Capitulo 5
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Bésame.
Kanya parpadeó una, dos, tres veces hasta caer en cuenta lo que Klaus pidió. Trató de decir palabras que solo salían balbuceadas, finalmente formando una frase coherente.
—¿Qué... te bese? Pu-pues..., yo..., ¿e-eso te ayu-ayudaría?
—Sí... ¡NO! No lo sé. —Cubriéndose los ojos con una mano, Klaus dejó la taza en el pasto—. Quiero comprobar algo. Probarme a mí mismo que no estoy tan roto, que quizás... algún día deje de sentir este vacío que me consume. Si puedo besarte, entonces me estaré probando a mí mismo que puedo seguir adelante.
—Pues... —Eso... tenía sentido para él, aunque le tomaba por sorpresa que se lo pidiera justamente a él, entre tantas personas a las que...— De acuerdo. Es, es solo uno, ¿no?
—Sólo uno —confirmó en voz baja. A pesar de fue él quien pidió el beso, se sentía inseguro de cómo actuar. Iba a ser la primera vez que besara a otra persona, otro hombre que no era Yuki. Se sentía tan incorrecto pero debía tratar de avanzar, superarlo...de alguna manera, o terminaría consumiéndose.
—Bien, eh... —Kanya se movió, girándose para mirar directo a Klaus. Dejó su taza a un lado, se humedeció sus labios y titubeó. Tampoco estaba completamente seguro de cómo proceder—. Bien, voy a... —Sus manos un poco temblorosas enmarcaron el rostro de Klaus, se inclinó y rozó sus labios una vez. Dudó, y finalmente los juntó. No era ajeno a los besos, pero se sentía torpe con Klaus.
Inició con un beso torpe e inseguro, Klaus estaba demasiado consciente de que Kanya no era Yuki, no era su olor ni su sabor, tuvo que esforzarse para no pensar en eso. Quería dejar de pensar y corresponder a Kanya apropiadamente. Movió sus labios sobre los contrarios, curiosamente Feyn no se opuso al contacto como creía que pasaría, estaba incómodo y algo inconforme pero no atacó a Kanya. Eso le pareció una buena señal. Kanya mantuvo el beso por un minuto más, trató de acoplarse, de dejarse llevar, era un beso, después de todo, como cualquier otro. Logró sentirse más relajado poco antes de alejarse, sus manos de inmediato se alejaron de Klaus y le costó un poco mirarlo al rostro.
—Eh..., ¿estuvo bi-bien? ¿Te sientes mejor... ahora?
No.
Sin que Kanya se lo esperara, fue Klaus quien tomó su rostro y lo besó de nuevo, esta vez el beso fue un poco más rudo. Terminaron cayendo sobre el pasto. Todavía seguía sintiéndose mal, incorrecto. En su desespero por sentir algo diferente, Klaus metió su lengua dentro de la boca de Kanya. El jadeo de Kanya ni siquiera detuvo el beso. El tailandés no supo dónde colocar sus manos, así que solo pudo dejarlas quietas en los hombros de Klaus mientras buscaba seguirle el ritmo del beso, uno que amenazaba con causarle un paro cardíaco por lo mucho que hacía su corazón palpitar. No estaba seguro de qué había causado a Klaus esa reacción. ¿Necesitaba más? ¿Le había gustado? Kanya ni podía pensar en sus propias respuestas, trataba de respirar y corresponder a Klaus.
—Kla- ya. —Kanya se alejó, arrepintiéndose enseguida por haber requerido de empujarlo, jadeante. Sus labios estaban hinchados, y aún podía percibir la lengua del alemán en su boca—. Yo... lo siento, es que... me ha... tomado por... por sorpresa.
El alemán se quedó quieto sobre Kanya, como congelado, poco a poco reaccionó. No de la manera que el moreno esperaba. Klaus comenzó a temblar. Primero sus brazos, luego sus hombros hasta que una expresión quebrada rompió el momento.
—No puedo —jadeó con un nudo en la garganta—. No puedo hacerlo, lo intento, de verdad pero... —Le costaba hablar, hacía un gran esfuerzo para no llorar—. Se siente incorrecto. No reaccioné mal al beso. —Definitivamente eso era un progreso, que el dragón aceptará tranquilamente el acercamiento era todo un logro—. P-pero no eres él y no puedo dejar de pensar en eso una y otra vez.
Kanya frunció el ceño, preocupado. Lo que menos esperaba era que Klaus empezara a llorar. Sin dudarlo un segundo, lo atrajo para abrazarlo, dando palmadas en su espalda en un gesto esperaba fuera reconfortante.
—Klaus..., no es tu culpa. Es... es normal que quieras seguir adelante. Por favor..., n-no llores. —Kanya se estaba arrepintiendo enormemente de haber cedido a esa locura. Tal vez si no lo hubiera hecho, no estarían en esa situación—. Calma..., calma...
Klaus se dejó abrazar. Aunque el beso lo hizo sentir mal, ese abrazo se sentía reconfortante. No se había dado cuenta de que realmente necesitaba eso, se había enfocado todos esos años en cuidar de sus hijos pero en ningún momento se le ocurrió buscar consuelo. Después de un rato, Klaus se calmó lo suficiente, tan sólo quedaba un leve rastro de lágrimas secas en su mejilla, temblaba leve pero por una razón completamente diferente.
