Disclaimer: Lo que diré a continuación, ya deben saberlo: Ningún personaje de Marvel me pertenece. Ésta historia es un medio de entretenimiento sin fines de lucro para su creadora. Bla-bla-blá.
Advertencia: Fanfiction Angst. Puede incluir contenido sensible. Referencia a abuso sexual de menores implícita, representaciones gráficas de violencia y referencias implícitas a trastornos metales.
Cronología: Basada en el universo cinematográfico de los Vengadores. Posterior a Civil War y Homecoming.
II: Si puedes soportar la miseria.
Tras la niebla auditiva de la inconsciencia, logró escuchar el insistente pitido de la alarma del destartalado reloj de mano. Era apenas perceptible, pero lo suficiente fuerte para unos oídos mejorados como los suyos. Su cuerpo crujió con los primeros movimientos sobre su cama. El colchón viejo rechinó mientras giraba para tomar el reloj. Eran pasadas las 10 de la mañana. Tardó dos segundos más en que el engranaje de su mente le recordara que, gracias a sus horas extras de descanso, acababa de perder el desayuno en el comedor comunitario. Su estómago se estrechó, casi como si reclamara ya, de solo darse cuenta de lo que perdió. Mordiéndose el labio, levantó con cuidado su sudadera, para descubrir la gasa en la herida del abdomen. Tenía sangre seca, pero lucía mejor que hace unas horas. Descubrió la herida, encontrándola cerrada. Con su curación acelerada, se acostumbró a ver piel sana en tan solo horas. Ahora veía con preocupación la herida cerrada pero aún bastante rojiza. El corte no fue profundo, de cualquier forma. Estaría bien en un par de días, o una semana más. Ya no lo sabía con seguridad. Peter gimió cansado, volviendo a meterse debajo del cobertor. Se abrazó a sí mismo, porque ahora notó que tenía más frío del que debería, aun si utilizaba toda su ropa disponible como mantas sobre la frazada desgastada que ofrecía el viejo hotel.
Esto era cada vez más complicado. Notó como antes, si bien amaba dormir hasta tarde como cualquier adolescente, tenía la suficiente energía –y motivación- para salir de cama. Una pesada losa invisible se instaló sobre él. Era agobiante la forma en que siquiera pensar en poner un pie fuera lucía como una lucha enorme. Se mantenía motivado pensando que quizá, podía encontrar la forma de seguir adelante, así tuviera que partirse la espalda para lograrlo. Pero días como aquellos, se preguntaba seriamente si valía la pena. Si no perdería a todos al final del día, como paso con sus padres, Ben y May. Si de verdad debía rendirse.
Su estómago dolió cuando sus entrañas le recordaron que debía comer. Se tomó unos minutos más para concentrarse en algo tan simple como el dolor de hambre podía recordarle que seguía vivo. Suspiró, antes de tomar una bocanada de aire para levantarse. Los pasillos tenían ese olor a detergente barato y a humedad que Peter recordaba. Podía escuchar un par de gritos amortiguados de una pareja discutiendo unas puertas más adelante, o los sofocantes quejidos de las prostitutas en las habitaciones superiores. No era el mejor ambiente para tomar un desayuno, pero era lo que había. El hotel ofrecía coffee break gratis con el alquiler. Aunque éste se limitaba a un café con sabor a lodo y unas cuantas galletas acartonadas. Peter nunca se quejaría si de llenar su estómago se trataba. El café lo ayudaría a calentarse y podía acompañarlo con algo de su reserva. Así que bajó hasta el piso de la recepción, donde el tímido sonido del noticiero hacía eco en el pequeño espacio. La luz fluorescente parpadeante que iluminaba la pequeña mesa que hacía de coffee break le lastimaba la vista. Peter concentró su mirada en la pantalla detrás del escritorio.
— Que mala pinta tienes chico —escupió el hombre de la barba descuidada tras el escritorio. Todos le llamaban Frank, y era el administrador del hotel. Pero Peter sabía que en realidad se llamaba Charlie, que era como un par de veces lo llamó el conserje, cuando logró escuchar aquella conversación donde se enteró que tenía problemas y ocultaba su verdadera identidad. Eso lo llevó a cuidar mejor su espalda de él, aunque nunca le pareció que el hombre fuera una amenaza. — ¿Otra noche larga?
Peter asintió, rascando perezosamente sus ojos con sus puños.
— Algo así —murmuró de vuelta, para continuar viendo el noticiero. La conductora hablaba de caminos bloqueados por la nieve y poblados sin electricidad.
— Está empeorando —comentó el hombre, poniendo un cigarrillo en su boca —Diez días más de maldita nieve.
