Permítanme contarles una historia, la historia de Danielomedes, un cronista que llevaba un detallado archivo conteniendo todos los misterios de la Guerra de Troya, y que guardaba celosamente en un caja mágica que pertenecía a un reino para el cual Danielomedes trabajaba. Cierto día se disparó una tremenda plaga, que hiso a muchos perder sus empleos, incluidos el empleo de Danielomedes, que fue forzado sin previo aviso a entregar su caja mágica, en la que llevaba guardados todos los pergaminos en los que tanto había trabajado para escribir sus crónicas sobre la Guerra de Troya. Sin trabajo por la plaga, Danielomedes tuvo que emprender, y construir su propio sustento, lo que lo alejó de sus crónicas por un largo tiempo. Por fin Danielomedes tuvo tiempo para volver a sus crónicas, pero su caja mágica ya no estaba, los grande planes que tenía para seguir contando la historia de la Guerra de Troya, se habían perdido, incluidos pergaminos muy poco conocidos, que eran muy importantes para poder seguir contando sus relatos. Le tomó a Danielomedes mucho tiempo, un año realmente, pero logró replicar sus escritos antiguos, y reemplazar los pergaminos perdidos. Desde entonces Danielomedes trabaja duro, para mantener sus pergaminos a salvo, y poder continuar contando esta épica historia.
En español: Me despidieron, me quitaron mi computadora donde tenía todas mis notas, mapas, exceles, el mito de Anficlas completo. Además de que tuve que abrir mi propio negocio porque no me daban trabajo, así cuando por fin quise regresar a escribir, ya no tenía mis notas y las tuve que volver a conseguir. En realidad, mis notas siguen incompletas, pero encontré los mitos que necesitaba de la diosa Nyx y de Anficlas, además de los registros históricos de Tebas que necesitaba, y por fin, y después de quebrarme la cabeza porque no recordaba el mito/historia del rey Mácar… que hasta hace dos días recordé porqué (spoiler, no se llama Mácar pero eso lo descubrirán en el próximo capítulo no en este), por fin pude medio acomodar mis ideas y recordar el cómo iba a terminar el segundo año de la Guerra de Troya… ahora… yo sé que ya no confían en mí, yo sé que FF está muriendo, y los problemas que ha tenido este mes seguro no ayudan en nada… pero, o termino esta historia mientras FF aún vive y la exporto a WP y AO3, o la termino, con audiencia, sin audiencia, no me importa, esto es personal, esta historia la termino porque la termino, y afortunadamente aunque no me crean, ahora tengo mi propio negocio y por consiguiente, tiempo, para escribir esto. Así que… regreso número 23, toma uno, la excusa, acción.
Antes de contestar los reviews de antaño, que seguro ya ni se acuerdan de qué me escribieron porque han pasado DOS AÑOS, no tengo perdón de dios… para este capítulo, estoy usando un mito muy poco conocido sobre la diosa Nyx, y que tiene que ver con Anficlas siendo borrada de la historia. Es verdad que gran parte es libertad creativa, pero estoy tomando esta libertad creativa tras inspirarme en el mito de Anficlas, y por cierto, es de lo poco que queda de su mito hasta incluso después de terminada la guerra… y no me pregunten por compartirles mis notas… ya no las tengo… murieron con mi anterior computadora T_T. Adicional a lo anterior, en este capítulo celebramos a las damas que participaron en la Guerra de Troya, espero lo disfruten.
TsukihimePrincess: Extraño los reviews de mi leoncita, espero que estés con bien. La historia del Quersoneso Tracio en la Guerra de Troya está envuelta en mucho misterio… y eso que he desentrañado bastante. Así que he tenido que inspirarme en la historia regional para explicar algunas de las locuras que he investigado, créeme, es más creíble que la historia escrita de que los Hijos del Quersoneso cruzaron caminando el Helesponto… sobre el agua… digo, hay ficción, pero tampoco hay que exagerar, tuve que hacer ligeros cambios. Sobre la aparición de Hera y los demás dioses, descuida, solo fue una especie de muestra de apoyo, no tendrán un rol activo muy importante… de momento Lodis es Hera, pero no al nivel de Creúsa e Ilíona, con Shana y Poseidón tenemos del bando Aqueo, tal vez Hefestos con Oribarkon, Hera solo poseerá a Lodis en muy contadas ocasiones, y a Hermes solo lo necesito en una parte. Hay que recordar que me estoy concentrando más en el relato histórico de los 10 años de la Guerra de Troya, para el lado mitológico entraremos en el durante el octavo año en adelante.
dafguerrero: Digamos que este Hades, diferente del clásico, sabe que de todas formas todos terminan muertos. Además, hubiera sido repetitivo tenerlo a él de antagonista, ya no genera sorpresa, así que este Hades digamos es más despreocupado porque sabe que no importa lo que pase, tiene las de ganar. Ilíona se ha convertido de poco en poco en una Daenerys Targaryen, no pretendo abusar de esto, el protagonismo y el antagonismo varía de temporada en temporada, esta temporada pertenece a Apolo y Artemisa, y qué mejor forma que con la Reina del Quersoneso. Debo decir que de la lista de personajes que mencionas que te agradaron, Asio no me lo imaginaba. El cuento de Ilíona es real, no me lo inventé, aunque si es verdad que lo cuentan en su versión romance tipo Romeo y Julieta griego. Sobre Anficlas, este capítulo es la última mención de su mito dentro de la Guerra como tal, de allí solo se sabe lo que ocurre después de la Guerra de Troya, pero si me entero de que hay más lo menciono. Como también es lo último que se sabe de su mito hasta ahora, Anficlas entrará dentro de un rol un poco más tranquilo a partir del siguiente capítulo.
Jungirl8: Pues, como puedes ver, no pude actualizar pronto… lo siento por eso, pero espero no volver a perderme… me da miedo tener que volver a leer toda mi historia para recordar a donde quería llegar con ella, así que mejor me apuro a terminarla de escribir. Actualmente solo tengo un libro publicado, en Amazon Mx lo puedes pedir, si te interesa te doy los datos del mismo, pero no es de mitología. Guerras del Ragnarok y Academia Sanctuary ambos recibieron actualización antes de Guerras de Troya… espero eso les ayude a creerme que ya tengo más tiempo para escribir… me hacía falta escribir, extrañaba escribir… espero no volverme a desaparecer, pero ya ni yo mismo me creo.
liz: Umm… no sé si es pregunta o afirmación… pero esta historia sigue la misma línea de la Guerra de Troya de Homero con mi toque personal de Saint Seiya… así que… bueno… se supone que no. Espero disfrutes esta entrega.
Saint Seiya: Guerras de Troya.
Troya: Año Dos.
Capítulo 8: Alma de Soldados.
Anatolia. Campamentos Aqueos. Año 1,194 A.C.
-¡Maleros! –el Sol se alzaba sobre las planicies Troyanas, reflejando su luz sobre las armaduras de los cansados guerreros de Argos, de Tebas, y de Calidón, quienes continuaban defendiendo frenéticamente los campamentos Aqueos de la traicionera movilización de Dárdanos, que se había apoderado ya de gran parte de la planicie y mantenía el sitio frente a los campamentos principales de los Aqueos, liderados por Eneas, el campeón de Ares en el bando Troyano.
-¡Antares! –como afrenta al Dios de la Brutalidad en la Guerra se alzaba Diomedes. Se le veía agotado, el asedio nocturno había sido un infortunio para él. Sus hombres estaban todos cansados, él estaba cansado, la falta de sueño comenzaba a ser más que evidente, pero se mantenía firme, combatiendo valientemente a Eneas, quien estaba sorprendido. La furia del Argivo lo mantenía inclemente aún contra el agotamiento.
-Ese rostro, el rostro de la desesperación, el rostro de saber que estás doblegado y rendido, recuerdo bien ese rostro adornar mis facciones faciales hace lunas ya en que se atrevieron a invadirnos… -recalcó Eneas, sumido en su rivalidad con el de Escorpio.
-Y ahora meneas la cola frente a Priamo, ironías de la vida… ¿no lo crees? –declaró Diomedes, mientras Eneas enfurecía por aquellas palabras- No hay honor… en tu supuesta defensa de Troya… Eneas… sabes que estás en el bando equivocado… -insistió Diomedes, separando su lanza, y chocando contra la Maleros de Eneas, bloqueando el primer corte del impacto, evadiendo muy apenas el corte dimensional.
-Habla más, Argivo… mientras más hablas más me saboreo en la desesperación de tu voz quebradiza –insistió Eneas, pero miró de reojo a las puertas de Troya, específicamente a las Puertas de Capis, notando la bandera morada que ondeaban desde la cima de la misma-. Inoportuno… trata de no morir inútilmente, Diomedes. La dicha de tu derrota es un placer que preferiría para mí mismo –declaró, pateó a Diomedes, clavó su espada de bronce al suelo, y lanzó tierra a los ojos de Diomedes, cegándolo momentáneamente, pero retrocediendo mientras notaba la guardia alta de Diomedes que indicaba que, ni cegado, le haría fácil el herirlo- ¡Hebe! ¡Da la señal! –ordenó Eneas, y Hebe, la Daimón que se mantenía en todo momento cerca de Eneas, y quien hasta esos momentos combatía a Anficlas, quien intentaba proteger a un malherido Esténelo que tenía su hombro perforado por una lanza, obedeció.
-¡A sus órdenes, mi señor Eneas! ¡Alala! –le gritó con fuerza a Anficlas, que terminó sosteniéndose los oídos adolorida por el grito, desconociendo que Hebe, así como cualquier Daimón e incluso Eneas, podía utilizar el grito de guerra, aunque solo Alala pudiera usarlo para dar protección a los hombres de Dárdanos- ¡Retirada! ¡El sol brilla, la batalla ha concluido! –ordenó Hebe, y los ejércitos de Dárdanos emprendieron la retirada.
-¡Te arrancaré la maldita garganta! –enfureció Anficlas, intentando perseguir a Hebe, cuando Euríalo la atrapó por la espalda- ¡Suéltame! ¡Nadie me Alalea en la cara y se sale con la suya! –recriminó Anficlas, incluso dándole con el codo a Euríalo en el rostro.
-¡Déjalos retirarse, Anficlas! ¡Tenemos cosas más importantes de las cuales preocuparnos ahora! –insistió Euríalo, cuando ambos escucharon el sonido metálico de Diomedes desplomándose en el suelo- ¡Mi señor! –se escandalizó Euríalo, Anficlas lo pateó para que lo liberara, e inmediatamente después fue a encuentro de Diomedes, quien hacía un esfuerzo por sostenerse de su lanza clavada en la arena, para ponerse de pie.
-¡Diomedes! ¿Estás herido? –preguntó Anficlas inmediatamente, moviendo los brazos y las piernas de Diomedes, buscando heridas abiertas al analizarle sus expresiones faciales- Solo tienes raspones superficiales… ¿por qué te ves tan mal entonces? –preguntó preocupada.
-Porque… tanto Eneas como Héctor antes que él… se han concentrado en enfrentarme a mí… impidiéndome dar órdenes correctamente… -agregó con el cuerpo tembloroso-. Saben… que soy el único que defiende los campamentos base –aseguró, y miró a los campamentos de Ítaca y de Pilos frente a las otras dos puertas, notando que también dejaban de ser atacados.
-Esos malnacidos Troyanos… -comenzó Esténelo, arrancándose los restos de lanza de su herida-. Primero nos atacan de noche, y después nos obligan a combatir hasta la madrugada. ¿Qué ocurrió que los hizo retirarse? –preguntó Esténelo- ¿Quién hirió a quien que se ha hecho el cese a las hostilidades? –insistió con sus preguntas.
-Nadie hirió a nadie… pasaron 8 horas es lo que ocurrió… -dedujo Diomedes, pero nadie lo comprendió del todo-. No hay tiempo, escúchenme los tres… Anficlas… en mi tienda, la capa dorada de Calidón, necesito que se la entregues a Esténelo –informó, confundiendo a Anficlas, y sobresaltando a Esténelo.
-¿La capa del liderazgo? Mi rey, ¿no estará pensando en…? –intentó quejarse Esténelo, pero Diomedes lo silenció inmediatamente, azotando su lanza contra el suelo- Mi rey… -se preocupó Esténelo.
-¡No hay tiempo! ¡Solo escuchen y no tienen derecho a réplica! ¡Esténelo, te estoy dando el liderato de los hombres de Calidón! ¡Retirarás al ejército de Calidón a los campamentos, comerán y dormirán! ¡Nada de juegos, nada de bebida, solo comer y dormir! –agregó Diomedes. Por lo fuera de sí que se encontraba, nadie se atrevió a replicar- Euríalo… irás a los campamentos de Ítaca, y ordenarás el repliegue al campamento base. Que abandonen la posición frente a Esceas, y le pedirás a Odiseo que siga la misma instrucción de Estéleno, retirar a sus hombres a los campamentos, a comer y dormir, nada más –insistió Diomedes.
-¿Qué está ocurriendo, Diomedes? –preguntó Anficlas preocupada, pero Diomedes la interrumpió, colocando su mano sobre su hombrera- Diomedes… ayer por la noche me entregaste los pergaminos con tu voluntad… no estarás planeando en… -se preocupó Anficlas.
-No estoy planeando morir… pero necesito que me escuchen, y atiendan. Anficlas… la capa negra de Tebas… deberás llevarla –enunció, sobresaltando a Esténelo, fastidiando a Euríalo, y sobrecogiendo a Anficlas-. En Chipre, fuiste un general. Lo harás de nuevo, con los hombres de Tebas a tu servicio –insistió Diomedes.
-¿Una mujer comandando un reino? ¡Los dioses no lo permitirían! –declaró Anficlas horrorizada, Esténelo y Euríalo asintieron escandalizados, pero Diomedes se mantuvo firme- Fuera de eso, no podemos romper la formación agresiva sobre Esceas –insistió.
