Disclaimer: Lo que diré a continuación, ya deben saberlo: Ningún personaje de Marvel me pertenece. Ésta historia es un medio de entretenimiento sin fines de lucro para su creadora. Bla-bla-blá.
Advertencia: Fanfiction Angst. Puede incluir contenido sensible. Referencia a abuso sexual de menores implícita, representaciones gráficas de violencia y referencias implícitas a trastornos metales.
Cronología: Basada en el universo cinematográfico de los Vengadores. Posterior a Civil War y Homecoming.
VIII: Si puedes soportar el riesgo.
Evalúa sus opciones: la primera contiene 1 onza más, pero al estar caducada cuesta 50 centavos menos que la segunda. Pero si lleva la segunda, a la cual le queda un mes más para caducar, podrá almacenarla para más tiempo. Suspira, abrumado, pero elige la segunda. Está un poco cansado del sabor añejo de la comida caducada, pero sobre todo teme enfermar por ello y tener que gastar luego, en medicamentos. Al menos ahora tiene un poco de dinero de sobra –no demasiado– para permitirse algo relativamente más fresco.
Esa misma mañana, Frank dejó un sobre con unos 100 dólares bajo la puerta. La nota decía que era por sus servicios, pero Peter sabía que su alojamiento cubría con creces su trabajo. Intentó devolvérselos más tarde, por supuesto, pero el hombre no lo aceptó. Alegó que incluso pagando la incapacidad de Javier, estaba ahorrándose dinero con su trabajo y merecía una paga. No aceptó el dinero de vuelta. Por lo tanto, Peter lo escribió en su deuda mental hacia todas las personas que le dieron algo ahora que era un sin hogar. Algún día lo devolvería, él lo prometió. Aun así, no se siente cómodo de gastarlo. Suspira, de nuevo, porque sabe que no está en posición de rechazar ayuda.
Mientras tanto, Frank sigue observándole con reserva. Peter lo descubrió mirándolo por el rabillo del ojo varias veces durante todo el día. No es que le incomode, de cualquier forma. Más bien obedece a una cuestión más simple: es la primera vez que confiesa el tema de Spiderman a alguien que apenas conoce. Con Stark fue diferente: él lo descubrió en principio y por ello fue a su encuentro. Pero luego de soportar el shock inicial de su anfitrión, Peter tuvo que responder muchas preguntas incómodas: desde porqué abandonó su labor como héroe, hasta las más banales, como por ejemplo, cómo funcionaban sus tiradores. Frank parecía fascinado y aterrado en igual medida respecto a su confesión. No podía creer que el chico frente a él era Spiderman, y al mismo se encontraba preocupado sobre el porqué alguien tan joven arriesgaba su vida todos los días. Peter por su parte, estaba nervioso y aliviado por su respuesta. Aún temía que el hombre pudiera hablar, pero se tranquilizaba recordando que aquel hombre estaba guardando más de un secreto suyo ahora.
Piensa en ello para sentirse más tranquilo. Aunque en el fondo, no puede estarlo.
Se dirige a las cajas, luego de recontar su compra, preocupado de los números que arrojará la caja. El hombre tras el mostrador de la tienda le da una mirada de pies a cabeza antes de comenzar a marcar su modesta despensa. La mayoría es comida que Peter piensa consumir en lugar de la despensa personal de Frank. Incluyó por fin un par de paquetes de embutidos, ya que Frank le ofreció usar su nevera si lo necesitaba. Consideró un paquete para él y otro para su anfitrión, como agradecimiento. Un par de cosas de su compra son artículos personales que necesita urgentemente para no parecer un sin techo.
La idea le causa gracia porque, en realidad, lo es.
Intenta recortar todo lo que puede su presupuesto y guardarse unos dólares para la tienda de segunda mano y la farmacia. Necesita una nueva –usada– chaqueta o abrigo. Cada vez se siente más friolento, y aleja la idea que eso tiene que ver con su raquítica ingesta de alimentos, o de que ello es un síntoma más una ligera anemia. Además, la herida de su abdomen se resiste a sanar. Inflamada y dolorosa, parece ser otro dolor de cabeza más para Peter. Si bien tenía unos meses viendo cómo se ralentizaba de a poco su curación mejorada, esto pasaba a un nivel completamente nuevo. Intenta evadir su preocupación al respecto. Sólo necesita unas cuantas gasas, alcohol y analgésicos.
