PandoraRomanus: ¿Por qué tanta formalidad? Perdón por no saber quién es Anne Rice, yo soy del tipo que dice: "Me gusta esa canción" y otros me preguntan: "¿Te gusta Paquito Parmero?", y yo respondo: "Dije que me gusta la canción, ni idea de quién es ese", mi mente funciona de esta manera, a los famosos ni les importa quién soy, así que a mí no me importa quienes son, disfrutaré sus obras pero no seré un seguidor, como leer sin dejar review (ok mal chiste), el punto es que no me importan las personas que crean algo, sino el contenido, ¿cómo lo explico? Es como cuando veo a una super fanática de Harry Potter, que se sabe hasta el color de los calzones de la autora (Que ni idea de cómo se llama, con esfuerzo sé que es mujer), y me quedo pensando: "hay cosas más importantes en que pensar que en el color de los calzones de la autora de Harry Potter", así que, normalmente si me dicen: "Conoces a tal autor", yo te pregunto: "¿Qué escribió?" Soy fan de la obra, no de la persona… que ahora que lo pienso resulta ridículo si consideramos que soy escritor, jajaja, pero así soy, así que mis más sinceras disculpas, soy de los que viven debajo de las piedras. Y no es que no me gusten las lecturas de vampiros, leí Drácula… no sé cuál versión… pero la leí. Ahora que lo escribes de esa forma, tal vez me pasé un poco con lo de Éax y Palamedes, pero prefiero usar a Éax en la historia que a Nauplio, el padre de Palamedes, así que me iré por la idea del hermano ofendido. Y qué bueno que otra persona entendió el simbolismo de Anficlas, me da mucho gusto, eso significa que realmente me salió la idea del sueño de Anficlas. Fíjate que no estoy enteramente seguro de si Héctor y Pentesilea se conocieron o no en el mito, pero es verdad lo de la admiración, lo que era muy raro en una Amazona a decir verdad. Lo de Hipólita y Pentesilea aún lo estoy pensando, pero créeme que será cosa del final de temporada, no será pronto. Lo de Aquiles y Shana no es cosa mía, recuerda que estoy recolectando todas las versiones de los mitos y uniéndolas en una sola, hay un mito poco conocido de Aquiles y Atenea, ese es el que estoy usando, pero no le des muchas vueltas, será muy poco lo que se comentará en ese aspecto, bueno… aunque tocaré ese tema en el próximo capítulo a decir verdad, veré cómo lo arreglo, pero definitivamente no es una versión alternativa, hay un mito sobre ello. Sé que es mi historia y que tengo libertad creativa, y créeme que pienso tomar esa libertad creativa, solo una vez, en el Capítulo 6 de la Temporada 3, y espero que sea una libertad creativa del agrado de todos. Gracias por tus felicitaciones, espero poder seguir escribiendo algo que esté a la altura de tus expectativas.

midusa: Ya lo he dicho antes pero: "Casandra, capítulo 5 Temporada 3 últimos párrafos", es todo lo que puedo decir. Jajaja, no me recuerdes mis oscuros días de Guerras Doradas tratando a mis personajes como patanes, me hace sentirme ruin, por eso te digo que no pude evitar modificar esa parte de mi historia, no podía vivir con eso. Sí estoy pensando en darle más protagonismo a Néstor, pero voy por orden, de momento es Áyax y Epeo, después tal vez Acamante y Anfímaco, Néstor es más como para la siguiente temporada en lugar de esta, pero veré como le doy más protagonismo, no quiero agotar mis cartas. Además, hay personajes a los que tengo que aprovechar mientras están. Esta temporada es más histórica que mitológica, tal vez por eso recuerdas solo vagamente el mito, porque este casi no está. Héctor es fiel y devoto, lo que dijo Menelao es solo la: "Tradición del buen anfitrión", y no aplica para Héctor, así que tranquila, Héctor no andaba de pervertido como Diomedes. Espero sigas disfrutando esta historia.


Saint Seiya: Guerras de Troya.

Troya: Año Dos.

Capítulo 2: Los Suplicios Obsidiana.


Costas de Troya. Año 1,194 A.C.

-¡Adelante! ¡Por la gloria de Salamina! ¡De los Aqueos! ¡De Poseidón! ¡Y de nuestra diosa Athena! -gritó Áyax con fuerza, sobre la proa de uno de los barcos, y el estruendo de los soldados de Salamina vitoreando en su nombre, lo siguió. Epeo y Teucro, también en el barco de Áyax, se cubrieron los oídos con fuerza, sobresaltados por la poderosa voz de Áyax y su pueblo.

-¡Por la fortaleza de Atenas! ¡Por la gloria de la ciudad de nuestra amada diosa! ¡Por Poseidón! ¡Y por la victoria de nuestra Empresa! -gritó Acamante desde un barco Ateniense, y su pueblo exclamó con fuerza. Su hermano, Demofonte, el Caballero de Bronce del Lobo, daba órdenes sin cesar, preparando a hombres con escudos en las orillas del navío, todos viendo en dirección a Temiscira, nerviosos, pero determinados.

-¡Por nuestros hermanos y hermanas en Élide! ¡Por la gloria de los dioses que apoyan esta empresa! ¡Por la victoria Aquea! ¡Y en memoria de Noesis de Triangulo! ¡Co-rey de Élide! -gritó con fuerza Anfímaco, también sobre otro de los barcos, y mientras su compañero co-rey, Talpio, el Caballero de Bronce del Delfín, suspiraba nervioso, y preparaba su cosmos.

-Si esto no funciona, Odiseo… será una masacre… -exclamó Diomedes, sumándole incluso más preocupaciones a Odiseo, quien lanzaba oraciones a Poseidón, justo a su lado, y curioso por escuchar todas las oraciones en su cosmos, cuando Odiseo podía simplemente enunciárselas directamente-. Es hora, mi señor Poseidón -reverenció Diomedes.

-Lo siento… con Odiseo orándome todo el tiempo no escuché bien. ¿Estamos listos? -preguntó Poseidón, y entonces notó a una preocupada Shana- Estarás bien. Ya eres una diosa, Athena. Tengo plena confianza en ti, enorgulléceme -le sonrió Poseidón, y Shana hizo una reverencia, despidiéndose de él-. ¿Solo eso? Y yo que pensaba que sí me querías -se burló Poseidón.

-¿Eh? ¿Puedo en verdad? -preguntó Shana, y Poseidón asintió, por lo que Shana se lanzó a los brazos del niño de 11 años frente a ella, aunque tuvo que agacharse- Voy a extrañarte mucho, tío Poseidón, no seas un tirano, que nuestra alianza dure para siempre -le pidió Shana.

-Eso no te lo puedo prometer, soy un dios poco paciente -se burló Poseidón, y Shana comenzó a temer el día que tuviese que enfrentarse a Poseidón en una guerra-. Tonta… en esta era, en esta encarnación… nada ni nadie, ni Zeus ni Hades, me alejarían de Athena -le juró Poseidón, y siguió a Idomeneo dentro de un navío Cretense, que era tan solo uno de muchos que comenzarían la empresa-. ¡Estamos listos! -gritó Poseidón.

-¡Itáca, a los arcos! -enunció Odiseo, y sus arqueros todos prepararon los arcos- ¡No hay mejores arqueros que los hombres de Ítaca, y vamos a demostrárselo a esas Amazonas! ¡Preparen! -ordenó Odiseo, mientras veía a las Amazonas a orillas de la Isla de Temiscira preparando sus flechas- ¡Fuego! -gritó Odiseo, las flechas fueron disparadas, justo en el momento en que los barcos Salaminos entraron dentro del rango de tiro que Anficlas había calculado, y tanto flechas de las Amazonas como flechas de los Ítaquenses, se estrellaron unas con otras, negándose unas a otras, y las que no fueron interceptadas, fueron repelidas por los miembros en los barcos.

-¡Muro de Cristal! -elevó Epeo su muro, que rodeó a una gran cantidad de barcos Salaminos, y a unos cuantos barcos de Atenas- ¡Maestro Acamante! ¡Son demasiadas! -se quejó Epeo, mientras la lluvia de flechas impactaba y cuarteaba su escudo, ya que mientras más extenso, más débil era.

-¡Nos haremos cargo, Epeo! ¡Escudos! -ordenó Acamante, y los Atenienses levantaron sus escudos, resistiendo la lluvia de flechas que Epeo fue incapaz de detener- ¡Formación cerrada! ¡De cuclillas y cabezas abajo! -continuó ordenando, y elevando su cosmos para destruir las flechas que se dirigían en su dirección.

-¡Te tenemos cubierto, Acamante! -le comunicó Anfímaco, elevando su cosmos, y apuntando a las flechas- ¡Lluvia Carmesí! -enunció, y su ataque salió desprendido como dardos mortales, destruyendo las flechas, e impactando inclusive a algunas Amazonas- ¡Ahora Talpio! -ordenó.

-¡Cortina de los Mares! -elevó las aguas Talpio, y estas funcionaron como una segunda barrera, que atrapaba y despedazaba las flechas. Pero sin importar todas las barreras, las Amazonas que se empeñaban en mantener el mar libre de los barcos Aqueos, lanzaban más y más flechas, algunas de las cuales lograban alcanzar los barcos.

-¡Ahora! ¡Ahora! ¡Ahora! -gritaba Odiseo, y tanto Toante de Pegaso como Podarces de Dragón hicieron señas a los barcos Cretenses, liderados por Idomeneo de Crisaor, quien, tras una oración frente a Poseidón, y el dios asintiendo, emprendió la navegación.

Los barcos de Salamina, de Atenas, y de Élide, funcionaban como escudos para la flota Cretense, quienes no fueron afectados por la lluvia de flechas, y emprendieron el viaje en dirección al sur, siguiendo la misma ruta trazada por Diomedes. Pasarían Chipre, y llegarían a la tierra desconocida, Egipto.

-¡Lo están logrando! -exclamó Menelao con orgullo, mirando a su hermano Agamenón, quien pese a todo se mantenía con calma, aunque movía su pie de arriba a abajo en señal de preocupación en todo momento, y así lo hizo, hasta que los barcos salieron del rango de tiro de las Amazonas.

-¡Lo consiguieron! -gritó Néstor en ese momento, y los ejércitos que quedaban en las playas de Troya, todos celebraron con orgullo, mientras las furiosas Amazonas gritaban en señal de descontento.

-¡Se la tienen bien merecido, malditas Harpías! -les gritó Áyax desde su barco, y Áyax el Menor se le unió en las burlas- ¡Salaminos! ¡Gran Insulto! -gritó Áyax- ¡Gran Insulto! -gritó todo su pueblo, y todos los Salaminos se bajaron los pantalones, enseñaron sus traseros, y los ondearon en dirección a las Amazonas, quienes furiosas, y a sabiendas de que no podían alcanzar a los Salaminos a tiro de flecha, de todas formas intentaron hacerlo, aunque en vano.

-¡Más respeto para esta empresa, Áyax! -le gritó un furioso y apenado Agamenón desde la playa, tapándole los ojos a una inocente diosa Athena, quien no alcanzó a ver nada gracias a la pronta acción del Rey Supremo.

-¡Oblígame, Rey Supremo! ¡Gran Insulto! -exclamó Áyax, y se viró para menearle el trasero a Agamenón, enfureciéndolo- ¡En 2 años cuando regrese si quieres me machacas! ¡Pero hoy saluda a mi trasero! -continuó con sus burlas.

-¡Cometa Resplandeciente! -gritó Anficlas, lanzando un tremendo cometa en dirección al barco Salamino, y un distraído Áyax fue impactado con fuerza por el mismo, y se frotó las posaderas tras el impacto- ¡En 2 años cuando vuelvas del Quersoneso Tracio te vuelvo a destrozar las posaderas! -le gritó Anficlas, y un sorprendido Agamenón sonrió en ese momento, y comenzó a reírse con fuerza.

-¡Salaminos! ¡Regresamos a partirle la…! -intentó decir Áyax, pero Epeo y Teucro se le montaron encima y lo silenciaron.

-¡Salaminos! ¡Continúen el curso! -gritó Teucro, y los Salaminos continuaron el viaje al Quersoneso, pese a la rabieta de Áyax, quien ya perseguía a Epeo y a Teucro por todo el barco queriéndose sentar en ellos.

-¡Ahora los Mirmidones! -ordenó Diomedes, corriendo a su auriga, y sorprendiéndose por lo que encontró- ¡Esténelo! ¿Por qué solo Podargo y Lampón están atados a la cuadrilla? -preguntó Diomedes, y un nervioso Esténelo no supo cómo explicarle la falta de 2 de sus caballos, hasta que Diomedes notó a un preocupado Euríalo, en un auriga a su lado, y con los otros 2 caballos de Diomedes atados al mismo- ¿Qué haces con Xanthos y Deino? -enfureció.

-No me mate por favor… mi señor… -se preocupó Euríalo, mientras Anficlas se subía a la parte trasera del auriga, y miraba a Diomedes con malicia-. Ella es un Daimón, un espíritu malvado y ruin -se estremeció Euríalo.

-A callar, burro -le impactó la nuca Anficlas-. No olvides quien es tu dueña ahora, ¿qué decías sobre tu ama? -enfureció Anficlas, y Euríalo comenzó a sudar frio- ¡Tomé a Xanthos y a Deino prestados! No te molesta, ¿verdad? Cariño -se burló Anficlas.

-¡Son mis favoritos! -se molestó Diomedes, pero suspiró en señal de derrota- Ya ni para qué me molesto si ya se ganó hasta a Agamenón -se mortificó Diomedes, más entonces miró a Aquiles en su propio auriga, esta vez tirado por Fénix, ya que Automedonte se había unido a los Cretenses en su empresa en contra de los Egipcios-. ¡Mantén el camino por las costas! ¡Todo puerto que veas, saquéalo! ¡No podemos permitir que mermen la avanzada Cretense! -exclamó.

-¡No quedará ni un maldito puerto en pie! -le respondió Aquiles- Si los Aqueos no pueden incursionar a la mar tranquilamente gracias a las Amazonas, derribaré a los aliados Troyanos para que ellos tampoco puedan. ¡Por Ftía! -gritó Aquiles, y sus Mirmidones exclamaron con orgullo, y comenzaron el largo viaje por las costas de Tracia. Patroclo y Antíloco irían con él, cada uno sobre un auriga diferente, en la parte trasera pues uno no sabía manejar un auriga, y el otro estaba ciego.

-¡Diomedes! -exclamó Odiseo apuntando a las puertas de Troya, que comenzaban a abrirse, y Diomedes asintió- ¡Ítaca, conmigo! -gritó Odiseo, y sus hombres se prepararon para la confrontación.

-¡Héroes de Pilos! ¡Protejan a los arqueros de Ítaca! -ordenó Néstor, subiendo a su caballo, y liderando la marcha de su pueblo pese a la edad.

-¡Argos! -apuntó Diomedes, y las lanzas de los Argivos todas se prepararon para lo que iba a pasar, mientras los Troyanos salían escupidos desde las puertas de Ilo, dispuestos a dar cacería a los Mirmidones de Aquiles- ¡Por Athena! -gritó, y los ejércitos se movilizaron, e interceptaron a la avanzada Troyana, cortándoles el paso, y permitiendo a los Mirmidones escapar.

-Está hecho… -susurró Agamenón, con una nerviosa Shana a su lado-. No debe preocuparse, diosa Athena. Argos, Tebas, Calidón, Ítaca, Pilos, Esparta y Micenas, son todos reinos fuertes, algunos de los cuales están dentro de los más belicosos. Si mantenemos una actitud más defensiva que ofensiva, mantendremos el sitio a Troya mientras los aliados de Troya caen como moscas por nuestros esfuerzos conjuntos -le aseguró.

-Una solución bastante belicosa a mi parecer… -se dijo a sí misma Shana, mirando la nube de humo levantada por los caballos de los Mirmidones, mientras los ejércitos de Aquiles emprendían el viaje a los reinos costeros siguiendo a los navíos Cretenses-. Yo también… voy a volverme más fuerte… -aseguró Shana, orando en su propio nombre por todos sus Caballeros Dorados.

Quersoneso Tracio. El Helesponto. Cercanías del Puerto de Elayunte.