-No solo vamos a perder el campamento frente a Esceas, una vez que Euríalo termine de dar su mensaje en los Campamentos de Ítaca, dará el mismo mensaje en los de Pilos –prosiguió, mirando las puertas de Capis abrirse-. Abandonen los campamentos frente a Ilo también. Tebas, Calidón, Pilos e Ítaca deberán comer y dormir, recuperar fuerzas. En 8 horas Argos regresará a comer y dormir, y Calidón e Ítaca deberán reemplazarnos en el campo de batalla, mientras Tebas y Pilos se preparan. 8 horas después, Calidón e Ítaca regresarán a comer y dormir, y serán reemplazados por Tebas y Pilos. Repetiremos el ciclo, cuantas veces sea necesario, hasta que Agamenón y Menelao regresen. Es una orden, y no quiero quejas, Anficlas –aunque ella de todas formas intentó hablar- ¡Eres la mujer más fuerte que conozco! ¡No te pediría esto si te creyera débil! ¡Regresa al campamento, alimenta a nuestro hijo, come, duerme, y alístate para combatir después cuando sea tu turno! ¡Argos! –enunció Diomedes, y los guerreros de Argos se adelantaron- ¡Ataquen! –lideró la marcha Diomedes, cortando una de las ataduras de su auriga, subiendo sobre uno de sus caballos, y cabalgando a encuentro de Trolio, quien lideraba esta vez el asedio a los campamentos Aqueos sobre su auriga conducida por Pándaro.
-¡Un palacio en Tros a quien me traiga la cabeza de Diomedes! –enunció Trolio, y la mayor parte de los Troyanos se dirigió a encuentro de Diomedes, pensando en el premio de la victoria. Diomedes por su parte, degolló algunas gargantas con su lanza, se paró sobre su caballo ágilmente, saltó para obtener una mejor visión, lanzó su lanza, y esta se clavó en la rueda del auriga de Trolio, atascando la rueda, y lanzando tanto a Pandaro como a Trolio por los aires. Diomedes entonces cayó sobre su caballo y lo guio para intentar arroyar con este a Trolio, cuando Pándaro se lanzó sobre Diomedes, derribándolo, y forzando a un guerrero Argivo a atrapar la rienda del caballo y golpearle la retaguardia obligándolo a regresar al campamento base.
-¡No te permitiré lastimar al señorito! –rodó Pándoro con Diomedes en el suelo, recibiendo una tremenda patada de Diomedes, rompiéndole la nariz y quitándoselo de encima. El Argivo se puso de pie entonces, únicamente para ser rematado por Trolio con su puño negro.
-No sabes cuánto he esperado por esto, Argivo –pateó Trolio con fuerza el estómago de Diomedes, quien rodó por el suelo mientras algunos soldados Argivos intentaban rodearlo, pero Diomedes los disipó con un movimiento de su mano, lo que accidentalmente detuvo la batalla momentáneamente, pues ambos bandos comenzaron a acomodarse en un círculo, alrededor de Diomedes y de Trolio, como ocurría siempre que generales buscaban la gloria en un combate, singular dando un cese a las hostilidades momentáneo, mientras Trolio llegaba ante un agotado Diomedes nuevamente, y lo pateaba con fuerza en el estómago una vez más, forzándolo a rodar por el suelo-. ¿Recuerdas aquel día en Dárdanos, imbécil? Cuando tú y Aquiles buscaron la alianza de Eneas –agregó Trolio mientras Diomedes se ponía de pie, impactando su rostro con el brazo negro, forzando a Diomedes a escupir sangre.
-Recuerdo… a una linda chica rubia, a quien Aquiles casi se rapta –sonrió Diomedes con sus dientes cubiertos de sangre, y en el fondo, Pándoro se cubrió ligeramente los labios mientras exclamaba: 'oooh…', en tono burlesco, y algunos Troyanos se reían- Recuerdo… que nadie podía creer que fueras un hombre, todos te veían como a una mujer –insultó Diomedes, y Trolio volvió a impactar con su mano negra, derribando a Diomedes nuevamente sobre el fango.
-Esta mujer se llevó a la bella Crésida de Dárdanos como concubina –agregó Trolio mientras se agachaba, tomaba a Diomedes de la cabeza, y se la azotaba al suelo, Diomedes viró momentáneamente, y le escupió una mezcla de sangre y saliva al ojo, mientras Diomedes se reponía- ¡Asqueroso Aqueo! –enfureció Trolio.
-¿Crésida? Ah sí, la sirvienta esa de Dárdanos… la que no dejaba de verme con lujuria… -se burló Diomedes, mientras sobre las puertas de Capis, un confundido Héctor miraba el cese a las hostilidades, notando que ni Troyanos ni Argivos entraban en conflicto, y preguntándose la razón, encontrando a Trolio y a Diomedes en una especie de combate de boxeo.
-Ese imbécil… ya decía yo que no debía dejarle el mando… -se quejó Héctor, mientras miraba a los campamentos de Ítaca frente a las puertas Esceas, que comenzaban a ser evacuados, mientras Euríalo comenzaba la larga carrera rodeando a toda Troya para llegar a los Campamentos de Pilos, aún sin recibir ataque al los troyanos estar más concentrados en la pelea de boxeo entre Diomedes y Trolio-. ¡No pierdas el tiempo, Trolio! ¡Estás en asedio! –ordenó Héctor.
-¡A callar, Héctor! ¡Es mi turno de hacer la guerra y tu turno de dormir! –enunció Trolio, acercándose a Diomedes, impactándole el rostro, tomándole la cabeza, y bajándola hasta su rodilla, derribándolo una vez más, mientras los Troyanos celebraban, y los Argivos mantenían el silencio, mirando de reojo a Euríalo, y ampliando el circulo, cortando el rango de visión de los Troyanos- Crésida es una estupenda amante, ¿lo sabías? De las concubinas que he tenido, es la mejor hasta ahora. Pero no es secreto para mí que tú también tienes a una concubina muy hermosa. Anficlas, creo que se llama… -declaró Trolio, Diomedes enfureció, clavó los dedos a la tierra, miró a uno de sus soldados, y este movió la cabeza en negación, por lo que Diomedes se incorporó con debilidad- Una vez destruya tu campamento, la tomaré por esclava, y la haré mía noche tras noche, mientras ella llora a su querido Diomedes –se burló Trolio, Diomedes estaba furioso, pero se obligó a sí mismo a sonreír, y comenzó a contonearse frente a Trolio, mientras Héctor intentaba advertir a Trolio desde la cima de las puertas de Capis.
-El derecho de guerra, comprensible, aunque esperaba que la concubina que tanto me presume, fuera suficiente para usted –se abalanzó Diomedes, le asestó tremendo puñetazo, y Trolio escupió un diente, lo que lo enfureció-. Espere… Crésida… de Dárdanos… castaña rojiza, piel suave, no era virgen, ¿verdad? –insultó Diomedes, Trolio se lanzó a él, le dio un buen golpe, y Diomedes respondió con el propio- Eso significa que acerté. ¿No era Crésida una de las prostitutas que dejan deambular por las noches fuera de las murallas? ¿La conoces, Cycnus? –preguntó Diomedes a uno de sus hombres, quien nerviosamente se apuntó a sí mismo.
-¡Oh! ¡Sí! ¡Con un par de óbolos dorados, uno pasa la noche más placentera de toda Anatolia! –declaró Cycnus, enfureciendo a Trolio, y Diomedes apuntó a su soldado con orgullo.
-Esa misma, la prostituta, creo que alguna vez la he llegado a tener también. Aunque a mí no me cobra, el Galán Escarlata normalmente tiene este efecto en las chicas –aseguró Diomedes, y Trolio, furioso, se le lanzó encima y comenzó a estrangularlo al colgársele de su espalda, por lo que Diomedes comenzó a respirar pesadamente, mientras resistía la presión del brazo negro de Trolio-. Ese brazo negro… es más duro que tu brazo normal… -se quejó Diomedes.
-Efecto colateral por perder toda sensibilidad del mismo gracias a la sangre de Aquiles, no siento nada con él, pero me deleitaré en el escuchar tus vertebras quebrarse –colocó todo su peso Trolio como forma de sometimiento, estirando el cuello de Diomedes, quien viró a ver a Cycnus, quien viró la vista, y negó, por lo que Diomedes rodó por el suelo, hasta quedar sobre Trolio y golpear con su codo su costado, hasta obligarlo a soltarlo- Eres pésimo en el boxeo –apuntó Trolio poniéndose de pie.
-Pero insuperable en la cama, pregúntale a Crésida –agregó, y Trolio volvió a impactarle el rostro con la mano negra, forzando a su nariz a sangrar, y a Diomedes a retroceder malherido- Vamos… Trolio… no me digas que no trajiste a Crésida a la conversación por el odio que sientes, cuando la tienes en tu cama, y es mi nombre el que menciona en búsqueda del placer que no puedes darle, lanza corta –insultó, Trolio enfureció, pateó su estómago, obligándolo a arrodillarse y entonces comenzó a estrangular a Diomedes.
-¡Trolio! –llamaba Héctor nuevamente, desviando la mirada a los campamentos de Pilos- Maldito imbécil, si no lo matas por lo menos, el que te romperá el rostro cuando sea mi turno de salir, seré yo… -se mordió los labios Héctor, mientras por fin divisaba a Euríalo liderando la evacuación de Pilos- ¡Mátalo ya, Trolio! –ordenó Héctor.
-¡Ahora mi señor! –llamó Cycnus, y Diomedes sonrió, cerró su mano en un puño, e impactó con fuerza el estómago de Trolio, forzándolo a soltarlo, pero Diomedes le tomó del cabello, lo sostuvo en su lugar, y comenzó a darle de tremendos golpes en el estómago hasta que Trolio vomitó por los terribles impactos, momento en que Diomedes lo pateó, forzándolo a incorporarse, y comenzó a darle de tremendos golpes al rostro, al pecho, al estómago, nuevamente al rostro, tumbándole un par de dientes más, dejándole el rostro irreconocible, y finalmente derribándolo con sus manos ya cubiertas de su sangre tras un potente puñetazo que lo dejó tendido en el fango.
-Eres más tonto de lo que pensé… Trolio… ni siquiera recuerdo a esa tal Crésida… te dejaste llevar por un invento encausado por tu poca autoestima –le apuntó Diomedes, mientras Pándaro ayudaba a Trolio a incorporarse-. ¡Ah, ya me acordé! –apuntó Diomedes tras recordarlo.
-¡Tráiganme su cabeza ahora! –ordenó Trolio, y de pronto Diomedes se vio rodeado de lanzas, mientras Pándaro jalaba de Trolio de regreso a las puertas de Capis, que se abrieron para dejarlos entrar, mientras Diomedes miraba a Cycnus.
-¡Señor! –lanzó Cycnus la lanza dorada de Diomedes, que habían recogido los Argivos en la distracción, misma con la que Diomedes alcanzó a defenderse mientras los Argivos avanzaban filas empujando a los Troyanos y ganando terreno, mientras Pándaro lograba meter a la fuerza a Trolio dentro de las murallas de Troya.
-Mi bello señorito, encontré sus dientes –comentó Pándaro mostrándole los tres dientes que Diomedes le había roto a Trolio, lo que escandalizó a Trolio, quien los tomó en su mano izquierda- Estoy seguro de que no es tarde para que un médico se los vuelva a colocar, buscaré a Lápix –comentó Pándaro, pero Héctor lo tomó del cuello y lo empujó de regreso a las puertas.
-¡Afuera es donde te necesitan, no aquí protegiendo a tu bello príncipe! ¡Tráeme la cabeza de Diomedes! –enfureció Héctor, Pándaro se escandalizó y asintió, preparándose para salir nuevamente, mientras Trolio intentaba volver a ponerse los dientes- ¡Eres un imbécil, Trolio! –insultó Héctor- ¡Mientras tú perdías el tiempo en esa patética exhibición de boxeo en la que te dejaban desfigurado! ¡El Unicornio corrió a los campamentos de Ítaca y de Pilos, que debías tener sitiados, y ordenó el repliegue a los campamentos base! ¡Acabas de arruinar nuestra ventaja! ¡Gracias a ti, Diomedes ha logrado organizar a sus ejércitos para recibir nuestros ataques continuos! –lo sacudió Héctor furioso- ¡Es suficiente! ¡Si quieres que algo salga bien tienes que hacerlo tú mismo! –enfureció Héctor, colocándose su casco.
-¡Si quieres que Diomedes caiga, debes seguir con el plan! –enfureció Eneas, quien había estado escuchando todo de igual manera- ¡A como yo veo las cosas, Diomedes es igual de imbécil que tú, Héctor, si en lugar de irse a dormir tras 16 horas sin sueño, aún pretende liderar la defensa y descansar a sus hombres! ¡Ve y duerme! ¡Cuando pasen 8 horas será tu turno, y si Diomedes tras 24 horas de no dormir decide que es lo suficientemente tonto y suicida para enfrentarte, entonces lo matas! ¡No arruines el plan en el primer día de incursiones sin descanso! –insistió, encarando a Héctor- Y tú, Trolio, ve a que te fundan estos dientes con bronce antes de que las cuencas cautericen y te quedes así de feo. ¡Ya! –ordenó Eneas, y Trolio, furioso, se retiró- Ve a descansar –ordenó Eneas.
-Troya es mi reino… y a como yo lo veo, los Aqueos hubieran caído si no me hubieran forzado a embarazar a mi esposa, y hubiera descubierto esta farsa antes –apuntó Héctor furioso, pero Eneas se mantuvo firme- Hazte a un lado… Eneas… yo mataré a Diomedes, y solo descansaré cuando su cabeza esté clavada sobre mi lanza –insistió.
