Capitulo 7

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Fue toda una sorpresa cuando, paseando por el pueblo con Bárbara a su lado, Klaus notó a Angie, misteriosa y exótica como siempre, su piel morena resaltaba incluso entre los extranjeros. En ese momento estaba ataviada con un moderno conjunto de chaqueta con hombreras y pantalón que alargaba sus piernas, Klaus pudo notar la esponjosa cola negra rodeando su cintura a modo de cinturón y las orejas escondidas bajo un discreto sombrero negro que combinaba con su traje. Lo único que resaltaba eran sus labios rojos y sus ojos amarillos.

Como si estuviera viendo una visión, Klaus se separó de Bárbara para ir al lado de la morena.

—¡Angie! —dijo con entusiasmo. La pelinegra, al notarlo, sonrió, ambos se abrazaron aunque Angie no permitió que el abrazo durara mucho.

Bárbara se aproximó al par un minuto después, emitiendo un carraspeo. Evitaba que su mirada recorriera la figura de Angie, no era algo educado y ella no se consideraba una mujer celosa, por lo que solo mantuvo una sonrisa, esperando que Klaus le aclarase de quién se trataba la desconocida para ella.

—Ah. Bárbara, ella es Angie, una vieja amiga. —Señaló a la morena—. Angie, ésta es mi prometida, Bárbara Hoffman.

—Prometida —dijo en un tono divertido—. La verdad es que me sorprende. —Sonrió a la mujer rubia—. Todavía estás a tiempo de huir.

Bárbara sonrió por igual, divertida con el comentario.

—Ciertamente, todavía estoy a tiempo. —Siguió con la broma—, pero no creo que mi hijo quiera abandonar a Michelle. Tiene mucha determinación. —Hizo un gesto aparte—. ¿Qué la trae por aquí?

—Vengo a buscar a Michelle —dijo en un tono mucho más serio que no le agradó a Klaus.

—¿Por qué? —interrogó el alemán, poniéndose tenso.

—No es algo que pueda decir aquí, en medio de la calle. —Angie no se dejó intimidar por Klaus o su tono.

—Bien. Vamos al bar de Jim —comenzó a caminar pero Angie lo detuvo al notar que tomaba la mano de la rubia alemana.

—A solas. Es un tema delicado —aclaró.

—No tengo problema en acompañarlos y charlar con Jim un rato mientras ustedes discuten —sugirió Bárbara, sin soltar la mano de Klaus—. ¿Les parece bien? No quisiera regresar sola a la casa.

—Bien.

Los tres se encaminaron al bar. Cuando llegaron, Jim les sonrió como siempre, hasta que su sonrisa quedó congelada al reconocer a la morena. Estaba idéntica al primer día que la conoció.

De inmediato Jim se acercó y sirvió bebidas para los tres, aunque Bárbara se sentó pulcramente en la barra frente a él mientras que Klaus y Angie tomaban asiento en una de las mesas más alejadas. No le costó mucho entender la razón. Mientras dejaba una taza de té a Bárbara, se acercó a la pareja.

—Es una sorpresa verte por aquí después de... aquel día —saludó a Angie, recordando que la última vez que la vio, fue horas antes de saber la muerte de Shin. Carraspeó—. ¿Qué les sirvo de tomar?

—Algo fuerte. Klaus lo va a necesitar. —Notó que aunque Klaus se veía más adulto, dieciséis años si se notaban en Jim, se seguía viendo atractivo y amable, pero comenzaban a notarse las patas de gallo cerca de sus ojos.

—Pues en ese caso... —Jim se marchó un momento, tardó alrededor de unos minutos antes de volver con una bandeja. En ella traía unos tentempiés, dos copas pequeñas, una jarra de agua y una botella con una etiqueta en chino—. Les sugiero beber en pequeños sorbos, y entre comidas. Para lo que sea vayan a hablar, es ideal. Es un sake muy especial. —Se marchó luego de asentir, manteniéndose tras la barra mientras distraía a Bárbara.

Angie tomó un pequeño sorbo del sake. Pasó la lengua por su labio inferior disfrutando del fuerte sabor. Klaus todavía tenso esperó a que terminara hasta que ya no pudo soportarlo.

—¿Qué quieres con Michelle? No has querido saber nada de él en 16 años.

—Sabes la razón de eso —dijo Angie con una mirada dura.

—Sí. Lo sé, y respeto tu decisión, por eso te pregunto ahora: ¿Qué quieres con mi hijo?

—Esto no es un secreto de estado —comenzó a explicar—. Michelle es un híbrido...

Desde su posición en la barra, Bárbara daba miradas discretas hacia la mesa donde estaba su prometido y Angie. Klaus se veía tenso, más bien, ambos se veían tensos, y aunque no era una persona curiosa, esta vez Bárbara sí que deseaba saber sobre qué estarían hablando. Después de todo, el tema principal era Michelle según dijo aquella mujer cuando se la encontraron.