Peter aguantó la respiración ante la noticia, viendo al hombre.
— ¿Disculpe?
— Lo que oíste —exhaló el humo de su cigarro antes de darle otra tocada —más nieve.
Peter articuló de vuelta, sin hilar ninguna palabra finalmente, antes de regresar su vista a las imágenes de las calles de la ciudad pintadas de blanco hasta el tope. Tragó saliva y su mente comenzó a contabilizar sus ahorros contra los días de tormenta que quedaban. No necesitaba repasarlo mucho para saber que no podía pagarse más allá del lunes. Aún si doblara sus horas de trabajo, no le quedaría dinero para comida. De pronto las náuseas se arremolinaron en su estómago. Sabía lo que venía.
— Oye, ¿estás bien chico?
— Yo…quiero decir…si —respondió, retorciendo sus manos nerviosamente.
Frank lo barrió con la mirada con sus opacos ojos grises.
— Te ves muy pálido.
— Aun no desayuno. —Y era cierto. Parcialmente cierto. Pero perderse el desayuno era el menor de sus problemas ahora. Intentaba recordar un par de sitios más cálidos donde podría albergarse los próximos días. Muchos eran refugios improvisados de personas sin hogar en conflicto y podía ser robado. La idea no era alentadora, pero sobreviviría la tormenta. Quizá con un poco de suerte, encontraría un poco de solidaridad. Sabía que el gobierno instalaba albergues cálidos y con comida para los sin hogar en ocasiones como éstas, pero para las personas con antecedentes o un chico como él, no era opción. Servicios sociales estaría allí apenas pusiera un pie dentro. Era el primer sitio donde el Sr. Stark lo buscaría.
Peter no notó la mirada preocupada que Frank le daba, sólo el escalofrío que anticipaba el peligro sobre su espalda. Así que no pudo evitar girar con una rapidez premeditada cuando los pasos tras él se detuvieron. Un viejo hombre regordete, con una barba descuidada como la de Frank, respiraba con dificultad tras subir las escaleras. Lo acompañaba una mujer que lucía perturbadoramente joven. Era apenas un par de centímetros más alta que Peter. El maquillaje dramático que llevaba encima era bastante obvio para hacer conjeturas. También era obvio por el pequeño vestido que portaba debajo del delgado abrigo que cubría su menudo cuerpo. El hombre la abrazaba con rudeza, casi a la fuerza. La chica lucía incómoda, pero no luchaba por huir. Peter intentó verla a los ojos, pero la mirada de la chica no subía del piso.
— Ronnie —saludó Frank echando la cabeza hacía atrás, mientras se levantaba de su silla. El hombre regordete le devolvió el saludo con la cabeza, luchando por respirar aún — ¿Nueva compañía?
— Son días fríos Frank —musitó el hombre. —Y te visitaría más si repararas ese maldito elevador.
Frank apenas levantó la vista cuando el hombre habló, mientras escribía en el registro. Peter conocía el procedimiento.
— Lo repararé cuando mis deudores paguen sus cuentas —insinuó Frank mientras giraba tras de sí buscando una llave.
— Eso no va a ser pronto. —Ronnie soltó una risa ahogada que hizo vibrar su barriga, antes de girarse hacia Peter. — ¿Por qué no me dijiste que contabas con nuevo servicio?
Peter sintió como cada vello de su cuerpo se erizó cuando los ojos de aquel hombre se pusieron sobre él. Podía sentir su mirada escudriñándolo de pies a cabeza. Frank giró hacia el hombre con una llave en mano.
— No es para los clientes —gruñó. Su voz no cambió demasiado, pero Peter conocía lo suficiente al hombre para saber que algo en la forma en que lo dijo mostraba cierta tensión. —El chico trabaja conmigo —escupió Frank antes de entregarle la llave al hombre, zanjando la conversación. Por la mirada que le dirigió Frank, Peter supo que debía asumir que, al menos mientras Ronnie estuviera allí, él trabajaba para el hotel.
— Yo…
— Aún te falta terminar en la cocina chico —lo interrumpió Frank. Peter observó a los adultos en silencio, indeciso, antes de asentir e ir hacia Frank. Conocía lo suficiente el hotel para saber dónde era la cocina, así que caminó con seguridad hacía allá.
— Te guardas lo mejor para ti, bastardo —escuchó a Ronnie bromear mientras desaparecía tras la puerta. —Podría pagarte mucho por él.
Ese último comentario le provocó escalofríos. Su corazón comenzó a martillar, nervioso, en su pecho. Apresuró sus pasos al interior de la cocineta. Aún dentro podía escuchar la conversación que se llevaba a cabo en la recepción.