-Eres un tonto si crees que es así de fácil. Aún si hubiéramos descubierto el engaño antes, Diomedes se hubiera adaptado, ¡entiende! –insistió Eneas- ¡A ese monstruo no se le detiene con fuerza bruta, se le detiene con el cerebro! ¡Fuera Áyax, Agamenón o Menelao, te diría que fueras por él, pero es Diomedes! ¡Y da gracias de que Aquiles no está tampoco! Ahora usa la cabeza, y estámpala contra una almohada –desafió Eneas, Héctor le gruñó, pero se retiró de todas formas- Son unos tontos… pero que se puede esperar de unos principitos que participan en su primera guerra… tú y yo, Diomedes, fuimos cortados del mismo telar del destino… pero soy más listo que tú… y te lo voy a demostrar cuando tu orgullo, sea tu perdición… -finalizó Eneas.
Tracia. El Quersoneso Tracio. Campamentos Aqueos a las Afueras de Sestos.
-¡Arriba holgazanes! ¡Es hora! ¡Coman algo rápido! ¡Beban algo ligero! ¡Y alístense! ¡Atacamos en una hora! –exclamaba Áyax frente a los campamentos de Sestos, despertando a los Salaminos, cuya mayoría bebió una última cerveza antes de partir. El escandalo fue tal, que Tecmesa, la nueva concubina de Áyax, salió de su tienda curiosa, y enfureciendo a Áyax el Menor, quien le apuntó con molestia.
-¡Oye esa era mía! –se quejó Menor, pero el de Perseo se replanteó sus acusaciones cuando El Grande en su inmensidad lo encaró, incluso encorvándose para verlo fijamente a los ojos- quiero decir, a ti se te ve mejor –sonrió nerviosamente Menor.
-A tu puesto, Menor –continuó Áyax, y Menor obedeció, mientras El Grande se acercaba a Tecmesa-. No deberías salir así de expuesta –le comentó Áyax, mientras la joven mujer lo miraba con incredulidad.
-Soy un botín de guerra, tu esclava, me cuesta entender que te importe, granjero –comentó Tecmesa, incomodando a Áyax- Sestos no va a caer tan fácilmente. Es la tierra de Hitarco, sus Pestaltas los más fieros. Te bombardearán con sus hondas desde el otro lado de sus murallas, no necesitan flechas para aplastarlos a todos bajo una lluvia de rocas, las hondas lanzan las rocas incluso más lejos que las flechas Aqueas, tu hermano Teucro haría bien en tomar su distancia –comentó Tecmesa, mientras veía a Teucro despidiéndose de Enue, quien despidió a Teucro con un beso- ¿Debo despedirme así? –preguntó Tecmesa.
-¿Cómo? –miró Áyax a Teucro y Enue, la pelirroja exempleada de la prostituta Orsedise, y quien había sido entregada como concubina para Teucro- Ah, no, el imbécil de Teucro se tomó muy enserio lo de su concubinato. Es su primera concubina, no espero lo mismo de ti. Aunque admito que no siempre las concubinas son tan cooperativas como tú. ¿Quién eras antes de la conquista de Mádito? –preguntó Áyax.
-La princesa de Misia antes de que Télefo desterrara a mi padre y se apropiara de su reino. Lo que me recuerda que aplastaste a mi padre con tu escudo –enunció Tecmesa, sobresaltando a Áyax- No te di las gracias por eso… supongo que gracias… -agregó.
-Normalmente no me dan las gracias por aplastar a los padres de mis concubinas. ¿Estás bien de la cabeza? –la inspeccionó Áyax, y Tecmesa le golpeó la mano fuera de su cabeza- Eres muy agresiva, y muy rara –comentó Áyax.
-Cuando Télefo, el Rey de Misia, expulsó a mi padre tras apropiarse de su reino, escuché que los Aqueos atacaron Misia. Esperaba que mataran a Télefo, pero no ocurrió, mi padre no pudo volver a Misia a gobernar –comenzó a explicarle Tecmesa-. Así que el muy avaro me vendió al rey de Mádito… a quien también aplastaste. Estaba por ser violada por el rey cuando los Aqueos atacaron… luego me intentó violar Áyax el Menor y tú interferiste… no me violaste, pero no era como que tuviera mucha opción. En todo caso, mi vida es un asco de todas formas, siendo concubina tendría oportunidad de llegar a algo, a menos que te mates dándote de golpes contra los Pestaltas y contra el hijo del rey Hitarco, Asio –le explicó Tecmesa.
-Soy un Caballero Dorado, unas piedras no pueden dañar mi armadura, nada puede… -le explicó Áyax, y Tecmesa se limitó a apuntar a su cuerno roto-. Golpe de suerte –insistió Áyax, y Tecmesa lo miró con molestia- ¿Por qué te importa? –preguntó.
-Porque no tengo a nada ni a nadie, y no me pareces una mala persona si has construido orfanatos por donde vas aún si eres quien deja a esos niños huérfanos –apuntó, Áyax intentó defenderse, pero Tecmesa colocó su mano frente a él-. Estamos en guerra, dejar huérfanos es normal, preocuparse por ellos, no lo es… y sea cual sea tu motivante para hacer lo que haces, me intriga –aceptó Tecmesa.
-No es ningún secreto, mi padre, Telamón, dejó a mi madre, Peribea, por Hesione, la madre de Teucro y hermana de Priamo –explicó Áyax, sorprendiendo a Tecmesa- O sí, Teucro es sobrino de Priamo, pero eso no es lo que preguntaste. Preguntaste el por qué me importa, yo sé lo que es crecer sin un padre. Seré el Príncipe de Salamina porque mi padre me tuvo pena, pero no gobierno, solo peleo. Nunca he tenido un padre amoroso, crecí sin uno y tuve que ser fuerte. Luego veo a Teucro, que tuvo padres amorosos, y pienso que lo mejor que me pudo pasar fue tener un padre ausente, me forjó el carácter… pero entonces… recuerdo lo solo que fue, lo difícil que fue… prefiero ver a más Teucros y menos Áyax, con Menor ya somos dos, y en mi opinión ya sobra uno –insultó Áyax, mientras Áyax el Menor a la distancia continuaba alistando a las tropas, pero pronto sintió una sensación de repudio y viró en dirección a Áyax.
-¿Más Teucros y menos Áyax? Peculiar forma de ver al mundo –sonrió Tecmesa- Lo he decidido, te conservaré –declaró, confundiendo a Áyax, quien comenzó a armar en su cabeza la jerarquía social del concubinato-. No le des vueltas, ahora, necesito oro. ¿Dónde guardas el oro? –preguntó, Áyax alzó una ceja en señal de confusión, pero Tecmesa no se dio a esperar, encontró el escudo de Áyax y le arrancó la punta afilada en su centro, sobresaltando a Áyax, notando que la mujer había, básicamente, roto una Armadura Dorada-. Agáchate, eres muy alto –declaró ella.
-¿¡Qué hiciste!? ¿¡Cómo lo hiciste!? ¡Ese era el Escudo de la Armadura de Libra! –se sobresaltó Áyax mirando su escudo con tristeza, mientras Tecmesa, notándose ignorada, se subió a unas cajas, y colocó la punta sobre el cuerno perdido de Áyax, reparando el cuerno, sorprendiendo a Áyax- ¿Cómo hiciste eso? –preguntó.
-Soy muviana –apuntó Tecmesa a los lunares sobre sus cejas, Áyax alzó una ceja en señal de curiosidad- Como Epeo… del continente perdido de Mu… -comentó, y Áyax no lo comprendió nuevamente-. Olvídalo… solo… piensa que puedo hacer magia –le explicó ella.
-¿Puedes reparar las Armaduras Doradas? ¡Pensé que solo Epeo y ese tal Oribarkon podían! –se quejó Áyax, y Tecmesa parpadeó un par de veces, sorprendida.
-¿Oribarkon viaja con los Aqueos? –preguntó Tecmesa, y Áyax asintió aún sorprendido- En todo caso, no puedo reparar las Armaduras Doradas, solo soldarlas y cambiarles la forma. Si tu Armadura Dorada hubiera muerto, no hubiera podido pegarte el cuerno.
-El cuerno lo tenía aquí guardado para pedirle a Epeo soldarlo cuando regresáramos a Elayunte –se quejó Áyax, mostrándole el cuerno dentro de una caja de provisiones, incomodando a Tecmesa-. Lo que realmente hiciste fue dañar mi escudo –le apuntó Áyax.
-Ese escudo no te cubre lo suficiente, eres demasiado alto –se fastidió Tecmesa- A ver, déjame verlo –le pidió, pero Áyax se retrajo protegiendo su escudo- ¿Quieres que lo repare o no? –se fastidió Tecmesa, Áyax lo pensó, y le ofreció el mismo- El cuerno –le pidió, y Áyax volvió a pensarlo, pero le entregó el mismo-. Ahora recuéstate en el suelo –le pidió.
-¿No es algo temprano para los cariñitos? –preguntó el de Tauro, notando entonces la mirada de monotonía de Tecmesa, por lo que Áyax accedió, recostándose en el suelo de su tienda, justo al lado del escudo de la Armadura de Libra, Tecmesa entonces comenzó a rodear sus manos con cosmos, un cosmos demasiado caliente, colocó sus manos desnudas sobre el escudo y el cuerno, derritiéndolos, y preocupando a Áyax, pero una ligera amenaza con sus manos hirviendo intimidaron al Salamino, que se mantuvo quieto, mientras Tecmesa estiraba el escudo, usando su cosmos para fundirlo y darle la anchura de Áyax, además de su altura.
-Ya puedes ponerte de pie –continuó ella, y Áyax así lo hiso, mientras Tecmesa seguía trabajando en el escudo, moviendo sus manos, dándole una forma oval, pero con dos aperturas a izquierda y derecha, que llamaron la atención de Áyax mientras Tecmesa continuaba rodeando las aperturas hasta casi volverlas a unir, formando de las dos aperturas unas curvaturas que Áyax comprendió que servirían para enganchar las lanzas de sus oponentes, o para sacar la propia por la apertura de forma segura. Para terminar el trabajo, Tecmesa susurró sobre el escuro- Uroboros –dos serpientes blancas se formaron entonces, una en la parte de arriba mordiéndose la cola formando un infinito, otra en la parte de abajo en la misma posición, una vez el escudo estuvo listo, Tecmesa sopló, y el mismo se enfrió, volviéndose sólido y agradable al tacto- Eurísaces –intentó levantarlo Tecmesa, pero no le fue posible.
-Vaya… -agregó Áyax, levantando el escudo, notando lo delgado que era, pero que además era bastante fuerte- ¿Cómo es que has hecho esto? –preguntó Áyax, y Tecmesa apuntó a sus lunares sobre sus cejas- Los muvianos son sorprendentes. Aunque no creo que a Aquiles le vaya a gustar que haya modificado su escudo, así que eso hace que me guste más –sonrió Áyax, pero entonces algo llamó su atención- ¿Y las cadenas? -preguntó.
-Fueron reemplazadas por Uroboros –apuntó a las serpientes blancas en la parte de arriba y abajo del escudo-. No podrás lanzar a Eurísaces como lanzabas el Escudo de la Armadura de Libra, pero a cambio, solo tú podrás levantarlo, a menos que yo lo modifique para que otros puedan usarlo. Esto también significa que solo yo puedo volverlo a forjar. Tal vez Oribarkon podría, pero nadie más, ni el muviano que te acompañaba antes –declaró ella- Así que, estoy a sus servicios, mi lord granjero. Piense en lo que acabo de decirle antes de reemplazarme como su concubina –agregó con malicia.
-Oh eso es bajo, elegir entre un escudo y diferentes concubinas cuando ya te las arreglaste para que nadie más que tú pueda modificarlo, muy sucio de tu parte –se quejó Áyax, y Tecmesa sonrió de forma burlesca-. Pero si el escudo resulta ser tan increíble como lo has hecho parecer, te voy a conservar, y te advierto, soy muy difícil de satisfacer –amenazó.
-Da igual mientras tenga un lugar al que pertenecer… destrózalos –agregó Tecmesa, recostándose entre las pieles de Áyax, quien la miró asombrado, antes de salir de la tienda, y encontrar a Teucro mirándolo fijamente.
-No te permito cambiar a Brenda –le apuntó Teucro, mientras Áyax movía el rostro para ver dentro de la tienda de Teucro, donde Enue yacía- ¡Es diferente! –se defendió Teucro ruborizado.
-Claro, claro, yo aquí soy el malo por estar casado y tener concubinas. Digo, muy diferente a tener a una exprostituta por amante –se burló Áyax, fastidiando a Teucro- Lo que yo haga con mi vida que no te moleste, hermanito. Ni siquiera sé si regresaré con Brenda, pero tratemos de que así sea, ¿te cae? –ofreció su mano Áyax.
-Eres un príncipe de Salamina, sé más educado al hablar… -se quejó Teucro, pero Áyax no le dio indicios de ceder, por lo que Teucro suspiró-. Me cae… -le tomó la mano y selló el trato. Solo entonces Áyax se dirigió a sus hombres.
-¡Salaminos! ¡Ya bebieron! ¡Ya tragaron! ¡Ya se revolcaron! ¡Ya no tienen excusas para no dejar todo en el campo de batalla! –comenzó Áyax, mientras Tersites, su espía, llegaba cargando varias armas, entre ellas lanzas, espadas y enormes martillos, uno de los cuales alegró a Áyax- ¡Los vamos a machacar! ¡Ataquen! –ordenó Áyax, y los Salaminos lo siguieron a la batalla, impresionados por el inmenso escudo que llevaba en su brazo izquierdo, un escudo tan grande como Áyax, y que el gigante entre los hombres cargaba como si fuera de madera.
