Capítulo 4
.
.
De regreso a la mansión feudal, Michelle buscó a Klaus y le explicó lo que había hecho respecto a hablar con Kanya. En seguida se disculpó por la discusión que habían tenido, comprendiendo que había sido muy egoísta y el error de sentirse traicionado por algo que, independientemente, su padre no había hecho en absoluto. Klaus al principio se molestó un poco pero no hizo mayor escándalo, cuando se enteró de que Irina le ordenó a Kanya aparecer durante el almuerzo sí mostró su descontento.
A pesar del regaño recibido, la joven no se amedrentó.
Kanya durante el almuerzo estuvo nervioso. No pensó, jamás se le ocurrió, que Klaus estaría emparentado con el encargado de ese condado, era casi como un gobernador en la zona. Lo que más le extrañaba era que estuviera casado con otro hombre, sin mencionar que el niño que presentaron como su hijo tenía las características de ambos. Kanya quería, mucho, preguntar si en verdad dos hombres podrían tener hijos, no terminaba de creerlo no estaba seguro de qué pensar al respecto. No se atrevió a tocar el tema, y ellos parecían poco interesados en hacerlo también, en cambio se dedicó a hablar de sus exploraciones e investigaciones, algo que pareció interesar al ¿esposo? del gobernador.
Después de ese almuerzo, Klaus no volvió a ocultar sus encuentros con Kanya, ahora no sólo se reunían en las mañanas, se encontraba también antes del anochecer cuando Klaus ya había terminado con sus labores y en diferentes sectores del pueblo. Hubo una ocasión en que Klaus llevó a Kanya al templo abandonado en la montaña no muy lejos de la casa Feudal.
Dicho templo asombró tanto al extranjero que no dudó en tomar fotografías de la construcción y de algunas plantas que no había visto por los alrededores. Si bien el lugar estaba completamente deshabitado, lo que más sorprendía a Kanya era el buen estado en que se hallaba, estremeciéndose al pensar que tal vez los antiguos monjes pudieran estar cuidando del lugar desde la muerte.
Kanya permaneció en Japón unas pocas semanas más, los últimos días casi no iba a los encuentros con Klaus, desaparecía por dos días seguidos, a veces más, incluso ni Jim sabía que había sido de él. Kenshi se atrevió a sugerir que tal vez planeaba algo, lo que hizo crecer la sospecha en todos de que probablemente el hombre no era de fiar como quiso dar a creer.
Unos pocos días después, Kanya apareció como tantas otras veces en la casa Feudal, buscando a Klaus. Cojeaba un poco al caminar, y al visualizar al alemán, levantó una mano en saludo mientras sonreía.
—Hola... —Avanzó otro par de pasos—. Lo siento, no había podido venir. ¿Todo bien?
—¿Es en serio? —preguntó Klaus, mirándolo incrédulo. Había desaparecido por dos días ¿y le preguntaba a él si estaba bien?— Estás cojeando. —Ayudó a Kanya a caminar dentro de la casa Feudal—. ¿Qué te pasó? —Un criado pasó junto a ellos, lo instruyó para que buscara a Vladimir.
—Ah, tranquilo. Fue solo una torcedura o algo así. —Kanya hizo un sonido de dolor cuando apoyó más de lo que debería en su pie—. Me quedé sin dinero así que encontré un trabajo rápido a unos kilómetros. Lo siento, no me dio chance de decir nada. Creo que me torcí un poco el talón al bajar del caballo al llegar...
—Si necesitabas dinero me hubieras dicho —regañó suavemente. Llegaron a uno de los salones para invitados, Klaus permitió a Kanya sentarse ahí mientras esperaban a Vladimir para que atendiera su torcedura.
—No, no. Se supone que soy adulto, e incluso mayor que tú, debería ser capaz de arreglármelas solo. —Dejó ir un suspiro de alivio al sentarse—. No quiero deberte nada. Ya le debo a Jim tres noches. Y pude hacer el trabajo. —De su bolsillo sacó unos cuantos yenes, no era mucho pero sin duda lo mantendría unos días—. Arrear unas cosas y cortar leña. No fue tan difícil como esperaba. —Miró preocupado a Klaus—. Siento haberte dejado solo.
—Entiendo que quieras mantenerte con tu propio esfuerzo, pero si me hubieras dicho te habría conseguido un trabajo sencillo en la casa feudal. —Dado que Vladimir todavía no llegaba, optó por quitarle el calzado lo más suavemente que pudo—. Está hinchado. —Señaló el tobillo.
—Sí, bien, es que... Auch. Yo creo que no le caigo muy bien al gobernador. —Bajó la voz hasta volverla un susurro—. Tiene una mirada un poco extraña cuando me ve. Preferí no causar problemas. Además, encontré una flor extraña por los alrededores, no fue tan malo... Excepto esto. —Indicó hacia su tobillo. En verdad no se veía bien.
—Sólo está tenso porque no saben si confiar en ti —desestimó el alemán—. Si quisieras traicionarnos ya lo habrías hecho hace semanas. —Miró fijamente a los ojos a Kanya. A pesar del voto de confianza, quería tener una confirmación de que no tomó la decisión equivocada de confiar en él.
—¿Traicionarlos? —Kanya lucía desconcertado—. Bueno, supongo que no puedo culparlo. Es una responsabilidad grande... Como ya dije, no pienso hacerlo. Es algo in-increíble y, y agradezco el honor de tu confianza.
