Se suponía que iba a actualizar ayer, pero fue la fiesta de cumpleaños de mi padre y no pude faltar. Mi nuevo compromiso de este 2019 es actualizar una de mis historias cada viernes, no en específico Guerras de Troya, pero cualquier historia, pero para ayer tengo excusa. En fin, no me voy a explayar en esto, disfruten de esta actualización, y a contestar reviews:
TsukihimePrincess: Aquiles aún tiene mucho que aprender, es imprudente y cabeza caliente, pero digamos que va por buen camino, y antes del fin de esta temporada, encontrará a un nuevo maestro que lo convertirá en un guerrero más centrado, créeme, será épico. Sobre los sentimientos de Shana por Aquiles, es la última vez que se presentan, ella ya tomó su decisión, y veremos un poco más de eso al final de este capítulo, lo que intento demostrar, es que puede haber una Athena más fuerte, menos principesca, y esa será Shana, al menos ese es el objetivo. De igual manera, al final de Guerras de Troya, pretendo que todos entiendas por qué Athena es ahora más una diosa de paz que de Guerra. Considera a Shana como la última de las diosas de la Guerra.
dafguerrero: Briseida era viuda, lo que viste en la película de Troya era demasiada licencia artística, realmente ni sacerdotisa de Apolo era, ese era su padre, pero ese es cuento para otra ocasión, además, pese a lo que todos quieran pensar, Aquiles no dejó la guerra por amor a Briseida, sino por otras razones que veremos en el año 10. Todo lo demás era romanticismo inútil de Hollywood. Señorita, no ande arruinando tramas, jajaja, pero todo lo que pase en el mito, pasará en esta historia, sin excepción. Apolo ya sabes que es mi antagonista predilecto de todos los tiempos, y, aunque no tiene un papel muy relevante de momento, lo tendrá, eso tenlo por seguro. Sobre Artemisa, su papel es más bipolar, es una chiquilla malcriada, pero también tiene un lado muy maduro y poderoso, uno que pienso explotar de poco en poco. Pretendo que la personalidad de Artemisa, sea un enigma en su totalidad, que la vean y no sepan exactamente qué parte de su personalidad bipolar es la que va a aparecer. Sobre Diomedes, lo estoy bancando un poco, pero el capítulo final de esta temporada, tendrá mucho de él y de Néstor. Quien no está bancada es Anficlas, de poco en poco tendrá papeles relevantes. ¿Ni Hades ni Athena ganarán esta guerra? Qué curioso que lo menciones, ¿Quién crees que será el ganador entonces? Eso solo yo lo sé, muajajajaja. Por cierto ya actualicé el mapa con más lugares, además del Excel de los personajes.
Dragon1983: No creo que puedan existir personajes secundarios en esta historia a decir verdad, todos tendrán mucho que hacer, es una historia demasiado larga, y hoy le damos protagonismo a uno que fue muy relegado, digamos, que estoy deseoso de saber las reacciones del público sobre cierto General Marino, y no estoy hablando ni de Idomeneo ni de Automedonte. Qué bueno que todos aman a Casandra, pero ella es solo de los violadores. No lo pudiste decir mejor, Briseida es sobrevalorada, y mucho. Créeme, la relación de Aquiles y Briseida no es como todos la pintan, el que Homero la haya usado de detonante, fue porque le pareció lo más poéticamente correcto. Creo que tu señora tiene razón, llev años escribiendo esta historia, y a cómo vamos se acabará a finales del 2020, espero que sigas leyendo para entonces. El Áyax que mencionas es Áyax el Menor, y bueno, como dije antes, todo lo que pasa en el mito, va a pasar, no descartes nada. Sobre Shana y Aquiles, es unilateral, no le des muchas vueltas al asunto.
AnEmig-Chan: ¿Desde cuando está Aquiles enamorado de Shana? Desde que utilicé el amor de Aquiles por Athena en Guerras Doradas (otra historia de la cual Guerras de Troya es pre-cuela), no le des muchas vueltas al asunto, es solo para atar cabos entre mis dos historias, no afectará mucho a esta. Lo de Diomedes, te lo resuelvo cuando comience a escribir la Odisea, para esta historia no va a pasar. Lo que sí te puedo decir es que Diomedes ama a Anficlas. Diomedes tiene 21 años y Anficlas 13, Egialea 19, todo está en los Exceles anexos a mi Profile.
Saint Seiya: Guerras de Troya.
Troya: Año Dos.
Capítulo 6: La Conquista del Egeo.
Anatolia. Isla de Lesbos. Afueras de la Capital. Año 1,194 A.C.
-¡Están aquí! -gritó Tlepólemo, el Caballero de Plata de Cerberos, quien mantenía vigilancia entre las montañas que usaban los ejércitos de los Cretenses para ocultarse, mientras del otro lado de las mismas se mostraba inclemente y poderosa, la mítica ciudad de Lesbos, aliada de Troya, y el principal punto de estrategia marítimo de la empresa trazada por Odiseo. El Caballero de Plata de Cerberos entonces bajó de la atalaya de madera oculta entre los árboles, y se dirigió rápidamente a la tienda de Poseidón, donde el Dios de los Mares e Idomeneo de Crisaor, tenían una reunión de guerra-. Mis señores. Barcos de Colona con las armaduras negras de los Mirmidones, y con los ejércitos de Esparta sobre navíos de Adramitio, se dirigen a nuestro encuentro -le explicó Tlepólemo, sorprendiendo a Idomeneo-. Del norte también llegan navíos de Crises, desconocemos quien los lidera -exclamó nuevamente.
-¿Estás seguro, Tlepólemo? -preguntó Idomeneo, mirando a Poseidón, quien asintió en ese momento- He de cerciorarme. Automedonte, conmigo, y quiero a una avanzada corta pero efectiva a mi lado. Peneleo, estás al mando en caso de que no regrese -ordenó Idomeneo, y Peneleo de Dragón Marino reverenció ante las ordenes de su rey-. Meríones -continuó ordenando a su auriga, quien lo esperaba afuera de su tienda, y quien de inmediato cabalgó al lado de su rey, y lo guio junto a una unidad reducida, de apenas unos 20 soldados, en dirección a una apertura entre las montañas que daba al mar.
-Si se dirigen al punto ciego trazado en el mapa de Odiseo, mi señor, es muy probable que sean ellos -le enunciaba Meríones a Idomeneo, mientras estacionaba su auriga entre la vegetación que proliferaba a orillas de la apertura de la montaña, que guiaba a la saliente en el mar, una pequeña bahía rodeada de montañas, donde los Cretenses comenzaron a tomar posiciones estratégicas detrás de los árboles y los monolitos de roca, a preparar sus arcos, y a colocarse a la defensiva-. Diomedes de Escorpio descubrió esta apertura en la bahía, y Odiseo trazó los mapas. Nadie más que los Aqueos conocen la ubicación de este lugar -aseguró.
-Así debería de ser, pero hay espías en todos los ejércitos, Meríones. Mantente alerta, voy a salir -le ordenó Idomeneo, antes de virar la vista en dirección a Automedonte, quien mantenía a los arqueros listos, mientras Idomeneo se adentraba en la bahía, preparaba su cosmos, y enviaba una señal con el mismo a los barcos que se acercaban. Hubo un silencio prolongado en ese momento, los hombres en los barcos no regresaban la señal de cosmos, Automedonte y Meríones comenzaron a preocuparse, el de Hipocampo siendo más impaciente que el de Scilla y preparando su cosmos para atacar a distancia a los barcos que se aproximaban, cuando Idomeneo lo tranquilizó, siendo paciente, permitiendo a los barcos acercarse, hasta que los navíos del norte que venían desde Crises, se identificaron primero, y acto seguido respondieron los navíos del noreste, quienes aparentemente no habían respondido al desconocer la identidad de los que llegaban del norte-. De los navíos de Crises he sentido el cosmos de Agamenón, de los del noreste ha respondido Aquiles, y también he recibido respuesta de Menelao. ¡Micenas, Esparta y Ftía navegan a nuestro encuentro! -celebró Idomeneo, y la veintena de soldados todos salieron de sus escondites, y aclamaron a los que llegaban, quienes, ya estando más cerca, saludaron con orgullo, mientras anclaban sus navíos y comenzaban con el desembarco.
-¡Señoritooooo! -gritó Automedonte emocionado, llegando hasta Aquiles, quien intentó huir de Automedonte, solo para terminar apresado en un abrazo del General de Hipocampo, mientras Patroclo y Antíloco se burlaban de Aquiles, y Fénix desviaba la mirada en señal de molestia.
-¡Suéltame, Automedonte! ¡Que me sueltes dije! -se quejaba Aquiles intentando liberarse del molesto agarre del General de Hipocampo, y cuando lo consiguió, se dirigió a Agamenón y Menelao, quienes desembarcaban y saludaban a Idomeneo con orgullo.
-Pensé que solo recibiríamos apoyo de los Mirmidones en la batalla de Lesbos -enunció Idomeneo, agradecido-. Mi sorpresa es muy grata, al saber que Esparta y Micenas se han unido a la empresa también. Pero… ¿no deja eso vulnerable a los campamentos Aqueos? -preguntó Idomeneo.
-Muy vulnerable -respondió alguien a quienes los presentes no se esperaban ver, Casandra, la sacerdotisa de Apolo, hija de Príamo, y quien llegaba con un más que nervioso Cheshire de Caith Sith, quien inmediatamente fue rodeado por los Cretenses y sus armas-. Amado mío, tus hombres están molestando a mi mascota -se quejó Casandra, y Agamenón suspiró, medio molesto, medio ruborizado.
-Bajen sus armas -les pidió, y todos miraron a Agamenón con sorpresa-. El Espectro no es aliado, es esclavo, no le presten atención, es inofensivo, ¿verdad? -preguntó Agamenón, a lo que Cheshire respondió asintiendo un buen número de veces en señal de terror- La mujer, es la hija de Príamo, Casandra, y de ahora en adelante, mi botín de guerra. Nadie ha de tocarla, ¿ha quedado claro? -refunfuñó.
-Macho Cabrío hermoso, no sabes cuánto tiempo he esperado para oírte decir eso -salivó Casandra, apenando a Agamenón, y a todos los presentes-. ¿Qué? Estoy de su lado, alégrense, tienen a Casandra de Arcana, la Estrella Terrestre de la Mentira, como su nueva consejera de guerra -aseguró.
-¿Consejera de guerra? ¿Estrella Terrestre de la Mentira? -se estremeció Menelao, mirando a Agamenón con curiosidad y terror- ¡Cuando me burlaba sobre tu relación con Clitemnestra… no pretendía que te lo tomaras enserio y fueras por allí reclamando a la primera mujer que te encontraras como concubina! ¡Mucho menos a una hija de Príamo! -espetó con horror- ¡Además es la Estrella Terrestre de la Mentira! -finalizó.
-¡Soy el Rey Supremo y no se me juzgará por mis decisiones! -enfureció Agamenón, ignorando a Menelao, y dirigiéndose nuevamente a Idomeneo- No tenemos mucho tiempo. Según Casandra, antes del término de la siguiente Luna, Trolio descubrirá la ilusión que Néstor y Odiseo mantienen en los campamentos Aqueos. Tenemos solo una oportunidad de derrocar a Lesbos, apoderarnos del puerto de Lineón, y proseguir con la invasión -les aseguró.
-¿Estás seguro de que está de nuestro lado? -preguntó Idomeneo en incredulidad, y Agamenón se rascó la nuca no sabiendo qué decir- Discutiremos esto con Poseidón. Solo él puede dar una instrucción por sobre la del Rey Supremo. Si Poseidón así lo dicta… -intentó decir.
-Poseidón no me negará, él sabe lo importante que soy -fue la respuesta de Casandra, quien miraba en dirección al mar, desde donde alcanzó a ver un resplandor hermoso que parecía volar en dirección a Lesbos-. Sol y mar están por entrar en conflicto. Llévenme ante Poseidón, a él va a interesarle mucho lo que le tengo que decir -aseguró Casandra, y aunque Idomeneo tenía sus dudas, asintió, y guio a los Aqueos de regreso al campamento base.
Ciudad Fortaleza de Mitilene. Capital de Lesbos.
Las puertas dobles del Palacio de Mitilene estallaron tras ser abiertas con fuerza, y los soldados de Lesbos tomaron sus armas preparándose para fuera lo que fuera que llegaba, mostrándose confundidos, mientras una doncella rubia se posaba frente a ellos, vistiendo únicamente una túnica blanca, mientras plumas plateadas que caían aparentemente de la nada la rodeaban.
En la sala del trono permanecían 3 Espectros, mirando a la recién llegada con cautela. El primero de los Espectros, un joven que vestía una Suplice con la forma de un Cuervo de dos cabezas, siendo cada una de las cabezas una hombrera de su traje, se mostró en extremo atraído por la joven frente a él. El segundo de los Espectros, otro joven de cabellera castaña oscura, y que cargaba un instrumento musical, una Citara, miró a través del disfraz de la joven descubriendo la verdad. El último de los Espectros, el rey de Lesbos, quien vestía una Suplice muy similar a las vestidas por los Jueces del Inframundo, inclusive contando con una cornamenta demoniaca, y con unas alas extensas que sobresalían por su trono, miró al recién llegado con orgullo.
-Apolo por fin ha decidido unirse a la causa de Hades -exclamó el rey, poniéndose de pie, y para sorpresa de todos los presentes, comenzó a arrodillarse frente a la joven-. Me honra con su presencia, oh gran príncipe del Sol. Mis queridos nietos, no me falten al respeto con su indiferencia. Arrodíllense frente a Yalemo de Lalemus, hijo de Apolo y quien representa al Sol presente -les explicó el honorable rey, el Espectro que cargaba el instrumento musical asintió y se arrodilló, el otro que llevaba la Suplice de cuervos se sobresaltó, pero se arrodilló de todas formas.
-¿Te parezco atractivo? -sonrió Yalemo, dirigiéndose al Espectro de Suplice de Cuervo Bicéfalo- ¿Te parezco una chica? Yo encantado de que me mires así. Descuida -se acercó a él, y comenzó a susurrarle al oído- Si es tu deseo, puede que me divierta contigo -finalizó, el Espectro se horrorizó, retrocedió, y movió su cabeza en negación un buen número de veces- ¿De qué te sorprendes? Estamos en la cuna del lesbianismo y la depravación sexual. Algo de lo que me pienso aprovechar -se burló Yalemo, cuando el rey se aclaró la garganta-. También puedo complacerte a ti si lo deseas, Rey Mácar -se burló.
-Mientras indudablemente consiento que el compartir la velada con el hijo de un dios es un honor innegable -agregó apenado del rey, más molesto por la oferta que complacido, pero intentando no insultar al dios frente a él-. Me temo que no encontrará en este cuerpo la fortaleza física para seguirle el paso, mi señor -se excusó.
-¿Me estás negando? -agregó Yalemo con molestia, mientras elevaba su cosmos, y todo el palacio de Mitilene comenzó a temblar, lo que preocupó un poco al rey Mácar, quien preparó su cosmos de igual manera- Sorprendente -sonrió Yalemo, mientras su cosmos y el de Mácar se enfrentaban el uno al otro-. Era de esperarse del mortal que se atrevió a desafiar a los 4 Jueces del Inframundo, y salió avante -apagó su cosmos Yalemo, y reverenció ante el rey-. Si bien el atractivo físico es importante, encuentro una mayor fascinación en entregarme a los poderosos. La oferta seguirá en pie, aunque no es la razón por la que vine a Lesbos, mi rey. En estos momentos, sobre sus costas, los enemigos de Hades han desembarcado. En realidad, han estado ocultos en un punto ciego de su cadena montañosa por 3 Lunas al menos, y se alistan para la batalla -le aseguró.
