Disclaimer: Esta historia está inspirada, en parte, en el universo de Harry Potter de J.K Rowling. Salvo algún que otro personaje de mi invención, todos los ambientes, personajes, argumentos, hechizos y todo lo reconocible pertenece a la autora, yo solo los tomo los mezclo y agrego cosas.
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"La luz de la mañana traerá una batalla más a nuestras espadas. Y más sombras fantasmales para obsesionar y plagar la conciencia..."
Styxx – Saga Cazadores oscuros - Sherrilyn Kenyon
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Capítulo 7: El hijo de Macedonia - parte 2
Diciembre de 330 a.C. - Susa, Imperio Persa. (Irán en la actualidad).
Llevaban al menos seis amaneceres en aquella travesía demencial, desde el punto de vista de Draco. Él jamás había caminado por tanto tiempo y mucho menos cargando objetos pesados como la sarissa y el aspis. Por suerte llevaba su varita y cada cierta cantidad de tiempo podía renovar, discretamente, los hechizos de amortiguación en sus pies y los que lo mantenían relativamente fresco a pesar del clima caluroso o ya se hubiera rendido.
Habían partido de Babilonia hacia seis días y la noche anterior habían arribado a Susa con la intención de reabastecer el ejército. Esa había sido la primera vez que tuvo tiempo y suficiente privacidad como para intentar contactar con Granger, a través del galeón que ella había colgado de su cuello antes de comenzar el viaje.
Mientras que la mayoría de los pezhetairoi de su syntagma habían corrido hacia los burdeles de la ciudad, cuando el Syntangmatarchos les dio la noche libre, él había elegido permanecer en el campamento y aprovechar para reportarse ante Granger. Sabía que no tenía obligación de hacerlo pero, por alguna razón, le parecía descortés no decirle que seguía vivo aún.
El galeón había resultado ser tan efectivo para comunicarse como cuando se encontraban en el mismo edificio. Se preguntaba cuál sería el alcance máximo de la magia en aquel objeto. Él solo había tenido que esperar un segundo o dos a que Granger respondiera a su mensaje. Draco pudo imaginarla pegada al galeón como si fuera uno de esos libros que tanto adoraba y sonrió de manera tonta. Luego se abofeteó mentalmente por haber hecho eso.
Por seguridad él solo había intercambiado un par de mensajes con Hermione. No quería que alguien lo descubriera usando su varita. No tendría forma de explicar que hacía con ella. Según Hermione, en Babilonia todo seguía igual y él solo tenía para reportar un par de quemaduras solares, muchas picaduras de mosquitos y su nuevo enemigo, el calzado antiguo sobre las rocas.
Con cada kilómetro que ellos avanzaban hacia Persépolis, la geografía comenzaba a tornarse cada vez más escarpada. Draco estaba seguro de que tarde o temprano llegarían a las montañas que se veían al este de su ubicación o tendrían que girar para evitarlas. Como fuera, la caminata no se volvería más agradable para él ni para sus maltrechos pies.
Un par de horas antes el Syntangmatarchos había anunciado que luego de comer se pondrían en movimiento nuevamente, y Draco sintió que sus tripas se removían de solo pensar en volver a comer el horroroso caldo negro que servía el cocinero de la Syntagma.
El caldo negro era un guisado hecho de viseras, a veces de los caballos que morían de cansancio durante la marcha del ejército, sangre y vino. Aquel era el plato básico que comían los soldados para tener energía durante la marcha. Draco evitaba comerlo todo lo que pudiera pero incluso él tenía que claudicar ante el hambre y alimentarse. Ver el cuenco lleno de aquella sustancia le hacía anhelar la comida de Hermione. Ella era una pésima cocinera pero al menos su comida no parecía lodo ni olía cómo tal.
Cada vez que podía dormir, Draco soñaba con Hogwarts y los abundantes banquetes que se servían allí. Incluso llegó a soñar despierto con comer alguno de los platillos que la esposa de Harvey solía preparar cuando él hizo su rotación en las cocinas de los inefables.
Cuando el cocinero se marchó, Draco hizo una mueca hacia el caldo como si este tuviera la culpa de ser la comida más asquerosa que hubiese visto nunca y hundió su cuchara en él, solo para observar como esta se mantenía erguida dentro del menjunje oscuro. Aprovechando la soledad de la que disfrutaba, dejó de lado el caldo negro y tomó el galeón, que ahora llevaba atado a su muñeca, para enviarle un mensaje a Granger. No sabía cuándo podría reportarse otra vez y halagar sus pobres intentos de cocina quizá le diera más méritos con ella al regresar.
