Disclaimer: Esta historia está inspirada, en parte, en el universo de Harry Potter de J.K Rowling. Salvo algún que otro personaje de mi invención, todos los ambientes, personajes, argumentos, hechizos y todo lo reconocible pertenece a la autora, yo solo los tomo los mezclo y agrego cosas.

"Ningún hombre o mujer nacido, cobarde o valiente, puede eludir su destino."

La Ilíada - Homero

-o-

Capítulo 6: El hijo de Macedonia

Diciembre del año 330 a.C - Babilonia, Imperio Persa. (Irak en la actualidad)

El Alphwyn los había arrojado mil años hacia adelante y llevaban cerca de una semana viviendo en Babilonia. Si bien la ciudad ya no tenía el esplendor que supo tener, debido a la dominación Persa que había sufrido por los últimos doscientos años, aún podía quitar el aliento al observarla de cerca.

A pesar de lucir las cicatrices de varias invasiones recientes, Babilonia seguía teniendo una arquitectura magnífica que pocos lugares podrían imitar en ese tiempo y en el futuro. Parado frente a la puerta de Ishtar, Draco lograba sentirse humilde. La monstruosa construcción encargada por el rey Nabucodonosor II, de quince metros de altura y veinticinco de ancho, era de cerámica vidriada azul y tan exquisitamente decorada que la primera vez que las vio, él pensó que las esfinges de la cima bajarían en cualquier momento.

Como era de esperarse, ellos tampoco habían encontrado a Harvey en esa ventana. Sin Mackinnon a la vista, Draco y Hermione solo tenían la alternativa de investigar la fuente mágica que los había llevado a esa época y esperar a que la piedra del tiempo se activara nuevamente.

Si bien llevaban siete días de relativa paz, Hermione y él sabían que tenían una conversación pendiente. El beso que habían compartido en el sicomoro había marcado un antes y un después en su relación. Algo se había quebrado entre ellos pero ninguno estaba dispuesto a analizar qué era eso que había cambiado.

Luego de atravesar el portal, la piedra los había dejado dentro de la ciudad, justo en el centro de un pequeño barrio humilde ubicado de espaldas a las altas paredes que rodeaban la ciudad amurallada. Por suerte era noche cerrada y solo un borracho fue testigo de su aparición. Afortunadamente aquel hombre asumió que esa visión solo había sido una alucinación etílica más y ellos no habían tenido problemas hasta el momento.

Al principio habían contemplado la idea de buscar un sitio que estuviera alejado de Babilonia, para montar la tienda, pero lo habían descartado rápidamente. La ciudad amurallada contaba con casi doscientos mil habitantes y lo único que había fuera de los límites de ella eran las tropas de Alejandro Magno que habían conquistado la ciudad unos meses antes. Pensaban que alejarse solos de la relativa seguridad que la ciudad les daba, hubiera sido un suicidio. Aquel era un tiempo de guerras y de conquistas y según Hermione pronto sería aún más conflictivo.

Ellos habían usado las pulseras egipcias de Hermione para pagar una pequeña habitación en una posada de un barrio que estaba en el lado opuesto de donde ellos habían aparecido, y allí vivían desde que llegaron. Apenas confirmaron el año y el sitio en el que estaban, Hermione le había contado con pelos y señales todo lo que sabía del gran conquistador Alejandro de Macedonia, mejor conocido como Alejandro Magno, que ahora estaba apostado en la ciudad junto a su ejército.

Unos meses antes, en la batalla de Gaugamela, Alejandro había obtenido una victoria decisiva y eso le había valido la rendición de Babilonia sin condiciones. Temerosos de lo que Alejandro podría hacerles, los gobernantes de la ciudad amurallada habían abierto las puertas y todo el pueblo le había rendido honores. Complacido por la sumisión de Babilonia, Alejandro había ordenado a sus tropas que dejasen en paz a los pobladores y como muestra de benevolencia había mandado a reconstruir el templo de su dios principal, Marduk, e incendió el palacio que fuera de Jerjes, el antiguo rey Persa.