-Sabía que era cuestión de tiempo -le respondió el rey Mácar, caminando junto a Yalemo por los alrededores, mientras el joven Egleteo, uno de los 3 hijos de Apolo cuyo poder rivalizaba a los dioses, miraba a los soldados de Lesbos, seleccionando, pero más que nada intrigado por el de la Suplice del Cuervo Bicéfalo-. Cuando los navíos de Argos, de Tebas y de Calidón, surcaron estos mares, supusimos que era cuestión de tiempo antes de que la guerra nos alcanzara. Pero no fue hasta que vimos la columna de humo que veía del norte, desde Antrados y Adramitio, y tiempo después de Lirnesos y de Crises, fue que comprendimos que la guerra era inevitable. Puedo asegurarle que estamos listos, Lesbos y los reinos colindantes cuentan con un ejército insuperable. Derrotaremos a los invasores y llevaremos la gloria a Troya -aseguró.
-¿Cómo se llama este? -preguntó Yalemo, mirando fijamente al Espectro con la Suplice del Cuervo Bicéfalo, y saboreándose- Es joven, es fuerte. Seguro dará una buena batalla, aunque sea un Espectro Terrestre -aseguró.
-La Estrella Terrestre de la Singularidad, Hiecaton de Coronis. Mi nieto más joven -presentó Mácar, y Yalemo comenzó a posar coquetamente frente a él-. Su hermano mayor es la Estrella Terrestre del Abandono, Hypsipilo de Citara. Con ambos al mando de mis ejércitos, Lesbos no caerá -aseguró.
-He venido a cerciorarme de ello, mi rey -aseguró Yalemo, y Mácar lo miró con curiosidad-. Apolo está furioso. Mi hermano mayor, Lino de Elegía, ha muerto a manos de los Aqueos. Apolo intentaba proteger a Lesbos solamente, no le interesa la misión de Hades, Apolo solo vela por Apolo, y por castigar a Poseidón -le explicó Yalemo, y Mácar atendió con una tranquilidad inquietante a las palabras de Yalemo-. Hades puede pensar que esto es un juego de guerrillas entre él y Athena. Apolo va siempre un paso adelante, él lidera dos guerras, una en Lesbos y sus alrededores, la otra en el Quersoneso guiada por su hermana Artemisa. Y es en el Quersoneso donde Ilíona, el cuerpo mortal de Artemisa, pretende liberar un poder, que aquí en los territorios del Egeo ha de desencadenarse. 4 de sus hijos, elíjalos bien, están por recibir la bendición de Apolo. Se convertirán en seres casi tan poderosos como lo somos los Egleteos. Pero al igual que los Daimones de Ares, los Jinetes de Helios no pueden combatir en el mismo lugar. Debe dividir sus fuerzas, mi rey, a cambio… yo mismo protegeré a Lesbos -comenzó a elevar su cosmos Yalemo, y este se materializó en fuego dorado, que formó una armadura angelical a su alrededor, una Glorie, las armaduras de Apolo, incinerando aún más el ya de por sí inmenso cosmos de Yalemo-. Apolo… no se anda con juegos… Apolo es el dios más poderoso de todos -le recordó, sonriendo con malicia.
Tienda del Consejo Cretense.
-Esto… no me lo esperaba… -confesó Poseidón, mientras frente de él veía a Casandra abrazada del brazo de Agamenón, quien intentaba reverenciar en dirección a Poseidón, pero no podía sacudirse a Casandra del agarre en su brazo-. Espero que no tengas algo que ver con la fuerza de cosmos candente que sentí dirigirse a Mitilene, Casandra. ¿Y qué hay del Espectro? -preguntó Poseidón mientras miraba a Cheshire.
-Más respeto, mocoso -exclamó Cheshire, sintiéndose superior, y horrorizando a todos los presentes-. El que los Generales Marinos y los Caballeros Dorados me tengan apresado, debe darte una idea del tremendo poder que poseo. Piensa en ello mientras intentas dormir por las noches -se burló Cheshire.
-Apelaré al sentido común adivinando que no tienes idea de quién soy -lo miró Poseidón con molestia, y comenzó a elevar su cosmos, furioso e inmenso-. Sucio Espectro… ¿te atreves a desafiar a un dios? -exclamó Poseidón, cuya voz sonaba autoritaria, antigua, funesta, y comenzó a horrorizar a Cheshire, hasta que Casandra se puso frente a él.
-¡Mi señor Poseidón! -interrumpió Casandra, forzando a Cheshire a desmayarse por la revelación- Le pido que perdone a mi mascota. Él no sabía quién era usted. Pero, si nos permite quedarnos, le juro que no se arrepentirá, por favor… -cerró sus manos en forma de plegaria Casandra, mientras Poseidón calmaba su cosmos.
-Pueden quedarse… -enunció Poseidón, y Casandra sonrió alegremente-. Pero primero voy a quitarte esa maldición que te puso Apolo -antes de que Casandra siquiera pudiera meditar al respecto, Poseidón la había tomado del cuello, había elevado su cosmos alrededor del mismo, y tras haberlo hecho, Casandra comenzó a toser con fuerza, hasta que una esfera dorada salió de su garganta, misma que Poseidón atrapó en su mano-. Ya no eres más una Espectro, Casandra -explicó Poseidón, mirando la esfera que sostenía en sus dedos, mientras la Suplice de Casandra se despedazaba, y la hija de Príamo se frotaba la garganta sin saber qué había ocurrido-. Cuando rechazaste a Apolo, él te escupió en la boca, ¿no es así? -preguntó Poseidón, y Casandra asintió-. Esta pequeña esfera, se llama desconfianza, y Apolo la puso en tu garganta ese día. Por eso nadie te creía, te creían una lunática. Trata de pasarte de lista, y la volveré a meter en tu garganta, ¿lo has entendido? -terminó, guardándose la esfera en la túnica.
-¿Ya no estoy maldita? -se impresionó Casandra, mirando bajo su túnica y buscando su Suplice, sin poder encontrarla, y mostrando sus pechos, lo que apenó a todos los presentes, y forzó a Agamenón a cubrirla- ¡Me volveré sacerdotisa de Poseidón! -lloró de alegría, pero Poseidón la ignoró, volvió a su trono, y se sentó allí- Habiendo dicho esto… hay un límite de tiempo para mi cordura, amo Poseidón… necesito entregar mi mensaje antes de perderla -le explicó, y mientras lo hacía, Menelao miraba a Agamenón con preocupación, el Rey Supremo tan solo desviaba la mirada.
-Habla… -exigió Poseidón, ganándose las miradas de preocupación de Idomeneo-. Cuando un dios da una bendición, normalmente la da con una maldición. He eliminado la maldición, ahora solo queda la bendición, y la bendición de Casandra, es la de la omnisciencia, así como la profecía -aseguró Poseidón.
-Los sucesos futuros no puedo asegurárselos, mi señor, porque hay miles de futuros, y muchas veces no sé cuál es el que estoy viendo -le confesó, y Poseidón asintió-. Pero puedo hacer lo posible por acercarlos al futuro más apropiado. En estos momentos, en el Quersoneso Tracio, las ciudades de Elayunte y Mádito han caído bajo la avanzada de Áyax el Grande, quien, para finales de la presente Luna, comenzará la invasión a Sestos, capital del Quersoneso Tracio. Pero en Sestos encontrará más resistencia de la esperada, no logrará alcanzar a la Reina del Quersoneso, Ilíona, a tiempo. Llegará a Bistones y se armará una guerra que Áyax el Grande no podrá vencer, además, de que mientras esta batalla acontece, Ilíona llegará Apolonia, lugar donde Reso se encuentra -le explicó.
-¿El sacerdote del cual nos habló Odiseo? -le preguntó Poseidón, a lo que Casandra respondió asintiendo en señal de preocupación- Entonces sobrevivió a la invasión de Eyón. Casandra, lo que mencionó Odiseo sobre la existencia de 4 Glories… ¿es cierta esta historia? -preguntó.
-No solo es cierta, mi señor… -continuó Casandra-. Sino que es inevitable -contestó, preocupando a Poseidón-. Cuando Ilíona llegue a Apolonia, liberará con la ayuda de Reso a la Glorie de Apolo, y con ella despertarán los 4 Jinetes de Helios, quienes vestirán las 4 Glories, y desequilibrarán la guerra. Quienes vistan estas Glories, tendrán un poder muy superior, inclusive, al de los Jueces del Inframundo. Y si las 4 llegan a Troya, todo terminó -le explicó.
-¿Qué debe hacerse? -le preguntó con determinación, y Casandra meditó al respecto- Si has venido hasta aquí no es para darnos desesperanza. Puede que el despertar de esas Glories sea inevitable, pero podemos detener su llegada a Troya -insistió.
-No bajo las leyes de Athena -fue la respuesta de Casandra, una que confundió a Poseidón-. Para Athena, el combate desigual es injusto y escaso de honor. Ella no dudará en castigar, incluso si llega a hacerse en su nombre. Vencer a los Jinetes de Apolo es tan difícil, como derrotar a los Egleteos quienes son sus hijos, rosa lo imposible -aseguró.
-Casandra… -interrumpió Agamenón, acercándose a los miembros del consejo Cretense-. A riesgo de ser impertinente. Néstor venció a Deimos, el Daimón del Terror, y yo mismo derroté a Lino, el Egleteo de Elegía -le recordó.
-Lo de Néstor, apenas y fue perdonado por tratarse de un combate de uno contra uno -miró Casandra a Poseidón, quien meditó al respecto, recordando el insulto de Néstor-. Además, fue algo para lo que Néstor se preparó 3 vidas. En el caso de Agamenón, es lo más cercano que cualquiera estará a vencer a los Jinetes de Helios. Pero la verdad es que, no hubieras derrotado a Lino de Elegía, Agamenón, si Lino no hubiera primero renunciado a su ventaja voluntariamente, y después se hubiera rendido para no terminar destruyendo la ciudad de Crises -le explicó, lo que no terminaba de agradarle a Agamenón.
-¿Tan fuerte son los Jinetes de Apolo? -se emocionó Aquiles, y Casandra asintió- Y yo decía que los Suplicios Obsidiana eran muy interesantes. Puede que intente poner a prueba mi fuerza contra ellos -comenzó a hacerse a la idea Aquiles.
-Los Caballeros Dorados no pueden derrotar a los Jinetes del Helios -fue la respuesta de Casandra, que fastidió demasiado a Aquiles-. Las Armaduras Doradas, fueron alimentadas por la fuerza del Sol. Esta fuerza, no puede tocar a los Jinetes del Helios ni a los Egleteos. Agamenón solo logró tocar a Lino porque Lino quiere tanto a los humanos como para permitirle a Agamenón un combate equitativo, pero los demás, nos serán tan condescendientes -les explicó-. Si quieren derrotar a los Jinetes del Helios, tendrán que ser los Generales Marinos quienes lo hagan, pero ellos, no tienen la extensión de cosmos para lograrlo -confesó Casandra.
-Me niego a creerlo -respondió Idomeneo, y Poseidón lo miró fijamente-. Mi señor, los Generales Marinos no contamos con prohibiciones sobre el combate desigual, eso es exclusivo de la caballería de los Caballeros de Athena, pero, si no podemos hacerle frente a los Jinetes de Helios sin el apoyo de otros, ¿qué clase de soldados somos? Tan solo una burla. Con el debido respeto, no podemos permitir que la orden de Poseidón sea menospreciada -aseguró.
-Eso lo entiendo, Idomeneo… pero… -meditó Poseidón al respecto-. Estamos en guerra. Esto no tiene nada que ver con el honor personal, es el bien común el que debe dictar nuestro accionar -miró Poseidón a Casandra nuevamente, frotándose la barbilla, interesado-. Las Glories van a despertar, no importa lo que hagamos, ¿no es así? -Casandra asintió nuevamente- ¿Sabes dónde despertaran? -volvió a preguntar.
-Quios -se dirigió Casandra al mapa que se encontraba en medio de la Sala del consejo Cretense, y apuntó a una isla casi tan grande como Lesbos, al sur de la misma-. Edium -apuntó a las costas de Anatolia, frente a Quios, por donde estaba planeado el regreso a Troya por parte de los Aqueos-. Samos -apuntó a otra isla más al sur-. Y, por último, Cos -finalizó Casandra, y Poseidón suspiró al respecto-. Mi señor, este conjunto de islas se encuentra de camino a Egipto. Si hacen la guerra en estos territorios, buscando frenar la llegada de las 4 Glories a Troya, evitarán la victoria Troyana momentáneamente, pero… no puedo asegurarle lo que pasará en Egipto si lo hace, otros dioses gobiernan allí. No puedo decirle lo que debe hacer, pero si estas Glories llegan a Troya, de poco servirá la victoria sobre Egipto -le aseguró.
-¿Qué hay de Lesbos? -preguntó, y Casandra se mordió los labios en señal de preocupación- Digamos que atiendo a tus sugerencias, y envío a los Cretenses en incursiones sobre estos 4 territorios. ¿Qué pasará aquí en Lesbos? ¿Pueden los Espartanos, los hombres de Micenas y los Mirmidones apoyarnos? -preguntó.
-Micenas y Esparta deben partir hoy mismo de regreso a Troya -fue la respuesta de Casandra, misma que preocupó a Poseidón-. Si no parten ahora, no quedará nada del campamento Aqueo cuando regresen. Micenas y Esparta deben irse ya, o los ejércitos de Ilíona, los destruirán a todos -aseguró.
-Conveniente… -se fastidió Poseidón, mirando al mapa, y a sus hombres-. Idomeneo -comenzó, y el rey de Creta atendió a su llamado-. Movilizaremos a la flota Cretense. No podemos ignorar las advertencias de Casandra -fue la conclusión de Poseidón, misma que no fue del agrado de Idomeneo, pero que complació a Casandra-. Lamento tener que recurrir a esto, Aquiles, pero si lo que dice Casandra es cierto, ningún Caballero Dorado podrá enfrentar a los Jinetes de Helios, y debemos asegurar la conquista de Lesbos. Creta se retirará de Lesbos, puedes usar nuestros campamentos de ser necesario -ofreció Poseidón.
-Mi señor, no puede hablar enserio -espetó Idomeneo-. Hemos mantenido el campamento por casi 3 Lunas. Sus hombres están listos para el asedio. Negarle la gloria a los Cretenses y entregársela a los Mirmidones no le parece, ¿injusto? -preguntó, molestando a Aquiles-. Es solo un príncipe, y su única victoria verdadera, fue sobre Lirnesos -exclamó, Aquiles estuvo entonces a punto de refutar, cuando Agamenón colocó su mano sobre el hombro de Aquiles, tranquilizándolo.
-Aquiles conquistará Lesbos, de eso no me queda duda alguna -interrumpió Agamenón, y un sorprendido Aquiles lo miró con curiosidad-. Colona, Antrados, Adramitio y Crises, no importan las formas, cayeron ante el esfuerzo conjunto de los Mirmidones, los Cretenses, los Espartanos y los hombres de Micenas. No se ha fallado ni una sola incursión, y no se fallarán el resto. Confío plenamente en Aquiles, sea un príncipe o no -aseguró, e Idomeneo, pese a estar molesto, asintió-. No me defraudes, Aquiles -le apuntó.