—¿De qué hablaran? —se preguntó a sí misma pero Jim escuchó.

—¿Tienes alguna idea? —interrogó mientras pasaba un paño limpio por la ya reluciente tabla.

—Ella mencionó a Michelle pero no supe más. —Bárbara devolvió su atención al negro—. No me gusta meter las narices donde no me concierne pero, ¿qué tiene que ver esa mujer con Michelle? ¿Es algún familiar? Tienen cierto parecido.

Jim negó.

—No es algo que yo deba decir. Pero, sí puedo decir que Klaus es sobreprotector con sus hijos, y sea lo que sea quiera Angie con Michelle, dudo que Klaus de su brazo a torcer fácilmente. No importa que ella sea una amiga de muchos años.

Klaus escuchó con cuidado la explicación que le dio la morena. Dado que Shin era un humano y Angie renunció a dicha humanidad hace muchos años, el resultado de eso era que Michelle era un híbrido pero, en palabras de Angie, eso no podía seguir de esa manera.

—¿Qué tiene de malo que sea un híbrido? Yo soy uno. —Si bien no estuvo de acuerdo con eso desde un principio, ya se había acostumbrado.

—No seas idiota —regañó, tomando esta vez un sorbo de agua. Ese sake en verdad estaba fuerte—. No importa lo que te haya hecho Vladimir, en esencia, sigues siendo humano. —Antes de que Klaus pudiera preguntar, continuó—. Pero Michelle no lo es, no es una cosa ni la otra y a menos que quieras que Michelle acabe en un limbo él tiene que tomar una decisión.

—Si esto era tan importante, ¿por qué esperaste hasta ahora?

—Porque es él quien debe decidir. Nadie puede tomar esta decisión por él.

—¿Cuándo fue la última vez que estuvo aquí? —cuestionó Bárbara a Jim, bajando su taza de té.

—Hace varios años. Yuki tenía poco tiempo de morir...

—¿Y Klaus, desde cuando la conoce? Parecen muy... íntimos.

—No sé con detalles la historia completa pero Klaus contó que la conoce desde que era niño. Angie tiene más edad de lo que aparenta. —Jim se encogió de hombros, tomó la taza vacía de té de Bárbara y le preparó una segunda—. No sé cuántos exactamente.

—De acuerdo —terminó por ceder Klaus—. Tenemos que hablar con Michelle, explicarle todo. —Estuvo a punto de pararse cuando sintió que Angie le jalaba de la camisa para volver a sentarlo.

—¿Qué vas a decirle exactamente?

—Todo —respondió como si fuera obvio.

—¡No! —La exclamación de Angie fue escuchada por Jim y Bárbara. Klaus se horrorizó ante su negativa.

—No puedes ocultarle esto por siempre, él ya sabe que es adoptado. Era demasiado evidente.

—No vas a decirle quien soy, Klaus. —Sus labios se fruncieron mostrando los colmillos.

—Vas a seguir mintiéndole. —No le agradaba eso.

—¿Exactamente qué quieres que haga? "¡Hola, Michelle! No me conoces pero soy tu madre, tuve que dejarte en manos de Klaus debido a que vivo en un prostíbulo. Espero que podamos recuperar estos dieciséis años perdidos" —dijo en un ridículo tono agudo que hasta a Klaus incomodó—. O quizás quieras que le diga que yo maté a Shin. Estoy segura de que también le gustará saber que estoy al servicio de un demonio...

—¡Esta bien! Ya entendí —dijo cansado.

—Me alegro. Busca a Michelle, quiero terminar con esto lo antes posible. —Se levantó de la mesa, su expresión todavía era tensa cuando llegó a donde estaba Jim—. Quisiera alquilarte una habitación.

—Por supuesto. —Asintió Jim, servicial, mientras buscaba una de las llaves—. ¿Deseas que te lleve algo de comer, o comerás abajo? —preguntó mientras extraía la llave y se la daba.

Bárbara se limpió los labios y se puso en pie, dirigió su atención primeramente a Klaus.

—Imagino que es hora de irnos a casa.

—Sí. Dejemos que Angie se instale.

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La despedida con la morena fue mucho menos efusiva. Klaus fruncía ligeramente el ceño mientras caminaba de regreso a la casa Feudal, esperaba que Michelle estuviera ahí. Bárbara prefirió no comentar nada, sentía que no era un momento adecuado. Apenas llegaron al salón, saludó a todos a excepto de Volsk, Irina y Michelle que no estaban presentes.

—¿En dónde están? —preguntó.

—En el laboratorio —respondió Ruslán, hojeando un libro—. Mi padre les está dando lecciones.

—No traes buena cara. —Kenshi dijo a Klaus, observándolo de reojo—. ¿Viste acaso una anguila por el pueblo?

