Disclaimer: Esta historia está inspirada, en parte, en el universo de Harry Potter de J.K Rowling. Salvo algún que otro personaje de mi invención, todos los ambientes, personajes, argumentos, hechizos y todo lo reconocible pertenece a la autora, yo solo los tomo los mezclo y agrego cosas.
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"No hay fuego ni frío que pueda desafiar a lo que un hombre guarda entre los fantasmas de su corazón."
El gran Gatsby- F. Scott Fitzgerald
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Capítulo 9: De guerreros y Valkirias. - Parte 2
Enero de 1087 d.C. - Uppsala auðr - Escandinavia (Suecia en la actualidad).
Por suerte no nevaba y la luna llena arrojaba luz al camino blanco que tendrían que recorrer. Las capas de abrigo y la armadura de cuero lo protegían del frío reinante pero la sensación de vacío en su pecho no desaparecía totalmente.
Verla partir hacia el templo de Uppsala había sido difícil. Decenas de mujeres y niños pequeños habían huido juntos, en medio de la noche, para guarecerse en el último bastión pagano de los vikingos y Hermione había partido con ellos. Ella se había volteado varias veces para saludarlo con su pequeña mano y él había seguido su silueta con la mirada hasta que se perdió tras la colina. Solo cuando el último de sus rizos alborotados desapareció en el horizonte, él se acercó a la horda que los hombres estaban organizando.
El plan era sencillo. Los abanderados de Blot-Sverker se unirían a ellos en cuanto los mensajeros llegaran a destino y era trabajo de los hombres de Uppsala cortar el paso del rey Ingold durante la mayor cantidad de tiempo posible. Sigtuna estaba a unos treinta y dos kilómetros de Uppsala, así que no llegarían hasta muy entrada la mañana. Tenían al menos siete horas de caminata si mantenían buen ritmo y si no se encontraban antes con el ejército de Ingold.
El escudo de madera pintado de rojo era bastante más liviano que el aspis griego. Y si bien él no estaba acostumbrado a las skeggöx, mejor conocidas como hachas de guerra, sabía que estas eran útiles para ser arrojadas cuando el enemigo se encontraba a cierta distancia. Draco aún no la había utilizado pero tenía que admitir que la espada vikinga, o hurum, le resultaba mucho más cómoda que el xiphos y la sarissa que había usado de camino a Persépolis.
Debido a las capas de nieve fresca avanzar con rapidez era difícil. Cada paso que daban implicaba hundir sus piernas en casi medio metro de hielo pulverizado y las pieles comenzaban a humedecerse haciendo que la ropa fuera más pesada todavía. Solo algunos de ellos tenían caballos pero a los animales tampoco les resultaba sencillo avanzar.
- Einar, ¿Por qué tan serio muchacho?
Draco iba sumido en sus propios pensamientos y le costó más tiempo de lo usual darse cuenta que el jarl Sverker, cabalgando a su lado, le hablaba a él.
- Ehh. Solo pensaba, su alteza.
- En tu linda Ida, supongo. No te preocupes por ella, Einar. La diosa Frigg protegerá a las mujeres y niños de Uppsala. En cuanto a nosotros, siento que las Valkirias cabalgan a nuestro lado esta noche. Quizá al amanecer muchos de nosotros nos hayamos convertido en einherjars y nos sentemos junto al padre Odín en el gran salón del Valhala, para beber cerveza en cuernos de oro y contar historias de nuestras batallas mientras esperamos la venida del Ragnarök…
Draco asintió con una media sonrisa, aunque en realidad él no había estado pensando en Hermione cuando Sverker se le acercó. Él pensaba más bien en sí mismo y en la forma que esta misión lo estaba cambiando. Había días en los que ya no sabía quién era en verdad y estaba bastante asustado de eso. Había pasado toda su vida siendo lo que otros querían que fuera y cuando parecía haber tomado finalmente las riendas de su vida, otra vez volvía al casillero inicial y a tener que interpretar diferentes personajes para mantenerse respirando.
Siendo niño era el típico mocoso pretencioso y sangre pura. Siendo adolescente había sido un mortífago cobarde que evitó Azkaban por un milagro. Hasta hace unos meses él creía haber encontrado al Draco Malfoy real pero antes de la misión se había dado cuenta que aún seguía siendo lo que otros querían que fuera. Porque, aunque fuera Inefable por su elección, seguía siendo el prometido de la mujer que Lucius había elegido. Seguía siendo un mero títere de su padre aunque sus hilos fueran un poco más largos que antes.