Si bien Hermione y él no habían hablado del beso, ellos tuvieron que sobreponerse a la incomodidad que sentían para poder cooperar en la subsistencia de ambos. Fingir ser ciudadanos babilonios era algo difícil y peligroso. Para quien preguntara, ellos eran un matrimonio que había emigrado de Barsippa, una ciudad cercana, en busca de una mejor oportunidad de vida y la protección que Babilonia ofrecía con sus murallas.

Para poder mantener una fachada normal, ellos habían comprado un par de cacharros de barro en uno de los mercados y los habían multiplicado a base de hechizos para poder venderlos en otro. Pensaban que siendo comerciantes ellos podrían oír algo sobre actividades mágicas sospechosas y averiguar qué los había llevado a ese sitio.

Para hacer más fácil la convivencia, Draco solía fingir estar dormido o salía a dar largas caminatas cuando Hermione tomaba un baño. Desgraciadamente esa mañana él no había oído a Hermione cargando los cuencos con agua para asearse y al despertar no había podido evitar observar mientras ella lavaba su cabello parada tras una fina cortina. Aún no había amanecido y la luz de la vela bailaba produciendo un exótico juego de luces sobre el cuerpo desnudo de Hermione, haciendo que la tela que los separaba dejara adivinar sus curvas.

Desde que la había visto bailar en el antiguo Egipto, él solía tener pensamientos impuros mucho más a menudo de lo que quería admitir. A su mente venía aquel beso que habían compartido bajo el sicomoro y siempre terminaba preguntándose a dónde los hubiera llevado si el Alphwyn no los hubiera interrumpido. Saber que ella estaba soltera no ayudaba a que sus intenciones fueran más inocentes. Él solo refrenaba sus impulsos porque seguramente ella lo rechazaría y las cosas se pondrían mucho más incómodas para ambos.

Si bien ella se había mostrado conmovida y agradecida de que él hubiese emprendido la huida de Ajetatón, para protegerla de las amenazas de la reina, todos los pasos que habían dado hacia una relación cordial habían quedado en nada luego de aquel arrebato pasional. Después de aquella fuerte discusión, Hermione se mostraba mucho más retraída y tímida alrededor de él y solía encogerse cuando estaba demasiado cerca.

Lo que Draco ignoraba era que ella se sentía casi de la misma manera y tampoco sabía cómo arreglar la situación. Ella no sabía cómo admitir en voz alta que él la atraía demasiado. Él era arrebatadoramente guapo y estar tanto tiempo expuesto al sol lo había hecho tener un tono de piel que hacía que sus entrañas se estremecieran al observarlo, cuando creía que él no estaba atento.

Ambos, por separado, habían llegado a la conclusión de que lo que estaban sintiendo se debía a todo el tiempo que ellos debían permanecer juntos y a las escasas posibilidades que ambos tenían de encontrar parejas sexuales en aquel tiempo. Ella estaba soltera y era libre de iniciar un romance con quién quisiera pero él, aunque había insinuado que su compromiso era arreglado, seguía teniendo una novia que esperaba por él en el futuro y eso era algo que hacía eco en la conciencia de Hermione, impidiéndole avanzar.

En lo profundo de sus mentes los dos habían racionalizado sus deseos y estaban seguros de que aquello que sentían era netamente hormonal y que, una vez fuera de la influencia del Alphwyn, las cosas se normalizarían. El problema radicaba en que ninguno sabía si lograría resistir a la tentación hasta que salieran de allí.

La fina sábana de lino, que estaba usando para cubrirse, hacía un enorme esfuerzo para esconder su erección y él estaba teniendo que hacer un extenuante trabajo para no delatarse a sí mismo y seguir fingiendo que dormía. Solo cuando Hermione estuvo correctamente vestida, corrió la cortina que delimitaba la zona del baño y comenzó a hacer ruidos con diferentes ollas y cuencos para el desayuno, él fingió despertarse. Sus deseos insatisfechos lo habían puesto de tal mal humor que cuando ella le preguntó a dónde iba, él solo pudo articular un "fuera" con voz ronca, luego de vestirse a toda prisa.