—Lo sé —murmuró bajando la mirada, una media sonrisa curvando sus labios—. Es un poco difícil confiar en las personas pero creo que contigo no hay ningún peligro.
—¿Fue igual a cuando conociste a tu esposo? —Trató de hacer memoria—. Yui, ¿no? Yui, Yuki, ¡Yuki, perdón! —Le detuvo, sonrojado por su error—. Yuki. ¿Tampoco confiabas en él cuando lo conociste?
—Al contrario. —Apenas mencionó a Yuki, su mirada se volvió nostálgica—. Era él quien desconfiaba de mí. Comprensible, tomando en cuenta que estaban en guerra y mi aspecto no era el mejor. —Se señaló el rostro—. No podía esconder las escamas y mis ojos amarillos asustaban a los pueblerinos.
—¿En verdad? ¿Por qué no? —Kanya estiró la mano para posarla en la mejilla de Klaus—. Ahora luces totalmente normal. —Le hizo girar el rostro de un lado a otro—. Si te viera sin saber nada, creería en serio que eres un humano normal. ¿Cómo lidiaron con eso?
—Bastante mal. La mayoría de los japoneses me miraba con desconfianza. —Se estremeció al sentir el toque de los dedos callosos—. Tampoco sabía nada de japonés, así que no podía comunicarme con la mayoría de las personas. Yuki, por suerte, hablaba inglés. Creo que ese fue el principal motivo por el que lo designaron como mi guardián.
—Vaya, e imagino que de ahí comenzó el contacto. —Kanya apartó la mano al sentir el estremecimiento, creyendo que su toque fue un abuso—. Lo siento. Eh, y... ¿y luego qué? Es decir, ahora todos te toman por uno más, ¿no? ¿Él tuvo algo que ver? Yuki, me refiero.
—Algo así. Al principio lo confundí con una chica. —Se le escapó una sonrisa—. Tenía un olor muy dulce. No sabía que un hombre podía oler de esa manera hasta que lo conocí.
—¿Olor? Ah, cierto que me contaste que puedes sentir los olores. —Kanya suspiró—. ¿Qué olor era el mío, canela?
De improviso, Klaus de acercó a Kanya, invadiendo su espacio personal, hasta que la punta de su nariz tocó la cálida piel debajo del lóbulo de su oreja, donde la sangre circulaba con más fuerza.
—Hueles como la tinta.
Todo el rostro de Kanya se tiñó de rojo por la vergüenza, y en un intento de alejarse para establecer distancia se Klaus, su respiración y lo mucho que alteraba su ritmo cardiaco por alguna extraña razón, su pie se deslizó del cojín en la que estaba y chocó con el suelo, arrancándole un grito agudo.
—¡Maldi...! Diablos, eso... —Se le escaparon un par de lágrimas—. Lo siento, es que tú, me tomaste por sorpresa y yo... Duele.
—Klaus. ¿Qué le estás haciendo a mi paciente? —Vladimir por fin llegó al salón y lo primero que escuchó fue el quejido de Kanya.
—No le hice nada —se defendió el pelinegro.
Bufando, Volsk de acercó al tailandés.
—¿Cuál es tu dolencia?
Antes de que Kanya respondiera, Klaus se le adelantó.
—Llegó cojeando. Apenas puede mantenerse derecho al caminar, además su tobillo se ve horriblemente inflamado.
Asintiendo, Vladimir agarró el pie afectado con cuidado.
—Esto va a doler un poco —advirtió antes de presionar con sus dedos la zona hinchada
Kanya dio un grito pequeño, de inmediato tomó el brazo de Klaus para tratar de soportar cada vez que algún toque de Volsk le causaba un estallido de dolor durante el proceso de cura.
—Gra-gracias, señor, esto es ¡ay! —chilló.
—¡Vladimir! —protestó Klaus al ver que le estaba haciendo daño a Kanya.
—No lo estoy presionando tan fuerte —explicó el ruso, sus manos moviéndose con precisión clínica sobre el tobillo de su nuevo paciente—. No es un simple torcedura, pero tampoco un hueso roto, si fuera así no sería capaz de caminar.
—Entonces, ¿qué es?
—Un esguince —especificó, luego miró a Kanya—. Inmovilizaré tu tobillo, también necesitas reposo.
—¿Re-reposo? Pero... —Kanya se pasó las manos por el rostro, en especial los ojos donde sentía que había derramado unas pocas lágrimas por el dolor. No era muy tolerante al mismo—. No puedo... ¿Cómo podría trabajar cuando no...? Y... mis investigaciones...
—Tendrás que posponerlas. Si no te cuidas, está herida será peor. Hay que bajar la hinchazón. —Miró por las ventanas, chistó al ver el agradable clima de primavera—. Si estuviéramos en Rusia te diría que pusiera el pie un rato en la nieve. El frío ayuda mucho.
Kanya suspiró desalentado. No le agradaba en lo absoluto permanecer quieto en un sitio, le costaría mucho hacerlo.
—Yo... Sí. De acuerdo, se-señor Volsk. —Miró del ruso a Klaus—. Ten-tengo que regresar al bar de Jim. Pero ya le doy algo por su... Aguarde un momento. —Tanteó sus bolsillos en busca del dinero que había ganado—. ¿Dónde los puse...?
—No seas ridículo. No te voy a cobrar por eso —regañó el ruso—. También voy a hablar con Kenshi para que te dé una habitación. Necesitas tener reposo absoluto.