¿Quién era él en realidad? ¿Era Anhur? El muchacho que podía comprender los entramados del poder en Egipto y dar su opinión, sin miedos, directamente al faraón. ¿O era Theron? El hombre que se había unido al ejército para probar que era más noble que su padre y que en medio de la batalla se había convertido en un carnicero. ¿Era Einar acaso? Un vikingo que marchaba contra otros de su clase para evitar que se le imponga una forma de pensar y comportarse. ¿Era acaso una mezcla de todos ellos? ¿O no era nadie en absoluto?
Solo tenía una cosa clara hasta ese instante y eso era lo que lo molestaba profundamente. Solo cuando se había despedido de Hermione, en el langhús, él había estado completamente seguro de quien era. Cuando se había presentado voluntario para la lucha, él lo había hecho pensando en que si detenían a Ingold a tiempo ella estaría a salvo hasta que el Alphwyn se activara y pudieran marcharse de esa época dejando a todos esos pueblos masacrándose unos a otros.
Ésta vez no lo habían amenazado y obligado a unirse a la lucha. Él podría haber tomado a Hermione y simplemente desaparecer con ella e internarse en algún lugar recóndito del bosque como habían hecho Harvey y Christopher. En vez de eso, Draco la había enviado al templo de Uppsala y ahora caminaba junto a un rey pagano para defender una nación de la que apenas había oído hablar hasta que se le asignó aquella misión.
En su verdadero tiempo, durante la guerra, él había sido un imbécil y ya no le avergonzaba admitirlo. Escudarse tras la idea de que él en realidad era un adolescente en esa época era estúpido. Hermione, Potter e incluso Weasley, cuyo coeficiente intelectual estaba apenas por encima del de un escreguto de cola explosiva, tenían su misma edad cuando cargaron con el peso de la guerra en sus espaldas. Ellos sí habían sabido escoger bien su bando.
Draco ahora estaba del lado de los paganos y si bien sabía que a la larga sería el bando perdedor, tenía una fuerte necesidad de ayudarlos. En Babilonia había estado del lado del bando ganador y aún así no estaba seguro de que esa campaña militar hubiera sido noble o siquiera justa.
El libro de historia que había estado leyendo antes de iniciar la misión decía que Alejandro incendió Persépolis cómo venganza por lo que los Persas habían hecho con Atenas siglo y medio antes, durante las guerras médicas. En algún momento de la historia, la meta de Alejandro Magno había cambiado y pasó de querer ser el libertador de los pueblos ocupados por los persas a ser el nuevo tirano que los gobernaba. En Persépolis él le había cobrado ojo por ojo a gente inocente los crímenes cometidos por otras personas cien años antes.
Desde el año 793 después de Cristo, los vikingos paganos habían asolado los pueblos cristianos robando, matando y quemando iglesias y ahora, que estaban en franca decadencia, eran ellos quienes sufrían en carne propia lo que sus antepasados habían hecho.
Hermione tenía razón. El tiempo era cíclico y todas tus acciones encontraban la manera de volverse contra ti y patear tu trasero hasta que implorases clemencia. Ella lo llamaba karma. A él le gustaba decirle justicia.
Él había despreciado a Hermione por su sangre mientras crecían y ahora no podía sacarla de su mente ni quitarse su perfume de la piel. Había subestimado el poder de las brujas y luego había huido de Ajetatón completamente aterrado de una mujer que apenas alcanzaba la altura de su hombro. Pensó por años que los squib eran inútiles y luego marchó por semanas junto a uno cuya campaña militar seguía siendo famosa dos mil años después y cuyas estrategias militares seguían siendo estudiadas por los ejércitos actuales.
Gracias a su crianza, Draco llegó a pensar que los muggles eran bárbaros, incultos y sucios. Pero ahora, mientras marchaba con un rey pagano cuya cultura era considerada bárbara, él sabía que no era tan así. Los muggles, a quienes debía desdeñar, habían abierto las puertas de su casa y lo habían alimentado sin preguntas. A él le habían dado un escudo para la batalla y habían ofrecido a Hermione un refugio seguro mientras durase el peligro. Tampoco eran sucios, los había visto bañarse más veces de lo que él lo había hecho desde el inicio de la misión.