Draco solo había recorrido tres bloques de construcciones precarias de adobe cuando giro sobre sus pasos y volvió a la casucha con una determinación arrolladora. Dejaría a sus instintos guiarlo y luego se preocuparía por las implicancias morales del asunto. Hermione se había quedado atónita al verlo actuar de forma tan extraña, luego de despertar, y no pudo más que congelarse cuando él regresó furibundo, la tomó entre sus brazos y la besó sin pedir permiso.

Al principio ella no respondió al beso pero rápidamente pareció dejar atrás el asombro y se entregó a él en cuerpo y alma. Colgó sus brazos del cuello de Draco y se acercó más a él cuando este puso sus manos en su espalda baja y la empujó suavemente hacia sí mismo. Hermione no pudo evitar sentir la erección de Draco contra su vientre y que la sangre corriese espesa en sus venas. Habían esperado por aquello por una semana completa y si bien el aire comenzaba a ser escaso, ninguno de los dos quería ser el primero que se rindiera y abandonara el contacto con los labios del otro. Sus mentes racionales habían cedido las riendas a sus más bajos instintos.

Sin pedir permiso pero con plena seguridad de que Hermione no se negaría, Draco comenzó a desanudar el vestido que ella llevaba puesto. Estaba a punto de desnudarla cuando el sonido de las trompetas imperiales los sorprendió y la proclama que un heraldo leía terminó por distraerlos por completo.

Todo hombre mayor de quince años, que no estuviera enfermo ni herido, debía acudir de inmediato a la puerta de Ishtar para ponerse al servicio de Alejandro. Quien no lo hiciera sería sacado de su casa por la fuerza y ejecutado de manera inmediata. El emperador de más de medio mundo quería hacer una incursión rápida a la ciudad de Persépolis y no quería perder tiempo.

Las tropas de Alejandro Magno estaban exhaustas después de casi cinco años de batallas continuas y muchos de sus hombres tenían heridas que necesitaban sanar. Más aún luego de la batalla de Gaugamela. Batalla que sería recordada como una de las más sangrientas de su carrera militar.

Por más que Alejandro quisiera, en esas condiciones, la incursión a la ciudad capital del imperio Persa no podría hacerse de inmediato. Su ejército estaba mermado y debería esperar a que se recuperaran o encontrar soldados de refuerzo. Alejandro de Macedonia no era un hombre paciente. Por mucho que su maestro, el filósofo Aristóteles, había querido inculcárselo, jamás había aprendido. Así que el gran general usaría la sangre de los babilonios para atacar Persépolis. El corazón de Persia.

Draco vio el terror en los ojos de Hermione y le dio otro beso mientras anudaba su vestido nuevamente. Lo que habían empezado tendría que esperar. Ella aún no había encontrado su voz luego de oír la proclama y él intentaba calmarse y pensar una forma de salir indemne de todo aquello. Si él ignoraba la proclama imperial, los soldados vendrían a la casa y lo ejecutarían, antes o después de aprovecharse de Hermione. Sí él se iba a la guerra con el ejército macedonio, podría morir en batalla o no volver a tiempo para cuando el Alphwyn se activara. Si intentaba huir con Granger, probablemente los rastrearían y los ejecutarían a ambos. Eran magos, pero no conocían el terreno fuera de la ciudad y por lo tanto no tenían idea de a dónde podrían aparecerse. Además, faltaba cerca de un mes para que la piedra del tiempo se activara. Serían demasiados días huyendo y el cansancio los llevaría a cometer errores que podrían costarles la vida.

Ellos deberían haber tomado el mismo camino que Harvey y Christopher habían hecho cada vez que estuvieron en aquella ventana. Sus predecesores habían usado el amparo de la noche, inmediatamente después de aparecer, y habían huido hacia las orillas del río que corría junto a la ciudad. Draco y ella ahora sabían que aquel río era el Éufrates. Las notas de Stone y Mackinnon hablaban de tropas desfilando frente a su campamento pero ellos no habían podido predecir a qué se referían cuando las mencionaban. Y mucho menos que el general que las comandaba era Alejandro Magno, porque jamás se habían molestado en averiguar exactamente dónde se hallaban. Granger y él iban a ciegas en casi todas las ventanas y ahora deberían pensar un plan para sobrevivir y debía ser rápido.