—Hay una habitación vacía cerca de la mía. —Vladimir asintió a las palabras de Klaus.
—De acuerdo. Llévalo allá. Yo iré por una férula para su tobillo. —Recogió las pocas cosas que había llevado—. Acomoda su pie en un ángulo de 45. Eso ayudará a bajar la hinchazón.
—¿Quedarme aquí? —Kanya negó—. Sé que... que debo tener reposo pero creo, en verdad, es demasiado. —Aferró la manga del suéter de Klaus—. Siento que estoy... es mucho abusar y yo...
—No es abuso, necesitas cuidados y recluido en la posada de Jim no descansarás apropiadamente.
Vladimir le dio la razón a Klaus con esas palabras.
—Llévalo a la habitación. No debe forzar el tobillo —instruyó antes de salir.
—Bien. Ya escuchaste. —Recogiéndose el cabello, Klaus se acercó a Kanya, pasó un brazo por debajo de sus rodillas y el otro por su espalda—. Aférrate a mí —le dijo antes de levantarlo en vilo.
—Ah, sí. —Kanya rodeó el cuello de Klaus con un brazo, no sabiendo qué hacer con el otro. Estaba incómodo siendo cargado de esa manera por otro hombre, en especial si era el alemán—. Gracias. Gracias... Pero me siento... en deuda con ustedes.
—No te preocupes por eso.
Klaus caminó tranquilamente por los pasillos de la casa Feudal, sus pasos resonando firmes en la madera.
Llegaron al mismo pasillo donde estaban las habitaciones de Klaus, Michelle e Irina, casi al final había una habitación en desuso. El alemán tuvo que dejar a Kanya en el suelo un momento mientras sacaba el futón y abría la ventana para que le ventilara la habitación.
—Klaus... ¿en serio estás bien con esto? Yo aquí... —Kanya bajó la mirada a su pie herido—. El gobernador no confía mucho en mí, los demás sé que están un poco recelosos a pesar de todo, y tú... me tratas diferente. No es por nada pero... siento que... me recuerda al cuento que me dijiste de cómo se conocieron Yuki y tú.
El pelinegro lo miró con una ceja arqueada.
—¿Desconfías de mí?
—¡No! No, no, no. —Kanya negó con ímpetu—. Siento que deberías desconfiar de mí como los demás, pero no lo haces, y... es muy desconcertante. ¿Realmente no crees que pueda hacer algo? ¡No es que lo vaya hacer, en lo absoluto! —Se apresuró a asegurar.
Aliviado con esas palabras, Klaus ayudó a Kanya a recostarse en el futón.
—Creo que ya hemos aclarado ese punto varias veces. —Buscó una almohada para poner bajo su tobillo—. En este momento necesitas cuidados. Como tu amigo me hago responsable por ti... —Miró a Kanya, preocupado. Quizás estaba malinterpretando algo—. ¿Somos amigos?
—¡Po-por supuesto que lo somos, sí! —Se apresuró Kanya en contestar. Nunca se atrevería a indicarlo antes, no sabía qué pensaba Klaus al respecto, pero se sentía aliviado de que lo haya dicho—. Gracias. Po-por todo. Hacía mucho que no, bueno, esto no es algo que me pase siempre. Un amigo, quiero decir. Ya sabes, nunca estoy en un mismo sitio durante mucho tiempo y... las plantas y animales no son muy buenos conversadores que digamos.
Ladeando la cabeza, el pelinegro miró a Kanya con una ceja arqueada.
—Lo he notado desde hace un tiempo pero no me atrevía a preguntarlo. ¿Eres tartamudo?
—So-solo cuando estoy nervioso. O ansioso, también. —Kanya bajó la mirada, jalando un poco la pernera del pantalón para que no rozara la venda—. Sé que pasa la mayoría del tiempo, e-en especial cuando estoy hablando con alguien. Ya lo he dicho. Pa-pasaba mucho en mis investigaciones.
—No tienes que sentirte nervioso conmigo. —Suavemente alejó las manos de Kanya para que no se tocara el vendaje provisional—. ¿Debería hacer algo para que dejaras de sentirte nervioso?
—¿Algo? ¿Cómo qué? —Kanya negó enérgicamente con las manos—. ¡No, no, no! Ya has, ya has hecho demasiado por mí. Está bien, está bien, no necesitas hacer más. Eso pro-pronto se me quitará, ya verás. —Kanya le cedió una sonrisa que esperaba calmara al alemán tanto como a sí mismo—. Eres una persona buena, y-y yo apenas he hecho nada para agradecerte.
—No necesitas preocuparte por mí —aseguró Klaus.
Poco después llegó Vladimir para aplicar una crema que ayudaría a desinflamar, es especialmente creada por Kenshi. También envolvió el tobillo lastimado con una férula para inmovilizarlo, además le dio un analgésico para el dolor. Dado que el analgésico le iba a dar sueño, Klaus optó por hablar con él hasta que se quedó dormido.
.
.
.
Había un prado en Hiroshima, a treinta minutos a caballo de la casa feudal, donde en primavera era un arcoíris de colores y olores, pacífico e ideal para un hermoso picnic en familia o con una persona especial. Michelle había llevado a Minegishi ahí... como un amigo especial. No se veía pasando su vida entera con el chico, pero Minegishi estaba resultando una experiencia que, en ese momento, no quería que acabara. Ni muerto se lo contaría a nadie, sin embargo hace unas pocas noches Minegishi fue protagonista de uno de sus sueños. Trató de no pensar en eso con el chico cerca.