-¡Ya vienen! –gritó Pentesilea en dirección a Ilíona, quien hasta esos momentos ayudaba a los ciudadanos de Sestos en la evacuación por el Helesponto- ¡Sus órdenes, Reina del Quersoneso! –pidió Pentesilea, e Ilíona viró al cielo, la luna, que aún adornaba el cielo pese a que ya había amanecido, no estaba en una posición que le permitiera observar a los Salaminos en su carrera a las murallas de Sestos, por lo que tuvo que tomar una decisión militar menos divina.
-¡Pestaltas! ¡Carguen sus hondas lunares y bombardéenlos! –ordenó Ilíona, señalando a las hondas blancas que habían sido consagradas con su bendición- ¡Niso! ¡Asio! ¡Ambos liderarán a los Hoplitas al campo de batalla! ¡Pero harán todo lo que sea posible por evitar una Batalla de los 1,000 días! ¡Deípilo, serás el Auriga de Asio! –ordenó, y Deípilo asintió y estuvo por retirarse, pero antes de que lo hiciera, Ilíona lo detuvo- Ve con cuidado, hermano –le pidió preocupada a su hermano que en realidad era su hijo.
-Descuida, hermana… traeré gloria al Quersoneso. ¡Salve la Reina del Quersoneso! –exclamó Deípilo, y su pueblo exclamó, mientras Deípilo subía como auriga de Asio, mientras este miraba a Pentesilea, quien asintió, y alzó su mano cerrada en un puño.
-¡Pestaltas! ¡Preparen! –comenzó Pentesilea, mientras los Pestaltas tomaban las piedras redondas con la bendición de la luna, y las colocaban en sus hondas- ¡78 grados! ¡Fuerza de tiro completa! ¡Hondeen! –prosiguió con sus órdenes, y los Pestaltas, primitivos en comparación con sus hermanos en Troya, comenzaron a girar sus hondas rápidamente, mientras con sus brazos calculaban los 78 grados- ¡Lancen! –ordenó Pentesilea, y los proyectiles fueron lanzados por encima de las murallas de Sestos, volaron como una nevada blanca por los cielos, y comenzaron a estrellarse en contra de los Salaminos, rompiendo escudos, partiendo huesos, noqueando a los guerreros, incluso derribando a Teucro que intentó cubrirse con uno de los escudos de Salamina, que se partió a la mitad bajo la aplastante lluvia de piedras, que rodaban por el suelo, y al ser pisadas por los Salaminos, estos caían, en los mejores casos causando carambolas que los derribaban a todos, en los peores rompiéndose sus tobillos tras caer. Pentesilea sonrió macabramente al ver a los estúpidos hombres cayendo, pero entonces notó a Áyax sosteniendo el inmenso escudo, y resistiendo inclusive los proyectiles lunares- ¡Asio! –llamó Pentesilea.
-¡Entendido! ¡A las puertas! ¡Por la Reina del Quersoneso! –ordenó Asio, las puertas de las murallas se abrieron, y los Hoplitas salieron con sus lanzas listas, y Deípilo cabalgó con Asio sobre su auriga a encuentro de Áyax, deprimiendo a Pentesilea.
-¿Te llevo dulzura? –preguntó Niso, sobre un Auriga sin jinete, sorprendiendo a Pentesilea- Anda hermana, llámame basura si quieres, pero nada me honraría más que llevarte yo mismo a la batalla –ofreció Niso, y Pentesilea miró de reojo a Ilíona, impaciente, e Ilíona asintió.
-¡Ve! –ordenó Ilíona, sujetándose la falda, y corriendo a las murallas- ¡Pestaltas! –comenzó Ilíona, sorprendiendo a los hombres de Elayunte, de Mádito, y de Sestos, quienes nunca vieron antes a Ilíona ordenar desde el frente de batalla- ¡Una línea sobre la muralla! ¡45 grados! ¡Segunda línea bajo la sombra, 82 grados! ¡Preparen! ¡Fuego! –ordenó Ilíona, y los Pestaltas, enaltecidos por recibir órdenes de la mismísima Reina del Quersoneso, gritaron furiosos, siguieron las ordenes, mientras los Hoplitas liderados por Asio y Deípilo veían las piedras blancas volar por sobre sus cabezas, preocupados porque estás les cayeran encima, sorprendiéndose por la precisión de Ilíona, cuando momentos antes del choque de ejércitos, las piedras cayeron sobre los Salaminos, y derribaron a la primera línea, segundos antes del primer choque, que permitió a los Pestaltas arrasar con los Salaminos y ganar terreno- ¡Cese al fuego! ¡Lanceros! ¡Por el Quersoneso! –ordenó Ilíona, y los hombres de Sestos aún dentro de la ciudad, marcharon con sus tres lanzas listas.
-Esa mujer da miedo –aceptó Niso, y Pentesilea rio con fuerza, emocionada- Ya no te parecemos tan patéticos, ¿verdad? –preguntó Niso alegremente.
-No te emociones, armatoste. Tal vez los hombres no sean tan malos como pensaba, pero sigo siendo muy superior a ustedes –aceptó Pentesilea, saltó del carromato, eligiendo a Áyax como su oponente- ¡La Cazadora de la Luna! –bajó con su inmensa hacha, y Áyax cubrió con su nuevo escudo, mismo que resistió al arma Lunar- ¿Resisitó? Eso no es posible –se impresionó Pentesilea, y Áyax sonrió.
-¿Resistió? ¿No es esa una Seleneida? El mensajero de Anfímaco dijo que no funcionábamos contra esas –se preguntó Áyax, miró a su escudo, y arremetió contra Pentesilea con fuerza, disparándola por los aires- ¡Gran Escudaso! –celebró Áyax, cuando Asio saltó de su auriga, e impactó a Áyax con fuerza, forzándolo a retroceder- Tú otra vez. Te voy a machacar –se tronó los dedos Áyax.
-No debiste golpear a esa mujer, oh no, solo por eso te voy a machacar –se tronó los nudillos Niso- ¡Gran Impacto! –atacó Niso, Áyax cubrió con su nuevo escudo, y la energía del ataque de Niso se disipó, mientras los Uroboros, las serpientes blancas en el escudo siseaban de manera amenazante- ¿Qué Espectros? –se preocupó Niso.
-¡Ja! ¡En tu cara! ¡Gran Escudaso! –lo impactó con el escudo Áyax, derribando a Niso, sorprendiendo al Suplicio Obsidiana- ¡Adoro esta cosa! ¡Ahora sí te voy a machacar! –preparó su martillo Áyax, pero notó a Pentesilea lanzándose primero en su contra, por lo que la martilló fuera de su camino, antes de sentir un ataque de cosmos oscuro por parte de Deípilo, que conducía en auriga con Asio sobre el mismo en dirección a Áyax.
-¡Aliento de Trauco! –atacó Deípilo con un humo venenoso que se dirigió a Áyax, pero las serpientes en su escudo absorbieron el veneno- ¿Cómo? –se quejó Deípilo, mientras Áyax, cada vez más divertido por todo lo que podía hacer con su escudo, preparaba su inmenso martillo, y de un potente martillazo a la rueda, destrozó la misma, lanzando a Deípilo por los aires, al igual que a Asio, quien aterrizó pesadamente sobre Niso.
-¡Que todo el Quersoneso tiemble! ¡Yo, Áyax, hijo de Telamón! ¡Dueño del Escudo Eurísaces! ¡Seré conocido ahora como el Conquistador del Quersoneso! ¡Gran Cuerno! –atacó, la inmensa energía de su cosmos se dirigió a Deípilo, a Asio, y a Niso, pero Pentesilea se adelantó, cubrió con sus brazos frente a Áyax, y el ataque fue repelido de regreso al de Tauro por la Seleneira, quien colocó su escudo, resistiendo su propio enviste- Que molestas son las Seleneiras. ¡Gran Martillazo! –atacó Áyax, impactando a Pentesilea, quien se molestó por el insulto de ser lanzada tan lejos, se levantó dispuesta a atacar a Áyax, pero sus agudos ojos notaron un objeto volando peligrosamente en su encuentro, por lo que tuvo que evadir un proyectil Pestalta que había sido lanzado en su contra.
-¡Yo me encargo de la Amazona de Artemisa, Áyax! –comentó Teucro, con una honda lista, en la cual giraba una de la piedras blancas con la que los habían atacado- De modo que así fue como venciste a Aquiles… realmente no eres tan fuerte como él. No importaba lo que hiciera Aquiles, él no podía tocarte por tu Seleneira. Sacaste a Aquiles de Troya con un engaño ruin –le apuntó Teucro, y Pentesilea en respuesta, preparó su hacha de mandoble- Aún sin mis técnicas, ¡Soy un Caballero Dorado! ¡Y soy un guerrero también! ¡Esta es la fuerza de un verdadero guerrero! ¡Yearght! –lanzó Teucro, impresionando a Pentesilea, quien tuvo que hacerse a un lado para evitar el proyectil, que salió disparado tan rápida y agresivamente, que apenas y pudo verlo.
-Cuanta velocidad –se impresionó ella, se dio la vuelta, y encontró a una espada peligrosamente cerca de su rostro, mientras Teucro, armándose de armas convencionales, y usando su cosmos solo para aumentar su velocidad, había logrado sorprender a Pentesilea- ¿Será cierto? ¿Acaso solo vencí a Aquiles por mi Seleneira que repelía el cosmos de los Caballeros Dorados? –se preocupó Pentesilea, dudando de su fuerza como guerrera.
-¡Voluntad Pentesilea! ¡No lo olvides! ¡Gran Impacto! –llegó Niso a defender a Pentesilea, lanzando una fuerza de cosmos tan tremenda, que derribó a Teucro, y lo lanzó a varios Salaminos, quienes volaron por los aires tras Teucro haber sido usado como proyectil humano- No es la Seleneira, eres tú como guerrera. Te lo dice un Suplicio Obsidiana. ¡Confía! –insistió Niso, y Pentesiea lo admiró, sorprendida.
-Haces demasiado difícil el que odie a los hombres, armatoste –sonrió Pentesilea, y Niso le regresó la sonrisa- ¿Cómo se le llama a alguien a quien no odias, pero tampoco amas? –le preguntó preparando su arma.
-Amigo, ¿puedes aceptar eso? –preguntó Niso, Pentesilea asintió- Entonces parteémosles el cosmos a este par. ¡Gran Impacto! –declaró Niso, y Teucro fue nuevamente lanzado por los aires mientras apenas intentaba recuperarse, Áyax entonces fue en auxilio de su hermano, pero encontró a Pentesilea frente a él.
-¡La Cazadora de la Luna! –impactó Pentesilea, y aunque el Escudo Eurísaces de Áyax la resistió, el impacto de Pentesilea fue tan fuerte que los pies de Áyax partieron la tierra por el peso combinado, sorprendiendo al Salamino.
Mientras la batalla tenía a lugar a las afueras de la muralla, Ilíona observaba todo preocupada. Los Pestaltas se defendían bien, pero los Salaminos tenían mejor equipamiento, y mejor proeza militar. De poco en poco lo que había sido una avanzada contundente, comenzaba a equipararse, y los hombres del Quersoneso volvían a ser repelidos.
-¡A las murallas! ¡Repliéguense! –comenzó Ilíona, sorprendiendo a los Pestaltas- ¡No sacrificaré las vidas de los Hijos del Quersoneso en vano! ¡A las murallas! ¡Resguárdense! ¡Déjenlos venir! –los Pestaltas miraron a Asio, quien en ese momento se encontraba rodeado por Salaminos.
-¡Ya escucharon a la Reina del Quersoneso! ¡Retirada! ¡Guadaña del Inframundo! –lanzó un tremendo corte Asio, separando a la fuerza a Áyax y a Teucro de Niso y Pentesilea- ¡A las puertas! ¡Deípilo! –insistió Asio, y el malherido hijo legítimo de Ilíona, que ahora tenía un brazo petrificado por haberse enfrentado a Menor, asintió, y tocó la trompeta de retirada.
Los Pestaltas se retiraron, resguardados por los Holistas, que lanzaban lanzas para repeler a los Salaminos, mientras hacían un perímetro seguro entrando dentro de las murallas de Sestos. Los últimos en entrar fueron Asio y Niso, quien tuvo que cargar a la furiosa de Pentesilea que deseaba seguir combatiendo, y una vez que las murallas estuvieron cerradas, Ilíona colocó sus manos sobre las mismas.
-¡Escudo de la Luna! –rodeó Ilíona con su cosmos a toda la muralla, y cuando Áyax llegó e impactó con su martillo las mismas, fue disparado por las mismas, e Ilíona resintió el impacto- ¡No pierdan el tiempo, construyan los escudos que les haga falta, y las barcazas para los que no puedan nadar! ¡Yo mantendré la muralla en alto! –insistió Ilíona.
-Reina del Quersoneso, podemos vencerlos –intentó mediar Asio, pero Ilíona lo miró con determinación- ¿Por qué? –se preguntó Asio, ligeramente ofendido- ¡Es nuestro derecho defendernos! –insistió.
-Los Hijos del Quersoneso no tienen las mismas herramientas que los Aqueos… incluso el cazador más experimentado, es una presa fácil si no se ha armado con los recursos necesarios para cazar a su presa –explicó Ilíona, mientras Áyax volvía a arremeter contra las murallas con su martillo, y se le unía Teucro con su maza-. Cuando tengan las herramientas necesarias para cazar a sus presas… les permitiré combatir… hasta entonces, bombardearemos a nuestros cazadores desde el interior de nuestra madriguera. ¡Pentesilea! –ordenó Ilíona.
-¡Pestaltas! –continuó con sus órdenes Pentesilea- ¡85 grados, preparen! –pidió Pentesilea, los Pestaltas se pusieron en posición- ¡Fuego! –y la lluvia de proyectiles lunares se repitió, y los Aqueos comenzaron a ser agredidos violentamente.