Draco buscó el morral y con su varita invocó las armas que había llevado para esa época. Cuando era niño, él y Narcissa habían suplicado más de una vez para que Lucius le permitiera abandonar las clases de esgrima. Según Lucius Malfoy, ser un excelente espadachín le daría la oportunidad de volverse muy bueno en duelos de varita y hora Draco agradecía mentalmente que su padre hubiera sido inflexible.

-Draco, ¿Qué haces?

-Preparo mis armas. En cuanto esté listo me dirás lo que sepas del antecesor de Alejandro y me ayudarás a crear una historia convincente de por qué las tengo si se supone que soy de Barsippa.

Draco colocó el escudo, o aspis, sobre el suelo y comenzó a patearlo para darle el aspecto de un objeto más usado.

-No entiendo. ¿Para qué quieres saber de Filipo?

-Si finjo ser hijo de algún antiguo soldado macedonio desertor, que quiere redimir su linaje, puede que evite la primera línea. El primer enfrentamiento es el más sangriento y es allí donde envían a los pastores y gente común que no tiene idea de cómo luchar… - Hermione lo miró sorprendida.- ¿Qué? Hice mí tarea, leí un poco sobre historia antes de venir.

-Pero no sabes nada de estrategia o de guerra, Draco.

-Soy un mago, Hermione. - era la primera vez que se llamaban por sus nombres de forma natural. - ya estuve en una guerra. Tampoco tenía idea de lo que hacía y sin embargo sobreviví.

Hermione comenzaba a desesperarse.

-pero esto es distinto. Tiene que haber una alternativa. No quiero que vayas a una guerra que no te pertenece.

Draco sonrió y comenzó a caminar hacia ella, corrió un rizo de su rostro, lo colocó tras su oreja y le dio un casto beso en los labios. Después de lo que habían estado a punto de hacer hace un rato, él se había autorizado a sí mismo a besarla cuando quisiera. A Draco realmente le había gustado el sabor de sus labios y ya que podría morir pronto, no se iría con antojos.

-si te hace sentir mejor, yo no tengo intenciones de luchar. Mi idea es marchar con ellos y cuando el caos de la batalla inicie, fingir que he muerto y desaparecer para regresar a este sitio. Soy un Malfoy, aprovechar el caos para desertar es uno de nuestros talentos…

Si bien lo decía en forma irónica, sabía realmente que no bromeaba. En ese tiempo ella había descubierto que Draco usaba el sarcasmo, el humor negro y la ironía para decir cosas que le molestaban de sí mismo. Hermione se arrojó a sus labios y le dio un beso que prácticamente le sacó el aire. Luego, sin mediar palabras, se dirigió al morral y con un accio obtuvo un par de viales que le tendió.

-Es Felix felicis. Úsalo cuando lo creas necesario.

-¿Felix felicis?, Esa poción no estaba dentro de las que fuimos autorizados a traer.

Ella se encogió de hombros.

-Lo sé, a veces es necesario romper las reglas. Stone y Mackinnon nos enviaron a ciegas. No iba a dejar todo librado a la suerte normal.

Draco estaba sorprendido. Ella normalmente seguía a pies juntillas todas y cada uno de los reglamentos y era tan correcta que llegaba a irritarlo más de una vez.

-Wow, ¿Sabias que a veces eres completamente escalofriante?, ¿Estás segura de que el sombrero no se equivocó al nombrarte Gryffindor? Tienes gran potencial para ser una Slytherin.

Hermione sonrió y se sentó sobre la pequeña mesa que tenían en la habitación y habló mientras Draco se acercaba y se colocaba parado entre sus rodillas, colocando las manos sobre sus caderas.

-te contaré un secreto… Por muy poco no me convertí en una Hatstall.

El sombrero no lograba decidirse por qué casa me convendría. Terminé en Gryffindor porque se lo sugerí. Había leído la historia de Hogwarts y tenía la esperanza de que allí lograra encontrar amigos. Siempre fui muy solitaria y estaba desesperada por encajar.

