Capitulo 6

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Mientras, en la casa Feudal, Klaus terminaba su entrenamiento con algunos veteranos. Desde que Wen se lo enseñó hace muchos años, practicaba Taijutsu y Ninjutsu para mantenerse en forma.

Bárbara salió a dar un paseo en solitario por los alrededores de la casa. Hacía un día espléndido, protegida bajo un sombrero de ala ancha a juego con su vestimenta. Con cierta dificultad, le explicaron dónde encontrar a Klaus, por lo que fue en su búsqueda. Por supuesto que no esperaba encontrarlo en tal aspecto. Su marido había sido un hombre guapo, el entrenamiento militar siempre manteniéndolo en forma, sin embargo Klaus poseía un atractivo diferente, más sexy, quizá debido a la juventud que poseía su figura, y su cabellera larga, en ese momento trenzado en un peinado –Bárbara asimiló fue hecho por Irina–, le daba un toque exótico, algo que en un inicio llamó su atención también. Nunca antes se consideró una mujer lujuriosa, pero justo ahora el hombre frente a ella despertaba un lado de ella hasta ese instante desconocido.

Saliendo de su ensimismamiento, Bárbara avanzó un par de pasos, carraspeando un poco.

—Aunque no sé nada de técnicas de batalla, nunca antes había visto a un hombre pelear de esa forma.

Klaus sonrió al ver a Bárbara. Le hizo una reverencia a su contrincante, le dedicó unas pocas palabras en japonés antes de darle su completa atención a la hermosa mujer.

—Es un arte marcial, muy común en Japón —explicó el pelinegro, usando una toalla para limpiarse el sudor de la frente y el cuello—. Me lo enseñaron cuando llegué a Japón y desde entonces entreno todos los días. Ayuda a mantenerse en forma y alerta. —Aunque con los alemanes como invitados se había abstenido de luchar con su cola y alas, sus compañeros lo agradecían sinceramente.

—Posee movimientos muy... diferentes. Directos pero sutiles, como si fueran propios de un espía. —Bárbara dirigió su mirada hacia los demás soldados, algunos tomaban un descanso, otros seguían en la batalla—. Obviamente jamás estuve en un campo de batalla, pero en las pocas ocasiones que presencié una pelea, los golpes eran más rudos. Cada cosa que veo de este país me sorprende más. Puedo entender porque te estableciste aquí, aún con la presencia de tu familia. Es un lugar muy pacífico.

Su mayor razón para quedarse fue Yuki, pero eso no era necesario decirlo.

—Japón es muy diferente a Europa. Las costumbres, su forma de hablar, de comportarse, es como si fueran un mundo aparte. Fui afortunado de ser aceptado aquí. —Una brisa fría le recordó que no debía estar tan descubierto, y menos estando acalorado y sudado. Buscó el yukata mullido que había estado usando antes y se lo puso por encima.

—Creo que será mejor que te refresques un poco. —Bárbara dijo mientras se acercaba un poco y apartaba un mechón de cabello húmedo que cayó en su frente—. ¿Deseas que le pida un té helado a uno de los gemelos?

—No, no. Es mejor un té caliente. —Eso era lo mejor después de un baño tibio, le ayudaba a regular su temperatura—. Por cierto, Irina me pidió hoy que la maquillara. Está encantada con el nuevo labial.

—Me alegra oír eso. Si... necesitan un tiempo, podría pasar un rato con Damián y Michelle —comentó, alisando una arruga inexistente en su falda—. Damián le ha tomado mucho afecto a Michelle.

—Los he notado muy juntos últimamente. Michelle pasó recientemente por una ruptura dolorosa... Estoy feliz de que pueda enfocarse en otras cosas... —Iba a comentar algo más cuando se dio cuenta que uno de los nuevos soldados que estaba entrenando intentó hacer una patada a su contrincante. Perdió el equilibrio al no dominar la técnica e iba en directa colisión con Bárbara que no notó nada. Klaus, por suerte, reaccionó a tiempo, apresó el esbelto cuerpo de la rubia contra su pecho sacándola del camino del soldado quien terminó golpeándose contra otro compañero que pasaba cerca.

Bárbara por suerte no gritó, el repentino movimiento la tomó por sorpresa y su corazón latía fuerte. No obstante, se cuestionó seriamente si latía fuerte debido al pequeño accidente o al hecho de que estaba rotunda y completamente más cerca de Klaus de lo que había estado antes. Su boca se secó cuando alzó la mirada, tuvo que humedecerse los labios antes de volver a hablar.

—Oh..., gracias. Ha sido... inesperado.

—Totalmente irresponsable. ¿Estás bien? —Después de recibir un asentimiento de parte de Bárbara, se disculpó y acercó al soldado caído para asegurarse de que estaba bien. También le dijo que antes de intentar una patada de ese tipo debía tener más entrenamiento y no sólo querer imitar a sus compañeros.

Bárbara tuvo que respirar una, dos veces para calmarse. De pronto sentía demasiado calor, y había estado fresca hace un momento. Todavía podía sentir el contacto del cuerpo de Klaus con el suyo, ¿cuánto hace desde la última vez que algo así sucedió? Con seguridad, poco antes de la muerte de su esposo.

Dio un pequeño carraspeo, y se dirigió a Klaus.

—Pediré que te preparen un té.

—Te lo agradecería mucho —dijo con una sonrisa—. ¿Te gustaría pasear más tarde? Estoy seguro de que podemos tener una agradable merienda en el bar de Jim. Sus dulces son de lo mejor.

Entusiasmada con la idea de pasar un rato a su lado, Bárbara asintió contenta.

