Capítulo 2

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A pesar de ser conocidos en el pueblo, Kenshi, para proteger a su familia, ordenó que si algún extranjero preguntaba por los dragones les dieran la explicación de una antigua leyenda nipona.

"Los Koi, al lograr subir una cascada, se transforman en dragones"

Kanya era uno de los forasteros que oyó la leyenda que se volvió realidad. Desde hace años partió de Tailandia, recorriendo el mundo hasta que en Mongolia se enteró de los dragones que vivían en un condado de Japón, por lo que su curiosidad fue superior e hizo que emprendiera viaje al país asiático. Le tomó algunas semanas llegar finalmente a Hiroshima, donde comenzó a hacer preguntas en un apenas entendible japonés respecto a los ansiados dragones. Siguiendo las órdenes de Kenshi todos respondían que era una leyenda, nada más. No les pareció raro que preguntara, cada tanto aparecía un nuevo curioso, algunos eran más persistentes que otros, pero al final todos se terminaban yendo, dado que no encontraban pruebas, incluso se tomaron la tarea de vigilar a los peces Koi pero ninguno lograba subir la cascada.

Kanya estaba resultando ser particularmente testarudo y aun cuando nadie le decía nada nuevo todavía no se iba. Fue por pura casualidad que esa tarde, casi a punto de anochecer vio algo en el cielo, demasiado grande para ser un ave y de color negro, resaltando entre los tonos rojizos del atardecer.

El hombre tailandés corrió hasta un claro donde había un lago no muy grande, ahí fue donde lo vio: desde la distancia se veía como una figura humanoide, había suficiente luz para detallarlo a consciencia; alas como las de un murciélago, larga cola estilizada y brillantes escamas negras recubriendo toda la piel pero lo que más impactaba eran esos ojos amarillos que resaltaban en la noche.

Después de volar un largo rato sin rumbo fijo, Klaus por fin se permitió aterrizar en el lago cerca de la casa Feudal, se envolvió a si mismo con sus brazos para evitar el frío. No quería volver a la casa todavía. Ver a Michelle acompañado de ese joven le llenaba de sentimientos contradictorios, estaba feliz porque su niño creciera y se relacionara con otros jóvenes pero al mismo tiempo se sentía receloso de dicha compañía. Se sentó en la hierba cerca del lago para mirar las estrellas, no se molestó en esconder las alas puesto que a esa hora no habría nadie rondando el bosque, o eso era lo que él creía.

Kanya avanzó a través de los arbustos, receloso. Se colocó los binoculares al cuello, rebuscando la cámara para tenerla lista. Sin darse cuenta, pisó una rama caída haciendo ruido. Kanya siseó, quedándose enteramente quieto, alerta a algún ruido de escape.

Alertado por el fuerte ruido Klaus se puso alerta, escudriñó en la oscuridad hasta ver una figura agazapada entre los arbustos. Con pasos amenazantes, se dirigió en esa dirección. Kanya tembló en su lugar. La criatura era tan alta como un humano, no, tenía la figura de un hombre. Pero... ¡Él estaba seguro de haber visto a la criatura ir por ese lado!

—Alto, amigo, tranquilo. —Kanya buscó su linterna y la encendió. Al apuntar a Klaus y ver su aspecto, no pudo más que gritar mientras soltaba la luz. Él era... era...

—¡Silencio! —siseó Klaus, cubriéndole la boca al desconocido, su oídos sintiéndose adolorido por el grito. Con su cuerpo inmovilizó a Kanya contra uno de los árboles—. ¿Quién eres? ¿Por qué estás invadiendo los terrenos del Señor Feudal?

—Y-yo... estaba... —Con ayuda de la luz de la linterna, Kanya podía vislumbrar el contorno de la figura de Klaus, y sin duda tenía un par de extremidades extras que un humano normal no tendría. Temblaba bajo su agarre—. M-me llamó Kanya, soy fotógrafo e in-investigador. Vine por los rumores que rondaban de unas... unas criaturas.