Más que la comida, había dos cosas que había comenzado a extrañar durante las largas jornadas de marcha. El café que había contrabandeado desde el futuro y los pasos ligeros de Hermione preparando el desayuno en la mañana. Incluso empezaba a extrañar los momentos en los que lo mangoneaba y la forma en la que ella se enfurecía cuando la ignoraba a propósito.
Pobre de él. En esos días había descubierto que ella no solo lo atraía sexualmente, también le gustaba pasar tiempo con ella. Aquella era una sensación que lo tenía enfermo. Nunca había querido permanecer demasiado tiempo alrededor de aquellas mujeres con las que deseaba acostarse. Y con las que le gustaba pasar tiempo, jamás pensaría en tocarlas.
Granger era el compendio de todo lo que alguna vez había deseado de una mujer. Era sexy, no era sumisa como las niñas de alta cuna que solía frecuentar, era inteligente y si bien no era buena cocinera, al menos hacia un esfuerzo decente.
Envió un escueto mensaje y luego tuvo que hacer caso a los gruñidos furiosos de su estómago. La cuchara que había clavado en el caldo aún se mantenía erguida y él tuvo que echar mano de todo su valor para comenzar a comer. Por mucho que le disgustara, él necesitaba la energía que el caldo le proporcionaría.
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Hermione llevaba dos semanas en aquella rutina de ir sola cada día al mercado y vender los cuencos que compraba en un bazar lejano para después duplicarlos con el hechizo gemino. Ella iba a un mercado cercano al palacio más que nada con la esperanza de oír noticias del ejército. Desde la mañana en la que Draco le había escrito que el caldo negro era espantoso y que prefería comer cualquier veneno que ella hiciera, él no había vuelto a comunicarse.
Cada día ella escribía en su galeón pero no recibía respuesta. Más de una noche se había despertado envuelta en sudor y teniendo horribles pensamientos a cerca de Draco yaciendo inmóvil y cubierto de sangre en algún lejano campo de batalla, con solo los buitres como compañía. No quería ser pesimista pero tampoco tenía indicios de que todo fuera bien para su compañero de trabajo. No sabía qué hacer. El pueblo llano solo recibía novedades del ejército cuando este volvía a la ciudad vencido o cubierto de gloria. Las familias que habían enviado a la guerra a alguno de sus miembros, jamás volvían a saber nada de sus seres queridos o sus cuerpos si morían allí.
Esa mañana Hermione se había levantado dispuesta a conseguir novedades. Según sus cálculos aún quedaban quince días para la quema de Persépolis y ella sabía que el camino sería peligroso para Draco, ya que habría pueblos nómades que los atacarían en la zona de montañas que deberían atravesar.
Luego de vestirse con una amplia túnica roja, que había hechizado para que se viera así, Hermione cubrió su cabello y parte de su rostro con un velo igualmente rojo. El color rojo era un color reservado estrictamente para las hechiceras y si no se equivocaba, mostrarse como una le serviría esta vez.
En un canasto de cáñamo colocó algunas hierbas que había llevado desde el futuro y otras que había recogido en Egipto. También un par de pociones pimentonicas y un frasco de polvo peruano de oscuridad instantánea. Rogó a quién quisiera oírla para que el último vial de Felix felicis la dejara conseguir su cometido y desapareció de la habitación rumbo a un callejón que sabía que estaría vacío a esa hora.
Parada frente al palacio real, sintió como la poción hacía de ella alguien más confiada y sonrió coquetamente a los guardias que le habían cerrado el paso. Ellos la habían reconocido como una hechicera y Hermione podía ver que sentían cierto miedo de lo que pudiera hacerles.
-Deseo una audiencia con la madre del rey Alejandro. - anuncio firme pero seductoramente. - Ahora mismo, por favor. Díganle que Medea de Cólquida ha traído hierbas que pueden interesarle.
Uno de los guardias se movió inmediatamente de la puerta y casi corrió al interior del palacio. Hermione rogaba mentalmente que fuera a conseguir su audiencia y no a buscar refuerzos para arrojarla a los calabozos del palacio.