La caja marca $38.25. El hombre frente a él no pronuncia una sola palabra, esperando el pago. Peter siente una punzada de culpabilidad cuando sale de la tienda porque quizá está siendo demasiado complaciente consigo mismo. Quizá está derrochando. Se repite a sí mismo que comer es una necesidad básica que tiene que cubrir. Eso no elimina el hecho de que últimamente le sea cada vez más difícil no sentirse culpable cada vez que se permite comer un poco más de sus raciones programadas. Desecha la idea inmediatamente, pero vuelve unos momentos después, cuando tiene que volver a pagar el material médico que su herida infectada necesita.
— ¿Todo en orden cariño? —la pregunta lo congela un segundo, cuando lo toma desprevenido. Hay algo en el aire maternal de la preocupación de la dependiente de la farmacia que le eriza la espalda y frunce su entrecejo.
Parpadea un par de veces antes de responder.
— Yo eh…sí, todo bien —miente —sólo llevaré esto y una caja de ibuprofeno.
La mujer tuerce su boca en una mueca incómoda.
— ¿Cuál dosis?
— La más fuerte que tenga —suena terriblemente mal cuando lo dice en voz alta, y lo sabe por la mirada de preocupación que le da la mujer —Fue una dura caída de mi patineta —miente de nuevo, con una sonrisa nerviosa.
Ella asiente de vuelta y le entrega lo que ordenó.
— Si necesitas cualquier cosa —dice ella, en voz más baja, mientras le entrega su cambio. —Me llamo Dorothy, y estoy aquí por las noches, de lunes a jueves —añade, con una sonrisa cálida. Peter asiente, agradecido. Desde que vive en las calles sólo recibe dos tratos: lástima o repulsión. Así que no se sorprende por el comentario, pero eso no evita sentir una punzada de culpa porque él es Spiderman y él debe protegerlos a ellos, no al revés.
Asiente y agradece, antes de salir.
Su última parada está un poco más lejos, unas cuatro cuadras más. Aún no las recorre e igual ya no siente sus pies por el frío. La tormenta invernal ha cesado, pero las calles siguen pintadas de blanco y el deshielo es más crudo que la propia nieve. Intenta acelerar el paso para calentar un poco y olvidarse del entumecimiento. Cuando llega a la tienda de segunda mano, ya no siente su nariz y mejillas. La tienda se encuentra vacía. El dependiente acomoda perezosamente pilas de ropa al fondo del pequeño local. La iluminación es mala, y hace lucir más hacinado el espacio. El viejo hombre voltea a darle un vistazo desconfiado. Es un hombre mayor, de unos 60 años. Lleva capas y capas de ropa claramente usada y gorra invernal. A pesar de que el lugar no tiene calefacción, es un mundo de diferencia comparado con las calles de Nueva York. Intenta saludarle sin éxito, el hombre no parecía interesado en un buen trato al cliente, así que se lanza de lleno hacia las pilas de ropa usada.
Peter encuentra que está bastante familiarizado con éste tipo de tiendas. No es que toda su ropa siempre fuera de segunda mano. Siempre que podían permitírselos, iban a la sección de ropa económica –prefiriendo siempre las rebajas claro está– o de fin de temporada. Era complicado encontrar ropa que le ajustara bien cuando el surtido ya estaba limitado. Pero cuando el presupuesto estaba ahogado por las deudas, Tía May visitaba las tiendas de segunda mano. Peter nunca se molestó con ella por esto. Desde muy pequeño comprendió que no había de qué avergonzarse, incluso si tiempo después, Flash encontraba formas de hacer bromas hirientes al respecto. May decía que las prendas de segunda mano siempre tenían una historia detrás. Ella solía inventar algunas historias sobre algunos abrigos y pantalones cuando era pequeño. Cuando tuvo suficiente edad para comprender de economía, no tuvo corazón para pedirle que dejara de hacerlo. Era su pequeña tradición. Cada que las cosas no iban bien, Peter intentaba darle una sonrisa y mostrarle que no le molestaba en absoluto tener que vestir ropa usada. Ella hacía lo que podía.