A pesar de todos los galeones con los que había crecido, del estatus social y su educación superior, la primera vez que él había salido del país había sido en aquella misión. Su universo solo se había extendido hasta los confines del mundo mágico inglés y no lo supo hasta que fue adulto.
Draco tenía que admitir que habían sido pocas las veces que había prestado atención en clase de historia, pero estaba seguro que nadie jamás le había mencionado a la reina Olimpia o a Nefertiti como poderosas brujas ni a Alejandro Magno cómo un squib.
Cuando tuvo que cruzar medio país en el tren escarlata por primera vez en su vida, había descubierto que las fronteras del mundo iban más allá de Wiltshire y el callejón Diagon. Había tardado pero ahora sabía que el mundo mágico era apenas una minúscula porción del planeta y que él no era tan especial como creía ser mientras crecía. El mundo era más grande que Malfoy Manor y al parecer era el único en su familia que había descubierto ese hecho.
Comenzaba a sentir el cansancio de la caminata cuando notó que en el cielo se formaba la aurora boreal. Había oído hablar de ella pero ahora entendía que su imaginación apenas había rozado la comprensión de aquella maravilla. Era la hora del lobo. La hora que precede al alba y en la que la mayoría de los hombres insomnes deben enfrentarse a los fantasmas que habitan en su corazón. La hora en que la noche se hace más oscura, justo antes del amanecer, y que la mayoría de las personas mueren y los niños lanzan su primer llanto anunciando su llegada a la vida.
El pequeño ejército de Sverker caminaba en silencio y a paso firme. Ellos no marchaban con la ambición de conquistar tierras, conseguir riquezas o alcanzar la gloria. Ellos marchaban con el único propósito de defender a sus mujeres e hijos de un tirano que quería obligarlos a abandonar sus creencias y convertirse por la fuerza al cristianismo o ser asesinados. ¿Qué tan familiar podía sonarle eso?
Draco se preguntaba si los defensores del castillo se habían sentido de la misma forma de la que él se sentía ahora. ¿Habrían experimentado ellos las mismas sensaciones mientras intentaban defender Hogwarts?. Seguramente había sido mucho peor.
Llegaron a Sigtuna cuando empezaba a salir el sol. Hacía un par de horas que nevaba sin pausa y el alma de todos los hombres cayó a sus pies cuando vieron las ruinas de la ciudad. La nieve comenzaba a cubrir los escombros de las chozas y que esta no se derritiera indicaba que la ciudad había sido incendiada mucho tiempo antes de ese momento.
Caminaron despacio entre los restos calcinados de la aldea, en un solemne silencio y al llegar al espacio abierto frente a lo que supo ser el langhús de Sigtuna, Draco tuvo la urgente necesidad de vomitar. Los hombres de Ingold habían crucificado a las mujeres y a los niños pequeños. Y al pie de las cruces, hombres muertos miraban el cielo sin verlo en realidad.
Draco acababa de comprender que la crueldad no es exclusiva del mago o del muggle. La crueldad es propia de la naturaleza humana y hay quienes son capaces de cometer atrocidades sin que su conciencia los moleste ni una sola vez en sus vidas o les quite el sueño.
Un par de minutos después, cuando habían comenzado a bajar a los niños de las cruces para darles sepultura, la nieve comenzó a caer oscura. Los finos copos blancos que habían caído a su alrededor un segundo antes, comenzaron a volverse grises y el viento les trajo el olor del humo.
Draco corrió hasta un punto alto y lo vio. A lo lejos, en dirección a Uppsala, una columna de humo similar a la que Alejandro había creado en Persepolis se levantaba de forma ominosa. El ejército de Ingold había evitado el suyo y ahora estaban en la ciudad que se suponía debían defender. Estaban dónde Hermione se escondía y algo enorme tenía que haber sido incendiado.
Sin importarle si alguien había visto lo que hacía soltó el escudo, extrajo la varita de su escondite y giró sobre sus pies para aparecerse en las cabañas abandonadas donde él y Hermione habían aparecido la primera vez.
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Cuando finalmente se pusieron en marcha hacia el templo, la desagradable sensación en su estómago no desapareció. Llevaba un cuchillo grande en la cintura y el hacha que Draco le había dado, además de su varita, pero aún así no se sentía a salvo.