—Está anocheciendo. —Hizo notar, sobre todo porque su nariz y dedos se sentían helados.
—Lo sé. —Kanya sacó un pañuelo y con ella limpió el rostro de Klaus, y le pidió que se sonara como si fuera un niño pequeño—. Ve adentro, necesitas calentarte. Yo... necesito terminar aquí y voy enseguida.
Asintiendo, el alemán se levantó del suelo. Cerró la manta alrededor de su cuello mientras miraba a Kanya.
—Gracias —le dijo de todo corazón, el nudo en su garganta ahora era más soportable gracias a Kanya.
—Yo... siempre voy a ayudarte.
En cuanto Klaus se marchó, en cuanto Kanya se aseguró de que Klaus ya no estaba cerca, el tailandés lanzó un largo suspiro. Bebió de un trago su té frío, pero no era suficiente. ¡Necesitaba algo fuerte! Se apresuró a recoger todo y llevar las tazas a la cocina, antes de pedir que le lleven al bar de Jim. En el camino no dejaba de rememorar una y otra vez el beso. Fue tan... Se preguntaba si sería mal aceptar que... el beso le había gustado. ¿A quién quería engañar? Tenía meses, quizás algún año, enfrascado en sus investigaciones que no había estado con nadie. El beso de Klaus despertó sensaciones en él hasta el momento dormidas.
Saludó a Jim al llegar, y solo pidió un buen whisky seco. No inició una charla, y se sentó en una esquina de la barra. Tenía que ignorar sus sentimientos, se dijo. Aunque quisiera, Klaus no estaba listo para iniciar una relación -no es que él deseara hacerlo. Pero dudaba que algún día el alemán pudiera. Se preguntaba qué tipo de persona había sido el tal Yuki para calar tan profundo en Klaus que iba a ser una batalla que él pudiera siquiera enamorarse de nuevo.
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Después de eso, fue como si Klaus se hubiera quitado algo muy pesado de los hombros. Irina y Michelle fueron los primeros en notarlo, nunca llegaron a enterarse del desesperado beso pero sabían que el drástico cambio en el humor del alemán se debía a Kanya. A Irina no le quedó de otra que resignarse, al igual que Kenshi. Hasta ahora el hombre tailandés probó ser de confianza, y dado que no había ningún tipo de acercamiento romántico entre ellos, Irina tuvo que dejarlos estar. Claro que no iba a negar que se sintiera internamente feliz cuando el tintero anunció que era hora de marcharse.
Kenshi fue el primero en decirle adiós antes de enfrascarse en sus cosas. Eso no molestó a Kanya en lo más mínimo. Con una sonrisa, y prometiendo a Klaus que volvería pronto, se apresuró a tomar un barco que lo llevaría a tierra firme. No estaba seguro de a dónde iría, sin embargo aseguró que enviaría correspondencia apenas se estableciera en un lugar donde pudiera contactarse. Antes de irse, le dejó a Klaus las negativas de las fotografías que tomó y se veía al dragón. Kanya consideró quedarse con una copia y dejar a resguardo con Klaus las originales, algo que de alguna manera esperaba le recordara a él mientras no estuviera.
Unas semanas después, llegó un paquete de Kanya. Venía de Malasia, con una linda muñeca para Irina, una fotografía de un extraño lagarto para Vladimir y una carta para Klaus. No iba a esperar respuesta pues iba en camino para la India donde permanecería un tiempo, sin embargo se encontró con el espécimen y consideró que a Volsk le interesaría. No contaba mucho, salvo que echaba de menos sus conversaciones y bromas, y pronto estaría de vuelta.
Irina accedió a que Kanya en realidad no le caía tan mal. Debía admitir que era mucho más tolerable si sólo tenía una amistad por correspondencia con su padre, sus celos lo agradecían.
Un día, varias semanas después de que Kanya dejara Japón, Minegishi había juntado valor para pedirle a Michelle salir formalmente. Fue un momento adorable e incómodo al mismo tiempo dado que apenas la familia se enteró de eso, no dejaron de molestarlo. Irina junto con Kenshi y los tíos Kuma y Kaoru no dejaban de lanzarle insinuaciones subidas de tono, Vladimir a su modo también lo fastidiaba, intentaba darle charlas sobre sexo seguro y enfermedades de transmisión sexual.
Klaus... Eso era un tema aparte.
—Eres demasiado joven para una relación.
—Papá, no empieces. —Michelle suspiró. Había estado emocionado, feliz, un poco fastidiado por las burlas de los demás, pero su alegría menguó un poco en ese momento—. Sé que dentro de poco cumpliré catorce, estoy consciente pero Minegishi es un buen chico e incluso vino aquí a pedírmelo. Ningún otro chico hubiera hecho eso.
—Minegishi tiene 16 años. Podría presionarte para tener sexo. —Claramente la obstinación de Irina venía de parte de Klaus.
