Ya sé, ya sé, no me duró mucho la constancia, desgraciadamente, la excusa es mucho trabajo, hago lo que puedo, lo siento. A contestar reviews.
TsukihimePrincess: ¿Por dónde empiezo? No recuerdo muy bien el capítulo anterior, ha pasado mucho tiempo, ya sé que estás acostumbrada a mis desapariciones, lo lamento. Shana de poco a poco se va transformando en la verdadera diosa de la Sabiduría en la Guerra, quiero lograr con ella tener a un personaje intermedio entre ambas caras. En la saga clásica, Saori era una princesa en peligro la mayor parte del tiempo, y la verdad de sabiduría no mostraba mucho, aunque tenía facetas de guerrera, pero nadie le permitía explotarlas. Con Sasha fue un tanto diferente, ella era estratega, más no guerrera, extrañamente, si lo vemos como una balanza, Saori estaba más inclinada a la guerra y Sasha a la Sabiduría. Mi objetivo con Shana es lograr el equilibrio en ambas caras, aunque se inclina últimamente a la guerra. Pentesilea es arrogante, ese es su carácter, pero de poco en poco intento darle una madurez que la convierta en una guerrera por excelencia, su evolución es lenta, pero espero que los cambio se estén notando. Antes comparé a Pentesilea con una feminazi moderna, a lo que me refería es, a que era una persona con una venda en los ojos que le impide ver más que la realidad que conoce, cuando una persona entra a una realidad distinta, solo puede adaptarse o extinguirse, ese es el potencial de Pentesilea. Yalemo, ese es punto y aparte, me sirve para calmar a las masas, no les voy a dar del yaoi que quieren ver, pero les voy a dar un dulce para que se aplaquen, impunitas, jajaja. Jasón tendrá un buen papel, pero te adelanto que no será un personaje central en el mito, es muy difícil cubrir 10 años de una guerra, por lo que, en ocasiones, debo anclarme de otros mitos, en este caso del de Jasón. Aunque también admito que lo estoy colocando por 2 razones extras, primero, para asegurar la integración con Guerras Doradas, y en segunda instancia, para no tener que escribir una historia de los Argonautas, jajaja.
dafguerrero: Amm… feliz año nuevo, jajajajaja. No estoy seguro si ver a Ilíona como una tirana, yo la imagino un poco al estilo de Daenerys de Game of Thrones, como un personaje cuya evolución y buen corazón la convierte en un personaje a quien otros desean seguir, pero bueno, esa es solo una impresión, la verdad es que Ilíona no termina de convencerme ni a mí mismo, pero hago lo que puedo. Como mencioné antes, Pentesilea está en plena evolución, su ingenuidad de poco en poco se irá transformando en empatía, tenlo por seguro, pero siempre rondará un punto que para ella es irrefutable, que la mujer es superior al hombre según ella. Yo no descartaría a Apolo, en verdad es más poderoso de lo que muchos dan crédito, tal es el caso que en la mitología, Zeus estaba celoso de él, además, diferente de otros dioses, es un dios que usa mucho su mente, así que, no lo subestimes. No entendí muy bien tu pregunta, pero para la Orden de Apolo, así como en la de Athena se dividen en Oro, Plata y Bronce, la Orden de Apolo se divide en Egleteos, Jinetes de Helios y Epítetos del Sol, en ese orden de jerarquía, pero todos poseyendo un poder similar al de los Caballeros de Oro. Sobre Anceo, me da gusto que hayas disfrutado su participación, la verdad es que es difícil mantener a tantos personajes siendo relevantes, y es por esta razón que tiendo a cambiar foco de atención, en ocasiones son los Caballeros Dorados, en otra los Espectros, en otras los Generales Marinos, a veces la historia se centra enteramente en el Quersoneso, a veces enteramente en Troya, a veces un poco de todo, en verdad que le Guerra de Troya es más de lo que me imaginé cuando me atreví a escribir esta historia… me pregunto si hay otras historias de la Guerra de Troya en fan fiction sobre Saint Seiya, no puedo ser el único lunático por aquí. Briseida siempre fue un personaje sobrevalorado, no esperes mucho de ella, y sobre Shana, espero proto pueda ser un personaje más relevante para la historia.
Althea Leo: Este fic seguirá hasta que lo termine, fecha estimada de termino está datada por allí del 2050, espero sigan vivos todos mis lectores y lectoras para entonces, de verdad lo siento, no soy muy bueno actualizando constantemente. Claro que me interesa lo de que seas artista, con gusto mándame un PM y vemos el tema, de verdad quiero dedicarme un poco más de lleno a Guerras de Troya, y tener una ayuda visual me ayudaría mucho.
Saint Seiya: Guerras de Troya.
Troya: Año Dos.
Capítulo 7: La Balanza del Poder se Inclina.
Tracia. El Quersoneso Tracio. Sestos. Sala del Trono de Sestos. Año 1,194 A.C.
Caía la noche en el Quersoneso. Apolo abandonaba los cielos, aparentando sumergirse en el mar, sumiendo al Helesponto en una perpetua oscuridad. Una oscuridad que podría ser pacífica y tranquila, guiada únicamente por el suave sonido de las olas golpeando las paredes de la ciudad fortificada de Sestos, arrullando inclusive a los centinelas a un sueño profundo.
Así es como debería de ser, pero por casi una Luna entera, el sonido del oleaje había quedado opacado por los gritos de guerra, el batir de las espadas, el choque del metal, y la agonía de la vida escapando por la garganta de los guerreros de Salamina o los Peltastas del Quersoneso, mientras la feroz batalla por el dominio del Helesponto continuaba sin descanso alguno.
El Rey Hitarco de Sestos, nuevamente observaba la masacre que ocurría del otro lado de sus murallas desde el balcón de su sala del trono, mientras los Salaminos arrasaban con los Peltastas como si fuesen un ejército sumamente numeroso. Sin embargo, la realidad era muy distinta. Los ejércitos de Salamina no eran tan numerosos en esos momentos, a lo mucho, llegarían a las 3,000 lanzas, que en contraposición a las 6,000 que defendían a Sestos debieran significar una aplastante victoria por parte de los nativos del Quersoneso. Y, sin embargo, la única razón por la que Sestos sobrevivía, era una muralla con la protección de la Luna, ya que los hombres de Salamina resultaban estar mejor armados, ser más disciplinados, e ínfimamente más violentos que los pacíficos hombres del Quersoneso.
-¡Esto es inaudito! ¡Nuestras provisiones pronto escasearán! ¡Estamos perdidos! -sollozaba el anciano rey, quien furioso, dejaba de observar el balcón, y se dirigía a Ilíona, quien permanecía con los ojos cerrados sentada sobre una almohada de sedas preciosas, con Pentesilea peinándole la larga cabellera dorada- ¡Las he aceptado en mi corte! ¡Sus hombres deberían estar allí fuera luchando también! -apuntaba el molesto rey.
-Se lo he dicho ya muchas veces, Rey Hitarco -le respondía Ilíona, sumamente tranquila-. 10,000 lanzas me respaldan, 10,000 lanzas llevaré a Troya. Ni uno solo de mis hombres perderá la vida en una inútil batalla por el Quersoneso. Además, le recuerdo, que mis hombres son más que los suyos. No osaría iniciar una batalla dentro de sus propias murallas, ¿verdad? -amenazó Ilíona, a lo que el Rey Hitarco respondió con rabia- Mi paciencia se está agotando. Solo la barrera de la Luna impide a los hombres de Salamina demoler sus murallas e incendiar Sestos. Decida ahora antes de que no quede nada que defender -continuó Ilíona.
-¡No le entregaré mi reino a una mujer! -fue la respuesta de Hitarco, misma que molestó a Pentesilea, quien intentó tomar su arma, pero se tranquilizó, acto que no pasó desapercibido para Ilíona- ¡Asio traerá la victoria! ¡No puede ser vencido! ¡Es el Suplicio Obsidiana más fuerte que existe! -aseguró el rey.
-Y está a punto de que le partan el orgullo -escuchó Hitarco a su hijo Niso, el Suplicio Obsidiana del Toro de Creta, y la Estrella Celeste del Desastre, por quien Hitarco sentía un odio profundo-. No he combatido por órdenes de mi reina, pero mi cosmos se sacude con fuerza con cada embiste de Áyax el Grande. Puedo sentir en su cosmos el cómo entra en conflicto con el de mi hermano Asio… es bastante… ilustrador… pronto descubrirás que los Caballeros Dorados no deben ser subestimados, aciano -aseguró Niso, mientras sentía en su cosmos a Áyax el Grande, y lo sentía en su terrible batalla.
Pentesilea se encontraba al pendiente de la batalla de igual manera. No sentía el cosmos de Áyax como Niso, pero se inclinaba a sentir otro cosmos más violento y desesperado, el cosmos de Asio, que con cada instante que pasaba crecía exponencialmente, pero con la misma velocidad con que crecía, el mismo se achicaba, y con cada reducción de su cosmos, la preocupación de Pentesilea crecía, hasta que por fin, mientras intentaba amarrar la trenza de Ilíona, sintió un embiste de cosmos muy potente, y terminó tirando de la cabellera de Ilíona con fuerza, arrancándole un mechón de cabello.
-¡Aaaaaaaaaah! -gritó Ilíona de improviso, perdiendo toda la compostura, y sorprendiendo a los presentes, entre ellos, los Espectros Polidoro y Deípilo, quienes hasta esos momentos montaban guardia fuera de la Sala del Trono, y entraron en pánico tras escuchar a su madre y hermana, no necesariamente en ese orden, gritar en pena, terminando encontrándola con los ojos a punto de soltarse en un llanto descomunal- Pente… silea… duele… -lloró Ilíona, forzando a Pentesilea a descubrir el mechón de cabello en su mano derecha, y a sobarle rápidamente la cabellera a Ilíona intentando apaciguar su dolor-. Me retiro a… mis aposentos… cuando cambie de opinión… -intentó decir, pero el dolor del cuerpo mortal de Ilíona era demasiado, por lo que terminó abrazándose de Deípilo y llorando en su pecho, mientras Polidoro la cubría con su capa y la ayudaba a salir de la Sala del Trono. Una vez que Ilíona dejó la Sala del Trono, Pentesilea de inmediato intentó salir de igual manera, solo que Niso la detuvo.
-Tu obligada preocupación por mi hermano, me enferma -exclamó Niso a momento que Pentesilea intentaba salir de la Sala del Trono, deteniéndola en ese instante con sus palabras-. Antes cuando te miraba, estaba seguro de ver a una mujer que, pese a sus enfermizos principios en contra de los hombres, era fuerte e inquebrantable. Si tan solo pudieras mirarte a ti misma ahora, débil, una sombra de lo que solías ser… es repulsivo… -señaló Niso.
-Son las leyes de las Amazonas, no tengo derecho a ignorarlas… fui derrotada por tu hermano, y, por consiguiente, solo tengo una alternativa… -fue su respuesta, y de inmediato salió de la sala del trono, dirigiéndose a las murallas interiores que rodeaban al castillo, lugar donde encontró a un grupo de soldados cargando una camilla, misma en la cual llevaban a Asio a cuestas en dirección al palacio-. ¡Asio! -llamó Pentesilea.
-Ah, mi sombra ha llegado por fin -se burló Asio débilmente, molestando a Pentesilea, quien pese a sentir una rabia inquietante, estaba ahora sujeta a las leyes de las Amazonas, y debía contener su ira-. Déjennos… ella se hará cargo ahora -exclamó Asio. Una vez que los Peltastas lo llevaron a una habitación donde los médicos se suponían debían atenderlo, se retiraron, e inclusive los mismos médicos fueron expulsados del lugar por Asio-. Si no vas a abandonar esta tontería de servirme por haberte, según tú, derrotado, entonces voy a aprovecharme. Puedes comenzar con la herida en mi costado, ese malnacido de Áyax me rompió una costilla -se burló nuevamente.
-Comenzaré si no le molesta… mi señor… -habló Pentesilea entre dientes, comenzando a limpiar la herida de Asio, sintiéndose muy molesta mientras lo hacía. Asio por su parte, lo disfrutaba en todo momento.
-No voy a decirte que no me es placentera tu humillación. Pero solo por curiosidad he de preguntar, mi hermano y tú… -intentó decir Asio, quien se quejó de improviso en el momento en que Pentesilea, desafiando sus ordenanzas en honor a los dioses, le aplastó la herida costilla a Asio.
-Lo lamento, mi señor, no fue intencional… -agregó Pentesilea con arrogancia. Pero pese a la misma, continuó limpiando la herida de Asio-. Estoy obligada a responder con la verdad a todas sus preguntas por decreto divino. Solo por ello le responderé. Su hermano, si bien lo considero un guerrero formidable, no significa nada para mí. Ningún hombre significará jamás nada para mí. Usted mi señor, goza del privilegio de la conquista al derrotarme en batalla, eso es todo -le aseguró Pentesilea, y comenzó a vendar el cuerpo de Asio.
-Si eso es cierto, no me contendré y te tomaré como a una concubina cualquiera. De cualquier forma, es mi derecho -la tomó del cuello Asio, azotándola contra el camastro en que estaban. Pentesilea estaba furiosa, pero en lugar de combatirlo, desistió y dejó que pasara lo que tuviera que pasar. Para fortuna de ella, sin embargo, Asio no estaba interesado en ella en lo más mínimo-. Si estás obligada a contestarme con sinceridad por decreto divino, entonces, dime si alguna vez un hombre ha logrado convertirse en sujeto de tu admiración, no necesariamente militar, sino carnal. ¿Te entregarías a un hombre voluntariamente, Pentesilea? -le preguntó sin rodeos, y la furiosa Amazona, fue forzada a contestar.
-Solo hay un hombre por el cual estaría dispuesta a abandonar mi odio, Asio… -se molestó Pentesilea, pateando a Asio, y obligándolo a separarse de ella-. Un hombre que apenas y sabe que existo. Su nombre, es Héctor, hijo de Príamo -sentenció Pentesilea, sumamente molesta.