-¿un par de besos y ya obtengo acceso a tus secretos? - Draco comenzó a besar su cuello. - ¿Que obtengo con esto?

La recorrió un escalofrío al sentir su aliento sobre la piel, y cuando él se apartó para observar sus ojos, ella le sonrió de manera traviesa.

-Vuelve en una sola pieza y te daré acceso libre a otras cosas.

-¿Libre?, define libre.

-libre, Malfoy…

-o-

Draco caminó hacia la puerta de Ishtar pertrechado con todas las armas que había elegido mientras repasaba toda la información que Hermione le había dado. Esperaba que su actuación fuera convincente. Él había tomado un poco de Felix felicis y había eliminado el glamour con la esperanza de que su aspecto normal le sirviera, ya que había leído que Alejandro apreciaba la belleza en su ejército y, siendo humilde, él no era nada feo.

Cuando llegó a la puerta, fue guiado por algunos soldados reales y puesto en una fila junto a otros hombres de la ciudad. Era una suerte que se hubiera quitado el hechizo de glamour porque junto a él estaban dos hombres que veía cada día en el mercado y a ellos les había contado una historia muy distinta a la que le contaría a Alejandro Magno.

Era casi mediodía y las armas comenzaban a pesarle. Quizá debería hechizarlas discretamente. Porque caminar con ellas, cargándolas todo el tiempo, sería agotador. Además el calor allí era casi tan agobiante cómo el de Egipto. Todos cerca de él habían comenzado a ponerse inquietos y pasaban su peso de un pie al otro demostrando cuan cansados estaban de esperar a recibir órdenes. Él, por otro lado, había encontrado una postura bastante cómoda que le permitía permanecer recto y con la mirada al frente, a pesar de que el sudor corría por su espalda.

Casi una hora después del mediodía un murmullo se extendió entre las filas como una onda expansiva. Algo estaba a punto de suceder. Un hombre a caballo se acercaba a toda velocidad y desmontó a escasos metros del inicio de la fila de hombres comunes. A sus veintiséis años, Alejandro ya había sido nombrado rey de Macedonia, hegemón de Grecia, faraón de Egipto y según Hermione, muy pronto sería el Gran rey de Media y Persia. Al oír los relatos del pueblo y de su compañera, Draco había llegado a creer que el gran general sería un hombre enorme y de aspecto fiero pero, para su sorpresa, él tenía una apariencia casi infantil.

El gran general estaba pulcramente afeitado, sus ojos eran azules, la nariz aquilina y su cabello castaño claro y rizado enmarcaba un rostro redondeado y sin ninguna seña particular. Alejandro no solo no tenía un rostro feroz, además él tampoco era demasiado alto. Quizá, con suerte, él alcanzaba el metro sesenta de altura.

Alejandro comenzó a pasar revista de cada hombre que se había presentado en la puerta de Ishtar y a medida que los observaba decidía en qué parte de la columna del ejército irían. La falange macedonia era una variante de la mortal falange griega que Filipo II había creado y que su hijo, Alejandro, perfeccionó para conquistar medio planeta.

A medida que avanzaba entre las filas, el general asignaba puestos a cada hombre que veía. La mayoría de ellos formarían parte de los escaramuzadores. Es decir, ellos eran cadáveres andantes que pronto teñirían el suelo con su sangre. Los escaramuzadores rara vez tenían más armas que sus herramientas de labranza, sus puños y la suerte de la estrella bajo la que habían nacido. En términos de la batalla, ellos ya estaban muertos pero aún seguían respirando. El hombre parado junto a Draco fue destinado a las tropas irregulares. Al contrario de a los escaramuzadores, a él se le daría un aspis y una espada para defenderse. Aún así, sus probabilidades de vida no aumentaban demasiado.

Cuando llegó su turno, Draco hizo lo posible para que sus piernas no temblasen. El tenía unos buenos veinte centímetros más de altura que Alejandro pero claramente allí no era él quien tenía la vida de todos en sus manos.

-A ti te conozco. ¿Eres macedonio?

-No lo creo, jamás he estado cerca de Macedonia, alteza.