-¡Jamás! -exclamó con orgullo, e hizo una reverencia- Si su majestad Poseidón está de acuerdo, comenzaremos con el asedio -le pidió Aquiles, y Poseidón asintió en ese momento-. Nos veremos en Troya… Agamenón -le ofreció su mano Aquiles, y el de Capricornio la tomó, y la estrechó con fuerza-. ¡Mirmidones! -exclamó Aquiles.
-¡A su servicio mi señorito! -gritó Automedonte, sorprendiendo a Aquiles- A su servicio… -volvió a decir, preocupado, e Idomeneo suspiró, pero concedió su permiso, alegrando a Automedonte, mientras Aquiles lo invitaba de regreso a sus filas-. ¡Arriba holgazanes! -salió Automedonte, dirigiéndose a los Mirmidones- ¡Todos a las armas! ¡Avanzada a galope solamente! ¡El resto a los campamentos! ¡Ahora! -ordenó.
-¡Ya lo oyeron! ¡Quien sepa andar a caballo arriba y alístese! -continuó Aquiles, mientras el campamento Cretense se llenaba de vida, y todos se ponían a trabajar. Agamenón entonces miró a Casandra con preocupación.
-Lo has hecho bien -susurró, y Agamenón se apenó un poco-. Solo debías ser más… flexible… -le guiñó un ojo-. Directa o indirectamente, Agamenón… eres la razón tras la gloria de Aquiles. Jamás lo olvides… no importa cuánto dolor te pueda causar -le pidió con tristeza, y Agamenón se limitó a asentir-. Ahora, si no te molesta… -comenzó a temblar Casandra, y Agamenón a preocuparse-. ¡Quiero turistear en Lesbos! ¿Crees que sea atractiva para alguna lesbiana de por aquí? -se ruborizó Casandra, babeando ante la imagen mental.
-¡Nada de lesbianas! -le gritó Agamenón, mientras Casandra comenzaba a ruborizarse más y más, lo que preocupaba a los miembros del consejo Cretense, Poseidón incluido- Mil disculpas… tal parece que se acabó el tiempo e su cordura. ¡Oye! ¡Casandra! -enfureció Agamenón, mientras Casandra comenzaba a correr y a lanzar su túnica a los aires, apenando a los soldados Cretenses- ¡Por todos los dioses! ¡Cheshire! -gritó Agamenón, asustando a Cheshire, quien apenas se había recuperado de su desmayo- ¡No te quedes allí tumbado y ayúdame! ¡Casandra! -se quitó la capa Agamenón, y tanto el de Capricornio como el Espectro envolvieron a una lujuriosa Casandra en la misma, y la llevaron a cuestas a los navíos de Crises.
-Mi señor… a riesgo de someterme a su ira divina… -comenzó Idomeneo, apenado-. ¿Está seguro de que podemos confiar en esa lunática? -le preguntó en señal de incredulidad.
-A un dios no se le cuestiona… Idomeneo… -se fastidió Poseidón, ruborizado por lo que acababa de ver, pero rápidamente se tranquilizó-. Así comienza entonces… la guerra entre Poseidón y Apolo… -finalizó Poseidón, mientras el Sol comenzaba a brillar con mayor intensidad.
Tracia. El Quersoneso Tracio. Sestos.
-Ante su majestad, el rey Hitarco de Sestos, la reina del Quersoneso, Ilíona -presentó uno de los Peltastas a Ilíona, quien llegaba ante la sala del trono de Sestos, acompañada del Suplicio Obsidiana Niso de Creatían Taurus, de los Espectros Polidoro de Abudilla y Deípilo de Trauco, además de la orgullosa Amazona, Pentesilea. Detrás dejaban a un inmenso ejército, compuesto por la mayoría de los soldados de Elayunte y de Mádito, mismos que habían hecho suponer a Hitarco que se trataba de una invasión del resto de las tribus, y de no ser por Niso, su hijo quien viajaba con Ilíona, muy probablemente hubiesen entrado en conflicto.
-Niso -comenzó el anciano rey, ignorando por completo a Ilíona, lo que la molestó, pero para fortuna de la diosa quisquillosa, Pentesilea se encontraba allí para calmarla-. Vas a explicarme en este momento, la razón por la cual tus hombres abandonaron Elayunte, permitiendo así la invasión Aquea al Quersoneso -exigió el anciano rey, al lado del cual se encontraba otro Suplicio Obsidiana, vistiendo una Suplice similar a la de Capricornio, pero de colores oscuros y profundos-. Con tus acciones, no solo permitiste la caída de Elayunte, sino que Mádito también fue conquistada -le recordó.
-Pequeñeces -fue la respuesta de Niso, misma que molestó a Hitarco-. Te recuerdo, padre, que todo lo que está pasando en el Quersoneso es culpa tuya al mantener la neutralidad-. ¿O acaso no era Príamo tu queridísimo camarada, con quien juntos enfrentaron a las Amazonas? -miró Niso de reojo a Pentesilea, quien aferró su mano a su poderosa hacha- Si mal no recuerdo, Príamo vino personalmente a pedir tu ayuda, padre. Tan buenos amigos que parecían ser, si hasta la misma esposa compartían. Algunos creen que soy hijo de Príamo y no de ti después de todo -sonrió Niso.
-¿Te estás burlando de mí? -se puso de pie el anciano rey, furioso- Es verdad que tu madre Arisbe fue esposa de Príamo antes de que mi amigo la cambiara por Hécuba, y me la entregara a mí. Nuestra amistad es así de fuerte. Pero, el Quersoneso, y toda Tracia, eran territorios neutrales. La lujuria de Paris no debió desatar en una guerra -aseguró.
-No todos pueden ser igual de compartidos que Príamo y tú, padre -se burló nuevamente Niso, enfureciendo a Hitarco nuevamente-. Claro, la guerra pudo evitarse si Menelao hubiese sido más compartido, todos deberían seguir el ejemplo tuyo y de Príamo, es más, ¿por qué no me prestas a tu esposa, Asio? Me doy una sacudidita con ella y te la regreso, pero todos contentos porque si mi padre y Príamo pueden compartirse a la esposa, ¿por qué nosotros no? -continuó burlándose Niso, quien de pronto fue lanzado por una fuerza de cosmos tremenda a la entrada de la habitación del trono, donde el tremendo Suplicio Obsidiana comenzó a reírse con fuerza- ¡AJAJAJAJA! ¡Ya extrañaba tus embistes mortales! ¡Hermano! ¡Ese sí me dolió! -agregó en medio de un ataque de risa, mismo que confundía a Ilíona, los Espectros Polidoro y Deípilo, y que molestaba a Pentesilea.
-Has silencio -ordenó el hermano de Niso, Asio, el Suplicio Obsidiana que era el opuesto de Capricornio-. Si es tu deseo el ser ejecutado por el Suplicio Obsidiana más poderoso de los 12, la Estrella Celeste de la Instrucción, Asio de la Cabra Montés, tan solo debes pedirlo -lo amenazó mientras preparaba su espada.
-Ya sé quién eres, imbécil -se puso de pie Niso, y ambos Suplicios Obsidiana se vieron el uno al otro con desprecio-. Y no me importa si te crees el Suplicio Obsidiana más poderoso de los 12, no hace mucho me enfrenté a un sujeto que me hizo comprender que no hay límites para mi cosmos… ponme a prueba, hermano menor… -elevó su cosmos Niso, y en medio de ambos bajó el hacha de mandoble de Pentesilea, separándolos a ambos.
-Tal parece… que se olvidan de quien es la importante aquí, par de basuras -exclamó Pentesilea en señal de molestia, y Niso subió y bajó los brazos indicando que no le interesaba, y se posó detrás de Ilíona-. Repliégate… -amenazó a Asio.
-Valientes palabras de un cadáver -se molestó Asio, elevando su cosmos, preparando su espada, pero Pentesilea no se dejó intimidar, y comenzó a sonreír con malicia.
-Pentesilea… -reprendió Ilíona, y la Amazona bajó su hacha, pero no dejó de observar a Asio fijamente-. En nombre de mi guardiana, quien sé que jamás se disculpará, expido una disculpa yo misma en su nombre -agregó Ilíona con modales, unos que venía estando trabajando durante todo su trayecto por el Quersoneso-. Pero aprovecho la oportunidad para expresar mi descontento sobre el conocimiento del cambio de esposas, y le prohíbo rotundamente a usted, y a todo el Quersoneso, el incurrir en semejantes prácticas -lo amenazó.
-¿Y quién es usted para darme ordenes, Reina del Quersoneso? -se mofó el anciano rey, pero Ilíona mantuvo su postura- Usted no es nadie… -le apuntó, y entonces viró en dirección a Niso nuevamente-. Y tú, Niso. Quedas desheredado -le espetó con molestia el rey-. ¡Permitiste esta invasión! ¡Debería castigarte con la muerte! ¡Por tus acciones el Quersoneso está en ruinas! -enfureció el rey.
-Ow, me vas a hacer llorar -se burló Niso, se dio la vuelta, se bajó los pantalones, y le mostró a su padre su trasero-. ¡Mira lo mucho que me importa tu maldita herencia! -se burló Niso, e Ilíona comenzó a perder la paciencia.
-¡Largo de mi reino! -exigió Hitarco, cuando comenzó a sentir el furioso cosmos de Ilíona, mismo del cual Asio defendió a su padre al posarse frente a él- ¿Qué es esta fuerza? -se impresionó Hitarco, quien comenzó a ver a la Luna reflejarse en el ojo izquierdo de Ilíona.
-Rey Hitarco, mi intención inicial era la de mediar con usted pacíficamente, pero comienza a poner a prueba mi paciencia… -exclamó Ilíona, y el anciano rey palideció-. Siéntase… y escuche… esto ha sido una orden… -sentenció, y mientras Niso sonreía con malicia, el rey se sentó en su trono-. La caída de Elayunte era inevitable, con o sin la bendición de la Reina del Quersoneso… -comenzó Ilíona-. Bajo mis instrucciones, los Peltastas de la ciudad evacuaron la misma, y solo se quedó atrás un grupo liderado por Niso, a sabiendas de que era una batalla perdida, y solo con el fin de permitir la evacuación a Mádito -finalizó, y tras unos instantes continuó-. En Mádito, se extendió la invitación que estoy por hacerle. Evacúe la ciudad, que todos sus hombres se dirijan a Troya. La avanzada Aquea es muy numerosa, el Quersoneso no puede detenerla. Como comprenderá, el co-rey Teutras se rehusó a retirarse. Le otorgué mi bendición, y me llevé conmigo a todos quienes prefirieron escucharme. Imagine mi sorpresa cuando más de la mitad de la ciudad abandonó al co-rey -lo miró acusativamente Ilíona, y el rey Hitarco, sintiéndose incomodado por el cosmos de Ilíona, mantuvo su silencio-. Por lo que he alcanzado a ver en el breve periodo de tiempo en que he viajado por Tracia, y por el abandono de la familia real que sufrí en Troya durante el primer año de guerra, y su negativa a brindar apoyo a su supuesto camarada, me parece que el Quersoneso, está lleno de gobernantes cobardes, eso incluye a mi mal llamado esposo, y es por esto, que he venido a hacerme con su reino, sea por la vía pacífica, o a la fuerza -amenazó.
-¿Y qué pretende hacer si es que se lo permito? ¿Abandonará Sestos como hizo con Mádito? -le preguntó Hitarco con furia, sobreponiéndose, e Ilíona comenzó a temblar de ira, aunque Pentesilea la tranquilizó en ese momento.
-Suficiente… yo me encargo… -le susurró Pentesilea, y miró a Hitarco con fiereza-. ¿No le entra en la cabeza, rey imbécil? Elayunte cayó por los inmensos números enemigos, Mádito se negó a ser evacuada en su totalidad. No importa si Sestos y Bistones unen fuerzas, la avanzada Aquea los destruirá a todos, solo queda aguantar, y evacuar. Así que decida, hacemos esto por las buenas, o por las malas -se cruzó de brazos Pentesilea.
-Por favor di que por las malas -se burló Niso, y entonces miró a Pentesilea-. Oye, ¿segura que no te gustan los hombres? Porque esa actitud tuya me chifla, y mucho -le susurró, y Pentesilea se aferró a su hacha-. Se hizo la lucha. Pero volviendo al tema, apela a la razón, padre. Todos somos parte del Quersoneso. Los sobrevivientes de Elayunte y Mádito están a tus puertas, todos siguen ciegamente a la Reina del Quersoneso, podemos partirnos la… -se limpió la garganta Ilíona en ese momento-. Cara… -corrigió Niso-. Y que el ejército victorioso se enfrente a la avanzada de Salamina y de Élide, iniciando una masacre, o negociamos -le exigió.
-¡No negociaré semejante idiotez! -espetó Hitarco, y de pronto los Peltastas de Sestos se hicieron con sus armas y apuntaron a Ilíona, quien se mordía los labios a punto de llorar de ira, no porque temiera por su vida, sino porque había un límite para la fortaleza que podía demostrar antes de entrar en una rabieta y ordenar la ejecución de todos los presentes.
-¡Estoy tratando de ser civilizada aquí! -enfureció, Pentesilea supo que Ilíona había llegado a su límite, y tanto Polidoro como Deípilo la silenciaron e intentaron calmarla.
-¿Entonces es guerra lo que quiere? Le daré guerra, pero no sin antes decirle que, los ejércitos de Salamina y Élide están a un par de días de camino de llegar a nosotros -le espetó con su hacha en mano, por lo que Hitarco comenzó a preocuparse-. Eso le da muy poco tiempo para derrotarnos, y volver a subir sus defensas, al menos, que acepte mi desafío -la apuntó Pentesilea-. ¡Combate por Conquista! -apuntó a Asio- Si el campeón de Sestos vence, los sobrevivientes de Elayunte y Mádito pasaran a ser parte de su ejército, y tendrá su ansiada batalla contra los Aqueos -enunció, e Hitarco pensó al respecto-. Pero, si el campeón de Ilíona vence, se rendirán, y evacuarán sin pelear -les explicó, e Hitarco comenzó a enfurecerse.
-Me parece bien -aceptó el desafío Asio, mirando a Niso con sombrías intenciones-. Es momento de que ponga fin a las tonterías de mi hermano. Me muero de ansias de probar esta supuesta fuerza de la cual dices presumir, Niso -preparó su cosmos Asio.
-Nada me gustaría más, Asio -se burló Niso-. ¿Pero sabes qué sería más divertido? Ver como una mujer te patea el trasero -miró Niso a Pentesilea, quien se sorprendió por lo que estaba escuchando-. ¿Eso me hace ganar algunos puntos? Porque voy muy enserio con mi interés en ti -le guiñó un ojo.
-No te hagas ilusiones -se fastidió Pentesilea, y miró a Asio, quien se mostraba confundido-. Está decidido entonces. Si yo gano, entregarán su reino -amenazó.
-Esto es una ridiculez -enfureció Hitarco-. ¡No tengo por qué aceptar semejante falta de respeto! ¡Largo de mi…! -intentó decir, pero Asio ya preparaba su cosmos- ¿Qué estás haciendo? ¡Yo soy tu rey! -enfureció Hitarco.
-Y yo tú legítimo heredero ahora que has desheredado a Niso, por lo que las decisiones del reino me competen -le respondió Asio, mirando a Pentesilea fijamente-. Eres muy valiente al hacer semejante declaración, o probablemente muy estúpida. Sea cual sea de las dos, en Sestos no se admiten cobardes. Te aniquilaré -declaró, y el desafío quedó aceptado.