-Entonces deja de fingir que debes obedecer a las reglas de las Amazonas, y conviértete en la mujer por la cual Héctor dejaría a su esposa Andrómaca -le apuntó Asio, y en ese momento, el corazón de Pentesilea decayó en pena-. Mucho se cuenta de Héctor y de su grandeza. Seguramente no existe, ni existirá, un hombre más valiente y grande que Héctor. Si deseas su admiración, no puedes dejarte vencer ni por las exigencias de los dioses. Decreto divino, no son más que patrañas. Si no hubieses sido tan obstinada, y hubieses escuchado a Niso, tal vez no estarías en esta situación. El odio, sesga al sentido común. Abandona el odio que sientes y aprende, solo entonces, serás digna de Héctor -le aseguró Asio, y Pentesilea tan solo bajó la mirada en depresión-. Terca hasta el final por lo que veo. ¿Quiere decir que, si te ordenara acabar con tu propia vida, lo harías sin titubear por tu decreto divino? -le preguntó, a lo que Pentesilea respondió materializando su hacha, y acercando su filo a su antebrazo- Con un cuerno de Minotauro, bien, si quieres una orden, eso es lo que te voy a dar -aseguró Asio, y Pentesilea cerró los ojos, y esperó-. Te ordeno, vivir por tus propias exigencias, no por las limitantes de los dioses, esa es mi orden, y por decreto divino, debes cumplirla -le espetó, lo que sorprendió a Pentesilea-. Héctor jamás amaría a una cobarde que solo sigue ciegamente órdenes. Trata de comprenderlo, y de volverte digna de su atención -finalizó, se colocó su Suplice, y salió de la habitación en medio de una rabieta.
Troya. Décima Ciudadela, Ilión.
-Quiero una respuesta sincera, Lápix, no lo que Eneas desee que me digas… -aquella tarde, la Ciudadela de Ilión había sido recibida por una imagen muy pocas veces vista, ya que Héctor había subido a la Décima Ciudadela acompañado de Andrómaca, y de los Espectros Cebríones de Auriga, la Estrella Terrestre de la Flexibilidad, y Polidamante de Augur, la Estrella Terrestre de la Osadía, sin vestir su propia Suplice, vistiendo en su lugar una túnica azul oscura, y su larga cabellera atada en una coleta que su casco normalmente no permitía que se viera. Su barba estaba igual de descuidada que siempre, y sus ojos violetas e inexpresivos tan fieros como si jamás hubiese abandonado el campo de batalla. Era indudable que con o sin su Suplice, Héctor era imponente, algunos inclusive dudarían de su humanidad o flexibilidad, simple y sencillamente era un ser indomable. De no ser por Andrómaca, quien había llegado junto con él a Ilión, y quien ya llevaba varias horas encerrada en la habitación de Lápix, el partero real de Dárdanos, muchos podrían pensar que lo que Héctor buscaba, era un enfrentamiento-. ¿Y bien? -agregó con molestia Héctor.
-Paciencia, mi señor, déjeme darle el resultado como es debido -respondió Lápix, sintiéndose incomodado-. Así como sus sospechas se lo han hecho saber, los vómitos y la fatiga, sumado a su temperatura corporal que ha aumentado, no dejan lugar a dudas. Su esposa, Andrómaca, está embarazada, felicidades -le respondió Lápix.
-Eso es todo lo que necesitaba saber -le respondió Héctor, y de inmediato miró a sus acompañantes-. Polidamante, mi Suplice, Cebríones, alista mi auriga -ordenó Héctor. Los Espectros se dispusieron a obedecer, más antes de que Héctor pudiera retirase, Andrómaca salió a medio vestir de la habitación de Lápix, donde había tenido lugar la evaluación, y tomó del brazo de Héctor.
-¡Héctor! -suplicó Andrómaca, con ojos llorosos, y mirando a Héctor fijamente, cuya mirada de molestia fue reemplazada por una de ternura que rara vez se veía en él- Este debería ser un momento de alegría. Por fin tras años de estar casados he sido bendecida por los dioses con un heredero de tu propia sangre. ¿Por qué entonces este momento me trae tanto pesar? ¿Por qué en un momento como este solo puedes pensar en la guerra? -sentenció Andrómaca.
-No lo entiendes, nadie lo entiende, se niegan a ver lo que es más que evidente. ¡No puedo ser feliz mientras la guerra se encuentre a nuestro alrededor! -sentenció Héctor, furioso, y Andrómaca retrocedió, asustada por la violencia de su marido- No es que no hubiese deseado antes tener un hijo propio, Andrómaca… simplemente no era el momento, en realidad este es el peor de los momentos, pero fue la orden de mi padre el obligarme a embarazarte para dejar atrás a un heredero. ¿No lo entiendes? ¿Cómo puedo ser un buen padre, si el mundo en el que mi hijo ahora está forzado a nacer, es una miseria? -se fastidió Héctor, y los ojos de Andrómaca se llenaron de lágrimas- No puedo permitir que mi hijo nazca en un mundo así, encerrado tras las murallas, sin poder conocer el mundo fuera de las mismas. ¿Cómo podría ver a mi hijo a los ojos y explicarle que, mientras la familia real vive rodeada de lujos y alimentos dignos de los dioses, los soldados viven en la mugre y el lodo, algunos sin comer por días, mientras mujeres y niños mueren de hambre? ¿Es ese el mundo que quieres que conozca nuestro hijo? ¡Por eso les dije que no pretendía dejar herederos aún! ¡Mientras esta absurda guerra continúe, no tengo derecho a criar a un hijo! ¡Es por eso que debo volver! Antes de su nacimiento… esta guerra habrá terminado, y ese niño tendrá un hogar digno de él. Y para lograrlo, debo regresar cuanto antes. Perdóname, Andrómaca, así es como debe de ser -finalizó Héctor, al momento de que Polidamante le entregaba su casco a Héctor, quien, tras ponérselo, inmediatamente fue revestido por su Suplice-. Ah, ya extrañaba este poder -sentenció Héctor, mirando su mano, y cerrándola en un puño con fuerza, antes de comenzar a caminar por el palacio, y lejos de Andrómaca-. ¿Cuánto tiempo he estado fuera de la guerra? -preguntó Héctor.
-Poco más de 9 Lunas, mi señor -fue la respuesta de Polidamante-. Tal parece que, para conseguir un heredero, le hizo falta fabricar uno sin recibirlo primero -se burló Polidamante.
-No fue por falta de intentos, eso te lo aseguro -le respondió Héctor-. Estoy seguro de que inclusive Creúsa se sonrojaría por todos los intentos que hubieron. Mi amada Andrómaca no goza de buena fertilidad, su familia, contrario de la mía, apenas y tiene descendencia. Se cuenta inclusive que su padre, el rey Eetión, tuvo que hacer un funesto trato con Hades para hacerse de la capacidad para procrear a sus 7 hijos. Lo que me recuerda, dime ahora Polidamante, ¿cómo se encuentra la familia de Andrómaca? -preguntó Héctor, y por las reacciones de preocupación de Polidamante, era más que obvio que la pregunta le incomodaba- ¡Por 9 Lunas me mantuvieron al margen de la guerra, Polidamante! ¡En estos momentos lo que más deseo son respuestas! -insistió Héctor.
-La respuesta… mi señor… no va a serle de agrado, y a su vez… podría poner en riesgo la salud de su primogénito si su señora se enterase -comentó Polidamante cuidadosamente, lo que ya hacía a Héctor intuir lo que iba a decirle-. 3 de los 7 hermanos de la princesa Andrómaca han sucumbido… Cípselo de Piraña, Suplicio Obsidiana de Piscis, y Estrella Celeste de la Traición, fue el primero en morir a manos de Aquiles el Pélida. Le siguieron Podete de Síames, Suplicio Obsidiana de Géminis, y Estrella Terrestre de la Invalidez, asesinado por Agamenón el Rey Supremo, y finalmente Podes de Nereida, Suplicio Obsidiana de Acuario, y Estrella Terrestre de la Disimulación, fue asesinado por Menelao el Ofendido -terminó con su explicación Polidamante.
-¿Y cómo es que Aquiles, Agamenón y Menelao se hicieron con esas victorias, si Colona, Antrados y Adramitio están tan lejos de Troya? -enfureció Héctor, tomando a Polidamante del cuello, y forzando a su amigo a preocuparse.
-Recibimos las noticias hace apenas un par de días… y aún estamos tratando de averiguar el cómo ocurrió -escuchó Héctor, quien entonces soltó a Polidamante, quien azotó al suelo con fuerza, mientras Héctor encaraba a Eneas-. Debo suponer por tu presencia, que Andrómaca está embarazada, ¿no es así? -preguntó Eneas.
-Ella no puede enterarse de esto -le pidió Héctor, a lo que Eneas respondió asintiendo-. Cuéntamelo todo. ¿Qué está ocurriendo fuera de las murallas? ¿Por qué los Aqueos llegaron ante mis cuñados y les arrebataron la vida? -preguntó furioso.
-Te contaré lo que sé. El resto, hemos de averiguarlo juntos -le explicó Eneas, pidiéndole a Héctor que lo siguiera en dirección a la Sala del Consejo de Guerra, donde los 8 Daimones que aún vivían, esperaban-. Al principio, tu ausencia no significó la gran cosa. En realidad, parecía que teníamos todo bajo control. Las fuerzas de Dárdanos y las Troyanas lideradas por Trolio soportaban los envistes a nuestras puertas sin problema, y los ataques Aqueos eran cada vez menos frecuentes. En un principio pensé que era debido a que las fuerzas Aqueas se habían debilitado, pero entonces Néstor de Géminis nos hizo un no tan gentil recordatorio del poderío Aqueo al desintegrar, y no exagero cuando digo desintegrar, a Deimos, el Daimón del Terror -le explicó Eneas, y la sorpresa de Héctor no se hizo esperar.
-¿Néstor? ¿El Anciano? -preguntó Héctor, y Eneas asintió- ¿Quién era el líder de la incursión cuando aquello pasó? -preguntó, a lo que Eneas respondió mirando a Héctor fijamente- ¿Intentas decirme que el anciano lideró la incursión él mismo? Es una locura. Néstor debe ser el menos calificado para realizar una incursión, mucho menos contra Deimos -se molestó Héctor.
-Tu juventud te ciega, jamás debes de subestimar a un oponente, ni siquiera a un anciano -le espetó Eneas, y continuó con la explicación-. Pero, a decir verdad, yo también tuve mis sospechas. Habiendo otros como Áyax, Aquiles, Diomedes, Idomeneo, incluso Odiseo, ¿por qué enviar a Néstor? Los reyes como Acamante, Agamenón y Menelao no me sorprende que estén ausentes, son reyes muy poderosos, pero su labor es más táctica. Luego están Epeo, Teucro y Anfímaco, no sobresaldrán mucho, pero no estaban por ningún lado en los campos de batalla, y si Aquiles requiriera de un descanso, no faltarían Patroclo, Antíloco o Fénix en los campos de batalla. Y, sin embargo, ninguno está, aunque déjame decirte que Diomedes hizo muy bien su trabajo haciéndonos pensar que los Aqueos eran tan fuertes como siempre… la verdad es, Héctor… que la Guerra de Troya ha continuado, solamente con Diomedes como Rey Supremo -le aseguró.
-¿Diomedes como el Rey Supremo? Pero si esta guerra se inició por Menelao, y bajo la tiranía de Agamenón -reaccionó Héctor con sorpresa, a lo que Eneas respondió asintiendo-. ¿Qué fue del resto de los Aqueos? -se molestó.
-Ingenuamente creímos que se habían ido a casa, y que solo el egoísmo de Diomedes mantenía el asedio a Troya. ¿Cuán equivocados estábamos? -bajó la mirada Eneas, como si se culpara de haber caído en el engaño- Intentamos aplastarlos, éramos superiores, podíamos saborear la victoria. Pero entonces pasó… nuestros suministros, comenzaron a escasear… -le explicó, y Héctor enfureció.
-Esos malnacidos volvieron a atacar los territorios neutrales, y lo hicieron con contundencia -dedujo Héctor, y Eneas tan solo asintió-. Eso significa que, en estos momentos, los Aqueos hacen de las suyas por toda Troade -se quejó.
-No solo Troade… el Quersoneso también está bajo ataque -le explicó, y la mirada de Héctor se llenó de sorpresa-. Esa fue mi misma reacción. El suministro marítimo también se vio interrumpido desde el Quersoneso, y eso es porque las ciudades de Elayunte y Mádito han caído, y en estos momentos, Sestos está bajo asedio -Héctor palideció, aquello era impensable-. Sobre la Troade… Tenedos, Colona, Antrados, Adramitio, Lirnesos, Crises, y el puerto de Metinma en Lesbos, han caído… Mitilene está bajo asedio, y si Mitilene cae, el puerto de Lineón, que mantiene relaciones comerciales con Egipto, caerá también. Pero aún hay más, barcos Cretenses se han visto en las cercanías de Quíos, y me han informado de navíos de Antrados, Adramitio y Crises que navegan alrededor de Tenedos… no se necesita ser un genio para darse cuenta de que son navíos capturados por los Aqueos, y que vienen de regreso -le aseguró.
-Encontrarán las ruinas de sus campamentos a su regreso. ¿Dices que solo Diomedes actúa como Rey Supremo? -preguntó Héctor con determinación, a lo que Eneas respondió con igual determinación- Estará agotado, y apenas cae la noche. ¿Trolio se encuentra aún en el campo de batalla? -agregó con curiosidad.
-No hay buena visión para continuar, las trompetas de retirada fueron sopladas no hace mucho -fue la respuesta de Eneas, quien notó el cómo Héctor preparaba su lanza-. ¿Irás a combatir? -se sorprendió Eneas.
-Dividiré a los Troyanos en 2 frentes, uno al mando de Trolio, otro al mando mío, una tercera fuerza militar será liderada por ti y los de Dárdanos -le explicó Héctor, a lo que Eneas intentó responder con una negativa-. ¡Ya sé que no tendremos buena visibilidad y que podríamos caer en las empalizadas Aqueas! ¡Es por eso que voy a atraerlos fuera de las empalizadas y a llevar la guerra a terreno abierto! -le aseguró Héctor.
-¿Cómo? Con nuestros números no se atreverán a salir de sus empalizadas -le espetó Eneas con molestia-. Entiendo tu descontento, pero no podemos simplemente mandar a todos nuestros soldados a atacar su campamento a ciegas. Terminaremos cayendo en las fosas que han cavado, o atravesados por sus empalizadas -le aseguró.
-No será así, ya que atacaremos con grupos reducidos pero efectivos, sin darles descanso -le explicó Héctor-. Rotaremos turnos de ataque, no los dejaremos dormir. Con solo Diomedes como el Rey Supremo, incluso él flaqueará cuando la falta de sueño lo venza y no pueda tomar decisiones pertinentes. Si solo el anciano de Néstor y Odiseo son sus reemplazos, entonces, todos caerán -le aseguró Héctor, y Eneas comprendió el plan-. Descansa, tus hombres reemplazarán a los míos cuando salga el sol, y serán reemplazados por los de Trolio al medio día, yo lideraré desde el anochecer hasta el nuevo amanecer, y así seguiremos, hasta que Diomedes esté tan cansado, que le atravesaré la garganta con mi lanza antes de que siquiera se dé cuenta -aseguró.