Entonces el dragón vislumbró la cámara que colgaba en el cuello del hombre. Con sus garras cortó la correa, atrapó la cámara antes de que callera al suelo.

—Aquí no hay nada que ver. Márchate por dónde has venido.

—¡No! —Kanya estiró las manos, en un intento de recuperar el aparato. Solo por el gruñido de Klaus volvió a quedarse quieto—. Por favor, por favor, ahí está el trabajo de mi vida. ¡N-no he tomado ninguna fotografía! ¡L-lo juro!

—Podrías estás mintiendo. —Frunció el ceño, desconfiado—. Vete de aquí. Te haré llegar la cámara con un soldado.

—¿P-pero cómo? Tú ni siquiera... —Kanya no estaba seguro de qué hacer. La lucha que tenía en su interior le superaba; por un lado no quería que algo le sucediera a su cámara, le había tomado años poder obtenerla, su sentido común le gritaba que se marchara y esperase que la bestia frente a sí cumpliera su palabra; en el lado opuesto, no quería irse. No sin la cámara. No sin obtener una pizca de información. Estaba arriesgando mucho, lo sabía, pero no podría irse después de lo tanto que le costó llegar a Japón y más por un simple susto—. Entonces... debes entenderme. Lo mismo siento yo al respecto. —Trató de aparentar seguridad, fallando estrepitosamente—. He venido desde muy lejos para ver a la cria- ti. —Se corrigió—. Verte a ti... Para un investigador novato como yo, esto significa mucho...

—¿Exactamente que planeas hacer? —interrogó Klaus con los brazos cruzados y la cámara colgando descuidadamente de su mano—. Ya me has visto. ¿Pretendes exponerme? ¿Fotografiarme para que todos me vean como un animal de circo?

—¡No! —Se apresuró Kanya a responder, no quería hacer nada de eso si causaba alguna reacción desfavorable en Klaus—. Yo trataba... ¿Cómo es que...? ¿Eres en verdad... humano? —Kanya le dio una nueva mirada a Klaus. Una parte de él pensaba que no iría a encontrar nada, que solo confirmaría que todo lo que había oído eran mentiras, pero no fue así, y ahora estaba delante de una criatura que… no podía adivinar qué era exactamente. Parecería un hombre común y corriente, europeo en tierra asiática por los rasgos que podía notar, con la diferencia que gran parte de su cuerpo visible tenía rasgos tan anormales que le hacían ver como si fuera una extraña combinación entre un gran lagarto con alas y un hombre—. ¿Cómo… te pasó esto?

—¿De verdad quieres saber? —Sonrió de lado, mostrando parte de su puntiaguda dentadura—. Si te lo digo, no podré dejarte ir —advirtió—. No puedo arriesgarme a que salgas Hiroshima con tanta información.

—Tienes mi palabra de que no lo haré. No me iré sin mi cámara y... —Sus manos se cerraron en puños—. Confesaré que vine esperando encontrar una criatura tan sobrenatural como los rumores prometían que sería, sin embargo… nunca esperé verte a ti —completó—. Admito que trataba de espiarte, pero no estaba seguro de…lo que eras. —Le preocupaba causarle alguna ofensa y decidiera cobrársela. Continuamente los ojos oscuros de Kanya se desviaban a las mortíferas garras del espécimen frente a él. Tragó en seco—. Pero tienes mi palabra. Mi honor. En esta tierra, valoran eso, ¿no? —Estiró la mano—. Por favor.

Klaus pareció meditarlo. Con los brazos aún cruzados, y erguido en toda su estatura, ese desagradable escalofrío le recorrió la espalda recordándole que ya era tarde y si se quedaba afuera por más tiempo le costaría mucho entrar en calor.