A pesar de que Alejandro le había hablado en idioma persa, Draco contestó en un perfecto griego antiguo. El hechizo Omnilingua le permitía conocer cada uno de los idiomas del mundo y él aprovecharía aquella ventaja. Además, él no mentía cuando decía que nunca había estado en Macedonia.

-¿Eres pariente del hetairoi Píndaro de Estagira?- dijo Alejandro, en su idioma natal.- te pareces a él. Aunque recuerdo que Píndaro era tuerto y fue dado por muerto en la batalla del campo de Azafrán, cuando yo era un niño.

¡Bingo!, Draco tenía veinticuatro años y por suerte Hermione había cortado su cabello y él se había afeitado el día anterior. Como Alejandro tenía veintiséis años y decía conocer un hombre similar a él, Draco podría fingir ser hijo de aquel tipo que había mencionado y decir que tenía una edad que encajara en los datos que le había dado. Era una maniobra arriesgada pero quizá le creyera. Los hetairoi eran los soldados de elite que Filipo II había hecho entrenar y con quienes había iniciado la expansión de Macedonia. Soldados que Alejandro había heredado al morir su padre.

-Soy su hijo, Theron de Etolia, majestad.

-¿Cómo es que un hombre tiene un hijo después de haber muerto?

El cerebro de Draco trabajaba a toda máquina inventando una historia creíble. Hacer que uno de los mayores estrategas de la historia le creyera era una misión complicada. Solo recordaba vagamente los mapas que había visto en libros.

-Bueno, no sé cómo podría hacerlo un hombre muerto pero si uno vivo.

Alejandro se rió. Él no solo gustaba de la compañía de sus soldados por su aspecto, también le agradaba que fueran suspicaces y divertidos.

-entonces, Theron, me estás diciendo que Píndaro no murió en la batalla del campo de Azafrán, sino que sobrevivió el tiempo suficiente para engendrarte… ¿Y cómo es que estás aquí en Babilonia y no en la ciudad natal de tu padre?

-He estado siguiendo su campaña militar, mí señor, pero sin atreverme a presentarme como voluntario para su ejército. Esta mañana he oído a los heraldos leer la proclama y encontré el valor para presentarme ante usted.

Alejandro lo miro de arriba a abajo y lo juzgó como un buen material para soldado pero había algo en él que llamaba su atención y no sabía que era. Quizá fuera las armas macedonias o su aspecto, luego lo averiguaría.

-Dime, Theron. ¿Qué edad tienes?

-He visto veintiún cosechas, alteza.

-¿Entonces eres un campesino?

-así es. Aunque fui entrenado en el uso de la espada antes de que mi padre fuese a ocupar su lugar en los campos elíseos, o el tártaro, dependiendo de a quien se le pregunte.

Alejandro volvió a reír y elevó su mano para tomar la mandíbula de Draco y girarla de un lado a otro y observarlo bien. Luego hizo que abriera su boca y mostrara sus dientes. Aquello lo hizo sentir como si fuera una especie de animal de feria pero no protestó.

-Irás con los pezhetairoi, Theron. Si demuestras tu valía puede que te ganes el lugar de tu padre y pases a ser un hetairoi. ¿Sabes cómo se usa la sarissa?

Los pezhetairoi eran soldados de a pie, generalmente piqueros, y la sarissa era una larga pica de seis metros de largo que se usaba como arma principal de la falange macedonia y que podía dividirse en dos durante la marcha del ejército. En la batalla, los pezhetairoi se colocaban en filas cerradas y creaban un muro de picas que daba la ilusión de puercoespín para quien la viera de lejos. Está formación era casi invencible si se la atacaba de frente y Draco estaría bastante seguro en ese lugar.

-La punta va dentro del enemigo o su caballo y debo procurar no perder mí cabeza, majestad.

-tienes una lengua rápida, Theron. Espero que tus reflejos lo sean también. Irás a la vigésimo- cuarta syntagma. Cuando se dé la orden, preséntate ante tu nuevo syntagamatarchos, el general Hefestion te dirá cual será tu posición dentro de la formación.