—Puedo hablar con él. Todavía no estoy... listo. —Aunque lo dijo con seguridad, sus mejillas se enrojecieron más ante la perspectiva. Trató de concentrarse en la discusión—. Y aunque no fuera así, no creo que tenga algo de malo. Tío Keso dijo que tuvo su primera vez a los trece.
Entrecerrando los ojos, el alemán se hizo una nota mental para hablar seriamente con "tío Keso" sobre la mala influencia que tenía sobre sus hijos.
—No vas a tener sexo a los trece años. Te lo prohíbo.
A Michelle no le gustaba que le prohibieran nada, tenía la imperiosa necesidad de quejarse al respecto, pero esta vez, no estaba realmente interesado en hacer eso con Minegishi... o cualquier otro.
—Bien. Pero solo porque tengo trece.
—Me alivia escucharlo. —Abrazó a su hijo, besó su frente y acarició la zona detrás de las orejas peludas.
Mientras escuchaba el ronroneo del castaño, Klaus no pudo evitar pensar en la madre del niño. Hacía muchos años que no la veía, muy de vez en cuando recibía alguna carta de parte de Angie, escueta. Jamás preguntaba por Michelle. Es como si el niño no existiera para ella. Había intentado enviar un par de fotos durante los primeros años. Vio que era una actividad infructuosa dado que dichas fotos eran devueltas sin ningún comentario al respecto por lo que se rindió. Aun así, le agradaba recibir la correspondencia de parte de la morena. Al menos de esa manera podía constatar que seguía con vida.
El tema fue parcialmente olvidado los próximos meses. Minegishi y su hermano fueron invitados de honor en la fiesta de cumpleaños de Michelle, y días después llegó un paquete de la India de Kanya para Klaus y Michelle. Kanya permanecería un tiempo allí así que dio una dirección a donde Klaus pudiera mandar correspondencia hasta que Kanya decidiera irse.
Por presión durante varias semanas, Kenshi accedió a que se instalara una línea telefónica en la mansión. Había estado reacio durante mucho tiempo en hacerlo, sin embargo terminó por hartarse de las constantes insistencias de los demás, incluido Jim. Claro que luego se le veía continuamente charlando con Finnian por el teléfono, y pobre de aquel que se atreviera a decirle algo.
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Michelle iba acompañado varias veces a la semana por Minegishi. El padre del joven lo requería la mayoría del tiempo para enseñarle el trabajo de la familia, por lo que Michelle aprovechaba esos momentos para sus estudios o estar con los demás. Más allá de eso, estaba encantado; por el siguiente año en que hicieron oficial su relación, Minegishi era atento, dulce y comprensivo. Como había prometido a Klaus, no habían tenido intimidad aún, salvo besos y unos tímidos toqueteos. Michelle pensaba que en un tiempo más, podría estar listo para avanzar en su relación, solo que no contaba con lo que ocurriría en unos meses, después del cumpleaños 17 de Minegishi, cuando sus padres se negaron a su relación y le comprometieron a una joven japonesa del pueblo. Aunque Michelle trató de ser comprensivo y no romperse frente al joven, en cuanto estuvo en la soledad de su cuarto, no quiso volver a salir el resto del día.
Más de uno intentó sacarlo de su habitación, o al menos tratar de consolarlo cómo fue el caso de Klaus. Irina prometió patear el trasero de Minegishi por ser un pelele pero tan sólo hizo sonreír a Michelle un momento. Vladimir y Kenshi también le dieron su apoyo, e incluso Kenshi sugirió usar su influencia como Señor Feudal para cancelar la boda pero ante la negativa del castaño, no lo hizo.
Casi al final de la tarde, en vista de que no quiso ni siquiera comer, unos suaves toques se escucharon en la puerta. Para su sorpresa, era Kaoru que traía una bandeja con los platos favoritos de Michelle, detrás de él vino Kuma. Los dos gemelos se sentaron a su lado en el futón.
—Debes comer algo —insistió Kaoru.
Michelle giró la cabeza hacia ellos, finalmente sentándose en el futón. Sus ojos estaban hinchados por llorar, las mejillas con lágrimas secas y todavía hipaba un poco.
—Gracias. —El rico olor de la comida llegó a sus fosas nasales e hizo que su estómago rugiera.
—Sabemos que es difícil pero no vale la pena que te deprimas por esto. —Kaoru se acercó a Michelle, dándole un abrazo.
—No queremos que te conviertas en una versión miniatura de tu papá —picó Kuma haciendo reír al castaño
Unas pequeñas lágrimas escaparon de los ojos de Michelle, pero esta vez sonreía. Asintió. Sus tíos tenían razón, no podía deprimirse más por eso, tal vez incluso a futuro Minegishi y él acabarían separados pero le dolía que apenas faltaban dos meses antes de que cumplieran el año juntos.
—Que papá no te oiga decir eso —murmuró mientras se limpiaba el rostro antes de empezar a comer.
—No te preocupes por él. —Quitó importancia Kuma.
—Mich. —Kaoru tomó la palabra, los ojos gatunos del joven le miraron—. Ésta fue tu primera relación. No debes sentirte triste por eso. Atesora los buenos momentos que pasaste con Minegishi.