—Bien. Acepto tu palabra. Si quieres saber más, vuelve mañana. —Dejó la cámara en manos de Kanya—. Nadie debe enterarse de esto.

—¿En... en serio? —Más allá de alegrarse de que le devolvieran la cámara, Kanya estaba sumamente alegre de oír a la criatura decir que le esperaría mañana—. Eh... —Con un torpe movimiento que casi resbala la cámara de su mano, Kanya estiró el brazo—. So-soy Kanya. Soy Kanya. Sé que ya lo dije pero... n-no dijiste el tuyo. No hay problema, no muerdo. Bueno, creo el que mordería serías tú pe-pero... ya entiendes... ¿eh?

El alemán bufo, negando con la cabeza. Definitivamente este hombre no era una amenaza, tartamudeaba tanto que era difícil comprenderle cuando intentaba hablar en japonés.

—Me llamo Klaus. —Se presentó finalmente, estrechando la mano ofrecida.

—Klaus. No eres de aquí, ¿eh? —Se sorprendió al captar los fríos que eran sus dedos y mano—. ¿Estás bien? El clima no está frío pero tu mano... está helada.

Dándole la razón a Kanya, Klaus metió sus manos dentro de los bolsillos del pantalón.

—Tengo que volver. Vuelve aquí al amanecer —instruyó mientras salía de los matorrales para estirar las alas, volando llegaría más rápido a casa.

Kanya se quedó mirando la figura de Klaus hasta que desapareció, hasta que ya no pudo verlo más. Entonces se deslizó hasta el suelo, importándole poco quedarse ahí solo, en la penumbra. Busco su linterna, guardo su cámara y binoculares, y nuevamente se quedó quieto.

Lo había visto.

La criatura era real.

Se llamaba Klaus. Y era casi tan humano como él. Casi.

—Es tan increíble —suspiró a la oscuridad.

Klaus le había pedido volver ahí. Tenía la oportunidad de su vida para ser alguien, pero le dio su palabra de no revelar nada. A pesar de su ambición, Kanya cumpliría su promesa. Klaus era algo especial del mundo. No sabía cómo o por qué, pero era algo que... él debía proteger. Era una misión más importante que el reconocimiento.

Ocultar la existencia de Minegishi para los demás no duró mucho. Pronto los rumores llegaron a oídos de Ruslán y sus abuelos, y para su mala suerte, Kenshi no dejó de molestarle durante la cena hasta que ésta acabó. Estaban disfrutando un postre ligero y té antes de dormir cuando el tema regresó, esperaba, una última vez. Los nervios de Michelle –sin mencionar su vergüenza– estaban al límite.

—Debes traer a ese muchacho mañana mismo —insistía Kenshi, señalando al castaño—. Sea su hermano parte de la guardia o no, cada persona es independiente de sí mismo. No andarás con cualquier vago.

—No es un vago, y apenas lo estoy conociendo. Es muy pronto, se va a espantar.

—Pero, ¿significa eso que sí quieres algo grande con él? —curioseó Ruslán—. Es la primera vez que tienes novio.

—¡No somos novios! —repitió Michelle por enésima vez—. Solo... salimos y ya.

—Más le vale. Y por cierto, no quiero verlos tan juntos —dijo Klaus con el ceño fruncido. Estaba acurrucado junto a Irina, tenía una manta sobre los hombros y un té caliente entre los dedos.

—¿Todavía tienes frío? —preguntó preocupada la pelinegra.

—Pasaste mucho tiempo afuera —reclamó Vlad—. Fuiste descuidado. Sabes que no puedes estar afuera después del anochecer en ésta época del año.

Michelle se cruzó de brazos, enfurruñado.

—No estamos haciendo nada malo.

—¿Qué estuviste haciendo fuera para tardaste tanto? —preguntó Kenshi.

—Eso dices ahora —murmuró Irina a su hermano con una sonrisa malévola.