—Un gato negro, en realidad —comentó sin mucho humor. Al ver a Kenshi arqueando una ceja en su dirección, tuvo que aclarar—. Angie acaba de llegar a Hiroshima.

El ceño de Kenshi se frunció tanto, que Ruslán consideró cerrar su libro y ponerse en pie.

—Eh, iré a decirle a mi padre y los demás que ya llegaron.

—Ciertamente. Pronto será la cena. —Bárbara entendió enseguida la marcha de Ruslán. Muy pocas veces, por no decir ninguna, vio a Kenshi enojado de esa manera—. Damián, hijo, ¿qué tal si me acompañas a la habitación? —Bárbara se acercó a Klaus para un breve beso de despedida—. Veré cómo va la preparación en la cocina.

Apenas estuvieron solos, Kenshi se levantó del sillón.

—¿Qué demonios hace ella aquí?

—Está aquí por Michelle. —Se adelantó a explicar para que Kenshi no entrara en cólera—. Angie me explicó que en esencia Michelle es un híbrido. Ha venido específicamente para que pueda decidir si quiere ser un humano o un... gato.

—¡Eso es ridículo! ¿Qué tiene de malo que sea híbrido? ¡Tú y yo lo somos! —exclamó, señalándolos a ambos—. ¿Y estás de acuerdo con esa estupidez? —Entrecerró los ojos—. ¿Olvidaste incluso lo que pasó la última vez que ella estuvo aquí?

—Según ella, nosotros no somos híbridos. Nuestra esencia sigue siendo humana. —Tendría que pedir una explicación mucho más detallada al respecto—. No he olvidado, yo tampoco me siento tranquilo con ella aquí pero me preocupa lo que pueda suceder con mi bebé si ignoro lo que me dice. —Se llevó la mano a la sien, intentando prevenir un dolor de cabeza—. Piensa en esto por un momento. Angie no ha querido saber absolutamente nada de Michelle en dieciséis años, aun cuando mantuve contacto con ella por medio de cartas. Si vino aquí es porque debe ser importarte. ¿No crees?

—O eso es lo que te quiere hacer creer. —Se cruzó de brazos—. No me fío de ella. Y no la quiero en mi casa. La última vez que pisó estas tierras, tuvimos que enterrar a alguien.

—Se quedará fuera del terreno —prometió—. Pero creo que de verdad hay que escuchar lo que tiene que decir. Haremos lo que tengamos que hacer y seguramente volverá a desaparecer.

Kenshi no dijo más, pero claramente no estaba a gusto con la idea. El silencio tenso fue roto dos minutos después cuando aparecieron Vladimir y el resto de los chicos, Ruslán al último del grupo. Notó a su papá tenso, de brazos cruzados, y ceñudo todavía.

—¿Qué sucede? —Fue Michelle quien habló—. ¿Papá?

Inhalando, Klaus tomó de la mano a Michelle. Lo guió hasta que los dos se sentaron, Irina y Ruslán hicieron lo mismo, y Vladimir se ubicó al lado de Kenshi.

—Mich, una... amiga mía ha llegado a Hiroshima.

—Tú no tienes amigas —puntualizó Irina con los ojos entrecerrados.

—La conozco desde antes que nacieran. El punto es... que ella ha venido por ti, Michelle —esperó la reacción del mayor de sus hijos.

—¿Venir por mí? ¿Por qué? Ni la conozco. —Michelle retrocedió, zafando suavemente sus manos del agarre de su padre—. ¿A qué se debe realmente todo esto, papá?

Sabía que no iba a ser fácil. Michelle –como todo gato– podía llegar a ser bastante arisco con los extraños.

—Te conoce de cuando eras apenas un bebé —dijo con voz calma—. Ella sabe sobre tus orejas y cola. —Acarició una de las orejitas que estaba aplanada contra su cabeza—. No me dio muchos detalles del porqué quiere hablar contigo pero al parecer ella viene a plantearte la opción de ser humano.

—¿Ser... un humano? —Eso atrajo la atención de Michelle. Cuánto no quería él poder lucir como una persona normal, sin temor a los cuchicheos, a los recelos, eso también alegraría a Damián, compartía con él ese deseo pero...— Yo... ¿cómo sabe ella sobre eso? ¡Y por qué vino hasta ahora! ¿Y me conoce desde que era bebé? —Michelle le observó, receloso pero algo ilusionado—. ¿Ella... conoció a mis verdaderos padres?

—¿Por qué vino precisamente a eso? —cuestionó por otro lado Ruslán—. ¿Qué tiene de malo que seas así?

—Es justo de lo que hablo —espetó Kenshi desde su lugar.

Klaus se sorprendió de que Michelle preguntara por sus verdaderos padres. Nunca lo hacía.

—Ella mencionó algo sobre su esencia, también tengo preguntas sobre eso. —Negó con la cabeza—. Lo mejor es hablar y que nos aclare todas las dudas.