—Después de todo, tan sólo tienes catorce años. Todavía tienes toda tu vida por delante para experimentar cientos de decepciones amorosas.
Kaoru golpeó en el brazo a su hermano.
—No sirves para consolar.
—Por ahora, yo... no quiero saber nada de amor. —Michelle apartó la mirada. Ni siquiera tenía ganas de visitar el pueblo en un buen tiempo, lo que menos quería era toparse con Minegishi o la que sería su futura esposa—. ¿Creen que papá me deje ir a Rusia con Finny y el abuelo Sasha por un tiempo?
—¿En serio vas a huir de esto? —Había cierto tono de reproche en la voz de Kuma.-
Michelle frunció el ceño.
—No quiero estar cerca ahora. Por unos días. Lo que menos quiero en estos momentos es... verlo otra vez.
—De acuerdo. Te daremos unos días. —Kaoru cubrió la boca de Kuma con su mano para impedirle hablar—. Sólo si prometes comer apropiadamente y ya no encerrarte en tu cuarto. ¿Trato?
—Trato. —Michelle asintió. Comió un poco más, y luego dijo—. Gracias, tíos.
Como prometió, Michelle salió de la habitación, tratando de pasar más tiempo fuera sin embargo pronto pidió que le llevaran unos días a Rusia, después de mucho insistir, Kenshi accedió a que pasaran unas semanas en Rusia.
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Fue durante ese tiempo que Klaus conoció a Bárbara, una mujer alemana, muy refinada y hermosa. Solía ser esposa de un militar alemán que murió hace un par de años. Justo en ese momento estaba visitando a su hermana en Rusia junto a su hijo Damián. La mujer era elegante y coqueta de forma sutil, en la ocasión que fue invitada a cenar en la casa, lo demostró manteniendo una educación impecable. Siendo Irina la única mujer en la casa aparte de las sirvientas, trataba de involucrarla en la conversación. Estaba encantada con su fina y delicada piel, cosa que enorgulleció a Kenshi pues todo era debido a sus cremas.
Al principio Irina estaba igual de encantada con Bárbara, hasta que se dio cuenta de cómo la mujer miraba a su papá, al igual que pasó con Kanya hace un año atrás con la diferencia de que la mujer rubia si parecía manifestar un interés romántico por Klaus. Damián, por otro lado, parecía más interesado en los chicos, aunque era tres años mayor que los chicos parecían llevarse muy bien entre ellos.
Michelle disfrutaba pasar el tiempo con Damián. Agradecía haber practicado su alemán con su padre, la mayoría del tiempo lo usaba con él. Mientras estaba en compañía de Damián y Bárbara ocultaba su cola y orejas. En cierto momento se quejó con el chico cuando dio la insinuación de que parecía una chica, Michelle estaba harto de que lo comparasen con una. Ese tiempo que compartía con él sirvió para distraerlo del dolor que sufrió con Minegishi e incluso no deseaba volver a Japón pues significaría que tendrían que despedirse de ellos.
Sin embargo, Bárbara, mujer inteligente, logró una semana después que Kenshi le invitase a la mansión. Claramente el japonés sentía simpatía por ella; era educada, refinada, atenta y, debía admitirlo, hermosa. Su cabello era rubio como el oro, aspecto que Damián heredó, sin mencionar que su olor a lilas era más agradable que el de Kanya. No lo había mencionado en ningún momento, pero sin lugar a dudas estaba contento con que Klaus tuviera una relación con ella, —excepto Suoh, lagartija tonta que gustaba llevarle la contraria.
Los dragones se sentían un poco incómodos con la presencia de Bárbara, sobre todo porque el alemán parecía receptivo a sus demostraciones de afecto. Feyn era indiferente ante la mujer, incluso había dejado de incordiar a Klaus recordándole que ella no era Yuki. Irina era la única que no estaba para nada contenta. Había aprendido de sus errores con Kanya, no era grosera con Bárbara pero se aseguraba de ser indiferente o ignorarla la mayoría del tiempo, el mismo trato se extendía a Damián sólo por ser hijo de la bella mujer alemana.
Un día que Klaus quiso hablarle, Irina le acusó.
—Quieres reemplazar a mi papá Yuki con esa mujer.
—No es así —suspiró Klaus.
—Le permites que te coquetee, le correspondes los halagos, ¡ella incluso te dio un beso el otro día! —Estaba furiosa—. Ni siquiera con el tintero llegaste a tanto.
—No llames a Kanya de ese modo —reprendió automáticamente—. Hija, trata de ser un poco más comprensiva. Bárbara es una buena mujer, cariñosa y amable.
—Una buena mujer —repitió con desagrado—. ¿Estás tratando de convencerme a mi o a ti mismo?
—Irina. —Kenshi abrió la puerta, mirando hacia el pasillo un momento antes de entrar—. Tus palabras se escuchan desde afuera. —A veces olvidaba su oído sensible—. No puedes comparar a Bárbara con el tintero de Kanya. —Claramente no era solo Irina quien le llamaba así—. Vamos, la he invitado de compras por el pueblo. Alístate. Si le das una oportunidad, verás que puedes aprender mucho de ella. Es regia, cortés, distinguida, como toda una aristócrata. Los consejos que tiene vendrían bastante bien para una señorita en crecimiento como tú.