Klaus, en cambio, bajó la vista a su taza de té. Como parte de la seguridad del Señor Feudal era su deber notificarle a Kenshi sobre cualquier violación al perímetro, aunque Kanya en realidad no representaba ningún riesgo, tampoco quería hablar sobre su descuido al ser descubierto como un dragón por un extranjero...

—Alguien intentó colarse en el perímetro de la casa, por el lago. —Antes de que Kenshi preguntara, aclaró—. Un extranjero perdido. Se metió al bosque cuando estaba oscureciendo y no supo cómo regresar al camino.

Kenshi miró fijamente a Klaus, en tanto Michelle lo hacía con Irina.

—No vamos a hacer nada malo. Minegishi es... educado. Ni siquiera nos tomamos de las manos.

—Eso dices ahora —repitió Ruslán, apoyando a la única chica en la estancia—. Tarde o temprano siempre terminan dándose besos y ese tipo de cosas.

Kenshi, por otro lado, bajó la taza.

—Estas mintiendo. —Se tocó la nariz—. Tienes un ligero olor distinto. ¿Seguro que fue un extranjero perdido? ¿Cómo pudo terminar en el bosque por la noche?

—No estoy mintiendo. —No del todo, se dijo internamente—. Lo obligué a irse. Lo amenacé con destruir su cámara si no se iba.

—¿Cámara? —Irina dejó de molestar a su hermano para mirar a su papá—. ¿Por qué traería una cámara? —Klaus se encogió de hombros.

—No será uno de esos extranjeros que vienen por los rumores acerca del genoma y los dragones, ¿o sí? —interrogó Kenshi, volviendo a tomar su taza mientras le daba una profunda mirada a Klaus por sobre el borde—. Espero que no te haya visto con las escamas. Estaremos seguros mientras los rumores se mantengan en los confines de Hiroshima, e incluso más allá, en tanto no salgan de Japón.

Michelle se mostró preocupado.

—Pero, ¿en verdad es tan malo que los demás sepan? Abuelo... —se dirigió a Vladimir esta vez—, ¿no habías hecho el genoma para el mundo?

—No es posible hacerlo ahora. En Rusia creen que estoy muerto. —Comenzó a explicar Vlad.

Klaus aprovechó esa distracción en la conversación para no decir nada más sobre Kanya. Los chicos siguieron preguntando a Vladimir cosas y Kenshi también intervenía en la conversación de vez en cuando, para al llegar la hora de acostarse, nadie volvió a mencionar al supuesto intruso.

A primera hora de la mañana, Kanya volvió al lugar donde se topó con Klaus. No sabía si lo encontraría allí, si cumpliría su palabra, pero independientemente de eso, Kanya se presentó allí. Estuvo esperando un rato, hasta llegar a los terrenos de la casa feudal. Se mantuvo oculto, entre la maleza y a veces tras los árboles, viendo como fluía la rutina en la gran casona. Jóvenes sirvientas iban de un lado a otro con sábanas, cepillos, tinas, bandejas con comida; los soldados se preparaban para recorrer la zona.

Entones Kanya observó a un hombre con el cabello largo, de espaldas a él. Su aspecto le recordaba mucho a Klaus... ¿pero las alas? Kanya estaba seguro que Klaus tenía las alas. Salió de su escondite, importándole poco mostrarse a la luz del día en una zona donde no había tenido permiso de paso, y tomó el hombro del joven para voltearlo.

—Disculpa... —El resto de sus palabras murió en su boca.

Al alemán se le congeló la expresión en el rostro apenas vio a Kanya, ahí, donde todo el mundo podía verlo. Cubriéndole la boca, lo arrastró hasta una línea de árboles donde estaba seguro no sería fácilmente vistos, era un punto ciego que Klaus se encargaba de revisar.

—¿Te has vuelto loco? Te dije que fueras al lago —reprochó mirando a los lados para asegurarse de que no fueran vistos.