-¡Dos pueden jugar a ese juego, Teucro! –ordenó Áyax, y Teucro asintió, tomando distancia, y ordenando a los arqueros- ¡Salaminos! ¡Escudos arriba, que traigan arietes, defenderemos esta posición y derribaremos las puertas! –ordenó Áyax, los Salaminos frente a las puertas alzaron sus escudos y resistieron a cómo podían a las piedras lunares que eran muy pesadas y abollaban los escudos, mientras algunos Salaminos preparaban largos postes de madera con cabezas de bronce, que usarían para golpear las puertas de la ciudad.
-¡Arqueros! ¡83 grados, fuego! –ordenó Teucro, disparando con ellos, y cuando las flechas se elevaron peligrosamente, y amenazaron con caer sobre Ilíona que sostenía las murallas de la luna, la diosa en cuerpo humano encontró a varios Pestaltas alzando sus escudos en su defensa, así como a Asio, a Niso, y a Deípilo, mientras una aliviada Pentesilea respiraba.
-¡Nosotros nos encargamos de la reina del Quersoneso, Pentesilea, el liderato es tuyo! –ofreció Asio, sorprendiendo a Pentesilea, quien no se esperaba semejante confianza de los hombres a los que tanto había odiado- Solo trata de no matarlos en vano –pidió Asio preocupado.
-Los Hijos del Quersoneso son ahora los hijos adoptivos de la Reina del Quersoneso… jamás podría fallarle a mi reina… -aceptó ella-. ¡Escudos a las puertas! ¡Una línea sobre ellas! ¡Otra línea alrededor de la reina! ¡Hondas a 76 grados, fuego! –la batalla por Sestos, continuó violenta e ininterrumpidamente.
Anatolia. Planicies de Troya.
-¡No se duerman! ¡Ya casi es hora! –gritaba Diomedes, con marcas de ojeras en sus ojos, mientras los agotados de sus hombres intentaban mantener la línea, empujados casi de regreso a los campamentos por los Troyanos liderados por Pándaro, quien estaba sumamente impresionado, mientras apuntaba con su arco a Diomedes.
-Tus hombres está agotados, mi bello guerrero… pero es sorprendente… casi no tienen bajas… ¿cómo lo has logrado? –más sin esperar respuesta, Pándaro disparó, la vista de Diomedes flaqueó, pero para fortuna del Rey de Argos, Cycnus, quien llevaba el liderato de los hombres de Argos siempre que Diomedes flaqueaba o era rodeado, se abalanzó en su armadura Argiva escarlata, y partió la flecha de Pándaro a la mitad, salvando la vida de Diomedes- Eso… no es posible… mi flecha es una flecha de cosmos, un humano ordinario no hubiera podido partirla con una simpe espada de hierro… no sin poseer un dominio en el cosmos, y tú no lo tienes… a menos qué… -concentró su vista Pándaro, descubriendo tenues llamas doradas alrededor de Cycnus, y alrededor de todos los soldados de Argos, lo que sorprendió a Pándaro, descubriendo a la Constelación de Escorpio detrás de Cycnus y los Argivos, mientras Diomedes apenas y tenía cosmos- ¡Estás entregando voluntariamente tu cosmos a tus hombres! –se sorprendió Pándaro, y notó a Diomedes salir de detrás de Cycnus y atacar, partiendo el arco de Pandaro, y forzando a los Troyanos a adelantarse, mismos que fueron repelidos por los Argivos, que comenzaban a romper las filas Troyanas y recuperar terreno.
-¡Si ya nos descubrieron, es hora de tomar la posición, Argivos! –ordenó Cycnus, mientras Diomedes caía en su rodilla- ¡Ataquen! –se lanzaron los Argivos envueltos en el cosmos dorado, arremetiendo contra los Troyanos incapaces de manipular el mismo, siendo arroyados por la tremenda avanzada, mientras los argivos ganaban terreno.
-¡Retrocedan! ¡Hismidas, Enio, Macas! ¡Usen sus dominios en las Discusiones, la Sangre y las Batallas y reviertan esta situación! –pidió Pándaro a los Daimones a su cargo, pero estos, a pesar de elevar sus cosmos para usar sus dominios, no lo lograban- ¿Qué ocurre? –preguntó Pandaro.
-Nuestros dominios no pueden alcanzarlos… -comentó Enio, la Daimón de la Sangre, intentando manipular la sangre de Cycnus, quien se quejó por un instante, pero arremetió con su escudo en contra del rostro de Enio, arrebatándole su propia sangre, misma que ella manipuló por curiosidad, lo que no tenía sentido.
-Tampoco discuten, combaten en silencio y en perfecta sincronía –enunció Hismidas, la Daimón de las Discusiones, queriendo manipularlos para que discutieran, gritaran, se quejaran o algo, pero los Argivos estaban en silencio.
-Su coordinación es tan marcada, que no puede llamársele a esto una batalla –declaró Macas, el Daimón de las Batallas, quien debería fortalecerse mientras existiera una batalla y, a decir verdad, lo hacía, pero no tanto como debería- El orden que los Argivos mantienen, no me alimenta el cosmos, solo recibo alimentación de nuestros propios hombres –dedujo Macas.
-La sangre que puedo manipular, solo proviene de los nuestros, y de los pocos caídos del bando Argivo –le mencionó Enio- Estos hombres… son impresionantes, no por nada los ejércitos con menos bajas son los de Argos, Tebas y Calidón… su entrenamiento es ordenado, los hombres de Micenas y Esparta siempre han sido los más mortíferos, pero estos… son efectivos… -dedujo ella.
-Creo que no necesito siquiera explicar el por qué mi domino no funciona contra ellos… aunque una pequeña discusión me vendría bien –se preocupó Hismidas, mientras la espada de Cycnus pasaba peligrosamente cerca de su rostro- ¡Inaudito! ¡Son solo humanos sin cosmos! –declaró Hismidas molesta.
-Es verdad, Daimón, somos humanos sin cosmos… y antes siquiera de que intentes alimentarte de mí discusión, te comento que no es una discusión, es una aclaración… -comentó Cycnus, mientras los Argivos adelantaban filas nuevamente, arremetían todos al unísono con sus escudos, y clavaban espadas efectivamente en los cuerpos de los Troyanos-. De los tres reinos de mi señor Diomedes, Argos es el más efectivo, Calidón el más ordenado, y Tebas el más belicoso, pero todos los ejércitos reciben la misma enseñanza. No por no usar el cosmos, somos débiles… si como soldados entrenados, somos poderosos sin manipular el cosmos, si este nos rodeara, nada nos detendría jamás… -observó Cycnus de reojo a Diomedes, quien débilmente intentaba incorporarse- ¡Argivos! ¡El tiempo se acerca! ¡Hay que abrir el terreno para nuestros hermanos de Calidón! ¡Por Argos! –los argivos se lanzaron a la carga, mientras Diomedes se quedaba atrás, sumamente agotado.
-¡Diomedes! –salió Anficlas de los campamentos cuando los Argivos recuperaron el terreno perdido, y Anficlas vio a los guerreros de Argos brillando con el cosmos de Diomedes- ¡Idiota, les diste todo tu cosmos! ¿Qué pasa si mueres por no recibir cosmos para soportar tus heridas, por la falta de sueño y el hambre? –lloró Anficlas, mientras Odiseo y Néstor llegaban con ella.
-Diomedes hizo lo que tenía que hacer por brindarnos una oportunidad insignificante para la victoria –comentó Odiseo, Anficlas lo miró desde el suelo, con miedo de perder a Diomedes-. ¡No significa que no sea estúpido! ¡Pándaro casi te mata con una simple flecha! ¡De no ser pos Cycnus! –lo levantó Odiseo del suelo, mientras Diomedes sonreía incómodamente.
-Ya, tranquilo, Odiseo… -se preocupó Néstor, pero fue Esténelo quien llegó y arremetió contra Diomedes de todas formas, hiriendo al rey de Argos, quien sin el cosmos sintió el impacto con mayor fuerza y terminó rodando en el suelo con dolor- ¡Esténelo, vas a matarlo! –se escandalizó Néstor, pero Esténelo estaba furioso, mientras encaraba a Diomedes aún sentado sobándose la cabeza en el suelo.
-Come y duerme… nada de bebida, nada de juegos, nada de cariñitos, ni fuerza tienes para eso, así que tú ni lo intentes –le apuntó Esténelo, apenando a Anficlas, mientras Esténelo se colocaba la capa dorada, y los ejércitos de Calidón, orgullosos de su rey, y de los esfuerzos de los Argivos, comenzaron a salir por entre las empalizadas de madera, al mismo tiempo de que las puertas de Capis se abrían revelado a Héctor, y a los Daimones Alala, Polemos y Cidoimos- Si Alala comienza a cantar nadie va a poder dormir, me encargaré de ella, Odiseo –declaró Esténelo.
-Adelante, de los amigos de Diomedes, en ti si confío, yo mantendré a Héctor ocupado, Toante, estás a cargo de los ejércitos de Ítaca –declaró Odiseo- ¡Ítaca! ¡Ataquen! –ordenó Odiseo, y los de Ítaca y los de Calidón se adelantaron a las planicies, siguiendo el sonido de la trompeta de batalla de Podarces de Dragón.
-¡Es hora! –en medio del campo de batalla, Cycnus combatía a Pándaro, cuando escuchó la trompeta de los hombres de Ítaca- ¡Pero no me iré sin cerciorarme de que los hombres de Trolio no estarán en mejores condiciones que mi señor! –arremetió con su escudo Cycnus, mismo que Pándaro evadió, pero solo era una distracción, mientras Cycnus clavaba su espada un poco por encima de la rodilla de Pándaro, por entre las conexiones de su armadura- ¡Argos! ¡Retirada! –tomó la trompeta Cycnus, y aunque Pándaro en el suelo intentó asesinar a Cycnus en venganza, la flecha fue interceptada por Odiseo, quien con su espada de plata intentó terminar con Pándaro, pero fue tacleado por Héctor saltando de su Auriga.
-¡Alala! ¡El aura de defensa! –pidió Héctor, pero antes inclusive de que Alala pudiera gritar, Esténelo ya había llegado sobre ella, y con un tajo de su lanza le degolló la garganta, aunque la Daimón sobrevivió, y tuvo que ser auxiliada por Polemos y Cidoimos en contra de Esténelo- Inaudito… ¿cómo es que ese malnacido de Diomedes logró arreglárselas para revertir la situación? –se quejó Héctor.
-¡Confiando Héctor! ¡Confiando en sus hombres, y confiando en nosotros sus amigos! ¡La Empresa del Héroe! –se lanzó con su puño en llama Odiseo, desafiando el cosmos llameante de Héctor y ganando terreno.
Troya. Sobre las Puertas de Capis.
-Y es esa exactamente la razón de que no podamos con ellos –se molestó Eneas, mientras las puertas de Capis recibían a los cansados guerreros de Troya, mientras Eino llevaba a Pándaro apoyándolo para caminar.
-¡Pándaro! –llegó Trolio a recibir a Pándaro, y el solo escuchar su voz, ya incineraba la ira de Eneas- Esos malditos de Argos te han herido. Los mataré a todos –enfureció Trolio.
-Señorito, diga ah… -ignoró sus propias heridas Pándaro, abriéndole la boca a la fuerza a Trolio-. Remaches de bronce, plata y oro… mi señorito… -lloró Pándaro-. Su hermosa dentadura está toda asimétrica ahora. ¡Es mi deber el que nadie pueda verle los dientes en ese estado! ¡Lo cubriré con mi boca para que nadie pueda verlo así nunca! –se apresuró Pándaro, pero Trolio logró zafárselo de encima.
-¡No te me acerques, maldito bisexual! –se quejó Trolio, y Eneas cayó entre él y Pándaro- ¿A qué va ese furioso salto desde la cima de las puertas? –se preocupó Trolio, cuando Eneas lo encaró- ¡Óyeme! ¡Estás mangoneando al Príncipe de Troya! –se quejó Trolio.
-¡Estoy mangoneando a un imbécil es lo que estoy haciendo! –sentenció Eneas, lanzando a Trolio a una pila de tierra que se utilizaba para enterrar a los muertos- ¡Teníamos el plan perfecto! ¡La oportunidad única de vencer a los Aqueos que habíamos estado esperando por casi dos años ya! ¡Y la arruinaste por querer hacerte el fanfarrón y combatir a Diomedes tú mismo! ¡No te quiero ver cerca de las líneas de ataque, lo has entendido, principito! ¡Como hombre eres un inútil! ¡Te diría que si al menos hubieras nacido mujer podrías traerle gloria a tu padre dándole hijos, pero eso sería un insulto para Alala, Enio, Hismidas y Hebe que se han partido el rostro luchando con los Troyanos! ¡Incluso en el lado de los Aqueos una mujer, inspira más terror y miedo que tú, malnacido imbécil! –lo tomó Eneas del cuello, y lo levantó, aunque Pándaro intentó ir en su auxilio- ¡Hebe! –pidió Eneas, y Hebe, materializándose frente a Pándaro, lo derribó- ¡No lo lastimes mucho, al menos a Pándaro le podemos dar utilidad, pero tú, Trolio! ¡Pensé que no podría odiar a nadie más que a Paris, pero tú te estás llevando las de ganar! ¡De no ser por ti, y tu inútil intento de vanagloriarte, Pilos e Ítaca no se hubieran reunido en el campamento base! ¡Diomedes no hubiera ideado un plan de contraataque! ¡Y sus hombres son hubieran sido inspirados a tal nivel, que apenas les hemos hecho daño! ¡Mira a tu alrededor! ¡Mira las tumbas de todos los que murieron porque al principito, le nació hacerse el boxeador! –lo volvió a arrojar Eneas al suelo.
-¡Este es el último insulto que acepto de ti! ¡Troyanos, tráiganme su cabeza! –exigió Trolio, pero nadie se movió, todos le dieron la espalda a Trolio. El único que se preocupaba por él era Pándaro- ¿¡Acaso no me han escuchado!? ¡Eneas ha insultado a su príncipe! –apuntó Trolio, pero nuevamente, nadie se movió.