Michelle hizo una mueca. Tenía muchas preguntas, y no le gustaba estar sin respuestas. Asintió.

—Bien..., de acuerdo. ¿Cuándo será eso?

Dado que Angie mencionó que quería terminar lo antes posible.

—Esta noche. Cenaremos en el bar de Jim.

—Genial. —Sonrió Irina—. Iremos con el tío Jim y podré decirle todo lo que hicimos en el laboratorio hoy. Tan sólo tengo que cambiarme...

—Creo que, por esta ocasión, lo mejor será que sólo Michelle venga. —Irina no estuvo conforme con esas palabras.

—Eso no es justo, papá. Abuelo, dile algo —suplicó la joven mirando a Vladimir y Kenshi.

—Podemos ir como apoyo moral —opinó Vladimir, sin contradecir por completo a Klaus—. Nos quedaremos en una mesa aparte.

—Irán ustedes. Yo no pienso comer con esa mujer cerca. —Kenshi salió de la estancia sin dirigir una mirada a nadie.

Los ojos de Michelle se abrieron con sorpresa ante la marcha de tío Keso. No lo había visto tan enojado, ni siquiera en las discusiones con el abuelo Vladimir.

—¿Le hizo algo esa mujer a tío Keso?

—Ha estado enojado desde que Klaus dijo que estaba aquí —murmuró Ruslán, un poco encorvado en su asiento.

—Es complicado —respondió escuetamente Vladimir—. Irina, deberías usar ese kimono rosa que te compró Kenshi el otro día. Podrás lucirlo esta noche en el pueblo.

—Le diré al abuelito Kenshi que me ayude a peinarme. Ese kimono sólo combina con un peinado tradicional —dijo la pelinegra, entusiasmada. El recelo de la conversación quedó olvidado por el momento cuando todos comenzaron a hablar de lo que querían comer, también hablaron sobre invitar a Jim a la mesa.

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No vieron a Kenshi en lo que restó del día. El grupo marchó al bar de Jim, Damián y Michelle manteniéndose al final mientras hablaban en voz baja –o trataban. El castaño sabía que aún con ello, a excepción de Bárbara, estarían escuchándoles. Odiaba no poder tener privacidad con su familia cerca– respecto a Angie y el por qué iban a verla. Michelle trataba de mantenerse tranquilo, incluso positivo, en especial con Damián a su lado, pero no podía, y no era solo el desagrado que vio en Kenshi hacia esa misteriosa mujer sino la incertidumbre lo que le causaba duda. ¿En verdad ella sabía cómo volverle humano, por completo? ¿Y por qué ahora?

Para el momento en que entraron al bar, el leve temblor que Michelle traía en las manos quiso atribuirlo al frío de la noche. Se alejó de Damián para acercarse a su padre, preguntándose cómo sería aquella mujer.

Encontraron a Angie en el bar con un vaso con un líquido blanco entre las manos, Klaus negó con la cabeza. Apenas se acercaron un poco cuando la morena volteó, una sonrisa tensa se formó en sus labios cuando vio a Michelle.

—Me alegra que hayas podido venir tan rápido y... trajiste a toda la comitiva —mencionó señalando sutilmente tras ellos, hacía donde se sentaban Vladimir, Ruslán, Irina, Bárbara y Damián—. ¿Temes que intente llevarme a Michelle si te descuidas?

—¿Serías capaz? —inquirió el alemán, tenso ante esa posibilidad.

—No —respondió con una media sonrisa. Tomó un sorbo de su ruso blanco—. Esto es algo que no puede ser forzado.

Klaus chisto con la lengua. Se acordó que aún no hacía las presentaciones.

—Michelle, ella es Angie Lailliet.

Michelle, parcialmente oculto tras Klaus, observó a la morena frente a él. No era europea, lo podía notar en sus rasgos, y aparentaba menos edad a la que se imaginó. Creía que se toparía con una mujer entrada en años, como su tío Jim, pero su piel lozana evidenciaba juventud. Se cuestionaba qué edad tendría. No obstante, más allá de todo eso, eran sus ojos lo que llamaban su atención. Eran... iguales a los suyos, y grande fue su sorpresa al captar algo en punta entre su oscura cabellera.

—Eres... eres como yo —murmuró asombrado. No había conocido a ningún otro ser que compartiera sus características, y estar frente a ella, por primera vez, le hacía sentir que no estaba solo.

—En cierto modo —respondió, muy asombrada de que notará sus orejas, casi nadie lo hacía—. Eres bastante detallista. Vamos a sentarnos.

Tomando su bebida, se sentaron en una mesa alejada, apropiada para hablar, Angie incluso con sus tacones era más baja que Michelle.

—Entonces, Michelle..., ¿qué te dijo Klaus?

—Am... —Michelle se rascó tras una oreja, tratando de ordenar sus pensamientos—. Papá me dijo que sabes de una manera de hacerme una persona normal. Pero no termino de entender. ¿Es...? ¿Puedo ocultar mis orejas y cola como hace papá?