-Llevarás a 3 Daimones contigo, los dividiremos entre los grupos de asalto. 3 para ti, 3 para Trolio, 2 para mí… -sonrió Eneas, y Héctor le agradeció-. Ahora, si lo que queremos es despertar a nuestros invitados. Alala… -llamó Eneas, y la Daimón obedeció-. Dales un no muy gentil despertar por favor, Cidoímos te ayudará a alborotar a las masas, y Polemos mantendrá el espíritu de tus hombres en alto, no sabrán qué los golpeó -sonrió Eneas, y el plan dio a inicio.
Campamentos Aqueos. Tienda de Diomedes.
-La noche está más silenciosa de lo habitual… -enunció Diomedes mientras miraba a las estrellas, visiblemente preocupado-. Está demasiado calmado, los centinelas en Troya ni siquiera mantienen la vigía. Es casi como… si se hubieran retirado de las empalizadas… pero, ¿Por qué? ¿Cuándo un ejército no requiere de centinelas al caer la noche? -se preguntó preocupado.
-¿Por qué estás monologando? -escuchó Diomedes, y de su tienda salió Anficlas, visiblemente agotada- Vuelve a la cama, ya fue suficiente de planeaciones de guerra. Deberías estar durmiendo -prosiguió ella.
-Lo dice la mujer que lleva armadura escondida bajo su túnica -exclamó Diomedes, apenando a Anficlas, quien se cubrió el cuerpo en ese momento-. Conozco perfectamente cada curvatura de tu figura, Anficlas, obviamente llevas peto, coderas, y rodilleras puestas. Te he visto desnuda suficientes veces para saberlo -sentenció, ganándose un potente golpe en la nuca de parte de su concubina.
-No era necesario el que lo enunciaras de esa forma tan sucia -se apenó Anficlas, a lo que Diomedes apenas y reaccionó-. ¿Desde cuándo lo sabes? -se preguntó ella, apenada.
-Mi armadura de entrenamiento Calidonio desaparece, de pronto te vuelves más proactiva a momento de los cariños, y me sirves vino en mi copa a la primera oportunidad que encuentras. No es secreto para mí al menos que una mujer utiliza semejantes encantos cuando quiere ocultar algo -le explicó Diomedes sin tacto alguno, lo que apenó a Anficlas.
-¿Te mataría pensar que tal vez, solo tal vez, estoy cuidando de mi pareja sentimental? -enfureció ella, a lo que Diomedes reaccionó mirándola en señal de incredulidad- ¡Está bien! ¡Oculto algo! ¡Pero también me das muy poco crédito! ¡Me estoy esforzando para…! -intentó decir, lo que terminó por sonrojarla, y forzarla a evadir contacto visual.
-Oh… esa reacción sí me agradó… -le sonrió Diomedes pícaramente, pero Anficlas ya no podía hacer contacto visual con él-. Aunque, no voy a dejar que tus encantos me distraigan de lo verdaderamente importante en estos momentos. Sé que te escabulles de mi tienda por las noches, y de no ser porque sé que tienes armadura debajo, pensaría que es a la tienda de otro hombre, pero como ese parece no ser el caso… -continuó sonriendo Diomedes.
-¡No es el caso! ¿Tan poca confianza me tienes? Si no pensara que vas enserio con lo de otorgarme un lugar en tu corte, ya te habría rebanado la garganta mientras duermes, ¿no crees? -se quejó ella, pero entonces continuó- No puedo decirte lo que hago, enfurecerías, pero, no es algo malo tampoco, pero no estoy viendo a ningún otro hombre, tan solo… tan solo… -intentó encontrar las palabras, pero en su lugar, encontró la mano de Diomedes acariciándole la cabeza-. Eso me molesta más de lo que crees -se fastidió.
-No necesitas explicarme nada, yo confío en Anficlas, y para probarlo… -prosiguió Diomedes, desamarrando una bolsa de cuero de su cinturón, y presentándola ante Anficlas, quien la tomó en ese momento con curiosidad-. Dentro, hay un pergamino de cuero con mi última voluntad, y el sello de la familia real de Argos, de Tebas, y de Calidón. No importa ante quien presentes estas piezas, siempre que pertenezca a mi corte, y lean el pergamino en su interior, sabrán que eres la madre de mi primogénito, Cinortas, y que, por mi decreto personal, serás reina de Tebas y de Calidón, con la promesa de entregar Calidón a Cinortas a la llegada de su mayoría de edad, y tras su matrimonio con Hermione, la hija de Menelao. Ya todo ha quedado arreglado, tan solo debes entregar el contenido de esta bolsa a cualquiera de las cortes, preferentemente, nunca enfrente de Egialea -finalizó.
-Espera… ¿qué? -se sorprendió Anficlas, metió la mano dentro de la bolsa encontrando en su interior 3 anillos, cada uno con el emblema real de una casa distinta, un ave hermosa volando en "V" invertida, el símbolo de Argos, el Jabalí de Calidón adornando la argolla de oro y rubí del reino del abuelo de Diomedes y, por último, la argolla con el león de Tebas, emblema de la mítica ciudad de las 7 puertas. Anficlas entonces desamarró el pergamino, y comenzó a leer-. «Al miembro de la corte que esta carta ha de leer, le pido que solo ante la persona que posea los anillos de las 3 casas de Diomedes el Argivo, han de escuchar. Cinortas, el primero en su nombre en tierras de los Argivos, es mi heredero de sangre. Con él viaja Anficlas, su madre de Anatolia y heredera bajo mi última voluntad de los reinos de Tebas y Calidón, el primero de los cuales ella será reina, y desposará a quien ella justo encontrase. La segunda, el regalo de un padre a su hijo quien será declarado rey de Calidón a su mayoría de edad, y quien en el dieciochoavo día de su nombre ha de contraer matrimonio con Hermionie de Esparta, condición pactada por Menelao de Esparta y Diomedes el Argivo como condicionante de entrega del reino a mi primogénito »-miró entonces Anficlas en dirección a Diomedes, incrédula de sus palabras-. No estás hablando enserio, ¿me estás entregando 2 de tus 3 reinos? -se sorprendió ella.
-Sigue leyendo -declaró Diomedes, y aunque Anficlas trastabilló en diversas ocasiones, se armó de valor para continuar leyendo, sabiendo de antemano de la importancia de la última voluntad de Diomedes.
-«Para Argos, un destino más placido ha de aguardar »-prosiguió leyendo ella-. «Bajo órdenes de última voluntad, libero a Egialea de su promesa de matrimonio a mi nombre, concediéndole la libertad de desposar a quien considere pertinente. De Egialea serán todos los tesoros de Argos, siempre y cuando se cumpla la siguiente encomienda que, de no acatarse al pie de la letra, desafiará los acuerdos de paz entre Argos y Esparta, en cuyo caso autorizo en sede de gobierno de Egialea, a la ante la entrega de esta carta, declarada en mi nombre, reina de Calidón »-se sorprendió Anficlas, miró a Diomedes, pero este le pidió continuar leyendo-. «Al no compartir la sangre del trono de Argos, a Egialea se le hace la siguiente encomienda. Por conservar el reinado de Argos bajo promesa de matrimonio, deberá engendrar un hijo varón, a quien se le será entregado bajo promesa militar a Electra, hija de Agamenón, el Rey Supremo y gobernante de Micenas. En caso de no engendrar hijo varón alguno, y nacer de Egialea una hija, deberá desposarse con Telémaco, hijo de Odiseo de Ítaca, sellando así la paz entre las naciones de Hélade. En caso de no engendrar hijo o hija alguno, por mi decreto, el gobierno de Argos pasará a manos de la reina de Calidón, Anficlas, quien será responsable de entregar el reino de Argos, al primogénito nacido de la unión entre Cinortas, hijo de Diomedes, y de Hermione, hija de Agamenón. Está es, la última voluntad de Diomedes, rey de Argos »-finalizó Anficlas, y entonces miró a Diomedes con incredulidad.
-Ya está todo preparado… -prosiguió Diomedes-. A inicios de la última Luna del año, un barco zarpará con mensajeros de todos los reinos para nuestras familias. Si no podemos vencer en esta guerra, al menos nos aseguraremos de que Hélade se mantenga en pie. Será la decisión de nuestros hijos, si desean vengar a sus padres. Por favor no vayas a permitir que Cinortas venga aquí a vengarme. Cuando yo marché en nombre de mi padre… nunca me fui a imaginar lo terrible que era la guerra, ni lo bueno que iba a ser en ella. No es un futuro que desee para nuestro hijo -finalizó.
-Lo dices como si no fueras a regresar a Hélade -se fastidió Anficlas-. ¿Qué pasó con el hacerme miembro de tu corte, y permitirme vivir en paz? ¿Qué pasó con lo de ser una familia para nuestro hijo y gobernar juntos? -sentenció.
-Serás reina de Tebas, de Calidón hasta la mayoría de edad de Cinortas, y de Argos si Egialea no cumple su parte de mi última voluntad -sentenció Diomedes con determinación-. Estoy cumpliendo mi parte -finalizó.
-Lo que estás haciendo es huir de tus responsabilidades. ¿Crees que sigo aquí contigo por tu dinero y poder? ¡No quiero un reino! ¡Quiero una vida! -enfureció ella, a lo que Diomedes reaccionó al mirarla fijamente- ¿Por qué es tan difícil para ti entenderlo? ¿Quieres que te lo deletree? -se fastidió.
-Aunque admito que tu apertura de corazón hacia mi persona me es gratificante en muchos sentidos, me temo que aun pretendo que me des más hijos, uno para cada reino de ser necesario -sonrió Diomedes, incomodando a Anficlas-. Esta carta, y los anillos, no son más que medidas precautorias, Anficlas, no una despedida. Si vuelvo a Hélade, créeme que me voy a llenar de hijos, con la única mujer que sé que me los puede dar -le sonrió, y al hacerlo, elevó la temperatura corporal de Anficlas, quien, mientras más tiempo pasaba, más se convencía de querer permanecer al lado de Diomedes-. Claro que… primero habrá que sobrevivir a la furia congelante de Egialea -aunque con la misma velocidad que se ganaba su admiración, la fastidiaba, por lo que terminó pateándole la pantorrilla-. ¡Eres una salvaje! -se quejó Diomedes, pero tras sobarse la pantorrilla, le volvió a sonreír- Cuida esa bolsa, aunque espero no vayas a necesitarla -más tras sus palabras, el terror invadió a Diomedes, cuando las puertas de Troya comenzaron a abrirse-. ¿Un ataque nocturno? Inaudito -finalizó Diomedes, caminando a una tienda cercana-. ¡Arriba y a las armas! ¡Los Troyanos pretendían sorprendernos dormidos, pero no contaban con que yo no duermo mucho! -ordenó Diomedes, y un confundido Esténelo salió de su tienda, solo para horrorizarse por lo que estaba viendo.
-¡A las armas! -gritó Esténelo, colocándose su armadura, y sonando su trompeta de batalla- ¡Troya ha roto el pacto de no agresión nocturno! ¡A las armas ahora! -continuó gritando Esténelo, levantando a sus hombres, encendiendo antorchas, dando la señal de alarma a los campamentos acomodados a las afueras de cada una de las puertas de Troya, quienes respondieron encendiendo sus antorchas.
-¿Atacan de noche? ¿Por qué? -se sorprendió Anficlas, más entonces palideció- Ese cosmos -se sobresaltó, y Diomedes, por vez primera en mucho tiempo, se mostró genuinamente preocupado, y ató con fuerza la bolsa al antebrazo de Anficlas- ¡No puedo cumplirte esto si voy a pelear a tu lado! -se fastidió ella.
-¡No te has recuperado aún del parto! ¡Y es tu deber llevar a Cinortas a Hélade! -insistió Diomedes, mientras subía en su auriga, mismo que acababa de ser estacionado por Esténelo, Euríalo también había llegado con el suyo, pero Diomedes detuvo a Anficlas antes de que intentara abordarlo- ¡Lleva a Cinortas a Hélade! ¡Entrega mi mensaje! ¡Yo te juro hacer todo lo que pueda por sobrevivir a esto! -sentenció.
-Voy a cuidar de Cinortas, a tu lado… -fue la respuesta de Anficlas, misma que no fue del agrado de Diomedes-. ¡No me voy a ir a ninguna parte! ¡Volvemos ambos o no vuelve nadie! ¡Tu mensaje lo entregará Lodis a mi nombre! -miró Anficlas a Lodis, quien salía de la tienda de Diomedes con Cinortas en brazos- ¡Cuida de esta bolsa, con tu vida! -ordenó, y tras elevar su cosmos, fue revestida por la Armadura de Plata del Águila.
-De todas las mujeres que pudieron darme un hijo, tenías que ser la obstinada -se quejó Diomedes, mientras Anficlas subía al auriga de Euríalo-. No vayas a morir -le pidió, a lo que Anficlas respondió con una sonrisa-. ¡Por Argos! ¡Por Tebas! ¡Por Calidón! -enunció Diomedes, y sus hombres salieron a encarar a los Troyanos.
-¡Que los Aqueos sientan la furia de Troya! -enunció Héctor, con su lanza lista desde la cima del auriga tirado por Cebríones, a su derecha cabalgaba Alala sobre un auriga tirado por Polidamante- ¡Ahora! -ordenó.
-¡Alala! -Resonó el poderoso grito de la Daimón, mismo que derribó a los hombres de Diomedes, y permitió a los Troyanos hacerse con la ventaja y atravesar por las líneas Aqueas como un cuchillo en mantequilla caliente, mientras Héctor continuaba la marcha hasta donde Diomedes y Esténelo, quienes pese a sentirse abatidos por el poderoso grito, continuaron la marcha hasta llegar ante Héctor.
-¡No sabes cuánto he esperado este momento! ¡Incieración de Bennu! -al llamado de la bestia de su Suplice, la misma se formó alrededor del puño derecho de Héctor, y tras ser lanzada, esta se estrelló en contra del Auriga de Diomenes, mismo que sorpresivamente salió ileso, gracias al perfecto manejo que Esténelo mantenía sobre las legendarias bestias que tiraban del auriga de Diomedes- ¿Esas bestias cabalgaron sobre mi ataque? -se impresionó Héctor, a momento que Diomedes saltaba de su auriga, con su lanza en mano, y caía perforando la rueda del auriga de Héctor, derribándolo.