-La señora Olimpia la recibirá en breve, señora.
-Señorita.
Hermione sonrió y esperó tranquilamente mientras observaba sus cortas uñas. La ciudad tenía escasos soldados y hombres en general, ahora que Alejandro se los había llevado a la guerra, así que lograba sentirse bastante más segura, aunque Draco no estuviera junto a ella.
Según los libros que Hermione había leído, Olimpia era la madre de Alejandro Magno y había muchos testimonios de que ella era una especie de hechicera que hacía extraños rituales para que su hijo saliese victorioso en cada batalla. También se decía que era hermosa. Había algo que Draco y ella habían aprendido de Nefertiti en Egipto. La belleza y la inteligencia acompañadas de un alma oscura son doblemente peligrosas. Aún no sabía que esperar de la madre de Alejandro.
Rogando que los rumores de Olimpia siendo una bruja fueran ciertos, había elegido el nombre de una poderosa bruja de la mitología griega. Medea de Cólquida. La hija de un rey y una ninfa que había guiado a Jasón y sus argonautas durante sus travesías, y más de una vez salvó sus vidas gracias a la gran inteligencia que ella ostentaba.
Luego de unos minutos, una sierva de cabellos rubios apareció en el portal y, temblando como una hoja, le indicó que la siguiera. Su ama la esperaba en sus habitaciones privadas. Tratando de no espantarla más, Hermione despejó su rostro del velo rojo y le sonrió ampliamente. La niña no parecía tener más de quince años y se veía tan asustadiza como un elfo doméstico. Sintió pena por ella pero con el correr de los días había aprendido que sus ideales no podían interferir en su misión. Había causas, por muy justas que fueran, que no podían ser perseguidas aunque quisiera y otras que simplemente no tenían remedio.
Luego de caminar por un largo pasillo con piso de granito y paredes de arenisca roja, arribaron a una puerta de ébano, de tres metros de alto, exquisitamente decorada con oro y piedras preciosas. La sierva dio dos toques a la puerta y ésta se abrió aparentemente sola. Para su sorpresa, aquello no había sido por arte de magia sino que dos siervas se ocultaban tras las hojas de la puerta y la abrían procurando no ser vistas.
Olimpia de Epiro era una mujer de cuarenta y pocos años, de figura esbelta, cabellos cobrizos y una mirada azul acero completamente cautivante. Claramente había sido ella quien había conferido su atractivo al gran conquistador, Alejandro Magno, y seguramente fuera su padre quien le diera el talento para la guerra.
-Bienvenida Señora… Medea.
Olimpia caminó hasta Hermione viéndose altiva. Ella también estaba vestida de un tono rojo sangre que hacía resaltar su piel de alabastro.
-Muchas gracias, Señora Olimpia.
La mujer caminó alrededor de Hermione y la observó desde todos los ángulos posibles. En ese momento ella se sintió como cuando tuvo que usar la piel de Bellatrix Lestrange y los duendes dudaban de su identidad.
-Por casi un minuto completo creí que en realidad eras Medea de Epiro. Tenía la esperanza de que ella hubiera salido de su exilio en la isla desaparecida pero quien tengo frente a mí es una mera impostora. ¿A caso crees que yo nací ayer? Dame la razón por la cual no debería mandar a que te ejecuten en los balcones como ejemplo para el pueblo.
-No sé de qué habla señora. Yo…
-Vamos niña. Sé que eres una bruja. Reconozco tus poderes, pero no eres Medea. Dime tu nombre. El verdadero.
Hermione, por precaución, no fijo su mirada en Olimpia y se debatió entre decir el nombre que habían elegido junto a Draco o decir su verdadero nombre.
-Soy Lydia, alteza. Mi hermano partió a Persépolis con su hijo Alejandro y no he tenido noticias de él en todo este tiempo. Él no es un soldado. No estaba preparado para ser puesto en un campo de batalla.
La bruja la miró de hito a hito y sonrió.
-Sigues mintiendo, y muy mal si me permites opinar. Si aprecias tu vida, dejaras de intentar engatusarme con tonterías.
-no miento alteza.
Olimpia se sentó en un trono cubierto de pieles y almohadones, y desde allí habló.
-¿Sabes por qué las mujeres somos hechiceras más poderosas que cualquier hombre?
-no lo sé, alteza.