Dentro del templo, los sacerdotes de Freya habían dispuesto jergones para que durmieran y repartieron té de flores calmantes para las mujeres. También les ofrecieron comida pero Hermione no podía hacer que nada pasara por su garganta.
Hermione nunca había sido fanática de la mitología nórdica ni de su historia, así que no tenía muchas ideas de lo que sucedió en esa época y lo poco que sabía era relacionado con algunos textos que había leído mucho antes de entrar a Hogwarts. Casi toda la información que ella y Draco tenían sobre los vikingos databa de su época dorada y no del tiempo en que su decadencia había iniciado. Ella no tenía idea del destino de Uppsala ni de lo que sucedería allí esa noche.
Helga era la madre de Freydis, la niña que seguía a Hermione todo el tiempo, y de un bebé pequeño llamado Erik. Ella era pelirroja y por lo que había oído, era considerada como una de las mujeres más bellas de la aldea. Su esposo era un hombre llamado Sigurd y era el carpintero de Uppsala.
Dado que Helga tenía que hacerse cargo del pequeño Erik, Hermione se había ofrecido a entretener a Freydis durante la marcha hacia el templo y luego, mientras se acomodaban en los sitios que los sacerdotes les habían asignado.
Las primeras horas de la noche habían sido difíciles. Los niños, confundidos por haber sido sacados de su cama a la madrugada, lloraban sin cesar y reaccionaban al nerviosismo de sus madres, quienes no encontraban la manera de calmarlos. Los niños mayores, con sus ojos empañados de lágrimas, intentaban mantenerse muy quietos y estoicos, imitando quizá el comportamiento de sus padres quienes ahora se encontraban marchando para enfrentar al enemigo.
No fue hasta el amanecer que todos pudieron dormir. Al llegar la luz del alba sentían que Frigg, la esposa de Odín, estaba atenta a lo que sucedía en Midgard y los protegería del mal que los cristianos intentaban hacer descender sobre ellos. Hermione quiso creer que esto era así y también cerró sus ojos para descansar un poco. Antes de quedarse dormida ella imploró a quién quisiera oírla por la vida de Draco. Tenía terror de que algo le sucediera y no poder volver a verlo.
Su sueño no fue pacifico. Ella había soñado con la noche de la batalla de Hogwarts y el incendio de la sala de menesteres. Veía el fuego demoniaco expandirse y contraerse quemando todo a su paso, siendo alimentado por la magia y su terror. Podía sentir el calor y oír los gritos de auxilio de Crabbe mientras las llamas lo alcanzaban. También vio a Draco y su primer instinto fue socorrerlo. Le gritaba que fuera hacia ella, que corriera pero él no se movía de su sitio. Extrañamente él parecía estar a salvo y sus gritos desesperados no eran para que lo ayudase sino todo lo contrario.
"Hermione, corre…"
Despertó con un grito ahogado de terror. Por los tragaluces del templo se colaba un resplandor anaranjado y el olor del humo penetraba en sus fosas nasales. Algunas mujeres se habían despertado ya y fue Helga la primera en llegar a las puertas del templo y comprobar que habían sido cerradas desde afuera. No había escapatoria posible.
A las afueras del Gran Templo de Uppsala el ejército del rey Ingold golpeaba sus armas contra los escudos y lanzaban al aire sus gritos de guerra, regocijándose de lo que su rey había logrado. El último bastión pagano había caído finalmente. Ingold había convencido a sus súbditos de que él era un enviado divino y que poseía el poder del dios cristiano para erradicar a los paganos del mundo. El rey era en realidad un mago que se había aprovechado de las tradiciones de la religión cristiana para hacerse con el poder y justificar sus acciones sanguinarias contra los pueblos paganos.
Hermione reconoció el fiendfyre al observar el exterior desde un pequeño ventiluz. No había manera de que el ejercito apostado afuera hubiera sido capaz de incendiar los límites del templo tan rápidamente y sin ningún tipo de combustible.Ella ya lo conocía e incluso había soñado recientemente con él. El fuego demoníaco era una maldición que generaba un fuego mágico de tamaño y calor descomunal. Era un fuego profanado con magia oscura, capaz de buscar y perseguir seres vivos a pesar de no tener consciencia. Solo un poderoso mago era capaz de dominarlo sin convertirse en víctima de su propio monstruo y el rey Ingold lo era.