—Me encantaría muchísimo. He escuchado mucho de los jóvenes respecto a los dichosos dulces, que me ha dado mucha curiosidad. —Apartó un poco su sombrero cuando empezó a sentir incomodidad—. Gracias.

Pasaron esa tarde juntos, al igual que la siguiente y la siguiente después de esa, algunas veces eran acompañados por sus respectivos hijos y el hermanito de Klaus, pero en general los dos adultos pasaban bastante tiempo juntos. Era agradable. Feyn estaba indiferente, con la cercanía de Bárbara salía mucho menos que antes, apenas se manifestaba para hablar con sus crías.

Pronto la estadía de Bárbara y Damián en Japón se alargó, y solo salieron del país en compañía con la familia para pasar las Navidades en Rusia. Bárbara aprovechó ese momento para hacer un pequeño viaje a su propia residencia pero enseguida estuvo de regreso para festejar con la nueva familia. Incluso trajo algunos regalos, en especial a Irina, a quien regaló un par de estuches de maquillaje y un elegante abrigo de invierno traído especialmente de Moscú.

Por otro lado, Michelle había dejado atrás a Minegishi y su compromiso, disfrutando su tiempo con Damián. Michelle siempre usaba gorra con Damián y Bárbara presente, siempre había ocultado sus rasgos de gato, pero fue allí en Rusia, mientras abrían los regalos, en donde por accidente su emoción causó que la gorra se deslizara y revelara sus erectas orejas peludas destacando entre sus cabellos. La sorpresa fue tal que por un momento parecía que Bárbara se desmayaría de la impresión.

Damián, más que sorprendido, se veía un poquito horrorizado. Frunció el ceño al darse cuenta de que ellos dos eran los únicos sorprendidos.

—¿Qué significa esto? —exigió saber el muchacho rubio.

Las orejas de Michelle se aplanaron contra su cabeza al oír el tono de Damián. Bárbara se llevó una mano a su pecho, tratando de calmarse.

—Es... estoy segura de que hay una explicación... ¿no es así? —Desde que conoció a Michelle, algo que llamó su atención eran sus ojos. Eran de un tono ámbar tan claro, y lo más peculiar era la pupila rasgada. Como un gato. En ese entonces, Klaus le había comentado que Michelle nació con una condición genética muy extraña, pero ahora… viéndole las orejas, la cola, todo parecía tener sentido ahora.

—Yo... —La voz de Michelle se escuchó un poco temblorosa— nací así. —Un poco dudoso, sacó su cola oculta bajo un suéter que le quedaba un poco grande. Había estado usando ropas que le permitieran esconder su cola de esa manera. Tembló nuevamente al oír el jadeo de Bárbara.

—Son... ¿son reales?

—Lo son —intervino Ruslán en favor de Michelle. Le dio un empujón para que se acercara—. No hacen nada, en serio.

Michelle titubeó, pero avanzó y se colocó a un lado de Bárbara que le permitiera a la mujer tocarlo. Ella no lo hizo enseguida, pasó al menos un minuto antes de que se atreviera a tocar la cola del castaño.

—Oh, bendito Dios. Se siente... igual a la cola de un gato. Pero... —Miró con cierto desconcierto a Michelle— pero ¿cómo? —Buscó a Klaus con la mirada, la misma pregunta dirigida a él.

—Es una herencia... de su madre. Ella también tenía esa peculiaridad. —Los detalles eran vagos. Para cuando él conoció a Angie, la morena ya era un gato.

—¿Por qué Irina no es como Michelle? —preguntó Damián, todavía con el ceño fruncido.

—Michelle es adoptado —respondió Vladimir con voz calmada—. Klaus se hizo cargo de Michelle desde bebé.

Irina se acercó a su hermano, tomándole de la mano a modo de apoyo, entrecerró los ojos ante la expresión de Damián.

—Cuida tus palabras —aconsejó en un siseo amenazante—. Con orejas o sin ellas, sigue siendo mi hermano, y no permitiré ninguna palabra mal sonante en su contra.

—Ni yo tampoco —anunció Bárbara, ceñuda hacia el joven—. Damián, yo no te he enseñado esos modales, hijo. Compórtate. —Tomando una respiración, Bárbara regresó su atención a Michelle.

—Yo... por eso intentaba ocultarlo. —Michelle bajó la mirada, deprimido. Podría molestarse porque ciertos rasgos le hicieran ver cómo una chica, pero no soportaba el rechazo de algunos por lo mismo—. No todos lo aceptan. En Hiroshima ya están acostumbrados y podía estar libre pero...

—Con la llegada de nosotros tuviste que ocultarlas. —Bárbara estiró las manos para tomar las de Michelle entre las suyas—. Cuánto lamento que tengas que haberlo hecho. Aunque son... —Volvió a mirarlas, desde las orejas planas contra su cabeza, y aunque la cola se ocultaba entre las piernas, podía vislumbrar la punta— llamativas, son parte de ti. Aún no termino de entender cómo algo así pudo suceder, no tienes qué avergonzarte. Fuera de ellas sigues siendo un niño como cualquier otro. Y además... —Le soltó una mano para abarcar todo su alrededor, incluyendo el hermoso árbol decorado cerca de ellos— estamos en Navidad. No vamos a dejar que algo así nos moleste en estos momentos. ¿Cierto, Damián? —Frunció el ceño al no escuchar contestación de su hijo—. Damián —presionó.

Mordiéndose la mejilla por dentro, Damián hizo un verdadero esfuerzo por actuar con normalidad.

—Sí..., sí. Tienes razón, madre. —Tomó su copa de ponche olvidada de la mesa—. No dejemos que este pequeño incidente nos quite la alegría navideña. —Alzó su copa a modo de brindis.