La reina volvió a pararse y enfrentó a Hermione mientras tocaba repetidamente su frente con un dedo y hacia tintinear las pulseras de su mano.
-porque sabemos cómo usar esto… Nuestro cerebro es privilegiado y no tenemos límites cuando lo comprendemos. – Olimpia suspiró. -Lamentablemente es un mundo machista y no somos abiertamente aceptadas pero, la mayoría de las veces, somos nosotras quienes ejercemos el poder detrás del trono de un rey. A ellos solo basta con darles un xiphos y un aspis para que sean felices. Nosotras siempre querremos más y buscaremos la manera de conseguirlo.
Hermione no entendía a dónde quería llegar Olimpia y ella pareció haberlo notado.
-Ninguna mujer arriesgaría su vida, como tú lo haces, por solo saber cómo se encuentra un hermano. Si lo hacemos es porque perseguimos una causa mayor, por nuestros hijos o por amor. Nunca lo haríamos si no valiera realmente la pena... Dime Lydia, ¿Por qué te arriesgas tú?
Tragó grueso y meditó que decir. Era obvio que no tenía hijos con edad para combatir y si insinuaba alguna causa mayor, podría hacer que Olimpia la mandara a ejecutar por considerarla una espía o una enemiga.
-Por Theron de Etolia, mi señora.
-Por amor entonces… - Olimpia hizo una pausa y luego continuó hablando. - debes saber, niña incauta, que Alejandro jamás pierde una batalla y cuida con esmero a sus soldados. Seguramente tu hombre goza de plena salud y volverá victorioso a pedir tu mano. No te preocupes.
- Con todo respeto, alteza. ¿Cómo sabe usted que su hijo no puede perder ninguna batalla?
Olimpia se rió y tomó el mentón de Hermione para hablarle mientras la miraba a los ojos. Ella automáticamente alzó las barreras para evitar que la reina le hiciera legeremancia pero pronto descubrió que esa no era su intención.
- Ambas sabemos por qué. La diosa Hécate me ha bendecido con poderes inimaginables, igual que a ti, y yo los uso para favorecer a mi hijo y su ejército. Soy la madre del rey de casi todo el mundo conocido, es obvio que haré lo que está a mi alcance para que sus sueños se cumplan.
La bruja soltó su presa y caminó por la habitación agitando su mano para poner énfasis en sus palabras.
- Deja a los hombres el campo de batalla con sus gritos de dolor, las piernas enterradas hasta las rodillas en sangre, viseras, barro y heces de caballos y soldados moribundos. Déjanos a nosotras la diplomacia, los complots, la política... la hechicería. Yo protejo a mi hijo desde la comodidad del trono. Tú puedes hacer lo mismo Lydia. ¿Quieres aprender?
La curiosidad y emoción brilló en los ojos de Hermione. Hacia un par de minutos que ella había olvidado su cometido inicial y ahora se concentraba en la posibilidad de aprender cosas de una bruja de la antigüedad.
- Por supuesto,- no lo dudó. - ¿usted me tomaría como aprendiz?
Olimpia asintió brevemente y luego sonrió pero su mirada no mostró signos de alegría.
- lamentablemente mis hijos se parecen demasiado a su padre. Cleopatra, mi pobre niña, no hay una gota de sangre mística en ella y mucho menos en Alejandro. Mi vida está llegando a su fin y los misterios que he desentrañado en mi juventud deben seguir en este plano. Cuando pague a Caronte, para que me deje cruzar el rio estigio, quiero hacerlo sabiendo que alguien hará eterno mi legado.
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Exhausto y dolorido, Draco yacía sobre su espalda en el lecho de la tienda que su Syntagmatarchos le había asignado. El médico acababa de revisarle los vendajes y lo dejó para que descansara durante la noche. Con suerte no moriría de una septicemia. Más temprano, antes de que un medico pudiese verlo, había intentado desaparecer pero solo había logrado anexar nuevas heridas a su colección, gracias a una fea despartición que lo había arrojado a solo unos metros de distancia de donde estaba al principio.
Bebió el vino que Gaius, uno de sus compañeros de syntagma, le había traído e intentó cerrar los ojos pero no podía relajarse o dormir. Una y otra vez, las imágenes del ataque sorpresa, de la batalla y mil otras cosas que había visto en un solo día, y que no deseaba recordar, lo torturaban.