Estaban recostados bajo un frondoso árbol, disfrutando de una comida ligera que pidió a su nana.
—Gracias por aceptar venir hoy. La verdad no me hubiera gustado venir aquí solo.
—Quién debería agradecerte soy yo. Todos éstos días que me has permitido estar a tu lado han sido maravillosos. —Minegishi había recogido varias flores y las tenía en su regazo. Estaba enredando los tallos, tejiendo para formar una corona de flores.
—Me la paso bien contigo. —Michelle ordenó los envases vacíos, dejando finalmente el que contenía el postre de último. Se distrajo al ver lo que hacía Minegishi—. No me tratas como los demás chicos del pueblo, ni has cambiado al saber quién es mi familia. Eso es algo que aprecio mucho...
—Es que me he dado el tiempo de observarte. El día que quise acercarme a ti alguien se me adelantó y vi cuando le diste ese feo golpe. —Rió ante el recuerdo—. También escuché tu gritó indignado. «¡No soy una chica!» —gritó intentando la voz todavía aguda de Michelle.
Michelle le dio un empujón, ceñudo.
—No hablo como una chica. Eres más agradable que ellos pero siempre acaban diciendo algo estúpido.
—Todavía tienes una voz aguda. —Le dio los toques finales a su corona de flores y se la puso en la cabeza a Michelle, delicadas flores amarillas y blancas adornaban su cabeza ahora, las orejitas castañas de Michelle sobresalían de la corona adorablemente—. Eres hermoso.
El castaño quería decir algo, cualquier cosa que le distrajera de esas palabras, el cosquilleo en su estómago y cuán calientes sentía sus mejillas. Charlaron un poco más, hasta que llegó la hora de irse. En el camino a casa pasarían por el cementerio del condado. Hacía mucho que Michelle no iba allí, no desde el año pasado y justo en ese momento el prado tenía flores tan hermosas y coloridas. Indicó que le gustaría pasar por allí un momento, así que recolectó unas pocas flores hasta hacer un ramillete sencillo. Minutos después se detuvieron en el panteón, donde Michelle guió a Minegishi a una tumba algo alejada del resto.
—Siento traerte aquí de improvisto, pero... estas flores nunca están el día que vengo a visitarlo.
—¿Quién es? —Se atrevió a preguntar, él también recogió algunas flores. Pretendía dejarlas junto al ramo de Michelle en señal de respeto.
«Shin Shirayama»
Era el nombre grabado en la tumba.
—Yo... —Michelle respiró hondo—. Yo no hubiera sido Wolfhart si él siguiera vivo. Él es... era... Es mi padre. Al morir él Klaus me adoptó. Es tío de Irina también. —Michelle se inclinó y limpió un poco la lápida, acomodando mejor los dos ramilletes de flores—. Nunca llegué a conocerlo, sin embargo siempre me han contado historias de él, sobre todo tío Jim quien lo conoció mejor que nadie.
—Lo siento tanto... No tenía idea... —pensó detenidamente esas palabras—. En realidad, es un poco obvio si te pones a pensarlo. No te pareces en nada al señor Wolfhart, y no lo digo sólo por... —Tocó las orejitas que se estremecieron a su contacto—. ¿Qué hay de tu madre? ¿Ella también está aquí? —Miró al rededor como si de esa manera pudiera identificar la tumba.
—No está aquí, pero también murió. —Michelle se alzó de hombros—. No lo sientas mucho. Como dije, nunca llegué a conocer a mis padres. Es como... Yo... —Michelle se irguió, rascándose la nuca—. Siento respeto por él, por ellos, son mi familia y quien me dieron la vida, pero no sé cómo sentir cariño por alguien que no conozco. Klaus me crió, me dio un techo, cobijo y comida, me ama, regaña y protege... Es mi papá.
—Debe decir que ha hecho un excelente trabajo. ¡Criando a dos hijos y siendo padre soltero! —En su voz había una nota de asombro—. Un típico japonés hubiera conseguido otra esposa para que se hiciera cargo.
—De eso se trata. —Michelle hizo una plegaria corta, una reverencia y se giró hacia la entrada—. Papá no es japonés, es alemán. Y no es por nada, me agrada que lo sea. —Miró una última vez la tumba antes de continuar—. Ya lo he dicho, gracias por acompañarme. —Como pocas veces, se atrevió a tomar la mano de Minegishi con la suya—. Es algo que aprecio mucho.
Sonriendo, acortó la distancia entre sus cuerpos, suavemente acarició el labio inferior de Michelle con su pulgar.
—¿Me permites? —preguntó en voz baja.
Aunque Michelle asintió, tomó la mano de Minegishi que estaba en su rostro al tiempo que se acercó para unir sus labios en un beso suave, tierno y hasta tímido. Era el primero que tenía con el chico, un beso que provocaba cosquillas en su pecho conforme lo segundos pasaban. Sonriendo dentro del beso, Minegishi enmarcó el rostro de Michelle con sus manos, movió sus labios suavemente sobre los del castaño, disfrutando de su tersura, de su inocencia. Sus dedos se enredaron en el suave cabello castaño hasta alcanzar las pequeñas orejas peludas. Las orejas de Michelle se removieron por instinto, sin que el chico detuviera el beso. Sus brazos rodearon el cuerpo de Minegishi, apretándolo, fingiendo buscar calor cuando una suave brisa sopló en ese momento. Como si no quisiera que acabara, dio pequeños besos antes de abrir sus ojos.