Klaus le siguió el gesto y después los demás, Irina miraba recelosa a Damián pero también alzó su copa para no causar más revuelo.

Todos brindaron, y enseguida Bárbara insistió en que continuarán abriendo los regalos. La tensión que causó la revelación de los rasgos de Michelle fueron dejados atrás, sin embargo aún se sentía un poco incómodo debido a Damián. Para la noche, cuando ya todos se preparaban para dormir, hubo unos toques en la puerta de Damián y enseguida la entrada se abrió dejando pasar la figura de Michelle. Portaba una pijama cuyas mangas le quedaban algo grandes, su cola no estaba a la vista pero sí las orejas que mantenía agachadas.

—¿Damián? ¿Puedo... hablar contigo un momento?

El rubio vaciló por un momento pero terminó aceptando.

—Claro... Pasa, pasa. ¿Qué te trae a mi habitación? —preguntó amablemente aunque no se acercó como hacía antes, y sus ojos azules seguían el movimiento de las orejitas.

—Yo... —Michelle avanzó un par de pasos hasta quedarse en medio del cuarto, sin atreverse a ir más allá—. ¿En verdad estás molesto por... cómo me veo? Por favor, debes saber que yo más que nadie me hubiera gustado no... no ser así —terminó diciendo en un susurro. No lamentaba ciertas habilidades, a Minegishi parecía darle igual cómo se veía, pero Damián era un golpe de realidad. No todos eran como los demás en Hiroshima y Michelle no quería pasar el resto de su vida en ese lugar. En momentos así deseaba, cuánto deseaba, poder ocultar sus rasgos como su padre, como Irina, como los demás—. No quisiera que me odiaras por esto —murmuró con la cabeza gacha.

—¡No! Por dios, no… No te odio. —Esta vez Damián sí se acercó a Michelle, dudó un segundo pero terminó por abrazarlo—. Yo sé que no está en tu control ser de esta manera, nadie escoge a sus padres. —Se separó para ver adecuadamente las orejas—. Es sólo que es... raro. —Inseguro, tocó una de las orejas. Se asustó al sentirlas moverse—. ¿Has pensado en...quitarlas? —pensó que tal vez esa pregunta era un poco ruda—. Es decir..., eres hermoso, aún con las orejas pero... ¿No te gustaría ser normal? Como tu hermana, o el señor Klaus.

—En verdad lo quisiera pero... —La simple mención de remover, o amputar siquiera sus rasgos causaba un poco de pavor en Michelle—, no sé cómo. Es decir... —Tocó sus propias orejas—. Son mis orejas, mis oídos, ¿entiendes? Y... no es como si pudiera operarlas... —Michelle volvió a abrazarlo, dudando un poco al inicio—. Siempre trato de ser lo más normal que puedo, aunque sé que en el fondo no lo soy.

Con un suspiro derrotado, Damián abrazó a Michelle.

—Está bien. Lo entiendo. —Se quedaron un momento callados, Damián acariciando el suave cabello castaño, con cuidado de no tocar las orejas—. Sigues siendo mucho más hermoso que muchas chicas que conozco.

Michelle sonrió, ya estaba acostumbrándose a sus halagos, por lo que no se había sonrojado enseguida como otras veces. Sin despegar su cabeza de su pecho, levantó la mirada.

—Gracias... Gracias por entender. Me hubiera sentido fatal si por esto no volvías a hablarme. Eres mi único amigo...

—Siempre tendrás mi apoyo —ofreció el mayor.

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En otro cuarto de invitados, Klaus tocaba respetuosamente la puerta de Bárbara. Una vez que le dieron permiso de pasar, abrió la puerta, en las manos traía una bandeja con dos vasos con leche tibia y miel. El alemán estaba usando pantalones de dormir y un mullido suéter de lana en azul crema, su cabello caía suelto sobre sus hombros, parte del flequillo era sostenido por su oreja izquierda para despejar su rostro.

—Hola —dijo suavemente, con una sonrisa tímida—. La noche está helada, pensé que querrías algo caliente.

Bárbara recibió la taza.

—Gracias. Me he acostumbrado pronto al clima cálido de Japón que me está costando un poquito mantenerme tibia ahora —bromeó antes de dar un sorbo pequeño a la bebida. Suspiró con gusto—. Es mi primera navidad con ustedes, y estoy contenta con eso. Aquí entre nosotros... —Bárbara bajó la voz en un tono de complicidad—. No tenía la mínima gana de pasarla con mis hermanos y su familia. No hubiera sido tan interesante y divertido como pasarlo aquí, contigo y los Volsk. No lo he dicho pero, gracias por permitirme estar aquí.

—Es un placer tenerlos aquí, incluso Irina está contenta aunque no lo diga. En la tarde noté que incluso te pidió ayuda con su cabello. El peinado que quería me estaba costando mucho hacerlo. —Los dos rieron ante eso. Tomando un sorbo de la dulce bebida, Klaus miró de reojo a Bárbara—. Siento no haberte dicho antes lo de Michelle. No es algo fácil de digerir.

—Lo sé. Aún trato de hacerlo, pero... —Bárbara rodeó el borde de la taza con sus pulgares, observando el suave líquido—. Como le dije a Michelle, sigue siendo un niño. Entiendo que lo mantuvieran oculto, si fuera otro tipo de mujer, tal vez si saliera huyendo pero... no lo soy. Solo sí me gustaría la honestidad. —Estiró una mano para tomar la de Klaus—. Cualquier cosa que tengas que contarme, hazlo. ¿Sí?

Klaus apretó los labios. Tomó un sorbo de leche y desvió la mirada.