-¿Te gustan los juegos sucios, Héctor? Esa Daimón no doblegará a mis hombres, solo me basta con entregar el mensaje de terror necesario. ¡Agua Escarlata! -lanzó Diomedes su ataque, que, como destellos bien dirigidos, perforaron el cuerpo de Héctor y lo lanzaron por el campo de batalla hasta estrellarlo a varios metros de distancia. 7 fueron las agujas que se desprendieron, y aunque solo una dio en su blanco al Héctor haber incinerado las otras 6, esta fue lo suficientemente violenta para lanzarlo, llamando la atención de los Troyanos, quienes observaron lo acontecido con terror-. Así es… teman a mi poderío. ¡Restricción! -liberó su ataque paralizante Diomedes, y todos quienes veían sus ojos escarlatas, fueron invadidos por el terror y paralizados en su sitio. Ni siquiera Alala, la Daimón del Grito de Guerra, podía volver a gritar- ¡Ahora a silenciarte! ¡Aguja Escarlata! -lanzó 3 de sus agujas Diomedes, y estas tras perforar a Alala, la derribaron de su auriga de igual manera.
-¡Alimaña rastre… gah…! -intentó contraatacar Alala, notando con horror que su sentido del gusto había quedado destruido por las agujas de Diomedes.
-No los he enfrentado por todas estas Lunas sin saber el cómo lidiar con cada uno de ustedes, imbéciles, además de que estoy sumamente molesto por que rompieran el pacto de no agresión nocturno, ¡cobardes! -el cosmos de Diomedes volvió a acrecentarse, y las trompetas de batalla de las puertas de Esceas e Ilo comenzaron a resonar con fuerza. Odiseo y Néstor habían terminado de preparar a sus hombres, y se dirigían a los flancos, intentando rodear a los Troyanos- Te doy esta oportunidad única de retirarte, Héctor… no la desperdicies… -finalizó.
-Puedes tomar tu oportunidad, junto a tu aguja, y hundirlas en lo más profundo de tu desesperación, Aqueo, porque antes de que termine el segundo año de guerra, te habré aplastado, junto a tu ilusión -le respondió Héctor, volviendo a ponerse de pie, y caminando ignorando el veneno de la única aguja que lo había golpeado, manteniéndose firme y poderoso, como si jamás hubiese dejado el campo de batalla-. ¡No obtendrán ningún respiro! ¿Acaso no te das cuenta de que los hemos descubierto? ¡30 reinos vinieron a hacerle la guerra a Troya! ¡Pero apenas 5 sostienen estos inútiles campamentos! ¡Argos, Tebas, Calidón, Ítaca y Pilos! ¡Los aplastaremos a todos! -sentenció Héctor, haciéndole saber a Diomedes que la ilusión trazada por Néstor por fin había sido descubierta.
-Y ustedes… solo son Troya y Dárdanos… chico muralla… -Diomedes preparó su aguja, se lanzó a Héctor, y la terrible batalla por el dominio de los territorios centrales prosiguió-. ¿Quieres compararte conmigo, ricitos? ¡Soy el campeón de la batalla de los Epigonos! ¡Vencí donde mi padre fue derrotado! ¡No es la primera ciudad que sitio cuyas murallas son inquebrantables! ¡Tebas la de las 7 Puertas cayó! ¡Y así como derribé las 7 Puertas de Tebas! ¡Las de Troya también caerán! ¡Calidón! ¡Escudos arriba! ¡Argos! ¡Lanzas listas! ¡Tebas! ¡Formación de media Luna! ¡Pilos! ¡Ítaca! -sonrió Diomedes, y Héctor notó la formación que estaba adoptando el ejercito de Diomedes, mientras Néstor llegaba con sus caballos y cortaba las vías de escape de los Troyanos, majestuoso pese a la edad, y con su Maza de Libra lista para dar sus órdenes.
-¡Por la gloria de los reinos aliados de Hélade! ¡Gloria a la alianza Aquea! ¡Gloria a Athena! ¡Ataquen! -ordenó Néstor, y su caballería comenzó a arrollar y a empujar a los Troyanos dentro de la circunferencia de soldados trazada por los Calidonios, y a las espadas de los Argivos quienes degollaban a quienes se acercaban lo suficiente a los hombres con escudos, los Tebanos auxiliaban a los hombres de Pilos en empujar a los soldados a los interiores de la media Luna, mientras detrás de ellos, los arqueros se alistaban.
-¡Arqueros! -ordenó Odiseo, a quien Héctor miró con desprecio entre la muchedumbre- ¡Arco a Estrella del Oeste! ¡97 grados! ¡Fuego! -los arqueros entrenados de Odiseo obedecieron, y la lluvia de flechas cayó como una mortífera lluvia de sangre, mientras los Troyanos caían abatidos por las flechas, algunas inclusive perforaron a Héctor pese a haberse cubierto con su escudo, Alala, Cidoímos y Polemos corrieron con la misma suerte, aunque mientras más malheridos, aparentemente sus cosmos se acrecentaban en lugar de disminuir. Los Espectros Cebríones y Polidamante por otro lado, se refugiaron bajo los aurigas al voltearlos y lograron salir ilesos- ¡Los tenemos! -se alegró Odiseo.
-Oh, en verdad nos tienen, Odiseo… -resonó la voz de Héctor, quien sentía su cosmos acrecentarse, no solo por la extensión propia, sino por la extensión del cosmos de los Daimones, mientras Cidoímos, el Daimón del Alboroto, y Polemos, el Espíritu de las Batallas, inundaban a los heridos Troyanos con fuerzas renovadas, brindándoles un cosmos artificial que les ayudaba a levantarse pese a las horribles heridas-. Tienes frente a ti a hombres agotados de ya 2 años de guerra, furiosos de ver sus tierras quemadas, sus familias destruidas, ¿todo por qué? ¿Por el egoísmo de un hombre que se niega a dejar ir a una mujer? Nosotros defendemos lo nuestro, ustedes, se anclan a un inútil juramento. ¡Nadie de los aquí presentes tiene una responsabilidad a con esta inútil empresa! ¡Pero nosotros! ¡Defendemos a nuestro reino! ¡Por Troya! -su grito enalteció la moral de los Troyanos, y en un impresionante revés, los malheridos Troyanos se hicieron con la ventaja de la batalla, rompiendo el círculo en que habían sido encerrados, y continuando con la feroz batalla- ¡No son nada! ¡Invasores! ¡Asesinos! ¡Hombres sin honor! -insistió Héctor, atacando a Diomedes directamente con su lanza, quien se defendió de todos los embistes, Odiseo intentó ir en su auxilio, pero encontró a Cebríones y a Polidamante en su camino, y pese a que Toante de Pegaso y Podarces de Dragón, se encontraban a su lado, los Espectros poseían una confianza renovada, y respaldada por el cosmos de los Daimones, quienes se dieron a la tarea de rodear a Néstor, sintiendo un odio profundo por él quien había asesinado a uno de sus hermanos. Para su fortuna, Anficlas de Águila había venido en su auxilio, dispuesta a enfrentar a los Daimones, junto a Euríalo de Unicornio quien la seguía como una sombra. Por otra parte, Esténelo de Argo miró a Diomedes, esperando sus órdenes, con su silencio, Diomedes le entregó el mando de sus ejércitos, y así Aqueos y Troyanos resumieron la terrible batalla, mientras en medio, Héctor y Diomedes permanecían- Me repugna, el que te entregues a una causa tan inútil. Nada tienen tú y tus hombres que hacer aquí. ¿Van a morir, mientras Menelao el Ofendido y Agamenón el Rey Supremo, evaden esta confrontación? -le preguntó.
-¿Vas a devolver a Helena y a retribuir a mi gente? -fue la pregunta de Diomedes, misma que Héctor no se dignó a responder- Eso pensé… puedes decir lo que quieras para hacernos ver como los malos por no 'renunciar', a una mujer. No debieron raptarla en primer lugar, ¿no crees? ¿Quién es más obstinado, Héctor? ¿El ladrón que se niega a devolver lo que robó pensando que puede salirse con la suya? ¿O nosotros quienes queremos linchar al ladrón? La respuesta me parece más que obvia, todas estas muertes recaen en una persona y solo una, Paris… -finalizó, y Héctor no dijo más, tan solo preparó su arma- Entrégalo, deja que Menelao lo ejecute, y regresa a Helena, ¿es mucho pedir? -sentenció Diomedes.
-¡Obviamente lo es! -enfureció Héctor, lanzó su estocada, y la batalla entre los guerreros más fieros de Troya y de Argos, prosiguió- ¡Esta guerra termina ahora, Diomedes! ¡Me alzaré con tu cabeza clavada en mi lanza! -el conflicto, se tornaba más y más violento, y a lo lejos, en los campamentos, una Shana revestida en sus ropas de entrenamiento y que hasta esos momentos había estado esperando a que Anficlas llegase para sus sesiones nocturnas, no pudo hacer más que observar, contrariada, el cómo el conflicto, a tan escasos días de que terminase el segundo año, comenzaba a tornarse más complicado.
-Troya a irrespetado los pactos de no agresión nocturnos… -se dijo a sí misma Shana, mientras observaba el conflicto con interés-. Las batallas no deberían extenderse bajo el dominio de la noche, no solo por tácticas militares que de otra forma podrían ser deficientes, sino porque los dioses así lo dictan. Irrespetar estos pactos, debería ser castigado por un dios en específico, un dios, que parece no mostrarse molesto por el accionar Troyano, ¿no es así, padre? -preguntó Shana, con un cosmos divino rodeándola, mientras miraba al cielo, y a su inexplicable calma- ¿Por qué te has aliado a los Troyanos? Era algo que ya sospechaba, pero no me fui a imaginar que tu alianza sería tan marcada, como para permitir a los mortales irrespetarte. ¿Tanto desprecias a la justicia de Menelao, como para permitir este insulto? Tus relámpagos deberían estar evitando este conflicto, y en su lugar solo te sientas en tu trono en el Olimpo y observas. ¿Es esta la justicia de los dioses? -preguntó abiertamente, sin obtener respuesta alguna- Muy bien… mantén tu silencio todo lo que desees, padre, pero pronto el mío ha de terminar. Cuando este cuerpo mortal pueda por fin reclamar la extensión total de mi divinidad, yo misma en armadura iré a derribar las murallas de Troya, y ni tú, ni ningún dios, podrá detenerme. Esto lo hago… por los mortales que tanto amo… -en esos momentos, las nubes comenzaron a arremolinarse sobre los cielos cercanos a donde Shana se encontraba, era obvio que sus palabras habían recibido una respuesta, más esta respuesta, fue calmada con tan solo el sonido de un débil relámpago, que se retiró de los cielos junto con las nubes-. ¿Aún ante mi declaración, pretendes mantenerte al margen? No me cabe duda, que un dios antes ignoraría las verdades que se le presentan al rostro, que admitir que se ha equivocado. Padre, ¿cuándo te has vuelto tan débil? -a su comentario, un relámpago cayó frente a ella, pero Shana no se movió de su lugar, y se mostró inexpresiva, ante lo que parecía más un berrinche, que una amenaza- Acabaré con esto… te guste o no… -finalizó, y volvió al entrenamiento de su cuerpo mortal.
Ciudad Fortaleza de Mitilene. Capital de Lesbos.
-¡Sentirán la fuerza de mis colmillos! -resonó el grito de Patroclo, que impactaba con fuerza las murallas del Anillo Medio de la Ciudad Fortaleza de Mitilene. Había sido nombrado por Aquiles como el comandante en jefe de la empresa, y pese a que la noche ya caía en la capital de Lesbos, sus fuerzas estaban cerca de lograr derribar la última de las murallas, que llevarían la batalla al corazón mismo de la Ciudad Fortaleza de Mitilene, y al castillo del mismo nombre, desde el cual el Rey Mácar, y sus nietos, Hypsipilo, el Espectro de Citara y Estrella Terrestre del Abandono, e Hicetaon, el Espectro de Coronis y la Estrella Terrestre de la Singularidad, esperaban impacientes.
-Ese sujeto es una bestia… si Anceo de Lynmades ya de por sí era un oponente de temer, este Caballero Dorado, sin descendencia divina, lo hace palidecer -se quejaba Hypsipilo, mientras el palacio de Mitilene sentía los embistes de los potentes puñetazos de Patroclo, mientras al menos un millar de hombres empujaban todos al unísono para mantener las inmensas barreras de metal en su lugar-. Las puertas de Mitilene son famosas por ser las primeras puertas de metales fundidos en toda Anatolia, y aun así este sujeto ya ha roto 3. ¿Qué vamos a hacer si sus fuerzas logran derribar la última? -le preguntó Hypsipilo a su abuelo.
-Los combatiremos como es natural -fue la tranquila respuesta de Mácar-. Ninguno de los Caballeros Dorados presentes en estas fuerzas posee el cosmos de preocuparme, simplemente intentamos evitar una masacre, nuestros hombres no tienen que morir inútilmente. Y no lo harán, si el Suplicio Obsidiana cuyo informante nos ha advertido de la llegada de los Aqueos a Mitilene, cumple su parte del trato -sentenció Mácar.
-¿Un trato con un Suplicio Obsidiana? ¿Qué clase de trato? -le preguntó Hicetaón, ganándose la mirada de molestia de Mácar, quien por el comportamiento de su nieto ante Yalemo, seguía molesto- Te digo que era una mujer -se fastidió Hicetaón.
-Y yo te digo que poco me interesa… no tienes dignidad… -fue la respuesta de Mácar, misma que deprimió a Hicetaón-. Aunque he de admitir, que es una tragedia que Yalemo haya resultado tan malherido por Anceo de Lynmades. Ese General de Poseidón puede que tenga un poder físico envidiable, pero su cosmos no es tan alto, ¿cómo consiguió herir a Yalemo de esa manera? -se preguntó Mácar, mientras el palacio volvía a sacudirse.
-¿Acaso importa? -fue la pregunta de Hypsipilo, quien estaba más preocupado por los pueblerinos que por Yalemo- Las puertas pronto caerán, ¿dónde está el Suplicio Obsidiana que prometió brindar su apoyo? -le preguntó.
-Sus barcos están ocultos por el manto de la noche. Siempre ha estado presente, simplemente no se ha decidido a actuar -le respondió Mácar tranquilamente, y tanto Hypsipilo como Hicetaón, reaccionaron con sorpresa-. No nos ayudarán hasta obtener el pago por sus servicios, y aunque el pago me parece algo ridículo, prometí pagarlo para asegurar el apoyo del Suplicio Obsidiana en la Batalla de Lesbos. Esperaba que apoyara y después pretendiera cobrar el favor, pero no fue así -miró Mácar en dirección a una sombra, desde la cual Zelos de la Rana, la Estrella Terrestre de lo extraño, lo observaba fijamente-. ¿Qué te hace pensar, Zelos, que poseo en mi reino el conocimiento que tu rey busca? ¿Por qué no exigir riquezas o una alianza comercial? -preguntó Mácar con cautela.
-Porque las riquezas y lo material es temporal. Pero el conocimiento que mi señor puede adquirir, es uno que podría utilizar aún en muerte -le respondió Zelos, y el rey meditó al respecto-. El rey Mácar tiene el poder de los Jueces del Inframundo, se dice ha combatido a los 4 en diferentes ocasiones, y que hasta Sarpedón ha admirado su fortaleza en batalla -aclaró Zelos.