-¡Blelch! -vomitó Ilíona, Pentesilea ya había perdido la cuenta de cuantas veces lo había hecho ya, aunque para fortuna de la enfermiza Diosa de la Luna y de la Virginidad, las tragedias del viaje marítimo pronto terminarían, ya que estaban próximos a desembarcar en la ciudad portuaria de Elayunte en el Quersoneso Tracio, una extensión de Anatolia al noroeste de Troya, y cruzando el estrecho del Helesponto-. Estoy cansada de ser una mortal… ¿por qué soy la única que enferma así? -se preguntó Ilíona débilmente.

-No lo entiendo, madre -le comentó Polidoro, el Espectro pelirrojo que la acompañaba, y quien no era realmente su hijo, sino que era su hermano-. Cuando hicimos el viaje desde el Quersoneso a Troya hace 2 años para la celebración de la llegada de Paris, no enfermaste como ahora. ¿Podría ser que comieras alimento contaminado? Tal vez el rio Sinois aún no está tan purificado como pensábamos -se preguntó Polidoro, encontrando la mirada acusadora de Ilíona-. ¿Madre? -se preocupó Polidoro.

-¿Por qué me llamas madre? -se fastidió ella, tirándose de los cabellos, y sobresaltando a Polidoro, quien no entendía las reacciones tan extrañas de a quien él conocía como su madre. Todo el tiempo Pentesilea mantuvo su silencio, no le importaban las razones de que tanto Polidoro como Deípilo hubiesen cambiado identidades, si le preguntaban inclusive, para ella era ridículo. Deipílo era rubio y tenía los ojos azules, igual que los de su madre biológica. Podían pasar por hermanos claro, gracias a que Ilíona poseía una apariencia demasiado juvenil. Pero Polidoro como pelirrojo no encajaba como hijo de Ilíona, a no ser que su padre fuese pelirrojo, cosa que ella no sabía.

Cuando Pentesilea se dio cuenta de que había vuelto a pensar al respecto, le dio la espalda a la rabieta de Ilíona y se concentró en el mar, mientras veía con una mezcla de molestia y orgullo el cómo los navíos Troyanos y de Dárdanos reactivaban el comercio entre la Troade y el Quersoneso Tracio.

-Es hermoso, ¿verdad? -preguntó Deípilo, el Espectro rubio y legítimo hijo de Ilíona, aunque actuase como su hermano. Lo más curioso es que tenían la misma edad, y según le habían comentado a Pentesilea, habían nacido el mismo día- Cuando mi hermana llegó a Troya con mi sobrino Polidoro, celebrábamos que Paris había regresado. En ese momento miles de navíos se veían en el Helesponto. Pero todo cambió cuando los Aqueos atacaron y Áyax destrozó los navíos Troyanos. El comercio marítimo se congeló en su totalidad, incluso los que tan solo eran visitantes como mi hermana Ilíona y mi sobrino Polidoro quedaron atrapados en Troya -intentó explicarle, pero Pentesilea no tenía interés en congeniar con hombre alguno, por lo que se sentía más molesta que acompañada-. Pero hoy, gracias a Artemisa que trajo a Temiscira, y a las Amazonas que protegen a los navíos Troyanos de la flota Aquea, el comercio ha vuelto a restablecerse. Creo que lo que intento decir es… gracias… -le mencionó Deípilo, sorprendiendo a Pentesilea-. Eres una de ellas, ¿verdad? Una Amazona. Esto debe ser muy difícil para ti, viajar como escolta, rodeada de hombres. Yo tan solo quería que supieras que las Amazonas no tienen por qué odiar a los hombres -le comentó.

-No me interesa la opinión de la basura -fue la respuesta de Pentesilea, y se alejó de Deípilo, quien suspiró sintiendo el rechazo de Pentesilea. La Amazona estaba más que furiosa, viajaba en un navío Troyano, rodeado de hombres. En su mente era como estar encerrada en una caja rodeada de ruidosas y molestas langostas egipcias, ruidosos animales que se comían todo a su paso sin importarles lo demás, alimañas, plaga, parásitos. Pero igual que las langostas egipcias, proliferaban con tal velocidad que no se podían exterminar.

Cuando Pentesilea llegó a la parte trasera del barco, suspiró intentando aliviar su descontento. Más para sorpresa de la Amazona, divisó a lo lejos una vela blanca. Cualquiera que hubiera visto aquella vela, estaría tranquilo, ya que por todos los alrededores había navíos comerciantes de todo tipo. Pero esta vela era diferente a las demás, Pentesilea lo sabía, ya que ella y sus Amazonas habían visto y hundido a cientos de navíos de todo tipo mientras permanecían invisibles frente a las playas de Troya.

-¡Salaminos! -gritó entonces Pentesilea, y los Troyanos viraron para verla- ¿No lo entienden, marineros imbéciles? ¡No son barcos comerciantes los que nos siguen! ¡Es una avanzada de Salamina! -apuntó Pentesilea, y los marineros Troyanos se acercaron a la popa, asomaron sus cabezas, y lo que vieron les heló el corazón.

-¡Parece que ya nos descubrieron! -enunció Áyax, orgulloso, y parado sobre la proa, donde comenzó a elevar su cosmos- ¿Querían reactivar el comercio marítimo, Troyanos? ¡El Grande piensa distinto! ¡Gran Cuerno! -liberó el poderoso ataque Áyax, y una explosión de cosmos se estrelló en contra de uno de los barcos que viajaban en formación al lado del navío en el que viajaba Ilíona, y lo partió a la mitad de un solo movimiento- ¡Salaminos! ¡A los arcos! -gritó Áyax nuevamente, y los arqueros prepararon sus flechas.

-¡Todos juntos! ¡A babor! -ordenó Teucro, y los Salaminos se colocaron con sus arcos listos frente a varios barcos comerciantes, quienes apenas y se estaban preparando para defenderse- ¡Un disparo! ¡A los timoneles! ¡Escojan un blanco y disparen! ¡Fuego! -ordenó Teucro, los Salaminos dispararon, asesinando a los timoneles de los barcos cercanos, la mayoría de los cuales comenzó a perder el control y se estrellaron unos con otros. El Helesponto comenzó a llenarse de las ruinas de los navíos Troyanos. Teucro entonces identificó a los navíos que habían logrado prepararse, y que viraban en dirección al navío principal de Salamina, que era justo lo que esperaba Teucro- ¡Flecha de la Esperanza! -gritó, lanzó su flecha dorada, y esta estalló en el casco del navío que había virado en su dirección, y este comenzó a hundirse.

-¡JAJAJAJAJA! ¡Pobres Troyanos pensaron que el comercio iba a reactivarse por una isla de señoritas con alfileres! -se burló Áyax, y su voz era tan sonora, que el navío en el que iba Pentesilea podía escuchar su poderosa voz, lo que molestaba a la Amazona- ¡Entiéndanlo, Troyanos! ¡El Mar Negro nos pertenece ahora! ¡Gran Cuerno! -enunció, y el navío a la izquierda del de Pentesilea estalló, y la Amazona en respuesta materializó su hacha de batalla, dispuesta a dar el brinco al navío de Áyax y enfrentarlo.

-¿Señoritas con alfileres has dicho? -escuchó Pentesilea, y para su sorpresa encontró a una Ilíona, al parecer en un trance de ira divina- Tu irrespeto al sexo femenino me molesta, mortal… -continuó ella, materializando un alfiler con su cosmos divino, y arrancándose un cabello, el cual movió y tensó contra un mango de media Luna que apareció simplemente, el Arco de la Luna-. Este… es el poder de un alfiler… -prosiguió ella, apuntó, acomodó al alfiler en el cabello, y contra todo pronóstico y explicación, lanzó el alfiler.

-Ese cosmos… -se sorprendió Epeo, quien viajaba en el barco Salamino junto a Áyax y Teucro, y miró el resplandor del alfiler en contra de la luz del Sol, insignificante, pero Epeo logró verlo-. ¡Cuidado Áyax! ¡Muro de Cristal! -elevó su muro Epeo, atrapando el alfiler, que solo entonces fue visible para Áyax, quien vio el Muro de Cristal despedazarse, e intentó evadir a tiempo el alfiler, sin lograrlo. Áyax fue lanzado por el impacto con el alfiler, y se estrelló en el mástil mientras el alfiler traspasaba la Armadura Dorada, le atravesaba el pecho, atravesaba la madera del mástil, y continuaba su camino hasta los barcos Atenienses, donde un sorprendido Acamante lo atrapó en sus dedos antes de que este se estrellara en contra del rostro de su hermano Demofonte- ¡Áyax! -gritó Epeo consternado, y fue en auxilio del hombretón, quien tenía el pecho perforado, muy cerca del corazón- ¡Traigan a Macaón! ¡Rápido! -ordenó Epeo, y Teucro inmediatamente saltó de barco en barco hasta llegar al de Acamante, buscando a Macaón entre los Atenienses.

-No he terminado con ustedes, mortales -elevó su cosmos Ilíona, y la Luna apareció en el cielo. De pronto el mar embraveció, y este comenzó a azotar los barcos Salaminos, los cuales, si bien estaban mejor preparados que los barcos mercantes Troyanos y no perdían el control, descubrieron que no podían continuar la persecución de los barcos Troyanos-. Poseidón y Hefestos protegen estos barcos… más no puedo hacer… -enunció Ilíona, calmando su cosmos, y una vez este estuvo calmado, su rostro se coloreó de verde-. ¡Hay no…! -se estremeció, buscó la proa, y descargó- ¡Blelch! -gritó mientras su cuerpo mortal se entregaba a sus mareos.

-Pensé… que Artemisa era solo una diosa idiota… -se dijo a sí misma Pentesilea, y pese a que Ilíona la escuchó e intentó quejarse, su mareo no se lo permitió y volvió a vomitar-. Pero sin duda, igual que con Afrodita… la verdadera naturaleza de Artemisa… es la de una diosa de ira y castigo… -se sorprendió por la revelación, y se arrodilló-. La llevaré gustosa a su reino mortal… mi señora… uniremos a los pueblos de Tracia… -continuó con orgullo.

En el navío principal de Salamina, Epeo ayudaba a Macaón, el médico de los Aqueos, a quitarle la Armadura a un inconsciente Áyax, quien apenas y respiraba. La preocupación del médico era que lo que sea que había golpeado a Áyax hubiese perforado su corazón o su pulmón, pero la herida era tan pequeña, que aún si así hubiese sido, la misma de seguro ya se había cerrado por sí sola. La Armadura de Tauro por otra parte, comenzó a opacarse. Se necesitaba de un poder muy grande para perforar las Armaduras Doradas, y aún si esta era una insignificancia, el alfiler atravesó la Armadura Dorada con tanta facilidad que Tauro estaba muriendo.

-No puedo creer que un alfiler cualquiera haya hecho esto -comenzó Epeo, quitándose las protecciones de los brazos, y cortándose el antebrazo con un cuchillo tornasolado que creó con su cosmos. Entonces vertió su sangre contra la Armadura, ayudándole a recuperarse.

-Esa mujer en el barco Troyano… ella hizo esto, pero… ¿cómo? -se preguntó Teucro, mientras ayudaba a un medio atontado Áyax a levantarse- Además, no puedo asegurarlo, pero, ella hizo algo, y de pronto las mareas se vinieron en nuestra contra -se sorprendió.

-Solo una diosa además de Poseidón es capaz de hacer algo así… Artemisa… -dedujo Epeo-. Es solo una corazonada, pero… si Shana es el contenedor del alma divina de Atenea, y en consecuencia nace Athena… -continuó pensando-. ¿Qué pasaría si los dioses que son enemigos de los Aqueos estuviesen en forma física enfrentándonos también? -se preguntó Epeo.

-¿Quieres decir que esa mujer era Artemisa? -le preguntó Teucro, y un furioso Áyax se levantó en ese momento- ¡Es solo una corazonada, Áyax! -intentó explicarle Teucro, pero Áyax ya estaba haciendo una rabieta.

Troya. Frente a las puertas de Capis.

-¡Restricción! -gritó Diomedes en el campo de batalla, paralizando en su lugar a los soldados Troyanos a los cuales ya habían rodeado los Argivos, quienes pese a ser menores en número que en cualquier otro ataque Aqueo, se las habían arreglado de alguna manera para empujar a los soldados Troyanos hasta las puertas.

-¡Arqueros! -ordenó Odiseo, con los Ítaquenses detrás de las líneas Argivas, y una lluvia de flechas comenzó a diezmar a los acorralados Troyanos, quienes descubrieron que, al estar tan cerca de sus propias murallas, y rodeados por los Argivos, eran blanco fácil de las flechas de Ítaca- ¡Preparen! -ordenó, y los arqueros volvieron a acomodarse- ¡Fuego! -ordenó nuevamente, y los Troyanos en pánico intentaron huir, pero por un lado tenían sus propias murallas, y por el otro a los Argivos de Diomedes y a los hombres de Pilos liderados por Néstor, ya fuera defendiéndose con los escudos en alto o cortándoles el paso sobre caballos en el caso de los de Pilos.

-Seguramente esta treta es de Odiseo -enfureció Héctor, quien se encontraba encerrado en una dimensión portátil, misma en la que lo mantenía encerrado Néstor, mientras los hombres de Pilos auxiliaban a los Argivos en rodear a los Troyanos-. Anciano, tu dominio dimensional es impresionante. ¡Pero no va a doblegarme! ¡Incineración de Bennu! -hizo estallar su cosmos Héctor, destruyendo la prisión dimensional en que Néstor lo había encerrado con el primero de los 3 cometas de fuego. Tras lanzar el segundo, Néstor se defendió con una esfera de su ataque de la Otra Dimensión, y la explosión resultante distorsionó el espacio alrededor de ambos, pero, aun así, cuando la tercera esfera impactó, Néstor cayó derribado-. Es mi victoria… -agregó Héctor agotado- ¡Ningún Caballero Dorado logrará doblegarme! ¡Los venceré a todos! -insistió Héctor, pero entonces sintió el cosmos de Anficlas, quien saltó por encima de Néstor e impactó un tremendo puñetazo, derribando al Espectro de Bennu- Tú no eras nadie hasta que yo te tomé bajo mi ala… -enfureció Héctor.

-Me convertiste en un ser de odio… -le mencionó Anficlas, con el Águila blanca graznando tras de ella-. Me enviaste a un oscuro abismo del cual no podía salir… y de donde él me sacó… tan solo te regreso el favor… -elevó su cosmos, se lanzó contra Héctor, evadiendo su lanza, e impactándole con fuerza el mentón, virándolo, tomándolo de la espalda y saltando con él al cielo-. ¡Patada del Águila! -lo soltó en pleno vuelo, pateó su rostro, y lo enterró en el suelo. Tras el esfuerzo, Anficlas comenzó a sudar y respirar frio, tomándose el vientre con molestia-. Maldición… -se molestó, y Héctor se levantó, con su cosmos incinerado y violento.

-¡Excalibur! -escucharon ambos, y desde el campamento Aqueo el tremendo corte pasó, evadiendo muy apenas a los soldados Aqueos, cortando a varios Troyanos, y estrellándose en contra de Héctor, quien se defendió con su lanza- ¡Atrás! -ordenó Agamenón, corriendo a toda velocidad en dirección a Héctor, quien lo miró venir, preparó una espada, y se lanzó contra Agamenón- ¡Excalibur! -gritó nuevamente.

-¡Maleros! -gritó, sorprendiendo a Agamenon, quien encontró a Héctor cargando la espada de bronce de Eneas, y defendiéndose con ella de Excalibur. El primer corte de Maleros detuvo a la Excalibur de Agamenón, el segundo, lo evadió, aunque parte de su larga barba esmeralda se perdió en el movimiento, Héctor entonces pateó el mentón de Agamenón y se preparó para matarlo, cuando el tiempo comenzó a moverse más lentamente.

-¡El frio que detiene el tiempo mismo! ¡Ejecución Aurora! -gritó Menelao, y Héctor incineró su cosmos, este ardió en flamas moradas, conteniendo parcialmente el ataque de Menelao, pero de cualquier forma terminó siendo impactado, y rodando por la tierra violentamente- Ha llegado el momento de terminar con esto… -alzó su mano Menelao, preparando el Sarcófago de Hielo.