Suspirando, Angie miró mal a Klaus.

—No sabes entregar un mensaje.

—Tal vez si no fueras tan misteriosa al respecto —protestó Klaus.

—Como sea. —Devolvió su atención a Michelle—. Respondiendo a tu pregunta: No, no podrás ocultar tus orejas porque no las tendrás. Vine aquí porque ahora que has cumplido tus dieciséis años, debes elegir entre ser un humano y ser un gato. Debes escoger uno.

—¿Por qué? —Michelle ladeó la cabeza. Si bien él sabía que deseaba parecer normal, tampoco estaba disgustado con las otras habilidades que le proporcionaba ser un gato. Por ejemplo, disfrutar del olor de ciertas personas en su entorno—. ¿Por qué no puedo ser ambos?

—Yo no soy la persona apropiada para darte una explicación detallada pero te diré lo esencial. —Tomó otro sorbo de su bebida antes de dejar el vaso de lado y encarar a Michelle—. No sé qué te haya inculcado Klaus en estos años pero el alma existe. Es algo real independientemente de cualquier creencia religiosa, hasta los animales tienen un alma. —Esperó un momento para ver si la seguían—. La diferencia entre animales y humanos es que el alma humana es inmortal y puede reencarnar varias veces, un animal no. Un animal nace, vive y muere.

—Pero dijiste que Michelle es un híbrido. ¿Cómo le afecta esto? —Klaus comenzaba a entender lo que ella estaba explicando y temió realmente por Michelle.

—Dado que Michelle está en un punto medio en que no es una cosa ni la otra..., su alma terminaría atrapada en un limbo.

—Entonces..., si elijo ser gato por completo, al morir ya no... ¿rena...ceré? —dijo lentamente, con duda. No era incrédulo como el abuelo Vladimir, en la cultura japonesa creían mucho en la reencarnación pero lo asimilaba como un mito, no una realidad—. Y si elijo ser humano, voy a... a vivir otra vida. ¿No? —Se miró a sí mismo—. ¿Qué diferencia habrá conmigo si elijo ser gato? ¿Solo el... estado de mi alma?

—Eso es lo más importante pero aparte de eso también serías un humano, con todo lo que eso implica, sentidos normales, poca agilidad... —Se encogió de hombros—. Quizás conserves algunas conductas felinas pero en general serías un chico cualquiera. Y en general..., sí. —No era una respuesta precisa pero no sabía cómo explicarlo con exactitud—. Serás un gato con todo lo que eso implica, y una vez terminada tu vida no podrás reencarnar.

Michelle suspiró.

—Si cambio a humano, ¿dolerá? ¿Se podrá revertir si después quiero ser gato otra vez? —Ese era su peor temor. Él quería ser humano, quería agradar por fin a todo aquel que le conociera, pero había vivido toda su vida hasta entonces como un híbrido, se había acostumbrado a sus rasgos de gato. ¿Y si después las quería de regreso?

—No creo que esa sea una opción —respondió Angie sin mucho interés.

—¿Crees? ¿No estás segura? —replicó Klaus.

—No. Ya te dije que podía dar una explicación general pero no soy quien va a hacer el ritual. —Desde su lugar le hizo una seña a uno de los mesoneros para que le trajeran otro ruso blanco. Klaus frunció el ceño ante eso.

—¿Siquiera has comido algo? —Angie no le respondió.

—Por supuesto que no. —Jim llevaba una gran bandeja con varios platos de comida, colocando uno delante de Klaus, Michelle y, obviamente, Angie—. No más alcohol para esta mesa, Ikuto. —Le ordenó al joven que se acercó a rellenar la copa—. Confío en que la presencia de Klaus aquí te haga vaciar ese plato, o no tendrás más alcohol de mi reserva —advirtió. Sirvió tazas de té, antes de dar una caricia en la cabeza de Michelle y marcharse. Ya había servido en la mesa de los demás.

Michelle se mordió el labio para no reírse.

—¿Quién hará ese... ritual, si no eres tú? —optó preguntar en cambio.

De mala gana Angie comenzó a comer lo que tenía en el plato. Klaus sonrió satisfecho con eso.

—Un amigo lo hará. Yo no tengo la capacidad para hacerlo.

—¿Quién es? —cuestionó Klaus.

—No lo conoces.

Michelle comenzó a comer, su tío le había puesto salmón teriyaki que le hacía relamerse los labios.

—Bien, ¿y cuándo vendrá? ¿Cómo será el ritual, es como una operación o algo así?

—Nosotros iremos a él. Es en Italia... —La explicación de Angie fue interrumpida por Klaus.

—¿¡Italia!? —exclamó lo suficiente alto para ser escuchado por Jim y su familia en la otra mesa—. No pienso dejar ir a Michelle solo a Italia.