-Si es que a eso se le puede llamar admirar… -recordó Mácar a Sarpedón de Quimera, la Estrella Celeste de la Firmeza-. Ya que la situación es bastante precaria, Zelos, he de confesarte, que conozco el secreto que tu rey quiere de mí, pero es un secreto tan importante, que no estoy seguro que valga lo suficiente como para salvar a Lesbos -aclaró el rey, sorprendiendo tanto a Hypsipilo como a Hicetaón.
-Como era de esperarse del rey Mácar de Nasu, la Estrella Celeste de la Investigación, el Espectro más sabio de los 108, y quien posee el conocimiento de los dioses -reverenció Zelos, aunque Mácar permaneció en silencio-. Si es verdad que usted posee el conocimiento que mi amo requiere, él estaría dispuesto a salvar a su reino. Simplemente tendría que, enunciarlo -le pidió Zelos, extendiendo su mano con su cosmos alrededor del mismo, mientras la figura del Suplicio Obsidiana que intentaba hacer un trato con Mácar aparecía en las sombras de las llamas del cosmos de Zelos.
-Hay destinos peores a la muerte, Zelos, lo mismo va para tu señor rey que pretende engañar a la muerte -respondió Mácar, poniéndose de pie-. No hay trato. Los hombres de Lesbos lucharemos y pereceremos en esta batalla de ser necesario. Dile a tu rey que los secretos de la muerte no le serán revelados por mí -finalizó, lo que molestó a Zelos, pero quien habló en ofensa al rey no fue el horroroso ser, sino Hicetaón.
-¿Condenarías a Lesbos por mantener un maldito secreto? -enfureció Hicetaón, y aunque Hypsipilo intentó tranquilizarlo, este simplemente no se lo permitió- ¿No has cometido ya suficientes crímenes en tu vida, abuelo? Y ahora que tienes el poder de impedir una masacre, ¿simplemente vas a dejarlo pasar? -enfureció su nieto, y mientras Hypsipilo pretendía hacerlo callar, Hicetaón nuevamente se lo quitó de encima- ¿O vas a decirme que en tu juventud no confabulaste junto a 4 de tus hermanos el asesinato del quinto, menor y más sabio, solo porque era más listo que ustedes? ¿Y que cuando tu crimen fue descubierto, huiste de Rhodas de donde eras príncipe, y conquistaste Lesbos? -volvió a recriminarle en su furia- ¿Cómo confiar en alguien como tú? Seguramente inclusive asesinaste a nuestro padre Lepetymno por hacerte con su trono y seguir gobernando -recriminó.
-Ya cierra la boca, Hicetaón, no tienes derecho de hablarle así a nuestro abuelo -lo defendió Hypsipilo, mientras Mácar tan solo permanecía en silencio, y miraba a lo lejos, a la puerta de hierro que comenzaba a desprenderse de sus bisagras-. El abuelo no es ningún asesino, es un rey noble y justo -le aseguró Hypsipilo.
-No necesito que me defiendas, Hypsipilo, puedo hacer lo propio yo mismo -le respondió Mácar, dándose la vuelta y encarando a Hicetaón-. Soy inocente de la muerte de su padre y de su madre, ustedes eran muy jóvenes para recordarlo, el cómo los Argonautas devastaron varias islas en dirección a Cos, pero eso no es lo que te interesa realmente, Hicetaón, sino mi capacidad de asesinar a mi propia sangre, a mi propio hermano, ¿no es así? Después de todo tu padre, no era más que el esposo de mi hija, pero bien se ha dicho que solo aquel que ha cometido asesinato contra su propia sangre, es en verdad un miserable, pues eme aquí el miserable, y sigo siendo tu rey -sentenció el rey Mácar, a lo que Hicetaón respondió mordiéndose los labios-. Es verdad, asesiné a mi hermano Tenages, porque el muy imbécil descubrió el secreto que este Espectro infeliz quiere para el Suplicio Obsidiana al que sirve, un secreto que, de descubrirse, por cualquier ser vivo, permitiría desafiar incluso en muerte a los mismísimos dioses. Ese secreto pudo significar no solo la caída de Rhodas, sino de los dioses mismos, y si llegase a saberse, nada en la existencia estaría a salvo, así que, nuevamente, Zelos, reitero mi decisión, al decirte que prefiero llevarme ese secreto a la tumba. Tu rey jamás lo sabrá -finalizó Mácar, y viró a ver a sus nietos-. Si ya terminaron de lamentarse sobre el que su abuelo no es un ser de bien y pureza, tomen sus armas y a las puertas del palacio, moriremos todos como lo que somos, soldados -tras aquellas palabras, Mácar se retiró, seguido de un orgulloso Hypsipilo, quien pese al conocimiento de que su abuelo y rey había asesinado a su propio hermano, seguía admirándolo.
-¡Haz condenado a Lesbos, rey imbécil! -le recriminó Zelos, y en respuesta, Mácar lanzó una tremenda fuerza de cosmos en su dirección, que estalló en la forma de una esfera de luz violeta, que lanzó a Zelos, con su Suplice tremendamente fracturada, por la sala del trono- Esto no se va a quedar así, el amo no lo va a permitir… -enfureció Zelos, pero Mácar le dio muy poca importancia, y siguió su camino en dirección a las puertas del Palacio de Mitilene.
-Maldito… prefiere ver a su reino morir que contar un insignificante secreto… maldito… -enfureció Hicetaón, a quien Zelos miró con interés-. Debe haber otra forma. Dime qué quiere tu rey y yo lo complaceré, no importa lo que sea, deben salvar a Lesbos… -le pidió Hicetaón, desesperado.
-Umm… eres alguien que ha sido bendecido por los dioses… -sonrió Zelos, quien comenzó a olfatear a Hicetaón con sorpresa-. Y precisamente apestas al dios que conoce el secreto, aún si llevas una Suplice, alguien seguramente se portó muy mal con uno de los hijos de Apolo -se burló Zelos, incomodando a Hicetaón-. Puede que no sea una causa perdida aún después de todo. Escucha niño, este secreto es muy importante, tanto que solo un dios entre todos los que existen lo conoce, Apolo, pero seguramente los hijos de Apolo poseen conocimiento del mismo, después de todo comparten el mismo cosmos, el cosmos de su padre. Tráeme el secreto, y tienes mi palabra de que mi amo, el Suplicio Obsidiana cuyos barcos esperan a espaldas de la capital de Mitilene, brindarán auxilio a Lesbos y salvarán a tu pueblo. ¿Conseguirás la información que necesito, niño? -le preguntó Zelos, e Hicetaón asintió- ¡Perfecto! ¡Ahora largo! ¡El tiempo se agota! ¡No importa que tan poderoso sea el rey Mácar! ¡Él ha bajado con la voluntad de morir! ¡Date prisa antes de que sea demasiado tarde! -y así lo hizo, Hicetaón corrió por el palacio, tan rápido como le fue posible, e inmerso en un pánico inquietante, hasta llegar a la habitación donde Yalemo había sido atendido de sus heridas, mientras el hermoso dios menor, con una mirada de molestia, observaba a Hicetaón con desdén.
-¿Por qué habría de compartir un secreto tan importante con los mortales? -le preguntó Yalemo, sorprendiendo a Hicetaón-. Oh, conozco el secreto del que Zelos estaba hablando, y no soy el único… Apolo, en aquellos tiempos que compartía una hermosa amistad con Poseidón, hizo del conocimiento del mismo al Dios de los Mares, lo que Apolo sabe, no ha sido para nada inteligente, ya que actualmente un mortal guiado por Poseidón se encuentra abusando de este secreto. Dime entonces, Hicetaón, ¿por qué he de decirte un secreto tan peligroso? -insistió Yalemo, mientras la Luna se alzaba y dejaba entrar su luz por la ventana de su habitación.
Tracia. El Quersoneso Tracio. Sestos. Habitación provisional de Ilíona.
-¿Un mortal que conoce el secreto de los dioses para la vida eterna? -se preguntó Ilíona, con su ojo brillando con la luz de la Luna, o al menos así fue, hasta que la puerta de su habitación fue golpeada gentilmente, despertándola de su trance- Adelante -prosiguió ella, permitiendo que su hijo legítimo, aunque el mismo se pensaba a sí mismo el hermano de Ilíona, entrara en su habitación-. Deípilo, ¿cómo avanza la guerra? ¿El obstinado del rey Hitarco se ha convencido de abandonar la ciudad? -preguntó con una inmensa tranquilidad, como si tras pasar tanto tiempo proclamándose la Reina del Quersoneso le hubiera brindado una seguridad en sí misma que era inquebrantable.
-El Rey Asio solicita de su presencia, hermana -comentó Deípilo, sorprendiendo a Ilíona-. Asio… ha destronado al rey Hitarco, y se ha hecho con el control de la ciudad -le explicó, e Ilíona, tranquilamente, se hizo hasta la habitación del trono de Sestos, donde una conmoción aún tenía lugar, misma que involucraba a varios soldados Peltastas de Sestos en discusión, algunos empujando en dirección al trono de Sestos, en el cual Asio se sentaba orgulloso. Otro grupo, aún más numeroso, manteniendo al rey Hitarco en el suelo, amarrado de cuerpo entero, con un trapo de lino tapándole la boca, despojado de todo honor y toda gloria.
-Esto, es deshonroso. Zeus el rey de los dioses no tolerará semejante atrevimiento contra un rey -explicó Ilíona, mirando fijamente a Asio, el ahora autoproclamado rey de Sestos-. Esta no es la forma -insistió.
-¿Acaso Artemisa no se jacta de ser la hija preferida de Zeus? -le preguntó Asio, molestando a Ilíona- Seguramente, si esto es cierto, a la representante de Artemisa en Gea no se le será negada la asignación, legítima he de agregar, de un nuevo gobernante de Sestos, aún si esto significa despojar involuntariamente a mi padre de su título. Lo único que requiero es su consentimiento, mi Reina del Quersoneso -reverenció Asio, a momento en que sus Peltastas lograban forzar a desistir de sus intentos a los Peltastas que aún veían a Hitarco como su rey.
Ilíona meditó al respecto por unos instantes. Mirando por fuera de las ventanas de loza de barro con que estaban construidas las paredes del palacio de Sestos, a los cielos alrededor de la ciudad el llenarse de cúmulos de nubes furiosas, que resonaban con los relámpagos de la furia de Zeus al ver que se irrespetaba a un rey, ya que Zeus, después de todo, era el Dios de los Reyes.
-Es verdad que Artemisa es la hija favorita de Zeus, eso nada, ni nadie, puede ponerlo en duda -comenzó Artemisa, mirando a Asio con autoridad-. Además, yo soy la representante de Artemisa en Gea, y si es mi voluntad, por consiguiente, es la voluntad de la Diosa de la Luna, y a la diosa de la Luna, ni el mismo Zeus puede opacar… es por esto que, usando mi título de representante a Artemisa, brindo mi perdón a Asio de Cabra Motes, el Espectro Terrestre de la Instrucción, y le permito proclamarse el rey de Sestos -un relámpago desafío a las palabras de Ilíona, quien se mantuvo tranquila inclusive ante el mismo Zeus. Después de aquello, las nubes se disiparon, y la poca presencia de Zeus en la Guerra de Troya, continuó siendo menor inclusive a la de un espectador ocasional-. Zeus ha hablado al parecer, no serás castigado -finalizó, y los Peltastas aún leales a Hitarco, aceptaron aquello como una señal divina.
-Ah, la verdad es que nunca fue de mi interés el ser el rey de Sestos -aclaró Asio-. En realidad, este reino le correspondía a mi hermano Niso, pero el muy tarado nunca se lo tomó enserio. Mi verdadero reino, es Abidos, al otro lado del Estrecho de los Dardanelos. Aunque por poner fin a esta inútil resistencia contra las tropas de Salamina, pongo mi trasero en el trono con gusto -se sentó Asio, orgulloso-. Y como mi primera acción como el rey legítimo, pretendo abrir a audiencia, lo que el inútil de mi padre se negaba a escuchar, causando la muerte de muchos de nuestros hombres -miró Asio a Hitarco con desprecio, quien, amordazado, no podía hacer más que mirar a su hijo con tristeza e ira-. Los Salaminos no dejan de atacar nuestras murallas, solo no lo hacen cuando cae la noche. El comercio del Quersoneso está, inclusive, completamente paralizado por la conquista de Elayunte y de Mádito. Nuestra única ruta comercial es el Estrecho de los Dardanelos, y su puerta del mar… aunque con la Guerra de Troya tan creciente y violenta, incluso esta vía comercial está estancada. Defender la posición de Sestos, en definitiva, es una pérdida de tiempo, vidas, y recursos. ¿Cuál es su propuesta para la evacuación, mi señora? -preguntó interesado.
-La historia, está llena de relatos fantásticos, rey Asio. Algunos modelados a partir de la promesa de romanticismo, pero este en particular, es más que solo eso -aclaró ella con firmeza-. Se trata de una historia que, aunque utilizada para divertir a los jóvenes tanto de Sestos como de Abidos, esconde en su romanticismo una realidad que podemos convertir en una proeza militar. Estoy hablando de la historia de Hero y Leandro -aclaró.
-La escuché la primera vez, mi Reina del Quersoneso -aclaró Asio, mirándola fijamente-. Pero a riesgo de ponerla en duda, preferiría me aclarara su… conocimiento del relato de Hero y Leandro. No me gustaría que, por confusiones, termináramos haciendo el ridículo en las conversaciones militares -aseguró.
-Conoce perfectamente el relato, rey Asio, pero para su seguridad, he de contárselo yo misma -se aclaró la garganta, y prosiguió-. Cuenta la historia, que en Sestos vivía una sacerdotisa de Afrodita, cuyo hogar estaba situado en la torre más alta de Sestos, que a su vez era la más cercana al Estrecho de los Dardanelos -enunció mientras caminaba en dirección al balcón de la habitación del trono, mismo al que Asio la acompañó. Desde el balcón era fácilmente visible una inmensa torre de barro, bastante golpeada por el tiempo, una torre tan vieja que ni siquiera era utilizada como atalaya por los Peltastas de la ciudad. En realidad, la única razón por la que la torre era conservada, era por la representación histórica que daba a la ciudad de Sestos-. Esta sacerdotisa de Afrodita, miraba desde la torre a los comerciantes navegar desde Abidos hasta Sestos, y mantener el comercio entre las ciudades hermanas. Como sacerdotisa de Afrodita que era, entraba entre sus responsabilidades el mantener el Templo de Afrodita de Sestos en las condiciones adecuadas para los… ritos de Afrodita -Ilíona enunció con el rostro ruborizado, en realidad no tenía siquiera la necesidad de explicarle a los presentes a lo que se refería con los ritos en honor a Afrodita-. Un mercader proveniente de Abidos, inclusive, frecuentaba el templo de Afrodita en el que Hero… profesaba… los cultos a Afrodita, convirtiéndose en un ferviente seguidor de la diosa, aunque no por Afrodita, sino por Hero, su nombre, era Leandro -aseguró.