-Si… es hora de terminar… -levantó su lanza Héctor, y la apuntó a Anficlas-. ¡Destello de la Oscuridad! -reunió su cosmos en la lanza, la arrojó en dirección a Anficlas con todas sus fuerzas, apuntando a su vientre, pero Diomedes se colocó frente a ella y recibió el ataque, siendo lanzado por los campos hasta estrellarse con su propio auriga, y caer inconsciente- ¡Eres valiente, Diomedes! ¡Pero tienes una gran debilidad! ¡Y voy a aprovecharme de ella! -le espetó Héctor, mientras Anficlas corría en dirección a Diomedes, y le ayudaba a arrancarse la lanza del costado- ¡Retirada! -enunció Héctor mientras se abrían las puertas de Capis, y los ejércitos Troyanos entraban en la ciudad.

-¡Lo teníamos! -enfureció Diomedes, poniéndose de pie débilmente con la ayuda de Anficlas y de Menelao, quien congelaba la herida en su costado- ¡A los campamentos! -ordenó Diomedes, cayendo sobre su rodilla. Odiseo llegó ante él, quería ayudarlo también, pero no sabía si podía o no hacerlo- ¡No te quedes allí parado como un idiota! ¡Ayúdame! -le ordenó Diomedes, y Odiseo asintió y lo ayudó a caminar al campamento.

-Prepararé una medicina -intentó apresurarse Anficlas, pero Agamenón la detuvo-. Si esto es por lo de Héctor, podía esquivar su ataque -le aseguró Anficlas, y Agamenón le miró el vientre, que ella se cubrió inmediatamente- ¡Puedo combatir! -aseguró.

-No vas a combatir, eso es una orden -espetó Agamenón, y Anficlas intentó quejarse-. ¡Hasta que ese bebé nazca, te estoy ordenando quedarte en los campamentos Aqueos! -volvió a decir, lo que molestó a Anficlas. Pero en lugar de quejarse, se cruzó de brazos, y se viró ignorándolo- Yo hubiera hecho cualquier cosa… por ver a mis nietos nacer. Eso ahora me es imposible, y podrá parecerte egoísta, pero… no me lo perdonaría si alguien más pierde a un hijo por esta empresa -finalizó Agamenón, y Anficlas lo miró con curiosidad, suspiró en señal de derrota, y miró a los campamentos Aqueos mientras Agamenón se retiraba.

-Sé que estás furiosa, pero en verdad no puedes combatir en ese estado -le enunció Néstor, y Anficlas volvió a cruzarse de brazos-. Agamenón… él… puede que no quiera ser enteramente sincero consigo mismo. Pero te ve, y ve a su hija Ifigenia. No sé si eso te moleste, pero el Rey Supremo no ha estado tranquilo ni una sola noche desde que la ofreció en sacrificio a Artemisa. Puede que haya encontrado en ti un reemplazo a esa tragedia -le explicó.

-No puedo decir que no lo entiendo, si lo veo… y no puedo evitar verlo como a un padre… -se fastidió ella, mirándose a la Armadura-. Pero no soy una niña indefensa, desde infante tuve que cazar ratas en los callejones de Troya por alimento, y escapar de los prostíbulos que intentaban reclutarme por dinero fácil. No necesito que me cuiden, sé cuidarme sola -le explicó.

-Eso lo saben tanto Diomedes como Agamenón -le explicó nuevamente Néstor, pero entonces apuntó a su vientre-. Pero él o ella no puede defenderse, y con tus movimientos lo estás aplastando -le aseguró, y Anficlas lo pensó detenidamente-. Déjame decirte algo, Anficlas… para un hombre, un hombre verdadero, que esté orgulloso de serlo, lo más importante no es la gloria ni el honor, es su sangre convertida en un heredero -recordó Néstor a Antíloco, a Trasímedes, y a Pisístrato, su hijo a quien dejó en Pilos-. ¿Por qué los hombres intentamos tener cuantos hijos podamos? ¿Por qué Príamo tuvo 50 hijos y 12 hijas? ¿Por qué Diomedes estaba tan obsesionado con los burdeles, buscando a aquella mujer que le diera un heredero? Sin ofender -se defendió al recordar a Anficlas y su violación-. Es porque la prueba definitiva para un hombre de que vivió en esta tierra, es dejar atrás a un hijo con quien comparta su sangre. Esa, Anficlas, es la prueba definitiva de que existimos. Y quien sabe, tal vez muchos años en el futuro, el nombre de tu hijo, enunciado como hijo de Diomedes el Argivo, te ayude a ti a encontrar tu lugar en la historia también… no sé… llámalo una corazonada -le sonrió.

-¿De manera que como mujer solo sirvo para tener hijos y no puedo hacerme un nombre por mí misma? -se quejó Anficlas, y Néstor se preocupó un poco e intentó excusarse- Olvídalo… no es como que no entienda lo que quieres decir. Una mujer en una guerra de hombres, seguro los cronistas intentarían borrarme de la historia, después de todo la guerra es de los hombres -se molestó ella nuevamente.

-No puedo decirte que no podría ser… cuando muy probablemente así sea… -le confesó Néstor, y Anficlas suspiró contrariada-. Pero todos aquí lo sabremos, y Diomedes no permitiría que tu nombre fuese borrado de la historia. Pero lo que apremia en este momento es tu hijo. Vas a lastimarlo si sigues así. ¿Quieres que este bebé nazca con oportunidades diferentes a las tuyas? ¿Sin necesidad de cazar ratas o ser vendido como prostituta en caso de nacer mujer? Entonces te sugiero quedarte quieta hasta que nazca -le pidió.

-No soy del tipo que se queda quieta -se fastidió, pero resignada, regresó a los campamentos Aqueos, donde encontró a una Shana, nerviosa, y esperándola frente a la tienda de Diomedes-. Umm… supongo que necesito algo en qué distraerme. Acabas de sentenciarte, diosa cobarde -la miró Anficlas, y entonces notó que Shana se molestaba pese a las distancias-. Ah, es verdad, puede escucharme si enuncio su cosmos -concluyó, volvió a soltar aire, y regresó a los campamentos-. Tener un bebé es muy molesto -se fastidió.

Troya. Novena Ciudadela, Tros. Habitación de Eneas.

-¡Tener un bebé es muy molesto! -gritó Creúsa, pateando a sus médicos con fuerza, quienes intentaban mantenerla quieta. Lápix, el médico personal de los Dárdanos y, por consiguiente, el partero, se preocupó por encontrar a 3 de sus médicos ayudantes completamente noqueados- ¡Tráiganme a Artemisa! ¡La voy a hacer arrepentirse por estos tremendos dolores de parto! ¡La voy a asesinar! ¿Cómo pueden los mortales soportar este dolor? ¡Aaaaahhhhh! ¡Me va a partir las entrañas! -se tomaba el vientre Creúsa, mientras el bebé en su interior pataleaba más y más fuerte.

-¡Tiene que tranquilizarse, ama Creúsa! -intentaba mediar Lápix, quien entonces vio a Creúsa arañando y golpeando a los parteros que intentaban acercársele- No puedo con esto. ¿Dónde está el amo Eneas? -preguntó aterrado.

-¡Daimones! -gritó Creúsa, y los 9 Daimones se materializaron en la habitación, sobresaltando a Lápix- ¡Hagan algo, imbéciles! -gritó contrariada, los Daimones intercambiaron miradas, pero fue Hebe, la Daimón de la Juventud, quien se acercó y comenzó a ayudar a Creúsa.

-Respire por favor, lentamente -le explicó mientras hacía inhalaciones y exhalaciones, mostrándole a Creúsa cómo hacerlo. Creúsa comenzó a obedecerle, aunque a un ritmo bastante acelerado.

-¡Creúsa! -entró Eneas en pánico a la habitación, sorprendiéndose de encontrar a los Daimones- ¡No necesito más caos en este lugar! ¡Solo quédense quienes puedan ayudar! -ordenó Eneas, y el resto de los Daimones se molestó, pero desaparecieron, dejando sola a Hebe- ¡Creúsa! ¡Si algo puedo hacer para ayudar solo…! -intentó decir, cuando Creúsa lo tomó del cuello de su Berserker, y lo obligó a verla a los ojos.

-¡Mátame! ¡Ahora! -se quejó, preocupando a Eneas, quien se limitó a tomarle la mano mientras Creúsa gritaba con fuerza- ¡Terminen con esto ya! ¡Por eso los dioses no se embarazan! -lloraba ella.

-Será mejor que nos apresuremos, ya está delirando -comentó Eneas, mirando a su médico inmediatamente-. ¡Has algo Lápix! -insistió, pero Creúsa entonces gritó de una forma descomunal, y de inmediato se tranquilizó- ¡Creúsa! -se horrorizó Eneas.

-Mi señor Eneas… -intentó decir Hebe, pero Eneas estaba preocupado por el cese de dolor de Creúsa, quien miraba al techo de su habitación con ojos desorbitados y el rostro azul por el esfuerzo-. Mi señor… -intentó sacudiéndolo un poco Hebe, pero Eneas volvió a ignorarla-. Su hijo ya nació -volvió a decir, y Eneas exclamó con alegría, y miró a su bebé, quien lloraba desconsoladamente-. Es un niño… -habló tímidamente Hebe.

-Gracias… -lloró Eneas, sobresaltando a Hebe-. Gracias por traer a mi hijo a este mundo -lloró el poderoso príncipe de Dárdanos, quien entonces se acercó a la más muerta que viva de Creúsa-. Mira amor mío… el fruto de nuestro amor… -le enseñó Eneas.

-De nuestra lujuria será… -se fastidió Creúsa, mirando al bebé-. Está feo… -se quejó, mirándolo con desprecio-. No nace limpio y hermoso como los bebés de los dioses… y me causo mucho, pero mucho dolor… -continuó mirándolo con desprecio, y Eneas comenzó a preocuparse, o al menos así fue, hasta que lagrimas comenzaron a caerle de los ojos-. Pero… -continuó llorando-. Es el primer hijo que tengo en cuerpo mortal… ni Eneas nació así… estoy demasiado conmovida en este momento… -continuó, tomando al bebé en sus brazos, y entregándole un abrazo gentil-. Ascacio… -susurró el nombre Creúsa.

-Ascacio será entonces… -le comentó Eneas, mirando a su esposa con alegría-. Me has hecho el hombre más feliz de este mundo, Creúsa. El sueño de todo hombre verdadero, es el de ser un padre. Y al fin puedo sentirlo… -levantó Eneas al bebé-. Tengo un hijo… y su nombre es Ascacio -admiró con orgullo, mientras una conmovida Hebe salía de la habitación.

-Nadie jamás… me había dado las gracias… -se alegró Hebe, sintiéndose conmovida por las acciones de Eneas-. Me aseguraré… de que los Daimones le sirvan correctamente, amo Eneas -terminó de decir, y se desvaneció.

Tracia. Quersoneso Tracio. Puerto de Elayunte.

-¡Bienvenida sea, reina Ilíona! -se escuchó resonar cuando Ilíona, los Espectros Polidoro y Deípilo, Pentesilea, y la guardia real Troyana, desembarcaron. Se trataba de un Espectro, pero este Espectro no era como ninguno que Ilíona hubiese conocido antes. Su Suplice era más oscura que la Suplice de cualquier Espectro conocido, además de que tenía una forma muy peculiar, casi parecía la Armadura Dorada de uno de los Caballeros de Athena, pero de un color oscuro-. Estrella Terrestre del Desastre, Niso de Creatían Taurus -se presentó el Espectro.

-¿Uno de los Suplicios Obsidiana? -se sorprendió Deípilo, el Espectro rubio que vestía la Suplice de Trauco, una criatura similar a un Enano, pero de facciones desagradables- Solo había escuchado leyendas de ustedes. No pensé que fueran reales, pero he aquí al Suplicio Obsidiana del opuesto de Tauro -se impresionó, y tanto Pentesilea como Ilíona intercambiaron miradas, mientras veían al fornido ser con barba blanca y piel morena presumir su musculatura frente a ambas-. Lo siento, Pentesilea, no te tomé en consideración -se disculpó Deípilo, a quien Pentesilea solo escuchaba por necesidad, no porque le agradara-. Los Espectros, somos los guerreros del dios Hades, así como las Amazonas son las seguidoras de Artemisa -comenzó a explicarle-. Pero mientras en otras ordenes como la de Athena por ejemplo, el distingo de la jerarquía de los Caballeros es de Bronce para los de menor rango, Plata para los de rango medio, y Oro para los de mayor rango, para los Espectros solo existen 2 rangos, los Espectros Celestes y los Espectros Terrestres. Y dentro de cada rango, los Espectros pueden tener los niveles de Bronce, Plata u Oro, aunque en los Celestes es más fácil encontrar los rangos superiores -continuó con su explicación, y Pentesilea comenzó a comprenderlo-. Pero entre los Espectros, existen 12 que son tan poderosos como lo son los Caballeros Dorados, ya que son sus opuestos, los Suplicios Obsidiana -le explicó, reverenciando ante Niso de Cretian Taurus-. Sus habilidades y técnicas de batalla están a la par. 6 Espectros Terrestres conforman la mitad de los Suplicios Obsidiana, otros 6 Espectros Celestes complementan la otra mitad, pero todos ellos poseen el poder de un Caballero Dorado. Se dice inclusive, que mientras más fuerte es el Caballero Dorado del cual el Suplicio Obsidiana es opuesto, más fuerte se vuelve el Suplicio Obsidiana. En otras palabras, si en la Orden de Athena, uno de sus Caballeros Dorados posee la fuerza de derrotar a un Juez del Inframundo, su cosmos, alimenta a su opuesto y lo vuelve incluso más fuerte -terminó con su explicación Deípilo, e Ilíona estaba aún más sorprendida que Pentesilea, aunque por las miradas de extrañeza de Polidoro, dedujo que este era un conocimiento que ya debería de tener.

-Conmovedora presentación. Casi me haces llorar -se burló un poco Niso-. Pero es verdad que los Suplicios Obsidiana tenemos ese poder. Nos alimentamos del cosmos de los Caballeros Dorados. Si los Caballeros Dorados son la luz del Sol en Gea, los Suplicio Obsidiana somos la fuerza del Inframundo en la misma -presumió nuevamente-. Pero eso no es lo importante. Reina Ilíona, su esposo, el rey Poliméstor, ha estado en pena desde que quedó atrapada en Troya. Pensó en enviar navíos Tracios a Troya, pero al ser neutrales ante la guerra cualquier movimiento naval hubiese resultado en una declaración de guerra. Pero ahora que los ejércitos Nauplios saquearon Eyón, la neutralidad entre las tribus Tracias y las tropas Aqueas no existe más. Los 3 grandes reyes Tracios: Reso, Poliméstor y Asio del Quersoneso, han comenzado a reunir a las tribus y a sus Peltastas -apuntó Niso a una conglomeración de soldados Tracios, todos vistiendo capas adornadas con los emblemas de sus diferentes tribus, pero compartiendo las botas altas, y los gorros de piel de zorro característicos de las tribus Tracias. Además de eso cada uno llevaba 3 lanzas, 2 en forma de cruz atadas a las espaldas, y una en la mano. Cargaban también escudos de mimbre, de pelta, o de adarga, siempre en forma de media Luna, como una protección de Artemisa, lo que conmovió a Ilíona-. Además, corren rumores de que el rey Eétion de Hipoplasia, ha comenzado a movilizar a sus ejércitos en dirección a Troya. Los Aqueos serán destruidos seguramente -aclaró Niso, y viró para ver a Ilíona, como esperando su respuesta a todo lo que se había dicho. Y cuando Ilíona se dio cuenta, trastabilló un poco, pero se repuso rápidamente.

-In-indudablemente todo parece indicar que así será -agregó con nerviosismo-. Y, aun así, las tropas Aqueas se han movilizado. Temiscira apareció en el mar, pero navíos de Salamina, y seguramente de otros reinos que no alcanzamos a distinguir, hundieron varios cargueros con provisiones intentando reactivar el comercio. Es solo por la gracia de Artemisa que estos navíos llegaron a su destino. Pero es solo cuestión de tiempo para una invasión marítima, hay que prepararse -le pidió en su preocupación.