No podía respirar. Una parte de él quería correr como un poseso y gritar hasta que sus cuerdas vocales sangraran. Pero, ¿Cómo lo mirarían el resto de los hombres que habían confiado en él sus vidas durante la batalla? Enojado y disgustado, se miró el brazo lesionado, el de la varita. No, el de la espada, pensó, justo cuando las imágenes de los hombres que había asesinado en batalla rasgaron a través de él.
Dentro de un par de horas se cumpliría el primer día desde que conoció lo que era una batalla a muerte. Él había sido apenas más que un niño cuando la guerra estalló en el mundo mágico y el miedo lo había paralizado ante la idea de asesinar a alguien. Si bien él había intentado hacerlo con Dumbledore, jamás había puesto su corazón en esa empresa y hasta ese día había creído que la batalla de Hogwarts había sido lo más duro que le tocaría vivir alguna vez. Draco podía ver thestrals desde que Snape le había lanzado la maldición asesina al director del colegio pero la manada que había visto esa tarde, mientras lo trasladaban herido al nuevo campamento, estaba seguro que se debía a las muertes que él mismo había causado.
Dormía cuando la primera horda los atacó. El ejército de Alejandro acampaba en un valle a medio camino de Persépolis cuando una horda de nómades los atacó por sorpresa. Casi toda su syntagma había sido asesinada, pues fue en su lado del campamento que los pueblos nómades atacaron. Cuando los primeros ruidos de la pelea lo alarmaron, Draco no tuvo tiempo de buscar la armadura, la varita que escondía en el mango del aspis o la sarissa. Él solo tomó la espada xiphos y rogó que su cuerpo recordara lo que se sentía mantener el brazo firme cuando alguien usaba toda su fuerza para aporrearlo.
Pronto descubrió que seguía siendo tan bueno con la espada como lo era ahora en duelos de varita. Predecir el movimiento del enemigo, ser impredecible en sus movimientos y proteger su rostro era algo que su instructor había marcado a fuego en él y ahora agradecía. Lo que aprendió estudiando esgrima le había servido mucho en duelos de magia pero ahora le salvaría la vida.
Desde algún lugar en la distancia, sonó un grito que estimuló al enemigo a descender por la colina para atacar a las tropas que se encontraban desordenadas debido a lo repentino del ataque. Los centinelas habían sido asesinados aprovechando la oscuridad de la noche y la mayoría de las tropas habían sido tomadas desprevenidas.
Mientras esquivaba a la muerte y enviaba del otro lado del velo a hombres desconocidos, Draco podía oír y sentir el estruendo de los cascos de los caballos que comenzaban a unirse a sus jinetes para abalanzarse sobre el enemigo, a medida que los hetairoi se incorporaban a la escaramuza. Los gritos, gruñidos, gemidos y aullidos de dolor llenaron el aire y solo eran interrumpidos por el sonido del metal chocando y el zumbido de las flechas y piedras que eran arrojadas.
- La primera vez siempre se siente así. Recuerdas sus rostros. Piensas en si tendrían familias que llorarán por ellos, si tienen hijos a los cuales no verán crecer o en si sus mujeres podrán defenderse al quedarse solas. Piensas si no sería mejor darse por vencido y bajar las armas, si tu causa es lo suficientemente justa.
Draco dio un respingo cuando oyó la voz de Alejando y de inmediato intentó ponerse de pie.
- No lo hagas, Theron. Estás herido, mi ego sobrevivirá sin tu reverencia.
- Siento no poder recibirlo como corresponde, alteza.
- Al menos puedes recibirme, que es más de lo que puedo decir de muchos de los soldados más experimentados de tu syntagma.
- fue un ataque sorpresivo, general.
- no los cubras, Theron. Todos ellos, incluso el Syntagmatarchos estaban ebrios. Parece que solo tú tenías tu xiphos al alcance de tu mano.
Dado que él evitaba comer el caldo negro, beber el vino que se servía para opacar su horrible sabor no tenía sentido. La noche del ataque Draco se había acostado después de solo haber comido pan, cebolla y un odre de agua fresca. Él había sido uno de los pocos que aun no dormía o estaba lo suficientemente ebrio como para no sucumbir ante la primera ola de ataque.
- no sabría que decirle, alteza. Yo realmente no pensé en que hacían mis compañeros en ese instante. Estaba demasiado ocupado intentando no morir allá afuera.