-Esta… versión del cuento no me la sabía… -agregó Asio algo sorprendido-. He de admitir que es un poco más creíble, pero la versión que nos contaban cuando niños era más… -intentó encontrar las palabras Asio.
-Pudorosa… -aseguró Ilíona, ruborizada, pero continuó de todas formas-. Esta, rey Asio, es la versión oficial de la historia. El resto, simples mejoras por el romanticismo, y la distracción de las mentes infantes… pero he de continuar -se aclaró la garganta, y prosiguió-. Entre Hero y Leandro, las fogosidades de los ritos en honor a Afrodita escalaron a un romance apasionado, digno de la Diosa de los Amantes, muy molesto para la protectora de las vírgenes, pero volviendo al tema, la familia de Hero, la repudiaba por su entrega a Afrodita, la cual como bien se sabe, no es bien vista por muchos mortales. De igual manera, la familia campesina de Leandro, veía con molestia la adicción de Leandro por Hero. Ninguno de ellos pertenecía a familias acomodadas como suele decirse para adornar la historia, Hero era una sacerdotisa sin linaje familiar que le diera riqueza, tan solo codiciada por su belleza, y Leandro, un campesino de familia humilde, quien ni siquiera pertenecía a una familia mercader de Abidos con nexos importantes. Aun así, ambas familias prohibieron que se vieran. El padre de Leandro fue al grado inclusive, de negarle a su hijo el ser parte de las brigadas mercantes que llevaban víveres a Sestos, y el padre de Hero, la confinó a su torre -ante la versión tan completa de la historia, Ilíona se vio rodeada de los Peltastas quienes, con interés genuino, escuchaban su relato.
Niso, el autoproclamado Suplicio Obsidiana de la Luna, sentía una tremenda admiración por Ilíona. Ella era infantil en muchos aspectos, inclusive algunos dirían que débil, pero poseía una personalidad tan frágil y amorosa, pese a intentar aparentar ser ruda y violenta, que lograba que todos le prestaran atención, además, de que no era secreto, para Niso al menos, de que ella poseía una agudeza militar rara vez vista en un mortal, o en un dios.
Pentesilea se encontraba también en la Sala del Trono, aún confusa sobre su derrota, y sobre haber sido perdonada o liberada por Asio, pero no pudo evitar el prestar toda su atención a Ilíona, aún sobre una historia que para ella era ridícula. Pentesilea, en verdad admiraba a Ilíona.
-Cegada por su lujuria, Hero envió a otras sacerdotisas como mensajeras a Abidos, exigiendo a Leandro el que volviera a Sestos pese a la prohibición de sus padres. En un principio, Leandro intentó escabullirse entre los barcos mercantes, pero todas las veces que lo intentó, fue descubierto -proseguía Ilíona con su historia, inclusive trazando con sus dedos el camino que recorrían los barcos mercantes desde Abidos hasta Sestos-. Pasaron los días, e impulsada por su lujuria seguramente… -enunció con su ceja temblándole de molestia-. Hero encontró la solución a su precaria situación al dirigirse a la cima de la torre de Sestos en la cual vivía, y ver iluminada por la Luna, a la ciudad de Abidos a la distancia. La ciudad de Abidos era visible únicamente en las noches de Luna llena desde Sestos, y con este conocimiento en mente, Hero envió una carta nuevamente, incitando a Leandro a navegar por la noche en dirección a Sestos, donde Hero la esperaría -hizo una ligera pausa, percatándose de que todos los presentes le brindaban toda su atención-. Leandro lo intentó, pero encalló en varias ocasiones al perder su rumbo, ya que navegar por la noche no le era sencillo. Envió con una de las mensajeras de Hero su respuesta, navegar por la noche le era imposible en embarcaciones mercantes de madera y, aún si lograba hacerse de una embarcación de mayor tamaño, no podría navegarla él solo por la noche. Todo parecía indicar que Leandro y Hero no podrían estar juntos, pero entonces llegó la respuesta de Hero a la carta de Leandro, «Entonces nada», fue la respuesta -prosiguió.
-Ni mi madre contaba la historia con tal lujo de detalle -le susurró Niso a Asio, quien asintió, admitiendo que el relato no era como lo contaban cuando niños, y que venido de Ilíona parecía más un hecho real que un cuento.
-Para sorpresa de Hero -continuó Ilíona-. Leandro llegó nadando desde Abidos hasta Sestos, nadando poco más de 303 estadios, por la noche, en aguas frías, por ver a su amada. Aquella noche, yació con su amada, a la mañana siguiente, recibió una paliza por parte de los guardias de Sestos, cuando los padres de Hero se enteraron de la escapada nocturna de Leandro, quien fue transportado de vuelta a Abidos, mallugado, atado, y deshonrado. Pero la lujuria de Leandro y Hero, era superior a las vergüenzas que pasaron -continuó ella, sintiéndose molesta-. Ahora Leandro sabía que podía llegar a nado a Sestos, y así disfrutar de las caricias de Hero, pero existían 2 problemas… el primero, es que la Luna no siempre brilla en la misma posición, y por ello, rara vez es posible ver a Abidos desde Sestos, o viceversa. La segunda, era que Leandro no podía esperar a la mañana en Sestos, sino que debía volver a Abidos antes del amanecer, o se arriesgaría a recibir una paliza nuevamente. ¿Cómo podría Leandro volver a nadar desde Abidos hasta Sestos sin la luz de la Luna? ¿Cómo podría Leandro volver a casa? Así fue como a Hero se le ocurrió prender una pira en la cima de la torre en que vivía, y así, Leandro podría verla, y nadar hacia ella. Para que Hero pudiera asegurarse de que Leandro podía ver su pira desde Abidos, le pidió que encendiera una pira en la torre más alta de Abidos de igual manera. Así, no solo Hero sabría que Hero podía ver su pira, sino que también Leandro podría regresar a nado hasta Abidos y evitar así el ser golpeado por las mañanas. A la noche siguiente, pusieron su plan a prueba, y para sorpresa de ambos, funcionó -continuó ella, y el grupo continuó en silencio-. Por varias Lunas, las piras se encendieron en ambos extremos del Estrecho de los Dardanelos, permitiendo a Leandro nadar de ida y venida solo para acostarse con Hero. Durante todos estos viajes, el cuerpo de Leandro se vio beneficiado por el constante ejercicio, inclusive podía realizar el viaje por el estrecho con mayor facilidad, aquello hacía a Hero muy feliz, no solo tenía más tiempo para estar junto a su amado, sino que físicamente, había sido agraciado -se apenó Ilíona, fastidiada por tener que admitirlo.
-Mi señora… -la interrumpió Pentesilea, tras notar que la molestia de Ilíona por los romances carnales, estaban lentamente guiando a Ilíona a dejar la historia imparcial, y cambiarla por una versión de repudio-. Concéntrese -le pidió Pentesilea.
-Sí… -aceptó ella tranquilamente-. El nuevo físico de Leandro, no pasó desapercibido por las doncellas de Abidos, y pronto, Leandro se vio rodeado de mujeres que deseaban poseer a Leandro solo para ellas, y aunque Leandro prefería la compañía de Hero, no pudo evitar… entregarse a los placeres humanos, con una joven virgen… que… Leandro había admirado desde la infancia… aquello… era impensable… inaudito… imperdonable… -volvió a desprenderse del tema, por lo que Pentesilea volvió a llamar su atención-. Disculpen… -reverenció ella-. Como podrán comprender, el engaño de Leandro desató la furia de Artemisa, quien no solo dejó de brillar por las noches para ellos, sino que violentó las mareas para complicar el nado de Leandro por el Estrecho de los Dardanelos. Llegó el tiempo, en que Leandro no era detenido ni siquiera por las mareas de Artemisa, y al creerse superior a los dioses, Leandro dejó de tener pequeños romances ocasionales, para asegurarse de cada mañana disfrutar de la compañía femenina, y por las noches continuar seduciendo a Hero. Inclusive, Leandro tuvo un amorío con la mensajera de Hero -prosiguió, y miró al grupo de hombres, todos ruborizados y echando a volar su imaginación, lo que molestó aún más a Ilíona-. Pero los dioses son caprichosos… Afrodita disfruta de la lujuria y los placeres de los ritos en su honor, pero también es la Diosa del Amor Verdadero, y lo que sentía Hero por Leandro, desde hacía tiempo había sobrepasado a la lujuria, y el ver a Leandro yaciendo con la mensajera de Hero, la enfureció, por lo que aquella noche, no solo Artemisa le dio a Leandro mareas violentas, sino que los fuertes vientos de Afrodita apagaron las piras, dejando a Leandro sumido en oscuridad perpetua en medio del mar. Aun así, Hero continuaba encendiendo la pira, dispuesta a salvar la vida de su amado en el mar, pero más tardaba Hero en encender la pira, que Afrodita en apagarla. Aun así, Leandro se llenaba de esperanza cada vez que veía la pira encendida, y continuaba nadando rumbo a Sestos, hasta que, para infortunio de ambos, Hero se quedó dormida, y a la mañana siguiente, el cuerpo de Leandro fue empujado por las mareas a los pies de la torre de Hero -algunos hombres se mostraron débiles, y lloraron por la pérdida de tan valiente hombre, uno al que Artemisa odiaba, por lo que continuó con su relato-. Hero… al ver el cadáver de su amado en las playas de Sestos, no soportó el dolor de perderlo, y saltó desde la cima a su muerte a su lado… algunas versiones de la historia cuentan, que los padres de ambas familias habían estado tan conmovidos por lo que ocurrió, que sepultaron los cuerpos de ambos en terreno neutral, permitiéndoles estar juntos en la muerte también… la realidad dista mucho de los cuentos infantiles, Leandro fue devuelto al mar, y no fue más que comida para las criaturas de los mares de Poseidón, en cuanto a Hero, su familia la odiaba tanto, que dejaron su cuerpo pudrirse en el lugar donde cayó, no fue hasta que la peste fue tal que se volvió molesta para los comerciantes, que su cuerpo fue arrojado a las fosas sépticas de Sestos, donde terminó de pudrirse. Ese fue el final de Hero y Leandro, y aunque la historia ahora quiera adornarse de tintes de romance, el mensaje de esta historia es fuerte y claro… los mortales jamás deben desafiar a los dioses… -finalizó Artemisa.
-Odio decirlo, pero me había conmovido hasta semejante final tan ruin -se quejó Asio, e Ilíona no hizo más que asentir-. Prefiero la versión infantil, pero eso no es importante. Mi Reina del Quersoneso, usted dijo que la historia de nuestros reinos, Sestos y Abidos, serían la clave para evacuar Sestos y apoyar a Troya en su guerra. ¿Cómo tomar una historia de desesperanza como la que acabamos de escuchar, y convertirla en una proeza militar envidiable? -se preguntó Asio.
-La historia que acabo de contarles, es como todas las historias, con tintes de verdad, y tintes de ficción con la finalidad de entregar un mensaje -aclaró Ilíona, y entonces continuó-. Hero y Leandro eran reales, la historia, casi en su totalidad, ocurrió como se los he enunciado, salvo una diferencia. Ni Leandro, ni ningún humano que no poseyera la sangre de los dioses, ni un cosmos equiparable al de un Caballero Dorado, podría nadar 303 estadios de ida, y de regreso, teniendo ejercicios nocturnos íntimos como intermedio, mucho menos por la noche donde las mareas son más fuertes, y antes del amanecer. Aunque esto no significa al mismo tiempo, que Leandro no cruzó este estrecho -les explicó Ilíona.
-Un momento, mi señorita -la interrumpió Niso-. Si bien es cierto que cruzar 303 estadios a nado ronda lo imposible para un humano común y corriente, es posible hacerlo en al menos un día de nado sin descanso para un humano físicamente preparado. ¿Sería posible que Leandro tuviera el dominio del cosmos? -le preguntó.
-Leandro era un humano común y corriente, obeso, y de más de 30 décadas de vida… -explicó Ilíona-. Y pese a que entiendo que, para los mortales, el disfrutar del cuerpo de una joven de 15 años como lo era Hero, les es un poderoso motivante, ni eso hubiera bastado para que un hombre con la complexión física de Leandro y el desconocimiento del cosmos, pudiera recorrer los 303 estadios a nado desde Abidos hasta Sestos y regresar, antes del amanecer. No bromeo cuando digo que es imposible, Niso -aclaró Ilíona-. Y si bien Leandro tonificó su cuerpo para tener la complexión requerida para cruzar a nado el Estrecho de los Dardanelos, aún con esta condición física, es ridículo pensar que en tan poco tiempo lo conseguiría, no a menos, que Leandro no haya cruzado el Estrecho de los Dardanelos nadando, sino… navegando… -les explicó, y aquello llamó la atención de todos los presentes-. Leandro en verdad intentó cruzar a nado en varias ocasiones, pero al no lograrlo, tuvo que usar su mente. Contrario a lo que dice la historia, Leandro navegó en una embarcación de cuero, y solo lo hacía en noches en las cuales el viento le era favorable. La embarcación había sido construida con escudos Peltastas, con 8 revestimientos de cuero, y era tan pequeña, que Leandro podía moverla sin muchos problemas. Aunque también era tan delicada, que Leandro tenía que nadar tirando de ella por 1 estadio, para después subirse a la misma, lanzarse al agua al estar a un estadio de Sestos, y continuar tirando de ella amarrada a su cintura. Si lo hacía en una noche de mucho viento, Leandro en verdad arriesgaba su vida, por ello, solo lo hacía cuando las condiciones eran favorables -les explicó, lo que sorprendió a los presentes-. También, la razón por la que Leandro murió, no fue gracias a la furia ni de Artemisa ni de Afrodita, no por no decir que no estaban furiosas, en verdad lo estaban… Leandro murió, cuando los 8 revestimientos de cuero se pudrieron por el contacto continuo con el agua, y tras perderse cuando Hero se quedó dormida, no pudo nadar a la orilla a tiempo, murió de agotamiento, al no estar físicamente preparado para nadar más de un estadio. En cuanto a Hero… ella en efecto se lanzó al vacío… -finalizó.
-Aún si el cruce de Leandro desde Abidos hasta Sestos no es lo que los cuentos dicen, ¿de qué nos sirve este conocimiento? -se preguntó Asio, frotándose la barba intentando comprender lo que Ilíona intentaba decirle.