Camino a Sestos. Campamentos de Salamina.
-Dejen los tesoros, llenen los carromatos únicamente con alimento. Cargaremos tesoros cuando los carromatos estén repletos de comida -ordenaba Áyax, frente a las ruinas de un pueblo que había sido incinerado hasta sus cimientos. Los hombres de Salamina trabajaban arduamente, saqueaban las casas, subían el alimento a los carros, y despojaban a los soldados de sus armas.
-¡No te muevas! -escuchó de pronto Áyax, y vio a la distancia a una joven siendo desvestida a la fuerza por un Caballero de Bronce, Áyax el Menor, quien era poseedor de una inmensa lujuria. Áyax meditó al respecto por unos instantes, él sabía que la guerra era cruel, que los soldados requerían de liberación de su estrés, y de que en varias ocasiones Áyax se había llevado a esclavas a sus aposentos, inclusive seguramente había dejado a algunas embarazadas. Pero, una vez que vio a Áyax el Menor golpearle el rostro a la mujer, el rostro de El Grande se llenó de ira- ¡Te dije que no te movieras! -intentó volverla a golpear Menor, cuando su mano fue aprisionada por El Grande.
-Repliégate… ve a tu tienda, y prepara a tus hombres para la avanzada -le espetó con desprecio El Grande, por lo que Menor, furioso, se replegó y fue a su tienda-. Levántate -ofreció su mano Áyax, y la mujer aceptó su ayuda-. Tu nombre… -le pidió.
-Tecmesa… -fue la respuesta de la mujer, de cabellera castaña, ojos azules claros, y una mirada fiera-. Panadera de oficio. Únicamente intentaba ganarme la vida, antes de que lo destruyeran todo, ¿estás orgulloso, Caballero Dorado? -le escupió al rostro.
-Luego por qué las golpean -se quejó Áyax, y se limpió el escupitajo con su capa-. Lejos… muy lejos de aquí, en la Argólide, está Salamina… -comenzó a explicarle Áyax, y la mujer no comprendía la razón, mientras el orgulloso Caballero de Tauro miraba al fuego de las casas que ardían a su alrededor-. En Salamina están mi amada Brenda, y mi hijo Eantides. Curiosamente, también me llevé a la cama a una Tecmesa allí en Salamina, de la corte de mi padre, Telamon. Me dio dos hijos. Pero ese no es el punto -reconoció Ayax, mientras la mujer lo miraba con preocupación, no sabiendo lo que iba a pasarle-. Me preguntaste si estaba orgulloso. Lo estoy -aclaró, y Tecmasa lo miró con desprecio-. Lo estoy porque mis acciones desde el día en que puse pie en Anatolia, y hasta los días de mi último respiro, forjarán leyendas que mis hijos escucharán, haya a lo lejos, del otro lado del mar… y sabrán que su viejo viajó, hasta el fin del mundo, a la tierra de desiertos, a partirle el rostro a quien se atrevió a secuestrar a una mujer ajena. Sí, Tecmesa, estoy orgulloso, de formar parte de la historia de los valientes guerreros que ustedes ven como criminales, y castigar al hijo de Afrodita de Paris. Habrá daños colaterales, muchos van a morir, tal vez incluso yo muera, pero no me arrepiento, ¿sabes por qué? -se agachó para mirarla al rostro, y ella movió su cabeza en negación- Porque soy granjero de oficio, y estoy aquí, destruyendo una tierra ajena, asesinando a mis enemigos, para escupirle en el rostro a tu rey. Así que no me vengas con el cuento de que soy un asesino, porque yo sé lo que soy, y te recomiendo que comiences a pensar en lo que eres ahora, una esclava. Todo gracias a tu rey -la tomó de la mano Áyax, y tiró de ella con fuerza. Tecmesa intentó defenderse, intentó escapar, pero Áyax era demasiado fuerte, por lo que no pudo resistir el ser lanzada a un carromato, mismo en el que fue abrazada por una niña temerosa, y por muchos otros niños que estaban en el mismo-. Cuida de ellos, y si algún soldado se sobrepasa contigo, o con ellos, dime y le arranco la cabeza -finalizó Áyax, y entonces Tecmesa notó que los carromatos a su alrededor estaban llenos de niños, mujeres jóvenes, y enfermos, mismos que Áyax estaba evacuando.
-Odio tener que ser yo el que te lo diga, Áyax -interrumpió Teucro los pensamientos de Áyax, quien entonces miró a su hermanastro menor con molestia-. Pero esta empresa se está retrasando mucho. Comprendo lo que sientes, yo lo siento también, pero… no puedes simplemente construir orfanatos tras echar un pueblo abajo -le explicó Teucro, mientras una casa se venía abajo-. Estamos en guerra después de todo… -terminó.
-Teucro… -se cruzó de brazos Áyax, mirando a los hombres de Salamina construyendo refugios para los huérfanos, las mujeres y los enfermos, y atendiendo a los heridos soldados del Quersoneso-. Mientras pueda construir refugios y orfanatos para enmendar mis crímenes, lo haré sin dudarlo… ya que puede que llegue el día, en que sea yo quien los destruya… la empresa se retrasará cuanto deba retrasarse -terminó de decir Áyax, observando la construcción, mientras Tecmesa lo miraba con gran curiosidad.
-Nunca pensé escuchar al poderoso Áyax el Grande preocupado por los daños colaterales de una guerra… -agregó Teucro sorprendido, y sonriendo-. No somos seres de mal, Áyax -le explicó, y Áyax asintió-. Si el mundo estuviera exento de guerras… -comenzó a decir.
-Sería aburrido -le sonrió Áyax, mirando nuevamente a los niños, y a Tecmesa, quien cuidaba de ellos-. Todos tienen el derecho a defender sus convicciones. Esto, es solo una prueba de que aún conservo mi humanidad -le aseguró, tomando su escudo y su lanza, y volviendo al papel de líder de un ejército-. ¡Salaminos! -exclamó con fuerza- ¡Sestos está a un par de días de distancia! ¡Yo digo que acortemos el camino! ¡Marcharemos de noche! ¡A los carromatos! -apuntó, los Salaminos obedecieron, subieron sus armas, se hicieron con los tesoros que pudieron encontrar, y subieron a los carromatos a continuar con la invasión- ¡Apresuren el paso! ¡Dividan las fuerzas de avance con las de descanso! ¡Una vez divisemos Sestos montaremos el campamento y comenzaremos el asedio! ¡Quiero a Sestos conquistada antes de que los Eléos lleguen de Mádito! ¿Lo han entendido? -terminó mientras se subía a uno de los carromatos, y tras hacerlo, la joven Tecmasa se sentó a su lado-. ¿Qué quieres? -preguntó.
-Soy una mujer del Quersoneso -aclaró ella, y Áyax la miró en señal de curiosidad-. Es mi pueblo, es mi gente a quien lastimas. No voy a decirte que no entiendo las casualidades de la guerra, pero, voy a acompañarlos, y voy a curar a los heridos y huérfanos que ustedes dejen en su inútil búsqueda de venganza. Solo dime una cosa, Caballero de Tauro… ¿no había otra solución a este conflicto? -lloró ella mientras enunciaba estas palabras.
-Siempre hay otra solución -le mencionó Áyax, con su determinación habitual-. Aunque los idiotas a los que llamamos reyes, siempre velan primero por sí mismos. Por eso yo voy a partirles el rostro, jamás lo olvides… yo… no soy más que un granjero -le recordó, mirando en dirección a Sestos, dispuesto a terminar con las locuras de esta guerra.
Anatolia. Ciudad Fortaleza de Mitilene. Capital de Lesbos.
-Es como el joven Yalemo ha dicho, abuelo -exclamó Hypsipilo, el Espectro de Citara, cargando su instrumento musical todo el tiempo, mientras caminaba siguiendo a su abuelo, el rey Mácar, por los pasillos del palacio-. Enviamos espías a las costas, confirmaron el avistamientos de barcos de Crises, de Antrados y de Adramitio, pero no lo vieron como algo sospechoso -aseguró.
-¡Debieron sospechar cuando esos barcos no llegaron al puerto de Metinma! -fue la furiosa respuesta del rey, que incomodaba a Hypsipilo, quien sabía que la invasión Aquea ahora se encontraba a sus puertas- ¡Crises, Antrados, Adramitio y Lirnesos fueron saqueadas! ¿Qué pretendías que eran esos barcos? ¿Una flotilla de evacuación? ¿Mercaderes? Puede que el que planeó la invasión a Lesbos sea un genio militar por usar los barcos aliados para trasportar a sus ejércitos, o puede que nuestros centinelas requieran de un poco más de sentido común. ¿Cómo es que permiten la entrada de navíos, aliados o no, tras ver 4 puertos arder desde nuestras costas? ¡Estoy rodeado de incompetentes! ¿Y dónde está tu hermano Hicetaon? -enfureció el rey, pateando la puerta de la habitación de su nieto, quien se encontraba desnudo en su habitación y con Yalemo colocándose su Glorie nuevamente- ¡Solo esto me faltaba! -enfureció.
-Tranquilo, mi rey, soy un dios, puedo cambiar mi forma a voluntad -le enunció Yalemo, mientras le guiñaba el ojo a Hicetaon, quien se horrorizó y comenzó a vestirse-. Aunque de nacimiento soy varón, eso nada lo cambia, lo del cambio de forma no es más que una ilusión -se burló, y el abuelo de Hicetaon se mostró furioso-. Veo que tiene un humor muy volátil el día de hoy. ¿Descubrieron a los ejércitos Aqueos? -preguntó mientras salía de la habitación con su Glorie puesta.
-Si no caminas bien te azoto la Citara en la cabeza -le susurró Hypsipilo a su hermano Hicetaon, quien ya salía con su Suplice puesta-. Usaron el engaño de los navíos aliados. Entraron a nuestros mares, y anclaron en la parte noroeste -le explicó.
-¡Lo que debió ser un indicio de que algo andaba mal! ¿Cómo es que nadie dio aviso? -enfureció nuevamente el rey Mácar, mirando a sus nietos con desprecio, pero con mayor molestia a Hicetaon, quien lo había defraudado como nieto.
-Los Aqueos estaban en Lesbos desde antes de las invasiones a Crises, Lirnesos, Antrados y Adramitio -le respondió Yalemo, lo que molestaba aún más al rey-. El Sol lo ve todo, acamparon en un estrecho en la bahía del otro lado de las montañas. Apolo lo permitió porque en ese momento Artemisa estaba del bando Aqueo, pero ahora que ambos están del mismo bando, Apolo me envía a auxiliarlos. Sin embargo, el daño ya está hecho. Los Aqueos están presentes, y alguien les ha abierto camino -aseguró Yalemo, mirando a las murallas de Mitilene.
-¿Insinúas que hay un traidor en nuestras líneas? -preguntó Mácar, mirado a los centinelas montando guardia desde el balcón- Eso no puede ser posible, hay al menos unos 50 centinelas en servicio en todo momento. Alguien se habría dado cuenta si 50 centinelas fuesen reemplazados por Aqueos disfrazados -le aseguró.
-A menos que no sean 50 centinelas los que fueron noqueados y reemplazados por soldados Aqueos, sino uno, y estuviera controlando mentalmente a los otros 49 -dedujo Yalemo, mirando a los centinelas, y descubriendo a uno de piel muy pálida-. Un hijo de Poseidón -sonrió Yalemo, extendió sus alas, elevó su cosmos, y llamó la atención del centinela- ¡Estallido Creacionista! -exclamó, lanzó una potente llamarada dorada, y el centinela fue abatido con fuerza, junto con una buena porción de la muralla.
-¿Qué has hecho? ¡Mi muralla! -se horrorizó el rey Mácar, pero a Yalemo eso no le importaba, y veía a la devastación de su ataque, sorprendido- ¡Hypsipilo! ¡Hicetaon! ¡A la ciudad ahora y arreglen este desastre! ¡En cuanto a ti, Yalemo! ¡Seas o no el hijo de un dios…! -intentó decir el rey, cuando notó la mirada de incredulidad de Yalemo, por lo que el rey viró su atención al lugar de la explosión, encontrando al centinela atacado, aún de pie, y tronándose el cuello, antes de mirar en dirección a la Fortaleza de Mitilene, y hacer un ademán con su mano invitando a Yalemo a venir por él-. Una buena porción de la muralla se vaporizó, pero él aún sigue sobre sus ruinas -se sorprendió el rey Mácar.
-No por mucho tiempo… -exclamó Yalemo en señal de molestia, dio un tremendo salto, extendió sus alas, y con su fuerza divina llegó ante la muralla cuarteada, lanzando una tremenda patada, que el centinela bloqueó al tomarle del talón-. ¿Qué clase de bestia eres, semidiós? -preguntó Yalemo, impresionado, y en ese momento fue recibido por una esfera de relámpagos, que abatió a Yalemo, y lo lanzó de la muralla y a la ciudad, donde quedó clavado, en señal de incredulidad, mientras miraba a la cima de la muralla, donde el centinela se quitaba el casco, revelando sus ojos amarillos, y su cabello oscuro atado a una coleta.
-Anceo de Lynmades -reverenció, elevó su cosmos, y de las profundidades del mar se elevó una Escama de Poseidón, con la forma de una Salamandra, que, tras estallar en sus partes, vistió al General Marino de Lynmades con su poder-. General Marino de Poseidón, hijo del Dios de los Mares, y con una fuerza tal, que solo soy segundo ante el mismísimo Heracles. Ni Áyax el Grande podría compararse a mi poder -le explicó, mientras un ofendido Yalemo se incorporaba, y los aturdidos centinelas a su alrededor se despertaban.
-Me tocaste… -enunció Yalemo con desprecio, y su cosmos incinerándose, mientras veía a un despreocupado Anceo arreglarse su coleta-. Los mortales no deberían tocarme, a menos que fuese por mi deseo personal… el que seas hermoso no te da ningún derecho a tocarme -sentenció, mientras la tierra temblaba por su cosmos, pero Anceo no parecía preocupado.
-Los dioses en verdad que no se cansan de querer ejercer su voluntad… -le respondió Anceo con una sonrisa-. Vaya soberbia. Estoy seguro de que inclusive, llegará el día en que el mismísimo Poseidón en su ira divina, se volverá un tirano también. Pero, yo como semidiós, elijo servir a los dioses, siempre al beneficio de los mortales. Anda, angelito de Apolo, Poseidón y Apolo son enemigos acérrimos, ven, es mi deseo desfigurarte ese bonito rostro -se burló nuevamente.
-Lo dice el imbécil que no logró vencer a un Juez del Inframundo -le contestó Yalemo, lanzándose a Anceo, a una velocidad que sorprendió al General de Poseidón-. ¿Qué podrías hacer contra alguien con el poder de los dioses? ¡Llamarada Solar! -intentó lanzar Yalemo, pero sorprendiéndose de encontrar el puño envuelto en relámpagos de Anceo llegando a su rostro primero, arremetiendo en su contra, y lanzándolo por la ciudad hasta estrellarlo en una fuente de unas mujeres con cantaros danzando todas juntas, terminando con una de las estatuas derramando agua sobre su cabeza- ¿Cómo es posible? -miró Yalemo a Anceo, sin lograr comprender el cómo un mortal lo estaba ridiculizando.