—¿Kla-Klaus? Pero... —ignorando lo que le había dicho, Kanya estaba más atento al aspecto tan... normal, tan humano, en el alemán que la advertencia. Por un momento, sino fuera porque Klaus aparentaba conocerlo, Kanya habría pensado que lo ocurrido la noche anterior fue un reflejo del cansancio—. No entiendo... eres... diferente. ¿Lo de anoche realmente ocurrió?

Los ojos verde pardo de Klaus miraron a Kanya con dureza. Si negaba el episodio de ayer, quizás el tailandés decidiera irse y no tendría por qué seguir ocultando cosas. Es más, no tenía idea de por qué lo estaba ocultando en primer lugar.

—Sí. Ocurrió —respondió al final—. Escucha, no pueden verte por aquí. Ve al lago, yo te alcanzaré en un momento.

—¿Por qué...? —Kanya no completó su pregunta, con solo ver la expresión de Klaus, decidió cumplir con lo que le pidió. Asintió una sola vez, y se giró para buscar el camino al lago.

Se quedó mirando a Kanya hasta que su figura se perdió entre los árboles. Con la llegada del tailandés pensó que era hora de plantearle a Kenshi construir un muro o algo así que rodeara el parte del bosque. Si un extranjero podía entrar tan fácilmente por la zona boscosa si ser notado, entonces estaban expuestos. Por el momento tenía que organizar a los hombres para que hicieran rondas en esa zona.

Se encontró en el lago con Kanya media hora después. Tuvo que volver a la casa para buscar un segundo abrigo, de pronto comenzó a soplar una brisa fresca que le hacía estremecer. Kanya se levantó de un salto al verlo llegar, apenas sacudiendo las briznas de hierba de su ropa.

—Llegaste... Tú... ¿Así es como te ocultas? ¿Luciendo normal a plena luz, y por las noches tienes ese aspecto tan...? Bueno... —Kanya tenía problemas para hallar una palabra adecuada y que no causará indignación en la otra persona—. Es muy... eh..., muy...

—No soy una criatura mágica, si es lo que estás insinuando. —Frunció el ceño—. Y no me oculto. Vivo aquí.

—Pero no lucias así anoche. Tenías... cosas en el rostro y las manos, y... y alas y... cola... ¡volabas! —Kanya le recorrió de cabeza a pies, y de regreso—. Incluso tus ojos son diferentes...

—Es porque sigo siendo humano...casi. Es complicado de explicar pero yo era humano. Luzco normal porque puedo retraer las alas y la cola.

De verdad. ¿Por qué estaba dándole toda esa información a un desconocido? A un desconocido que había confesado querer fotografiarlo, aunque la cámara no estuviera a la vista en ese momento, concluyó después de un segundo vistazo.

—¿Cómo? —Kanya se acercó hasta apenas haber un espacio entre ambos, observándolo más de cerca. Lo rodeó—. Si dices que antes eras humano, ¿cómo ahora eres un... híbrido? ¿Eres el único así? —Kanya finalmente se posicionó frente a Klaus, y retrocedió unos pasos—. Antes... ¿por qué nadie más debe saber que yo...?

—Ayer violaste el perímetro de los terrenos de la Casa Feudal, sin mencionar que me viste. Mi deber era arrestarte, en cambio te dejé ir. —Frunció el ceño ante su propio proceder estúpido—. Si te encuentran caminando por ahí tan campante, se darán cuenta de lo que hice...o más bien no hice.

—Oh... —Kanya se sonrojó un poco. Sí, ahora que había descansado se dio cuenta de su terrible acción pero no podía sentirse culpable. Eso le llevó a poder conocer a la criatura de la que tanto hablaban los rumores..., no, no la criatura. Klaus—. ¿Por qué lo has hecho? No me malentiendas. —Levantó ambas manos—. Estoy agradecido con eso, pero tú mismo lo has dicho... no debiste hacerlo. El punto es... ¿por qué?