El grito desesperado de las mujeres y el llanto inconsolable de los niños hizo que Hermione reaccionara. Si estaba escrito que Uppsala ardiera hasta los cimientos, ella no podía hacer nada para evitarlo pero tampoco podía quedarse quieta o incluso ella moriría allí adentro. Lo primero que hizo fue correr hasta su jergón y se colgó el morral que contenía el Alphwyn. Ella no podía perder la roca o se quedarían atascados en aquel sitio para siempre.
Una enorme serpiente de fuego giraba en círculos concéntricos alrededor del templo y se acercaba peligrosamente a las paredes de oro haciendo que el calor del interior aumentara con cada latido de sus corazones. Hermione intentó desaparecer pero solo logró aparecer a escasos metros de distancia con un feo corte en su hombro. Por alguna razón el fuego demoniaco impedía que la magia que se realizara dentro de sus límites fuera efectiva. O quizá Ingold había previsto la presencia de algún mago dentro del templo y había hecho algo para que no pudieran aparecerse.
Como casi en cada construcción vikinga, el techo del templo era de madera y cuando la enorme serpiente de fuego se irguió para luego caer sobre él, este comenzó a arder sin compasión. En ese momento Hermione intentó desesperadamente abrir una brecha en la pared del templo a base de hechizos bombarda y cuando lo logró se giró para ver si podía ayudar a alguien a escapar. Hermione hubiera preferido nunca haberse girado en busca de personas que pudieran salvarse. La mayoría de las mujeres y niños ya habían muerto. Helga había sido alcanzada por una viga que se desprendió del techo y su cabello rojo ahora se confundía con la luz rojiza del fuego que la rodeaba. Aquella era una imagen que jamás olvidaría.
A su izquierda, tras algunas vigas que todavía pendían del techo, Freydis sostenía a Erik en brazos mientras lloraba con desesperación. Ella estaba más allá de su alcance. El fuego consumía todo rápidamente y su ventana de escape se reducía rápidamente. Si no se iba ahora, no podría escapar después. Con el corazón hecho trizas y sabiendo que podría haber hecho algo si tan solo hubiera permanecido despierta y en guardia, Hermione corrió y salió del templo a tiempo para evitar ser aplastada por las gruesas paredes de madera y oro que colapsaron sobre sí mismas debido al calor del fiendfyre.
Salir de aquel infierno solo fue la mitad del trabajo. Ingold había rodeado Uppsala con su ejército para impedir que cualquiera que escapase del templo pudiera ir más allá del bosque sagrado que lo rodeaba. Hermione solo alcanzó a dar un paso más allá del círculo de fuego cuando se vio atrapada por un grupo de hombres con sonrisas terroríficas. El más alto de todos la golpeó tan fuerte que cayó al suelo, perdiendo el agarre de la varita.
- quizá deberíamos entretenernos con esta brujita antes de que se una al resto de los paganos. Dicen que las perras vikingas son mucho más salvajes en la cama que las damas cristianas.
En ese instante Hermione aferró al hacha que Draco le había dado, con la mano izquierda y cuando el hombre que sugirió lastimarla se inclinó para tomarla del cabello, ella descargó el arma con toda la fuerza que fue capaz y por poco no cercenó el brazo completo de aquel bastardo. Ese ataque fue suficiente para que ella tuviera tiempo de recuperar su varita pero otra vez no llegó muy lejos. Mientras que el soldado herido gritaba de dolor, el resto de los hombres que estaban allí volvieron a rodearla buscando venganza y no tuvo más remedio que hechizarlos.
Rápidamente se dio cuenta que un simple desmaius no hacia mella en hombres muggles acostumbrados a la guerra. Ellos apenas retrocedían al ser impactados por sus hechizos y seguían avanzando cada vez mas enojados. Cuando leyó en sus ojos que ellos no planeaban matarla rápidamente si la atrapaban viva, decidió que era hora de tomar una medida desesperada.
Siendo adolescente ella había participado de una guerra y seria inocente decir que no se había corrompido ni un ápice en ella. Puede que ella jamás lanzara ninguna maldición imperdonable pero sabía muy bien cuantos mortífagos y carroñeros habían caído bajo sus maldiciones. Ella había hecho lo imposible para mantenerse con vida durante la batalla de Hogwarts y era hora de hacerlo de nuevo.