-Te lo explicaré… solo por mi deleite personal -le contestó, rodeando sus manos de relámpagos azules, mientras los centinelas comenzaban a rodearlo con sus armas-. ¡Impacto de Salamandra! -enunció, extendiendo sus relámpagos por todo lo largo del puente de roca humedecida por la cercanía de las costas, electrificando a los centinelas, quienes murieron sin tener oportunidad- ¡El relámpago! ¡La fuerza de vencer a los dioses! ¡Zeus colocó el relámpago en la Armadura Dorada de Leo! ¡Pero no era Zeus el único dios que controlaba esta fuerza! -extendió sus brazos Anceo, divertido, y cuando Yalemo se alzó con sus alas y comenzó a flotar frente a él, vio detrás del mismo a varias criaturas marinas sumergidas en las aguas cercanas a las costas de Lesbos, todas brillando, utilizando una luz muy peculiar apenas conocida por los hombres de esa época-. Poseidón, solía ser un dios tan grande como Zeus, incluso más. Colocó los vientos congelados en la Armadura Dorada de Acuario… -se rodeó a sí mismo Anceo de relámpagos nuevamente, apuntándolos en dirección a Yalemo-. ¡Y sus relámpagos en Lynmades! ¡Velo de Trueno! -atacó, y el trueno se desprendió de sus manos, noqueando a Yalemo, quien comenzó a ser rodeado por los ejércitos de Lesbos, quienes llegaban junto a Hicetaon de Coronis e Hypsipilo de Citara- Pero claro, si no he usado esta fuerza antes es porque, como Néstor, requería de un oponente digno. Aunque no me resultas muy digno, niño bonito -se burló Anceo.
-¡Ese es el General de Poseidón que le hizo frente a Sarpedón! -apuntó Hicetaon, sorprendido, y temblando por lo que había escuchado de él- Si sobrevivió a Sarpedón, ¿qué posibilidades tenemos? -le preguntó a su hermano.
-Más que él quien está rodeado de soldados de Lesbos. ¡Arqueros! -ordenó, los arqueros dispararon, y Anceo comenzó a evadir las flechas, partir algunas a puñetazos, y a intentar huir a las puertas de la ciudad-. Si tiene la fuerza de Heracles, ¿por qué no solo salta al otro lado de la muralla y huye? A menos qué… ¡está atrayendo nuestra atención! ¡Centinelas! ¡Enciendan las antorchas de alarma! -ordenó Hypsipilo, y antes de que Anceo llegara a donde un soldado intentaba prender una antorcha, el Espectro se adelantó y atacó- ¡Acorde Sombrío! -atacó a distancia, y cuando el sonido alcanzó a Anceo, el General Marino no logró defenderse de un ataque directo a su mente, y comenzó a estremecerse por el dolor, mientras el soldado se las arreglaba para encender la hoguera de alarma, y cuando otros centinelas divisaban la misma, encendían más hogueras, hasta que toda la ciudad fue alertada de una invasión.
-¡Aqueos! -gritó un centinela entonces, apuntando a la entrada del oriente, antes de ser atravesado por una flecha en su garganta, lo que logró hacer comprender a Hypsipilo y a Hicetaon, que gracias a Anceo, el ejército Aqueo estaba lo suficientemente cerca como para derribar a un centinela a tiro de flecha, pero que por alguna razón nadie los había visto.
-¡Lynmades tenía a los centinelas controlados mentalmente! ¡Están a tiro de flecha! ¡Cierren las puertas -ordenó Hicetaon, y los soldados de Lesbos se apresuraron a bajar una estructura metálica, como una especie de puerta de acero, una estructura que Anceo jamás había visto antes, pero que si caía, frenaría la avanzada Aquea, que ya comenzaba el asedio del otro lado de las murallas.
-¡Descubrieron a Anceo! -le explicaba Automedonte a Aquiles, mientras el príncipe de los Mirmidones se preparaba para dar sus órdenes-. Mi señor, no voy a mentirle… nuestros números son… -intentó explicarle Automedonte.
-Muy reducidos gracias a que los Cretenses no se nos unirán… lo sé… -le respondió Aquiles desde su auriga, mientras veía a los soldados de Lesbos preparándose para cerrar la entrada a la ciudad-. ¡No hay tiempo que perder! ¡Ni tiempo de discursos! ¡Atacamos ahora! ¡Que los ojos de Lesbos se ciernan sobre nosotros! ¡Por Ftía! ¡Por Creta! ¡Por Athena y Poseidón! -enunció Aquiles, y los ejércitos Mirmidones iniciaron la carga, con Fénix como auriga de Patroclo y Trasímedes como el de su hermano Antíloco quien preparaba su cosmos para la batalla.
-¡Córtenlas! -ordenó Hicetaon, mientras Hypsipilo continuaba atacando a la mente de Anceo para mantenerlo ocupado, mientras los soldados de Lesbos intentaban bajar las cadenas que sostenían a la placa metálica- ¿No escucharon? ¡Corten las cadenas! -volvió a ordenar, los soldados comprendieron el mensaje, tomaron hachas y comenzaron a arremeter contra las cadenas, venciéndolas, y obligando a la plancha a caer más rápidamente.
-Ah, eso no se los voy a permitir -enunció Anceo, extendiendo sus manos, aplaudiendo con fuerza, soltando un sonido tan descomunal como el de un relámpago que había caído a escasos centímetros de ellos, y que causó inclusive que los oídos de algunos soldados se reventasen y comenzaran a sangrar. Hypsipilo sintió el embiste sónico en sus oídos, y dejó de tocar para taparse sus propios oídos, liberando a Anceo, quien, tras sacudirse la cabeza, comenzó a correr en dirección a la plancha de metal, que ya vencía a las cadenas y comenzaba a caer, forzando a Anceo a atrapar la plancha, y a usar todas sus fuerzas para mantenerla abierta- ¡No puedo! ¡Es muy pesada! -se arrodilló Anceo soportando el peso, mientras los soldados de Lesbos se acercaban con sus lanzas listas.
-¡No me defraudes ahora! ¡General de Poseidón con la fuerza de Heracles! -saltó Patroclo de su auriga a momento de que Fénix, Automedonte y Trasímedes frenaban tras pensar que Anceo no lo lograría, pero el obstinado de Patroclo se puso a su lado, le ayudó a levantar la pesada plancha, sorprendiendo incluso a Fénix quien no se imaginaba semejante fuerza proveniente del faldero de su discípulo, mientras junto a Anceo, que poseía la fuerza de Heracles, juntos levantaban la plancha- ¡Esta no es Troya! ¡Avancen! -declaró Patroclo, mientras el General Marino y el Caballero Dorado, juntos, abrían las puertas.
-¡Ataquen! -ordenó Aquiles, pasaron por entre la apertura de la plancha, y los Mirmidones comenzaron con la masacre. Cortaron los cuellos de los soldados, los empujaron con sus escudos, eran rápidos y efectivos en sus movimientos, y no tardaron en terminar de entrar en la ciudad mientras Anceo y Patroclo continuaban sosteniendo las puertas.
-Mi reino… han entrado a mi reino… -enfureció Mácar-. ¡Esto no va a quedarse así! ¡Zelos! -exclamó Mácar desde su palacio, y un Espectro salió de las sombras- Dile a tu rey… que Lesbos acepta el tratado comercial con Misia -le ordenó Mácar, a lo que Zelos, el Espectro de la Rana y cuya Estrella Terrestre era la de lo extraño, asintió con una sonrisa malévola mientras desaparecía-. Solo espero que se dé prisa -se preocupó el rey, tomó su espada escarlata, y se preparó para ir a la batalla.
Tracia. El Quersoneso Tracio. Campamentos Troyanos a las afueras de Sestos.
-¿Por qué tenemos que esperar a que caiga la noche para tener esta batalla? -se molestó Pentesilea, afilando su hacha de mandoble dentro de la tienda de Ilíona, quien concentraba su cosmos tranquilamente, con su ojo izquierdo reflejando a la Luna, y viendo todo lo que ocurría desde su reflejo- Puedo vencerlo aquí y ahora, no hay necesidad de esperar -señaló.
-Las órdenes de la Reina del Quersoneso son prioridad -le explicaba Niso, mientras afilaba él también su Arma Lunar, y mantenía guardia a la entrada de la tienda, mientras los hermanos Polidoro y Deípilo charlaban alegremente-. Por cierto, ¿ya se resolvió el dilema del hijo que no es el hijo y el hermano que no es el hermano? Me da demasiada curiosidad -tras el comentario, Ilíona se mordió el labio, por lo que Pentesilea se apresuró a golpearle la nuca a Niso, silenciándolo-. ¡Óyeme pedazo de…! -intentó defenderse Niso.
-No menciones ese tema frente a Ilíona -le susurró en señal de molestia, e Ilíona se relajó, y volvió a concentrar su cosmos-. El temple de Ilíona es muy volátil… tiene una doble personalidad, una es una niña berrinchuda, la otra una tirana dictadora. Lo importante es saber cómo activar cada una de sus personalidades -le explicó.
-Ya me hablas con más normalidad, ¿comienzo a gustarte? -le preguntó Niso, encontrando el hacha de Pentesilea peligrosamente cerca de su cuello- ¡Me encantan las mujeres que se hacen las difíciles! ¿Y si te reto a una batalla y te venzo por la ley de las Amazonas eres mía? -preguntó.
-No seré de nadie nunca -le respondió, pero retrajo su hacha de todas formas-. Sobre tu pregunta… lo único que Ilíona sabe es que existe una profecía, una que dice que uno de ellos dos va a morir, y el otro ha de salvarse. Si muere el equivocado… significará la caída de Troya, si muere el correcto… Troya se salva -aseguró.
-Lo único que me queda claro es que hay muchas profecías inútiles -fue la respuesta de Niso, misma que molestó a Pentesilea-. Que si Trolio combate, que los caballos de Apolo, que el Aqueo ese que encerraron en la isla, y lo del Paladio y todas esas cosas. ¿Hago una balanza y pongo cada profecía dependiendo de se cumpla o no para definir al campeón de la Guerra de Troya? O unifico a los reinos del Quersoneso y los llevo a marchar contra los Aqueos. Las profecías no definen al ganador de una guerra… -le espetó con molestia.
-Si lo hacen… -declaró Ilíona, y Niso y Pentesilea le dirigieron la mirada-. Por más descerebrado que es lo que has enunciado, Niso, las profecías sí declaran a los ganadores de una guerra, pero no como una balanza, no al menos la que tú visualizas -apagó su cosmos Ilíona, y su ojo izquierdo regresó a la normalidad-. Imagina una torre inmensa, con ladrillos quebradizos, esos ladrillos quebradizos son las profecías de la caída de Troya -comenzó a explicarle, y con su cosmos, transportó a Niso y a Pentesilea a una realidad distinta, dentro de un palacio de plata, con una alfombra roja-. Este, es el Oráculo de Delfos… aquí es donde nacen las profecías… -le explicó, y una inmensa torre se alzó detrás de un trono vacío-. Eso que está detrás del Trono de Apolo, es la Torre del Destino, en este caso, del destino de Troya -continuó explicando, dejando a Niso y a Pentesilea sin habla, mientras toda la realidad a sus alrededores había cambiado-. Los ladrillos morados en la torre, son los hechos innegables -le explicó Ilíona, mostrándole los mismos a ambos-. Los ladrillos agrietados y de color dorado, son las profecías. Las profecías nacen cuando los mortales cuestionan el orden en el cosmos, e intentan pedir al destino una respuesta. Como el destino es un ser primordial, más antiguo aún que los dioses, puede responderles… pero, para hacerlo debe agrietar un ladrillo divino, lo que lo vuelve vulnerable a las acciones mortales -señaló Ilíona, lo que sorprendía sobremanera a Niso y a Pentesilea-. Si un mortal cumple con lo que la profecía dictamina, el ladrillo se rompe -apuntó entonces a un hueco en la torre, donde hacía falta un ladrillo-. Pero la torre no se cae con solo un ladrillo, hacen falta muchos. Y si al menos uno de los ladrillos agrietados, no se rompe, la torre se restaura, y no se cae. Así funciona el destino -terminó de explicarles Ilíona, y de pronto regresaron al campamento-. Eso significa, que pueden existir 1,000 profecías… mientras la última no se cumple, la torre no se cae. Ahora conocen el secreto del destino, no se lo revelen a nadie, porque quienes revelan los secretos del Oráculo de Delfos… pierden sus memorias -les explicó.
-¿Ese fue un Oráculo de Delfos? -se impresionó Niso, e Ilíona asintió- Pero… si podía acceder al Oráculo de Delfos, ¿por qué no preguntó sobre el secreto de esos dos? -apuntó Niso con preocupación- ¿Por qué contestarnos preguntas que no hicimos? -preguntó.
-Porque, solo los mortales pueden hacer las preguntas al Oráculo de Delfos, pueda o no pueda traer el Oráculo de Delfos a voluntad, es indistinto -les explicó, y tanto Niso como Pentesilea intercambiaron miradas-. La segunda razón es… porque la verdadera pregunta en el corazón de ambos, era si las profecías eran reales o no, y el Oráculo de Delfos solo contesta preguntas genuinas, no puedes mandar a un representante a preguntar por ti -continuó explicándole-. Y la tercera razón es… -entristeció Ilíona, viendo a Polidoro y Deípilo, quienes charlaban alegremente-. Que tengo miedo de responder esa pregunta… así que, esa pregunta la contestará Apolo… no yo… Polidoro y Deípilo son, ambos… mis hermanos y mis hijos… pero uno deberá morir, para que el otro pueda salvarse. ¿Cómo podría yo contestar a esa pregunta? -se humedecieron los ojos de Ilíona, quien comenzaba a atesorar la realidad de Ilíona como propia, así como lo había hecho Creúsa- Sobre la otra pregunta… -miró a Pentesilea, quien se apuntó a sí misma-. ¿Por qué esperar a que anochezca para el combate? Es sencillo, y no necesitas del Oráculo de Delfos para responderla… es porque quiero que todos te vean vencer, con la Luna de testigo -brilló el ojo izquierdo de Ilíona nuevamente-. Y deberás ganar rápidamente… ya que con él ojo de la Luna he visto, a los Aqueos moverse en las sombras. Les llevábamos dos días de ventaja, pero gracias a Áyax… llegarán esta noche… -finalizó.
-¿Está noche? -se impresionó Penesilea- Pero nuestros campamentos siguen aquí afuera… si llegan antes de que terminemos el combate, nos aniquilarán -se quejó Pentesilea, e Ilíona simplemente asintió, mientras era escoltada por Polidoro y por Deípilo, y era seguida por Pentesilea y por Niso-. Una advertencia hubiese sido agradable -se molestó.
-Si te sirve de algo, puedo darte consejos -agregó Niso, lo que molestó a Pentesilea-. Suficiente del juego de la Amazona desprecia hombres. Si quieres partirle el rostro a este, más te vale prestar atención -le sugirió.
-No hay nada que un hombre pueda enseñarme -respondió ella-. Solo hay un hombre a quien me interesaba derrotar, y fue muy decepcionante cuando lo hice. Los hombres no son oponentes dignos, son solo paracitos en este mundo -aseguró.
-Claro, córtanos las cabezas a todos, veamos cómo les va en unos años que su civilización esté llena de mujeres esperando pacientemente la muerte por no tener forma de reproducirse -se burló Niso, a lo que Pentesilea respondió dándole la espalda-. Que terca eres. Menos mal que son solo una minoría de civilización, si se multiplican sería muy molesto -aseguró Niso, pero aceleró el paso para continuar intentando mediar con Pentesilea-. Cuando quieras consejo, no volveré a ofrecerme, me lo tendrás que pedir, y yo lo voy a disfrutar -le sonrió.