-Déjame decirte una cosa, Trolio… la única razón por la que los Troyanos combaten, es por Héctor –apuntó Eneas a las puertas cerradas de Capis-. Ningún miembro de la familia real Troyana, ha movido un dedo para defender a la ciudad. Priamo se esconde en la Décima Ciudadela, traga como un cerdo, seguro fornica como uno para reemplazar a los hijos que mueran en esta inútil guerra. ¡Mientras a Héctor lo tuvimos que forzar a descansar para que no muriera inútilmente! ¡Cuando tu padre te envió, tu pueblo, tus soldados, estaban alegres! ¡Yo maldecí porque sabía lo que me enviaban! ¡Pero tu pueblo, tus soldados, creían que su Príncipe Trolio traería gloria! ¡Pudiste convertirte en la inspiración de tus hombres, un segundo príncipe que luchaba a su lado! ¡Mira como terminó eso! ¡La única gloria que buscaste fue la personal! ¡Mientras combatía contigo no me di cuenta de eso porque, ilusamente, no lo veía porque mis hombres de Dárdanos parchaban los huecos que en tu nulo liderazgo dejabas! ¡Hoy por vez primera sales con el mando, y lo arruinas todo! ¡No tienes el respeto de tus hombres! ¡No tienes el respeto de nadie! ¿Sabes quién tiene el respeto de todos además de Héctor? ¡Tu hermana Ilíona en el Quersoneso, en Tracia! ¡Un mensaje de su hijo Polidoro ha llegado hoy con noticias desde el Quersoneso Tracio! ¡Donde a Ilíona la llaman la Reina del Quersoneso! ¡Donde ella, una mujer a quien no se le exige la guerra, lidera en este momento una avanzada con hombres de Elayunte, de Mádito, de Sestos, y que en estos momentos sella alianza con Abidos mientras se prepara a marchar a Percote y a Arisbe, para traer refuerzos desde el Quersoneso! ¡Ilíona, por su diplomacia, una mujer, está a una luna de terminar con la guerra de Troya! ¡Mientras tú, Trolio, pasarás a la historia como la vergüenza que eres! Es triste, ¿sabes? Nuestros soldados sabrán la verdad, de que la Reina del Quersoneso terminó por sí sola con la Guerra de Troya… y los nobles sin cara que gobiernan, le darán el crédito a alguien más solo porque una mujer no puede ser reconocida en la historia como la heroína de esta guerra. Pero personalmente me encargaré, de que antes le den el reconocimiento de lo que hoy la Reina del Quersoneso está logrando a su hijo Polidoro… que a ti que eres un inútil… -lo lanzó una última vez Eneas, enterrándolo en un montículo de tierra, misma que le cayó encima-. ¡Pándaro! –apuntó Eneas, sobresaltando a Pándaro- Tienes ahora el liderato de los hombres de Trolio. Duerme, descansa, y que te curen esa herida. Liderarás después de mí, ¿ha quedado claro? –preguntó Eneas, y Pándaro asintió- Bien… todos a trabajar, tú puedes regresar a tu palacio y vestirte de sedas… decirle a tu padre que te tumbaron tres dientes, me da igual. Vanaglóriate, di que Agamenón se escondió como una perra asustada, que Menelao declaró en batalla que Helena se debió entregar a ti y no a Paris… es más, escóndete junto al imbécil de Hades, no me importa… solo aléjate de mí vista… -finalizó Eneas, comenzó a retirarse, y Trolio, furioso, tomó una pala y la transformó en una alabarda, misma con la que intentó atacar a Eneas, cuando un soldado cualquiera le puso el pie, derribándolo con el único pie que tenía, ya que le habían amputado una pierna.
-Adelante mi príncipe, máteme si quiere… -comentó el soldado-. Pirecmes, mi señor Trolio. Luché y perdí una pierna por usted… pero hubiera preferido morir, que descubrir lo deshonroso que fue seguir a su mando –comentó el soldado, y cerró los ojos, esperando ser ejecutado por Trolio, pero la atención del príncipe se vio interrumpida por otro soldado que pasó a su lado, y escupió a sus pies.
-Míralo… dientes de bronce, plata y oro… soberbio hasta el final… -insultó otro de los soldados, que no se dignó siquiera a controlar su voz, mientras el que caminaba a su lado se burlaba de igual manera.
-¿Escuchaste? Dicen que la Princesa Ilíona cruza el quersoneso con 10,000 Pestaltas –susurraba un soldado, indiferente a todo lo que había pasado con Trolio- No sé cómo sentirme al respecto, una mujer va a salvar nuestras vidas. 10,000 lanzas, ¿puedes creerlo? ¿Quién podría lograr la lealtad de tanta gente? –preguntó el soldado.
-¿La princesa Ilíona dices? El único príncipe que vale la pena es Héctor, no digas estupideces… -bebió el agotado soldado, sin importarle que Trolio estuviera escuchando-. Cuando termine esta guerra… me mudaré a Dárdanos… después de combatir un día bajo el mando de Eneas, uno cambia. Le regresa la esperanza… -terminó el soldado.
-¡Pándaro! ¿Dónde está? –escuchó Trolio a otro soldado, quien estaba sumamente herido, con su cuerpo rodeado de vendajes, pero queriéndose parar de todas formas- Debo agradecerle… tiene que saber que, de no ser por él, hubiera muerto… no deseo ver al noble Pándaro derramar lágrimas pensándome muerto, debe saber que gracias a él es que vivo… -insistió el soldado, y Trolio buscó a Pándaro con la vista, mientras a él le entregaban el listado de los guerreros caídos, y Pándaro se cubría el rostro, lloraba, Trolio jamás lo había visto llorar antes- ¡Señor Pándaro! –escuchó Trolio al soldado, que apresuradamente llegó ante Pándaro, y se arrodilló frente a él.
-¿Píroo? –se alegró Pándaro, mientras era reverenciado, y recibía las palabras de agradecimiento no solo de aquel soldado, sino de otros que se le acercaban- Los escucho, mi corazón se llena de gozo por verlos con vida mis hermosos. Me los llevaría a todos a la cama si pudiera –exclamó, incomodando a sus soldados, pero entre risas desestimaron aquel ofrecimiento, y continuaron agradeciendo a Pándaro, mientras Trolio, deprimido, comenzó a retirarse, caminando por la Ciudadela de Capis, y recibiendo insultos de los soldados, cada un peor que el anterior, ya ni siquiera se molestaban en ocultar sus palabras de repudio, mientras Trolio no podía hacer nada más que recibirlas, y ver su mano negra confundido.
-Pero… sacrifiqué mi mano por ellos… -se susurró a sí mismo Trolio, pero no tardó en hacer memoria de su batalla con Aquiles-. No… no fue por ellos… fue por mí mismo… esta mano negra… es lo que realmente soy… no soy hermoso… no soy nada… -continuó Trolio, ascendiendo entre las ciudades de Troya, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas-. Yo solo… quería que me amaran como aman a Héctor… pero… todo me salió mal… -llegado a la Novena Ciudadela, Temiste, Trolio cayó en sus rodillas, y se entregó al llanto- ¿Por qué? ¡Yo solo deseaba ser reconocido! –gritó con fuerza.
-¡Es el amo Trolio! –gritó una de las mujeres en los mercados, y otras se apresuraron a su encuentro- ¡Está herido! ¡Alguien traiga a un médico! –continuó otra mujer, y más y más llegaron, confundiendo a Trolio- Mi señor Trolio, gracias por protegernos a todas, gracias por su esfuerzo –continuaba una tercera, pero estas palabras, en lugar de levantar los ánimos de Trolio, tenían el efecto contrario-. ¿Dígame, mi esposo Pirecmes, regresará pronto? –preguntó otra joven, y la imagen del guerrero sin pierna invadió la mente de Trolio- ¡Por Zeus, miren sus dientes! ¡Lamento su perdida mi señor Trolio! –continuaba otra- ¡Mi esposo Píroo! ¿Sabe algo mi señor Trolio? –preguntó otra- ¡Ten más respeto cuando preguntes! ¿No vez que el pobre debe estar sufriendo por sus heridas? –insistió la que preguntaba por su esposo sin pierna.
-Déjenme… -suplicó Trolio, sus lágrimas no dejaban de caer- ¡Alejense! –se puso de pie Trolio, y comenzó a correr por la ciudad, sin permitirle a nadie acercarse- ¡No sientan pena por mí! ¡No lo merezco! ¡Déjenme! ¡Cállense! ¡No soy nada! ¡No soy nadaaaaa! –gritó Trolio con todas sus fuerzas, por lo que algunos guardias, ajenos enteramente a la guerra, fueron en su auxilio, y lo llevaron a cuestas en dirección a Tros, donde Trolio tenía sus aposentos- No soy nada… nada… nada… no merezco nada… no merezco nada… no merezco nada… nada… -por fin la mente de Trolio cedió, y se dejó llevar.
Campamentos Aqueos. Tienda de Diomedes.
-¿Cómo está? –preguntó Shana, estaba bastante cansada por su entrenamiento, inclusive sudorosa, lo que no era normal en una diosa, Anficlas lo sabía, habían entrenado por varias lunas juntas, y eran pocas veces en las que la veía sudar, y al verla llegando con armadura de Argos puesta, lanza y escudo, incluso con un casco puesto, Anficlas supo que Shana no había dejado de entrenar en todo este tiempo que ella estuvo fuera.
-Totalmente inconsciente, espero que nadie te haya visto vistiendo así… -declaró Anficlas, quien alimentaba en esos momentos a su bebé dándole pecho, mientras Lodis limpiaba las heridas de un Diomedes semidesnudo e inconsciente-. Le dio su cosmos a los soldados Argivos… no sé cuánto tiempo estuvo combatiendo sin cosmos, pero por la cantidad de heridas… estimo que al menos un par de horas… -dedujo Anficlas.
-¿Eh? –se molestó Shana, arrodillándose frente a Diomedes- Eso es… padre… eso ha sido muy peligroso… -comentó Shana, pero Anficlas le tapó la boca- Umm… -intentó quejarse Shana, pero Anficlas movió su cabeza en negación.
-Debes dejarlo dormir… -agregó ella- Por la naturaleza de sus heridas, el hecho de que no ha dormido en todo un día ni probado alimento alguno, es muy probable que tarde más de 8 horas en despertar… lo mismo aplica conmigo en menor medida. Hasta que despierte, no puedo dormir. Solo dormiré cuando sepa que está vivo, y no dormiré bien mientras sea mi turno de dormir por estar preocupada por él… Diomedes… eres un idiota… -se fastidió Anficlas, separando a Cinortas de ella y entregándosela a Lodis, antes de volver a colocarse la protección del pecho y levantarse, buscando entre las pertenencias de Diomedes, hasta encontrar la capa negra con el rostro de plata del león de Tebas, misma que se amarró a la armadura.
-¿La capa del liderazgo de Tebas? ¿Diomedes te ha brindado el mando de los ejércitos Tebanos? –preguntó Shana sorprendida, y Anficlas asintió, mientras tomaba también un grupo de pergaminos y anillos, y se los mostraba a Shana- ¿Últimas voluntades? –preguntó curiosa.
-El muy imbécil de tu padre, dejó listo todo por si llegara a morir… insiste en decir que no es así, pero el darme todo esto… este poder… no lo acepto, soy solo una concubina… -insistió Anficlas, ofreciendo los pergaminos y los anillos a Shana.
-Eres la mujer a la que ama… -le enunció Shana, y Anficlas se apenó-. Diomedes, él… su matrimonio con Egialea no fue más que una necesidad. Si no hubiera sido por verle el rostro a Egialea bajo las leyes de las amazonas, hubiera sido por verse en la necesidad de dejar a alguien al mando de Argos en su ausencia por la guerra. Diomedes jamás eligió a Egialea, al menos no de la manera que te eligió a ti… él… combatió a Áyax el Grande por el derecho a incursionar en Chipre cuando se enteró de que eras rey allí. ¿Te lo dijo? –preguntó Shana.
-Cierto imbécil omitió ese detalle –admitió Anficlas ruborizada, y Shana sonrió para ella-. Escucha… lo que ocurre entre Diomedes y yo nació por necesidad, eso lo entiendo perfectamente… pero… es mi deseo conservarlo… jamás se lo diré al rostro, pero… es mi deseo, asegurarme de que Diomedes siga viviendo… y no solo eso, que tenga una vida larga… sea yo parte de esa vida o no, es algo que no me interesa… pero de Anatolia no salgo sin tu padre… niego enteramente estos pergaminos, niego enteramente estos anillos. Los entregaré a Lodis de ser necesario por la vida de Cinortas, ella puede perfectamente hacerse pasar por mí y decir que ella es Anficlas, yo no me separaré de tu padre, le guste a este imbécil o no, así que, no se me ocurre lugar más seguro para esto, que junto a la Diosa Athena. Si llegara a morir, dejo a Lodis y a Cinortas a tu cargo –le entregó Anficlas, y Shana suspiró, pero aceptó los pergaminos y los anillos- ¡Ya puedes dejar de hacerte el comatoso! –gritó de repente Anficlas, sorprendiendo a Shana.
-Oh, pero eso ha sido bastante revelador, los verdaderos sentimientos de mi concubina, que lindo –se burló Diomedes, y Anficlas en respuesta, se viró con la mano envuelta en cosmos, dispuesta a noquear a Diomedes, pero Lodis se interpuso- Por cierto, ¿no va siendo hora de que me regresen mi armadura de entrenamiento? –preguntó Diomedes, y el miedo de Anficlas y de Shana se hizo presente, mientras Shana inútilmente intentaba ocultar su armadura- No es necesario… -comentó Diomedes, sorprendiéndolas a ambas-. Alguien que no expone su cuerpo y su alma en la batalla, no es digno de liderar a sus hombres al campo de batalla… -prosiguió Diomedes, recostándose nuevamente-. Pero… trata de mantenerlo en secreto… si bien el Consejo Aqueo no está presente… negarían en su totalidad que la Diosa de la Sabiduría en la Guerra caminara entre sus soldados. Entrénate, y cuando llegue el momento, liderarás el asedio… hasta entonces… es mi trabajo hacer la guerra por ti… -intentó incorporarse, pero Anficlas lo empujó de regreso a las pieles en que dormía.