La falange macedonia estaba compuesta de sesenta y cuatro syntagmas de doscientos cincuenta y seis hombres con diferentes jerarquías y obligaciones. Es decir, Draco marcharía en compañía de más de dieciséis mil hombres, sin contar a las demás formaciones que componían el ejército de cuarenta mil soldados del que Alejandro disponía habitualmente. Normalmente, él pensaría que tan inmensa cantidad de personas formaba un ejército monstruoso pero, según Hermione, el ejercito Macedonio era pequeño comparado con la fuerza del imperio Persa.

Luego de aquel último intercambio con el nuevo pezhetairoi, Alejandro siguió asignando puestos a los hombres en las filas y Draco pudo respirar tranquilo después de casi diez minutos de tensión. Él se sentía orgulloso de sí mismo. Había actuado de forma creíble y no había titubeado delante de Alejandro. Al parecer, el chico cobarde que solía ser estaba dando paso a un hombre bastante más valiente.

-o-

Si bien había prometido que no lo seguiría, Hermione solo había demorado cinco minutos en cambiar de idea, quitarse el hechizo glamour y comenzar a seguirlo. No se quedaría encerrada mordiendo sus uñas y rogando que su compañero de trabajo no fuera enviado con los escaramuzadores.

Todo el tiempo Draco había caminado casi tres bloques por delante de ella, sin advertir que era perseguido. Ella había envuelto su cabello con un velo del estilo persa, más que nada para que sus rizos no la delatasen tan rápido si él volteaba. Cuando llegó a la puerta de Ishtar, le sorprendió la cantidad de hombres jóvenes que ya estaban allí y los que iban llegando. Sabía que el ejército de Alejandro era bastante pequeño comparado con algunos a los que se había enfrentado pero ver los casi mil nuevos hombres que anexaría era impresionante.

No fue difícil encontrar a Draco entre la multitud. A pesar de que había unos cuantos hombres rubios en las filas, la estatura y el porte Malfoy lo delataban con rapidez. Para poder ver mejor, Hermione se internó en los pasillos del bazar y, cuando nadie la observaba, se encaramó a la parte más alta de un edificio cercano a la gran puerta de color azul.

Durante la espera, Hermione se lanzó varios hechizos refrescantes. Estaba en la sombra pero el calor seguía siendo incómodo. Sentía un poco de envidia de que Malfoy pudiera verse tan gallardo luego de tanto tiempo parado a pleno sol. No se lo diría jamás, pero él incluso se veía sexy cargando el escudo y la pica. Se veía como uno de esos héroes de las novelas épicas que leía cuando era una adolescente.

Siendo demasiado joven, ella había leído la Odisea de Homero tantas veces que incluso había llegado a creer que un amor como el de Penélope, que esperó veinte años a que su esposo volviera de la guerra, podría ser real. Al crecer, esa historia y muchas otras comenzaron a carecer de sentido. En el mundo real, nadie soportaría una espera tan larga. Salvando las evidentes distancias, ella ahora era una especie de Penélope. Estaba viendo a su versión de Odiseo marchar a la guerra y se preguntaba si tendría que esperarlo o llegado el momento debería abandonarlo para continuar con su misión.

El atardecer había iniciado cuando Alejandro terminó de asignar puestos a los hombres que se habían presentado en la puerta de Ishtar. Si bien él estaba exhausto, decidió que no perdería más tiempo y dio la orden de que cada pezhetairoi, cada escaramuzador y los pocos hetairoi que había conseguido, se reunieran con sus syntagamatarchos para recibir instrucciones e iniciar la marcha antes del próximo amanecer.

Hermione pudo oír aquello y vio como la masa de hombres babilonios, más Draco, comenzaban a moverse para salir finalmente de la ciudad, y reunirse con el resto del ejército. Ella no sabía cómo había sido clasificado su compañero y de pronto tuvo miedo que hubiera sido nombrado escaramuzador y no saber qué sería de él. Desoyendo a su cerebro, Hermione bajó del sitio alto donde había permanecido todo el día y corrió por las callejuelas del bazar hasta llegar a donde Draco se encontraba, esperando su turno para salir de la ciudad.

- ¡Theron!