El hombre herido comenzó a correr alejándose de la bruja al ver que dos de sus hombres caían y no volvían a levantarse luego de que un haz de luz verde saliera del palo de madera que ella enarbolaba. Sin dudas aquella bruja tenía un pacto con el demonio y ya lo había herido, no volvería a enfrentarla. Ni siquiera él estaba tan demente.
Hermione observó maravillada el fuego que consumía Uppsala, los cuerpos de los hombres que la habían amenazado un instante antes y sus manos manchadas con la sangre del hombre que había herido con el hacha. Demasiadas cosas habían pasado en un espacio de tiempo pequeño y su mente no estaba logrando procesarlo todo.
El fuego demoniaco seguía vivo y se había extendido al pequeño bosque en el que se hallaba. Los hombres que la habían amenazado habían muerto o huido y ella volvía a estar rodeada de aquel calor infernal que las llamas del fiendfyre desprendían. Debía aparecerse o todo el esfuerzo que había hecho hasta el momento seria en vano. Ella ya había hecho magia frente a muggles. Había lanzado maldiciones a diestra y siniestra para salvarse, un simple acto de aparición no haría que las cosas empeoraran.
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Sintió alivio al verla aparecer a sus pies pero este duro tan poco que casi no podía recordarlo. El olor del cabello y piel quemada era inconfundible. Él aún tenía pesadillas dónde solo olía eso y oía los gritos de Crabbe, así que al verla supo que ella apenas había logrado escapar de las llamas con vida. Con el corazón en un puño se acercó a su compañera, que yacía boca abajo, y comprobó sus signos vitales. Estaba viva pero inconsciente. Draco solo podía imaginar la agonía que significaría estar consciente dada la gravedad de sus heridas. Era mejor así.
Cada Inefable recibía instrucción en primeros auxilios y estaban calificados para hacer algunos hechizos de curación simple, en caso de que ellos o sus compañeros fueran heridos durante una misión. Draco no había sido gran fanático de aquella asignatura pero ahora rogaba recordar lo que había aprendido. Hermione lo necesitaba, dependía de él.
Con sumo cuidado él le quitó el morral chamuscado y con un accio extrajo la tienda. Necesitaba crear un sitio limpio y en condiciones para atender las heridas de Hermione. Una vez que la tienda estuvo lista y que lanzó suficiente cantidad de hechizos protectores alrededor de la cabaña abandonada, Draco levitó a la bruja herida hasta la mesa en la que habían hecho el amor la primera noche.
-Vamos Granger. Eres una leona, un poco de fuego no podrá contigo.
Allí, con sumo cuidado, le quitó el vestido quemado y apartó lo que quedaba de su precioso cabello. Su espalda estaba en carne viva y grandes ampollas comenzaban a formarse allí donde el fuego la había tocado. Quería llorar. No estaba herido pero tampoco estaba preparado para atender a Hermione.
Cuando él volvió maltrecho de Persepolis, ella se había comportado como una medimaga experta y había sanado cada una de sus heridas con presteza y esmero. Él estaba comenzando a desesperarse. Estaba acostumbrado a ser el herido no el sanador. Un leve quejido de ella lo trajo a la realidad. No podía perder más tiempo regodeándose en su miseria. Tenía que mantenerse cuerdo para ayudarla. Así que dejó de lado sus miedos y se enfrentó al espeluznante cuadro que representaba Hermione ahora.
Una vez que iluminó la tienda, quitó toda la tela quemada que pudo de la espalda de Hermione y le lanzó un suave aquamenti para limpiar el hollín y la ceniza que pudiera encontrar. Las heridas no se veían bien así que decidió limpiarlas lo mejor posible y luego extender el ungüento antiséptico que ella había usado en sus heridas de flecha. Evitar infecciones era su mayor prioridad ahora.
-Lo siento Hermione, siento haberte enviado a Uppsala. Debí haberte hecho caso. No debimos salir de aquí en primer instancia. Por favor perdóname, perdóname…
Entre suplicas y disculpas, Draco repitió la rutina de limpiar las heridas, esparcir ungüentos antisépticos y hechizarla para que no sintiera dolor cada pocas horas, durante los primeros dos días. Al tercer día, cuando la fiebre inició, Draco comenzó a plantearse la posibilidad de que él estaba haciendo algo mal y por eso ella no parecía mejorar. Seguía viéndose pálida, su espalda comenzaba a sanar pero su fiebre no cesaba y no despertaba. Él incluso había recogido nieve para intentar que la temperatura de Hermione bajase. No sabía cómo ayudarla y había comenzado a sentir miedo de perderla.