-Ya te dije que no requiero de tu consejo -lo empujó Pentesilea, y llegó hasta la arena que había sido preparada para el combate-. Estoy lista -enunció Pentesilea, preparando su hacha de mandoble. ¡Escucha mi nombre y tiembla, sabandija! ¡Soy Pentesilea de Nova Luna! ¡La más poderosa de las Amazonas de Temiscira! -insistió ella.
-¡Estrella Terrestre de la Instrucción, Asio de Cabra Montés! -sonrió Asio, presentándose desarmado frente a Pentesilea, quien esperó a que Asio materializara su arma, pero esta nunca llegó- ¿Qué esperas? ¿No decías que ya estabas lista? -le preguntó.
-Tu arma -se molestó Pentesilea-. ¡Empuña tu arma de una buena vez para que terminemos con esto! -sentenció, pero Asio se limitó a sonreír- ¿Qué esperas? -se molestó ella aún más.
-No necesito un arma, para derrotar a alguien tan insignificante -fue la respuesta de Asio, misma que forzó a Pentesilea a morderse los labios, y a clavar su hacha de mandoble con fuerza en la tierra-. Oh… -sonrió Asio-. Eres más débil de lo que me esperaba -continuó burlándose.
-Te daré debilidad -preparó su cosmos, elevó su puño, y se lanzó a Asio-. ¡La Cazadora de la Luna! -exclamó, envuelta en un velo brillante, con el puño rodeado de una ventisca congelante, pero Asio no se movió, tan solo recibió el impacto de lleno, con una fuerza de cosmos descomunal rodeándolo, y previniendo que el puño de Pentesilea llegara a acercarse a su Suplice- ¿Qué ha sido eso? ¿Alguna clase de técnica defensiva? -se preguntó.
-¿Técnica defensiva dices? Si es solo mi cosmos -presumió Asio, empujando a Pentesilea con la fuerza de su cosmos, repeliéndola, inclusive doblegándola, ya que pese a enterrar sus pies en la tierra, no dejaba de ser empujada por el poder en el cosmos de Asio-. ¿Crees que enunciar que eres el Suplicio Obsidiana más poderoso es una pequeñez? Los Suplicios Obsidiana tenemos nuestro propio cosmos, alimentado por el cosmos de un Caballero Dorado. Mi cosmos puede no ser el más alto dentro de la Orden de Suplicios Obsidianas, pero mi opuesto, el Caballero Dorado de Capricornio, es el más poderoso de su orden… su poder sumado al mío, me vuelven enteramente invencible. ¿O acaso no lo sabes? Agamenón de Capricornio estuvo en Crises, nuestros mensajeros llegaron no hace mucho, y nos comunicaron el cómo Agamenón venció a uno de los hijos del Sol, Lino de Elegía -le explicó.
-¿Lino? -se impresionó Ilíona, y los Espectros que la acompañaban, la miraron en señal de curiosidad- A Artemisa le sirven los Cazadores, las Amazonas y las Sátelites, en ese rango de jerarquía -comenzó a explicarles, y Pentesilea le prestó toda su atención-. Apolo tiene varias órdenes también, los Epítetos del Sol como lo fueron Tenes de Helios y Hemithea de Chariot Solaris, tan fuertes como los Caballeros Dorados. Luego están los Jinetes de Helios, quienes pese a ser mortales, superan inclusive a los Jueces del Inframundo y a mis Satelites… y por encima de todos… están los Egleteos… semidioses, los hijos predilectos de Apolo… su poder es comparable a los de Phobos y Deimos, incluso… me atrevería a decir que es superior… ¿intentas decirme que uno de los Egleteos, fue derrotado por Agamenón de Capricornio? -se impresionó Ilíona.
-Eso es exactamente lo que estoy diciendo -respondió Asio, manteniéndose de brazos cruzados y mirando a Pentesilea con soberbia-. Agamenón logró, en contra de todo pronóstico, superar el poder de un Egleteo -le espetó.
-Eso no es posible -le respondió Ilíona-. Los Caballeros Dorados no pueden tocar a los Egleteos, ni a ninguno de los Jinetes de Helios, sus cosmos no pueden tocarlos -le explicó, intentando razonar lo que había pasado-. A menos… que Lino renunciara voluntariamente a su ventaja… Lino… siempre fue un idiota con un amor inmenso por los humanos. Pero aún si Lino quisiese darle la ventaja de defenderse a un humano, no me creo la historia de que un Caballero Dorado haya superado su cosmos -aseguró.
-Pero así fue -recalcó Asio, mirando a Pentesilea, quien comenzó a sentirse intimidada por el tremendo poder del Suplicio Obsidiana-. ¿Lo entiendes ya? Soy muy superior a ti. Puedo inclusive vencerte con un solo dedo, y tal vez lo haga -se burló nuevamente, lanzando una fuerza de cosmos descomunal con un solo dedo, misma que embistió a Pentesilea, la derribó, e inclusive dañó su Seleneria-. A decir verdad, estoy muy molesto por no poder liberar este poder sobre mi hermano mayor, pero, supongo que lastimarte lo enfadará de todas formas -le sonrió Asio, arremetiendo con la fuerza expulsada de su dedo nuevamente, destrozando casi en su totalidad la Seleneria de Pentesilea.
-Cuando quieras te doy una paliza -se defendió Niso, mientas miraba a Pentesilea, que intentaba levantarse débilmente-. Te dije que me escucharas, pero no, tenías que ir por allí llamando a los hombres imbéciles y débiles, pues un imbécil debilucho te acaba de dar una paliza -le apuntó.
-Sigue siendo un inservible… -prosiguió Pentesilea, siendo obstinada en todo momento-. ¡Y va a sentir mi puño! ¡La Cazadora de la Luna! -insistió, impactó con fuerza, y el cosmos de Asio volvió a detenerla, y a repelerla- Crees que soy una debilucha, ¿verdad? ¿Qué soy una damisela en peligro que necesita de tu protección, Niso? No tienes idea de lo equivocado que estás… -insistió Pentesilea, pero fue lanzada por el ataque de cosmos que Asio expulsaba de su dedo, y terminó rodando por el suelo.
-Nadie ha dicho eso -se defendió nuevamente Niso-. Pero no cambia el hecho de que eres demasiado obstinada para entrar en razón. Eres una cazadora, una guerrera excelente, pero esto no es cuestión de habilidad, es cuestión de cosmos, y tú no tienes el suficiente, pero si me escuchas te puedo ayudar a derrotar a este infeliz, última advertencia, si no me escuchas para sacarme las palabras me vas a tener que suplicar -le mencionó.
-Vete al Tártaros -insultó ella, se puso de pie, y miró a Ilíona, quien la miraba con molestia, como si entre los dioses el comentario fuese una grosería-. Voy a vencerlo… debo vencerlo… -se dio la vuelta, y preparó su cosmos-. Jamás me permitiré ser derrotada por un hombre -caminó en dirección a Asio, con el cosmos listo, corrió y lanzó otro puñetazo, Asio atacó con su cosmos, Pentesilea evadió, saltó, y lanzó una tremenda patada, que se estrelló con la barrera de cosmos de Asio, como si su cosmos se solidificara a su alrededor, su pierna inclusive se fracturó por la fuerza que imprimió, y quedó tendida en el suelo, donde Asio intentó aplastarla, pero Pentesilea rodó evadiendo justo a tiempo para ver a la tierra partirse a sus pies-. ¿Cómo puede un hombre tener ese poder? -se perturbó.
-¡Esto no tiene nada que ver con el género! -enfureció Niso, molestando a Pentesilea, quien deseaba hacerle frente- Pero adelante, piensa lo que quieras, que te partan las… -intentó decir, pero Ilíona se aclaró la garganta, y Niso replanteó sus palabras-. Que te destrocen el cuerpo en tu terquedad -se fastidió Niso.
-Ya sabíamos el resultado de este enfrentamiento desde un inicio, hermano -lo miró Asio, y ambos intercambiaron miradas de desprecio-. Aún podemos corregir esto, enfréntame, es a ti a quien quiero derrotar, no a esta princesita -se burló, pero Pentesilea estaba tan conmocionada, que los insultos ya no podían afectarla.
-Ah, créeme que ganas no me faltan -enfureció Niso con una vena saltada-. Puedo tumbarte esa sonrisa del rostro de un solo movimiento -insistió.
-Te invito a intentarlo -se burló Asio, y Niso sonrió en ese momento, elevando su cosmos, y sorprendiendo a Asio-. Este cosmos es… -se impresionó.
-Que sepan los dioses que tú lo pediste. ¡Azote de Creatían Taurus! -lanzó su ataque Niso, y Asio salió desprendido del suelo, y azotó por los alrededores, sumamente impresionado por lo que acababa de suceder. La otra persona que estaba impresionada era Pentesilea, quien miraba a Niso en incredulidad- No he irrespetado el Combate por Conquista, él me lo pidió, antes de que tus hombres en palillos quieran tomar represaría -amenazó Niso a su padre Hitarco-. Ah, qué bien se sintió eso. Ahora, ¿vas a escucharme o no? -miró Niso a Pentesilea, quien desviaba la mirada en señal de molestia- ¡Tu desprecio a los hombres es irracional! ¡Estoy tratando de ayudarte! ¡Créeme que si es porque piensas que quiero acostarme contigo, no estás equivocada! ¡Pero si yo no te respetara te tomaba a la fuerza y listo! -le mencionó en una rabieta.
-¡No me ayudas! -enfureció Pentesilea, pero entonces miró a Asio levantarse, limpiarse la armadura, y volver a su posición, esperando pacientemente- ¿Cómo lo hiciste? -preguntó.
-¿Perdón? No te escuché -paró orejas Niso, divertido, y Pentesilea se mordió los labios-. Y no olvides pedirlo por favor esta vez -continuó con sus burlas.
-Por… por favor… -se apenó Pentesilea, y Niso sonrió-. Dime… cómo lo conseguiste… ¿cómo lograste que Asio sintiera tu ataque? -le preguntó apenada.
-Umm… apenas y eres convincente, creo que necesito más convencimiento -se burló, Pentesilea se fastidió, y Asio azotó su pie en contra del suelo-. ¡Paciencia hombre! -se molestó.
-Es un Combate por Conquista, podría destruirla ahora que puedo -apuntó Asio, pero continuó mirando a Niso fijamente-. Pero estoy tan impresionado, que te daré algo de tiempo, y si para cuando tu lección termine, esta debilucha puede asestarme un mísero golpe, habré aceptado que es la voluntad de los dioses que te enviaron a enseñarnos, y aceptaré inclusive subordinarme a la Reina del Quersoneso. Espero no me hagas perder mi tiempo, hermano -enfureció Asio, les dio espacio, y esperó pacientemente.
-Qué más da, te lo voy a decir… -miró Niso a Pentesilea, quien continuaba mostrándose apenada por requerir de la ayuda de un hombre-. Cuando combatí a Áyax el Grande, me creía invencible, yo poseía su cosmos, ¿cómo podría él vencerme si poseía su cosmos sumado al mío? El muy imbécil me igualó, y no solo eso, otro imbécil más, a quien ya le había partido las costillas a puñetazos, me desfragmentó en miles de partículas, hasta que Ilíona me rearmo -le explicó, mirando a Ilíona, quien apenas y ponía atención, con la Luna reflejada en su ojo izquierdo, y mirando a sus espaldas-. Se acaba el tiempo… -concluyó Niso-. En mi enfrentamiento, Áyax se puso a dar un discurso sobre el cómo si uno poseía la voluntad correcta, el cosmos le ayudaría, o algo así. Lo importante es que hizo un comentario, que al día de hoy vivo intentando poner a prueba… el cosmos… es infinito… no hay límites para nuestro poder, siempre que tengas la convicción de demostrarlo. ¿Tienes la convicción, Pentesilea? ¿Por qué peleas? ¿Tan cegada estás por tu desprecio a los hombres que no quieres ver la realidad? ¡Combatimos por lo que creemos! ¡Y los dos creemos en Ilíona! -le recordó.
-¿Convicción? -se burló Pentesilea- Si de convicción se tratase, bastaría con ella para acabar con esta guerra. Lo que dices es ridículo -le espetó, enfureciendo a Pentesilea.
-Déjala, está cegada en su mundo de mujeres, donde los hombres son basura -interrumpió Asio, mirando a Niso fijamente-. Déjame ver si entiendo. ¿Los Caballeros Dorados piensan, genuinamente, que el cosmos es infinito, y gracias a esto pueden vencernos incluso a nosotros, los Suplicios Obsidiana? -le preguntó Asio.
-De no ser así, no hubieran derrotado a otros como nosotros -le respondió Niso, y Asio meditó al respecto-. Si Agamenón de Capricornio logró vencer a un dios, fuera este un dios menor o no, fue porque creía que podía hacerlo. Tenemos mucho que aprender, hermano -confesó.
-Y poco tiempo para aprenderlo, además -miró Asio detrás de los campamentos, y después a Ilíona, quien calmaba su cosmos en ese momento.
-Están aquí -les explicó, mientras un par de destellos dorados brillaba a sus espaldas, liderando a los ejércitos de Salamina, con Áyax de Tauro y Teucro de Sagitario al frente-. Ya desperdiciamos mucho tiempo… -concluyó Ilíona.
-Abran las puertas, déjenlos entrar -exclamó Asio, sorprendiendo a Niso-. Me golpeaste, Niso… es la primera vez que lo logras. Si la Reina del Quersoneso logró ayudarte a encontrar semejante… convicción… -miró Asio a Pentesilea, quien se negaba a creer en esas tonterías-. Entonces pretendo comprender la causa de la Reina del Quersoneso. Usted no quiere ver al Quersoneso caer, ¿no es así? -preguntó.
-El Quersoneso cayó junto al Puerto de Elayunte… nunca tuvieron oportunidad para empezar -le explicó Ilíona, y Asio, aunque deseaba dudarlo, tuvo que aceptar esa respuesta-. Recuperaremos el Quersoneso… cuando todos los pueblos de Tracia se hayan aliado a Troya para destruir a nuestro enemigo mutuo. No vinimos a conquistarlos, Asio, venimos a salvarlos -terminó su explicación.
-Entonces sálvanos, Reina del Quersoneso -se viró Asio, en dirección a sus hombres, y en dirección a su rey-. ¡Sestos, escucha mi orden! ¡En este momento nos subordinamos a la Reina del Quersoneso! -exclamó Asio, y antes de que Hitarco pudiera quejarse, Ilíona habló primero.
-¡Todos repliéguense a las murallas! ¡Ahora! -enunció Ilíona, elevó su cosmos, y arremetió contra los ejércitos Aqueos con el mismo, empujándolos a todos por los suelos, derribándolos, y permitiendo a los sobrevivientes de Elayunte y de Mádito correr a las murallas, y esconderse dentro- Pentesilea… -comenzó Ilíona, aunque la Amazona no quisiera verla. Se sentía humillada, derrotada-. No me has defraudado, encontrarás tu verdadera fuerza, pero debes seguir viviendo -le pidió, y entonces sintió en el cosmos de su ojo izquierdo el peligro, se viró, y encontró la lanza de Áyax acercándose a su rostro, y a Asio interceptándola.