— Si quieres una demanda pegada en tu trasero de parte de sus padres, tal vez —dijo con dureza Frank. La risa de Ronnie se apagó.
— Necesitas divertirte un poco de vez en cuando —masculló el hombre. Peter escuchó los pasos del hombre alejarse y subir por las escaleras. Un par de minutos después, Frank cruzó la puerta hacia la pequeña cocineta del hotel. Los ojos grises del hombre se posaron en Peter unos minutos mientras terminaba su cigarrillo. Peter no se atrevió a decir más sobre lo que ocurrió allá afuera. Su corazón aún latía con furia por el pánico. Ahora mismo era sólo Peter Parker. No Spiderman, no un héroe con súper fuerza. Si alguien lo atacaba vestido de civil no podría defenderse. A veces odiaba ser solo Peter.
— El mundo está lleno de enfermos —dijo Frank por fin, después de un par de minutos en silencio, chasqueando la lengua. — Algo que imagino, ya sabes.
Peter asintió con timidez, observando con interés el piso.
— Necesitas saber cuidarte chico —sugirió él. — ¿Qué diablos hacen tus padres?
Peter tragó saliva mientras jugaba con el cierre de su sudadera.
— Yo…ellos murieron —soltó con un suspiro. Odiaba la parte de explicar la historia del huérfano y recibir la lástima ajena.
— Mierda chico —podía sentir la mirada del hombre sobre él. Peter decidió no mirar. — Siempre pensé que tu padre era un ebrio y huías de él cada que venías por aquí —murmuró Frank más para sí mismo que para él. El hombre nunca le cuestionó nada antes. Desde el primer día que puso un pie en el hotel, la única pregunta que importaba era cómo iba a pagar.— ¿Tienes familia?
Peter observó la sucia cocineta donde se encontraba. Apestaba a rancio y comida china. Peter odiaba la comida china, pero ahora mismo no la rechazaría. Vivir en la calle era difícil. Admitir que estaba solo en el mundo, lo era aún más. Abrió la boca para responder, pero decidió que era demasiado para él aún. Desde el día que tía May murió, Peter jamás había admitido en voz alta su situación. Así que solo negó con la cabeza.
— ¿Ninguno? —Indagó el hombre, curioso — ¿Un primo lejano, un tío o tía por allí?
Peter luchó en vano contra el nudo que se formó en su garganta cuando escuchó la palabra "tía" y el rostro amable y dulce de May se dibujó en su memoria. No pensaba mucho en ella últimamente. Y la razón era el cómo su pecho dolía tanto de solo recordarla. Tía May fue más que una tía que lo acogió aún sin compartir un lazo sanguíneo. Lo cuido y crío con tanto amor como solo una madre podría. Ella se desveló cada vez que enfermó. Limpió cada una de sus lágrimas y cantó para él incontables noches. No era la mejor cocinera, pero siempre intentó sorprenderlo con sus platillos favoritos, hechos con tanto y tanto amor, que Peter olvidó que estaban quemados. Ella dejó su vida entera para cuidarle y se negó a una pareja por darle lo mejor de su vida a Peter. Y él nunca podría ya, agradecerle y pagarle todo lo que hizo por ella. Porque May no estaba más allí.
May se marchó.
— Oh chico —Peter no notó cuando las comisuras de su boca se torcieron ni cuando las lágrimas se escaparon. No hizo ni un solo ruido. Aprendió a llorar sin hacerlo. Frank colocó su mano en su hombro y lo dirigió hacía la silla plástica junto a la pequeña mesa en la esquina. Aceptó sentarse, sólo porque ahora mismo se sentía tan cansado y derrotado que deseaba solo volver a la cama y desaparecer bajo la manta. Se encogió sobre sí mismo en la silla, mientras escuchaba al hombre remover objetos en la distancia. En otra circunstancia Peter estaría yéndose ya, avergonzado de incomodar al hombre en un lugar donde no pertenece. Justo ahora, no tenía intención de hacerlo. Sólo necesitaba un minuto para recuperarse y continuar.
— ¿Te gustan los waffles? —preguntó el hombre, sin recibir respuesta. — ¿Chico?
Peter tardó unos segundos en levantar su vista empañada aun en lágrimas hacia el hombre que tenía una caja de waffles en su mano.
—Yo…estoy bien, lo siento —Peter se incorporó, notando las intenciones del hombre por alimentarlo. No quería aprovecharse de la situación. Él era Spiderman. Él debía ayudar a la gente. No la gente a él. — Tengo comida en mi habitación.