-¿Una invasión marítima dice? -miró Niso a la mar, y notó que no llegaron más que unos cuantos navíos, a lo mucho unos 13, de una flotilla de alrededor de 50 que se esperaban- Correremos la voz a lo largo de las tribus del Quersoneso, mi señora, pero de momento es importante llevarla a Bistones al lado de su rey. El amo Poliméstor, Rey Supremo del Quersoneso, así lo ha ordenado -le mencionó.

-Harás caso omiso a las órdenes del Rey Supremo del Quersoneso, para obedecer a la de la Reina del Quersoneso ahora -comentó Ilíona, sorprendiendo a todos los presentes, más a Pentesilea, quien, mientras más tiempo pasaba, más se sorprendía de la diosa Artemisa-. He regresado de Troya con la bendición de Artemisa. Esto, sumado a mi sangre real que pertenece a la estirpe de Príamo, me hace más merecedora de gobernar que a mi marido, el Rey Poliméstor -agregó la última parte con una mueca, pero se repuso rápidamente-. Y para que no quede duda de mi bendición por parte de Artemisa, en estos momentos haré entrega a los Peltastas de un obsequio de la Diosa de la Luna, ello dará credibilidad a mis palabras, y dará por sentado con Niso de Creatían Taurus de testigo, de mi bendición, y por consiguiente, derecho de mando -aseguró, lo que los presentes no pudieron aceptar.

-Mi reina, si hago eso me cortarán la cabeza sea o no sea yo un Suplicio Obsidiana -aseguró Niso, encontrando entonces el hacha de Pentesilea al cuello-. ¿Qué significa esto? -se molestó Niso tras ver a Pentesilea.

-No es una sugerencia, hombre… -le aseguró la Amazona, con una mirada fiera en el rostro-. Es una orden de tu Reina del Queroseno. ¿Ha quedado claro? ¿O necesito deletreártelo con cortes en todo tu cuerpo? Elige: ¿Heleno antiguo o Anatolio moderno? -preparó su hacha.

-Pentesilea… -reprendió Ilíona, y una sonriente Pentesilea se retrajo-. Dejemos que nuestras acciones hablen por nosotras. Ordene a todos sus Peltastas sumergir sus escudos en el mar, me prepararé para otorgar mi bendición -prosiguió Ilíona, quitándose de poco en poco la ropa, mientras se dirigía al rio, forzando a Polidoro y a Deípilo a quitarse las capas y proteger la integridad física de su madre y hermana, no necesariamente en ese orden, y evitar que los mirones vieran el cuerpo desnudo de una Ilíona que si bien protegía celosamente su feminidad por ser secretamente la Diosa de las Vírgenes, amaba su figura femenina y no le molestaba ser vista siempre y cuando solo fuera su cuerpo mortal. Ilíona entonces se sumergió en el mar, hasta la altura de los hombros, y comenzó a elevar un cosmos que hasta entonces nadie sabía que poseía-. Bendición de la Luna -susurró, y la Luna llena apareció misteriosamente en el cielo, acrecentando las mareas, lo que terminó por golpearle el cuerpo violentamente, pero en tal trance estaba Ilíona, que su cuerpo flotaba a la altura de la superficie sin esfuerzo-. Ahora… coloquen los escudos en el agua, sumérjanlos bien -ordenó, y los sorprendidos Peltastas miraron a Niso, quien asintió en ese momento-. Escudos de mimbre, de pelta, o de adarga… de nada servirán si quienes invaden estas tierras son Caballeros Dorados y manipuladores del cosmos… pero con mi bendición, cualquier objeto que lleve la forma de la Luna será bendecido, y se transformará… -finalizó, y los escudos de los Peltastas se transformaron, cambiando su material. Ahora eran de Oro Blanco-. Esta es… la bendición de Artemisa… un metal más poderoso que el oro mismo. Repelerá incluso el cosmos de los Caballeros Dorados. El resto, dependerá de sus habilidades de guerreros. ¿Es esto suficiente para seguir mi estandarte, Suplicio Obsidiana Niso? -preguntó, y Niso tomó uno de los escudos, y lo golpeó con todas sus fuerzas, siendo repelido en su cosmos, y lanzado a uno de los cuarteles militares, que se desplomó bajo su peso, entonces el Suplicio Obsidiana sonrió.

-Larga vida a la Reina del Quersoneso… representante de la diosa Artemisa en Gea -enunció, y los Peltastas todos aclamaron a Ilíona, quien volvió a tierra firme, y comenzó a vestirse mientras Polidoro y Deípilo le protegían el cuerpo con sus capas-. Corran la voz… las ordenes de la Reina del Quersoneso van por encima de las órdenes del Rey Supremo de Tracia, así lo ha deseado la diosa Artemisa -aseguró tras dirigirse a un par de soldados, que ahora serían sus mensajeros-. ¿Qué más podemos hacer por usted, mi reina? -preguntó.

-Me darán escolta segura por el resto de los reinos del Quersoneso, para propagar mi bendición -prosiguió, y Niso asintió a la orden-. Además, me llevarán al Santuario de Apolo en Apolonia. Es hora de que Apolo se una también a esta guerra -aseguró.

-Pero mi señora… Apolonia está aún más lejos incluso que Bistones… -intentó explicarle a Ilíona, pero la mirada fulminante de la mujer le hizo recapacitar sobre sus palabras, bajó la cabeza, y asintió-. Se hará lo que ha ordenado, mi señora -aseguró, y los preparativos comenzaron a hacerse. Polidoro y Deípilo se apresuraron a ayudar de igual manera, y solo cuando estuvo sola, Ilíona encaró a Pentesilea con ojos llorosos, sobresaltando a la Amazona.

-Estaba muy nerviosa -confesó ella hecha ahora un paño de lágrimas-. ¿Y si no funcionaba con un cuerpo mortal y terminaba haciendo el ridículo? Pero tenía que hacerlo por no verme con Poliméstor -aseguró ella.

-¿Quiere decir que todo eso fue solo un plan para no ver a su marido mortal? -preguntó, e Ilíona asintió varias veces- No estoy muy segura de qué pensar sobre usted… mi diosa… aunque… fue increíble -miró Pentesilea a los Escudos de la Luna, y a los Peltastas probándolos con sorpresa-. Tal vez tener que ser la niñera de Ilíona no era tan malo después de todo -sonrió impresionada.

Anatolia. Reino de Colona.

-Al fin llegamos -habló un emocionado Aquiles, mientras veía desde las planicies desérticas a la Ciudad de Colona, construida sobre una colina, rebosante de vegetación, algo que era muy diferente al panorama desolador y desértico de la mayor parte de Anatolia.

Los Mirmidones, todos a caballo, detuvieron la marcha a varios tiros de flecha de Colona, que se veía tan pacífica, y con granjeros inclusive trabajando fuera de las murallas, que Aquiles comenzó a pensar que sería muy sencillo saquearla, rondaba inclusive lo inhumano a su parecer. Pero estaban en guerra, y Colona estaba en el listado de ciudades que apoyaban comercialmente a Troya según las anotaciones de Acamante. Fueran o no pacíficos, por su afiliación comercial a Troya, eran el enemigo, y si eso no era convencimiento suficiente, el rugir del estómago de Aquiles tras varios días de viaje sí que lo era.

-Es impresionante -comentó Patroclo sobre su propio auriga-. ¿Estás viendo esto, Antíloco? -preguntó, olvidando la nueva ceguera de Antíloco, y forzando a Orsedice, su concubina, a lanzarle una piedra a Patroclo en la cabeza por su atrevimiento- ¡Tú deberías estar en las carretas con las demás concubinas! -se quejó mientras apuntaba a las carretas.

-En caso de que no lo recuerdes, Patroclo, ya no tengo ojos -le recordó Antíloco apuntando a los vendajes en su rostro, horrorizando a Patroclo, quien había olvidado aquel importante detalle-. No puedo ver Colona, pero puedo escuchar la tranquilidad de su gente quienes pese a vernos a las afueras de su ciudad, no se preocupan por nuestra presencia. Es un silencio inquietante. ¿Cómo pueden estar tan tranquilos estando en guerra? -se preguntó.

-Sea cual sea la razón, la ciudad será saqueada si no se llega a un arreglo comercial con los Aqueos -fue la respuesta de Fénix, a quien Aquiles le confiaba la mayor parte de la planeación, ya que él era más un belicoso líder que un hombre de planes. Básicamente, la relación entre Fénix y Aquiles era muy similar a la de Odiseo con Diomedes-. Montemos campamento y enviemos una escolta. Si llegamos a un acuerdo no necesitamos masacrarlos a todos -aseguró.

-Si… las masacres ya llevaron a un buen amigo a la tumba… -recordó Aquiles a Palamedes, bajando de su auriga con molestia-. No quisiera terminar como Palamedes, traicionado por Odiseo por hacer la guerra. Hay que cuidarse hasta de los amigos -aclaró él.

-No es como que debas temerle a tu propia sombra, Aquiles -le mencionó Fénix, mirando a las arcas del tesoro, y concentrándose en la Armadura del Fénix en su interior-. Presiento que Reso nos ha enviado un regalo que, de haberse aceptado por el Consejo de Aqueos, hubiese prevenido la muerte de Palamedes. No estoy en contra de la violencia, pero masacrar inocentes no es mi estilo, y bajo mi tutela no será el tuyo. No concuerdo con Odiseo, pero Palamedes no era exactamente un estratega pacífico -finalizó.

-Estamos en guerra, Fénix… -le recordó Aquiles-. No hay lugar para los idealistas. Pero concuerdo en que la primera alternativa es la mediación, en mi caso la mediación violenta. Si acceden a mis exigencias, Colona no será saqueada. Es así de sencillo, ¿verdad? -se burló Aquiles, y Fénix suspiró por lo cabeza hueca que podía ser Aquiles- Monten campamentos. Y que alguien lea los apuntes de Acamante y me los resuma. Quiero saber todo lo necesario de la ciudad que vamos a saquear, pero no perderé mi tiempo con estos pergaminos. Trasímedes -se dirigió Aquiles al Caballero de Andrómeda y hermano de Antíloco, además de su auriga-. Gracias por ofrecerte, feliz lectura -se burló Aquiles, ofreciéndole los pergaminos, preocupando al de Andrómeda quien debía leer todos los textos que Acamante había preparado para las incursiones de Aquiles.

Templo de Apolo en Colona.

-Así que… los Aqueos han enviado a los Mirmidones a los territorios neutrales -habló un hermoso hombre, de cabellera larga y blanca, piel pálida y hermosa, y unos ojos azul oscuro, mientras un Espectro horrible se presentaba ante él-. Y supongo que deseas una recompensa por esta información, Zelos de la Rana, Estrella Terrestre de lo Extraño -prosiguió el hermoso Espectro, quien caminaba por el Templo de Apolo, llegando hasta una estatua del dios, frente a la cual descansaba un cofre de tesoro, hermoso, tallado en mármol de un blanco brillante, y con incrustaciones de oro de varias figuras, héroes de guerra, criaturas legendarias, dioses y bestias, aunque el cofre se veía que no estaba terminado aún, como si faltasen figuras de oro para adornar todas y cada una de las paredes del cofre-. Dime, Zelos, ¿por qué razón debería premiarte, cuando mis granjeros ya han llegado con la noticia que tú en estos momentos me brindas? -preguntó mientras veía a un par de granjeros, con los ojos brillándoles de violeta, que entraban como si fueran incapaces de razonar correctamente en los dominios del templo.

-Porque el Suplicio Obsidiana al que sirvo me ha enviado con información valiosa para su victoria, mi señor, que tiene que ver con la debilidad de Aquiles, el Caballero Dorado de Libra, casi invulnerable, en extremo difícil de lastimar -le comentó Zelos, y el Espectro que gobernaba en el Templo de Apolo, lo miró con curiosidad-. Del Suplicio Obsidiana que es el opuesto de Virgo, al Suplicio Obsidiana que es el opuesto de Piscis, la debilidad de Aquiles el Pélida radica en su talón. Si logra dañar el talón de Aquiles el invulnerable, será presa fácil de mi señor Cípselo. No debe subestimar a este Aqueo, mi señor, no tendrá la proeza militar de Diomedes, la fuerza de Áyax el Grande, o la mentalidad de Odiseo el de Plata. Pero mi señor sabe que no es de ser subestimado. Después de todo, mi señor es el Suplicio Obsidiana más cercano al Inframundo -le espetó.

-Conozco su capacidad, Zelos -le respondió Cípselo con cierta molestia-. Pero supongo… que esta información, aunque inútil, requiere de cierta recompensa. Dime Zelos, aunque puede que la respuesta sea más que obvia, ¿conoces tú acaso, el poder del Cofre de Cípselo? -preguntó el suplicio Obsidiana del opuesto de Piscis, dirigiéndose al artilugio frente a la estatua de Apolo.

-Pero por supuesto, mi señor, ¿qué clase de espía sería yo si no fuera así? -le preguntó Zelos con orgullo-. El Cofre de Cípselo, también conocido como el Arca de Cípselo, en cuyas paredes tiene gravadas las grandes hazañas de los más grandes héroes. Un cofre capaz de conceder los deseos más profundos a quienes se les permite tomarlo -aseguró.

-En teoría solamente -sonrió Cípselo-. ¿Quieres ser recompensado? Entonces permíteme recompensarte… -abrió Cípselo el cofre, y una luz blanca emanó del mismo. De pronto Zelos sonrió, maravillado por el poder del cofre, mientras veía a Hades, el rey del Inframundo, saliendo de su interior-. Esta es tu recompensa, Zelos -sonrió Cípselo.

-Mi querido Zelos… -comenzó Hades, en su cuerpo original, usando su Suplice-. Mi más grande confidente, el orgullo de mis filas. Los Espectros todos se inclinan ante ti -prosiguió Hades, y tras de él aparecieron los 4 jueces, y el resto de los 108 Espectros, Pandora sin su posesión de Políxena inclusive-. Te ofrezco, a Pandora como tu nueva concubina -aclaró, y una Pandora coqueta se dirigió a Zelos, y comenzó a abrazarlo-. Además de darte la posición más privilegiada de mí corte. Serás el Juez de Jueces, el que ordenará a todos los Espectros, y no solo eso, de ahora en adelante, con mi poder, te convertirás en un dios -elevó su cosmos Hades, y Zelos se transformó en un ser apuesto, con una Suplice nueva y hermosa, y con Pandora semi-desnuda en sus brazos.

-¡Oh gracias mi señor Hades! -exclamó Zelos, pero frente a Cípselo solo estaba el ser grotesco que fantaseaba con los ojos hipnotizados por un cosmos violeta- Sabía que mis esfuerzos algún día rendirían frutos. Pandora, oh Pandora, ¿cuantas noches me he desvelado pensando en que seas mía? -se ruborizó entonces.

-Repugnante -contestó Cípselo, viendo a Zelos lanzando besos al aire-. Aunque el amo Radamanthys seguramente encontrará esta información de su interés -tronó los dedos Cípselo, liberando a Zelos de su trance, y cuando Zelos volvió en sí, estaba besando la estatua de medusa, también en el Templo de Apolo, lo que lo petrificó en un estado de shock-. Ya tienes tu premio, ahora largo antes de que decida decirle a Radamanthys tus no muy placenteros pensamientos de nuestra ama Pandora -aclaró, preocupando a Zelos aún más-. No necesito de tu ayuda, Zelos, el conocimiento del talón de Aquiles me es indistinto, ya que no necesito derrotar a nadie físicamente, tan solo debo conquistar sus mentes -sonrió, acariciando su cofre.

Campamentos Aqueos.

-¿Una espada? -preguntó Shana, vestida en un traje de entrenamientos, y sentada sobre una roca erosionada, lejos de los campamentos Aqueos donde no podía ser vista, y con Anficlas frente a ella entregándole una espada, pero no una espada de madera como Shana se había imaginado en un principio, sino una espada de verdad, sumamente afilada, y de apariencia pesada- ¿No es algo… apresurado? -preguntó ella nerviosamente.