-¡Retirada! -exclamó Asio, materializando su espada, y lanzando un ataque cortante en contra de Áyax, quien cubrió con su escudo, pero fue lanzado de todas formas-. Ese sujeto… su cosmos es inmenso -se sorprendió Asio.
-Te lo dije -comenzó Niso-. A estos descerebrados les importa un cuerno si tenemos el poder de 2 Caballeros Dorados. ¡Azote de Creatían Taurus! -lanzó su ataque sobre Áyax, quien lo resistió, resopló con fuerza, y comenzó a correr en su dirección-. Pero ahora que lo sé, no puedo arriesgarme a que vuelva a estallar una Batalla de los 1,000 días. ¡Aunque este sujeto no me deja muchas alternativas! -se quejó Niso, pero entonces sintió una fuerza de cosmos dirigirse en su dirección, y evadió apenas la Flecha de la Esperanza de Teucro, quien lo había atacado a distancia para evitar que estallara nuevamente ese conflicto, forzando a Áyax a detenerse, y respetar las reglas del uno contra uno, virando en dirección a Asio y atacándolo a él en su lugar, mientras Teucro volaba en dirección a Niso con la Maza de Libra en su mano-. Esto me va a doler por la mañana -se quejó Niso, recibió el poderoso impacto, y quedó estrellado en las murallas de la ciudad, mientras Pentesilea se sorprendía del poder tanto de los Caballeros Dorados como de los Suplicios Obsidiana.
-¡Pentesilea! -volvió a llamar Ilíona, y tras recuperarse de la molestia de su derrota y humillación, Pentesilea se puso de pie y guio a Ilíona de regreso a la ciudad.
-¡Avancen! -exclamó Áyax, y los Salaminos continuaron con la avanzada, mientras el par de Caballeros Dorados intentaba medirse con el par de Suplicios Obsidiana, aunque afortunadamente, para ambos bandos, al encontrarse rodeados de sus respectivos compatriotas no podían extender el cosmos hasta sus límites o terminarían vaporizando a sus propios hombres.
En realidad, de no ser porque los Caballeros Dorados o los miembros de cualquier orden luchaban acompañados de sus ejércitos, las batallas de cosmos podrían ser incluso más mortíferas de lo que ya eran. Pocas eran las ocasiones, como pasó en el Puerto de Elayunte, en que los combatientes podían darse el lujo de hacer estallar sus cosmos hasta sus límites. De no ser así, terminarían desencadenando nuevamente la Batalla de los 1,000 días, por lo que debían medir sus cosmos, utilizar solamente la porción correcta, e intentar de esa forma doblegar al rival.
-¡Trueno Relampagueante! -lanzaba su ataque Teucro, mismo que Niso resistía con la barrera de su cosmos, al igual que su hermano Asio podía hacer. Era imbatible, pero a momento de atacar, debía medirse.
-¡Azote de Creatían Taurus! -lanzaba su tremenda embestida, dirigiéndola correctamente al cuerpo de Teucro, empujándolo a las líneas de los Salaminos, ganando tiempo y distancia para sus hombres, mientras ellos continuaban entrando por las murallas de la ciudad, preparaban sus flechas, y apuntaban a los Salaminos.
-¡Gran Cuerno! -desvió su ataque Áyax a los arqueros, estaban demasiado cerca de las murallas, si lograban hacerse con la posición podrían inclusive entrar en la ciudad y conquistarla, los arqueros salían disparados por el azote del cosmos de Áyax, quien se preparaba nuevamente para atacarlos, pero no logró hacerlo, ya que Asio lo enfrentaba y lo evitaba.
-¡Guadaña del Inframundo! -bajó su brazo Asio, lanzando un corte, mismo que Áyax evadió, aunque perdió el cuerno derecho al evadirlo a duras penas- Es inútil, estamos igualados. ¡Debemos replegarnos! -enunciaba Asio a su hermano, quien asintió, cuando la lluvia de flechas comenzó a caer, repeliendo a Áyax y a Teucro, quienes se cubrían de las mismas con sus cosmos, aunque por extenderlo para proteger a los Salaminos algunas terminaban golpeándoles la Armadura Dorada. Aquello permitió a Niso y a Asio regresar a la ciudad y encerrarse tras las murallas.
-¡No se replieguen! ¡Escudos arriba! -daba sus órdenes Áyax, y los Salaminos avanzaban con los escudos sobre sus cabezas, intentando llegar a las puertas, y una vez llegaron a las mismas, Áyax comenzó a elevar su cosmos frente a las mismas, e intentó derribarlas, solo que, tras impactar la muralla, su cosmos fue repelido, y fue lanzado por su propio ataque varios metros-. ¿Qué ha sido eso? -se preguntó Áyax, mientras la puerta comenzaba a brillar con un cosmos blanco, que la rodeaba, y la fortalecía.
-¡Atrás Áyax! -gritó Teucro desde la retaguardia, preparando su flecha, elevando su cosmos alrededor de la misma- ¡Flecha de la Esperanza! -lanzó su ataque, se estrelló con la puerta, pero esta no solo lo resistió, sino que regresó el mismo- ¡Imposible! ¡Es como atacar los Escudos de la Luna! ¡Hay que replegarnos y formar nuestros campamentos! ¡Ya buscaremos la forma de derribar esa puerta! -le pidió Teucro, y evadió una lanza de uno de los sobrevivientes de Elayunte- ¡Áyax! -insistió Teucro.
-No hay otra alternativa entonces. ¡Repliéguense! -ordenó, y en la retaguardia, Áyax el Menor tocó la trompeta de retirada, y los Salaminos comenzaron a replegarse, hasta una distancia segura, y comenzaron a preparar los campamentos.
Dentro de la ciudad, tanto Asio como el rey Hitarco observaban maravillados, a Ilíona colocando su mano sobre las puertas de la ciudad, extendiendo su cosmos alrededor de la misma, hasta que dejó de sentir los avances Salaminos, apagó su cosmos, y suspiró aliviada.
-¿Qué clase de magia es esta? Era como el cosmos, pero se sentía distinto, casi celestial -se sorprendió Asio, mientras observaba a Ilíona, quien se dirigió a Pentesilea, intentando animarla.
-Ah, creo que olvidé mencionarlo -sonrió Niso, mirando a su hermano y a su padre-. La Reina del Quersoneso no es solo la representante de Artemisa en Gea, de hecho, es la misma Diosa de la Luna -les explicó, y ambos miraron a Ilíona con sorpresa-. Pero no vamos a ir por allí divulgando estas cosas, ¿o sí? Después de todo, Ilíona no se ganó tu admiración, hermano, por ser una diosa, sino por usar su cosmos de la forma correcta, para defender a tu pueblo -le recordó.
-Si es mi silencio lo que quieres, lo tienes -se acercó Asio a Ilíona, quien lo miró con autoridad, una que no mostraba todo el tiempo, pero que estaba allí, siempre presente-. Reina del Quersoneso, los Salaminos están a nuestras puertas, no nos queda más opción que luchar -insistió Asio.
-Lucharán, solo lo suficiente para permitir la evacuación segura de Sestos -respondió ella, lo que no fue del agrado del rey Hitarco-. Debes escucharme, no puedes comprender la magnitud de esta invasión, pero yo sí puedo hacerlo -le recordó, haciendo su ojo izquierdo brillar con la Luna reflejada en el mismo-. Príamo cometió el mismo error, y desató esta terrible guerra, y lo único que previene su caída, es una muralla construida por dioses. ¿Tu muralla está construida por dioses, Hitarco? -le preguntó con molestia.
-Usted es la que aparentemente no comprende, Reina del Quersoneso -agregó la última parte con cierto tono de sarcasmo, lo que molestó a Niso, quien estuvo a punto de interceder por Ilíona, cuando ella lo tranquilizó con un movimiento de su mano-. ¡No podemos simplemente evacuar la ciudad por las puertas traseras! -se quejó el rey- Antes de que termine la noche estaremos completamente rodeados. La única salida segura será la de las murallas que dan al mar -explicó, mientras apuntaba a unas murallas construidas en la parte oeste, protegidas por un inmenso faro.
-Hero y Leandro -exclamó Ilíona, el rey Hitarco alzó una ceja, pero Asio se mostró sorprendido por lo que había escuchado-. ¡Evacuaremos a Sestos en dirección a Abidos, y atacaremos a los Aqueos por la retaguardia, inspirándonos en el mito de Hero y Leandro! -finalizó ella, determinada a continuar con la guerra.
Anatolia. Ciudad Fortaleza de Mitilene. Capital de Lesbos.
-¡A los muros interiores! -exclamó Hypsipilo, y sus soldados comenzaron con la retirada. Los Mirmidones lo habían hecho bien. Gracias al control mental de Anceo de Lynmades, habían logrado posicionarse tan cerca de la ciudad sin siquiera ser descubiertos. Sus murallas exteriores inclusive, habían sido abiertas por el General Marino quien, además, había noqueado a un dios, Yalemo de Lalemus, quien se decía tenía el poder superior a los de los Jueces del Inframundo. Toda esta serie de eventos tenían a Lesbos en una precaria situación, habían perdido el Muro Exterior, aún quedaban dos muros, el Muro Secundario donde habitaban los pobladores y mercaderes, y el Muro Principal, detrás del cual se encontraba el Palacio de Mitilene- ¡Llévate a tu novio al otro lado del muro! -continuaba Hypsipilo, mientras Hicetaon cargaba a Yalemo en dirección al Muro Secundario.
-¡Era una mujer cuando me sedujo! -intentó defenderse Hicetaon en vano, mientras era perseguido por Anceo de Lynmades y Automedonte de Hipocampo- Maldición… condenados Aqueos, ¿cómo permitimos que pasara esto? -se molestó Hicetaon, y comenzó a sentir el tenue, pero furioso cosmos de Yalemo- ¡Tranquilo, pronto estaremos a salvo! -intentó decir, pero Yalemo se empujó a sí mismo fuera de los brazos de Hicetaon, se posó frente a la entrada del Muro Secundario, y encaró tanto a Anceo como a Automedonte.
-Me han insultado por última vez, Generales Marinos de Poseidón -exclamó, mientras llamas doradas lo rodeaban, y reunía las mismas en una esfera de luz envuelta en ambas manos-. ¡Estallido Creacionista! -lanzó el ataque, Automedonte se colocó a la defensiva, cerrando sus brazos frente a su rostro en forma de cruz, Anceo por otro lado, comprendía mejor el poder de Yalemo, por lo que tacleó a Automedonte a un lado, y atrapó la esfera en sus brazos, inclusive abrazando la misma, así cuando estalló, y la explosión resultante envió tanto a los de Lesbos como a los Mirmidones por los aires, el mayor daño fue absorbido por Anceo, quien vio sus Escamas fracturarse, mientras su cuerpo le ardía- ¿Sacrificas tu hermoso cuerpo por sucios mortales? -preguntó Yalemo, sorprendido.
-Je… ¿qué puedo decirte? -sonrió Anceo, sumamente débil, pero manteniendo aquella sonrisa sínica que lo caracterizaba- Tal vez no lo comprendas porque tu madre no era una mortal, sino una musa, una diosa menor… -se puso de pie Anceo, elevando su cosmos cuanto le era posible, aunque en esos momentos no le era muy sencillo-. Pero la madre de Heracles, y mi madre, ambas fueron mortales. Sí… pudimos intentar conquistar a los mortales comunes, ser tiranos como los dioses, pero en su lugar, descubrimos algo diferente… -volvió a sonreírle Anceo, de una forma que enfurecía bastante a Yalemo-. Humanidad… y solo dos dioses entre todo el conjunto la conocen perfectamente, Athena, y Poseidón… ya que nacen en cuerpos humanos, con cosmos divinos, pero eso no puedes comprenderlo tú, ¿verdad? Tan solo vives por satisfacer tus propios delirios… Heracles hizo bien en elegir a los mortales, yo espero fervientemente que mi decisión sea igualmente retribuida… ven, princesa, todavía no terminamos de bailar… -se burló, a lo que Yalemo respondió elevando su cosmos, furioso, mientras en los alrededores de ambos la evacuación a la Segunda Muralla continuaba, aunque esta parecía no importarles ya. Estaban enfrascados en su batalla personal después de todo, y mientras ambos preparaban sus cosmos, no se dieron cuenta del aterrado mensajero del rey, quien llegaba con noticias inquietantes.
-¿Qué has dicho? ¡Eso no puede ser! -exclamó Hypsipilo sobresaltado- ¡Amo Yalemo! ¡Desista de esta rencilla absurda! ¡Nos han engañado! ¡Este ataque no es para tomar la ciudad! ¡Es un ataque de distracción! ¡Los Mirmidones! ¡Ellos dividieron sus fuerzas y solo nos empujaron a la Segunda Muralla para alejarnos de los puestos de los centinelas! -le explicó Hypsipilo.
-¿Alejarnos de los puestos de los centinelas? Un momento… ¿dónde están los caballeros Dorados? -se preguntó Yalemo, notando entonces que la avanzada de Mirmidones no era numerosa, solo efectiva. Los mejores soldados Mirmidones acompañaban a Anceo y a Automedonte, pero la última vez que Yalemo vio a los Caballeros Dorados, fue tras el asedio inicial, después del cual no los había vuelto a ver- ¿A qué juegan, Anceo? -se molestó.
-Oh, yo no estoy jugando a nada… -sonrió Anceo con cinismo-. Mi único objetivo… era el de mantenerte ocupado, princesito. Concentrar el poder de cosmos en mí y en mi compañero Automedonte. Si el princesito y los Espectros estaban ocupados con nosotros, los Caballeros Dorados podían poner en marcha la evacuación de Lesbos -le sonrió.
-¿Evacuación? ¡No me digas que…! -se impresionó Yalemo, dio un brinco, y Anceo brincó de igual manera dándole persecución. La noche ya reinaba en Lesbos, pero Yalemo reunió una esfera de cosmos en forma de un Sol pequeño, y la lanzó a los aires, y cuando esta estalló, pudo observar a lo lejos a los navíos Cretenses, usando la noche para ocultarse, y navegando muy cerca de las murallas que daban al oeste. Alrededor del Muro Principal, los Mirmidones habían asesinado a todos los centinelas, permitiendo el paso seguro de los Cretenses, apoderándose por completo del Muro Principal, inclusive construyendo sus campamentos dentro de la misma ciudad fortaleza, mientras los Mirmidones más efectivos desataban el caos, empujando a los hombres de Lesbos al Muro Secundario, todo mientras evitaban que los hombres de Lesbos supieran que fuera de los muros la flota Cretense se movilizaba, y ahora se encontraba a una distancia segura de tiros de flecha- ¡Hundiré sus barcos! -exclamó Yalemo, reuniendo nuevamente el Sol en sus manos, cuando fue interceptado por Anceo, quien se estrelló con él de regreso en la ciudad.
-Oh, pero si aún no terminamos de jugar. ¡Impacto de Salamandra! -enunció, y por la corta distancia logró electrificar nuevamente el cuerpo de Yalemo, utilizando todo su cosmos para lograrlo. La fuerza del relámpago era la debilidad de los dioses, por ello Zeus se había hecho tan fácilmente con el puesto del rey de los dioses. Por esta razón Yalemo era vulnerable a los ataques de Anceo, pero no solo eso, el cosmos de Anceo era inmenso, desafiaba el suyo, el dolor que sentía Yalemo era tal que su nariz le comenzaba a sangrar. Yalemo estaba próximo a llegar a su límite, cuando un cosmos oscuro lo salvó.