-Nuestro trabajo… escorpión individualista… es tu turno de dormir y tomar fuerzas… -se levantó Anficlas, dispuesta a cumplir su papel en esta guerra, y saliendo de la tienda- ¡Tebanos! –llamó con fuerza, y los hombres de Diomedes que vestían las armaduras negras, observaron a Anficlas llevando la capa negra del liderazgo de Tebas- Mi nombre es Anficlas… de nacimiento soy Troyana… una mujer… bastarda además… concubina de su rey. He luchado en su contra como generala de los ejércitos de Pafos en Chipre… fui vencida y sometida por su rey… Diomedes el Argivo… he luchado y sangrado a su lado… pero liderarlos… eso es diferente… muy diferente… así que, en estos momentos, con la capa del liderazgo de Tebas ondeando en mi espalda… exijo saber de ustedes si han de seguirme en la defensa de los campamentos aqueos, o si negarán mi mando. Hablen ahora, que escasas 6 horas nos separan del campo de batalla… -declaró Anficlas, y esperó.
-¿Ir al frente de la batalla liderados por una mujer? –Euríalo fue el primero en hablar, molestando a Anficlas- Seriamos la burla de Troya… pero será nuestro gran honor… -se arrodilló Euríalo- No soy Tebano… conquisté junto a los Epígonos a Tebas la de las 7 Puertas… pero como hombre de Argos me pongo a sus servicios… -reverenció.
-Leitus de Beocia, capitán de la guardia de Tebas la de las 7 Puertas, a sus órdenes, Generala Anficlas –reverenció uno de los soldados de Tebas, uno de los de alto rango, y otros siguieron tras de él-. Igual a usted, por conquista, Diomedes nos subordinó tras la victoria de los Epígonos… su liderato, por otra parte, nos convirtió a su causa. Gustoso serviré bajo el mando de alguien a quien mi rey le tiene plena confianza –aseguró Leitus.
-¡Tiene la lealtad de Cycnus de Argos de igual manera! –enunció Cycnus, desde la tienda donde era tratado, junto con otros compañeros de Argos que habían combatido al lado de Diomedes, y quienes se supone debían descansar- Correré la voz entre los Argivos, de que el mando de Tebas está en manos de Anficlas, la esposa de Diomedes –aseguró él.
-¿Esposa? Quiero decir, es un título mejor que concubina, pero, el rey Diomedes ya tiene una esposa –se preocupó Anficlas, mientras veía a los Tebanos y a los Argivos arrodillarse frente a ella- Esto… se salió de control… -aseguró ella.
-Tiene la lealtad de Calidón de igual manera, princesa Anficlas… -llamó otro guerrero, dentro de las tiendas médicas, uno al que Anficlas reconoció. Su armadura era de bronce dorado como las armaduras de los Calidonios-. Thoas, co-rey de Calidón… al menos cuando Diomedes no lidera en las tierras de su abuelo Eneo, quien hizo a Diomedes rey… -se quejó entonces Thoas de una herida en su brazo, que era la razón de que no había salido con los Calidonios a la batalla-. Tuve la mala fortuna, de enfrentarme a los ejércitos de Cobre en Pafos… en la isla de Chipre, pertenecí al grupo que luchó al lado de mi señor Antíloco y fui quien lo descubrió tras perder los ojos… y quien defendió a las hermanas de Lodis… fui testigo de su proeza militar… y de su cambio de corazón por nuestro rey… Calidón… se subordina a la reina de Argos… -aseguró Thoas.
-¿¡Reina!? ¡Soy una concubina! ¡Ni esposa ni princesa ni reina! ¡Concubina! –se quejó Anficlas, pero los heridos de Calidón no escucharon, y se arrodillaron frente a Anficlas- ¿Qué diantres está pasando aquí? –preguntó consternada.
-Es como dijo Diomedes –interrumpió Shana-. «Alguien que no expone su cuerpo y su alma en la batalla, no es digno de liderar a sus hombres al campo de batalla» -le explicó Shana-. Es así entonces que, por derecho divino, y hasta que sea declarado nulo por la corte de los hombres de Argos, de Tebas y de Calidón terminada la presente guerra… yo, la Diosa Athena, te declaro la Reina de los 3 Reinos, de Argos, de Tebas y de Calidón… ya no necesitas estos pergaminos… lo he declarado oficial… -terminó Shana, sobresaltando a Anficlas.
-¡Sus órdenes, Reina Anficlas! –pidió Leitus, el soldado de Tebas, capitán de los ejércitos alguna vez conquistados por Diomedes. Anficlas solo soltó aire en señal de descontento, pero atendió con determinación.
-¡Coman, duerman, descansen! ¡Entrenen si desean hacerlo! ¡Pero todos deberán atender el llamado a la batalla junto a los hombres de Pilos! ¡Y Euríalo! –se quejó Anficlas, incomodando a Euríalo- ¡Lo mismo va para ti! ¡Argivo o no, eres mi auriga ahora! ¡Te declaro de ciudadanía Tebana! ¡Tu reina ha hablado! –le apuntó Anficlas.
-Genial, ahora soy Tebano… soy uno de los Epígonos, Anficlas, me estás declarando conquistador de mi propio reino adoptivo… -se quejó él, pero Anficlas se mantuvo firme- Euríalo el Tebano reportándose a servicio… supongo que dormiré un poco o moriré de cansancio… -declaró, ganándose la burla de los Tebanos.
-Leitus, conmigo, quiero conocer a todos los Tebanos, sus proezas, sus familias, sus habilidades –exigió Anficlas, tomando el papel de líder, y siendo instruida por Leitus en la estirpe de Tebas, su nuevo pueblo adoptivo gracias a Diomedes- Traeré gloria a Tebas… te lo aseguro, Diomedes… -insistió ella.
Tracia. El Quersoneso Tracio. Murallas de Sestos.
-¡Resistan! ¡La diosa Nyx pronto traerá consigo el dominio de la noche! –pedía Ilíona a los agotados Pestaltas, que continuaban levantando sus escudos en contra de las flechas de los hombres de Salamina del otro lado de las murallas- ¡Pentesilea, es tiempo! –iluminó su ojo Ilíona, mientras Pentesilea ayudaba a algunos heridos a acomodarse sobre escudos Pestaltas amarrados a varias cuerdas para su transporte- Puedo ver a los Salaminos ahora, se están quedando sin proyectiles, y solo Áyax lidera la afrenta frente a nuestras murallas. Es momento de separarnos –declaró.
-¿Separarnos? –se quejó Pentesilea, mientras Ilíona asentía para ella- ¿Cómo que separarnos? Niso y Asio ya cruzaron del otro lado del Helesponto a Abidos, solo quedamos un puñado de Pestaltas, su hijo o hermano qué se yo, Deípilo, y yo. ¿Cómo que separarnos? –preguntó ella contrariada por las palabras de la Reina del Quersoneso.
-¿Hijo o hermano? Pon atención, Pentesilea, Ilíona es mi hermana… sé que Polidoro y yo tenemos la misma edad, pero no puede ser tan difícil de entender… -se quejó Deípilo, y la respuesta de Pentesilea fue una vena saltándose en su frente- Pero volviendo al tema, bajo el velo de la noche, podremos salir de las murallas por el norte y de allí cabalgar hasta Bistones, el reino de mi tío Poliméstor. Un caballo solitario protegido por el velo de la noche tiene más posibilidades que una avanzada Pestalta –le recordó Deípilo, pero Pentesilea no estaba convencida.
-Pentesilea, te necesito como embajadora en Percote, presentándote ante la corte del rey Hipocoonte –exigió Ilíona, pero Persefone se rehusaba- Sé que es difícil para ti, viajar rodeada de hombres, pero no confío en las capacidades diplomáticas de Asio o de Niso, te necesito al frente, hablando en mi nombre –pidió ella.
-Olvídese de mi repudio a los hombres, tras luchar bajo su liderazgo, y con ellos a mi lado, he aprendido a tolerarlos, pero no me pida que la deje sola, Reina del Quersoneso. Sin usted, los reinos del Quersoneso no sobrevivirán –insistió ella, mientras Ilíona la tomaba de ambas manos.
-Por eso es tan importante que vayas… esta es tu prueba más grande. ¿Podrás superar tu odio a los hombres, y mantenerlos a salvo? Una reina, en el Olimpo, en el Quersoneso, o en una isla de Amazonas, ve a través del odio y sus convicciones personales, y hace lo mejor para su pueblo… -insistió Ilíona, sorprendiendo a Penesilea- Tranquila… ya aprendí a orinar sola como humana… -se burló un poco ella.
-¡No necesitaba esa información! –se apenó Pentesilea, notando entonces que Ilíona había hecho aquella broma solo para tranquilizarla- Deípilo… cuida bien de tu madre-hermana por mí… -pidió ella apenada.
-¿Madre-hermana? Pon atención por favor, Ilíona es mi hermana y la madre de Polidoro, si serás distraída –se fastidió Deípilo, pero entonces encaró a Ilíona- Iré a alistar el caballo, espera aquí, hermana –hizo énfasis la última palabra, antes de retirarse.
-Diosa Artemisa… -ganó su atención Pentesilea una última vez- Eh de retirarme, pero no sin antes recordarle que está casada… y que su esposo, Poliméstor… no dudará en intentar forzarse en su contra… -le recordó, por lo que Ilíona parpadeó un par de veces sin comprenderlo, Pentesilea notó que Ilíona no lo comprendía, por lo que susurró en su oído, ruborizando excesivamente a Ilíona-. Espero no se arrepienta de pedirme retirarme… -agregó una última vez y de brazos cruzados.
-¡Lo olvidé por completo! –agregó ella aterrada, Pentesilea asintió varias veces para hacerle saber que por ese detalle, no podía dejarla sola- Pero reitero mi compromiso a con mi pueblo… los Hijos del Quersoneso son ahora mis hijos también, Pentesilea… y no dejaría a mis hijos desatendidos… debes liderarlos en mi ausencia… -pidió Ilíona, mientras Deípilo llegaba con el caballo negro que usarían para el escape- Cuídalos… Pentesilea… -pidió Ilíona, subiendo al caballo, y usando su ojo lunar para espiar a los Salaminos- En cualquier momento… -susurró ella.
Fuera de las murallas, Teucro miraba a la luna alzarse, y aunque Áyax mantenía con su enorme escudo el asedio frente a las murallas estas seguían recibiendo los embistes de los arietes sin caer, mientras los Pestaltas que quedaban sobre las mismas lanzaban aún más proyectiles, y estos iluminaban el suelo donde caían, molestando a Teucro.
-¡Áyax! –llamó Teucro, y el gigante entre los Salaminos atendió a su llamado- Nuestros arqueros ya no pueden ver, pero nosotros somos blanco fácil por estas piedras con la bendición de Artemisa, hay que replegarnos –pidió Teucro a distancia segura, y mientras lanzaba una última flecha, y esta fallaba en su blanco-. Definitivamente la visibilidad no es la adecuada… -se molestó.
-¡Diantres! ¡Gran Molestia! –azotó Áyax con fuerza, pero la muralla resistió- ¡Salaminos, a los campamentos! ¡Terminamos por hoy! ¡Menor! –llamó Áyax, y Menor tomó su trompeta, y la resonó con fuerza, y tras escucharla, los Salaminos levantaron a sus muertos, a sus heridos, y los llevaron de regreso al campamento base.
-¡Ahora! ¡Al Helesponto, Hijos del Quersoneso! –llamo Ilíona a los Pestaltas sobre las murallas, quienes bajaron y corrieron hasta los escudos, donde Pentesilea los esperaba- ¡Enciendan la pira! –continuó con sus órdenes, un Pestalta llegó con una antorcha para Pentesilea, quien compartió una última mirada con su diosa, reina y amiga desde la cima de la torre de Sestos, prendiendo la misma. No pasó mucho tiempo para que la pira de Abidos se encendiera en respuesta, y los Pestaltas sobre los escudos vieran la misma con esperanza, mientras continuaban navegando sobre sus escudos en dirección a Abidos, surcando por el tranquilo Helesponto, protegidos por la luz de la luna- Cuídense… Hijos del Quersoneso… -declaró Ilíona, tomó las riendas del caballo, para sorpresa de Deípilo, y comenzó a cabalgar a toda velocidad- ¡Abran la muralla norte! –ordenó, saliendo por la muralla, protegida por la noche, y mientras los salaminos daban la espalda a la ciudad en su retirada- Seré yo… Athena… quien termine con esta guerra… los Hijos del Quersoneso navegan por el Helesponto, y ellos destrozaran a los tuyos por la retaguardia… Troya tendrá la bendición de Artemisa… ¿qué tienes tú para igualar lo que yo haré en esta guerra? –preguntó al cielo Ilíona, y lejos, en Troya, alguien parecía haberla escuchado.
Anatolia. Troya. Campamentos Aqueos.
-Jo… no te creas tan importante, Artemisa… esta es apenas tu primera guerra –enunció Shana, recibiendo en su cosmos el desafío de Ilíona, mientras se había estado entrenando en las playas, a las afueras de los campamentos, cuando la luna en lo alto la desafió- Yo he luchado al lado de los hombres desde mucho antes que tú lo hicieras. Y aunque admiro tu determinación, no temo a tu avanzada… he inspirado a los humanos desde mucho antes que tú… y los inspiraré aún más… cuando entre al frente junto con ellos… mientras tanto, Artemisa… mi Sabiduría y mi Guerra serán llevadas por ellos, quienes creen ciegamente en el poder de los seres humanos… -se viró Shana para ver dentro de los campamentos a Anficlas, con la capa negra de Tebas ondeando, y los guerreros de armaduras negras que eran los de Tebas preparados.