-¿No es obvio? -se cruzó de brazos Ilíona- Los escudos Peltastas están hechos de mimbre, pelta y adarga, forrados de piel de cabra y de oveja. En sus escudos cargan lo que es ahora el sucesor de la barca de cuero que Leandro utilizó para navegar de un lado del Estrecho de los Dardanelos al otro -se acercó Ilíona a uno de los Peltastas, pidiéndole su escudo, el soldado obedeció, le brindó el mismo, e Ilíona lo colocó en el suelo, acto seguido, le pidió al Peltasta el acostarse sobre él, demostrando que el cuerpo del Peltasta cabía perfectamente sobre su escudo, con las piernas quedando suspendidas-. Leandro navegaba de noche, sobre una barca de cuero, ya que, si la barca se volcaba, se ahogaría en ese instante. Los hombres del Quersoneso son hombres del mar, incluso si llegasen a caer de sus escudos, podrían volver a recargarse sobre sus escudos, siempre y cuando el mar esté en calma… y con Poseidón lejos y en las cercanías de Egipto, Afrodita estando del bando Troyano, y Artemisa, brindando mareas en calma, lo único que deben hacer los Peltastas, es navegar tranquilamente, siguiendo la Pira de la Torre de Abidos como su guía. Ya que los Peltastas visten forrajes de pieles y no metales en sus cuerpos, no hay forma de que se ahoguen, a menos de que sean pésimos nadadores, lo que, viviendo en una ciudad del mar, sería ridículo, ¿no es así? -miró Artemisa a sus hombres, algunos se mostraron intranquilos- Quien no pueda nadar, surcará sobre embarcaciones de cuero negro, junto con los víveres de esta ciudad, y bajo la protección de la noche sin Luna. De esta forma es como evacuaremos Sestos, y enviaremos a los hombres del Quersoneso, junto a los de Abidos, en dirección a Troya, desde donde atacaremos a los Aqueos por la retaguardia -finalizó Ilíona.
-Suena como un plan bastante arriesgado… -respondió Asio con preocupación, y tras escuchar las quejas del amordazado rey, la duda inclusive lo invadió-. ¿Cómo podría funcionar? Incluso si lo intentáramos, la pira de Abidos, ¿cómo la encenderíamos? -le preguntó contrariado, a lo que Ilíona sonrió.
-Mi rey Asio, ¿ha notado que uno de los acompañantes de mi selecto grupo de soldados, no se encuentra entre los presentes? -preguntó Ilíona con una sonrisa, como si se enorgulleciera de su agudeza de mente. Asio entonces observó a los acompañantes de Ilíona, encontrando a Niso, Pentesilea, y a Deípilo, pero el supuesto hijo de Ilíona, quien en realidad era su hermano, no se encontraba por ninguna parte-. Ese al que todos conocen como mi hijo, Polidoro, no se encuentra en esta corte, y, a decir verdad, no se encuentra en la ciudad. ¿Cómo sería posible, mi rey? Todas las puertas de Sestos están rodeadas por los hombres de Salamina, ¿no es así? Salvo una puerta, la puerta del mar… voy a demostrarle que este plan no es tan descabellado militarmente hablando. Deípilo… -llamó Ilíona, y su hijo legítimo, a quien todos conocían como su hermano, acudió a su llamado-. Enciende la pira de la Torre de Sestos, Polidoro ha usado la puerta del mar, bajo mis órdenes, para llegar a Abidos, y si tras encender la pira de la Torre de Sestos, la pira de la Torre de Abidos es encendida del otro lado del Estrecho de los Dardanelos… habré demostrado, que es posible navegar sobre un escudo de mimbre, pelta y adarga, hasta Abidos… -finalizó Ilíona.
-Como ordenes, hermana… -elevó su cosmos Deípilo, materializando una especie de bastón hecho de Suplice, pero aparentando la forma de la madera, en sus manos, y tras rodear con su cosmos el mismo, apuntó en dirección a la Torre de Sestos a la distancia-. ¡Pahueldún! -enunció Deípilo, lanzando una llamarada infernal en dirección a la cima de la Torre de Sestos, donde ya se encontraba una pila de madera preparada, y esta, al ser impactada, se prendió sin problemas.
Una vez hecho aquello, Ilíona esperó pacientemente. Asio, el ahora proclamado rey, salió al balcón a observar el mar, curioso de lo que pasaría del otro lado del Estrecho de los Dardanelos, y para su sorpresa, del otro lado del mar, una tenue luz se dejó ver, la luz de una pira que respondía a la señal enviada desde Sestos por Deípilo.
Así como Ilíona lo había anunciado, Polidoro se encontraba del otro lado del mar, dentro de la ciudad de Abidos, sobre la torre más alta, y al lado de la pira encendida. Junto a él yacía el humedecido escudo que había usado para navegar a la ciudad vecina, aún con su Suplice puesta.
-Por los dioses… en verdad es posible… -se sorprendió Asio, virando para ver a Ilíona-. Su hijo Polidoro posee el dominio del cosmos, además de ser un Espectro, pero no he sentido el cosmos de Polidoro elevarse. Si en verdad su hijo logró navegar por el Estrecho de los Dardanelos usando únicamente un escudo Peltasta para llegar hasta Abidos, sin que la pira se haya encendido, entonces… pienso que sería posible evacuar a Sestos por la puerta del mar… pero… no será tarea fácil… -aseguró.
-No, no lo será… -respondió Ilíona-. Pero es posible… la noche aún es joven, comience a enviar a los Peltastas que pueda a nado por el Estrecho de los Dardanelos. Para cuando llegue el primer grupo, Polidoro ya habrá hablado con sus consejeros, rey Asio, dejándoles saber la situación de Sestos. En Abidos se prepararán para la invasión a los Aqueos, mientras los hombres de Sestos defienden la ciudad de día, y construyen barcas de cuero negro de noche. La evacuación será solo nocturna, y llevará tanto hombres como tesoros y víveres, además de a las familias de los soldados. Mi muralla de la Luna deberá resistir hasta que el ultimo Peltasta haya abandonado Sestos, lo que intuyo ocurrirá dentro de una Luna más. Para conservar el ataque latente, y que los hombres de Salamina no sospechen, de poco en poco iré suministrando a sus hombres con mis Armas Lunares, y así, el último día de la invasión, dejaré de proteger la muralla de Sestos, permitiendo que caiga. Los Salaminos concentrarán su ataque en la muralla debilitada, mientras yo, con un grupo selecto de mis más valientes hombres, usamos la salida del norte para que, en la confusión, escapemos en dirección a Bistones, el reino de mi esposo, el cual he de tomar como propio -aseguró.
-Espere… -se quejó Asio-. ¿Eso quiere decir que no nos acompañará en la evacuación? ¿Va a quedarse en Sestos, a mantener a los hombres de Salamina distraídos, y huira a Bistones? Es por usted que estamos abandonando el Quersoneso, ¿no le parece una falta a su responsabilidad como la Reina del Quersoneso, el dejar al reino que conquistó con sus palabras y su brillantez militar? -le preguntó curioso.
-Tracia auxiliará a Troya en su guerra contra los Aqueos… -continuó Ilíona-. Actualmente, los Aqueos cuentan con 30 reinos que les han permitido desplegarse a lo largo de Tracia y de Anatólia sin que nadie los detenga. Atacar a los campamentos Aqueos por la retaguardia, sería solamente una victoria temporal… Troya, Dárdanos, Elayunte, Mádito, Sestos y Abidos unidos, pueden defender Troya de forma más efectiva que la incursión Aquea, pero no dejan de ser solamente 6 reinos contra los 30 de los Aqueos. Por ello seguiré con mi viaje, convenciendo a Bistones, Apolonia y Eyón de unirse en un frente común… así seremos 9 reinos… y si la incursión Aquea prosigue como lo ha estado haciendo hasta ahora… más reinos se unirán a la causa -le aseguró Ilíona con decisión-. Varios pueblos ya han caído bajo las incursiones de Aquiles, y han debilitado sus fuerzas, pero una Anatolia unida es lo que realmente hará la diferencia. Además, sé de buena fuente que Misia, la primera de las ciudades saqueadas por los Aqueos, se ha recuperado del acto de traición Aquea, y planea unirse a la batalla, defendiendo Lesbos que actualmente se encuentra bajo ataque. Si esto resulta ser verdad, entonces no solo seremos 10 reinos defendiendo a Troya, sino que los sobrevivientes de Lesbos, y los aliados comerciales de Misia que son Proconeso y Percote, se unirán también. 13 reinos, contra 30… son números esperanzadores si consideramos que solo Dárdanos y Troya han resistido los envistes de los 30 reinos Aqueos, ¿no lo cree? En resumen, rey Asio… no estoy huyendo de mis responsabilidades… voy a aplastar a los Aqueos, fuerte, y contundentemente… que de eso no le quede duda. Ahora… ¿va a ayudarme o no? -preguntó con molestia, y Asio, tras mirar a la torre de Abidos, volvió a sonreír.
-¡Larga vida a la Reina del Quersoneso! -exclamó Asio, y los Peltastas presentes aclamaron el nombre de Ilíona- Todo quien sepa nadar, a la puerta del mar, comenzaremos con la evacuación. A los menos habilidosos con el nado, quiero que reúnan a los artesanos más habilidosos de la ciudad y los auxilien en la construcción de las barcas negras, y quiero que las llenen en el presente orden, mujeres y niños, alimento, armamento y tesoros, en ese orden. Los ancianos que puedan aún combatir auxiliarán a los soldados jóvenes en la defensa de las murallas, y solo cuando todas las mujeres y niños hayan sido evacuados, se les permitirá evacuar a ancianos y enfermos, ¿ha quedado claro? -ordenó, y los Peltastas presentes todos respondieron afirmativamente- ¡Vayan! ¡La noche aún es joven! ¡Antes del amanecer al menos 1,000 lanzas deberán llegar a Abidos! ¡Andando! ¡No pierdan el tiempo! -insistió Asio, y para su sorpresa, Pentesilea le arrebató el liderato.
-¡Ya escucharon! ¡A la puerta del mar ahora! -gritoneó Pentesilea, con una fortaleza renovada, orgullosa de seguir el plan de Ilíona- ¡Yo misma los arrojaré al mar si los veo dudar! ¡Solo llevarán sus pieles y sus armas! ¡Si los de Salamina nos descubren, alertarán a los Aqueos en Elayunte y todo estará perdido! ¡Apresúrense! ¡La noche aún es joven! -insistió Pentesilea, y la ciudad de Sestos, aún en noche, se llenó de vida.
Campamentos Aqueos.
-¡Están ganando terreno! -gritaba Diomedes, a momento en que los Troyanos se las habían arreglado para empujar a los ejércitos Aqueos de regreso a sus empalizadas y a sus campamentos. Los hombres de Diomedes estaban muy bien entrenados, apenas y habían sufrido bajas. En realidad, eran más las bajas del lado Troyano, siempre había sido así, no por nada los Aqueos habían logrado mantener el sitio en Troya por casi ya 2 años.
Héctor aún lideraba la marcha, pero era evidente que mientras más cerca de los campamentos Aqueos, y por la poca visibilidad, más peligroso era para ellos el arriesgarse a caer en alguna de las fosas cavadas por los Aqueos, o el que sus hombres se estrellaran en contra de una de las empalizadas. Diomedes lo sabía, y por ello había abierto las filas, dividiendo a sus hombres para que los Troyanos los persiguieran de vuelta a los campamentos y cayeran en las trampas, ya que los Aqueos sabían perfectamente donde estaban sus empalizadas.
Pero Héctor era tan brillante militarmente hablado como lo era Diomedes, y mantenía a sus soldados al margen, y en el momento en que los Aqueos se replegaban, los Troyanos llamaban a sus arqueros y los bañaban en flechas, obligándolos a salir de los puestos seguros detrás de las empalizadas, o arriesgarse a ser diezmados por las flechas.
Por la cercanía a los campamentos principales ocupados por los soldados de Argos, de Tebas y de Calidón, tropas que mantenían el asedio frente a las puertas de Capis, los ejércitos de Odiseo y de Néstor, que defendían los campamentos de frente a las puertas de Esceas e Ilo, apenas y tenían bajas. Pero no podían desplegar la totalidad de sus fuerzas militares para apoyar a Diomedes, o se arriesgarían a que sus respectivos campamentos fueran atacados por sorpresa, lo que terminaría en la pérdida de sus posiciones estratégicas frente a cada puerta, lo que indudablemente permitiría a Troya concentrar toda su fuerza militar en un solo punto, en el campamento principal, y terminaría por lograr que los Troyanos expulsaran a los Aqueos.
Así fue que, la batalla militar entre Diomedes y Héctor, se convirtió en algo similar al oleaje del mar, con Héctor atacando con fuerza inquebrantable del oleaje contra la costa, con una tremenda fuerza antes de suavizar el ataque conforme se acercaba a las empalizadas Aqueas, y retroceder de vuelta a Troya como si Troya fuera el mar, arrastrando a los Aqueos en su dirección, solo para volver a atacar de forma contundente y expulsar a los Aqueos de vuelta al campamento base. Héctor mantuvo esta estrategia, y aunque Diomedes sabía que estaba cayendo en el juego de Héctor, no se atrevió a cambiar su postura, tenían muy pocos hombres, y si Diomedes lograba repeler a Héctor, los Troyanos debían simplemente replegarse dentro de sus murallas, y salir cuando los Aqueos fueran diezmados por las flechas. Con los números actuales eso sería imprudente, en una batalla de campo abierto, Diomedes sabía que podía derrotar a la totalidad del ejercito de Troya y de Dárdanos con uno solo de sus ejércitos, pero a riesgo de perder el campamento base, y con la muralla de Troya, inexpugnable, eso era un suicidio, sus hombres quedarían en campo abierto a merced del contraataque. En realidad, de no ser por la muralla, Diomedes por sí solo estaba seguro de poder conquistar Troya, así como hizo con Tebas la de las 7 Puertas, contundentemente, pero con demasiadas bajas. La guerra, era una inmensa estrategia en un tablero de ajedrez, y Diomedes había encontrado a su igual en proeza militar.
-Puedo hacer esto toda la noche, Diomedes -le aseguraba Héctor cuando se topaban en el campo de batalla e intercambiaban estocadas con sus lanzas-. La pregunta es si tú puedes repelerme toda la noche de igual manera -le sonrió Héctor con picardía.
-Los hombres necesitan descanso, Héctor, y nosotros somos más… -le recordó Diomedes, pero por alguna razón, Héctor estaba sumamente tranquilo-. Cada vez que envistes, como una ola de mar, dejas la humedad regada sobre nuestra estructura. Esa humedad es la sangre de tus hombres… ¿qué pasará primero, Héctor? El oleaje degradará a la roca… ¿o se calmará cuando se dé cuenta de que solo moja la superficie, pero no puede moverla? -agregó, antes de empujar a Héctor al patearle el pecho- ¡Esta roca o caerá! -aseguró Diomedes.