Ella siempre le dio todo lo que podía.
— ¿Buscabas algo, chico? —el viejo gruñe mientras pasó frente a él, y es hasta entonces que nota, lleva un tiempo observando, impávido, la misma pila de ropa.
— Si…yo…¿tendría algún buen abrigo por aquí?
El hombre le observa de pies a cabeza.
— ¿Para ti?
— Sí…em…quería algo muy grueso, lo más cálido que tenga.
El hombre asiente, como si captara la idea de inmediato, y camina por los estrechos pasillos que forman las mesas enterradas bajo montañas de prendas desordenadas, hasta que alcanza una pieza que luce resplandeciente en contraste con las demás. El dependiente la ondea con orgullo, como si se tratara de un tesoro personal. Un abrigo de invierno bien conservado aparece frente a sus ojos. Tiene la longitud suficiente para cubrirlo hasta las pantorrillas, y el grosor adecuado para el clima actual. Peter siente que ahora mismo está babeando por él.
— Ésta belleza es lo mejor que puedo ofrecerte —comenta orgulloso el hombre, —olvidarás que es invierno.
Peter lo toma y aprecia mejor. Está bien conservado, aunque la tela luce ligeramente desteñida y tiene una quemadura bajo el brazo izquierdo. Aún con el daño, no arruina la prenda, pero entiende porque su dueño original la descartó. Quizá tenía dinero de sobra para comprar otro.
— ¿Cuánto por ella? —Peter se siente animado. Trajo consigo todos sus fondos, y piensa invertir en ello. No vivirá por siempre en el hotel y, cuando tienes un metabolismo de araña, Nueva York es frío hasta marzo.
El viejo tuerce la boca, pensativo, antes de responder:
— No la dejaría ir por menos de 100.
— ¿Qué? —el estómago de Peter cae hasta sus pies.
— Chico, esto es canadiense, y esos malditos saben lo que hacen. Sabes que no necesitarías otra capa más con una de éstas.
Peter retuerce las mangas desgastadas de su delgada chaqueta. Él sabe lo que implica, y quizá aquel viejo hombre ignora cuanto necesita Peter aquello, pero tiene que reprenderse mentalmente y recordar que necesita tener fondos. Siempre. No tiene nada seguro ahora.
— Yo…lo pensaré un momento —miente, porque sabe que tiene que buscar otras opciones y su sueño de vivir cálido es solo eso. Un sueño. Él no podrá pagarse ni siquiera la calefacción hasta dentro de muchos años, si tiene suerte. Y algo dentro de si se rompe, y es absurdo, porque ahora mismo solo tiene ganas de romper a llorar y rabiar porque no puede aspirar a tener una pizca de comodidad. Porque nunca imagino lo duro que podía ser no tener acceso a algo tan básico y que todos tienen y dan por sentado. Está seguro que personas como Flash nunca sabrían lo que es pasar una noche en vela por no poder entrar en calor. O incluso como Ned, que nunca sabría lo que es tener que guardar como un tesoro una lata caducada de comida. Busca tranquilizarse mientras se enfrasca en escarbar en las montañas de ropa usada buscando algunas prendas que puedan servirle.
No tiene tiempo ahora para lamentarse.
Así que sigue escarbando con furia hasta encontrar unas cuantas cosas que podrían servirle. Un par de sudaderas que son una talla más grande que la suya parecen buena opción. Son de algún equipo de hockey que no conoce, pero eso no le importa: el tejido es grueso y cálido, así que es suficiente para él.
— ¿Puedo probarlas? —inquiere, mientras el viejo le asiente sin mucho entusiasmo. Cuando está rumbo al improvisado cubículo que es el probador, el hombre le extiende el abrigo que le mostró en un principio.