—Creo que ha sido... más perfecto a lo que imaginé.
—No tienes idea de lo feliz que soy de escuchar eso. —Juntó sus frentes en un gesto íntimo, se miraron a los ojos directamente. Minegishi suspiró satisfecho observando esos gatunos ojos tan únicos—. Eres maravilloso —murmuró contra sus labios.
—Me has dicho eso tantas veces que ya empezaré a creerlo. Vamos. —Repartió unos pocos besos por su rostro—. Debemos volver a casa antes que se haga más tarde.
—No quisiera que el señor Wolfhart me arrancara la cabeza —bromeó mientras salían del cementerio.
Minegishi entrelazó su mano con la del menor. Al llegar a los terrenos de la casa Feudal, Minegishi le dio otro beso a Michelle, cuidando no ser visto por el papá del joven o sus abuelos. Ambos se separaron con una sonrisa. Michelle entró casi flotando en una nube al salón principal donde estaban casi todos esperando, a excepción que no veía a Ruslán cerca.
—Hola a todos. ¿Cómo están?
Kenshi levantó la mirada de unos documentos que estaba leyendo al momento, enarcando una ceja. Estuvo en silencio unos instantes, observando al castaño.
—Creo que ya lo hizo.
—¿Hacer qué? —preguntó Vladimir al escuchar la insinuación de Kenshi, estaba demasiado distraído con un libro de medicina que había llegado recientemente.
Irina también sonrió al ver a su hermano.
—¿En verdad? ¡Oh, Mich! —exclamó la joven emocionada. Se levantó para envolverlo en sus brazos—. Estoy tan feliz por ti. Tienes que contarnos todo. ¿Cómo fue? ¿Dónde? ¿Fue suavemente apasionado o románticamente ardiente?
El castaño salió de su ensoñación al captar lo que Irina decía.
—¿Eh, qué? ¡No! Es decir, bueno, solo fue... solo nos besamos.
Kenshi bajó los documentos, su atención enfocándose en el joven.
—¿Solo fue un beso? ¿Nada más?
Michelle se sonrojó profundamente.
—Solo fue un beso —aclaró—. Me acompañó a visitar a mi padre y—
—Espera, espera, espera. —Kenshi le detuvo con una mano. Dejó los papeles en la mesa, se inclinó al frente y miró fijamente a Michelle, ceñudo—. ¿Estás queriendo decir que su, aparentemente, primer beso, fue en un cementerio? ¡Michelle! Qué grotesco. ¿No podían escoger otro lugar más... adecuado?
—¡Simplemente pasó! Y no es un mal lugar, es pacífico.
—Estaban rodeados de muertos. Al menos para un primer beso pudieron buscar un lugar más, no sé, ¿romántico? —Kenshi recuperó los papeles—. Espero que el tal Minegishi lo hubiera hecho bien, tomando en cuenta el rostro de bobalicón enamorado que tenías.
—No tenía rostro de bobalicón enamorado —discutió el castaño, avergonzado y enojado al mismo tiempo.
—Sí lo tenías, y da gracias que Klaus no te ha visto —dijo Vlad, uniéndose a la conversación. Al principio se puso tenso pensando que Minegishi se propasó con Michelle. El castaño apenas estaba entrando en la pubertad y había cosas que simplemente no debería experimentar a su edad, quizás en unos pocos años pero no ahora.
—Por cierto. ¿Dónde está mi papá? —inquirió la única mujer del grupo—. Lo vi en el jardín hace un rato pero no ha venido con nosotros.
—Debe estar cuidando de Kanya —dijo Vladimir encogiéndose de hombros.
—¿Cuidando de Kanya? —interrogó Michelle, su beso con Minegishi parcialmente olvidado.
—Sí. El idiota por fin apareció, herido además con un esguince. Ahora tengo que soportarlo porque el doctor aquí presente le mandó reposo en «mi» casa —declaró Kenshi, resoplando en tanto cambiaba los documentos para leer otro—. Faltaba más.
—Esperen... —Michelle parpadeó, todavía sorprendido. ¿Reposo en la casa?—. ¿Entonces eso significa que Kanya vivirá con nosotros?
—¿Exactamente que querías que hiciera? —Vladimir le frunció el ceño a su esposo—. Sabes que no iba a guardar reposo por su cuenta.
—Tiene una habitación en el bar de Jim, Jim podría cuidarlo. Y si no guardaba reposo, muy su problema. —Kenshi regresó la atención a los papeles, dando por acabada la discusión.
Ante ese mínimo lapso de silencio, Michelle irrumpió.
—¿Y dicen que papá lo está cuidando? —Miró de reojo a Irina—. ¿En qué habitación se está quedando Kanya?
—Una habitación poco usada en el mismo pasillo que la de ustedes —dijo el ruso antes de seguir discutiendo con Kenshi.
Los jóvenes no le prestaron más atención, en cambio se miraron entre ellos, preocupados. Con un ligero movimiento de cabeza, Irina le indicó a Michelle que se alejaran de los adultos.
—¿Deberíamos preocuparnos? —preguntó mordiéndose el labio inferior.