—Estará conmigo.

—Eso no lo hace mejor. —Angie rodó los ojos.

—Te has vuelto irritantemente sobreprotector. ¿Lo sabías? Más de lo que ya eras a tus dieciocho años.

Michelle observaba de su padre a Angie, asombrado. ¿Tendría que salir de Japón? Los únicos lugares a los que había ido fuera del continente asiático era a Rusia, y sin embargo, gracias a las postales que enviaba Kanya a su padre, conocía otros lugares; lugares que deseaba ir. Kanya mandó una postal en cierta oportunidad de Venecia, postal que sorprendió a Michelle cuando vio que era una ciudad rodeada por agua, donde no había caminos sino canales y las personas transitaban en barcas.

—Papá... ¿podemos ir? Por favor, nunca hemos ido a Italia, y con las postales que enviaba Kanya, me da curiosidad. —Colocó una mano sobre la de Klaus—. Además, si realmente quiero ser normal, igual debo ir...

Angie se alegró por eso, pensaba que Michelle iba a ser mucho más difícil de convencer pero aquí estaba, ansioso por salir del país.

—El niño quiere venir —dijo con una sonrisa satisfecha.

—¿De verdad es necesario? —preguntó, prácticamente resignado.

—Sabes que si no fuera así, yo no estaría aquí.

—De acuerdo. ¿Cuándo partiremos?

—Mañana, si es posible. Como te dije, quiero terminar con esto lo antes posible. —Miró a los dos hombres esperando una confirmación.

Michelle asintió, conforme.

—Puede... ¿puede venir Damián con nosotros? —cuestionó para ambos adultos, dando una mirada hacia la mesa en la que estaba el rubio sentado—. Me sentiría más seguro si él viniera conmigo. N-no es que no lo haga si vas tú, papá, pero... Se apresuró a añadir hacia Klaus—, pero, ya sabes, él es...

—No —interrumpió Angie—. Lo mejor es irnos lo antes posible, mañana para ser precisos. Esperar por más personas sería una pérdida de tiempo.

—Pero... estoy seguro de que Damián querría ir, él estaría listo a tiempo —insistió Michelle, frunciendo el ceño.

—No es lo mejor. —Dejando los cubiertos en la mesa, con apenas la mitad del plato vacío, Angie se levantó—. Los espero en la entrada del bar mañana, después del amanecer.

—Vamos a sentarnos con los demás —sugirió Klaus a su hijo cuando vio a Angie alejarse escaleras arriba, hacia las habitaciones de los huéspedes.

Michelle se levantó aún ceñudo, y mientras recogían la mesa en la que habían estado, se encaminó con su padre a la mesa en la que los demás estaban. Jim llegó a ellos un minuto después con los postres.

—Gracias por asegurarse de que Angie comiera —dijo a Klaus, repartiendo los platos a todos.

—No es justo. ¿Por qué no puede ir? Igual es un viaje largo, no es como si fuéramos a llegar a Italia de un momento a otro. —Se quejó Michelle.

—¿Italia? —Bárbara abrió mucho los ojos, su mirada pasando del menor a Klaus—. ¿Deben ir a Italia?

—Es lo que dice Angie —suspiró el alemán sentándole al lado de Bárbara.

—Si van a ir a Italia, yo también quiero ir. —Irina no tenía idea de porque ellos tenían que ir pero quería ir también—. Si vamos a Roma, quiero comprarme un vestido o dos. —Sonrió cuando vio a la alemana rubia sonreír también.

—¿Qué es lo que quiere esa mujer contigo? —preguntó Damián a Michelle, ignorando los comentarios de todos los demás.

—Ya tienen muchos vestidos.

—Nunca es suficiente para una dama, Ruslán —murmuró Bárbara, picando su tartaleta—. Además, Irina está creciendo rápido y necesitará algo adecuado a su edad.

Ruslán suspiró en cuanto la rubia empezó a comentar sobre moda con Irina, nombraba telas que él apenas podía reconocer.

Michelle suspiró, apenas había tocado su postre.

—Vino porque tengo que escoger un lado de mí. Aparentemente hay alguien en Italia que puede hacerme humano. —Alzó los ojos a Damián—. Dijo que si no elegía, cuando muera, no iba a renacer otra vez y mi alma quedaría atrapada.

Los ojos de Damián se abrieron con emoción, tan sólo un aparte de la explicación resonando en su mente.

—¡Michelle! ¡Eso es maravilloso! Podrás ser normal —dijo con una enorme sonrisa.

—Am..., sí. —La atención de Michelle nuevamente regresó a la tartaleta. Era de frutos rojos, una ligera capa de crema, en una situación diferente ya lo hubiera devorado y pedido un segundo a su tío, Jim era un maestro con los dulces aunque las demás comidas le quedaban estupendas, pero de pronto su apetito había disminuido un poco desde la conversación con Angie—. Lo sé. Es lo que siempre quise..., quisimos, pero ¿y si después pueda arrepentirme? He estado toda mi vida así, una vez hecho el cambio ya no se puede remediar y yo, tengo miedo de arrepentirme después.