-No… no caerá… las rocas pueden soportar los embistes de las olas por mucho tiempo después de todo, Diomedes. Pero, mientras más tiempo pasa, más débil se vuelve… -le respondió Héctor, buscando a Polidamante-. Ya es hora, Polidamante -aseguró Héctor, y su amigo tomó la trompeta, y la retirada fue anunciada-. Las olas vuelven al mar, Diomedes… y cuando regresen, lo harán más violentamente -aseguró, y Héctor lideró la retirada. Diomedes deseaba darle persecución, estaba furioso por haber sido atacado a traición, pero estaba agotado, y sus hombres de seguro lo estaban también.
-¡Euríalo! -llamó Diomedes antes de que sus hombres pudiesen darle persecución a los Troyanos- ¡Llama a la retirada! -continuó Diomedes, y Euríalo obedeció, tomando su trompeta, y declarando que las hostilidades habían terminado- Nuestros hombres necesitan descansar… los hombres de Dárdanos no se unieron a Héctor, lo que quiere decir que intentarán atacarnos a primeras horas de la mañana con soldados descansados y listos. No podemos perder el tiempo, que los hombres des… -intentó comunicar Diomedes una vez que los Troyanos ingresaron por las puertas de Capis, pero apenas pasaron unos instantes, cuando las puertas comenzaron a abrirse nuevamente, y los hombres de Dárdanos salieron, liderados por Eneas, quien iba acompañado de los Daimones, Phobos, el Daimón del Terror, y Hebe, la Daimón de la Juventud-. Esto… es una locura… los dioses no deberían permitir esto. ¡Zeus el rey de los dioses debería castigarlos por esta imprudencia! -Diomedes estaba furioso, pero preparó a sus hombres de todas formas, y se posó orgulloso, aunque algo cansado, frente a Eneas- Sé que tú eres un hombre de honor… Eneas… ¿cómo es que te entregas a esta estratagema tan ruin? -le recriminó Diomedes, y Eneas, simplemente bajó la cabeza, entristecido.
-Si a Zeus no le gusta esto, Diomedes, nos atendremos a la furia del rey de los dioses -fue la respuesta de Eneas, quien miró al cielo despejado, y a la Luna llena-. Zeus no parece enfurecido, ¿te lo parece a ti? -preguntó, a lo que Diomedes respondió mordiéndose los labios en señal de incertidumbre- Pero, volviendo al tema del honor… desearía que fuera diferente, Diomedes… pero ahora que sabemos que sus fuerzas se han mermado… tenemos esta oportunidad única de terminar con esta guerra. ¡Dárdanos! -ordenó Eneas, materializando a la espada Maleros en su mano, y apuntando con esta en dirección a Diomedes- ¡Ataquen! -ordenó Eneas, y el grito de los hombres de Dárdanos, resonó aún más fuerte que nunca gracias al silencio de la noche.
-¡Aqueos! -llamó Diomedes a sus hombres a las armas, quienes aún cansados, se unieron a su rey, y corrieron a encuentro de los hombres de Dárdanos, sumiendo la noche de Anatolia en una violencia inquietante.
Todo el tiempo, Shana observó lo que ocurría a lo lejos, el cómo los Troyanos y los hombres de Dárdanos irrespetaban los designios de los dioses, y cómo los dioses, lo permitían. En el corazón de Shana ya no quedaban dudas, el dios más poderoso de todos, no le sonreía a los Aqueos.
-¿Es así como va a ser entonces, padre? -agregó Shana mirando al cielo, encontrándolo enteramente silenciado- Por miles de años, ni una sola vez has intervenido en la guerra de los hombres... no ha habido Guerra de Honor por el dominio de Gea, que haya resonado con semejante fuerza, como para ser merecedora de tu intervención, y ahora… pese a que sigues sin actuar directamente… con tus inacciones es como no dejas en tela de duda tu favor en honor a Troya… que así sea… padre… oficialmente… esta es la primera Guerra de Honor entre Athena y Poseidón, contra Hades y Zeus… -declaró, con su cosmos incinerándose, decidida a entrar al campo de batalla, más antes de hacerlo, se llevó una extraña sorpresa.
-Te equivocas, Athena… -escuchó Shana, virándose, para encontrar a Lodis saliendo de la tienda de Diomedes-. Esta no es solo la primera Guerra de Honor, en que Athena y Poseidón, en alianza divina, se unen contra Hades, ni la primera Guerra de Honor, en que Zeus toma un rol relativamente activo. Esta Guerra Santa, es mucho, mucho más -aclaró Lodis, y su cuerpo fue rodeado por un cosmos rosado e intenso, lo que sorprendió a Shana en gran medida.
-No solo tú y Poseidón han intervenido en esta guerra, Athena… y puedo asegurarte que no serán los únicos -escuchó nuevamente Shana, dándose la vuelta una vez más, y encontrando en las cercanías a un joven Atlante, aunque era joven en apariencia solamente, ya que su edad, se contaba en miles. Se trataba de un extraño traído por Poseidón, a quien Shana solo había visto en pocas ocasiones, y quien era tan enigmático, que no resaltaba mucho. Oribarkon, el joven Atlante-. ¿Acaso crees que cualquiera puede reparar las Armaduras Doradas? Solo un dios podría, uno que ama a Athena tanto, como para estar de su lado en esta guerra -aseguró, y en aquel momento, los ojos de Shana se abrieron de par en par.
-Hefestos… -descubrió Shana en el cosmos de Oribarkon, al dios ciego quien por vez primera se hacía presente frente a ella-. Hera… -dedujo la identidad del cosmos que respaldaba a Lodis, y la reina de los dioses asintió con una gentil sonrisa-. Pero… ¿por qué? De Hefestos no es sorpresa, mi querido hermano siempre ha estado de mi lado, pero de ti… Hera… -se preocupó Shana.
-Tú viste lo que aconteció esta noche, Athena… Zeus ha dejado bien en claro a quien favorece en esta guerra -le recordó Lodis, a lo que Shana respondió asintiendo con tristeza-. Si yo no te protejo de la ira de Zeus, ¿quién lo hará? En este segundo año de guerra, los dioses hemos observado el como otros dioses se baten en duelo por el dominio del mundo. Pero, ante nuestros ojos, no dejaba de ser una simple diversión el ver a los 2 hermanos de Zeus enfrentarse… pero claro, todo ha cambiado ahora… los dioses han tomado bandos, y genuinamente siento que el bando que ha elegido Zeus tomar, es el equivocado, he tomado posesión del cuerpo de esta mortal para auxiliar en lo que me sea posible… no estás sola, Athena… -aseguró.
-Ni en el plano mortal, ni en el espiritual… -agregó Oribarkon, mostrándole en su cosmos a un Caballero de Plata, uno que Athena conocía muy bien, quien fuere el primero en poner pie en Troya y encontrar la muerte, Protesilao de Orión-. No es quien crees que es, al menos no enteramente, al verdadero, se le ha recompensado por deseo de Poseidón. Su reemplazo, es él quien puede viajar por el reino de los vivos y de los muertos por igual, solo puede ser uno… -agregó.
-Hermes… -se impresionó Shana-. El Dios de los Mensajeros y la Velocidad… pero, ¿qué significa esto? La Guerra Santa debería ser únicamente entre Athena y Hades… si tantos dioses entran en conflicto, esta guerra… -se preocupó Shana.
-Es tarde ya… esta guerra, es más que una Guerra de Honor, Athena… -aclaró Lodis, por lo que Shana se presionó el pecho en señal de preocupación-. Esta guerra… es una Guerra de Dioses… sea quien sea el ganador de esta guerra, no solo ganará el dominio del Mar Negro como piensan los mortales, querida… sino que abrirá el camino para el cambio de dominio cósmico, ¿lo has entendido ya? Esta guerra, tiene el potencial de cambiar el destino de los mortales -aseguró.
-O de los dioses -agregó Oribarkon-. Hay también una enorme posibilidad, de que, tras terminada esta guerra, los dioses mismos desaparezcan… por eso Zeus ha decidido actuar… -le explicó Oribarkon, por lo que Shana se mordió los labios con fuerza-. Debes ser paciente. Imagina, por un momento, que los dioses que están presentes en esta guerra, desaparecen… no puedes combatir en esta guerra, Athena, hemos decidido ayudarte, con sabiduría… por favor guarda tu espada… -le pidió, por lo que Athena obedeció-. De ahora en adelante, los dioses tomaremos un rol más activo en esta guerra, todos al servicio de Athena, y de Hades… así es como debe de ser… -finalizó Hermes, y los 3 dioses, miraron en dirección a Troya.
Troya. Décima Ciudadela, Illión.
-Esto se está poniendo muy interesante -sonrió Paris, en la Sala del trono Troyano, misma que desde hacía tiempo, desde que Príamo se había percatado de que Paris era Hades, había quedado en el olvido, y solo servía como cuarto de guerra personal de Paris, y de Helena, quienes constantemente no hacían más que ver a diversas esferas de cosmos, desde las cuales observaban a la guerra tornarse más y más violenta. Aunque en esta ocasión, Paris observaba una esfera en específico, esa donde se mostraba a Shana, Lodis, Oribarkon, y la proyección de cosmos de Protesilao, los últimos 3 arrodillados frente a Shana-. Me pregunto qué tantos cambios traerán estas alianzas a la presente guerra, aunque no es como que me interese mucho la verdad -sonrió Paris, relajándose en su trono.
-No comprendo el cómo puedes estar tan tranquilo -le enunció Helena, con su cabellera de un color rosado e intenso, mientras miraba las esferas de cosmos y a las muchas guerras que en ellas se reflejaban-. Veo a todos los dioses poniendo de su parte, pero a ti solo te interesa embarazarme y disfrutar de los placeres mortales -le aseguró.
-No importa quien gane la guerra, Troyanos o Aqueos, yo he ganado todo el tiempo, Perséfone -aclaró Paris, poniéndose de pie, y disipando con su cosmos las esferas de cosmos, liberando de su presencia a la habitación-. Habiendo dicho esto, eso no significa que no vaya a ganar esta guerra. Solo te pido que observes… -continuó elevando su cosmos Paris, y varias sombras oscuras se alzaron del suelo, tomando la forma de personas, y usando los azulejos de la habitación del trono como un inmenso tablero de ajedrez-. Athena, Poseidón, Hefestos, Hera y Hermes, 12 Caballeros Dorados, 18 Plateados, 19 de Bronce, 7 Generales de Poseidón, y 30 reinos, se encuentran de un lado del tablero de ajedrez -le explicó Hades, y entonces viró al otro lado del tablero-. Hades, Perséfone, Ares, Afrodita, Apolo, Artemisa, y Zeus, quiera el rey de los dioses tomar un papel activo o no, la cruda realidad es que mientras Artemisa esté de nuestro lado, Zeus no castigará a quienes irrespeten los designios de los dioses, y por si no fuera poco el tener una mayor cantidad de dioses, sin mencionar que son los más poderosos, 108 Espectros, 6 dioses menores que aún no han tenido participación en esta guerra, 9 Daimones, y ejércitos de Satelites y Amazonas que sirven a Artemisa, sin mencionas a los Egleteos, los Jinetes de Helios y los Epítetos del Sol. ¿No lo comprendes, Perséfone? Realmente no necesito tomar un rol activo en esta guerra. Mientras los dioses colocan sus piezas sobre el tablero de ajedrez, pensando en el dominio universal cambiando de dueño, la verdadera vitoria es y siempre será la mía, la muerte. No importa que tan fuertes sean los soldados, todos mueren al final, y como todos los grandes héroes de Gea están muriendo en esta guerra… no importa el resultado, el mundo que quede después de esta guerra no será más que un cascaron vacío, a merced de lo que se me ocurra después. Por ello, Perséfone, yo solo debo observar a los grandes héroes caer inútilmente, y cuando todos hayan caído, no solo tendré el placer de vencer a Poseidón en su juego de alianzas con Athena, sino que terminaré con ella, y tras haber destruido a las estirpes de los grandes héroes en batalla, el mundo, estará lleno de humanos débiles que no podrán levantarse en contra de los dioses jamás -la miró Paris fijamente, y Helena se puso pensativa-. ¿Puedes verlo ahora, Perséfone? ¿El mundo que existirá después de esta guerra? Un mundo de héroes muertos, que solo existen en mitos y leyendas, y cuyos reyes, jamás han pisado un campo de batalla. Estoy creando un mundo sin héroes, ya que, en esta guerra, todos van a perecer -finalizó Paris.
-¿Un mundo sin héroes? ¿Es eso posible? -se preguntó Helena, mirando a todos los actores en el talero de ajedrez de Hades- Pero esos héroes incluyen a los que sirven bajo su nombre, mi señor. Los perderá a ellos también -le recordó.
-No, allí es donde te equivocas -le aseguró Paris-. Es verdad que Tártaros se está tragando a mis Espectros, reteniéndolos por 1,000 años en su vientre. Pero, mientras esos 1,000 años pasan… habré encontrado grandes reemplazos… -se posó Hades entonces frente a los Caballeros Dorados, y Helena comprendió por fin el plan de Hades. La Guerra de Troya, no era realmente importante para él. Hades no deseaba el control del mundo, había tenido tantas batallas con Athena como para saber que Athena siempre encontraba la forma. En su lugar, el juego de Hades era más violento. La total destrucción de la civilización humana, en un declive cultural de proporciones inimaginables. Cuando los grandes reyes y héroes perecieran, dejarían atrás a un mundo débil, y manipulable, uno que caería fácilmente bajo su poderío, ya que Hades controla la muerte, y de ella es rey. Y sea quien fuera el héroe que cayera, Aqueo o Troyano, de Hélade o de Anatolia, de lealtad a Athena, a Poseidón o a Hades, todos terminarían en el mismo lugar, un lugar donde no existe la esperanza, un lugar donde el brillo del Sol no existe, un lugar, en el cual Hades pretendía reunir a nuevos campeones, y lo demostró, al opacar las Armaduras Doradas de negro, y revelar a sus nuevos Suplicios Obsidiana-. Jaque mate, Athena… después de esta guerra, los humanos, no serán más que cascarones vacíos que solo podrán ver al pasado, y recordar a sus grandes héroes como mitos y leyendas… tras esta guerra, la era de las Guerras del Honor, habrá llegado a su fin… -terminó Paris, casi logrando ver el mundo que se alzaría tras esta guerra, un mundo sin dioses, un mundo sin cosmos, un mundo… de seres humanos comunes y corrientes.