-¿Apresurado? Pero si eres la Diosa de la Guerra, no hacerlo así sería un insulto a tu divinidad -se burló ella con malicia, colocando la espada en su regazo-. ¿Quieres que te enseñe? Entonces atenderás a mis instrucciones. Ahora de pie -ordenó, y una nerviosa Shana asintió, se paró, y Anficlas le separó las piernas, la encorvó un poco, y arregló el agarre de la espada de Shana. Entonces Anficlas analizó su postura, y le colocó un casco con penacho, sumándole más peso a la armadura que vestía Shana-. Así está bien, supongo… -aclaró Anficlas, tomó una espada, y asestó con fuerza, derribándole la espada y lastimando las manos de Shana- ¡Mal! -gritó entonces, mientras Shana se frotaba las adoloridas manos- ¡Recoge esa espada, ahora! ¡Rápido! -ordenó, y Shana de inmediato fue a recoger la espada- ¡En pose! ¡Ahora! -le gritó, y una nerviosa Shana tomó la pose- ¡Espalda encorvada! ¡Piernas más separadas! -ordenó, y Shana hizo lo posible por acomodarse en la pose, y en cuanto estuvo en la pose, Anficlas volvió a arremeter contra la espada, tumbándosela de la mano- ¡Mal! -le volvió a gritar, esta vez acomodando su espada en el cuello de Shana- ¿Qué pasa, Diosa de la Guerra? ¡Si no puedes siquiera detener una espada con ambas manos! ¿Cómo vas a detenerla con una y proteger tu cuello cuando cargues un escudo? ¡Puedo asesinarte en 2 movimientos! ¡No avanzaremos a nada más hasta que tengas la fuerza suficiente en tus brazos! ¡Ahora toma esa espada! -le gritó nuevamente.

-¿No podemos comenzar por algo más sencillo… madre…? -le preguntó intentando apelar a la nueva familiaridad adquirida, pero Anficlas la miró con tal fiereza, que Shana inmediatamente fue por la espada y se puso en pose. Anficlas volvió a arremeter contra ella, y pese a que sostuvo la espada con todas sus fuerzas, la espada volvió a salir disparada por el potente impacto- ¡No puedo! ¡Y duele mucho! -se quejó ella.

-¡Un hombre golpea más fuerte que una mujer! ¡Si no puedes con mis estocadas, la de un hombre te romperá los brazos! ¡Ahora recoge esa espada! -le gritó nuevamente, y Shana comenzó a molestarse, fue a por la espada, se preparó, y Anficlas volvió a atacar, pero esta vez Shana bloqueó, y no solo eso, arremetió ella misma, y Anficlas se vio obligada a bloquear con su espada- Lo sabía… -sonrió Anficlas, y de un movimiento rápido pateó la pantorrilla de Shana, derribándola, y apuntándole la espada al cuello.

-¡No es justo! -se quejó Shana- ¡Solo me pediste bloquear! -recriminó Shana, y Anficlas la ayudó a levantarse, aunque con muy poca gentileza.

-Te pedí bloquear… no contestar a mis agresiones… -enunció Anficlas, y Shana parpadeó un par de veces ante lo que estaba escuchando-. Eres la Diosa de la Guerra, es ridículo inclusive pedirme entrenamiento cuando todo ese conocimiento radica en tu interior, en tu mente, pero este solo sale a flote cuando la situación lo apremia, cuando dejas de ser la princesita mimada y temerosa y comienzas a actuar con determinación. No necesitas entrenamiento, necesitas recordar quien eres. ¡Eres la Diosa de la Guerra! -le enunció con molestia.

-¡Eso ya lo sé! -gritó Shana en su desesperación- Sé quién soy, sé lo que se espera de mí, pero… no sé cómo hacerlo… -respondió Shana, sentándose en la arena-. Quisiera que fuera tan fácil como… acceder a mis memorias recesivas de mis vidas anteriores o algo así… pero no puedo hacerlo. Siempre que actuó con determinación, siento que solo soy una espectadora en mi propio cuerpo. ¿Cómo puedo controlar eso? Soy Athena, no Atenea, sé que suena ridículo, pero… la diosa… yo soy solo la receptora de su cosmos, no soy ella -le explicó.

-¿Tratas de decirme que la verdadera Atenea está encerrada en algún lugar y solo te presta su cosmos y sus memorias cuando lo considera pertinente? -preguntó Anficlas, y Shana asintió, bajando la mirada, entristecida- Ridículo… -enunció ella-. ¡Tu pueblo te sigue ciegamente! ¡Comienza a actuar como tal! ¡Eres la reencarnación de Atenea! ¡Entiéndelo ya! Y si tu cuerpo actual no puede acceder a las memorias de la Diosa de la Guerra, la memoria física tendrá que ser suficiente por ahora. Así que entrenaremos tu cuerpo, para poder hacer lo que sé que tu cuerpo sabe hacer bien. Combatir -caminó hasta una bolsa de cuero que había traído consigo, y comenzó a sacar una armadura de Argos-. Ponte esto -le arrojó un par de guanteletes que, tras atraparlos, Shana terminó en el suelo-. Son los guanteletes de entrenamiento de Diomedes. Son más pesados que una armadura Argiva común. Vas a ponértelos, y vas a hacer los movimientos de espada que voy a enseñarte.

-Pero si ni siquiera puedo levantarlos del suelo -lloró Shana, y Anficlas inmediatamente le amarró los guanteletes a la fuerza, y le colocó la espada en las manos-. ¡Madre! -intentó apelar a su instinto maternal, pero Anficlas al parecer o no tenía, o no le importaba. Shana entonces comenzó a esforzarse, hasta colocarse en la pose que le había enseñado Anficlas, quien se puso a su lado, y comenzó a hacer movimientos de espada, Shana los miró y comenzó a esforzarse, aunque los hacía con lentitud, y con dolor por el peso, pero con determinación continuó esforzándose, ella era la Diosa de la Guerra, cuerpo reencarnado o no. Si poseía el cosmos de una diosa, debía asegurarse de que el cuerpo lo fuera también.

Tracia. Quersoneso Tracio. Puerto de Elayunte.

-¡Es hora! -gritó Acamante, mientras los navíos de Salamina, de Élide, y los suyos de Atenas, tomaban posiciones frente al Puerto del Elayunte, tras haber derribado a la gran mayoría de los navíos comerciantes que habían salido de Troya gracias a la protección de Temiscira. Los Peltastas esperaban acomodados en los puertos, con sus lanzas y escudos listo para defenderse de la incursión Aquea, confiando plenamente en la bendición de Artemisa- Esos escudos no me agradan. Pero no podemos retrasar más el asedio. Tenemos que controlar el puerto de Tracia si deseamos cortar el intercambio comercial entre el Quersoneso y Anatolia. ¡Al desembarco! -enunció Acamante, y los Atenienses comenzaron a sacar planchas de los pisos inferiores del navío, y a conectarlos con los navíos Salaminos y de Élide a derecha e izquierda del navío Ateniense- Tú también, Demofonte -ordenó.

-¿Y dejarte solo en esta locura? Ni hablar -se cruzó de brazos su hermano, el Caballero de Bronce del Lobo-. Voy contigo y punto. No olvides que también soy gobernante de Atenas -le recordó con entusiasmo.

-Teseo es el verdadero gobernante, pero hasta su regreso, si es que aún vive, yo soy el Rey Supremo de Atenas -le espetó, preocupando a Demofonte-. Pero no te negaré la gloria. Vamos, hermano -sonrió Acamante, y entonces levantó su dedo-. ¡Almas del Argos! -enunció, su dedo brilló intensamente de un azul sobrenatural, y las almas de tripulantes de un barco legendario, el Argos dentro del cual surcaban los Argonautas, se materializaron y comenzaron a trabajar en el barco Ateniense como lo hicieron hace años bajo el mando de Jasón- ¡Derriben las planchas! ¡Alisten las velas! ¡Timón a puerto! ¡Mantengan el curso en línea recta! ¡Vamos a aplastarlos! -ordenó Acamante, y el navío Ateniense comenzó a moverse, con la tripulación fantasmagórica en su interior sorprendiendo a los Tracios.

-¿Qué va a hacer? ¡Maestro! -gritó Epeo desde el navío Salamino, donde Áyax y Teucro parecían comprender mejor el plan de Acamante, y preparaban a los Salaminos para el desembarque- ¡Se va a estrellar en el puerto! -se preocupó.

-Sé que no has participado mucho en la guerra, Epeo, no desde el primer asedio -intentó tranquilizarlo Teucro, mientras Epeo se mantenía tembloroso e incrédulo-. Pero eres un Caballero Dorado, y ya no estás jugando a escapar de El Grande. Es momento de hacer la guerra. Ahora prepárate, desembarcaremos tras la colisión -apuntó Teucro con la mirada, al navío de Anfímaco, quien preparaba su cosmos para el combate que estaba por iniciar.

-¡Por la gloria de Atenas! -gritó Acamante, y la tripulación fantasma estrelló el navío al puerto de Elayunte, lanzando a los Peltastas por los aires, y en dirección al mar, mientras el navío Ateniense, el más grande de la flota de incursión, continuaba destrozando el puerto, hasta llegar al corazón del ejército de Peltastas, y cuando la popa se estrelló contra la arena, y el navío de Atenas comenzó a virarse y caerle encima a los Peltastas. Acamante y Demofonte saltaron grácilmente, con la Garra Dorada, y la espada de bronce listas, y comenzaron ellos solos a combatir a los Peltastas-. ¡Juraron lealtad a Hades! ¡Ahora vayan a rendirle cuentas! ¡Ondas Infernales! -gritó Acamante, lanzó sus ondas, y pese al terror de los Peltastas, uno de ellos logró cubrir con su escudo, regresar el ataque, y vaporizar a Acamante con el mismo.

-¡Hermano! -se horrorizó Demofonte tras ver el ataque de Acamante golpearlo a él mismo, desintegrando a Acamante en ese instante, bajo la mirada sorprendida del resto de Caballeros Dorados sobre los navíos que ya llegaban a tierra empujando a los Peltastas, quienes gracias a Acamante no lograron recibir a los Aqueos bajo una lluvia de lanzas- ¿Qué le hicieron a mi hermano? ¡Sombra de la Jauría! -enunció Demofonte, lanzando su cosmos en forma de una jauría de lobos, que se estrellaron contra los Escudos de la Luna, y regresaron a Demofonte, estrellándose contra él e hiriéndolo por su propio ataque, que lo derribó sobre las playas del Helesponto, y los renovados Peltastas se lanzaron contra él.

-¡Muro de Cristal! -resonó el grito de Epeo, quien alzó un muro alrededor de Demofonte justo a tiempo, y los Peltastas fueron repelidos y lanzados por la fuerza del muro de Epeo- Esos escudos… son como Muros de Cristal portátiles -se impresionó Epeo, extendiendo su muro, y creando una zona de desembarco segura, sobre la cual los ejércitos de Atenas, Élide y Salamina, comenzaron a desplegarse-. ¿Qué pasó con el maestro Acamante? -preguntó preocupado.

-Estoy bien… -escucharon la voz del Rey Supremo de Atenas, quien se materializó nuevamente tras abrirse un portal en la tierra-. Tuve un no muy placentero encuentro con un tal Fryodor de Mandragora que pensó que era un alma perdida lista para tortura. El pobre se llevó una no muy grata sorpresa mientras lo lanzaba dentro del Monte de las Almas -aseguró, mientras se reunía con el resto de los Caballeros Dorados-. De haber sido un Caballero distinto al de Cáncer, me hubiera quedado atrapado en el Inframundo. Pero recibí mi propio ataque repelido por esos escudos, y yo mismo puedo traerme de vuelta del Inframundo. No puedo decir lo mismo de ustedes. Si mi ataque es repelido nuevamente, ni yo sé si puedo sacarlos del Inframundo -aclaró, y mientras hablaba, los Peltastas atacaron el Muro de Cristal nuevamente, doblegando la concentración de Epeo-. Resiste… tienes el cosmos suficiente, solo debes aprender a manipularlo correctamente -le explicó.

-Yo no voy a esperar -agregó Áyax, resoplando con fuerza por la nariz, y de un movimiento de su lanza, pulverizó el escudo de Epeo él mismo-. ¡Ahora están a mi merced! ¡Gran Cuerno! -atacó, los Peltastas hicieron una formación, y juntos repelieron el cosmos de Áyax, que volvió a él y lo impactó con fuerza, aunque el de Salamina lo recibió plantando sus pies a la tierra, y evitó ser lanzado, aunque cayó en su rodilla abatido por su propia fuerza- ¡Esos malditos escudos! -se quejó Áyax, y cuando los Peltastas volvieron a abalanzarse sobre ellos, Epeo se las arregló para alzar su Muro de Cristal nuevamente.

-Ese escudo… parece bendecido por los dioses… -exclamó Anfímaco, observando los escudos fijamente-. Tienen la forma de la Luna… seguramente nuestras sospechas son correctas y esa mujer era Artemisa en el cuerpo de una de las hijas de Príamo. Estos escudos tienen su bendición, cualquier ataque de cosmos que los impacte será repelido, lo que nos deja en un predicamento -aseguró Anfímaco.

-Que, si Áyax ataca y lo repelen, a nosotros nos van a machacar -respondió Menor, quien viajaba junto a los Salaminos y el Áyax al que apodaban el Grande-. ¿Qué hacemos, el Grande? Si usamos nuestros cosmos nos harán pedazos, puedan usar ellos el cosmos o no. Las Ondas Infernales de Acamante nos mandarían al Inframundo, las Rosas de Anfímaco nos envenenarían, las Flechas de Teucro nos dejarían como coladores, los lobos de Demofonte y mi Escudo de Medusa nos aniquilarían y petrificarían respectivamente, los ataques de Talpio inclusive, son más defensivos que ofensivos, y tú eres el más peligroso de todos. Un Gran Cuerno mal lanzado y bien repelido nos haría pedazos, y Epeo es un inútil -les recordó Menor.

-¡Oye! ¡El que yo no quiera ser violento no significa que sea un inútil! -le recriminó Epeo- Si quieres bajo el escudo y dejo que los Peltastas te destrocen. Como sea, sin tu cosmos solo puedes confiar en tu propia habilidad de batalla. ¿La tienes, Perseo? -le espetó con desdén.

-Todos parecen estar olvidando algo muy importante -aclaró Áyax, y todos lo escucharon-. ¡Somos soldados! ¿Y qué si no puedo usar mi cosmos? ¿Creen que me voy a quedar de brazos cruzados solo porque a Artemisa le place? ¡Tengo una lanza y un escudo! ¡Mis hombres combaten sin el cosmos y lo han hecho bien hasta ahora! ¿Qué clase de Caballero Dorado sería, si me acobardo por no poder usar mi cosmos? ¡Soy un guerrero, maldita sea! -aclaró con orgullo- Vas a bajar ese muro, Epeo, y cuando lo hagas se iniciará la masacre. ¿Quieren que los combata mano a mano? ¡Bien! -preparó su lanza Áyax, y pisoteó el suelo con fuerza- Pudimos terminar esto con unos cuantos Gran Cuernos, pero ahora los voy a machacar -aseguró.

-Pero, Áyax… -se preocupó Epeo-. Sin el cosmos yo no… -intentó explicarle-. ¡No soy un guerrero! ¡Soy un arquitecto, y metalúrgico gracias a Oribarkon! Asesinar de esa manera yo no podría… -le aseguró.

-Entonces no me estorbes -lo empujó a un lado Áyax con rudeza, y Epeo comenzó a aterrarse-. El que quiera ser un cobarde, tiene hasta la cuenta de 3 para regresar a las naves. El resto, que me acompañe a la gloria -enunció, y sin darse a esperar a la cuenta, Acamante y Anfímaco ya se habían colocado a su izquierda y derecha con la Garra de Libra y el Látigo de Libra listos- 1… -comenzó Áyax, encontrando a Teucro a su lado también, a Menor y a Demofonte-. 2… -los Salaminos, Atenienses y Élideos se prepararon de igual manera, solo Epeo no reaccionaba, se sentía como un cobarde, un niño en un mundo de héroes y guerreros-. ¡3! -gritó Áyax, pulverizó el Muro de Cristal, y las cadenas del Escudo Dorado de Libra surcaron los alrededores, derribando a la primera línea Peltasta, para sorpresa de Áyax- Comenzabas a decepcionarme, camarón -se burló Áyax.