—¿De qué podrías arrepentirte? Michelle... —Girándose hacía Michelle, el rubio le tomó las manos—. Podríamos ser libres de andar sin miedo a que vean tu cola bajo la camisa o que un viento descubra tus orejas. —Acarició la mejilla del menor—. Podríamos viajar, como siempre has querido.

Michelle observó sus ojos, pensativo. Damián tenía razón, siendo humano iba a tener mucha más libertad, probablemente perdería alguna habilidad como el captar los olores de los demás, pero más allá de eso ganaría mucho. Sí, no podía dudar. Respiró hondo, diciéndose a sí mismo que no había nada que perder, y sonrío.

—Sí, tienes razón. —Apretó su mano—. No hay nada de qué preocuparse, ¿cierto? Iré y... por fin seré una persona normal. —Su expresión se aflojó un poco en cuanto recordó un detalle—. Solo que... me gustaría tanto que fueras conmigo. —Rodó los ojos—. Ella dijo no ya que tomaría tiempo y debemos marcha mañana temprano. No es justo.

—Eso es porque no sabe lo rápidos que podemos ser —dijo Irina con una sonrisa ladeada—. Si volvemos a la casa ahora podemos hacer dos grandes maletas con la ropa de todos.

—No creo que sea suficiente si vamos a hacer un viaje tan largo —opinó Damián—. Estamos hablando de Italia. Tenemos que cruzar el mar hacia China y de ahí seguir por tierra... Sería un viaje muy largo, de semanas.

—Por eso ella dijo de partir mañana —anunció Michelle, algo ansioso—. No es un viaje sencillo.

—¿Vamos a ir todos? —Ruslán preguntó más que nada a su padre. No quería pensar en lo que diría Kenshi cuando se enterase.

—¿Por qué no habríamos de ir? —dijo Irina, limpiándose los labios delicadamente con una servilleta.

—No es apropiado que vayan a ese viaje. —Habló Vladimir por primera vez—. No es seguro estar al lado de ella. Ya es bastante arriesgado que vayan Michelle y Klaus.

—Con más razón deberíamos acompañarlos —argumentó Irina, miró a los lados esperando que los demás la apoyaran—. Michelle nos necesita, no podemos dejarlo solo. Deberíamos ir con él, como familia, para protegerlo.

—¿Protegerlo de qué? —Esta vez, fue Bárbara quien habló—. No es un viaje peligroso, ¿o sí?

—Ya es la segunda vez que insinúan que ella es peligrosa, o que tiene algo malo. —Michelle miró a su padre y abuelo. Había algo que le estaban ocultando respecto a la aún misteriosa Angie—. Tío Keso prácticamente la odia, y tú acabas de decir que es arriesgado ir con ella. ¿Por qué? ¿Papá? —preguntó, ahora, directamente a Klaus, esperando que le diera una respuesta—. ¿Quién es ella en realidad?

—Es complicado... —Klaus y Vladimir se miraron. No sabían exactamente qué decir, el alemán miró a Jim pidiéndole ayuda silenciosamente.

—Niños, a ver... —Jim comenzó a recoger los platos vacíos mientras hablaba—. Kenshi no soporta a Angie porque la culpa de algo que, técnicamente, no tiene nada que ver. Son cosas del pasado que no los involucra y no tenemos por qué hablar de ello. ¿Sí? —dijo, mirando más que nada a Michelle—. Forjen su propia opinión respecto a ella. Tampoco creo haga falta vayan todos, al menos sabemos que Kenshi no va a querer ir y no solo por su trabajo. Ahora. —Luego de apilar los platos, los cargó y miró al grupo una última vez—. Esperen unos minutos mientras preparo unas tartaletas para que se lo lleven y de paso le den a Kenshi. —Se marchó a la cocina, dejando que uno de los mesoneros se acercara para limpiar lo que quedaba de la mesa.

—Bueno... —Ruslán se rascó una mejilla—. supongo que tiene razón... y papá no querrá ir. No puede dejar el condado tanto tiempo.

—Bien, descartamos a tío Keso. —Michelle llevó su mirada a Vladimir—. Abuelo, ¿irás con nosotros?

—No podría dejar a tu padre solo. Me echaría de la habitación por quién sabe cuánto tiempo.

—Puedo acompañar a Michelle y al señor Klaus —propuso Damián.

—Si Damián va entonces, es justo que Ruslán y yo vayamos —protestó Irina. No quería quedarse fuera de ese viaje.

—Y dado que Bárbara no dejaría a Damián viajar solo, eso la suma también —declaró Michelle, tomando la mano del rubio. No hacía falta que la mujer lo dijera, era algo que compartía con Klaus respecto a su hijo: era muy sobreprotectora—. En resumen, iremos todos y los abuelos van a quedarse.