- es lo más sensato que he oído durante las últimas horas. Incluso más sensato que las palabras del líder del pueblo nómade que intentó atacarnos.
- yo no diría que lo intentaron. Ellos tuvieron bastante éxito, alteza.
Alejandro movió mano restando importancia a las palabras de Draco.
- tengo un ejército de cuarenta mil hombres y este día solo he perdido unos cientos. La mayoría ebrios y escaramuzadores sin valor. En cambio, nosotros hemos aplastado las fuerzas enemigas. Han sido ellos quienes propusieron esta tregua y prometieron provisiones como muestra de buena fe.
Draco quería hacer que Alejandro tragara sus palabras. Él había convivido casi tres semanas con muchos de los hombres que habían muerto en las siete horas que duraron las escaramuzas que iniciaron durante la madrugada. No le agradaba que dijera que esos hombres carecían de valor.
- mis hombres me han dicho que eres una bestia en el campo de batalla. Según Hefestion parece haber una ardiente furia dentro de ti que se desató en el mismo momento que tomaste la espada para defenderte. Sigue así y pronto serás un hetairoi igual que tu padre.
Se encogió de hombros e hizo una mueca debida al dolor que ese movimiento le causó. Él no había tenido tiempo de asimilar lo que sucedía y solo se había tomado un instante para preocuparse por el hecho de que había matado a un hombre cuando el siguiente atacó. Al cabo de unas horas ya no recordaba que estaba haciendo, solo lo hacía. Cuando el sol estuvo alto en el cielo, Draco Malfoy era un soldado y había perdido la cuenta de cuantos hombres había atravesado con su espada. Él jamás recordaría cuando había dejado de hacerlo en defensa propia y había comenzado a ser quien atacaba.
Cuando era un adolescente, y tenía la misión de matar a Dumbledore, había pasado horas conversando con un fantasma. Solo Myrtle la llorona lo había consolado cuando su mundo amenazaba con derrumbarse. Muchas veces él se había preguntado donde se encontraba la línea que dividía a un hombre bueno de un ser malvado. Donde estaba el límite entre ser un soldado en una guerra o ser un asesino. ¿Eres un soldado cuando solo matas para proteger tu vida?, ¿Sigues siendo un soldado cuando lo haces para proteger tu causa?, ¿o en ambos casos eres el mismo asesino que se justifica a sí mismo para poder dormir? Claramente jamás había encontrado una respuesta hasta ese día.
Sea mágica o sea muggle, una guerra es una guerra y en ambas hay asesinos y victimas. El truco está en decidir si serás la víctima o el victimario. Mueres manteniendo tu corazón puro o vives el tiempo suficiente para preguntarte día a día si hiciste lo correcto. Héroes y villanos están cortados por el mismo patrón, solo que los primeros son glorificados por sus crímenes mientras que los segundos son abucheados. Quien es villano para unos, es héroe para otros, pero ambos son lo mismo, asesinos.
¿Existía diferencia entre un avada kedavra y la sangre brotando de una herida que tú mismo infringiste? El avada resquebraja tu alma, una parte tuya muere cada vez que lo pronuncias. ¿No es lo mismo que ver el brillo en los ojos desaparecer de alguien a quien le has cortado la garganta?, probablemente nunca supiera la diferencia. ¿Quién le creería si le contara lo que había vivido ese día?
-No te veas tan sorprendido muchacho. Eres hijo de tu padre y estaría orgulloso de ver lo que has hecho hoy. Sé que debe ser duro. Los dioses saben que lo es. Yo tenía quince años durante mi primera escaramuza y dieciocho cuando comandé mi primer ataque. De esos días solo recuerdo la gran resaca que obtuve al día siguiente. Con el tiempo dejas de sentirte así y no debes ahogar los fantasmas en vino. Lo prometo.
Draco no había escuchado lo último que Alejandro dijo. Se había quedado con la parte en la que decía que era hijo de su padre. Él se refería a ese padre falso que había inventado pero no tenía idea de cuan acertado estaba en realidad. Seguramente Lucius estaría muy orgulloso de saber cuántos muggles había eliminado ese día. La guerra mágica había terminado, la segregación había sido prohibida, los ideales puristas ya no estaban de moda entre las castas dominantes pero, en lo profundo de su corazón, Lucius seguía siendo el mismo purista aunque fingiera no serlo.