—Hay cosas que no son fáciles de decir.

—Tranquilo. —Bárbara le sonrió mientras volvía a usar las dos manos para sujetar la taza. Bebió un sorbo más largo a los anteriores—. Sin embargo, puedo entender ahora porque Michelle siempre estaba tan cubierto, incluso dentro de casa. Espero que a partir de ahora no lo haga más. —Iba a tomar un nuevo sorbo pero se detuvo—. ¿Quiénes fueron sus padres? ¿Los conocías?

—La madre de Michelle era una amiga mía, una mujer muy peculiar y no lo digo sólo por su apariencia gatuna —dijo a modo de broma. Bárbara le hizo un gesto hacia los sillones cerca de la ventana y ambos se acomodaron ahí para seguir charlando—. Ella era una mujer intrépida, fuerte, no se dejaba intimidar por nadie. Shin, el papá de Michelle, era un tipo muy gracioso, no pensaba mucho antes de actuar —le confesó a la rubia—. Era el hermano de la mamá de Irina... Lo que técnicamente los hace primos.

—Suenan como una peculiar pareja. —Bárbara sonrió encantada, imaginándolos en su mente—. No le digas, pero Michelle tiene unos rasgos suaves y particulares, no hablo específicamente de sus orejitas, así que puedo imaginar lo hermosa que habrá sido su madre. ¿Qué les ocurrió? —Mostró pesar ante la pregunta—. ¿Tuvieron un accidente o enfermedad?

—Nunca llegaron a ser una pareja. —Tuvo que especificar. No era algo que le hubiera dicho a Michelle, de hecho preguntaba muy poco por sus verdaderos padres. Tenía respeto por la memoria de Shin y sabía de él por parte de Jim—. Fue un embarazo inesperado. Cuando ella se enteró de que estaba embarazada, lo tomó muy mal, desapareció por mucho tiempo, Shin apenas logró ver a su hijo antes de morir —suspiró con pesar—. Él murió en la época de la guerra... —No dijo más sobre eso, no le parecía correcto decir que fue la misma madre de Michelle quien mató a Shin—. Y ella lo hizo al dar a luz por una infección —mintió.

Bárbara jadeó en sorpresa, lamentando mucho el final de ambos padres. Cuando su esposo murió, Damián había sido muy pequeño y apenas tenía recuerdos del hombre, Bárbara sufrió debido a su pérdida y la falta de figura paterna que tendría su hijo. Pensar en que Michelle ni siquiera pudo conocer a sus padres le llenaba de dolor.

—Pobre criatura... Fue un milagro de que te tuviera a ti. Es un niño adorable y muy amoroso, algo travieso debo añadir —dijo con una sonrisa pequeña—. Sé que no hace falta decirlo, pero has hecho un gran trabajo. Irina y Michelle son jóvenes encantadores.

—Gracias, pero la verdad es... que ellos son mi ancla, son mi razón de vivir. Si no hubiera sido por ellos, me temo que hubiera perdido la fuerza hace muchos años. —Hace tiempo que no tenía un ataque de depresión. Mejoró mucho desde que conoció a Kanya, y ahora con Bárbara los pensamientos negativos eran incluso menos frecuentes.

—Los hijos son nuestro mejor bálsamo. —Bárbara suspiró, bebiendo lo último que quedó en su taza—. Cuando Frederick murió, creí que ahí acabaría mi vida. Entonces durante su entierro Damián vino a mí porque tenía miedo de dormir solo esa noche... Fue como si parte del dolor me dejara ver que aún tenía algo por el cual luchar. Un pedacito de Fred que quedó conmigo. —Le brindó una débil sonrisa—. Con el paso de los años he aprendido a superarlo, pero sé que siempre hay una parte de ti que duele. —Estiró la mano y tomó la de Klaus, entrelazando los dedos—. Lo importante es tener a tu lado a quien te ayude a sobrellevarlo.

—Es difícil encontrar a alguien cuando no dejas de recordar. —En un gesto ausente acarició con su pulgar la mano de Bárbara—. Han pasado 14 años pero sigo sintiendo el dolor de la pérdida, no es tan fuerte como antes pero se ha convertido en un dolor sordo con el que he aprendido a vivir.

—Suele pasar. —Bárbara dejó la taza a un lado, ambas manos rodeando la de Klaus—. Tú y yo compartimos un pasado parecido, tal vez no fue coincidencia que nos hayamos topado. Ninguno de nosotros olvidará a nuestra primera pareja, ni dejaremos de tener cariño hacia ellos, pero podemos darnos ese cariño que quedó por dar entre nosotros, y lograr sanarnos el dolor de su pérdida mutuamente... si lo permitimos. —Una de sus manos fue a la mejilla de Klaus en una lenta caricia.

Klaus miró a Bárbara con unos nuevos ojos. Quizás fuera su poca experiencia pero por primera vez se estaba dando cuenta del interés que despertó en la mujer rubia.

—¿De verdad lo crees? —preguntó con voz trémula—. ¿Que nosotros podemos...? —La pregunta quedó inconclusa, no sabía cómo expresarlo.

—Siempre podemos intentarlo —aseguró Bárbara sin dejar la pequeña sonrisa—. Y si no resulta, Klaus, podemos ser amigos. Estoy dispuesta a dar todo de mí, solo si también lo estás tú. —Se encogió de hombros al añadir—. No es pecado alguno tratar de salir adelante, superar el dolor e intentar volver a ser feliz. Eso fue algo que me costó entender en estos últimos años.

Feyn expresó su descontento a Klaus en su mente, pero aparte del leve gruñido no hizo más nada. Klaus le ignoró y sonrió a Bárbara.