Desvió su mirada de Kanya.

—No lo sé. —Un suave rubor subió a sus mejillas por la patética respuesta—. Sé que no eres una amenaza, y si en realidad intentaras vender información sobre nuestras defensas o puntos ciegos, no hubieras vuelto.

—¿En verdad crees eso? —Kanya se sentía feliz de tal confianza—. Es decir, me conoces de ayer, y... y podría ser cualquier persona, buena o mala, aun así me permitiste irme, me permitiste volver. Relatas algunas cosas de cómo eres... ¿y en verdad no temes que lo diga a otra persona, en algún momento? Es... es un honor.

En realidad, Klaus se sentía bastante seguro de poder hacerse cargo de Kanya si es que resultaba ser un traidor o intentaba atacarlo. Su entrenamiento diario con el resto de soldados le daba esa confianza, y él por sí mismo era bastante mortífero si se lo proponía sin mencionar que Kanya se veía un poco...débil, pero no iba a mencionarle nada de eso. No creía que nadie se tomara de buena manera un comentario como ese.

—Sólo no hagas nada por lo que deba arrepentirme, de acuerdo. —Sonrió de lado, mostrándose un poco menos tenso.

—No lo haré. Yo..., gracias —murmuró Kanya, aliviado y agradecido con la confianza plena que le daba la persona frente a sí—. Entonces... ¿naciste así o... te hicieron así? —Trató de hacer conversación, la curiosidad en su tono—. Pareces dirigir a los guardias o algo así, ¿eres algún jefe? ¿Ellos saben que eres...? Em..., no sé cómo... ¿una quimera? —cuestionó nervioso, dudoso además de qué tipo de ser era Klaus realmente.

—Quimera...es una manera interesante de llamarlo. Mucho mejor que fenómeno. —Caminó hasta la orilla del lago, sentándose en el pasto justo bajo un rayo de sol que se filtraba entre la copas de los árboles—. Todos en Hiroshima lo saben. Les llevó un tiempo acostumbrarse a mí.

Kanya se sentó a su lado, contrario a Klaus buscando un lugar con sombra.

—¿Cómo fue que llegaste aquí? No eres... Eres de occidente. ¿Vienes de Europa o algo así?

—Nací en Alemania. Aunque hace mucho tiempo que no me siento parte de ese país. Japón es mi hogar. —Era una buena manera de decirlo, sentía más amor por Japón que por Alemania o Rusia—. Llegué cuando tenía apenas 18 años. El Señor Feudal en ese entonces me propuso quedarme si me unía a sus filas. Desde entonces he vivido aquí.

—Yo... nací en Tailandia. Sí, lo sé, lejos de Japón, ¿eh? —Kanya tomó una piedra que estaba a su lado, y la lanzó al lago—. Fui periodista unos pocos años en mi país y luego... conocí a un investigador, un hombre muy... peculiar. Creo que estaba loco... Era nómada, estaba de paso por Tailandia y yo, yo quise seguir tras él. Abandoné y todo, lo acompañé por un tiempo y luego el hombre... murió. —Kanya tomó un largo respiro, alzando la mirada al cielo—. Decía que en este mundo aún hay muchas cosas que encontrar, que aún guardaba secretos por descubrir. Tenía razón... —Permaneció unos segundos en silencio—. Llegué a la capital de Japón hace un mes, viajaba por los condados de Osaka cuando escuché los rumores sobre ti. Debo admitir que estaba un poco... incrédulo.

—Debe permanecer como un rumor poco creíble. Fue una época dura, cuando llegué a Japón —aclaró—. Llevaba varias semanas sin rumbo fijo, viviendo de lo que pudiera cazar o robar. Las noches heladas eran casi mortales, más de una vez pensé que no sobreviviría la noche. —No debería estarle contando eso, era algo tan personal, nadie lo sabía, sólo con Yuki—. En esa época no podía ocultarme.