—No estoy seguro. Recuerda que Kanya dijo que no pretendía nada más que amistad con papá. —Salieron del salón sin perturbar la discusión de sus abuelos, con seguridad ni se darían cuenta que se marcharon hasta que acabaran de pelear o alguien más les interrumpiera—. Pero hay que admitir que cada vez parecen más... unidos. ¿Y ahora Kanya duerme a pocos metros de papá? —De inmediato, sus pasos le dirigieron hacia el pasillo que daba a dichas habitaciones—. Es decir..., tal vez Kanya no piense en nada más que ser amigo pero... ¿crees que papá pueda..., no sé..., enamorarse?
—¡NO! —exclamó, completamente celosa de la idea de que su papá pudiera enamorarse de otra persona—. El dragón no lo permitirá.
—Pero... —Las orejas de Michelle se aplanaron un poco.
No quiso seguir hablando, avanzó por el pasillo hasta llegar al indicado. Todo estaba en silencio, incluyendo para él, y por un momento temió que tal vez su abuelo se haya equivocado y llevaron a Kanya a otra habitación. Sin embargo escuchó un leve gemido de Kanya.
—¡Oh, sí! Justo así...
Michelle estuvo a punto de avanzar hasta que Irina tomó la iniciativa, ni siquiera la vio tocar la puerta.
—¡E-espera, Irina!
Michelle se paró junto a la chica, esperando con horror ver a su padre y Kanya en una posición comprometedora, pero simplemente... Klaus estaba detrás de Kanya, el tipo encorvado con una expresión estúpida... mientras le rascaban la espalda. Dicha expresión desapareció en Kanya al darse cuenta de quien estaba en la puerta, sonrojándose incluso más que los jóvenes.
Klaus fue el último en darse cuenta de la interrupción de los chicos.
—¡Niños! —Sonrió el alemán al verlos. Se paró para recibir a Michelle con un abrazo, también le dio un beso a Irina, la joven todavía estaba un poco tensa—. ¿Cómo te fue en tu paseo? —Sus ojos de fijaron en la corona de flores que todavía estaba sobre la cabeza del castaño.
—¡Papá! —Irina lo miraba acusadoramente, su atención dividida entre Kanya y su padre—. ¿Podrías explicarnos qué estaban haciendo?
—Cuida ese tono, jovencita —reprendió el adulto—. Estaba ayudando a Kanya, había un lugar de su espalda que no alcanzó por sí mismo.
—¿En... serio? —dudó Michelle, igual de acusador que Irina y receloso hacia ambos. Claramente ambos seguían vestidos, pero el olor de Kanya estaba sobre su padre. Seguramente Kanya estaría igual.
—¡S-sí! —El tailandés alzó las manos, negando enérgicamente con ellas como suele hacer. Su rostro todavía seguía colorado—. Mis brazos son muy cortos, su padre solo me rascaba un poco, de verdad.
—No estamos hablando contigo, tintero.
—¡Irina! —reprendió Klaus enseguida—. Esas no son formas de dirigirte a alguien mayor que tú. Discúlpate con Kanya.
—No puedes obligarme. —Apenas terminó de hablar, se dio cuenta de que había cruzado una línea. Agarrando de la oreja a Irina, Klaus la sacó del cuarto—. ¡Ay!
—Tú y yo vamos a tener una charla. Estoy harto de tu falta de respeto...
La voz de Klaus se escuchó un poco más por el pasillo hasta que cerraron la puerta del cuarto. Michelle y Kanya de quedaron incómodamente en el mismo cuarto sin saber qué hacer.
Michelle bajó la mirada, sin saber qué hacer exactamente. Oyó a Kanya suspirar, y cuando levantó la mirada otra vez, le vio cubrirse el rostro.
—¿Es... está bien?
—Sabía que esto pasaría. Le dije al señor Volsk que no podía quedarme aquí. Iba a causar problemas. Sé que el gobernador no me acepta del todo en su casa, y ahora Klaus está discutiendo con su hija por mi culpa.
Michelle se removió en su lugar, inquieto.
—Usted... ¿realmente no estaba haciendo nada indebido con papá?
—¿Qué? ¡No! —Kanya parecía hasta horrorizado con esa insinuación—. Ja-jamás se me ocurriría eso, respeto a tu padre y él... Klaus ama a su pareja, no pa-parece el tipo de persona que... —Kanya se rascó la nuca, interrumpiéndose mientras exhalaba un largo suspiro—. Escucha, Michael—
—Michelle.
—Michelle... Escucha, Michelle..., so-solo soy amigo de tu padre. Solo eso. Estoy bien así, po-porque Klaus necesita un amigo y hace mucho que yo tuve uno. Estoy agradecido con eso.
Se escucharon pasos en el pasillo de nuevo, Irina y Klaus estaban de vuelta en la habitación de Kanya.
—Irina tiene algo que decirte —anunció Klaus con los brazos cruzados y el ceño fruncido. La pelinegra estaba a su lado, enfurruñada por el regaño y la nariz roja.
—Lo siento —murmuró obstinada.
—¿Qué es lo que sientes? —La obligó a ser más específica.
Ella se mordió el labio. No quería disculparse con ese hombre que estaba entrometiéndose en la vida de su padre pero tampoco quería que Klaus estuviera enfadado con ella.
—Siento haberle faltado al respeto. —Miró de reojo a su padre, su expresión todavía era insatisfecha—. Y por haberlo llamado tintero.