Draco no esperaba volver a oír su voz tan pronto y le costó un segundo entender por qué ella lo llamaba de esa forma. Ellos habían inventado un nuevo nombre griego para él y otro persa para ella, en caso de que tuvieran que reunirse enfrente de los soldados de Alejandro.

- ¿Lidia?

Hermione se colgó de su cuello nuevamente, pero esta vez a plena luz del día y alertando a todos a su alrededor. El nuevo syntagamatarchos de Draco intentó separarlos pero Alejandro lo detuvo.

- Déjalos, Hefestion. Es sabido que es más peligrosa la ira de una mujer desdeñada que la de un enorme ejercito y sus maquinas de guerra. Deja que Theron se despida de su mujer y luego se nos unirá en la marcha.

Cuando los oídos curiosos dejaron de estar atentos, Draco se deshizo del abrazo de Hermione, con la esperanza de no estar ofendiéndola, y finalmente la miró. Ella también se había quitado el glamour y sus rizos se veían alborotados, dándole un aspecto semi salvaje. Eso explicaba por qué Alejandro no había querido separarlo de ella.

- que haces aquí, Hermione. Creí decirte que no vinieras.

- lo sé, pero no podía estar tranquila sin saber a dónde habías sido asignado.

-pezhetairoi. Syntagma numero veinticuatro. Lo suficientemente lejos del peligro pero no tanto como para no poder escapar sin ser visto. Al parecer mi padre "Píndaro" conoció a Alejandro cuando él era un niño…

Draco sonrió. El felix felicis de Hermione estaba actuando de maravillas y todo cuanto había planeado había salido a pedir de boca. En ese momento, Hermione se quitó el galeón que usaba como amuleto para comunicarse con él, cuando estaban en el antiguo Egipto, y se lo colgó del cuello.

- voy a enloquecer pensando si has muerto o no. Intenta comunicarte con esto y dime si sigues vivo, al menos. Según Harvey y Christopher, estaremos aquí un mes más. Procura volver a tiempo, Draco.

Él, por toda respuesta, la besó y luego se rió.

- dijiste que si volvía en una pieza tendría acceso libre a tu cama, Granger. Volveré antes de que comiences a aburrirte de mi ausencia. Ya verás.

- no dije eso exactamente, Malfoy.

- No voy a discutir semántica contigo, ahora. Intentaré comunicarme mediante el galeón. No sé si la distancia lo permita pero prometo intentarlo. Ahora vete.

Hermione asintió y se alejó un paso de él, comenzando a marcharse, pero Draco la retuvo al poner una mano en su cintura, atraerla con fuerza, y darle un apasionado beso delante de los demás soldados.

Solo cuando ella se perdió entre la multitud, Draco se giró hacia su syntagamatarchos que aun seguía parado junto a Alejandro Magno. Ambos se rieron cuando Draco los enfrentó con una enorme sonrisa en su rostro. Que más quisiera él que ir tras los pasos de aquella mujer pero desertar ahora no era opción. Mientras hablaba con el rey Macedonio, había sentido que él no era un muggle común y quería ver a donde lo llevaba su instinto. No había mencionado aquello a Hermione porque, sin dudas, ella se pondría frenética y en realidad no tenía tiempo de explicarle que tenía una teoría de por qué Alejandro, era el emperador de medio planeta.

-o-

N.a: Fin del capítulo 6. Ahora estamos en la época de Alejandro Magno. Casi todo lo que se mencione de él, salvo por la parte de reclutar gente común para su ejército, puede ser encontrado en los libros. Incluso la batalla del campo de azafrán es real. El nombre que Hermione usa significa mujer de Persia y el de Draco es un nombre griego y significa cazador.

Esta semana muchas de las ideas surgieron de escuchar Warriors de Imagine Dragons y Addicted de Saving Abel.

Quiero agradecer todos los comentarios, me encanta saber que esta locura que se me ocurrió les gusta y me da ánimos cuando revisar mil libros de historia comienza a frustrarme. Este es un fic bastante ambicioso en cuanto al uso de la historia humana y espero poder hacer un dramione a la altura de sus expectativas. Ahora sí, sin más, ¡Hasta la próxima!