—¿Qué hay de tu familia? —Kanya lanzó una última piedra al lago, y al no tener nada más cerca, se inclinó, apoyó los codos en sus rodillas—. ¿Estás solo? Me refiero, ¿hay más como tú o... eres el único así?

—¿De verdad crees que te voy a decir eso? —Imitó la postura de Kanya—. Tengo el presentimiento de que me estás investigando.

Kanya mostró un pequeño puchero en molestia, pero no podía culpar a Klaus en seguir desconfiado.

—Bien, supongo que es comprensible que no quieras... decirlo. Yo solo..., tenía curiosidad. No importa, está bien. Bueno, así que... ¿eres parte de la guardia del señor feudal? Ahora que lo noto, si eres alemán, ¿cómo hiciste para comunicarte? ¿Ya sabías japonés?

—Absolutamente nada. —Rió al recordar esa época—. Además del alemán, tan sólo conocía el ruso y el inglés. Por suerte uno de los soldados que me apreso hablaba inglés y nos pudimos comunicar. —Alejó su mente del primer recuerdo de Yuki que tenía apenas despertó atado en la silla en esa celda—. El anterior Señor Feudal era ambicioso y vio en mí una ventaja contra el ejército americano. Me acogió entre sus hombres a cambio de casa, comida y calor.

—¿Y el actual no lo es? —Kanya echó un vistazo hacia el camino que dirigía a la casa principal—. Bueno, supongo que deben tratarte bien después todo si no has querido marcharte. —Kanya volvió a mirar a Klaus—. ¿Jamás has temido que, no sé, te traicionen o algo así? O alguien del pueblo, incluso. ¿Cuántos años llevas en Japón?

—Kenshi es ambicioso pero se preocupa por las personas. No se deja manipular, se preocupa por Hiroshima... —Realmente pensaba todo eso de Kenshi. Puede que tengan sus diferencia pero podía reconocer todo el bien que hace por su condado—. Han pasado 17 años desde que llegué. Estoy a gusto aquí.

—Vaya... —Kanya silbó, asombrado. Más de una década ahí era mucho tiempo—. ¿Nunca has pensado en volver a tu antiguo hogar o irte a otro sitio?

—No estoy interesado en ir a otro lugar. —No podría separarse de Japón, todo lo que amaba estaba ahí; sus hijos, su familia. Yuki—. Japón es mi hogar, todo lo que amo está aquí.

—¿Todo lo que amas? —Eso llamó la atención de Kanya—. ¿Cómo qué, formaste una familia aquí? —Y ladeó un poco la cabeza. No le parecía imposible en una persona, tomando en cuenta el tiempo que Klaus tenía allí, pero no había dado una mención directa de que lo tuviera. Hasta ahora. En realidad, Klaus saciaba su curiosidad en cucharadas muy pequeñas.

Pasaron bastante rato hablando, Kanya no tenía ningún reparo en hablar sobre su vida y sus viajes en general. Klaus, en cambio, era más reservado aunque conforme pasaba el tiempo se iba relajando en la presencia del tailandés.

Se dio cuenta de lo tarde que era cuando escuchó a lo lejos el sonido de los hombres entrenando. Estaba tan entretenido hablando con Kanya que no notó lo rápido que pasaba el tiempo. Justo cuando le dijo que era hora de irse, se sorprendió cuando Kanya le preguntó si podía volver de nuevo.

—¿Por qué quieres volver? —Arqueó una ceja bastante confundido.

—Es gratificante hablar contigo —dijo sin pena alguna. Se levantó, apenas sacudiendo las briznas de hierba que se le pegaron al pantalón—. Me gustaría poder verte mejor, al día, con tus... —Hizo un gesto a todo su cuerpo.

Klaus se mordió el labio inferior, poco convencido, pero llegados a este punto no tenía sentido mostrarse pudoroso respecto a sus escamas.