—Quiero intentarlo. —Sus palabras sonaron más seguras de lo que en realidad se sentía.

Alegre por oír esa respuesta, Bárbara enmarcó el rostro de Klaus con sus manos. Con su mirada pidió permiso poco antes de besar sus labios; fue sutil, tierna, lenta, tanteando la caricia hasta que los dos estuvieran cómodos y seguros con el beso.

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Después de esa noche, los dos alemanes anunciaron sus intenciones a la familia. Irina no estaba exactamente contenta con el anuncio, Bárbara le caía mejor sin duda pero eso no quería decir que saltara de alegría porque ellos dos iniciaran una relación amorosa. Bárbara le aseguró que Klaus seguiría siendo su padre sin importar nada. Klaus en verdad estaba poniendo mucho de su parte para hacer esa relación funcionar. Era caballeroso y atento, era detallista como pocos hombres, incluso acompañaba de compras a la rubia alemana y en vez de fastidiarse, la ayudaba a elegir ropa, ella suponía que era el resultado de tener que cambiar sólo a una jovencita como Irina.

Tratando de comprender cómo se sentía Irina, Bárbara no ofuscaba la atención de Klaus hacia su hija y siempre la incluía en cualquier actividad que pudiera. Siendo ambas las únicas mujeres en la familia, lo que menos quería era una guerra campal. Después de todo, ella también tenía un hijo y por nada del mundo lo pondría en un último plano incluso si tenía una pareja.

Respecto a él, Michelle estaba altamente aliviado de que no cambiara casi nada la relación que tenía con Damián. Claro que siempre intuía un leve recelo, Michelle aceptaba eso pues nunca era un entero rechazo. Aún con ello, por mera costumbre, solía mantener oculta la cola, o las orejas; algunas veces las ocultaba a ambas, otras veces lo olvidaba o le daba calor y simplemente los dejaba estar a sus anchas.

Pronto los meses pasaron, el cumpleaños número quince Michelle había llegado y los Hoffman seguían con ellos. Bárbara algunas veces en esos lapsos de tiempo hizo viajes pequeños a Alemania por cuestiones familiares, sin embargo llegó a tiempo para el festejo. Quisieron organizarle una fiesta sorpresa a Michelle, por lo que le dijeron a Damián que lo distrajera el tiempo suficiente fuera de la casa. Con el inicio de primavera a pocos días, Michelle aconsejó dar una vuelta por el bosque. No contó con que, al apartar un arbusto, un enorme y horrible sapo saliera de él. El castaño, fóbico hacia los anfibios, saltó en dirección a Damián, su peso inesperado provocando que ambos cayeran, Michelle sobre el alemán.

—Ay..., lo siento... Lo siento... —Michelle se alzó un poco, su rostro muy cerca, buscando con la mirada alguna herida en Damián—, le temo a los sapos, me asusté... ¿estás bien?

—No te preocupes, estoy bien. —Alzando su peso con los codos, miró al agresor de Michelle. Los grandes ojos babosos del animal estaban enfocados en una mariposa que volaba cerca—. Yo te protegeré de ese verrugoso atacante —dijo en un falso tono heroico, burlándose de Michelle.

Michelle siguió con la mirada a lo que estaba viendo Damián, haciendo una mueca de asco en cuanto visualizó el anfibio. Era enorme, baboso, horrible y estremeció todo el cuerpo de Michelle.

—No te burles —susurró—. Solo míralo, es... es... —Instintivamente se aproximó a Damián, buscando establecer toda la distancia posible con el sapo— asqueroso. —Cuando giró la cabeza otra vez, estaba más cerca del rostro de Damián, tanto que pudo detallar el color de sus ojos—. Vaya..., no lo había notado mucho. Tus ojos son un poco más grises, los de tu mamá tiran hacia el azul...

—Mi padre tenía los ojos grises —explicó. Se quedó un momento detallando a Michelle. Su piel clara y tersa, sus apetecibles labios, la pequeña nariz respingona, incluso sus ojos amarillos eran atrayentes y exóticos, mucho más hermoso que cualquier chica. Si tan sólo no fuera por esas orejas... Michelle sería perfecto—. Mich... —susurró muy bajo—. Perdóname por lo que estoy a punto de hacer, es que no creo poder contenerme por más tiempo... —Antes de que Michelle preguntara qué pasaba, Damián acortó la distancia entre sus labios.

La cola de Michelle se erizó por la sorpresa, todo su ser congelado, su mente procesando con toda rapidez lo que estaba pasando. Damián le besaba... Damián le estaba besando, a él. ¿Cómo pudo pasar? Iban a ser hermanos..., o hermanastros en tal caso.

No, la lógica le gritó que técnicamente no están emparentados, no había nada malo en ello. Y Damián había sido atento con él, protector, cariñoso, le hizo olvidar, superar, el dolor de la separación con Minegishi. Para cuando Michelle dejó sus pensamientos, sus ojos se cerraron y devolvía el beso a Damián, sus manos enmarcando su rostro, su cuerpo a horcajadas sobre el mayor. Estuvieron un largo rato sin decir nada, tan sólo sus labios en constante contacto, Damián se había enderezado en el suelo y ahora Michelle estaba sentado sobre su regazo. Besaba su cuello, mandíbula y labios mientras sus manos recorrían la espalda del menor y su estrecha cintura, siempre con cuidado de no tocar la cola.

Estaban tan entretenidos que Damián se alarmó cuando vio el sol tan bajo.

—¡Tenemos que volver a la casa! —Se había olvidado por completo de la fiesta sorpresa.