-No voy a dejar… que mis amigos mueran por mi cobardía -se acomodó Epeo al lado de Áyax, con el Escudo de la Armadura de Libra listo-. ¡Cuando estés listo! -enunció Epeo.

-Yo siempre estoy listo. ¡Ataquen! -lideró la marcha Áyax, y la terrible batalla por el puerto del Elayunte comenzó. Pese a los Escudos de la Luna a manos de los Peltastas, y que los Caballeros de Athena habían sido forzados a retraer sus cosmos, Áyax logró recordarles a sus compañeros que no por poseer un cosmos eran más importantes, y que, por no poseerlo, no eran inútiles. Todos, incluso Epeo, se habían entrenado desde una edad muy corta para lograr manipular el cosmos, entrenándose físicamente como acróbatas, guerreros, arqueros, boxeadores, lo que fuera, incluso el levantar un martillo había sido un entrenamiento que permitía a Epeo impactar el mentón de los Peltastas con la fuerza suficiente para derribarlos.

Acamante era mortífero con las Garras de la Armadura de Libra, penetraba los cuellos de los Peltastas, cortaba sus extremidades, sin ningún remordimiento, funesto inclusive, como un hombre que estaba acostumbrado a la muerte pese a tener un corazón noble.

Teucro no era tan bueno con la Maza de Libra como con el Arco de Sagitario, más en esos momentos no le quedaba otra opción. Su Maza Dorada al golpear un Escudo de la Luna soltaba una onda de choque que derribaba a amigos y a enemigos por igual, así que tuvo que arreglárselas para ser más selecto en sus ataques y menos violento. Con su ojo de arquero lograba identificar los puntos vulnerables de los Peltastas, e impactaba su maza en un hombro, en un brazo, en una cabeza desprotegida, o en una rodilla que se partiría tras el terrible impacto. El gentil arquero que había llegado a Troya más para tranquilizar a Áyax que nada, había dejado de existir. En su lugar ya solo quedaba un guerrero fiero y meticuloso.

Anfímaco hacía movimientos gráciles, y mientras más los hacía más se alejaba de sus compañeros, dejando al mando de los Élideos a Talpio del Delfín. Poco a poco la esencia venenosa, que llevaba Anfímaco en su sudor, comenzaba a extenderse como una nube de polen. Esta nube no lo afectaba a él, pero ni amigos ni enemigos estarían a salvo si esta se propagaba más de la cuenta, por lo que, de poco en poco, Anfímaco se adentró más en los territorios Peltastas, envenenándolos a todos a su alrededor.

Epeo por su parte, no había cambiado mucho desde el primer día que llegaron a Troya. Se había mantenido siempre tras las líneas Aqueas, buscando trabajar en la forja o construcción de los campamentos, más nunca en la batalla. Desafortunadamente, ahora estaba bajo las ordenes de Áyax, a quien debía auxiliar, con quien debía combatir. Y pese a defenderse la mayor parte del tiempo con su Escudo Dorado, sus habilidades de supervivencia lo hacían muy molesto para los Peltastas, quienes se distraían con él y terminaban atravesados por el Caballero de Tauro.

Áyax, la gran mole humana, guerrero por excelencia. Se le conocía por briago y por mujeriego, pero en batalla, era un demonio descomunal. Mientras combatía, muchos lo comparaban con Heracles, quien él siempre presumía que era el que le había dado su nombre. De hecho, de no ser por su Armadura Dorada que le daba un gran orgullo, seguramente combatiría desnudo como Heracles, algunos inclusive habían mencionado haberlo visto hacerlo. Con su lanza atravesaba de a 3 Peltastas de un solo movimiento, partía el rostro de otro con su inmenso Escudo, de tremendas patadas rompía brazos y piernas, no había quien pudiera hacerle frente, salvo un individuo, detrás de las líneas de Peltastas, esperando pacientemente su turno, mientras un carruaje y una escolta salían por la parte trasera de la ciudad portuaria con Ilíona, los Espectros Polidoro y Deípilo, la Amazona Pentesilea, y varios soldados Tracios.

Se trataba de Niso de Creatían Taurus, Estrella Celeste del Desastre, y Suplicio Obsidiana del opuesto de Tauro, quien miraba a Áyax con gran fervor, mientras sentía su propio cosmos incinerarse con cada movimiento del furioso Salamino.

-Eso es, El Grande -se burló Niso-. Yo poseo mi propio cosmos, pero este se alimenta también por tu proeza en esta y en todas tus batallas. Pronto… muy pronto… tendrás una prueba de mi poder. Pero me conformaré primero con una presa más pequeña -miró Niso a Epeo, defendiéndose de los Peltastas con su Escudo Dorado, y el Suplicio Obsidiana sonrió con malicia-. ¡Te elijo a ti, Epeo de Aries! -enunció en un grito descomunal, usó su cosmos para moverse rápidamente en dirección a Epeo, pateó con fuerza, y lo lanzó violentamente fuera del campo de batalla, incluso usándolo como proyectil para derribar a sus propios hombres, y llevar a Epeo hasta la entrada de la Ciudad Portuaria de Elayunte, dónde Epeo comenzó a vomitar sangre, horrorizando a los Caballeros Dorados que lo acompañaban, mientras Niso salía, a encuentro de su temblorosa víctima-. Vas a morir, alimaña -aseguró Niso.

-¡Oye tú! -gritó Áyax- ¡Gran Cuerno! -enunció, los Peltastas entonces se colocaron frente a él, y regresaron el ataque con violencia, inutilizando a Áyax, quien fue lanzado casi hasta llegar a la playa- ¡Deja a mi camarón y enfréntate a mí! -enfureció.

-Ya será después -tomó Niso a Epeo de la cabeza, lo alzó, y preparó su puño- ¡Primero voy a torturar a esta alimaña! ¡Y después tomaré su cabeza clavada en una pica como mi presea personal! ¡Asalto de Creatían Taurus! -impactó con su mano envuelta en cosmos Niso, sobre el pecho de Epeo, quien escupió sangre con fuerza- Jamás debiste venir a esta guerra, niño -volvió a retraer su brazo, y a repetir el castigo, mientras los Caballeros Dorados que le acompañaban, hacían todo lo que podían por ir en su auxilio. Los puñetazos de Niso continuaron, y la mirada de Epeo comenzó a perderse. Llegó el momento en que semejante castigo fue demasiado, y Epeo dejó de moverse. Los impactos ahora golpeaban sin alarido alguno, y cuando Niso se dio cuenta, soltó a Epeo, quien cayó sin moverse, con la mirada en blanco.

-¡Camarón! -gritó Áyax, furioso, y mientras Niso colocaba su gran bota sobre la cabeza de Epeo- Juro en el nombre de Athena que voy a destrozarte -enfureció Áyax, incinerando su cosmos, pero tras lanzarlo, los Escudos de la Luna lo repelieron e impactaron en contra de un distraído Acamante, que terminó aplastado bajo su cuerpo.

-¡Deja de usar tu cosmos! -le gritó Acamante, quitándoselo de encima, y miró con desdén a Niso elevar su cosmos alrededor de su bota, y reírse con malicia- No… ya perdí a un discípulo… no voy a perder a otro… -se preparó Acamante, saltó, grácilmente llegó hasta donde Niso con su Garra Dorada lista, pero el Suplicio Obsidiana ya lo esperaba.

-¡Azote de Creatían Taurus! -enunció, y como si del Gran Cuerno se tratase, Niso impactó con su cosmos oscuro a Acamante, quien terminó estrellándose contra los Escudos de la Luna de los Peltastas, quienes prepararon sus lanzas para ejecutarlo- No importa cuán alto el cosmos, una distracción, inclusive una por la debilidad del corazón humano, es fatal. ¡Mátenlo! -ordenó, y la sangre de Acamante salió a chorros por las heridas tras los Peltastas perforar en las secciones donde su Armadura Dorada no podía cubrirlo. No importaba el cosmos si la herida era a tan corta distancia.

-¡Acamante! -gritó Anfímaco, con una rosa negra en su mano, y un montículo de Peltastas envenenados a sus pies- ¡No te permitiré morir, Rey Supremo de Atenas! ¡Rosas Piraña! -lanzó las rosas Anfímaco, y pese a que los Escudos de la Luna se alzaron y repelieron a la mayoría, con su cosmos Anfímaco controló a una de las Rosas Piraña, que se estrelló en las lanzas de los Peltastas, permitiendo a un malherido Acamante huir y ser atendido por su hermano Demofonte, aunque eso lo alejaba de Epeo.

-Se me escapó el Cangrejo -se burló Niso, pero su cosmos ya estaba listo-. Pero a esta alimaña, ya se le acabó la vida -bajó su bota Niso, y la sangre se alzó tras aplastarle la cabeza a Epeo. El grito descomunal de ira de Áyax siguió, pero un grito aún más fuerte de dolor se escuchó, cuando Niso cayó al suelo, con su bota perforada por una espada tornasolada- ¡Malnacido! -gritó Niso destrozando la espada, y poniéndose de pie débilmente.

-Ya es suficiente… -prosiguió Epeo, poniéndose de pie, con el Escudo de Libra en su mano izquierda, y una fuerza de cosmos formándose en la derecha-. Puedes pulverizarme a mí… puedes romperme los huesos… humillarme… insultarme y despreciarme, pero. ¡No tocarás a mis amigos! ¡Revolución de Polvo de Estrellas! -gritó Epeo, Niso sonrió, y los Peltastas se colocaron en el camino con los Escudos de la Luna en alto. Las flechas tornasoladas del ataque, sin embargo, rodearon los escudos, y llegaron ante Niso, impactándolo de lleno, sorprendiendo al Suplicio Obsidiana- ¿Querías molestarme, Espectro? Lo conseguiste… esta es… la verdadera extensión de mi fuerza. ¡Una fuerza que no me permito usar por lo que significa liberar mi poder! -el cosmos de Epeo se incineró, y destellos de luz viajaron por toda la zona de batalla, posándose sobre los hombros de los Peltastas, que intentaron sacudirse los destellos de cosmos dorado, pero no lograban desprendérselos del cuerpo, aunque tampoco parecían afectados por el mismo-. Esta es tu ultima oportunidad… ríndete… no me hagas hacer esto… -le pidió con ojos llorosos, mientras Niso se posaba orgulloso frente a él.

-¿Qué puede hacer una alimaña cobarde como tú? -le preguntó Niso, alzó su puño envuelto en cosmos y atacó, pero Epeo logró cubrir con ambos brazos sosteniendo el Escudo de Libra- ¡Sin este escudo no eres nada! -tomó el escudo, y se lo arrancó de las manos, luego lo lanzó a un lado, y le impactó el rostro con fuerza, lanzándolo a las murallas de la ciudad, donde su cuerpo quedó clavado- Debes ser el Caballero Dorado más patético de todos, Epeo de Aries… -se burló Niso, y el resto de los Caballeros Dorados intentó ir en su auxilio, todos menos Acamante, quien tan solo miró a Epeo con dolor y tristeza.

-Si estuviese en mi poder, Epeo… jamás te permitiría mancharte con esta sangre que estás por derramar -se susurró a sí mismo Acamante, mientras miraba a un furioso Epeo morderse los labios, intentando resistir su ira-. Pero en el momento en que elegiste usar la Armadura Dorada de Aries… renunciaste a tu humanidad. ¡Ahora libera al demonio que todos llevamos dentro! ¡Epeo! -enunció Acamante, elevando su cosmos, sobresaltando a todos los presentes.

-¡Los destrozaré a todos! ¡Extinción de la Luz de las Estrellas! -liberó su ataque Epeo, y los destellos que se habían anclado a los cuerpos de los Peltastas, estallaron en una luz de cosmos, y se tragaron a los Peltastas, llevándoselos a la dimensión personal de Epeo- Ustedes quienes han forzado mi mano… experimentarán la destrucción… cuando cada partícula de su ser sea obligada a estallar por mi cosmos. ¡Mueran! -alzó la mano Epeo, una dimensión de cosmos se formó a sus espaldas, y Niso fue testigo, del como los Peltastas eran destrozados en un solo instante, por miles de explosiones diminutas que los hicieron estallar en miles de pedazos, desplegando la forma más horrible de morir.

-¿Quién eres… alimaña? -se preguntó Niso sobresaltado, mientras Epeo caía débilmente a la arena de la playa, exhausto, y sin poderse mover del todo- Mi cosmos superior me defendió de tu ataque, pero si lo que acabo de ver es real… destruiste a mis hombres, con miles de explosiones en miniatura… -se impresionó, y a sus espaldas, una luz azul intensa se desplegó.

-Yo te diré quién es él… -enunció Acamante, con un ejército de flamas azules a sus espaldas, las almas de los Peltastas que acababan de ser asesinados tan brutalmente-. Epeo de Aries, un ladrón obligado a trabajar por mantener a sus 49 hermanas, por los amoríos lujuriosos de un Muviano depravado. Con una familia tan extensa, miles fueron los que intentaron hacerse con alguna de sus hermanas a la fuerza. Él, enclenque y sin entrenamiento, deseó fervientemente castigar al que abusó de una de ellas, y le destrozó el cuerpo con su cosmos, partícula a partícula -le explicó, y Niso se mostró impresionado-. Con los años, aprendió a desfragmentar y reacomodar las partículas de las cosas y las personas, pero se requirieron de muchos intentos, hubo varias muertes. Epeo lo controla ahora, pero, extender su cosmos a tantos objetivos hace que sea imposible para él salvarlos, por eso no desea combatir. Porque él solo, tiene el poder de destruirlos a todos. Epeo es el asesino más efectivo que jamás haya existido, y que jamás existirá -le explicó Acamante, y entonces apuntó a Epeo-. Y eso, es lo que Epeo intenta mantener encerrado -Niso miró a donde Acamante apuntaba, y encontró a un Epeo con los ojos rojos repletos de furia, mirándolo, y temblando intentando levantarse-. El Trance de Epeo… un trance al que entra cuando ha probado la sangre. Cuando un asesino quita una vida quiere volverlo a hacer. Este es el rostro de un asesino que ha elegido a su siguiente víctima, pero tienes suerte, usó todo su cosmos, no puede hacerte daño. Pero yo sí… -finalizó Acamante, reunió todas las almas en su mano, y las lanzó al unísono-. ¡Llamas Azules Demoniacas! -enunció su ataque, y Niso fue víctima de su tremendo poder.

Las Flamas Azules Demoniacas rodearon a Niso con tal violencia que la capa de Acamante era abatida por la fuerza de la explosión. Acamante entonces cerró sus ojos en señal de respeto por el oponente caído, pero de pronto abrió los ojos al sentir un cosmos aplastante, y fue perforado en su pecho por la lanza de punta de diamante de Niso, quien salió de las flamas ileso, y estrujó su lanza contra el pecho de Acamante.

-Lo admito, subestimé a la pequeña alimaña, pero tú me subestimaste a mí -pateó con fuerza Niso, sacando a Acamante de su lanza, y dejándolo tembloroso y en el suelo sujetándose la zona malherida, mientras Niso, totalmente ileso, se acercaba a Acamante con su cosmos preparado para ejecutarlo-. Me parece que ni uno de ustedes comprende, lo que los Suplicios Obsidiana son, y la fuerza que nos respalda -intentó tomar a Acamante del suelo, cuando Anfímaco llegó ante él y le pateó el rostro con fuerza, obligándolo a retroceder mientras preparaba su cosmos con una rosa negra en su mano.

-Entiendo que son Espectros y son más resistentes que los humanos promedio -enunció Anfímaco, lanzándose con la rosa negra en su mano-. ¡Así que te arrancaré el corazón antes de enviarte a la bestia del Tártaros! ¡Rosa Piraña! -gritó, se acercó lo más que pudo, pero su rosa negra chocó contra una barrera de cosmos violeta que lo detuvo- Mi Rosa Piraña que es capaz de traspasar inclusive las Armaduras Doradas, ¿repelida? -miró Anfímaco mientras su rosa se desmoronaba, sin llegar a rosar siquiera la Suplice del gigante frente a él.