—No quiero nada de... —iba a decir una palabra mal sonante cuando vio la mirada de advertencia de su padre— ella. Hasta podría ser la reina de Inglaterra. ¡No me importa! Mientras se aleje de mi papá —enfatizó su posesión sobre su padre.
—No seas posesiva con él, no es sano, además, ¿en verdad quieres que quede solo como un pobre diablo? —Señaló a Klaus como si el hombre no estuviera allí realmente—. Bárbara no es un reemplazo. El enclenque de Yuki sigue y seguirá siendo tu papá, sin mencionar que no puedes comparar a alguien tan distinguido como Bárbara con el desastre que era él —añadió con un gesto dramático—. No digo que vuelvas a Bárbara tu madre, pero puede ser tu amiga. Ella intenta ser tu amiga. Bien que ha notado eres la única chica entre hombres.
Normalmente Klaus se enfadaría con Kenshi por la forma en que se expresaba de Yuki, pero dado el caso debía apoyarlo frente a Irina. Si comenzaba a discutir con Kenshi, la joven se aprovecharía de eso.
—Hagamos algo. Ve a pasear con Kenshi y Bárbara... No pongas esa cara... Si logras comportarte educadamente durante toda la salida y entablar una conversación adecuada con ella, te compraré el pintalabios que viste el otro día.
Los ojos de la pelinegra brillaron ante eso.
—¿De verdad me la comprarás? A pesar de que dijiste que no era apropiado que yo usara maquillaje todavía —preguntó emocionada con la idea de poder lucir un colorete como las mujeres rusas.
—Sólo si te comportas y haces un esfuerzo para convivir con Bárbara —aclaró. Irina debía poner de su parte.
—Bueno... Es sólo una tarde. ¿No? —Podía aguantar una tarde si eso significaba que su papá le compraría el maquillaje—. Vamos, abuelito. —Tomó la mano de Kenshi.
—Luego dices que yo la malcrío. Se supone que debe ser buena con ella porque quiere. —Le dio un pequeño jalón de orejas a la joven—. Si veo que intentas fingir con Bárbara, yo mismo me encargaré que no te vendan ese labial y sabes que puedo. Vamos.
Bárbara ya los estaba esperando fuera. Le brindó una sonrisa a Irina y un asentimiento a Kenshi antes de embarcarse en el carruaje y salir en marcha al pueblo. En el camino hablaron respecto a las costumbres y el clima, también tocaron un poco de la familia de Bárbara. Era hija de un reconocido coronel alemán, de ahí que conociera a su difunto marido. Como Irina, era la única hija hembra pero contaba con otros cuatro hermanos mayores. Afortunadamente tuvo varias primas que le hicieron compañía mientras crecía.
Estando en el pueblo, caminaron entre las tiendas, de vez en cuando deteniéndose para ver alguna prenda de ropa. Muchas de esas no eran prendas adecuadas para un clima tan frío como Rusia, pero Bárbara adquirió un elegante kimono que podría usar en veranos en Frankfurt, donde tenía una casa de campo heredado de su esposo. Como toda mujer, se mantuvo un rato más en la sección de maquillaje. La sorpresa vino cuando atrajo a Irina y le cuestionó qué le gustaba, pues se lo iba a regalar.
Apretando los labios, Irina tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no gruñirle a la mujer. Respiró hondo. En verdad tenía la ilusión de ese labial.
—Lo siento, pero mi papá aún no me deja usar maquillaje —respondió escuetamente pero sin ser maleducada.
—Lo comprendo, sin embargo no tiene nada de malo usar algún colorete o... este bálsamo de labios. —Visiblemente Bárbara estaba emocionada, tomando un envase pequeño que contenía una pasta con un suave color melón en su interior—. Tienes unos rasgos hermosos y delicados, no necesitas un maquillaje tan llamativo pero sí algo sutil. —Dejó el envase y se dirigió a la zona de labiales—. ¿Qué dices? Seguro si hablamos con tu padre, podremos convencerlo de que estás creciendo y es normal que estas cosas llamen tu atención.
Los ojos verde pardo de la joven se desviaron por un momento al labial que tanto quería. Color rosa, fabricado con aceite de coco, ideal para humectar los labios y dejar un olor agradable y secretamente ese color combinaba con sus escamas por eso le encantaba. Bárbara siguió la mirada de Irina hasta llegar al dichoso labial. Sonriendo, lo tomó, abrió y se lo colocó en los labios con sutiles pinceladas. Al acabar, satisfecha con su labor, la llevó hacia un espejo para que Irina se viera.
—Te ves hermosa. Y tengo un colorete en mi estuche adecuado para este color. Además, si acomodamos tu cabello de esta forma... —Manejó las hebras negras hasta formar un peinado lateral sencillo— es perfecto. —Le cedió el labial a Irina—. Tómalo. Dile a la señorita que lo llevaremos, pagaré por él para ti.