—No creo que eso le vaya a gustar a Angie. —Ruslán apoyó el codo en la mesa para descansar el rostro en su mano—. ¿No te dijo ella que no hacía falta?

—Quiero que Damián vaya conmigo. Irina es la que se antojó de ir. —Señaló a la joven.

—No me van a dejar fuera de esto —respondió testaruda la joven.

Hablaron un poco más mientras esperaban las tartas, Irina y Bárbara discutieron el tipo de ropa que debían llevar, los hombres del grupo cuestionaban para que necesitaban tanta ropa. Llevar demasiada carga entorpecería el viaje.

Apenas Jim les entregó las tartas, se despidieron y marcharon. Si querían ir todos, necesitaban preparar maletas cuanto antes. Michelle, Ruslán e Irina se dirigieron a su habitación, le entregaron las tartaletas a una de las sirvientas para que la llevara a la cocina y de inmediato pidieron ayuda para hacer un equipaje de emergencia. Tendrían que llevar lo necesario, Michelle no tendría que preocuparse por la temperatura del clima en Italia en esos momentos pero igual consideró llevar algo abrigado. Bárbara hizo lo propio con el equipaje de su hijo y de Klaus, luego podría encargarse de la suya, sabía que llevaría, así que iba de un lado a otro, ayudando a Irina también.

Cuando Ruslán preguntó a la joven que lo ayudaba por su papá, recibió la noticia de que no estaba en casa.

—¿No está? —Se detuvo. Miró por la ventana. Pronto anochecería, fue otra razón para irse del bar, así no tendrían que lidiar con el frío en el camino—. ¿A dónde fue?

—No estoy segura, señorito, pero escuché a Kuma-san que está en casa de un amigo. No sé cuándo vaya a regresar.

Ruslán suspiró. En verdad su papá estaba molesto para haberse ido.

—Tal vez esté de camino, no se preocupe. ¿Desea que le incluya este abrigo en la maleta?

—Eh..., sí. ¿Le han avisado a mi padre?

La joven tardó un instante en captar su pregunta. Hablaba del europeo.

—Antes de venir aquí le vi con Kuma-san y Kaoru-san —respondió mientras doblaba el abrigo y lo colocaba dentro.

—Bien...

Aunque ya llevaban un tiempo comprometidos, Klaus y Bárbara seguían durmiendo en cuartos separados. En ese momento Klaus acompañaba a la rubia, la veía doblar varias prendas de ropa en una paleta mediana.

El pelinegro se mordía el labio inferior nervioso.

—¿No crees que es demasiada ropa? —Tomó de la maleta un vestido bastante elegante, con encaje y un escote coqueto—. En verdad no creo que esto sea necesario. Ni siquiera sé si todos ustedes deberían venir. En cuanto los vea Angie, querrá arrancarme la cabeza.

Bárbara tomó el vestido, le echó un vistazo más analítico, y lo colocó a un lado. Reconsideró una única prenda que la favorecería más y sería adecuado para Italia, antes de comenzar a empacar los zapatos y abrigos.

—Todo está bien. Irina tiene razón en algo, esto es importante para Michelle y él querrá a su familia a su lado. —Se detuvo, girándose a Klaus y enmarcando su rostro con las manos, sonrió—. No causaremos problemas ni atrasaremos su viaje, podemos aprovechar para que los niños conozcan las calles de Italia antes de volver, Irina está emocionada y ya sabes que es el sueño de Michelle de viajar por el mundo. —Besó la comisura de su labio—. Además, debes admitir que mejor regalo de cumpleaños no pudo recibir él. Un poco atrasado, claro. —Regresó frente a la maleta para terminar de empacar—. Podrá ser un chico común y corriente, justo como siempre deseó.

—Supongo. En verdad espero que piense seriamente en su decisión, no es algo que debas escoger al azar. —Le pasó a Bárbara una chaqueta corta de color blanco que combinaba con el vestido que estaba sosteniendo—. Todo lo que podemos hacer es acompañar a Michelle.

—Papi. —Irina se asomó en la habitación de la rubia—. No encuentro el sobretodo azul marino que me compró el abuelo Vlad.

—Irina, vamos a Italia. No necesitas un sobretodo. —Se levantó, dándole un beso a Bárbara en los labios—. Ayudaré a Irina con su equipaje. Si es por ella, seguro que empaca medio closet.

Bárbara sonrió. Decidió que se apresuraría en empacar sus cosas y luego haría una revisión de todos los demás. Ya estaba segura de que Damián tenía su maleta lista, y Klaus, sin embargo no podía faltar nada. Antes de abandonar su cuarto media hora después, preparó un cambio de ropa para mañana, y se encargó de ayudar a los demás.


CONTINUARÁ...

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