Michelle se mordió el labio, preocupado, no le gustaba ver a su hermana de esa manera. Iba a ir hacia ella cuando un bufido le llamó la atención, como el sonido de alguien acallando una risa. Se giró para encontrar a Kanya tratando de tapar su sonrisa. Estaba evitando reírse.
—Perdón... Sé que no debería pero... La verdad no, no me molesta que me llame ti-tintero. Me dijiste que huelo a tinta, ¿no? —preguntó a Klaus—. Eso me hace te-técnicamente un tintero humano. —Kanya negó—. No debes ser tan duro con tus hijos. Pi-piensan que les estoy robando a su padre. Cualquier hijo estaría celoso. Eso demuestra cuanto te quieren. —Su suave mirada iba acompañada de una sonrisa mientras la desplazaba de Michelle a Irina—. Ya le he dicho a Michelle, y lo repito: somos amigos, nada más. Quien debe disculparse soy yo, si entendieron otra cosa es mi culpa. Bien le dije a Klaus y al señor Volsk que estar aquí les causaría problemas...
Viendo que en realidad Kanya no estaba molesto, Klaus relajó su postura.
—Sé que están preocupados y celosos pero ese no es motivo para faltarle el respeto a un adulto. Yo no los he criado de esa manera. —Pasó cada brazo por los hombros de sus hijos, acercándolos a su cuerpo en un medio abrazo.
—Lo sentimos, papá... —Michelle dio una mirada a Irina, algo inseguro. Comprendía la postura de su hermana, estaba seguro que de los dos, ella era más celosa respecto a Klaus y por lo tanto no había sido incapaz de controlarse frente a Kanya. Pero éste ya lo dijo, ¿no? No había nada del qué preocuparse...
Kanya sonreía desde su lugar, aliviado de no seguir causando problemas. Sin embargo, sintió la necesidad de ponerse en pie para ir al baño. Aprovechando que Klaus estaba distraído, hizo el esfuerzo de levantarse, fracasando y acabando con apoyarse en su pie herido que le sacó un quejido de dolor.
—¡Oh, mier...! —Tuvo que quedarse arrodillado, evitando la presión en su pie.
—Kanya! —Preocupado Klaus se acercó al tailandés.
Irina veía a los dos adultos interactuar con el ceño fruncido, el cual empeoró al ver a su padre cargando a Kanya al estilo nupcial para que evitara apoyar el pie herido. Su padre podía negarlo todo lo que quisiera pero sus acciones decían más que mil palabras.
—Lo siento, solo pretendo ir al baño. —Como otras veces, las mejillas de Kanya se colorearon—. En verdad, Klaus, no necesito que me cargues. —Dio una mirada nerviosa a los jóvenes—. Si me dieras una muleta, podría...
—Con tu torpeza terminarías cayéndote y agravando tu herida, además Vladimir dijo reposo absoluto.
Los jóvenes ya no pudieron escucharlos, al verse solos Irina bufó. Tuvieron que acostumbrarse a ver a Klaus cerca de Kanya por toda una semana. Klaus no dejaba de pasar tiempo con sus hijos ni tampoco descuidaba sus responsabilidades pero a su rutina se había añadido pasar tiempo con Kanya. Dado que el tailandés se estaba quedando en la casa Feudal, Klaus solía ir a visitarlo en la mañana y en la noche cuando los niños ya debían estar durmiendo.
Vladimir, al ver la mejoría del hombre en esos días, le permitió hacer caminatas pero no sobre esforzarse. Irina hizo un nuevo berrinche cuando Klaus le pidió a Kenshi un trabajo para Kanya en los terrenos. Seguir manteniendo a Kanya en su territorio continuaba causándole fastidio a Kenshi, no veía el momento en que por fin el sujeto se marcharía. Accedió a regañadientes a darle un empleo, una nimiedad como limpiar el estanque de los Koi, eso al menos evitaría verlo tan seguido pues últimamente no iba por esos lados. Kanya, por otro lado, se alegró mucho al recibir la noticia de eso, ¡podría hacer algo! Se estaba volviendo loco tratando de encontrar, sin éxito, algo que hacer. Con la ayuda de unos sirvientes para sacar los peces, pasó el resto del día limpiando el estanque.
.
.
.
Ruslán, antes de ir a su habitación, tocó dos veces la puerta, la deslizó y entró en la de Irina.
—¿Estás bien? Has estado huraña todo el día...
—Papá logró que el abuelo Kenshi le diera trabajo al tintero. —A pesar del regaño de Klaus del otro día, ella seguía llamándole de esa manera, sobre todo cuando no podía ser escuchada por los adultos—. Ya está sano, no debería estar aquí... tan cerca de mi papá —murmuró lo último con el ceño fruncido.
—Es amigo de Klaus. ¿Qué tiene? —Ruslán caminó hasta sentarse junto al futón, observándola—. Papá y tú han estado con la misma actitud hacia Kanya. No parece un mal tipo, algo torpe y tartamudo a veces...
—Tú tampoco lo notas —acusó, mirando mal a su pequeño tío. Ella, al ser mujer, se desarrolló primero y era más alta que Michelle y Ruslán, seguro en unos pocos años la superarían en altura pero por el momento era la más alta del trío—. No se dan cuenta de cómo papá actúa alrededor de ese hombre, lo toca innecesariamente. El dragón nunca permitiría una relación amorosa pero papá está presionando los límites.
Ruslán parpadeó varias veces, incapaz de creerlo.