-¡La Sombra de Corvis! -lanzó su ataque Hicetaon sobre Anceo, quien recibió varias sombras de Cuervos demoniacos que estallaban a contacto con el General Marino y lo lanzaron lejos de Yalemo, a quien Hicetaon levantó, y llevó a los interiores de la Muralla Secundaria.
-¡Anceo! -se apresuró Automedonte a su lado, ayudándolo a ponerse de pie- Combatiste valientemente amigo, pero si no te vas ahora, no lograrás subir a los navíos Cretenses, hay una barca esperándote del otro lado de la muralla del oeste -le explicó Automedonte.
-Si me voy ahora… Yalemo los fulminará a todos… -se repuso Anceo con debilidad, mientras observaba a las puertas de la Muralla secundaria cerrarse, terminando con la evacuación de los soldados de Lesbos-. Los Caballeros Dorados no pueden tocarlo, Casandra dijo que Agamenón solo pudo enfrentarse a Lino porque el mismo Lino renunció a su ventaja voluntariamente para darle una batalla justa a Agamenón… este sujeto… la justicia es lo que menos le importa, solo le importa su belleza y a cuantos hombres pueda seducir con la misma… si no estoy yo aquí para detenerlo, ¿quién lo hará? -le preguntó.
-Puedo hacerlo -intentó razonar con él Automedonte-. Gracias a Aquiles comprendo que el cosmos es infinito, y no visto una Armadura Dorada. Puedo hacerlo, Anceo. Pero solo tú puedes evitar una masacre en Cos… -le recordó, por lo que Anceo se mordió los labios con molestia-. ¡Fuiste el príncipe de Cos! ¡Si los barcos se van y no llegas a Cos junto con ellos, tu reino será…! -intentó decirle Automedonte.
-Automedonte… elegí el bando Aqueo… y a Creta -le recordó Anceo, y Automedonte meditó al respecto-. Renuncié a mi reino en busca de gloria hace mucho tiempo. Navegué con los Argonautas, vi al mismísimo Heracles asesinar a mi hermano el rey Eurípilo de Cos. No voy a decirte que no me dolería mucho que Cos, mi antiguo reino, fuera destruido… pero yo como Heracles, no tengo reino… elegí a los mortales como mis hermanos. Y elegí a los Aqueos para defender. Gracias por la oferta, pero no gracias, me quedo aquí, a enfrentar a ese sujeto… -finalizó, se dio la vuelta, y regresó a los campamentos, donde Aquiles los esperaba con orgullo-. Anceo de Lynmades reportándose a servicio, mi señor Aquiles -le ofreció la mano Anceo.
-Ah, el Argonauta que conoció a Jasón y a Heracles -se alegró Aquiles, aceptando el apretón de mano de Anceo-. Eres de los pocos afortunados que logró conocerlos, Anceo. Sería un honor para mí, que me platicaras de Jasón y de Heracles, mientras terminamos de construir los campamentos. ¿Es verdad que eran tan grandes como los dioses? ¿Cómo vivieron? ¿Cómo murieron? Quiero saberlo todo de ellos -le pidió.
-¿Todo mi señor? Sería una plática muy larga -le sonrió Anceo, mientras Aquiles lo invitaba a seguirlo a su tienda, donde una furiosa Briseida intentó asesinar a Aquiles con un cuchillo de cocina que de alguna forma había encontrado pese a estar encadenada a un poste, Aquiles la desarmó sin problemas, evidentemente acostumbrado ya a los ataques de Briseida, y la encadenó más cerca del poste, invitando a Anceo a sentarse en una silla cercana-. Conozco la historia de Heracles, desde su nacimiento, hasta su muerte. No éramos exactamente amigos, éramos más bien, rivales amigables -confesó, y Aquiles sonrió, mientras llenaba unas copas de vino, y le recordaba a Briseida que este debía ser su deber, aunque ella se limitaba a maldecir y llamarlo poco hombre, pero Aquiles lograba ignorarla, y entregaba una copa a Anceo-. Muchas gracias… -reverencio-. Por cierto, solo dé la orden y la convertiré en una esclava sumisa, tengo el poder de hacerlo -le recordó.
-¿Cómo hiciste con los 50 centinelas? Te agradezco la oferta, pero intento entrenarla correctamente. En el momento en que me canse de ella le rebano la garganta -la miró Aquiles con desprecio, y Briseida escupió, aunque su escupitajo no llegó muy lejos-. Pero ignórala, me decías de Heracles, aunque creo que soy un poco más allegado a Jasón -le enunció.
-Ah, de Jasón también sé mucho, pero solo hasta que dejamos de vernos, no puedo decirle cómo murió, ya que Jasón… no ha muerto… -le explicó Anceo, y Aquiles escupió su bebida en señal de sorpresa-. Por favor mi señor Aquiles, ¿de verdad creyó esa ridícula historia de que Jasón había muerto de locura, y aplastado por el mástil de la nave Argos? Yo era el timonel de esa nave, sé que tan resistente es. Ni el tiempo mismo la hubiera destruido -le aseguró.
-¿Cómo estás tan seguro de que Jasón sigue con vida? Quiero decir, mi padre era un Argonauta también, pero él dijo que Jasón había muerto, ¿cómo creerte por sobre mi padre? -le preguntó curioso.
-Porque yo sé dónde está, y no está muy lejos de aquí -le mencionó, y Aquiles se mostró curioso al respecto-. Como dije, puedo contarle de Jasón, hasta el punto donde nos separamos, el resto, si usted así lo prefiere, mi señor… ¿qué le parecería que se lo contara el mismísimo Jasón? -le preguntó, Aquiles sonrió, y se mostró peculiarmente interesado en la conversación.
Campamentos Aqueos.
-¡Yearght! -gritaba Anficlas con fuerza, lanzando una estocada fuerte y precisa, misma que interceptaba Shana con su escudo, resistiendo los embistes, que llegaban uno tras otro, y que Shana parecía comenzar a resistir- ¿Pensabas que iba a ablandarme por todo ese tiempo de incapacidad, princesita? Como puedes ver no he perdido el toque -continuó mientras asestaba más y más golpes, doblegando a Shana, y forzándola a sus rodillas-. Aunque puedo ver que eres mejor con un escudo que con una espada -le sonrió.
-¿Es un halago, madre? ¡Prepárate a halagarme aún más! -se agachó Shana, empujó con ambos brazos, levantando a Anficlas, y lanzándola por el aire hasta que Anficlas aterrizó pesadamente detrás de Shana, quien comenzó a respirar pesadamente por el esfuerzo.
-Eso… estuvo bastante bien… -enunció Lodis, con Cinortas dormido en brazos. A petición de Anficlas, Lodis se había convertido en la cuidadora oficial de Cinortas, mientras Anficlas continuaba con los entrenamientos de Shana y el bebé no requiriera de alimentación, razón por la que era la única, además de Anficlas, que conocía que Shana estaba siendo entrenada-. Esa es una maniobra de los soldados de Calidón, ¿verdad? Vi a los Calidonios utilizarla mientras se defendían de las tropas de Cobre de Chipre -exclamó sorprendida.
-Pero Shana no estuvo en Chipre -se puso de pie Anficlas muy molesta-. Y hasta donde sé, jamás estuvo en Calidón. ¿Quién te enseñó esa maniobra? No estuviste buscando entrenamiento de otros soldados además de mí, ¿o sí Athena? -preguntó, sobresaltando a Shana, quien sabía perfectamente que cuando Anficlas la llamaba Athena, era porque estaba molesta.
-Mientras estuviste incapacitada, pensé en ello -confesó, y Anficlas se preparó para darle un sermón, cuando ella se adelantó y habló primero-. Obvio no le pedí ayuda a ningún soldado, no lo hubieran aprobado. Así que busqué la ayuda de alguien más… de uno de mis favoritos… -le explicó.
-Odiseo, Aquiles o Diomedes… -concluyó Anficlas-. Obviamente no fue Aquiles, y Odiseo es un estratega, no un hombre de guerra… así que, si me disculpas, voy a darle una paliza a tu padre por meterse en mi clase de entrenamiento -comenzó a retirarse Anficlas, pero Shana la detuvo.
-No fue Diomedes, ¿qué crees que diría si se entera? -se defendió Shana, y Anficlas se cruzó de brazos-. Fue Tideo… -le explicó, y Anficlas se tomó unos momentos para comprender aquella información, y exclamó con sorpresa-. Mientras más entreno… más recuerdo… -se recordó a sí misma Shana, de una encarnación pasada, con un joven Tideo, casi idéntico a Diomedes, pero de cabello rubio, vistiendo una armadura de Calidón, dentro de un templo en honor a Atenea, y practicando con la mismísima diosa-. Yo entrené a Tideo… y él vino a mí a recordármelo… no es el primero que me visita, y creo que no será el último… Anficlas… estoy recordando… -le confesó, y Anficlas se mostró impresionada, se arrodilló, e hizo una reverencia-. Sigo siendo Shana -le explicó.
-No me estoy disculpando por lo que ya he hecho… -le explicó Anficlas, desenvainó su espada, y atacó. En acto reflejo Shana se defendió-. Me disculpo… porque a partir de ahora, el verdadero entrenamiento empieza… Diosa de la Sabiduría en la Guerra -se burló, arremetió con todas sus fuerzas, y para sorpresa de Lodis, Shana logró defenderse efectivamente-. Allí estás… -volvió a sonreír Anficlas, mientras Shana se armaba con su escudo, se defendía, resistía los embiste, daba sus propias estocadas-. Tu técnica no es perfecta, tu cuerpo sigue sin estar listo, pero la idea, las bases… allí están… -continuaba Anficlas, tomándose más enserio el combate, obligando a Shana a defenderse, y a asestar intentando hacer a Anficlas retroceder-. Cuando comenzamos con esto te pregunté, ¿qué podría enseñarle a la Diosa de la Sabiduría en la Guerra? Y ahora lo comprendo… no hay nada que pueda enseñarte… -confesó, mientras Shana lograba golpear a Anficlas en la empuñadura, desarmándola, Shana entonces empujó la parte trasera de la rodilla de Anficlas, la derribó, y terminó con su espada contra la garganta de Anficlas-. Solo debía ayudarte a recordar… -le explicó, y Shana le sonrió en ese momento.
-Tenías razón -agregó con una sonrisa, y ayudó a Anficlas a levantarse-. Pero mi cuerpo no está listo… todo lo que hice… me causa mucho dolor. No puedo acompañar a los Aqueos a la guerra así, solo terminaré siendo una carga, además… hay mucho que no recuerdo todavía, y aún si lo recordara todo, hay una cosa que no puedo hacer, sin importar cuanto recuerde de mi pasado… -bajó la cabeza Shana, apenada, y sus ojos se llenaron de lágrimas-. No puedo tomar una vida… no tengo el corazón para hacerlo… -le confesó, y Anficlas meditó al respecto.
-De momento… es más importante que preparemos tu cuerpo, para hacer lo que hiciste hoy… -le explicó Anficlas, y Shana asintió-. Las técnicas de escudo y espada tampoco son suficientes, aprenderás a usar el arco y la flecha, a cabalgar con o sin auriga, y a moverte con una armadura puesta de forma efectiva, y al final… la lanza… -materializó su lanza Anficlas-. Puede que con escudo y espada seas superior a mí, cariño, pero nadie me supera con una lanza… esta, es el arma por excelencia, no es la espada, ni el arco y la flecha. Si sabes usar la lanza -la giró alrededor suyo Anficlas, con varios movimientos rápidos, certeros, casi hipnóticos-. En ese momento estarás lista -finalizó.
-¿Cuánto tiempo crees que me tome estar lista? -le preguntó, con una seriedad tal, que Anficlas supo que algo iba mal- Anficlas… he estado vigilando a mis Caballeros Dorados… siempre lo hago. He visto lo que pasa en el Quersoneso, he visto lo que pasa en las costas de Asia Menor… y he visto lo que ocurre aquí en los campamentos. La empresa se está retrasando, y no solo eso… en el Quersoneso… por lo que he visto… no solo se está defendiendo… se está organizando. Hay una mente militar muy grande en el Quersoneso, y presiento que pronto va a demostrar su verdadera valía -aseguró Shana, lo que preocupaba a Anficlas.
Tracia. El Quersoneso Tracio. Sestos, Sala del Consejo de Guerra.
-Los invasores Aqueos han llegado a estas tierras neutrales, y lo hicieron en números inmensos, y con armamento muy superior a cualquiera que se presente en el Quersoneso -enunciaba Ilíona ante el consejo de guerra de Sestos, con los Espectros Polidoro y Deípilo a su lado, Niso sentándose junto a su hermano Asio en el consejo y al lado del rey Hitarco, mientras Pentesilea descansaba en la enfermería, y meditaba mientras miraba su Seleneida restaurada, sobre su derrota de aquella noche-. Los Peltastas, cargan lanzas de madera, y escudos de mimbre, de pelta o de adarga, o de una combinación de todas las anteriores. Incluso sus armaduras, no son más que montones de piel -les recordó, mirando a los mal armados guerreros del Quersoneso-. Sus corazones son valientes, han defendido el Quersoneso y lo han hecho bien, pero sus enemigos visten de bronce, de plata y de oro… -les mencionaba, incomodando a los pobres soldados-. Sus armas son de hierro, de cobre, y de metales preciosos, son disciplinados, furiosos, poderosos. De nada sirven los números de los hombres del Quersoneso, si un hombre bien armado de Salamina puede despedazarlos tan fácilmente, y sus flechas recorren distancias aún más largas, que las piedras en las ondas de los Peltastas. Esta tierra, estuvo perdida desde un inicio, el enemigo simplemente es superior en su armamento. Se defendieron bien, eligieron luchar por su tierra, pero no es suficiente. Les pido recapacitar, dejen el Quersoneso, que los invasores piensen que han ganado estas tierras. Yo viví en Troya, allí hay metales que cubrirán sus cuerpos, armamento que hará temblar a sus enemigos, y una muralla, creada por los mismos dioses, que por 2 años sus enemigos han intentado derribar sin éxito. Si vienen conmigo, de regreso a Troya. ¡Destruiremos a nuestros enemigos! ¡Y recuperaremos nuestras tierras! -enunció, y los Peltastas, sintiéndose motivados, clamaron el nombre de Ilíona- Del otro lado del mar, Abidos es visible. Nuestros hermanos no nos dejarán morir, y así como en el cuento de Hero y Leandro, ¡Cruzaremos el Helesponto! ¡Mientras nuestros enemigos intentan destruir nuestras murallas! ¡Será la marcha más épica de la historia de las Guerras del Honor! ¡Cuando más de 10,000 Pestaltas crucen el Helesponto desde Sestos hasta Abidos, y juntos destruyamos a los Aqueos al atacarlos por la retaguardia! ¿Están conmigo? -gritó Iliona, determinada, y los Pestaltas clamaron su nombre, sintiéndose motivados por aplastar al enemigo que los había expulsado de sus tierras.
-Te dije que era una verdadera reina -se burló Niso, y Asio asintió con entusiasmo ante las palabras de su hermano-. No importa si parece imposible, si es la Reina del Quersoneso, solo ella podría liderar a 10,000 hombres en dirección a Abidos. Los Aqueos de verdad, no sabrán qué los golpeó, cuando masacremos a sus hombres por detrás -se entusiasmó Niso, sintiendo que la batalla decisiva por el control del Mar Egeo, estaba más cerca que nunca.