-Por favor Hermione, despierta ya. No sé qué hacer realmente sin tu ayuda. Habíamos establecido que yo era la cara bonita y tu el cerebro de esta operación.
Durante los últimos tres días él había permanecido sentado junto a la mesa donde ella se mantenía inconsciente y solo se había alejado lo suficiente como para recoger nieve fresca o buscar algún objeto necesario para atender las heridas de Hermione. En ese tiempo él casi había enloquecido.
Antes de esa misión él solía decir que le gustaban las mujeres silenciosas, que no rebatían sus puntos de vista y que eran sumisas. Pero todo era diferente cuando se trataba de ella. En esos meses que llevaban trabajando juntos, él había aprendido que no le disgustaba perder una discusión si era contra ella. Que le gustaba hacerla enojar porque sus ojos brillaban como dos ascuas ardientes cuando lo hacía y que el café sabía mejor si lo compartía con ella mientras charlaban de todo y nada. La necesitaba. Necesitaba oír su voz, necesitaba que lo mangoneara. Que le dijera que era un idiota. Que lo besara y que lo dejara hacerle el amor.
Esa mañana él había decidido trasladarla a una de las camas de la tienda y vestirla con un camisón de una fina tela que no supo identificar. Gracias a sus cuidados y a los ungüentos las quemaduras de la espalda apenas se notaban y solo una pequeña marca sonrosada permanecía. Ella debería haber despertado ya y no debería tener fiebre pero ninguna de las dos cosas parecía cambiar.
Presa del terror, él probó por primera vez el hechizo enervate y cuando fracasó gritó de frustración. Llevaba cuatro días en aquella situación, sin comer o dormir, solo velando por el bienestar de Hermione y ya no tenía más ideas de que debía hacer para despertarla.
- maldita sea Granger. Hay cadáveres pudriéndose a unos cuantos metros de aquí. Los buitres y los cuervos intentan atacarme cada vez que intento asomar mi nariz fuera de este sitio. ¿Puedes despertar?, no quiero seguir hablándole a alguien inconsciente. Tengo miedo de enloquecer. Despierta maldita sea. Despierta por favor.
Después de su rabieta, él siguió atendiendo a Hermione. Debido a la fiebre y a lo que sea que ella había pasado mientras estuvieron separados, sus labios se habían agrietado hasta casi sangrar, así que Draco se había entregado a la tarea de humectarlos cada tanto. Una de las cosas que más le gustaban de Granger eran sus labios y verlos resecos y partidos hacia que todo se sintiera aun peor.
Luego de colocarle aquella cosa que ella usaba para que sus labios se vieran como fresas maduras, él decidió besarla. En poco tiempo se había vuelto adicto a ella y tenerla tan cerca pero sin poder tocarla era un calvario. La extrañaba con una locura que no podía explicar aun.
- ¿Sabías que besar a alguien inconsciente es ilegal en muchos países?
Cuando oyó su voz ronca, por la falta de uso, mas lagrimas acudieron a sus ojos y la estrechó con fuerza debido al alivio que sintió al darse cuenta que ella había regresado a él. Que no la perdería.
- Despertaste. Dime que no es una broma cruel.
- Dra… Draco me asfixias.
La soltó y volvió a besarla con urgencia renovada.
-No vuelvas a dejarme Granger. No vuelvas a hacerlo porque juro que enloqueceré sin ti.
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Dato 1: Uppsala fue incendiada por Ingold pero lo de la gente encerrada fue un poco de crueldad salida de mi propia cosecha, ya que no encontré tanta información como esperaba sobre ese momento.
Dato 2: La mayoría de la música que me acompañó mientras escribía la ventana de los vikingos fue cortesía de Peyton Parrish, por si a alguien le interesa.
N.a: ¡PERDON POR LA DEMORA!, tuve la semana más loca y ocupada de mi vida y terminar este capítulo fue casi una odisea. Espero que les haya gustado. Como ven no hubo guerra para Draco esta vez aunque tampoco fue un momento fácil. Gracias por cada comentario y perdón por no darles una isla desierta a nuestros protagonistas. Eso no sucederá en este fic, lo siento. Ahora sí, sin más, ¡HASTA LA PROXIMA!