-Los Suplicio Obsidiana somos más que Espectros, estamos al mismo nivel de los Jueces del Inframundo -le explicó, y lo tomó del cráneo, azotándolo contra el suelo-. O al menos, así es si el Caballero Dorado de quien somos opuestos tiene ese poder -pateó con fuerza, elevándolo hasta sus brazos, y entonces comenzó a abrazarlo con fuerza. Anfímaco entonces comenzó a liberar su esencia venenosa, Niso la sintió, y liberó a Anfímaco en ese momento, quien intentó nuevamente clavarle una rosa, esta vez una Rosa Sangrienta, pero Niso la pulverizó en su mano y después lanzó su cosmos contra Anfímaco-. ¡Azote de Creatían Taurus! -lo lanzó Niso, y mientras Anfímaco era abatido por el tremendo ataque similar al Gran Cuerno, Teucro se abalanzó contra él con la Maza de Libra, le impactó el mentón, y lo lanzó hasta las murallas, donde el inmenso Suplicio Obsidiana se burló-. Son tan predecibles -se puso de pie Niso, mientras con su sombra rodeaba a Teucro-. Incluso en una guerra se atreven a respetar las ilusas reglas del uno contra uno. Aunque aún si me atacaran todos al mismo tiempo, los doblegaría sin problema -se burló Niso.

-Puedes burlarte de nuestras tradiciones… -elevó su cosmos Teucro, tan alto como le fue posible, y el Suplicio Obsidiana se mostró impresionado-. ¡Pero Athena es nuestra diosa! ¡Y sus órdenes son definitivas! ¡Trueno Resplandeciente! -atacó Teucro, y los cometas impactaron a Niso en múltiples ocasiones, dejando marcas doradas en los lugares donde impactaron, pero Niso lo soportó, analizó el movimiento de los puños de Teucro, y atrapó el último golpe, apresándole la mano, y estrujándole los nudillos hasta arrodillarlo al suelo-. ¿Por qué? -se impresionó Teucro por el poder de Niso.

-Porque mi poder… siempre será superior al del Caballero Dorado de Tauro -miró Niso a Áyax, quien le regresó la mirada repleta de furia-. Ahora fuera de mi camino, alfeñique. ¡Gran Impacto! -lanzó a Teucro, quien fue atrapado por Áyax, y colocado gentilmente en el suelo- El amor fraternal… me da asco -se burló Niso.

-¿Ya te divertiste? -le preguntó Áyax, acercándose, resoplando furiosamente-. 5 Caballeros Dorados están frente a ti, junto a los ejércitos de Atenas, Élide y Salamina, en cuyas filas hay Caballeros de Plata y de Bronce, y aun así aquí estas, Suplicio Obsidiana… y es molesto -recriminó el de Tauro.

-¿Qué te parece molesto, El Grande? -se burló Niso- El que sepa que puedo vencer a cualquiera de esos 5 Caballeros Dorados, o el hecho de que no importa lo que hagas, yo soy mejor que tú -insinuó con desdén-. Capricornio, Acuario y Escorpio son los más fuertes, algunos dicen que, en ese orden, otros que no es así. Le siguen Libra, Tauro y Géminis. Después están Cáncer, Virgo y Leo, y al final los más débiles son Piscis, Sagitario y Aries. Déjame decirte entonces que en ese mismo orden los Suplicios Obsidiana estamos posicionados, y siempre el opuesto a un signo será más fuerte que el portador del mismo. Eso significa que ninguno de ustedes, ni siquiera tú, El Grande, eres más fuerte que… -intentó decir, cuando de pronto recibió una tremenda bofetada, que lanzó a Niso a las murallas de la ciudad-. Esa no me la esperaba… -se frotó la barbilla Niso.

-¿Capricornio, Acuario y Escorpio los más fuertes? ¿Piscis, Sagitario y Aries los más débiles? -se burló Áyax, mirando a Niso fijamente- Hace 3 años, el Escorpio era un papanatas bueno para nada y yo era de los más fuertes, y el imbécil me dio una paliza, ¿sabes por qué? ¡Por convicción! -le espetó Áyax furioso, mientras caminaba en dirección a Epeo, lo tomaba del cuello, y lo obligaba a ponerse de pie- No importa la fuerza del cosmos… importa el cómo lo usas, y la convicción que tengas por salir avante. ¿Y qué si tu cosmos se sale de control? ¡Si tu convicción es la adecuada no hay nada que no puedas hacer! ¿Ha quedado claro, señor asesino en serie? -se burló Áyax, y los ojos de Epeo regresaron a la normalidad, volviendo a ser gentiles y bondadosos- No me vuelvas a hacer enojar así, camarón, o me voy a sentar en ti -lo amenazó Áyax, y entonces se acercó a Anfímaco-. Y tú, Anfímaco… casi un año en cama por el sacrificio y entrega en contra de Troya. ¿Entre los más débiles? ¡Ha! ¡Si eso es ser débil, entonces estoy orgulloso de tu debilidad! -prosiguió Áyax, y fue a donde Acamante-. Mi rey noble, el único de quien jamás podría burlarme. Su fuerza no está en su cosmos, está en su corazón, por eso su pueblo lo sigue, por eso es el rey entre los reyes de Atenas -y al final, Áyax llegó a su hermano-. Y mi hermanito llorón… quien estuvo allí incontables veces para evitar que en mi embriaguez cometiera alguna calamidad. Si este flacucho puede mantenerme al margen, entonces estoy orgulloso de mi hermanastro flacucho y enclenque -se acercó entonces Áyax a Niso, quien se cruzó de brazos con molestia-. Cualquiera de ellos, vale más que tú, Suplicio Obsidiana… cualquiera de ellos, con la convicción correcta, puede derrotarte, con o sin el respaldo de mi cosmos. El camarón te hirió, eso significa que puede herirme a mí. ¡Porque por un momento su voluntad y convicción fue lo suficientemente fuerte para doblegarte! ¿Qué importa ser más fuerte si todo se decide en un mísero segundo? Y te lo voy a demostrar… acabando contigo. ¡Esta es mi convicción! ¡Gran Cuerno! -enunció Áyax, pero su ataque fue detenido por el cosmos de Niso con sus brazos cruzados.

-Ideales inútiles… -fue la respuesta de Niso-. Entiéndelo de una vez. Eres el más fuerte de este grupo, y por regla tu Suplicio Obsidiana opuesto, que soy yo, se alimentará de tu cosmos y será aún más fuerte. ¡No importa que tan fuerte me ataques! ¡Siempre seré más fuerte que tú! ¡Azote de Creatían Taurus! -regresó la afrenta, y Áyax, cruzado de brazos, recibió toda la fuerza del impacto- Oh… eres muy fuerte, pero eso ya lo sabía -se burló Niso.

-Aunque las tonterías que dices fueran ciertas, solo necesito ser capaz de asesinarme a mí mismo para asesinarte, ¿verdad? -se burló Áyax también, y la tierra a sus pies comenzó a temblar- Puedo decirte sin temor alguno, que cualquiera de mis camaradas podría vencerte… pero tu ejecución… será mi placer personal. ¡Gran Gaia! -alzó la mano Áyax, y una tremenda explosión se hizo presente, tan fuerte que vaporizó las murallas de la ciudad y dejó un cráter alrededor de Áyax, quien notó para su sorpresa, que Niso había quedado parado frente a él, en la posición de la defensa perfecta, sin daño alguno.

-Puedo seguir con esto toda la noche… -se burló Niso, pero Áyax se mantuvo impasible-. Es verdad, Áyax. Para vencerme, tendrías que ser tan fuerte como para acabar con tu propia vida. Pero no tienes ese valor. ¿O sí Áyax? ¿Terminarías con tu propia vida por un bien mayor? -le preguntó divertido.

-¿A qué estás jugando, basura? -se molestó Áyax, incinerando su cosmos- ¿Qué si acabaría con mi propia vida por un bien mayor? Que ridiculez. ¡Por supuesto que lo haría! -estalló el cosmos de Áyax, sorprendiendo inclusive a Niso- Preferiría vivir para beber más vino y probar a más concubinas, eso no te lo voy a negar. Pero si mis amigos peligraran, si mi diosa estuviera al borde de la muerte, o mi esposa y mis hijos me necesitaran, yo gustoso daría mi vida por salvar la de ellos -le aseguró-. Y esta convicción… va a ayudarme a demolerte. ¡Gran Cuerno! -atacó, y esta vez Niso fue abatido por su fuerza- ¡Gran Cuerno! -repitió Áyax, y un Niso que intentaba ponerse de pie, fue lanzado nuevamente- ¡Gran Cuerno! -enunció por tercera ocasión, y el Suplicio Obsidiana fue derribado con fuerza, y mientras se ponía de pie, Áyax comenzó con una embestida- ¡Gran Embiste! -se lanzó Áyax.

-¡Gran Impacto! -se lanzó Niso, y ambos ataques al colisionar, comenzaron a destrozar la playa, que comenzaba a agrietarse como si una fuerza descomunal la partiera por la mitad- Inaudito… ¿cómo has logrado igualarme? -se molestó Niso, y tanto él como Áyax unieron manos, empujándose el uno al otro en una maniobra de sumisión.

-Están parejos -exclamó Acamante, mientras la tierra continuaba estremeciéndose-. Áyax está tan convencido de que puede vencerse a sí mismo, que no puede ser doblegado por el cosmos de Niso que se alimenta del suyo, y Niso, quien, por la naturaleza de su Suplicio Obsidiana, es alimentado por el poder de cosmos de Áyax, no puede vencerlo tampoco por la misma razón. El resultado, es una fluctuación de cosmos idéntica que mantiene el caos prevaleciente -les explicó Acamante, mientras los montículos de hierba a sus alrededores se cuarteaban.

-Pero si están parejos y ambos tienen el poder de un Caballero Dorado… -se preocupó Anfímaco, mientras veía el cómo los cosmos de Áyax y el de Niso se incineraban más y más, propagándose en la forma de relámpagos de cosmos dorado y violeta que destruían las estructuras alrededor del puerto-. ¿Podría eso desencadenar lo que creo que está ocurriendo? -le preguntó atónito.

-La Batalla de los 1,000 días -susurró Teucro en señal de sorpresa, mientras Áyax y Niso entraban en un trance, en el que nada existía más que ellos mismos. Se atacaban con sus técnicas más poderosas, se herían mortalmente sin sentir los golpes, consumiendo y generando importantes cantidades de cosmos en instantes que para ellos parecían infinitos-. La primera batalla de los 1,000 días fue entre Heracles y Jasón, ¿no es así? -preguntó Teucro.

-Cuando fueron Argonautas -aceptó Acamante-. Una batalla que los dioses prohibieron que se repitiera, ya que Heracles era un semidiós y Jasón un mortal que igualó su poder. En otras palabras, cuando 2 individuos con un poder superior al de un Caballero Dorado convencional se enfrentan, sus cosmos se elevan exponencialmente, hasta rivalizar al cosmos de los dioses. Por eso se prohibieron las batallas entre Caballeros Dorados -aseguró.

-Pero Niso no es un Caballero Dorado -se quejó Epeo, pero pronto comprendió lo que estaba ocurriendo-. Pero se alimenta de un cosmos de un Caballero Dorado… Áyax se está enfrentando a él mismo con todas sus fuerzas -dedujo en ese momento.

-Voy a separarlos… -preparó su flecha Teucro, y elevó su cosmos-. Sean reglas de nuestra diosa o no, si permitimos que esto continúe, Áyax se va a quedar en ese trance llevándose al Quersoneso con él -apuntó Teucro a la playa, que comenzaba a desquebrajarse y a ser tragada por el mar-. Voy a detenerlos. ¡Flecha de la Esperanza! -lanzó la flecha, pero esta se vaporizó sin siquiera llegar a acercarse a Niso- ¿Cómo? -se horrorizó Teucro.

-Es demasiado poder -le explicó Acamante, y entonces tuvo que evadir un ataque de cosmos por parte de Niso, que voló por el mar hasta estrellarse y estallar con una fuerza impresionante-. Y seguirá creciendo. Un Gran Cuerno de Áyax en dirección a tierra y que no se estrelle contra Niso terminará con algún pueblo completamente vaporizado. Inclusive, por lo estrecho del Quersoneso, el próximo ataque fallido de Niso podría no estrellarse en el mar, sino del otro lado, en Temiscira… o en nuestros campamentos -y la imagen de Shana siendo vaporizada por un ataque perdido de Niso o de Áyax les abrumó la mente a los presentes-. Pero ya nada puede hacerse. Están en trance… los Suplicios Obsidiana realmente son de temer -se impresionó Acamante, cerrando sus manos en puños sin saber qué hacer.

-Debe haber una forma de romper ese trance -se preocupó Epeo, pero entonces tuvo una idea-. Si tan solo mi ataque pudiera alcanzarlos… podría desmaterializarlos a ambos y reacomodarlos en otro lugar -les explicó.

-Si mi flecha no pudo hacerlo, dudo que tu ataque de Extinción de la Luz de las Estrellas los alcance, Epeo -le comentó Teucro con preocupación-. Pero hay otra solución… una… que mataría a Áyax… -entristeció Teucro, mordiéndose los labios, pero cuando otro ataque fallido, esta vez de Áyax, volvió a lanzarse, y este se estrelló en las planicies del Quersoneso, ocasionando una terrible explosión, Teucro supo que no tenían otra opción-. Si se necesita derrotar el poder de 2 Caballeros Dorados… yo conozco una técnica que fusiona el poder de 3 -les aseguró.

-¿La Exclamación de Athena? -se impresionó Anfímaco- Impensable… permitir que un Suplicio Obsidiana nos obligue a tomar esa alternativa es repulsivo. Athena jamás lo perdonaría, mucho menos si la usamos en contra de Áyax -le explicó con descontento.

-La Exclamación de Athena en verdad tiene el poder de desestabilizar el trance de la Batalla de los 1,000 días… -pensó al respecto Acamante-. Pero eso vaporizará a Áyax, a Niso, y a toda la costa del Puerto de Elayunte. Y no solo eso, usar esa técnica ruin y en superioridad numérica… perderíamos el respeto como Caballeros Dorados, y como reyes… ninguno de nosotros tendría el derecho de gobernar… jamás… -les recordó.

-¡No podemos ir por allí lanzando Exclamaciones de Athena por cada Suplicio Obsidiana que nos obliga a entrar en el trance de la Batalla de los 1,000 días! -se fastidió Epeo, mirando a Áyax impactar el puño de Niso con el propio, y a la tierra a sus alrededores desquebrajarse- No lo consiento… esa técnica jamás debe usarse. ¡Mucho menos contra un amigo! ¡Además es tu hermano, Teucro! -enfureció Epeo.

-Hermanastro en realidad, pero no por eso lo quiero menos -le explicó Teucro-. Pero tú escuchaste a Áyax… él daría la vida por sus amigos de ser necesario. Y no importa cuánto ame a mi hermano, en estos momentos es un peligro, y ya está muerto por entrar en el trance de la Batalla de los 1,000 días -sentenció Teucro, y miró a Acamante y a Anfímaco-. Debemos hacerlo -les pidió, y el par asintió.

-¡No! -volvió a interceder Epeo- No van a hacerlo… porque yo voy a superar el cosmos de El Grande -les aseguró, mientras elevaba su cosmos-. El Grande dijo… que no importaba si era o no más fuerte que los demás… que si mi convicción era suficiente… podía en un instante insignificante superar a quien fuera, si tenía la convicción suficiente… -continuó elevando su cosmos Epeo, y mirando la batalla frente a él con temor, pero recordando las burlas entre él y Áyax, los momentos de tormentos y de risas, supo que no podía permitirse perder a un amigo, y encontró así su convicción-. ¡Voy a superar tu cosmos, Áyax! ¡Después te sientas en mí si así lo deseas! ¡Prefiero soportar tu asqueroso trasero sobre mi espalda que tener que enterrarte! ¡Eres mi amigo, Áyax! ¡Y no te voy a dejar morir! ¡Extinción de la Luz de las Estrellas! -lanzó su ataque Epeo, y pese a que Áyax y Niso lo vieron, se viraron e intentaron detenerlo, la convicción de Epeo resultó ser suficiente para envolverlos a ambos, encerrarlos en su dimensión portátil, y lanzarlos en direcciones contrarias. Niso fue lanzado a los interiores del Quersoneso, a cientos de tiros de flecha de distancia, Áyax se estrelló a unos cuantos metros de un agotado Epeo, quien se desmayó por el tremendo esfuerzo.