Michelle tuvo que hacer un esfuerzo en concentrarse otra vez en lo que dijo Damián, el beso le había dejado un poco atontado.

Casa. Ahora. Cierto.

Asintió, sonrojado y los labios un poco hinchados, poniéndose en pie. Ayudó a Damián también, y sin soltar su mano regresaron a la casa. En el camino de regreso Michelle no dijo palabra, aún procesaba lo que ocurrió en el bosque. Unos minutos después, fue Michelle quien deslizó la puerta del salón para ser sorprendido con globos y serpentinas, papelillos de colores lanzados hacia él en tanto todos gritaban "¡Sorpresa!".

—Ahora sí es el correcto —bromeó Kenshi, mientras Michelle aún miraba toda la decoración, emocionado. Incluso una pancarta que rezaba 'Feliz Cumpleaños, Michelle' estaba atada a lo más alto de la pared.

—Sí. Tío Kaoru había abierto la puerta y todos gritamos 'Sorpresa' creyendo que eras tú —respondió Ruslán, se acercó al castaño y le colocó un gorro de cumpleaños sobre su cabeza, abrazándolo fuerte después.

—Es que se tardaron demasiado. Dijimos que le dieras un paseo corto, no que trataras de llevártelo de vuelta a Rusia —acusó Irina mirando a Damián con los brazos cruzados después de darle un beso a Michelle, felicitándolo.

—Nos distrajimos —respondió con un encogimiento de hombros el rubio.

Fue el turno de Klaus de abrazar y felicitar a su hijo. Cuando lo apretó entre sus brazos, pudo sentirlo, su sonrisa quedó congelada en su rostro. Miró a Michelle pasmado y unos segundos después una furiosa mirada cayó sobre Damián. El joven alemán se estremeció ante esa mirada, nunca había visto tal ferocidad en el amable señor Klaus.

—¿Qué le hiciste a mi bebé? —Su voz salió como un siseo peligroso.

—Pa-padre...

—Klaus, ¿qué sucede? —Bárbara se acercó, preocupada. ¿Qué habría hecho Damián? Miró a su hijo, enarcando una ceja—. Damián, ¿quieres explicarme qué está pasando?

—No pasa nada —Se apresuró a decir Michelle, tomando la mano de Damián—. Nosotros... solo caí sobre él, me espantó un sapo.

—¿Un sapo?

—Cuando era bebé, un sapo saltó sobre Michelle. —Kenshi sonrió ante el recuerdo—. Se espantó tanto que duró horas llorando hasta que se durmió. —Ignoró la mirada enojada del menor.

—Michelle —gruñó Klaus, su tono de advertencia era claro. Quería que dijera la verdad.

Discretamente Irina se acercó a Michelle y olfateó su cuello, también notó cierto detalle en el cuello del castaño.

—¡Oh por dios! ¡Lo hicieron! —Moviendo un poco la camisa de Michelle, dejó entrever una marca rojiza en el cuello, justo encima de la vena aorta.

Klaus profundizó su ceño. Apretó los puños tratando de contenerse, tan sólo para no golpear a su posible hijastro. Vladimir se acercó a ambos muchachos, sus ojos azules los miraron evaluadores.

—Sus olores están mezclados —murmuró.

—Eso explica porque tardaron tanto en el bosque —se atrevió a decir Kuma en voz alta, haciendo reír a su gemelo.

—Solo... nos besamos. —A pesar de sus mejillas rojas, Michelle no apartó la mirada de Klaus—. No tiene nada de malo. No somos hermanos.

—No son hermanos, pero son familia —añadió Bárbara, ceñuda hacia su hijo—. Damián, sé que le tienes aprecio a Michelle, pero esto es llevarlo al límite.

Un suspiro largo se escuchó desde el sillón.

—Oh, por favor, son jóvenes —clamó Kenshi, cruzando una pierna sobre la otra—. No comparten la misma sangre. Además, Klaus, ¿tienes que arruinar la celebración del cumpleaños de tu hijo haciendo escándalo por un beso?

Klaus le gruñó a Kenshi levemente. Cedió al darse cuenta de la incómoda situación.

—Hablaremos luego —le murmuró a Michelle. Pasó su brazo por los hombros de su hijo, alejándolo de Damián—. Ven a ver el pastel que te preparó el tío Jim, incluso me permitió ayudar con la decoración. Vladimir insistió en hacerte un pastel de chocolate...

Klaus siguió hablando y hablando, los demás se fueron integrando de nuevo al ambiente festivo, celebraron alegremente. Sutilmente Klaus siempre trataba de mantener ocupado a Michelle para que Damián no se le acercara. Irina, celosa igual que su padre, también mantenía alejado al rubio. Bárbara también dio de su parte, manteniendo a Damián a su lado. Aplaudía y cantaba junto a los demás, en especial cuando llegó el momento de cortar la torta que hizo Jim, al castaño le dio dolor tener que arruinarlo pero lo olvidó de inmediato que probó el dulce. Disfrutaron el bizcocho al tiempo que Michelle abría sus regalos rodeado de Irina y Ruslán, cada uno a su lado.

Lo sucedido con Damián se dejó pasar por esa vez, pero al día siguiente fue Michelle quien buscó a su padre para discutir. Bárbara se había llevado a Damián al pueblo junto a Irina, Kenshi y Ruslán. Claramente continuaban manteniendo al rubio lejos de él.

—Papá..., ¿por qué siguen alejando a Damián? No hemos hecho nada.

—Revolcarse en el bosque con tu posible hermanastro no me parece nada —argumentó el otro. Dejó lo que estaba haciendo para mirar a Michelle con los brazos cruzados sobre su pecho—. Creí que después de lo de Minegishi tendrías más cuidado, esperarías un tiempo para conocer a alguien más. Quizás alguna chica... con la que pudieras tener hijos —dijo la última frase tentativamente.