Irina se quedó por un momento asombrada ante su imagen en el espejo. Tan sólo con ese pequeño toque femenino que le dio Bárbara se veía diferente, más mujer. La genética del dragón hacía que ellos se vieran más jóvenes de lo que eran, el abuelo Vlad le explicó que eso se debía a que uno de los factores importantes del proyecto Genoma D era alargar la vida del humano promedio, por eso se esforzaba tanto para por lo menos aparentar correctamente sus catorce años.
Despertó de su ensoñación ante las palabras de Bárbara.
—¡No! Yo... Yo quiero que mi papá me compre el maquillaje, no tú. —Palmeó su frente al darse cuenta de sus palabras rudas.
Bárbara se detuvo en sacar abrir su monedero, y miró sorprendida a Irina, por un breve momento lució decepcionada sin embargo se recompuso de inmediato.
—Por supuesto. Me alegro mucho, es un color hermoso.
—Damas. —Kenshi entró al lugar, se había mantenido fuera pues no entendía mucho de maquillaje. Sonrió ampliamente al ver a Irina—. Vaya. Estás impactante.
Bárbara cruzó las manos frente a su cuerpo.
—Irina estaba mostrándome el labial que su padre le comprara —mintió en favor de la joven—. Estaba comentándole que es un buen color para su edad. Es fresco, femenino y queda perfecto con sus rasgos.
—Lo comprará si se lo gana —aclaró Kenshi, enarcando una ceja hacia Irina.
—Oh, no hay nada de malo en que una chica tenga maquillaje.
—Si tú lo dices, no sé absolutamente nada al respecto. —Kenshi alzó las manos—. Si están listas, es hora de irnos.
—Me gustaría comprar unos cuantos coloretes. ¿Le importaría, amable señor, hacerme de traductor otra vez? —bromeó con una suave reverencia.
—En lo absoluto, miladi.
Y mientras Bárbara tomaba lo que le había gustado, Kenshi se colocó al lado de Irina.
—No creas que no escuché su conversación —dijo en susurros—. El orgullo es adecuado para no dejarnos pisotear, pero Bárbara no lo estaba haciendo.
—Llevaré esto. —Bárbara había tomado unos cuantos bálsamos y coloretes—. En Japón usan ingredientes naturales, y colores hermosos. No había visto nada de esto en Alemania o Rusia.
—En ese caso, en nombre de mi país, representa un honor tal halago. —Se dirigieron a la dependienta que había estado observándolos en silencio.
Mientras Kenshi bromeaba con Bárbara y servía de traductor, la joven les miró desde lejos. Sabía que por ese pequeño desliz, sus chances de conseguir el labial disminuirían, pero a pesar de eso la mujer rubia no la delató con su abuelo —Ella no tenía idea de que Kenshi pudo escucharlas perfectamente—, en cambio la cubrió e incluso hizo como que nada malo pasaba, la maquilló y arregló.
¿Quizás la estaba tratando como una hija? No lo sabía. No conocía la dinámica entre madres e hijas. Su papá trataba de cumplir ese rol con ella, de pequeña recordaba a su padre jugar con ella a las muñecas, hacerle peinados, vestirla... Todo lo que debía hacer una madre, Klaus lo hacía, incluso el alemán se dejaba peinar. Más de una vez llegó a los entrenamientos con los soldados con una elaborada trenza que le hizo Irina en la mañana. Era por eso que era tan celosa, porque su papá lo era todo para ella y no podía concebir a otra persona en su vida.
A pesar de sus malos tratos e indiferencia, Bárbara seguía siendo amable... Definitivamente no la quería como una madre, pero podía reconocer el esfuerzo que hacía la mujer.
—Muy bien. Hora de irnos. Ya pronto anochecerá.
—Muchas gracias por este día —agradeció Bárbara mientras salían de la tienda e iban hacia el carruaje—. Este lugar es un sitio hermoso, y cálido, pintoresco incluso, muy diferente de Alemania, ni que decir a Rusia. —Bárbara le sonrió al paje que la ayudó a subir al carruaje.
Cuando Kenshi e Irina subieron, al minuto el carro inicio camino de regreso al hogar.
—No es nada. Contrario a esos lugares, Hiroshima es un lugar tranquilo. Sin mencionar la diferencia climática.
Charlaron un poco más en el camino, al llegar a casa los primeros en recibirlos fueron Michelle, Ruslán y Damián. El segundo notó enseguida el color en los labios de Irina.
—¿Papá te compró ese labial que tanto querías? —No le parecería raro que lo hiciera. De entre los tres, Kenshi solía gastar más dinero en Irina.
—Yo no lo hice. Solo se lo estuvo probando para enseñarlo a Bárbara.
—Y se ve encantadora. —Asintió la mujer—. Espero que tu padre lo compre pronto.
—Yo también lo espero... —respondió a Bárbara con un tono amable—. Gracias por maquillarme y peinarme. —Sus mejillas se coloraron ligeramente. Era la primera vez que le hablaba en ese tono. Antes de que pudiera responderle, Irina caminó al interior de la casa, entregando su calzado a uno de los sirvientes para poder caminar por el suelo de madera.