—De acuerdo. —Suspiró—. Vuelve mañana, y recuerda: no deben verte.

—De acuerdo. Tranquilo, me mantendré oculto. —Kanya dudó un momento, pero solo se atrevió a darle una palmada en el hombro antes de tomar un camino diferente que le llevará al pueblo.

En el momento en que Klaus salió del bosque minutos después, la voz de Michelle le llamó desde un lado de la casa.

—¿Papá? —Michelle dirigió una mirada corta al camino por el que salió Klaus—. ¿Qué hacías en el bosque? Pensé que estabas entrenando a los soldados...

—Estaba...calentando mis escamas. —Trató de mostrarse sereno ante Michelle, su corazón latía apresurado por el susto que Michelle le dio—. Estaba por unirme a los soldados.

—Oh... Bien. —Una de las orejas de Michelle se movió, pero no dijo más al respecto y se acercó a él—. Voy a estar por el pueblo con Minegishi. Quería avisarte que no vendré para el almuerzo.

—¿Otra vez? —Frunció el ceño ante esa noticia—. ¿No crees que estás pasando demasiado tiempo con ese muchacho? Ni siquiera ha tenido la decencia de presentarse apropiadamente. —Se cruzó de brazos—. No me agrada ese muchacho.

—¿Pasar mucho tiempo con él? Papá..., apenas lo veo unas cuantas veces a la semana desde hace dos semanas. Soy yo quien no lo ha querido presentar porque sé cómo se ponen los abuelos y tú, lo van a molestar y te pondrás a gruñir justo como ahora. —Michelle lo imitó, cruzando sus brazos también—. Ni siquiera lo conoces aún, ¿cómo puedes decir que no te agrada?

—Soy tu padre, y si digo que no me agrada es por algo. tienes que obedecer. —¿Desde cuándo Michelle lo cuestionaba? Debía ser mala influencia de ese joven.

—Solo a ti no te agrada, no es justo. Él no ha hecho nada malo, y ni siquiera le has dado una oportunidad. —¿Por qué su padre le tenía tanta aversión a Minegishi?—. Estás siendo intolerante, no todas las personas son malas.

Quiso expresar todo lo malo de Minegishi, disuadir a Michelle de que era malo pero...

—Está bien. No tengo nada. —Hizo una mueca disconforme—. Me da miedo que te encariñes con él y poco a poco te alejes de nosotros... De mí.

Las orejas de Michelle se aplanaron, en tanto su cola se metía entre sus piernas. Al oír eso, Michelle entendió sus sentimientos. De inmediato se acercó a Klaus y lo abrazó, apoyando su rostro en su pecho.

—Papá, no importa qué, siempre estaré contigo y los abuelos. Eres mi papi, no voy a abandonarte sin importar que tenga o no pareja. —Apretó más el abrazo—. Te quiero.

Klaus ronroneó, apresó a Michelle entre sus brazos disfrutando de la cercanía de su bebé.

—Ve con Minegishi —dijo después de darle un beso en la frente—. Cuídate, y recuerda volver para la hora del almuerzo.

Michelle quiso recordarle que no podría estar para entonces, pero...

—Claro, papá. —Michelle lo pensó unos cinco segundos—. Avisa que pongan un plato extra. Le... diré a Minegishi que nos acompañe. Solo... promete que tío Keso y tú se comportaran.

—Sí, claro. No cuentes con eso. —Se despidió de su hijo con una gran sonrisa. Debía relajarse. Michelle apenas estaba entrando a la pubertad y debía ser paciente con él y apoyarlo. Quizás que tuviera un novio no fuera tan malo.

Suspirando, Michelle se alejó para reunirse con Minegishi y pasar las siguientes dos horas antes del almuerzo con él. Como tantas otras veces, estuvo entretenido a su lado. Incluso estuvieron un rato en el bar de Jim donde el hombre les dio a probar unos nuevos batidos que preparó esa mañana.


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