Podía imaginarlo vanagloriándose en su rancio círculo de amigos si supiera lo que había hecho. ¡"mi hijo, el asesino de muggles"!. Sintió asco. Siendo niño había oído infinidad de veces sus anécdotas de las razias antimuggles que hacía con los mortífagos y cuanto había deseado ser como él. Ahora lo era. Al fin y al cabo, él era Draco Malfoy, un digno hijo de su padre.
- Eso espero, alteza.
- Ahora descansa y no te preocupes, no habrá ataques esta noche debido a la tregua. Mañana nos pondremos en camino nuevamente y pronto estaremos en Persépolis…
Alejandro se marchó de la tienda y Draco volvió a recostarse. Casi al final de la escaramuza, cuando ya estaba al borde del agotamiento, tres flechas lo habían alcanzado y había sobrevivido por pura casualidad. La primera había dado en su hombro, la segunda en su brazo y la tercera había dado entre sus costillas y lo había atravesado limpiamente sin tocar órganos por puro milagro. Estando malherido había intentado desaparecer y volver a Babilonia pero solo había logrado desplazarse algunos metros y recibir un gran corte en su muslo, por culpa de una despartición.
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Tres días. Solo quedaban tres días para que el Alphwyn volviera a reactivarse y por mucho que intentaba hacer funcionar el galeón mágico, ella no recibía respuestas de Draco. Solo le quedaba esperar y mantener activo el circulo de protección que había hecho para Malfoy.
Durante la última semana y media, ella había asistido cada día al palacio y Olimpia le había transmitido cada uno de sus conocimientos. La mayoría eran formas rudimentarias de las pociones que ya conocía o protohechizos hechos sin necesidad de varitas. La reina era sorprendente y siempre se preguntaría como se hubiera desarrollado su potencial si las varitas mágicas se hubieran usado en esa época.
Había ido hasta la fuente, que se hallaba a unos cuantos bloques de la casucha, para buscar agua fresca con la cual se daría un baño mas tarde. El cántaro de terracota era pesado pero con el correr de los días había encontrado la forma más cómoda de trasladarlo estando lleno y sin usar magia. Usualmente lo apoyaba en su cadera y caminaba lentamente de regreso a casa.
Luchaba con el nudo con el que ataba la puerta cuando una voz la distrajo y soltó el cántaro que desparramó su contenido en la arena y se quebró en cientos de trozos.
- ¿Hay sitio para que un soldado herido pueda descansar?
Hermione no podía creer lo que sus ojos estaban viendo. Él lucia delgado, con su piel y ropa tiznada y quemada en algunos sitios, su cabello mucho más claro y largo de lo que lo recordaba con pegotes de sangre en algunos
sitios. Los pies en carne viva y los labios resquebrajados por el sol y los elementos. En resumen, era una imagen tan deprimente que Hermione demoró bastante en reparar que él también tenía un enorme vendaje cubriendo su torso y habían atado la sarissa a su espalda junto al aspis porque su brazo izquierdo no podía sostenerlos.
-¡Draco!
- juro que si no me dejas entrar, me derrumbaré aquí y comenzaré a sangrar sobre tu entrada.
Se movió rápidamente para despojarlo de sus armas, las cuales arrojó al suelo de cualquier manera, y lo guió hasta el interior de la vivienda. Allí lo ayudó a sentarse y luego corrió hacia el exterior para traer las armas.
- ¿Qué te han hecho?
- es obvio. Me usaron de alfiletero…
Hermione ignoró el comentario mordaz de Draco porque probablemente él estaba dolorido en ese momento. En lugar de seguir riñendo con él, le acercó un odre con agua limpia y un trozo de pan de cebada que había intercambiado por un cuenco de cerámica esa mañana.
Solo bebería el agua. El pan se veía apetitoso pero no se sentía capaz de comer todavía. Se sentía a salvo por primera vez en días y sabía que Hermione haría algo para que no muriera de una infección, gracias a sus heridas. Ella notó que no tenía fuerzas siquiera para alzar la taza que le ofrecía así que de forma diligente la acercó a sus labios mientras lo observaba con preocupación. Solo su madre lo había visto así alguna vez y saberse en un sitio seguro hizo que finalmente pudiese derrumbarse y sin darse cuenta comenzó a llorar.