Bárbara no dijo nada, pero mantuvo la sonrisa incluso aun cuando miró a Kenshi. Se encaminó a su habitación con Damián para guardar las cosas recién compradas y cambiarse para algo más cómodo para la cena. Los platillos ahí servidos eran muy diferentes a cualquier cosa que hubiera probado antes, y si bien combinaban la comida europea con la asiática, Bárbara claramente seguía adaptándose al cambio.
—¿Te divertiste con los chicos hoy? Hubieras venido con nosotros. Habían chicas muy lindas —cuestionó a su hijo mientras rebuscaba entre sus ropajes.
—Ninguna chica es tan bonita como Michelle —dijo el joven rubio sin ninguna pena. Se acercó a ayudar a su madre con los artículos recién comprados, entre ellos notó una bufanda roja que claramente fue comprado pensando en cierto pelinegro—. ¿No crees que el señor Klaus ya tiene suficientes bufandas? Aquí ni siquiera hace tanto frío pero siempre están cubiertos.
—Es lindo que pienses así de Michelle pero él es un niño, cariño. —Echó unos mechones de cabello rubio de Damián hacia atrás—. Con respecto a la bufanda, todos parecen estar igual, creo que es alguna condición que tienen. —Tomó la bufanda—. De todas maneras, le quedará excelente cuando vuelva a Rusia.
En cuanto su madre se alejó, Damian volvió a desordenar su cabello. Odiaba que su madre lo peinara.
—¿Cuánto tiempo más estaremos aquí? —preguntó, intentando aparentar un tono de indiferencia.
—Estaremos unos pocos días más, pero después debemos regresar a Frankfurt. —Bárbara acomodó la bufanda y la dejó a un lado, luego guardó las compras pulcramente en su lugar y procedió a buscar un vestido adecuado para la cena mientras hablaba—. Somos invitados en este lugar, y como todo invitado, tenemos una fecha de ida. Aunque espero que... podamos verlos pronto. —Le miró de reojo—. ¿Por qué? ¿Ya quieres marcharte, hijo? —No le extrañaría que lo quisiera.
—No... No estoy ansioso por volver a ver al tío Karol, su casa huele a viejo y alcohol —murmuró por lo bajo—. Es agradable estar aquí, incluso con la mala actitud de Irina.
—No digas eso de Irina —regañó con suavidad—. No es una mala niña. Puedo imaginar que no debe ser fácil para ella que de pronto venga una desconocida y muestre interés por su padre. Hay que tener paciencia. —Finalmente escogió un vestido sencillo, y se giró hacia Damián—. Ahora, ¿por qué no vas a prepararte para la cena? Y por favor, haz algo con esa cabellera rebelde que tienes. —Suspiró al ver los mechones nuevamente desarreglados.
—Mi cabello está bien. —Cruzó los brazos, indignado. Se giró para salir del cuarto. Antes de deslizar la puerta, miró nuevamente a su madre—. ¿Qué tan profundo es tu interés por el señor Klaus?
—Es un hombre atractivo, interesante, sensible y... —Bárbara se detuvo en su proceso de sacarse el pequeño chaleco de su vestido— hay algo en él que parece... solitario. No es tanto a como cuando tu padre vivía, pero sí me interesa mucho.
—Parece un veinteañero con ese cabello largo —dijo queriendo fastidiar a su madre—. Si siguen así, en un par de meses tendré que llamarlo "padre Klaus". —Soltó una carcajada al imaginar la explosión de Irina si hacía eso.
—Lo llamarás como Klaus quiera que le llames —anunció. Enseguida le despidió y procedió a cambiarse de ropa.
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Por los siguientes días, Bárbara y Damián permanecieron en la casa. Mientras Bárbara seguía tratando de ganarse la confianza de Irina –había insistido a Klaus en comprarle el labial que la joven quería–, Michelle pasaba el rato con Damián. Algunas veces Ruslán se les unía, salvo las ocasiones en las que Kenshi se lo llevaba para instruirlo en los futuros deberes como dirigente de Hiroshima. Desde que regresó, Michelle no había vuelto a toparse con Minegishi, apenas se atrevía a pensar en él, y prefería llevar a Damián por los alrededores y mostrarle todo lo que podía del condado.
Paseando con Damián por el pueblo, no obstante, el destino le dio una patada al estómago a Michelle cuando, sin pretenderlo, se toparon con Minegishi y una joven japonesa muy bonita de su brazo. No le tomó mucho a Michelle saber quién era ella.
—Eh..., hola... Minegishi. Hace mucho que no te veo.
—Michelle. —Minegishi miró nervioso entre su prometida y su ex novio. Apretando los labios, tomó valor para presentarlos. Hizo una formal reverencia ante el castaño—. Chisori-san, quiero presentarle al nieto del Señor Feudal Ottori-sama. Michelle-kun, ella es mi prometida.
—Encantada de conocerle. —Chisori ejerció una profunda reverencia luego de la sorpresa inicial. No esperaba que Minegishi conociera al nieto de Ottori-sama.