Michelle apartó la mirada.

—Ha pasado casi un año desde que Minegishi y yo nos separamos. Sé que es muy pronto, pero solo nos besamos. No tenemos nada serio, papá. Y..., no sé. —Michelle se sacudió un lado de su cabello, dudoso—. Entiendo que todavía soy joven, tal vez más adelante cambie de opinión pero, no creo que yo... quiera tener hijos algún día. —Le miró de reojo—. Me gustaría poder viajar, conocer otros lugares aparte de Japón y Rusia, y hacerlo con una persona que le guste lo mismo. Pero como sea, Damián y yo no compartimos la misma sangre, no debería ser tanto problema.

Dejó de lado el sentimiento de decepción que tuvo porque Michelle no quisiera hijos, tenía un tema más importante entre manos.

—Tú y yo no compartimos sangre pero eso no significa que sea correcto tener una relación amorosa. —Tomó la mano de Michelle, suavemente lo condujo a su lado—. No sé si sea correcto o no, pero no quiero que te lastimen de nuevo y si... —Era la primera vez que iba a decir eso pero se dio valor para expresarlo— Si Bárbara y yo llegamos a profundizar nuestra relación, podría tornarse incómodo que ustedes siendo hermanastros... ¿Comprendes?

—Lo sé, papá, pero... hasta ahora fue solo un beso. Quiero a Damián, le tengo cariño, no puedo negar eso solo no siento que esté enamorado como lo estaba de Minegishi. —Michelle bajó la mirada, sonrojado—. Y creo que si no fuera así, si sintiera algo, tampoco sería algo malo. Si Bárbara y tú no tuvieran algo, nosotros simplemente... —Michelle no completó la frase y se encogió de hombros.

Klaus suspiró.

—De acuerdo, tan sólo ten cuidado. —Abrazó a Michelle. Se quedaron un rato así, disfrutando de ese momento—. Pero no vas a tener sexo todavía —advirtió. Lo mismo iba para Irina.

Michelle frunció el ceño.

—No lo tendré hasta que me sienta listo, y por ahora no lo estoy. Pero no quiero que me lo prohíbas. ¿O acaso tú lo tuviste cuando fuiste mayor de edad? —Se cruzó de brazos, receloso.

Al alemán se le crispó la ceja ante esa punta tan directa.

—No te estoy pidiendo que esperes a los 21. Sólo no ahora.

—Prometo que se hará cuando llegue el momento. No ahora. —Asintió Michelle, y decidió dar por terminada esa discusión. Había aclarado a su padre lo que sentía por Damián, que no era nada escandaloso y lo que menos quería era volver a tocar el tema del sexo ahora.

Agradeció que por los siguientes días no intentaran alejar a Damián de él, más allá del beso era su amigo. Se cuestionaba si tal vez no habría sido un error corresponder el beso de Damián. No, no fue un error, solo los demás hacían una tormenta en un pequeño vaso de agua. Después de todo, las cosas no pasarían a mayores, ambos solo se dejaron llevar por un impulso, ¿cierto?

Pero no fue así, Damián no se retractó de sus acciones. Comenzó un cortejo activo con Michelle. Su madre, aunque habló con él sobre su deber de casarse con una joven de respetable reputación, el alemán no hizo caso y siguió con sus intenciones de continuar con Michelle. Irina de vez en cuando se interponía entre ellos, más por velar su territorio que porque no quisiera a Damián, en realidad la pelinegra se llevaba mejor con Bárbara que con Damián. Bárbara estaba cada vez más encantada con la relación que tenía con Irina. No lo había dicho, ni siquiera a Klaus, pero le hubiera encantado tener una niña. Cada vez que Irina le permitía, disfrutaba hablar de vestidos y enseñarle trucos de maquillaje. Las veces que salían juntas, la ayudaba con un maquillaje sutil que destacaba sus rasgos hermosos, haciéndola lucir como una chica de su edad y causando que varios jóvenes en el pueblo la siguieran con la mirada.

Por otro lado, los cortejos de Damián poco a poco dieron sus frutos. Cada detalle, cada sonrisa, incluso cada beso robado causaban un calorcillo en Michelle, quien no se negaba a sus avances. Como había insistido a Klaus, no veía algo malo en aceptar algo más de Damián, a pesar de haber hablado tanto con su padre como con Bárbara. La mujer, pensando igual que Klaus, no se veía segura. Fuera de sus deseos para el futuro sentimental de Damián, discutió con Klaus respecto a lo que una relación entre ambos jóvenes pudiera causar en la suya. Si bien por un lado entendía que no había consanguineidad entre ellos, legalmente pasarían a ser hermanastros si ella y Klaus se casaban.

Al final, después de meditarlo bastante, decidieron que dejarían a los jóvenes a su aire, después de todo ya estaban grandes y debían dejarlos tener sus propias experiencias. También decidieron seguir ese consejo ellos mismos, casi un año después de conocer a Bárbara, y también de meditarlo mucho y consultarlo con Vladimir, Klaus decidió proponerle matrimonio a la mujer.

Ella sin duda aceptó la proposición, emocionada como ninguna por su compromiso. Para unas pocas semanas después, llegaron a Japón los padres de Bárbara y algunos hermanos con sus esposas para celebrar la fiesta en la tierra nipona. Durante ese tiempo la relación de Michelle y Damián se había afirmado más al momento en que el rubio le pidió que fuera su novio, Michelle aceptó contento mientras se lanzaba sobre Damián, besando su rostro.