Hermione no era tonta. Sabía por qué Draco lloraba. Seguramente él había visto o hecho cosas de las que no se enorgullecía y no lo juzgaba. Había vuelto y eso era lo único que le importaba. Sin importar la suciedad que tenia, la sangre seca en su cabello o lo reseco de sus labios. Ella le dio un beso fugaz y luego lo abrazó. él se había roto en pedazos un instante antes y solo había hecho falta que ella lo abrazara para que volviese a sentirse unido. Merlín lo ayudara. Tenía terror de comenzar a depender de eso para sentirse bien como lo hacía ahora.
- Iré por agua a la fuente. Debemos limpiarte si queremos que tus heridas sanen correctamente.
Draco no respondió, solo se quedó en silencio observando el circulo con extraños símbolos que estaba dibujado en el suelo y lo pulcramente que estaba doblada la camisa de inefable, que estaba en el centro y le pertenecía. Cuando Hermione volvió con el agua, él preguntó por aquel círculo y ella le comentó brevemente lo que había hecho durante su ausencia, mientras hacía que el agua de la nueva tinaja se calentara a punta de hechizos.
Cuando el agua estuvo lista, Hermione ayudó a Draco a ponerse en pie. Él se tambaleó un poco pero no se quejó en ningún instante mientras ella le quitaba la túnica y los trozos de lino con los cuales lo habían vendado en el campamento. Hacerlo él mismo hubiera sido mucho más doloroso aun.
- pensé que la primera vez que me desvistieras seria menos degradante para mí.
Hermione solo le sonrió y siguió con su labor. Ella no se sonrojó cuando le quitó el taparrabos dejándolo completamente desnudo y expuesto ante ella. En ese momento Draco supo que ella estaba en modo medimaga y nada de lo que dijera o hiciera la haría reaccionar. Eso estaba bien. Él era un completo desastre y necesitaba su sangre circulando en otros sitios que no fueran su pene. De por sí tenía poca sangre luego de haber sido herido, no era el momento de pensar en algo someramente sexual.
Por la próxima hora, Hermione se dedicó a limpiar a conciencia el cuerpo de Draco. Él tenía moretones, cortes y sangre seca en demasiados sitios, y algo le decía que no toda era de él. Sus heridas habían sido quemadas para cauterizarlas y luego las habían cosido de forma bastante burda, pero no estaban infectadas, gracias a Merlín y Morgana.
Una vez que lo juzgó lo suficientemente limpio, ella lo ayudó a vestirse con un taparrabos limpio, vendó sus heridas nuevamente y lo guió hasta el catre que había usado antes de marcharse. Cuando estuvo acostado, Draco comenzó a sentirse somnoliento. Estar limpio luego de días era una sensación maravillosa. Estaba a punto de quedarse dormido cuando Hermione se sentó a su lado y lo meció suavemente para que le prestara atención.
- Es poción fortalecedora y una analgésica. Hará que te sientas mejor luego dormir un poco.
Draco la bebió, y aunque ambas tenían un sabor horrible, no estaban ni cerca de parecerse al caldo negro.
- ¿No me darás el beso de las buenas noches?
- Duerme, cuando te sientas bien te daré los que quieras.
Hermione se levantó y estaba por alejarse cuando Draco tomó su mano.
- ¿Te quedarías aquí conmigo?, solo hasta que me duerma.
Sin preguntar el por qué de aquella extraña petición, Hermione se acostó en el hueco que había dejado para ella y apoyó su cabeza sobre el hombro sano de Draco. Un par de minutos después, se durmió.
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Dato: En la antigüedad no existían los apellidos. Para identificar una persona solía anexarse su ciudad natal o su oficio. A veces se usaba "el mayor" o "el menor" para padres e hijos que compartían nombres, o vecinos tocayos.
N.a: fin del séptimo capítulo. Aun quedan detalles por develar de lo que sucedió en esta época pero los iremos descubriendo a medida que vayamos saltando de ventana en ventana. En el próximo capítulo comenzamos otra aventura y se llamará "De guerreros y Valkirias", ¿Es suficiente pista de hacia dónde vamos? Quiero agradecer a los comentarios de esta semana, me encanta saber que les va gustando esta historia.
La inspiración de esta semana vino de la mano de Kryptonite de 3 Doors Down, Warriors de Imagine Dragons y Animal I Have Become De Three Days Grace. Ahora sí, sin más. ¡HASTA LA PROXIMA!