—El... placer es mío. —Tarde se acordó de Damián, y como el japonés, hizo las presentaciones—. Yo les presento a Damián Hoffman. Su madre y él están quedándose en casa. —Tuvo que cambiar al alemán al dirigirse al rubio—. Damián, ellos son Minegishi y Chisori, están... comprometidos. —volvió nuevamente la atención a la pareja, donde Chisori, luego de una reverencia a Damián, afianzó el brazo de Minegishi para llamar su atención.
—Querido, tenemos que llevar las compras a casa.
—Eh, sí. Claro, tienes razón. —El japonés miró una última vez a Michelle con anhelo antes de seguir su camino. Estando a varios metros, Minegishi miró atrás. Extrañaba un montón a Michelle; sus labios, sus adorables orejitas, pero ahora era un hombre comprometido. Con un pesado suspiro, siguió caminando, escuchando la charla banal de Chisori.
Estando solos, Damián se permitió opinar.
—Adorable pareja, un poco incómoda.
Pero Michelle no dijo nada, en cambio trató de seguir caminando para alejarse de ese lugar, alejarse del pueblo. Aún seguía doliéndole su separación con Minegishi, le quedaba bastante claro. Su prometida era una joven muy bella, que le dará muchos hijos y seguro le hará feliz... Michelle sintió sus orejas planas contra su cabeza, ocultas bajo su gorro, y los ojos picando por las ligeras lágrimas. No, tenía que calmarse, no podía hacer una escena frente a Damián. Trató de respirar hondo, girándose hacia el rubio.
—Vamos a la Costa. Me gusta ir ahí, siempre se ven cangrejos caminando por la orilla y en una ocasión vimos tortugas marinas bebés. —Desvió la conversación—. Fue todo un espectáculo.
Notando el repentino estado decaído de Michelle, el rubio le tomó de la mano, entrelazó sus largos dedos con los del menor.
—No sé qué es lo que pasó entre ese chico y tú. —Por la forma en que Minegishi miró a Michelle, estaba más que claro que hubo algo entre ellos. Recientemente—. Pero eres mucho más hermoso que esa chica japonesa. Ese Minekity no sabe de lo que se está perdiendo.
A Michelle se le escapó una sonrisa, después una risa pequeña y finalmente comenzó a reír. La verdad se sentía mejor reírse que empezar a llorar. Apretó la mano de Damián, sonriéndole.
—Es... es complicado. Y se dice Minegishi, pero no importa. Gracias, Damián.
El joven alemán sonrió, feliz de lograr apartar esa expresión desolada del rostro de Michelle.
—Quizás sólo es complicado porque tú piensas que es complicado.
—Pues... —Michelle lanzó un largo suspiro. Tal vez no sea nada malo contarle, es parte del pasado... Sí, tenía que empezar a dejar atrás el pasado—. Minegishi y yo..., pues, iríamos a cumplir un año juntos hace unos meses si sus padres no hubieran decidido... comprometerlo con esa chica. —Tragó el comienzo de un nudo en su garganta. Dolía un poco aún—. Es algo usual en algunas familias por aquí... y... bueno, tuvimos que separarnos. Luego de eso le pedí a papá que fuéramos un tiempo a Rusia y ahí los conocimos a tu madre y a ti.
—¿Te dejó? ¿Así sin más? —Viendo la dolorosa afirmación del castaño, Damián enfureció—. ¡Ese imbécil! —gruñó indignado—. No se merece ni una lágrima tuya. ¡Si yo fuera tu novio, no permitiría que nos separaran de esa manera!
Michelle se detuvo, creyó oír mal pero cuando se giró a ver a Damián, confirmó que no, el alemán realmente dijo lo que había dicho. Eso causó un calorcillo agradable en su pecho y sus mejillas se volvieran un poco más rosadas.
—Está bien... Supongo que... —Michelle reanudó sus pasos, la cabeza un poco cabizbaja—. En algún punto me hacía a la idea de que existiría la probabilidad de que Minegishi y yo no viviríamos juntos y felices hasta el fin de nuestra vida, es solo que... estábamos bien juntos. No lo había esperado. —Se alzó de hombros. Tomó una bocanada de aire para no dejarse llevar por la tristeza otra vez—. Gracias por tu apoyo, Damián. Solo... no quiero que volvamos a hablar de ese tema. Trato de dejarlo atrás.
—Entendido. —Pasó su brazo sobre los hombros de Michelle. Los instó a caminar muy juntos, al principio el castaño estuvo un poco tenso pero conforme escuchaba la charla sin sentido de Damián, se relajó. Terminaron pasando la tarde en la playa, buscando cangrejos y jugando con las olas de la orilla.
N. E.: ¡FELIZ AÑO, dragones! Nos fuimos de parranda y no trajimos capítulo hasta ahora. Lamento eso. Mi computador sigue hospitalizado, así que tengo que arreglarmelas con la PC comunitaria que hay en mi casa. Pero finalmente pude traerles algo de contenido. Las cosas van avanzando lento, pero en realidad vamos muy rápido. Pronto entrará en juego la verdadera trama de la historia, así que quédense con nosotras. Este 2020 promete mucho.
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