Dado que Michelle pasaba la mayor parte del tiempo con Damián, Ruslán prefirió hacerle compañía a Irina cada vez que ambos estaban libres, Ruslán de sus deberes para con Kenshi e Irina en las prácticas que Vladimir le daba. Michelle algunas veces se les unía, el joven mostraba interés por la enfermería.

Klaus todavía se sentía receloso con ese noviazgo. Cuando los veía muy juntos o los encontraba besándose, les gruñía para que se separaran, aparte de eso no decía mucho respecto a su relación. Con Bárbara las cosas iban bien, ambos estaban satisfechos con el compromiso y su relación aunque cercana no se acercaba a algo físico. Besaba a la mujer, compartían momentos íntimos pero nunca hacía nada por llevarlo al próximo nivel. Bárbara creía que se debía a que Klaus actuaba como un caballero y no pretendía hacer nada carnal hasta la boda pero la realidad era otra.

—Nunca he estado con una mujer —le confesó a Kenshi y Vladimir una tarde que Bárbara salió con todos los jóvenes para un paseo por el pueblo.

—La verdad es que no hay diferencia alguna, excepto que ellas son más delicadas al respecto —comentó Kenshi, moviendo una pieza de ajedrez, poniendo en jaque al rey de Vladimir—. Mientras te dejes llevar, el resto va a fluir.

—No creo que sea tan fácil... —murmuró Klaus viendo a Vladimir mover el alfil negro para sacar a su rey del jaque.

—Quizás no, pero tomando en cuenta lo dócil que ha sido Feyn los últimos años probablemente no tengas problemas.

—Exacto, ¿por qué te preocupa tanto? Más bien: ¿alguna vez se enterará ella de los dragones? —cuestionó Kenshi, analizando el tablero—. Ya cumplirá un año con nosotros en un par de meses.

—No lo sé. Creo que era más fácil cuando sólo tenía la primera dosis del genoma. —Se pasó la mano por la frente.

—Ella ha demostrado saber manejar las noticias difíciles —opinó el ruso—. Tomó bastante bien lo de Michelle cuando se enteró la Navidad pasada.

—Michelle con sus orejas es adorable, nosotros somos unas lagartijas gigantes —protestó Klaus.

—Oye, soy adorable —se quejó Kenshi, frunciendo el ceño hacia Klaus para enseguida mover su torre y comer un caballo de Vladimir—. Ustedes dos son los gruñones aterradores del grupo. Comparados a ustedes, Irina, Ruslán y yo somos encantadores.

—Dudo que lo tome tan bien.

Después de esa pequeña plática, Klaus no volvió a mencionar el tema, ni siquiera a Bárbara. Siempre pensaba como sería la mejor manera de decírselo, dándole largas al asunto, incluso le hizo una llamada a Kanya, por carta ya le había mencionado su compromiso pero esta vez quería consultarle como creía que sería la mejor manera de decirle a Bárbara la verdad sin espantarla.

—Sé sincero con ella —respondió la voz calmada del sujeto. Tenía un año sin ver a Klaus desde que se marchó la última vez, solo hablando por varios medios, aunque al inicio de la llamada le había asegurado que tenía planes de volver a Japón por unos días—. Dijiste que aceptó bien la condición de Michelle. Y que lo trata como siempre. No debería ser diferente contigo. —Cambió el auricular de oreja, bajando un poco la voz—. Po-podrías comenzar diciendo que eres como Mich, también tienes una condición, pero eres capaz de ocultarlo y, bueno, no pu-puedes hablar de eso porque las características son diferentes. Es más, em... co-complicado —aconsejó.

—Entiendo, gracias por tu consejo —Hablaron un rato más de todo un poco, de la nueva investigación de Kanya, de los hijos de Klaus, de Japón, de todos los lugares nuevos que conocía el tailandés.

Cuando terminó la llamada, Klaus tomó valor para hablar con Bárbara. Tenía dificultades para expresarse pero la mujer fue increíblemente paciente. Le explicó que él era en cierto modo como Michelle, la diferencia era que él podía ocultarlo. Al principio la rubia se lo tomó como una sonrisa pero cuando Klaus le enseñó las escamas se quedó muda por un momento. Klaus, temiendo un fuerte rechazo, apretó las alas contra su espalda, la larga cola negra también terminó entre sus piernas. Bárbara notó que era la misma pose que tomó Michelle el día de navidad, imaginaba que las alas eran el equivalente a las orejas del castaño.

Bárbara tuvo que recostarse un momento al ver a Klaus. Para ella, eran un poco más diferente los rasgos de Michelle a los del alemán. La intimidaban, sin embargo, en cuanto captó la postura de la cola, se dio cuenta de cuánto heriría un posible rechazo hacia Klaus y trató de reflexionar, de calmarse. Tuvo que permanecer en silencio un rato, cavilando, hasta finalmente esbozar una pequeña sonrisa. Sí, necesitaría tiempo para ir asimilando todo, pero Klaus seguía siendo Klaus, solo tendría que irse acostumbrando. Le pidió que no le comentara nada a Damián, ella misma lo haría dada la ocasión.

Con eso revelado, y la boda en pie, pasaron los meses. No tenían fecha exacta para la boda, Bárbara quería disfrutar un poco más su compromiso antes de empezar a planear alguna celebración. Por entonces, junto a Kenshi, colaboró en la planificación de los cumpleaños de los niños y cada miembro de la familia, de las festividades. Después del decimosexto cumpleaños de Michelle, se planteó el ir preparando todo para la boda.

Claro que no contaron con la llegada de cierta persona al condado.


CONTINUARÁ...

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