-Armaduras negras protegidas por el velo de Nyx… poético… aún en tu debilidad jamás dejaste de planear… Diomedes… -miró Anficlas dentro de la tienda, a Diomedes, ya despierto, y mirándola desde dentro mientras cargaba a su hijo dormido en sus brazos- ¿Preocupado? Desde aquí pareces una esposa desconsolada abrazada de su hijo mirando a su valiente esposo haciendo la guerra –se burló Anficlas.
-Búrlate todo lo que quieras… -agregó Diomedes, frotando los pocos cabellos rojizos en la cabeza del bebé en sus brazos- Pero regresa… no seas imprudente, a quien enfrentas es Eneas… si hay alguien a quien considero mi igual… es él… -aseguró.
-Entones es una ventaja el que haya dedicado años de mi vida a vencerte, Escorpio –se arregló la capa Anficlas, y materializó su lanza de plata- Ahora duerme… y ven a salvarme si me paso de imprudente. ¡Tebanos! –llamó Anficlas, y su pueblo clamó su nombre- Que Troya sepa… que esta noche… la misma oscuridad es su enemiga. Inundemos los corazones de los Troyanos, bajo el velo de Nyx, como sombras, o una jauría escondida entre las mismas… son leones negros… son lobos oscuros… son la sombra… son la muerte. ¡Mandemos a esos infelices al reino del Hades al que tanto admiran! ¡Por Tebas! –resonó el grito de Anficlas, que fue seguido por el de los Tebanos.
-¡Por Pilos! –resonó el grito de Néstor, que llegaba con los hombres de Pilos a posarse junto a los Tebanos- No olvides que no estás sola, Anficlas. Nuestros ejércitos marcharán juntos a la batalla, confiamos en que los Tebanos nos tendrán bien cubiertos bajo tu mando –aceptó Néstor.
-¿Oyeron eso, Tebanos? ¡No uno, sino dos Caballeros Dorados me han aceptado al mando! –se regocijó Anficlas- ¡Retribuyámoslos! ¡Leitus! ¡Da la señal! -Leitus asintió, tomó orgulloso la trompeta de batalla, y la resonó con todas sus fuerzas, justo en el momento en que las puertas de Capis se habrían para el cambio de guardia- ¡Tebanos! ¡Por Tebas! ¡Ataquen! –resonó su grito con tanta fuerza, que Héctor la escuchó desde en medio del campo de batalla en medio de una confrontación con Odiseo.
-¿Anficlas? –se estremeció Héctor, mientras desde las empalizadas Aqueas, las murallas de madera escupían a los ejércitos de Tebas y de Pilos, con Auríalo conduciendo a la cabeza, y Anficlas orgullosa sobre el auriga- ¿Cómo has osado insultarme de esta forma, Escorpio? –enfureció Héctor.
-¡Alala! –resonó el poderoso grito de Eneas, desafiando a Héctor- ¡Repliégate Héctor! ¡Apégate al plan! ¡No podrán resistir este ritmo por mucho tiempo! ¡Deja a la niña a nosotros! ¡Dárdanos! –gracias a la fuerza de Alala, pese a ella estar en las filas de Héctor, la voz de Eneas resonó con fuerza ignorando la distancia. Pero Héctor, furioso de ver a Anficlas liderando la carga, se negó a abandonar el campo de batalla, rompiendo la estrategia, y enfureciendo a Eneas- ¡Terco! ¡Pero no puedo decir que no lo entiendo! ¡Me molesta demasiado que ese Escorpio haya ideado una estrategia tan suicida! –se fastidió Eneas.
-¡Cuidado vejete, es mi esposo de quien hablas! –llegó Anficlas ante Eneas, y lanza y espada impactaron, derribando a ambos de sus respectivos aurigas- Así que esa es Maleros… Diomedes me habló de ella –sonrió Anficlas, mientras Eneas se ponía de pie, y apuntaba con esta a Anficlas- Oh, es bastante tentador, pero debo ignorar mi orgullo de momento. ¡Néstor! –se hizo a un lado Anficlas.
-¡Explosión de Cumulo de Estrellas! –atacó esta vez Néstor, derribando a Eneas, quien enfureció, mientras Néstor caía al lado de Anficlas- ¿Estás segura? ¿No te quita eso la gloria en la batalla? –preguntó Néstor curioso.
-¡De nada sirve la gloria si mi gente muere en mi nombre! ¡Tebanos, lanzas arriba, usen a Nyx como manto! ¡Perímetro amplio de media luna frente a los campamentos! ¡No se atreverán a atacar los campamentos mientras no vea cuantos somos! –se rodeó Anficlas por la capa negra de Diomedes, desapareciendo de la vista de Eneas.
-Esta es igual de peligrosa que Diomedes por lo que veo… ojalá Creúsa fuera también una estratega –buscó Eneas entre la oscuridad, pero la única fuente de luz la proyectaba Néstor, quien sonreía orgulloso- Bueno, te debía una paliza por aniquilar a uno de mis Daimones –apuntó Eneas.
-Oh, qué curioso, iba a decirte lo mismo por ordenarles meterse con la mente de mi hijo Odiseo… ven, Eneas, te voy a partir el orgullo, no necesariamente el que usan de jerga mis hijos. ¡Decreto Imperial! –se lanzó Néstor, Eneas lo evadió, pero tras hacerlo fue atacado desde las sombras por los Tebanos, que por poco cortan su piel, y Eneas supo que esto era parte del plan de los Tebanos, mientras los hombres de Dardanos eran atacados desde las sombras, e incluso la lanza de Leitus, un simple humano que no manipulaba el cosmos, pasó peligrosamente cerca del ojo de Eneas, antes de desvanecerse en las sombras. Todo aquello fue presenciado por Shana desde las playas.
-Me pregunto, si los historiadores contarán alguna vez lo que esta noche se vive… -comenzó Shana para sí misma, curiosa de la batalla frente a sus ojos- ¿Contarán acaso de la noche en que se celebró la guerra con Nyx de testigo? ¿Contarán de como soldados Tebanos en armaduras negras hicieron de la noche suya, y repelieron la avanzada Troyana? ¿Del cómo empujaron a Eneas hasta las murallas? ¿Y que Troya pasó su primera noche despierta mientras los heridos y derrotados con sus gemidos despertaron a los durmientes? Aquella noche, en la que Troya fue incapaz de conciliar el sueño. ¿O será acaso, que semejante batalla se perderá de la historia, por ser una valiente mujer quien lideraba la afrenta o ungió el plan? No tengo forma de saberlo… pero los valientes hombres de Tebas lo sabrán… lo llevarán en sus corazones, la noche en que los Tebanos se alzaron, con su capitán, Leitus, inspirando a sus hombres, hiriendo incluso a Héctor en su muñeca quien tuvo que emprender la retirada y dejar a Eneas al mando –y pese a la noche, así como Shana enunciaba para sí misma, sucedió, mientras Leitus con su lanza atravesaba desde las sombras la muñeca de Héctor, forzándolo a gritar adolorido, por lo que Cebríones, tras notar aquello, resonó por fin la trompeta de retirada, y conduciendo su auriga, levantó a la fuerza al furioso de Héctor, mientras Leitus desaparecía bajo la capa de Anficlas, quien miró a Héctor desafiante mientras devolvía a Leitus a las sombras-. Tal vez incluso pensarán o dirán que fue la misma diosa Nyx quien bajó del cielo a defender a los Aqueos… será triste… pero… nosotros sabremos la verdad… sobre la mujer valiente que envolvió a los Tebanos en las sombras, y significó la contundente victoria de aquella batalla nocturna… ¿pueden presumir lo mismo, Troyanos? –terminó su monologo personal Shana, y volvió a la práctica, decidida a unirse al conflicto cuando estuviese lista y no fuera una carga para los demás.
Troya. Ciudadela de Capis.
-¡Un médico! ¡Traigan a Lápix! –resonó el grito de Cebríones, y los soldados Troyanos dentro de la Ciudadela de Capis, actuaron de una forma muy diferente a como habían actuado con Trolio. Se preocuparon, fueron a encuentro de Héctor, quien estaba furioso por ver su muñeca atravesada, mientras maldecía un nombre que los Troyanos nunca habían escuchado antes en el campo de batalla.
-¿Anficlas? –preguntó uno de los soldados- ¿No ese es el nombre de la bastarda de Deyonero? –preguntó el soldado, enfureciendo aún más a Héctor, pero Cebríones interrumpió el chismorreo de los soldados Troyanos.
-Héctor delira… está agotado, quien hirió a Héctor fue Leitus, él lideraba la carga esta noche junto a Néstor que lideraba a los de Pilos –insistió Cebríones- Con el favor de la diosa Nyx, neutral hasta ahora en la batalla, Leitus adelantó filas, e invisible al ojo humano, perforó la muñeca de nuestro señor Héctor. ¡Entiendan entonces, que se requiere de los dioses para herir a Héctor! ¡Sin los dioses los Aqueos no son nada! ¡Recen a Apolo, recen a Hades, recen a Ares! ¡Y Nyx la pensará dos veces antes de volver a meterse con Troya y sus hijos! –y así lo hicieron, incluso un sacerdote comenzó a preparar un sacrificio, pensando en que la herida causada a Héctor venía de los dioses mismos- No muestres debilidad, Héctor… no vuelvas a mencionar el nombre de esa bastarda… -susurró Cebríones.
-Jamás… ha muerto para mí… -lloró Héctor, mientras Cebríones lo ayudaba a incorporarse, y lo llevaba a la tienda médica. Todo aquello fue observado por Trolio, envuelto en capuchas y haciéndose pasar por un mendigo, mientras escuchaba las palabras de admiración de los Troyanos por Héctor, mientras lo ovacionaban incluso tras regresar herido y derrotado desde el campo de batalla.
-¿En qué piensa, señorito? –preguntó Pándaro, sentándose al lado de Trolio, habiendo descubierto rápidamente su identidad- No le diré a nadie que lo vi, no se preocupe –sonrió Pándaro.
-Eso no importa… a nadie le importaría de todas formas… -enunció Trolio, mirando la moral alta de los Troyanos, quienes continuaban hablando de Héctor, y su batalla contra la diosa Nyx, de la que nadie fue testigo, pero de la cual nadie dudaba- Los Aqueos… tienen a tantos héroes… yo… simplemente deseaba ser un héroe para los Troyanos también… Pándaro… una inspiración… -declaró deprimido.
-Aún puede serlo… -le comentó Pándaro, sonriente-. Para inspirar a otros… el primer paso es desearlo fervientemente, y después… luchar por ellos a quienes quiere proteger… yo confío en usted, señorito -continuó sonriendo Pándaro, aunque Trolio no lo veía así, y se abrazaba las rodillas, deprimido.
Lesbos. Ciudad fortaleza de Mitilene.
Un rugido inquietante resonó en la noche, el relámpago y el fuego se encontraron en su epicentro, y la muralla de Mitilene, la fortaleza de Lesbos, encontró su final bajo el potente puño de un Caballero Dorado que clamaba su momento de gloria en esta guerra, mientras la última de las tres puertas de hierro, únicas en su tipo, y de las cuales los hombres de Lesbos por siempre habían sentido un profundo orgullo, caían por fin.
-Me tomó bastante tiempo… pero por fin las derribé… -se posó Patroclo, frente a los aterrados pobladores de Mitilene, quienes temblorosos lo veían como un demonio encarnado, y escuchaban relámpagos mientras se tronaba los nudillos, y los Mirmidones en sus armaduras negras se posaban a su lado- Es una lástima, sin embargo… que los dioses no consientan las batallas nocturnas… -sonrió Patroclo con malicia, y movió su mano ensangrentada, forzando a los mirmidones a replegarse- Díganle a su rey, a cualquier príncipe o héroe que desee saberlo, o a cualquier dios al que quieran rezarle… que Patroclo… conquistará a Mitilene mañana… con Apolo como su testigo… -prosiguió Patroclo, se agachó, comenzó a levantar las pesadas puertas que acababa de destruir, y las azotó con fuerza contra la pared de piedra, comenzando con la destrucción en cadena de la muralla principal de Mitilene que se despedazó por completo- Eso es para que no la vuelvan a poner mientras duermo… y como advertencia… ahora duerman… si pueden… -finalizó Patroclo, retirándose con los Mirmidones, dejando a los hombres de Lesbos temerosos, y débiles, mientras en la cima del Palacio de Lesbos, Mácar lo observó todo con ira.
-Zelos… -comenzó el furioso rey, y a sus espaldas se materializó el Espectro de la Rana- Dile a Télefo, la Estrella Celeste de la Muerte que viste a Archifiend… que le diré el secreto de la vida en la muerte… a cambio de que defienda a Mitilene de los Aqueos… -comentó Mácar, y Zelos se desvaneció, mientras el furioso rey pasaba al lado de Hypsipilo su nieto, y encaraba a Hicetaon, su hijo, tomándolo del cuello, y forzándolo a mirarlo- ¡En estos momentos te estoy entregando como amante de Yalemo por su cooperación! ¡Lo complacerás sea hombre o sea mujer! ¡Pero quiero a Yalemo en la defensa de Mitilene! ¿Lo has entendido? –agregó furioso Mácar.
-Tranquilo mi rey –sonrió Yalemo, llegando por detrás de Hicetaon, y abrazándolo mientras se posaba totalmente desnudo detrás de él- Le tomaré la palabra… tomaré a Hicetaon como mi amante… y personalmente asesinaré a Patroclo de Leo… -sonrió Yalemo, mientras la guerra en Lesbos, se tornaba aún más violenta y peligrosa.