— Oh, no, yo no…
— Pruébalo muchacho. Vale la pena —le asegura, antes de irse y dejar caer en sus manos la prenda. Él le agradece rápidamente antes de refugiarse en el cubículo. La puerta es solo una vieja cortina de baño desgarrada que no cubre demasiado. Peter se deshace de algunas capas de ropa hasta llegar a la capa más delgada que tiene puesta: una playera desgastada de ciencia que May le regaló en su último cumpleaños. Ahora, más de un año después, Peter flota dentro de ella. Solía quedarle a medida, pero ahora pareciera que es otra prenda más lejos de ser su talla. No se detiene a pensar mucho en su físico ahora, porque la sensación de hormigueo en su nuca lo hace girar lentamente sobre sus talones.
Juraría que alguien lo observaba, pero el viejo dependiente no está cerca y la tienda no parece albergar a nadie más. Termina de probarse las prendas con rapidez, porque algo en su estómago le dice que está siendo observado, aunque no entiende por quién. Desliza fuera de su cuerpo las prendas impregnadas de olor a humedad, antes de vestirse con sus capas viejas de ropa. Las dobla con cuidado antes de girar a mirar el abrigo que parece verlo acusadoramente desde la esquina del probador donde le dejó. Se muerde la lengua de pensar lo culpable que se sentirá si lo lleva, pero decide probárselo. La sensación de calidez lo envuelve apenas introduce sus extremidades en la prenda. Apesta un poco a humo y moho, pero no es nada que no pueda resolver. Apenas unos segundos después descubre que lleva semanas, quizá, sin disfrutar la reconfortante sensación del calor que le recorre hasta la punta de sus dedos. Gime consternado, pues sabe que ahora le será mucho más difícil irse con él. Mucho más cuando sale del probador y el dependiente le dedica una sonrisa traviesa.
— Una belleza, ¿no te dije? —gruñe satisfecho.
Peter asiente, mientras la observa una vez más.
— Lo sé, sólo que, lo siento —dice, colocándola de vuelta con cuidado sobre el mostrador —No puedo pagar tanto por ella.
— Vamos chico, vale cada centavo, no necesitarás más…
Él lo sabe. Por un demonio que lo sabe. La capa del forro exterior le ayudaría a contener la humedad al exterior. Lo necesitará. Suspira, y casi siente el peso del dinero salir de sus bolsillos. Se arrepentirá de esto.
— Bien —acepta. —Pero tendré que dejar esto.
Una sonrisa orgullosa se dibuja en el rostro del viejo.
— Buena elección chico.
El hombre toma la prenda y la dobla con cuidado antes de guardarla en una gran bolsa. Peter cuenta cada billete arrugado que tiene consigo y le entrega casi todo lo que lleva encima. Y entonces está allí: el hormigueo en su espalda, el tirón en su estómago le dicen que algo está mal y mal. Y necesita dar media vuelta para saberlo.
— Es una lástima que no te las lleves —Ronnie comenta, emergiendo de una pequeña puerta al fondo del local. Camina con dificultad entre las mesas, abriéndole paso a su voluminoso cuerpo. —Lucías tan bien con ellas.
Peter intenta contestar, pero su boca está pastosa y el corazón parece haberse detenido unos segundos. Se queda allí, observando al hombre que parece ver más allá de su ropa, antes de echar un vistazo al probador, al fondo, y descubrir con horror el lente de la cámara que se dirige su posición al interior del pequeño cubículo. Soporta las náuseas un segundo, antes de tomar su compra y salir del lugar sin mirar atrás.
Vacía su estómago luego, en el primer callejón que encuentra.
Bueno, acá la respuesta a lo que ocurrió con Frank. Estamos más cerca de reecontrarlos, y ya quiero escribirlo (lo siento, aún no he llegado a esa parte).
Gracias por estar por aquí.
Algunas respuestas:
Quennie Romanov: Bien, acá está la respuesta. ¡Gracias por el review!
Julchen awesome Beilschmidt: Sólo puedo decir: me gusta como piensas :D
¡Hasta la próxima!
Bethap