-¿Superó… la fuerza de Áyax el Grande? -se impresionó Anfímaco, mirando a Epeo desmayado en el suelo- Es increíble… -admitió.

-No superó la fuerza de Áyax el Grande… -le respondió Acamante, y lo miró con indiferencia-. Superó la fuerza de 2 Áyax el Grande, de un solo movimiento -aclaró, apuntando a Áyax, quien se levantaba con debilidad tras salir de su trance-. Es algo que siempre sospeché… pero nunca me atreví a mencionar. No hay un Caballero Dorado más poderoso. Áyax, Diomedes, y ahora Epeo, me han hecho esta revelación. Lo que importa es la convicción, y el corazón. Si se tiene eso, no hay oponente que sea invencible -tomó Acamante a Epeo en sus brazos, y lo cargó, mientras Teucro ayudaba a Áyax a mantenerse en pie-. Habiendo dicho esto, lo mismo podría transmitirse a los Suplicios Obsidiana. Si en verdad tienen nuestro mismo poder… será mejor que nuestras convicciones estén altas, o no podremos vencerlos. Teucro, Anfímaco. ¿Hasta dónde llegan nuestras convicciones? ¿Pueden cuantificarse? Eso… no lo sé… pero somos Caballeros Dorados, la esperanza de Athena… si nosotros caemos, todo está perdido. Sigamos viviendo… por el bien de Shana… -finalizó, y se retiró en dirección a los navíos.

Anatolia. Campamentos Aqueos.

-Siento una molestia terrible en mi pecho… -mencionó Shana, recostada en el suelo tras ser derrotada por Anficlas, quien acababa de darle una paliza en el entrenamiento de espadas-. No me es agradable… me es molesta… y me aprieta mucho -continuó Shana.

-Son tus músculos recuperándose de la paliza -fue la respuesta de Anficlas, mientras veía en dirección a los campamentos Argivos, buscando a Diomedes con la mirada-. Te acostumbrarás, en unas semanas tal vez dejará de dolerte -aseguró.

-No es un dolor físico… -le mencionó Shana, ganándose la atención de Anficlas-. Es en mi corazón… siento… mucho miedo… -le explicó a Anficlas, quien no comprendía lo que Shana intentaba explicarle-. Imagina que una persona muy importante para ti está por morir… y que no puedes hacer nada al respecto… yo acabo de sentir eso… -le explicó Shana, mientras una lágrima se le escapaba de los ojos-. Sé que hay muchas muertes en la guerra… pero… hay 12 personas… a quienes me dolería mucho perder… porque ellos son mi esperanza. No es por menospreciar a nadie, ni a ti, ni a mis soldados, ni a Odiseo tampoco, pero… siento… una conexión a nivel espiritual más profunda con ellos, como si mi alma y la de ellos fuera una. ¿Lo entiendes? -pero Anficlas no podía entenderla, y tan solo lo negó con la cabeza- Hoy… sentí que uno de ellos pudo haber muerto… Áyax… él… iba a morir… -le aseguró, y Anficlas se mostró impresionada por la revelación- ¿Quién podría ser tan fuerte como para que la vida de Áyax peligrara? ¿Quién estuvo tan cerca de destruirme la esperanza? -se mortificó, y meditó al respecto.

Tracia. El Quersoneso Tracio. Bahía de Morto.

-¿Qué me golpeó? -se preguntó Niso, levantándose débilmente, y encontrando a Ilíona frente a él- ¿La Reina del Quersoneso? ¿Dónde? -se preguntó Niso, mirando a los alrededores y encontrando un campamento, construido en las cercanías de una bahía- ¿Cómo llegué aquí? -se preguntó Niso.

-Epeo de Aries superó el poder de 2 Caballeros Dorados en el trance de la Batalla de los 1,000 días. Te desfragmentó a ti y a Áyax de Tauro, y volvió a armar a Áyax el Grande… pero contigo no tuvo esa molestia -le explicó Ilíona, y Niso de inmediato de tocó todo el cuerpo, notando que seguía con vida-. Yo te armé… despreocúpate -le explicó, y Niso no comprendió el qué ocurría-. Lo vi todo… conozco ahora perfectamente el poder de los Suplicios Obsidiana… y sé que pueden derrotar a los Caballeros Dorados, pero… si algo como lo de Epeo vuelve a pasar… -se preocupó Ilíona.

-Mi señora, no dudo que me haya ayudado con su bendición a sobrevivir, pero… ¿cómo supo que…? -intentó preguntarle, cuando vio el ojo izquierdo de Artemisa, con la forma de la Luna en el mismo en lugar de una pupila-. No eres solamente una mujer bendecida por Artemisa, ¿verdad? -le preguntó Niso, deduciendo su verdadera identidad.

-Lo mantendrás en secreto -le espetó Ilíona-. A cambio, yo les daré a los Suplicios Obsidiana algo que ayudará a desbalancear otra posible Batalla de los 1,000 días… -le explicó, materializando de los interiores de la bahía una hacha de mandoble, con la hoja en forma de media Luna-. Si la balanza de poder está a la par, entonces estas Armas Lunares harán la diferencia. Esta es… la bendición de Artemisa… -le aseguró, y Niso sonrió con malicia, mientras tomaba el arma en sus manos-. De ahora en adelante… los Suplicios Obsidiana tendrán mi protección -aseguró, mirando a la Luna, y gracias a ella viendo a lo lejos, a otro reino, donde otro Suplicio Obsidiana se encontraba.

Anatolia. Templo de Apolo en Colona.

-Es un tanto incomodo el que ese tal Cípselo haya aceptado audiencia con tanta tranquilidad -susurró Patroclo a Antíloco, mientras ambos caminaban con Aquiles mientras eran escoltados por granjeros de Colona, que tenían una mirada perdida. Trasímedes, el hermano de Antíloco y Caballero de Bronce de Andrómeda, iba con ellos, pero Fénix de Heracles había preferido quedarse atrás como precaución-. Las miradas de estos sujetos me son muy incomodas… ¿y a ti? -le preguntó Patroclo, molestando a Antíloco.

-Patroclo… ¿quieres que me quite los vendajes y te dé una imagen más clara de las cuencas vacías que poseo donde se supone que deberían estar mis ojos? -le preguntó, horrorizando a Patroclo, quien se hizo la imagen mental y no podía quitársela de la cabeza- No solo soy ciego, no tengo ojos, entiéndelo de una buena vez, me los destrozaron -le explicó, y Patroclo continuó estremeciéndose por el constante recordatorio.

-Eso me recuerda, que no te vi explicándole eso a Néstor -se viró Aquiles para ver a Antíloco, quien sorpresivamente dirigió su rostro en su dirección-. Le dijiste a tu padre que era una herida superficial y que pronto te recuperarías -le recordó.

-Mi padre es viejo, no quería preocuparlo con pequeñeces -le aseguró-. Suficientes preocupaciones tiene con que Trasímedes y yo no estemos en los ejércitos de Pilos como para decirle: «padre, tuvieron que arrancarme los ojos porque los atravesaron con una espada» -les explicó.

-Tu poca preocupación por los hechos tan macabros me resulta en extremo perturbadora… Antíloco… -se estremeció Patroclo, quien ya estaba verde por las imágenes mentales-. Pero aun así no te retiraste, continuas en esta guerra, y los únicos que sabemos que no tienes… ojos… -trastabilló en señal de asco-. Somos nosotros, Fénix, Teucro, Diomedes y Macaón -aseguró.

-Shana lo sabe… -les mencionó Antíloco, y Aquiles puso atención a eso último-. Shana siempre está al pendiente de lo que le pasa a sus Caballeros Dorados, nos abraza con su cosmos en todo momento. Puede que sea tímida, y no se nos acerque directamente, pero ella siempre está con nosotros, nos protege. Eso lo sé… porque al quedarme ciego puedo sentir el universo a mi alrededor de una forma tan diferente, que puedo verla en el ojo de mi cosmos, tomándonos de la mano, y acompañándonos a donde vayamos -les aseguró.

-¿Tiene 3 manos? Porque yo no me la imagino así -recriminó Aquiles, y Antíloco suspiró, sabiendo que el líder de los Mirmidones no se lo estaba tomando enserio-. Sé que Shana siempre está con nosotros… siempre lo he sabido -les aseguró-. Y por ella debo ser el mejor de todos los Caballeros Dorados, así aprenderá a ser una Diosa de la Guerra verdadera. Aunque hoy vengo en actitud de sabiduría a negociar con… -presumió Aquiles, y entonces viró a ver a Trasímedes-. No tengo idea con quien… -le preguntó con la mirada.

-Ya se lo dije 3 veces, amo Aquiles -se molestó Trasímedes, pero Aquiles le dio muy poca importancia-. Colona, la ciudad donde se construyó el Templo de Apolo Tracio, gobernada por Cigno, la Estrella Terrestre de lo Invencible con la Suplice del Cisne Negro, hasta su muerte a manos de usted, mi señor -le explicó.

-¿Ah? ¿El imbécil ese de Cigno era el rey de Colona? Eso me hace un criminal de guerra en este reino -se frotó la barbilla Aquiles, y sus acompañantes se preocuparon por la poca seriedad que le daba al tema-. Ahora que lo pienso, ¿no era Tenedos la isla en la que acamparon los Cretenses mientras esperan a que conquistemos Colona? -se preguntó.

-Era Tenedos… -se molestó Trasímedes, repitiendo por tercera ocasión lo mismo-. Y le recuerdo, mi señor, que en Tenedos asesinó a los hijos de Cigno: Tenes de Helios, y Hemithea de Chariot Solaris -le recordó.

-Automedonte ayudó, no me eches a mí toda la culpa -se fastidió Aquiles-. Entonces, en resumen… es un reino en honor a Apolo, asesiné a su rey y a sus legítimos herederos, que por cierto eran neutrales en ese momento, y estoy siendo invitado al Templo de Apolo a negociar a pesar de ser un criminal de guerra que asesinó a toda la familia real. Por cierto, si asesiné a toda la familia real, ¿no me hace eso el rey de Tenedos y de Colona por derecho de conquista? -se preguntó.

-No… las cosas no funcionan así… mi señor… -le explicó Trasímedes, pero Aquiles le dio muy poca importancia-. Lo que intento decirle, mi señor, es que todo esto es una pésima idea. Cípselo es el sacerdote del Templo de Apolo, y tomó el poder tras la muerte de Cigno, pero en definitiva no desea negociar. Esto es una trampa, mi señor, le digo que deberíamos volver -le espetó en su preocupación.

-Vah, ¿por qué te traje a esta empresa? Me hubiera ido mejor con Automedonte. Él hubiera dicho algo como: «Los enfrentaremos y los venceremos, mi señorito», en lugar de quejarse como un cobarde -miró Aquiles a Trasímedes, quien tan solo intentaba actuar con prudencia-. Somos 3 Caballeros Dorados, y ese tal Cípselo es solo un sacerdote, ¿qué va a hacer? ¿Matarme a sotanazos? -le preguntó.

-La idea pasó por mi mente -escuchó Aquiles, quien estaba tan centrado en su conversación, que no se dio cuenta del momento en que entraron en la sala principal del Templo de Apolo, donde Cípselo esperaba con el cofre blanco en sus manos-. Me alegra que haya aceptado mi gentil invitación, mi señor mata reyes. Permítame decirle con Apolo de testigo que no hay resentimientos. En realidad, de no ser por los asesinatos de la familia real, yo sería tan solo un sacerdote -le aseguró Cípselo.

-¿Lo ves? Derecho de conquista -le espetó Aquiles a Trasímedes, quien intentaba razonar de todas formas-. En todo caso, Cípselo, sabes a lo que hemos venido. Entregarás tu reino, desarmarás a tus hombres, nos abastecerás de víveres, y demolerás tu puerto. O los destruiremos a todos. ¿Ha quedado claro? -preguntó.

-Por supuesto -agregó Cípselo alegremente, sorprendiendo a Patroclo, a Antíloco, y a Trasímedes-. En este pueblo solo hay granjeros, no podríamos contra la avanzada de los Mirmidones. Si me permite gobernar Colona como el rey impuesto por derecho de conquista, estaré más que agradecido, y le abriré el paso a los Aqueos por Colona, abasteciéndolos inclusive, si me permiten la debida protección. Después de todo, a Troya no le va a gustar nada -aseguró.

-Concedido, tenemos un trato -accedió Aquiles-. Trasímedes, enviarás a un emisario a los campamentos para que envíen soldados a proteger Colona. Nosotros seguiremos a la siguiente ciudad cuando nos hayamos abastecido -Trasímedes asintió, aunque realmente no podía creerlo-. ¿Lo ven? Puedo actuar con sabiduría y sin belicosidad, y Cípselo me parece un buen tipo -aseguró Aquiles.

-A mí me agrada usted también, mi señor -reverenció Cípselo-. Como muestra de buena fe, quisiera ofrecerle un tesoro de nuestro templo, si no es molestia claro -ofreció Cípselo, acercándole el cofre a Aquiles, quien arrogantemente se acercó al mismo. Las cadenas de Trasímedes entonces comenzaron a temblar, algo no iba bien.

-¡Espere mi señor, es una trampa! -intentó decir Trasímedes, pero Aquiles ya había abierto el cofre en manos de Cípselo, y un cosmos blanco lo rodeó a él, a Patroclo, a Antíloco, y a Trasímedes, quien intentó aferrar sus cadenas a una columna sin llegar a lograrlo, mientras el Cofre de Cípselo se tragaba a los 4, que quedaron encerrados en el cofre.

-Tal vez debí presentarme como es debido primero -sonrió Cípselo, mientras acariciaba el cofre en sus manos-. Cípselo de la Piraña, Estrella Celeste de la Traición, y Suplicio Obsidiana del opuesto de Piscis… -se burló el Espectro, mientras colocaba el cofre nuevamente a los pies de la estatua de Apolo-. Comprenderá pronto, mi señor Aquiles, que los Suplicios Obsidiana somos demasiado peligrosos -le susurró a la caja, elevó su cosmos, y todo el Templo de Apolo se rodeó de las energías malévolas de su cosmos.

Hélade. Isla de Esciro.

-¡Aquiles! -sintió Deidamía un estremecimiento en su corazón, mientras miraba al rey Licomedes en la sala del trono de Esciro, quien la había mandado llamar para un anuncio muy importante- Sentí en mi corazón que algo malo le había pasado a Aquiles, padre. ¿Acaso es esta la razón por la que me has mandado llamar? -preguntó ella, y escuchó entonces el llanto de un bebé, su bebé, Pirro, el hijo que había tenido con Aquiles, y quien estaba en brazos de una de las nodrizas, llorando, como si sintiera que algo malo le había pasado a su padre.

-No debe temer por la vida de Aquiles, mi señorita Deidamía -habló un hombre en armadura azul, de Nauplia, o así le habían comentado a Deidamía-. Mi nombre es Éax, participé en la Guerra de Troya junto a Aquiles, él está en buena salud, demasiada si me permite decirlo. En realidad, señorita Deidamía, no he venido a decirle que Aquiles ha muerto… he venido a advertirle que se proteja, ya que Aquiles ha tomado a una concubina a la que aprecia mucho por esposa, y regresará a Hélade… deseando adueñarse del reino de su padre Licomedes -le explicó Éax, y Deidamía, con el corazón destrozado, cayó en sus rodillas y se lamentó por la noticia-. Y así comienza… la caída de los reinos Aqueos… -se dijo a sí mismo Éax, retirándose-. No habrá reino que no escuche mi mensaje… esta es… la venganza perfecta… -continuó con su camino, dirigiéndose a su ejército-. A Argos, mis hombres, la reina Egialea estará muy complacida en saber quién es la nueva dueña del corazón de su esposo.