— Oye chico, espera. —Peter se detuvo en la puerta y giró hacia el hombre, que se sentaba en la otra silla disponible. El hombre estaba encendiendo otro cigarrillo, y le señaló la silla vacía en la cual Peter estaba sentado hace unos segundos. Obedeció al hombre y regresó a su asiento. Frank disfrutó un par de caladas más antes de continuar. — ¿Cuánto tiempo llevas en la calle?
Peter tragó saliva ante la cruda pregunta.
— Cuatro meses, señor.
Frank asintió, mientras lo observaba con detenimiento.
— ¿Estás seguro?
Peter asintió. Frank alzó una ceja, incrédulo.
— Te ves de ocho —confesó él. Peter escondió su rostro, jugueteando con las mangas desgastadas de su sudadera — Sé porque te escondes —confesó luego de unos minutos Frank, sin mirarlo. Peter sostuvo la respiración unos segundos, antes que el hombre continuara. —Estuve en el sistema unos meses antes de cumplir los 18. —Fue entonces cuando Peter levantó su vista hacia el hombre. Encontró un remanso de melancolía en su mirada. —Entonces no tenía nada, pero el viejo panadero del barrio me acogió la cuarta vez que escapé. Gracias a él no pasé el resto de mis días inyectándome alguna mierda en un callejón.
Frank se dibujó una sonrisa triste antes de volver con Peter.
— Dime chico, ¿consumes algo?
— ¿Disculpe? —Peter tardó unos segundos en comprender la pregunta —Oh…no, yo no…sólo café de vez en cuando.
Él hombre sonrió genuinamente, divertido.
— No lo tomes a mal, pero si no consumes nada, estás alimentándote muy mal —resolvió él, finalmente. Peter asintió. Había visto a los adictos de la zona: ojeras pronunciadas, pómulos afilados y pálidos. Podría parecer uno de ellos, pero no podía explicarle que aunque comiera porciones decentes de comida para un humano promedio, su metabolismo era tan rápido que llevaba varias semanas famélico.
— Ronnie no va a dejarme en paz unos días —aclaró Frank después de un rato —Si te ve deambular por allí, pescando trabajo, va a sumar dos más dos. No quieres caer en las manos de ese bastardo.
Peter tragó saliva, sin atreverse a comentar nada.
— Si no tienes algo fijo, el conserje va a estar fuera un par de meses, si te interesa —comentó Frank, apagando su cigarrillo en un plato sucio.
— Yo no quiero im…importunar Señor —se disculpó Peter, demasiado incómodo para aceptarlo. Sería un chantajista si aceptaba un trabajo que logró encontrar a costa de su orfandad. Peter no quería eso. Quería conseguir algo honestamente.
— Mira, no tengo mucho que pagar. El idiota de Javier se rompió la pierna al caerse por el hielo, y tengo que pagar su incapacidad. Pero puedes quedarte en la habitación sin costo, si te interesa —ofreció Frank —es temporal, luego podrás buscarte algo cuando regrese. Pero necesitamos convencer a Ronnie que no estás por tu cuenta —terció él. Peter suspiró. Sabía que era mejor tener a los enemigos cerca. Recordar la asquerosa mirada del hombre sobre él solo le provocó nauseas. Y la tormenta seguiría unos días más, así que necesitaba un techo sobre su cabeza. Peter hizo una nota mental para devolverle el favor al hombre en cuanto pudiera.
— Se lo agradezco mucho Señor.
Frank negó, como si darle un trabajo y un techo no fuera la gran cosa.
— ¿Por dónde comienzo?
— Por tomar tus waffles chico —respondió el hombre, volviendo a la estufa —puedo escuchar tu estómago rugir hasta acá.
Peter sintió como su cara se encendió en rojo, pero sólo asintió. De verdad estaba famélico.
— ¿Cómo te llamas chico? Porque no creo que tu nombre real sea ese con el que te registraste, Anakin Skywood.
— Skywalker.
— Sí, eso. ¿Cuál es tu nombre real?
Peter dudó un segundo, recordando la última vez que uso su nombre. Eso fue hace meses, cuando guardó toda su vida en una pequeña bodega con las cosas de May. El nudo en la garganta se formó de nuevo, pero pudo disolverlo justo para responder.
— Peter…Peter Parker, señor.
De acuerdo.
Spoiler alert: tenía unos cuantos capítulos por allí ya avanzados de todo esto.
Gracias a quienes dejaron sus comentarios el capítulo anterior.
Fio Gonzlez: Tu review me mató/encantó, ¡muchísimas gracias!
Mizu-zuita: Tú, mujer, tú sabes que todo esto es tu culpa, dejar caer al pobre Peter en mis manos.
Espero sus comentarios.
¡Hasta la próxima!
Bethap