—¿Estás diciendo que... Klaus está atraído por Kanya? —La sola idea le sonaba un poco absurda, sin embargo...—. Eso es... En dado caso que fuera así, Feyn permanece la mayor parte del tiempo retraído, en algunas veces porque está con nosotros pero... —Ruslán se sobó el cuello, inseguro de sus próximas palabras—. Oye, pienso que, ya ha pasado mucho tiempo y sé que Klaus no faltaría el respeto a la memoria de Yuki pero, pero no me parece mal que... se enamore. Irina, el tesoro no está aquí con nosotros..., con él.
—Sin embargo, su sustituto es una molestia. —La puerta se deslizó para dejar pasar a Kenshi, quien se cruzó de brazos. Ruslán se apresuró a ponerse en pie, no obstante Kenshi mantuvo la mirada en Irina—. Yuki también era una pulga molesta, pero tengo que admitir que tenía una lealtad inquebrantable. Este sujeto no me da buena espina. Tú. —Finalmente, miró a su hijo—. No lo defiendas.
—Pero papá. Kanya ha estado con nosotros por casi un mes o más y no ha dado señales de que va a contar qué somos por el mundo.
—Eso no lo sabemos. Nunca confíes en el aspecto de una persona, Ruslán, no sabes qué intenciones tiene realmente.
—Klaus se ve feliz con él.
—Klaus... trajo a un extranjero invasor que vino con la intención de investigar al dragón a mi territorio. Por eso les he dicho que no saquen sus escamas. Mientras menos sepa él, más seguros estamos. Solo espero que Klaus no haya abierto la boca. —Miró a Irina nuevamente—. Me dijeron que has estado molesta porque le di empleo al extranjero. Tuve que, o probablemente tu padre haría un berrinche más grande al que hiciste tú.
Sus mejillas enrojecieron ante eso, sabía que se estaba comportando como una malcriada.
—No creo que el tintero sea una amenaza en ese sentido —confesó a Kenshi—. Sólo me molesta que sea tan cercano a papá, es todo.
—Pues yo sí lo creo, así que espero que Klaus se apresure a follarlo para que por fin se largue de aquí.
—Papá —se quejó Ruslán, sonrojado también, debido a sus palabras.
—¿Qué? No creo que se esté enamorando, Kanya ni siquiera es interesante como Yuki, y no digo que lo sea, ambos son igual de aburridos, no obstante, no veo porqué Klaus le frecuenta tanto y tan cerca.
Irina, con sus mejillas encendidas por la vergüenza, hizo una mueca de desagrado. De verdad esperaba que su papá no llegara a ese punto para poder deshacerse de Kanya.
.
.
.
Afuera faltaba una hora para el anochecer, y cierto tailandés seguía trabajando, Klaus llegó al estanque envuelto en un cobertor grueso y dos tazas de té caliente en las manos, se sentó en el pasto a esperar a que Kanya se acercara. Mientras veía al hombre trabajar, el dragón comenzó a rememorar los momentos pasados con Yuki en ese mismo estanque. Tantos recuerdos... Sin darse cuenta sus labios se apretaron en una línea y su mirada se volvió melancólica.
Pasaron unos pocos minutos antes de que Kanya decidiera tomar un descanso y cojear un poco hacia el lugar donde estaba Klaus. Limpiar el estanque no era algo de lo que le gustaría hacer, pero estaba contento con simplemente poner sus manos en movimiento. Agradeció la taza y bebió un buen trago.
—Ah, qué bien se siente. Es raro, pronto comenzará el verano, y sin embargo la noche es fresca. —Aspiró con gusto el olor del té—. No sé qué le agregan, pero sus té siempre son deliciosos. —Tarde se dio cuenta de la mirada que traía Klaus. Su ceño se frunció en un leve gesto de angustia—. Klaus, ¿sucede algo?
Klaus por fin pareció reaccionar. Miró a Kanya avergonzado, obviamente no escuchó nada de lo que dijo.
—No, yo... Lo siento, estoy bien —agregó sin mucha convicción, tomó un gran sorbo de té sin importarle quemarse un poco la lengua, necesitaba algo que le hiciera tocar tierra urgentemente.
Kanya cambió la taza de mano, para poder tocar el hombro de Klaus al tiempo que le brindaba una sonrisa. Sí, sabía que no estaba del todo bien. Probablemente había estado soñando despierto, probablemente había estado pensando en su pareja. Empezó a notar que eso sucedía mucho en ciertos lugares, lugares como allí y el lago. Kanya se preguntaba si eran lugares predilectos de los dos, donde pudieron haberse conocido o solo pasaron momentos especiales.
—Siempre que necesites algo, sabes que puedes contar conmigo, eh.
—No creo que puedas ayudarme con esto —suspiró, tomó los bordes de la manta y la acomodó mejor sobre sus hombros—. El vacío es más grande cada día.
—Algo puedo hacer. —Kanya se acercó más a Klaus, pasando un brazo por sus hombros, esperando brindarle algo de calor—. Es decir, puedo ser útil en cualquier cosa, ¿menos para ti? Ponme a prueba. ¿Qué puedo hacer?
Levantando la mirada, Klaus fijó sus ojos verde pardo en Kanya, repasó su rostro hasta que se detuvo en sus labios.
—Bésame —pidió.
Kanya parpadeó varias veces. ¿Qué?
Copyright 2016 protegido en SafeCreative.
No al plagio. Sé Original.
